III.
Marisol Berrido nació un miércoles finalizando marzo en el coqueto año de 1978, preciso una semana más adelante a la semana santa. Dedicó su vida al servicio de sus amigos y con el avanzar de los años, a la comunidad. Intentó ser Edil de su comuna en dos procesos de elección pero ambos culminaron con la frustración de no recibir los votos suficientes.
Creó una fundación de ayuda social con algunas amistades
que conoció en sus años de estudio, de allí entró al sector financiero a
ejercer la profesión de economista, algo alejado a su real pasión de trabajar
en causas de ayuda humanitaria.
Para este año, en este marzo inquieto y sin sabores de
triunfo estaba lista para llegar a su oficina, un martes cualquiera desde el
barrio panamericano hasta ciudad jardín. Sin tener su carro en funcionamiento optó
por la opción de un servicio de Uber, algo poco frecuente en sus decisiones
matutinas; el tráfico de la ciudad estaba en calma salvo la avenida panamericana
al extremo sur.
Al salir de casa alcanzó a divisar una ambulancia color
rojo a rayas blancas surcar la vía Libardo Lozano, vio con sorpresa que iba a
más velocidad que lo reglamentario, sin prestar más atención de la necesaria se
subió al carro de servicio que llegaba a recogerla, para su sorpresa un taxi
color amarillo modelo 2020.
Durante las primeras calles rumbo al sur de la ciudad
Marisol revisaba en su teléfono móvil algunos correos relacionados a la
fundación que lideraba, actividad complementaria a su ejercicio profesional,
dentro de las tareas a atender estaba poder definir la sede del evento de
diciembre, claro, algo tan lejano sería descabellado impulsar desde marzo, pero
la trayectoria de vida le enseñó abaratar costos trabajando con mucha
antelación.
Algunas ideas rezaban en un lugar campestre con grupos de
música en vivo y eventos deportivos de integración, por lo cual ya estaba
gestionando alianzas y patrocinios. Estaba tan concentrada en su teléfono que
no se percató del momento en que un joven ciclista cruzó sin respetar la luz
roja del semáforo de la calle de enfrente, el conductor del taxi frenó tan
repentinamente que el mismo se sacudió haciéndole caer el teléfono por la
ventana.
Alzó la mirada con asombro, sus cejas en dos líneas
delgadas se arqueaban como una viñeta de caricatura, buscando entender lo
ocurrido y al mismo tiempo, pensando en abrir la puerta para bajar a recoger su
teléfono de alta gama antes de la posibilidad de ser hurtado por algún incauto.
Vio al conductor del taxi refunfuñar, lanzar improperios
con la mano golpeando el volante y con ansias de bajarse a iniciar un pleito
urbano con el ciclista en mención.
El ciclista, un joven domiciliario intentaba por igual hacerse
entender vociferando excusas que por lo ocurrido, dejaban en evidencia su inoportuna
acción. Marisol, de ojos castaños pensaba en su teléfono móvil, con tanto afán
que abrió la puerta sin percatarse que otro domiciliario, ahora en motocicleta,
cruzaba con igual afán y con la misma intensidad el carril derecho justo dónde
ella abría la puerta.
El golpe fue modesto pero el ruido ocasionado logró
captar la atención de varios transeúntes, desde curiosos hasta desinteresados
testigos pudieron observar cómo la motocicleta golpeaba contra la puerta del
taxi, la canasta de domicilios volaba por encima del carro y el joven motorista
caía como un plato roto sobre el asfalto.
El casco salió volando quedando rodando dos metros más
adelante, el teléfono de la señora Berrido fue golpeado y su pantalla rota como
la paciencia del taxista que vociferaba contra el ciclista más adelante.
Héctor Hernán, conocido por sus colegas de los viernes,
como “HH” abrió los ojos con más fuerza que al primer impacto de la bicicleta, sus
cejas pobladas, como las de un muñeco surcaron un alborotado arco de susto.
Primero dejó salir un par de palabras obscenas dignas de
una novela latinoamericana, golpeó su pierna con el puño cerrado de su mano
derecha y quiso ir corriendo a ver qué había ocurrido a su taxi, pero notó la
astuta intención del joven ciclista de querer huir de la escena.
Lo señaló y con furia en sus palabras le amenazó con
quitarle la vida si se escapaba, acto seguido caminó contra el andén peatonal
descubriendo al domiciliario de la moto recogiendo el casco con la misma rabia
con la que había recibido el servicio, minutos atrás. A su lado estaba Marisol buscando
el celular en alguna parte y en medio de ambos, la puerta del taxi sobre el
suelo.
“HH” quiso gritar más alto pero ya había llegado a su
mayor tonalidad, se sentía inconforme con el trato que la vida le daba, no era
un martes justo para sus plegarias. Preguntó toscamente por lo ocurrido, el
motociclista con un par de palabras subidas de tono señaló con ahínco a Marisol
acusándole de torpe y algo más, explicó que se chocó al momento de ella abrir
la puerta sin ninguna precaución, ella, descubierta en su torpeza, solo pensaba
en su teléfono.
Un vendedor de frutas que había visto ambos incidentes,
sonreía con la confidencialidad de un infiltrado, se levantó de su puesto
ambulante y se acercó a la mitad de la avenida, tomó de la mano al joven
ciclista y le brindó apoyo emocional explicándole que gracias a Dios nada había
afectado su salud física, más allá de la pérdida de la comida que transportaba
en la bolsa. Le ayudó a levantar la bicicleta y le animó a irse.
El taxista, Don Héctor Hernán intentó correr para detener
la salida del joven ciclista pero el domiciliario de la moto le tomó del brazo
gritándole que no se fuera, que le pagará por los daños.
¿daños? Preguntó HH con voz de rencor y frustración.
Si
bien el motociclista cayó sobre el asfalto no hubo heridas ni golpes contundentes,
tampoco daños en la caja de los domicilios más allá de la comida que haya sido
revuelta en el impacto. Sentía algo de coraje en su voluminoso cuerpo, de manos
gruesas dejaba ver cómo las empuñaba queriendo solucionar todo con un par de
movimientos contra la señora Marisol que en silencio, recogía el teléfono móvil
a unos metros del lugar de los hechos.
Cerca de las ocho de la mañana de un martes cualquiera en
un marzo genérico, un taxista discutía con la vida, quería explicaciones,
intentaba invocar la paz que el domingo el padre pregonaba en los sermones de
la eucaristía. Intentaba en medio de su confusión buscar responsables, por
demás para pagar los daños de un carro que no era de su propiedad, además de
los ingresos perjudicados por la novedad de un accidente humanamente evitable.
Marisol se sentía completamente devastada, ya el tiempo
demostraba que estaba con notable retraso para llegar a su puesto de trabajo en
el barrio Ciudad Jardín, quizás su supervisor le sancione, además, de asumir el
costo económico de la puerta del taxi.
” Menos mal no hubo heridos”, pensó.
Intentó hacerse entender con los enfurecidos señores, de
mil modos quiso excusarse, pero era evidente su irresponsable actuar.
HH entró al taxi para pedir apoyo por medio de su radio a
los colegas y así evitar que ambos personajes se escaparan del lugar como sí lo
hizo el joven de la bicicleta, precursor de la cadena de accidentes en esa zona
de la ciudad.
Del otro lado de la radio una voz igual de grave a la de
un hombre maduro en edad, explicaba que el trancón en la avenida panamericana
estaba terrible, al parecer un tonto se estaba muriendo y su carro impidiendo
la circulación de todos en la vía.
“HH" respondió pidiendo apoyo, porque se había recién
accidentado sobre la avenida Libardo Lozano con calle setenta.
Aquella voz respondió con jocosa intensidad:
"Ni te imaginas lo que acaba de pasar con la
ambulancia".
AV.



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