18 de marzo de 2026

En Tránsito: El Taxi.



 Imagen creada con IA: Gemini.google.com 

III.

Marisol Berrido nació un miércoles finalizando marzo en el coqueto año de 1978, preciso una semana más adelante a la semana santa. Dedicó su vida al servicio de sus amigos y con el avanzar de los años, a la comunidad. Intentó ser Edil de su comuna en dos procesos de elección pero ambos culminaron con la frustración de no recibir los votos suficientes.

Creó una fundación de ayuda social con algunas amistades que conoció en sus años de estudio, de allí entró al sector financiero a ejercer la profesión de economista, algo alejado a su real pasión de trabajar en causas de ayuda humanitaria.

Para este año, en este marzo inquieto y sin sabores de triunfo estaba lista para llegar a su oficina, un martes cualquiera desde el barrio panamericano hasta ciudad jardín. Sin tener su carro en funcionamiento optó por la opción de un servicio de Uber, algo poco frecuente en sus decisiones matutinas; el tráfico de la ciudad estaba en calma salvo la avenida panamericana al extremo sur.

Al salir de casa alcanzó a divisar una ambulancia color rojo a rayas blancas surcar la vía Libardo Lozano, vio con sorpresa que iba a más velocidad que lo reglamentario, sin prestar más atención de la necesaria se subió al carro de servicio que llegaba a recogerla, para su sorpresa un taxi color amarillo modelo 2020.

Durante las primeras calles rumbo al sur de la ciudad Marisol revisaba en su teléfono móvil algunos correos relacionados a la fundación que lideraba, actividad complementaria a su ejercicio profesional, dentro de las tareas a atender estaba poder definir la sede del evento de diciembre, claro, algo tan lejano sería descabellado impulsar desde marzo, pero la trayectoria de vida le enseñó abaratar costos trabajando con mucha antelación.

Algunas ideas rezaban en un lugar campestre con grupos de música en vivo y eventos deportivos de integración, por lo cual ya estaba gestionando alianzas y patrocinios. Estaba tan concentrada en su teléfono que no se percató del momento en que un joven ciclista cruzó sin respetar la luz roja del semáforo de la calle de enfrente, el conductor del taxi frenó tan repentinamente que el mismo se sacudió haciéndole caer el teléfono por la ventana.

Alzó la mirada con asombro, sus cejas en dos líneas delgadas se arqueaban como una viñeta de caricatura, buscando entender lo ocurrido y al mismo tiempo, pensando en abrir la puerta para bajar a recoger su teléfono de alta gama antes de la posibilidad de ser hurtado por algún incauto.

Vio al conductor del taxi refunfuñar, lanzar improperios con la mano golpeando el volante y con ansias de bajarse a iniciar un pleito urbano con el ciclista en mención.

El ciclista, un joven domiciliario intentaba por igual hacerse entender vociferando excusas que por lo ocurrido, dejaban en evidencia su inoportuna acción. Marisol, de ojos castaños pensaba en su teléfono móvil, con tanto afán que abrió la puerta sin percatarse que otro domiciliario, ahora en motocicleta, cruzaba con igual afán y con la misma intensidad el carril derecho justo dónde ella abría la puerta.

El golpe fue modesto pero el ruido ocasionado logró captar la atención de varios transeúntes, desde curiosos hasta desinteresados testigos pudieron observar cómo la motocicleta golpeaba contra la puerta del taxi, la canasta de domicilios volaba por encima del carro y el joven motorista caía como un plato roto sobre el asfalto.

El casco salió volando quedando rodando dos metros más adelante, el teléfono de la señora Berrido fue golpeado y su pantalla rota como la paciencia del taxista que vociferaba contra el ciclista más adelante.

Héctor Hernán, conocido por sus colegas de los viernes, como “HH” abrió los ojos con más fuerza que al primer impacto de la bicicleta, sus cejas pobladas, como las de un muñeco surcaron un alborotado arco de susto.

Primero dejó salir un par de palabras obscenas dignas de una novela latinoamericana, golpeó su pierna con el puño cerrado de su mano derecha y quiso ir corriendo a ver qué había ocurrido a su taxi, pero notó la astuta intención del joven ciclista de querer huir de la escena.

Lo señaló y con furia en sus palabras le amenazó con quitarle la vida si se escapaba, acto seguido caminó contra el andén peatonal descubriendo al domiciliario de la moto recogiendo el casco con la misma rabia con la que había recibido el servicio, minutos atrás. A su lado estaba Marisol buscando el celular en alguna parte y en medio de ambos, la puerta del taxi sobre el suelo.

“HH” quiso gritar más alto pero ya había llegado a su mayor tonalidad, se sentía inconforme con el trato que la vida le daba, no era un martes justo para sus plegarias. Preguntó toscamente por lo ocurrido, el motociclista con un par de palabras subidas de tono señaló con ahínco a Marisol acusándole de torpe y algo más, explicó que se chocó al momento de ella abrir la puerta sin ninguna precaución, ella, descubierta en su torpeza, solo pensaba en su teléfono.

Un vendedor de frutas que había visto ambos incidentes, sonreía con la confidencialidad de un infiltrado, se levantó de su puesto ambulante y se acercó a la mitad de la avenida, tomó de la mano al joven ciclista y le brindó apoyo emocional explicándole que gracias a Dios nada había afectado su salud física, más allá de la pérdida de la comida que transportaba en la bolsa. Le ayudó a levantar la bicicleta y le animó a irse.

El taxista, Don Héctor Hernán intentó correr para detener la salida del joven ciclista pero el domiciliario de la moto le tomó del brazo gritándole que no se fuera, que le pagará por los daños.

¿daños? Preguntó HH con voz de rencor y frustración.

Si bien el motociclista cayó sobre el asfalto no hubo heridas ni golpes contundentes, tampoco daños en la caja de los domicilios más allá de la comida que haya sido revuelta en el impacto. Sentía algo de coraje en su voluminoso cuerpo, de manos gruesas dejaba ver cómo las empuñaba queriendo solucionar todo con un par de movimientos contra la señora Marisol que en silencio, recogía el teléfono móvil a unos metros del lugar de los hechos.

Cerca de las ocho de la mañana de un martes cualquiera en un marzo genérico, un taxista discutía con la vida, quería explicaciones, intentaba invocar la paz que el domingo el padre pregonaba en los sermones de la eucaristía. Intentaba en medio de su confusión buscar responsables, por demás para pagar los daños de un carro que no era de su propiedad, además de los ingresos perjudicados por la novedad de un accidente humanamente evitable.

Marisol se sentía completamente devastada, ya el tiempo demostraba que estaba con notable retraso para llegar a su puesto de trabajo en el barrio Ciudad Jardín, quizás su supervisor le sancione, además, de asumir el costo económico de la puerta del taxi.

” Menos mal no hubo heridos”, pensó.

Intentó hacerse entender con los enfurecidos señores, de mil modos quiso excusarse, pero era evidente su irresponsable actuar.

HH entró al taxi para pedir apoyo por medio de su radio a los colegas y así evitar que ambos personajes se escaparan del lugar como sí lo hizo el joven de la bicicleta, precursor de la cadena de accidentes en esa zona de la ciudad.

Del otro lado de la radio una voz igual de grave a la de un hombre maduro en edad, explicaba que el trancón en la avenida panamericana estaba terrible, al parecer un tonto se estaba muriendo y su carro impidiendo la circulación de todos en la vía.

“HH" respondió pidiendo apoyo, porque se había recién accidentado sobre la avenida Libardo Lozano con calle setenta.

Aquella voz respondió con jocosa intensidad:

"Ni te imaginas lo que acaba de pasar con la ambulancia".


AV.

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