20 de abril de 2017

Una Cena.


Kittens cats Thanksgiving dinner


No encuentro placer más grande que disfrutar de una buena cena acompañado de los seres que llevo en mi corazón. El encontrarnos en la mesa es el ritual más sano para intercambiar sonrisas, miradas, esperanzas. Un encuentro de comensales donde el deseo por la comida se mezcla con el disfrute de la compañía de cada fulano, como un juego de roles donde el afecto es la energía que conecta.

Muchas son las veces que dejamos de prestar atención a los detalles importantes de una buena cena, un buen almuerzo. Darnos cuenta del valor supremo que tiene cada ser que nos acompaña en la mesa, saber que el mundo es un lugar maravilloso cuando se comparte cada momento, se debate, se planea, se sueña, se hace negocios o se destacan labores de ocio, se da vida a ello que puede ser de lo más normal como lo es el acto de comer, pero que se convierte en una oda cuando lo aprovechamos por la compañía en sí.

Desde niño, mi padre tuvo siempre la precaución de compartir la mesa en familia, obligaba a despertarme desde temprano para desayunar en compañía de mi madre y mi padre. Mi madre, mujer que admiro con toda mi fe, día a día madrugaría  a trabajar con el alba y llegaba tarde la noche para cenar, en ambas situaciones, desde que tengo memoria, mi padre me despertaba para desayunar juntos y me hacía esperar hasta tarde la noche para cenar juntos.

No comprendía el valor de tal esfuerzo, sin embargo, refunfuñando accedía a sus condiciones. 

En la medida en que los años transcurrían tomaba más como costumbre que como ofrenda el esperar para comer en familia, el saludarnos, darnos la mano y el beso de rigor, poder conversar de las tareas del día o de las aventuras de la cotidiana jornada, poder compartirnos en el rostro de cada quien y reconocernos como familia, entendernos, quizás, por un sublime momento, quizás.

En oportunidades de soledad adolescente, se comienza a construir espacios con personajes ajenos al núcleo familiar, seres que van llegando con la decencia del tiempo y van desapareciendo con la nostalgia del agua, conversaciones que nacen en cafeterías o aulas de clase y se van con el paso de los años, evocando en el comedor de la casa o en algún restaurante local. Siempre, creando oportunidades para forjar el carácter y hablar de las nimiedades que tanto nos convocan.

Estas nimiedades se van desarrollando con la edad, van trascendiendo los denominados “parches” y quizás, en un esfuerzo por emular la educación en casa, se van acoplando a conversaciones de interés por el otro, donde nos nace saber un poco más de la persona, de cómo se encuentra o qué desea para sí. En esos ir y venir de la vida vamos reconociendo entonces el esfuerzo del hogar, el encuentro en la mesa, no el sabor de la comida o la sazón del cocinero, el encuentro de la familia.

Nos dimos la oportunidad como grupo de amigos de encontrarnos una vez más, de dejar el chat de lado y pretender gestar conversaciones de manera presencial, de contar los mismos chistes, las mismas bromas, aperturar historias con anécdotas del presente o por qué no, con vergüenzas del pasado, todo en aras de sonreír, porque para eso hemos venido.

¿Algo para compartir? ¡Claro que sí! Qué mejor acompañante para una cena que una Manzana Postobon, perdón, me equivoqué de historia. ¡Qué mejor acompañante para una cena que una Pizza en familia!

Como buena familia "arrejuntamos" las ganas y salimos los amigos de siempre, de la fuente de soda, a disfrutar del reto de la pizza en una reconocida pizzería de la ciudad. Comer toda la cantidad de pizza por persona que sea posible a cambio de una módica suma de dinero, módica, para los que no tenemos fondo en el estómago; justa para aquellos que comen poco o nada, exagerada, para aquellos que no gustan de la pizza.

Estábamos los nueve sentados, conversando, saludando al hambre con una mirada de ternura en los corazones, con el clásico del Pascual en la televisora local como telón de fondo, un caballeroso mesero brindando sonrisas y consejos para el pedido, un afán por vivir inmenso el que nos llevaba de la mano en la mesa.

Disfrutamos mi esposa y yo de la manera más descabellada de las porciones justas que el cuerpo nos permitió cenar, pero más allá del Salami, el Pepperoni o los Champiñones con Pollo,  disfrutamos de conversar en lo que llamamos familia. Recordé con agrado a mi padre y su insaciable arte de comer lo que el cuerpo le aguantara, lo recordé como el caballero que siempre fue, con su sonrisa tierna cargada de brillo en los ojos.

Recordé el carisma de mi viejo para saborear cada porción de comida con la misma humildad con que convidaba con el otro un poco de su vida, su nobleza para dar sin esperar algo a cambio. Lo recordé además, porque me inculcó es complejo y obsesivo argot por la cena en familia, por el compartir, el esperar a que todos estén con su plato servido para dar en respeto el saludo y el buen provecho.

Disfruté de cada momento, tanto así, que aquí sigo recordando con una sonrisa en el rostro, una carcajada a la nostalgia. Escuchando el silencio del vecindario y dejando a mi cuerpo expresar su (in) gratitud por la comida servida.

Aquí estoy pues, casi a las cinco de la mañana despierto escribiendo estas líneas, porque es un bello abril y tengo reflujo. Porque fue una noche maravillosa donde mi cuerpo se descargó en el baño como castigo a la gula, como premio a la juventud del ayer; con un calor producto de la digestión que no me dejó hallar horma justa en la cama para emprender el hermoso arte de dormir, sino más bien, de reflexionar.

Aquí estoy pues, consciente de que una mala noche puede llegar a durar un día completo, y de que una buena vida en compañía nos puede llevar a la eternidad.

A mis amigos adeudo la ternura, y claro, un par de malestares del cuerpo que nunca falta.

Salud.


AV

16 de abril de 2017

Un Hombre




Ha pasado mucho tiempo desde que dejé la los actos sacramentales de lado en mi agenda del día a día. Quizás en un ejercicio de rebeldía o de pretensiones menos elocuentes, forjé caminos tallados en muchas emociones para dar respuesta a mi curiosidad y a mis temores en deidades y sucesos poco comprensibles.

En los últimos casi diez años viaje por distintas veredas de fe y de dogma. Aprendí a respetar aún en la desconfianza, a dejar pasar todo aquello que tenía algún sentido sacro pero que dentro de mi estela del juicio no cabría o sería aprobado. Un viaje de más casos de curiosidad que de redención como tal. Encontré pues en uno de esos caminos el punto de retorno adecuado para cada etapa de mi vida, terminando siempre en el mismo lugar, con las mismas preguntas, con nuevas preguntas. Con respuestas que en el paso de los días aprendí a apreciar, a darle sentido a lo que en otro momento era angustia o verborrea.

En los últimos meses, cerca de 24 quizás, retomé en ese desdén de la vida las preguntas que había dejado guardadas bajo la almohada. Las retomé para dar respuesta a las plegarías que retumbaban en las paredes del hogar familiar. Las retomé como el desesperado que busca las llaves, para darnos cuenta después del trayecto que siempre las tuvimos en el bolsillo.

Preguntas que me llevaron a reflexionar sobre esta vida y la otra, tiempo en los que aún tomando distancia del sacramento me daban suficiente energía y argumentos para rehacer el discurso en el que me habría desvanecida, quizás, con el juego limpio de la culpa (o la zozobra).

Comprendí que el hombre es hombre en las palabras de quien le pronuncie, que el niño será siempre niño en el corazón de quien lo estime y le lleve con amor. Comprendí que el silencio es la base de todo, no el fin de todo. Que el amor trasciende la tarima y se despliega sobre todo lo que llamamos llanura.

Durante estos últimos meses tuve la oportunidad de participar de tres actos litúrgicos católicos, en todos los casos tuve el impulso de comulgar el cuerpo de Cristo, a la final, todo quedó en eso, en el impulso de ir a tomar la comunión, sin embargo, detrás de tal impulso surgieron con la misma potencia muchas preguntas y deseos, nuevas reflexiones, caminos que empezaban a dibujarse en la llanura, como el trayecto que se despeja con la niebla.

Durante la mañana de hoy domingo de resurrección junto a mi enamorada asistimos a misa con el ánimo pues, de dar de parte nuestra, la entrega de amor y fe a aquello a lo que tanto le damos de vida. Así, con el corazón en la mano y llenos de vida y entusiasmo persignamos cada oración, palabra y recuerdo que consideramos, debíamos de ofrendar.

A diferencia de las dos oportunidades del pasado, dónde todo radicaba allí, en el pasado, en la misa del domingo de resurrección sentí las variaciones del alma y el cuerpo jugando a una partida de Ping Pong con cada pedazo de la memoria. Comencé a recordar cada juego de cartas que mi padre componía como oraciones para entregar al Señor, como el herrero que entrega sus mejores armas para el ejército del Feudo, mi Padre, con su amor y eterna plegaría, daba composiciones a cada Santo con sus peticiones. Recordé así, a ese hombre que me enseñó el don del amor, que me dio de su mano la fuerza para emprender cada terca idea, aquel hombre que con su nobleza daba el consejo no pedido, en el momento más adecuado que mi intransigente juventud pudiese reclamar.

El miedo del futuro, lo incierto de la vida, lo débil del cuerpo y el alma. 

Los temores de la salud y la prosperidad. Esos pedacitos de muerte que se van juntando en los anaqueles de la mente para desdibujarnos un escenario y construirnos otro de incertidumbre, miedo, angustia, de desespero. De canciones rotas, de decisiones a tomar. Nuevamente el pasado hacía presencia llevándome a la memoria de la infancia, donde el Padre Efraín daba misa en una humilde capilla.

Efraín fue de esos hombres que con su carisma lograba el afecto de toda la comunidad, donaciones, abrazos, flores, frutas. Un hombre que con su paciencia y muy joven edad demostraba que el sacerdocio era un oficio para todo aquel que quisiese de verdad dar su vida al Buki, y no, como se pensaba en mi infante vida, que era oficio de ancianos y sabios. Recordé cómo los niños (incluido el suscrito) buscaban acercársele y servir de ayuda en la misa, lo recordé como el Rockstar que fue.

El presente es un valor supremo porque es lo único que nos queda, porque de este se desprende cualquier futuro o se construye cada pasado, allí, en ese presente, me entregaba en olas de silencio a cada oración que la misa de resurrección premiaba, daba paso a la diatriba con cada recuerdo, con cada imaginario de futuro, pensaba en mi esposa y me aferraba a ella como única condición de mi tiempo.

Permitirnos entonces en un encuentro nuevo consigo mismo, hallar más frutos que cualquier jornada de Bingo en un cuartel de la tercera edad. Brinda la calma y el miedo que todo ser de mi edad necesita.

Me empuja como un juego de pulso en un reloj de pared, sentir emociones rebosantes de vida y de muerte, recordar lo que es ser humano, volver a preguntarnos todo, a exigirnos respuestas y a abrirnos caminos que la mente había sellado. A retomar nombres, paisajes, excusas, silencios, mareos.

Finalizada la liturgia y camino a casa no podía manejar mis silencios, como si mi mente jugase con ellos y diera sinfonía a cada recuerdo o a cada posible escenario de futuro. Buscar la calma al interior de la carne, lejos de la duda, cerca del corazón.

Recordar, para vivir.


AV

8 de marzo de 2017

Sala de Espera




Esperar a alguien puede ser un proceso que nos tome más tiempo del que esa persona promete hacernos esperar, espera el resultado de un proceso puede terminar inclusive más extenso que lo que podamos creer o querer soportar. Esperar, en sí, ha sido siempre un asunto de verdades a medias, no hay exitoso fulano que nos pueda compartir una espera satisfactoria, porque incluso, en la más puntual de las esperas se nos hace injusta la llegada.

No somos los más idóneos para atender temas de partidas o llegadas, nos sacudimos en excesiva ansiedad y damos fin a nuestra paz interior, vamos idolatrando los afanes como un argumento para justificar los términos de eficiencia y eficacia, nos alejamos de lo plausible, nos volvemos inertes en un torrente de discursos, preferimos pasar del sustantivo al verbo y del aquí al ahora. Vamos robotizado nuestra espera como un autómata que está a la orden de cualquier directriz.

Cuando alguien parte es muy doloroso para quien se queda el poder imaginar el tiempo que deberá de transcurrir para poder volver a estar con aquella persona. Viajeros que emprenden aventuras en otras tierras y prometen regresar a casa, quizás rebeldes que ven en la distancia argumentos suficientes para explicar sus revoluciones y sinsabores. Damas y caballeros que juntos acuerdan partir porque eso es lo que dicta el código de conducta, prometiendo traer de regreso semillas de vida y frutos de nuevas generaciones.

Todos aprendemos a esperar, todos terminamos por ser educados en espacios de ansiedad y locomoción, uno que otro incauto termina por ser un mago del tiempo y sale con mejores excusas para no tener que esperar, sea lo que fuera que tuviese que esperar. Nos desesperamos con facilidad al punto de dar a la innovación las herramientas y discursos necesarios para estar aquí y ahora donde necesitemos estar, inclusive, con quien necesitemos estar, pero es dicha espera la que nos ha invocado en innecesarias súplicas de pausa y calma.

No aseveramos la importancia de un saludo o un abrazo, mucho menos comprendemos que al decir adiós puede que sea la última vez que hagamos contacto físico, porque la vida es así, a veces ingrata, a veces coqueta.

No entendemos la dimensión de las cosas cuando se nos escapa una lágrima por aquellos que tuvieron que partir y a los que claramente no pudimos despedir, porque simplemente se fueron. Pero seguimos pensando en el aquí y el ahora, seguimos cuestionando nuestras razones para estar físicamente en un lugar y mentalmente en otro, como si el do de  la omnipresencia fuera un requisito indispensable para vivir.

Porque nos preocupamos más por responder al que nos saluda en el dispositivo de mensajería instantánea que por conversar mirando a los ojos a aquel que nos dedica su tiempo. Porque nos ocupamos más en la nostalgia por el que se ha ido que en dar lugar y sentido a lo que la memoria nos dejó en el pensamiento.

Al partir un beso y una flor recomienda el poeta. Pero es quizás menester entender que el mundo no es de poetas ni de sabios, es de ingratos y nostálgicos, de melancólicos que dan más valor a lo ya vivido que a la necesidad misma de vivir el momento siguiente. 
Lo confieso por supuesto, sigo pensando en el momento vivido, en ocasiones me sueño esa vida maravillosa que me he prometido a mí mismo y que me esfuerzo por alcanzar, pero la ansiedad no desaparece, la deuda del tiempo no descansa, es como si mi mente buscara de manera inmediata llegar a otro universo, despedirse de un plano para implementar mecanismos de comunicación con los que ya no están aquí.

Querer hablar con los que ya no nos pueden saludar, desear decir adiós a los que se les olvidó que se podía hablar, a los desvalidos, a los que nos escuchan pero no nos hablan, a los que nos observan sin entender que ya no pertenecen acá.

Vigilantes del tiempo y testigos de la nostalgia.  

No somos los más idóneos para atender temas de partidas o llegadas, nos sacudimos en excesiva ansiedad y damos fin a nuestra paz interior, como si preocuparnos fuera la solución.

Como si ocuparnos fuera la condición.


AV

7 de marzo de 2017

Nuestra Aflicción







Los silencios se convierten en esos caminos donde nos dejamos llevar por el pensamiento, los desvirtuamos de toda realidad y allí comenzamos a fraguar todas nuestras preocupaciones y anhelos. Vamos como es costumbre diseñando en cada silencio las excusas necesarias para afrontar el día siguiente.

Se viven etapas que nos ponen en consuelo cada momento de vida, damos de nosotros lo suficiente para que el prójimo tenga en sí su mejor versión de sí, le extendemos confites y uno que otro cumplido siempre con el ánimo de dar apertura a una sonrisa, porque de sonrisas vacías nos hemos llenado en estos últimos meses.

Cuesta mucho imaginarse que todo podría estar diferente, cuesta, porque no somos amigos del futuro paralelo, de esos inciertos pensamientos donde acomodamos la vida a situaciones paradójicas, paralelas a los hechos reales que acontecieron. No servimos para pensar más allá de lo que la inmediatez nos arroja,

No sirvo para llenarme los bolsillos de expectativas andantes cuando de andares es que he alimentado mi cuerpo por muchos años. Quizás es cansancio o rebeldía, no logro cuadrar los pensamientos con los vacíos que cada silencio va dibujando en la pared, como la tiza que en la pizarra va dejando una línea débil y sin sentido. Llevarme las expectativas a la calle y dejarlas allí esperando por una idea feliz, o quizás guardarlas en el equipaje y trastearlas de oficina en oficina hasta cansarse de sí.

Dejar dicha responsabilidad en la música y exigir a las canciones que den sentido a los silencios, que den un significado a las reflexiones que se pierden en la mente, que no trascienden el verbo y el fonema. Dejarme caer en la soledad de una habitación esperando a que sea mi turno de dar declaraciones y justificar un currículo.

Esperar.

Es muy difícil dar a cada silencio su lugar. Toda preocupación tiene su ocupación, su tiempo y directorio. Todos tenemos etiquetas para lo que nos ocurre, pero es que es difícil compañeros, es difícil querer verbalizar lo que el alma ya ha llorado, lo que la voz ya ha gemido y las plegarías han despedido. Es difícil dar el giro que todos sabemos que hay que dar, desanclar las ideas y pretender que el trayecto apenas comienza.

No se trata de creer en agüeros o en excesivas verdades metafísicas, no es interponer la razón a la devoción ni censurar la especulación en manos de la desesperación, es querer dialogar. Se hace injusto no poder hablar, no sentir respuesta, desestimar toda conducta ante una pared que no cede.

No es darle a la costumbre un lugar sagrado para llenar el vacío que las despedidas dejaron, no es darle categorías a cada sentimiento, a la final la mierda es mierda y el oro es oro. A la final el amor es amor no importa desde donde se sienta o hacia dónde se oriente. De un modo u otro no nos debe de importar los colores o etiquetas, la materia misma de las cosas o los dolores escasos de los silencios.

Ya hablábamos en versiones anteriores que estamos rotos por dentro, pero nunca mencionamos qué era lo que se nos colaba por entre las grietas, nos negamos en concordancia con el afán, a darle espacio a páginas leídas de la prensa. Preferimos darle al recuerdo la responsabilidad sobre la nostalgia, ser hipócritas quizás ante los silencios, ser en excesiva razón bullosos con la verborrea, porque para caminar nos han educado, jamás nos hablaron de hacer pausas y reflexionar, de tomar impulso, de caminar en reversa si es el caso.

Quedaron muchas preguntas por responder, se sienten una gran ausencia que en el otro plano se excusa como celebración. Se me cuestiona el don de la vida cuando es esta la que nos da pistas que no me son fáciles descifrar, se me cuestiona el don de la vida cuando es el tiempo el que me quiere hablar pero en su fonética y estética. No soy un traductor de silencios, no soy un lector de horas o momentos, huérfano quizás, pero tampoco guerrero ni portador de luz.

La aflicción puede ser temporal, pero ya se habla de un temporal de casi 8 meses donde el tiempo ha volado más rápido que la misma capacidad de la memoria de darnos un lugar de calma. La aflicción puede ser nula si la acobijamos con abrazos como se ha intentado hacer a pesar de que en el fondo, allí, donde se incuban los sueños sigue estando presente esa sonrisa como una insignia de pequeños exploradores.

Los silencios se convierten en esos caminos donde nos dejamos llevar por el pensamiento, los desvirtuamos de toda realidad y allí comenzamos a fraguar todas nuestras preocupaciones y anhelos. Vamos como es costumbre diseñando en cada silencio las excusas necesarias para afrontar el día siguiente o por qué no, para encerrarnos en esa noche siguiente.

Buscar otros caminos para hablar, para comunicarnos, para responder las preguntas que a la fecha aun quedaron sueltas en el sillón.

Para volver a preguntar.


AV

11 de enero de 2017

Los Gatos de Cristal.




Todos tenemos historias que nos marcan en la vida, de amores que fueron y no fueron, de trabajos que quedaron o se perdieron, de victorias deportivas o fracasos académicos. Tenemos historias de amigos que ya no están, de canciones que se grabaron en el gramófono mental y perduran aún hoy día. Historias de todo color y sabor, una presencia eterna en el diario de las notas mentales.

En esta oportunidad me refiero a una historia en particular, bueno, todas son particulares. 

Hagamos memoria al año 2002, una noche de domingo, televisión nacional (no contaba con cable en el apartamento de entonces), se aventajaba el frío por entre las paredes y la soledad de un aparta-estudio no daba abasto a la inmensa incertidumbre de saber qué ocurría.

Rondando por los albores de los 17 otoños iniciaría la semana de un nuevo periodo académico en la universidad jesuita de la ciudad, el frío no mermaba y el hambre comenzaba a golpear en el intelecto. Al cumplir el primer año de vivir fuera de la casa materna, tendría dentro de la decoración uno que otro artilugio que permitiera conservar esa conexión con mis padres, más allá de una fotografía familiar. Como es bien sabido mi gusto por los felinos, contaba entre mis pertenencias dos gatos de porcelana (macho y hembra) que estaban sentados en dos patas mientras que con las patas delanteras sujetaban un corazón con un “Te amo”, era lo más simbólico en el apartamento con relación a mis padres y la ausencia o distancia que sentía, en especial al vivir en una ciudad tan lejana como la capital del país.

Cada Gato estaba ubicado encima de un televisor viejo y con barriga pronunciada, de esos televisores que se conectaban con antena de polo a tierra. Durante las noches dominicales la distracción la brindaba el Canal 1 con los inolvidables cañonazos de don JB TV y el seriado de tele realidad “Pandillas Guerra y Paz”. No había nada más por ver; mis artes culinarias (tal cual sucede al día de hoy) no son las mejores cuando de preparar arroz blanco ha de tratarse, sin embargo, con las cremas, las sopas y las carnes rojas mi talento se supera en consideraciones.

Mientras terminaba el programa musical de JB TV, comenzaba a preparar el arroz y daba paso a la carne, dicho proceso duraba aproximadamente 45 a 60 minutos entre poner el arroz en el agua (sin sal, obviamente) y tener la cena lista, mientras el tiempo pasaba, me acostaba en la cama a ver la televisión y de manera itinerante daba revisión al arroz esperando a que “secara” para así poner a preparar la carne y claro, darle mirada de que no se quemara.

Al regresar a la cama después de un par de idas y venidas, noté con un poco de duda que uno de los gatos estaba girado, es decir, ambos estaban ubicados de frente en sincronía con la pantalla del televisor, el gato estaba girado hacia el lado izquierdo. Sin darle importancia y pensando más en mi TOC solamente lo giré como debería de estar y seguí con mi menaje en acción.

De regreso a la habitación era ahora la gata la que estaba un poco girada, no del todo, hacia el lado izquierdo, como si se fijara en el gato. Me llamó la atención y la ubiqué como debía.
Durante un largo tiempo sentía la presencia de algo más en la habitación, desde meses atrás para ser sincero, pero desde la frivolidad de la educación recibida en casa no daba lugar a ese tipo de posibilidades, sin embargo, el corazón no miente y si algo he tenido en la vida, ha sido la sensibilidad para algunas situaciones como la que menciono en esta oportunidad. Sin dar espacio a creencias varias, notaba que se movían sigilosamente tales felinos.

Al cabo de una hora el arroz quedó quemado en la base y sin sabor, la carne quemada y con demasiada cebolla y tomate, el agua de panela lista con el limón (más agua que panela), serví la comida y me senté en la cama frente al televisor a cenar, el programa musical llegaba a su final y se daría inicio al programa de seriado de los adolescentes pandilleros. Comía con más hambre que atención por el programa de televisión en sí.

Ambos gatos estaban giradas a cada lado, me levanté de la cama más molesto que antes y los regañé – cómo si ellos me escucharan y fuesen a obedecer -  haciendo hincapié en que no quería que se movieran. Les suplicaba que dejaran “la pendejada”.

Hicieron caso por un rato – pienso a mis adentros – sin embargo si hay algo caprichoso en esta vida, son precisamente los fulanos que no pertenecen a esta vida. Como si desafiara todas las leyes del hombre, el gato de  porcelana saltó (digo saltar porque no hallo otro eufemismo que haga justicia a lo que vi aquella noche) cayendo en frente mío, sobre el tapete junto a la cama. Observé con más miedo que rabia, el animal de porcelana estaba intacto en el suelo, semanas atrás cuando hacía limpieza en la habitación, sin querer tumbé el muñeco del televisor y cayó sobre el tapete donde se le partió una pata a pesar de haber sido una caída suave, en cambio, en esta ocasión se databa de una caída con mucha velocidad y así y todo estaba intacto, sin un rasguño.

La gata de porcelana comenzó a girar lentamente, muy despacio casi sin poderse notar el movimiento, pero sabía que se estaba moviendo. Cuando me agaché para recoger al gato de porcelana y ver que no tenía ni un rayón la gata de porcelana estaba ya girada totalmente hacia el lado derecho. Sentí un frío penetrante, fuerte, había un ambiente a soledad poderoso en el cuarto, pesado, me incomodaba estar allí y me asfixiaba la situación.

Sin pensar en mi vestimenta de noches de domingo, bajé corriendo por las escaleras (vivía en un segundo piso) con los muñecos de porcelana en la mano. El vigilante de turno (todos de hecho) conocía un poco de mis ataques de ansiedad y mis frecuentes bajadas a la portería tarde en la noche, con la excusa de conversar con alguien.

Le conté lo ocurrido y en evidentes términos el fulano no daba credibilidad a nada de lo que yo relataba. Tomé con rabia el muñeco y lo estrellé contra la pared del edificio. El animal rebotó como una pelota de goma sin verse afectado en nada. Me dolía porque era la única conexión material con mis padres, ese recordatorio que siempre guardamos en el estante de lo inverosímil.

Me molestaba en el alma, porque sentía que se burlan de mi (los gatos, además del silencio del vigilante), sentía que me retaba, que algo me confrontaba o hacía de mi distante actitud un motivo para buscarme. Duré alrededor de una hora explicando al vigilante lo ocurrido y sumándole un par de relatos más que me habían ocurrido en las últimas semanas. Al cabo de un rato, pasó el camión de la basura, aproveché y tiré ambos muñecos esperando no volver a verles nunca.

A pesar que los gatos de porcelana ya no existirían en el estante del televisor, tanto el amor y recuerdo por mis padres, como el recuerdo de los hechos de aquel domingo no se fueron nunca del lugar. Había una complicidad indeseada entre el ambiente y mi incertidumbre.

Comenzaba una temporada de fuertes experiencias, de burlas, de iras, de rencores y de frías reacciones al calor de un fenómeno poco normal.

Fueron pocos los cercanos que escucharon mis versiones (varias de hecho) de lo ocurrido, todas concluyendo con un temor por algo que no conocía ni quería conocer. 

No volví a comprar muñecos decorativos por mucho tiempo.



AV 

9 de enero de 2017

De Oficios y Escrituras Pendientes.




Sentarse a escribir no es que sea sencillo, con el paso de los años vamos perfeccionando tal menester o, lo vamos desmejorando, de alguna manera fallamos en la redacción o en el uso en ocasiones, excesivo, de ciertos signos de puntuación o reglas ortográficas que se nos pasan por alto.

De otra parte, vamos volviéndonos cada vez más mezquinos y exigentes con el uso de la ortografía y redacción en los escritos de otros. Corremos a corregir al que falla en una publicación o comentario en redes sociales, al que nos escribe en los servicios de mensajería o sencillamente, al que se deja descubrir en una nota de prensa.

Escribir es un oficio para unos, para otros como yo es una herramienta que se limita a mejorar el qué hacer de mi profesión. La docencia como ejercicio profesional se me convierte día tras día en una campaña permanente de crecimiento personal e intelectual, el sentarme a preparar material de enseñanza lleva consigo esa reflexión constante acerca del don de escribir o para algunos, del coco de tener que escribir. A saber de sus mejoras constantes, a conocer con profundidad las reformas que las normas de publicación escrita data en cada año, a soportar los dolores de cabeza de quienes nos lee cuando faltamos a dichos formatos o damos por sentadas ciertas “pequeñeces”.

En estos tiempos de crecimiento profesional es que hallo en la escritura de mi documento de grado, un grado más, otro afiche para ubicar en la pared si así El Buki lo permite. Dicha escritura es esquiva, se la juega siempre, porque el hablar en un Blog en alguna red social lleva consigo un lenguaje común que se aleja por completo del lenguaje académico, es allí donde reparo mi tiempo la lectura de escritos de otros pares académicos para así sumergirme en dicho lenguaje académico que para la época, siempre guardamos bajo llave.

Es difícil, sin importar la constancia de los días o meses. 

El lenguaje debe siempre ser ajeno a la voluntad del escritor. El académico debe ser siempre distante al lector, ser imparcial e insensible si es el caso, en cambio, el poeta nunca miente, le es imposible mentirse a sí mismo en sus letras, negarse a las posturas o no querer interpelar a quien le lee y le retroalimenta.

La academia disfruta de las interpelaciones, sin embargo, les exige un grado de profundidad que en ocasiones solo se limita a la réplica, por su parte, el poeta se sumerge en sus ideas sin darle lugar a los argumentos que otros puedan evidenciar o sugerir; una diatriba que se nos hace compleja vez tras vez cuando es el arte del escribir un oficio que constantemente se mezcla entre las aulas y la cotidianidad.
Es pretender exponer nuestras ideas y las ideas de otros, fundamentar todo como un juego único de especies y comenzar a visibilizarlas con un sentido y una lógica única, en ocasiones, egoísta.

Cuesta esforzarse para dar lugar a cada ritmo de escritura, lleva en su pasaje una identidad que almacena en ella la misma información,  que lleva a las motivaciones a ritmos diferentes, desde las banalidades de una noticia cotidiana o la indignación de una calamidad nacional, desde las ideas de un viejo remitente que quiere proponer mejoras u observaciones a un asunto de interés sectorial, hasta las mismísimas teorías del tiempo y la humanidad que se van replanteando con el ciclo de los años.

Permanecer en dicho estado de lectura da como frutos el retomar el discurso oportuno, los atajos y comandos para una mejor forma en lo que se escribe y lo que se desea comunicar. No es que se trate de un ejercicio permanente de lectura, pero sí de hallar referentes que lleven el mismo corte de contenido de lo que uno pretende comunicar en algún momento, intentar sumergirnos en breves (no tan breves) discursos de reconocidos investigadores, institutos y hasta asociaciones de profesionales que discuten eso que uno ha dicho, es su tema de interés.

Pero también es poesía, es una prosa inconfundible de verborrea que se asoma en cada página inclusive de entidades académicas bien reconocidas. 

Es cómico, quizás, precisamente porque la academia no tolera la comedia y la improvisación en sus páginas, mucho menos los estamentos nacionales e internacionales de evaluación científica (como se lee de bonito), es entonces, un juego de roles y de egos que se asoma en los textos, porque también existen los grandes pensadores de la nada que publican interesantes aportes académicos en una primera versión y siguiendo dicha línea de estudio comienzan a derivar sus letras en el mismo mensaje pero con otro tono. Se expanden en la mayor cantidad de vacilaciones al punto de recitar sus investigaciones (del mismo tema pero con múltiples matices por impresión) como si se tratasen de dogmas. Allí es donde la comedia también huye, porque no queremos ser expertos de la nada, ni claro, ser récord olímpico de verborrea.

No somos entonces dados a la escritura como la pulcra labor que tanto enorgullecía a poetas y escribanos, ni nos damos esas lides de identidad y helio en el ego, pero somos humanos, mundanos, somos además, ingenuos.

Nos convertimos por temporadas en académicos y en poetas, en docentes y en blogueros, en amantes de lo inverosímil y en expositores de lo imperceptible. Nos hacemos invisibles en ambos casos ante quien nos lee, pero sin que nos encuentre, nos desnudamos con las ideas que de allí emanan.

Nos convertimos en maestros de obra, mezclamos el cemento con el mismo decoro con el que mezclamos las emociones ante cada idea que queremos plasmar.

Sin importar que al final nada terminamos por decir.

Por anunciar.


AV

7 de enero de 2017

Días Nuestros (2016)



El 2016 ha sido un año muy fuerte con relación a sentimientos, un año en que la velocidad de cada suceso se ha caracterizado por la vertiginosa vía de descenso en que debía de sostenerme en pie. Enero llegó con una gripe de esas fuertes que me convidó a recibir la noche de año nuevo acostado en una cama bajo los efectos de una aguapanela y un par de acetaminofen. Fue por igual, un mes lo más de interesante, pues se estaba iniciando una nueva etapa al lado de la mujer amada, el hogar que comenzábamos a soñar estaba en proceso de construcción.

Un enero donde me vi por última vez con Sammy Alexander, pero también un enero donde iniciamos clases en la cálida ciudad de Quibdó.

Fue un 2016 fuerte, porque desde finales del año 2015 mi padre presentaba ya síntomas de gravedad en su estado de salud, la paciencia con que se llevaba el tratamiento contrarrestaba con los ataques de ansiedad en los que debía de distanciarme, dejarme convidar por lo superfluo de la rutina para no dejarme afectar por lo profundo del tratamiento.

Fue entonces en febrero cuando caímos en urgencias por segunda vez, mi padre aferrado a un respirador artificial y bajo los efectos de sedantes era una marioneta de observación en la sala de cuidados intensivos, mi madre, mi novia (para entonces) y yo nos turnábamos visitarlo y darle lo mejor de nuestros corazones.

Marzo fue un poco más tolerable, continuaría con mis viajes al Chocó y mis clases en las universidades privadas del sur de la ciudad, jugamos “Monopoly Star Wars”, y en abril almorzamos ajiaco. Visitamos a la señorita Maria Fernanda y bailamos el Vals para celebrar sus 15 primaveras.

En mayo celebramos el día del profesor con unas deliciosas Waffles. Mi padre mejoraría un poco en salud y mucho en su estado de ánimo, nos aferrábamos cada vez más a la esperanza de que todo saldría bien, todo saldría bien.

Todo saldría bien (decían).

Almorzamos en familia en junio, quizás de las últimas fotografías en compañía de todos con la pared amarilla de fondo, era un delicioso almuerzo preparado por mi amada, claro, no podía faltar el fantástico jugo de lulo que deja bigote. En Junio Martina aprendió a abrir el closet por sí misma para entrar a dormir encima de la ropa, jugamos la Copa América Centenario y fuimos a urgencias un par de veces, una a visitar a mi padre, en otra, a buscarle solución a los dolores del cuerpo.

Conocí Neiva en julio y vi las ruinas del antiguo aeropuerto El Dorado, fueron además 8 horas infames de viaje por carretera en un trayecto que por lo general no toma más de 5 horas de viaje. No había hospedaje para entonces y tuve que dormir en una vieja pensión que proveía servicios de pornografía en la televisión.

Atlético Nacional ganó la Copa Libertadores de América, esa misma noche, en julio, nuevamente debíamos de interrumpir actividades para ir a la clínica a acompañar a mi padre. Esa noche, por última vez, pude verle con la razón y la conciencia en la mano, al mismo tiempo, los jugadores celebraran en la televisión el ganar un torneo deportivo internacional, fue una noche larga, amarga, un sin sabor que solo a un miércoles de julio se le podría haber ocurrido.

Llegó agosto y con él los familiares que debíamos de saludar. Un 2016 lleno de imágenes y emociones, de aromas que dilatan el alma y la encierran en dudas y temores, de días que pasaron de la felicidad absoluta a la entrega precavida de unos buenos días y unas buenas tardes. Aprender a entender que en dicho año se tuvo la fortuna de volver a ver a esos familiares que desde hace mucho tiempo no se saludaban, a pesar de que no eran las circunstancias ideales.

Llegó Nala a la casa.

Viajamos a Bandola, tomamos café y comimos helado. Fuimos al Palique de Tramarte, nos arrodillamos y nos juramos amor eterno. 

Un agosto que estuvo cargado de emociones y muchas noches para reflexionar, rememorar aquello que la vida daba por sentado.

En septiembre volví a Neiva, en Cali nos visitó David Guillermo y llegó para convertirse en Padrino. Fuimos de Picnic con Diego Alejandro y celebramos su cumpleaños, tomamos cerveza y cantamos las canciones de los Amigos Invisibles. Octubre ingrato que siempre llega con rapidez, comimos torta y soplamos las velas con el escudo de armas de Kal-El, fuimos al CIAT y bailamos hasta tarde, porque celebrábamos Halloween, porque celebramos la vida, el amor bonito.

Celebramos también el cumpleaños de doña Blanca, nos juntamos de nuevo en la mesa, comimos masmelos una vez más.

Los amores son para toda la vida, los amigos, la familia, los recuerdos. Quizás en ello el 2016 se caracterizó por ser un año de muchas emociones donde todas, de alguna manera ininteligible, terminaban en eso que llaman amor. En noviembre dimos lectura a los votos, nacía un hogar bonito que ya desde un par de años atrás vendría construyendo los cimientos de una familia llena de esperanza y muchos deseos de amar. Nos juramos la vida porque así era lo que deseaba cada corazón, ella de blanco y yo de corbatín fucsia, los amigos nos acompañaron y dieron a este noviembre el premio de ser un inolvidable día 26.

Celebramos el don de la vida y el don del amor.

Viajamos a la playa, consentimos al sol y conversamos con las estrellas, las olas del mar nos abrazaron en su encanto juguetón y dieron así la bienvenida a diciembre, un diciembre que como todos los años, se escaparía a toda emoción y se asentaría en la reflexión, esta vez, desde el Caribe como punto de partida.

Llegaba diciembre y con el terminaba mis estudios de nuevo, viajamos a Sevilla y bailamos con la familia. 
Una reunión familiar que albergaría de cierto modo mi orfandad, una reunión donde me acobijaba del cariño de mi nueva familia, una felicidad que surgía en medio del llanto silencioso de la nostalgia. Del querer y el extrañar.

Un 2016 para armar una y mil veces.


AV

6 de enero de 2017

Camino a Ciudad Esmeralda.






En cada historia que escribimos damos protagonismo a un personaje, a un suceso, inclusive, a la nada. Destrabamos letras de la memoria para darles un orden con el cual podamos comunicar lo que callamos inclusive más de lo acostumbrado.

Amo la lluvia porque de ella se levantan los suspiros de muchos silencios que hemos dejado a la poesía. Amo el silencio, porque de allí emerge el más sublime de los encuentros con uno mismo, amo el recuerdo, porque de la nostalgia vivimos todos y es en ella donde se escriben las mejores historias y se componen las mejores canciones.

El tiempo como buen consejero ha sido testigo del arte de silenciarnos y observar a la vida transcurrir su curso y sus mensajes cifrados, querer entender todo lo que nos ocurre, dibujarnos en los vidrios empañados del carro y pretender ser infantes de nuevo. Iniciamos el año rememorando lo que el pasado nos dejó, llevarse a la memoria por los vicios del silencio y de cada canción, nos alejamos como el globo de helio que se le escapa a una niña en el centro comercial, disipamos la espera como el helado que cae al suelo y hace brotar las lágrimas en el niño que recién iba comenzar a probarlo. 

Un concurso de ironías nos descubre en ese vaivén que llamamos vida.

El camino a Ciudad Esmeralda se distingue por los baldosines amarillos, los fantásticos personajes que deambulan en el y las múltiples historias que de allí se puedan relatar, sin embargo, en la memoria esos caminos no son de baldosines amarillos ni están llenos de fantásticos fulanos, solo hay imágenes y canciones, familiares y conocidos.

Nos abrazamos a la nostalgia con el mismo afán con el que la melancolía nos busca en las salas de espera; nos dibujamos sonrisas en  fiestas de fin de año mientras las lágrimas brotan en silencio a la par de los juegos pirotécnicos. Nos sacude el tedio de las despedidas pasadas.
Pero no siempre es así.

Ha sido muy difícil esto de tragar entero cada sentimiento con el ánimo de seguir adelante afrontando cada reto del día, sin embargo, son miles las alegrías que por vez ha traído cada día. El poder consolidar día a día la institución del amor, ser fuerte en el hermoso esfuerzo de construir en pareja el proyecto de vida soñado, ser fiel a los principios y no dejarnos desviar del objetivo. 

Ha sido fácil entonces, el soportar cada silencio que el alma clama cuando de la mano se lleva a la mejor de las compañías, aquel polo a tierra que permite se siembre las ideas y se cosechen triunfos familiares.

No es que se trate pues de emprender un camino donde la melancolía es la constante de los pasos, es entender de adentro hacia afuera que además de las lágrimas o quejidos que podamos exhalar, están presentes las sonrisas y los besos.

El ánimo perfecto que busca equilibrar pasado y futuro en un maravilloso presente lleno de amor, de un amor bonito. Un presente que puede darse entonces en forma de baldosines amarillos, llevarnos a Ciudad Esmeralda y en ella despojar las ideas y los suspiros, los temores y las aflicciones. Una ciudad que puede ser ficción en su forma pero que su esencia está ambientada por lo que dos construyen y no uno, como inicialmente pensábamos.

Porque la vida cambia, la vida nos ha dado ese empujón de motivos para con ellos replantear el modo de avistar. Nos ha dado cuatro manos para sembrar, cuatro piernas para caminar, nos ha dado la perfección del amor hecha materia, ahora somos pareja y en múltiplos de dos vamos como los artesanos, construyendo a mano los sueños que queremos sean de total satisfacción.

Hora de llenarnos de fibra, de darle a la melancolía un lugar en el equipaje, pero no darle la prioridad que demanda, por el contrario, momento de darle al amor bonito la dicha de ser protagonista, de ser pensamiento y palabra, de darnos ese clamor de vida que nos transporta a los mejores recuerdos de aquellos que no nos pueden acompañar, que nos transporta a las mejores vivencias de los años anteriores, de los aprendizajes que sirven de herramienta para el proyecto de vida de un Don y una Doña.

Amo la lluvia porque de ella se levantan los suspiros que mi corazón quiere declamar al corazón de ella. Amo el silencio que nace de nuestras miradas, porque allí reside el poder eterno del amor, de ese amor que hace emerger el más sublime de los encuentros, encuentros donde se escriben las mejores historias y se componen las mejores canciones.

En cada historia que escribimos damos protagonismo a un personaje, a un suceso, inclusive, a la nada. Destrabamos letras de la memoria para darles un orden con el cual podamos comunicar lo que callamos inclusive más de lo acostumbrado. En cada historia que juntos vamos construyendo se va publicando el amor más bonito de todos, se va viviendo la fiesta más grande del universo, una fiesta para dos, para avistar a la vida en cada canción.

Es que ella es mi fiesta, es mi camino a Ciudad Esmeralda, es mi silencio y mi bullicio. Mis sueños y recuerdos juntos, el fervor de los recuerdos futuros.

Mi fiesta.

AV