8 de marzo de 2017

Sala de Espera




Esperar a alguien puede ser un proceso que nos tome más tiempo del que esa persona promete hacernos esperar, espera el resultado de un proceso puede terminar inclusive más extenso que lo que podamos creer o querer soportar. Esperar, en sí, ha sido siempre un asunto de verdades a medias, no hay exitoso fulano que nos pueda compartir una espera satisfactoria, porque incluso, en la más puntual de las esperas se nos hace injusta la llegada.

No somos los más idóneos para atender temas de partidas o llegadas, nos sacudimos en excesiva ansiedad y damos fin a nuestra paz interior, vamos idolatrando los afanes como un argumento para justificar los términos de eficiencia y eficacia, nos alejamos de lo plausible, nos volvemos inertes en un torrente de discursos, preferimos pasar del sustantivo al verbo y del aquí al ahora. Vamos robotizado nuestra espera como un autómata que está a la orden de cualquier directriz.

Cuando alguien parte es muy doloroso para quien se queda el poder imaginar el tiempo que deberá de transcurrir para poder volver a estar con aquella persona. Viajeros que emprenden aventuras en otras tierras y prometen regresar a casa, quizás rebeldes que ven en la distancia argumentos suficientes para explicar sus revoluciones y sinsabores. Damas y caballeros que juntos acuerdan partir porque eso es lo que dicta el código de conducta, prometiendo traer de regreso semillas de vida y frutos de nuevas generaciones.

Todos aprendemos a esperar, todos terminamos por ser educados en espacios de ansiedad y locomoción, uno que otro incauto termina por ser un mago del tiempo y sale con mejores excusas para no tener que esperar, sea lo que fuera que tuviese que esperar. Nos desesperamos con facilidad al punto de dar a la innovación las herramientas y discursos necesarios para estar aquí y ahora donde necesitemos estar, inclusive, con quien necesitemos estar, pero es dicha espera la que nos ha invocado en innecesarias súplicas de pausa y calma.

No aseveramos la importancia de un saludo o un abrazo, mucho menos comprendemos que al decir adiós puede que sea la última vez que hagamos contacto físico, porque la vida es así, a veces ingrata, a veces coqueta.

No entendemos la dimensión de las cosas cuando se nos escapa una lágrima por aquellos que tuvieron que partir y a los que claramente no pudimos despedir, porque simplemente se fueron. Pero seguimos pensando en el aquí y el ahora, seguimos cuestionando nuestras razones para estar físicamente en un lugar y mentalmente en otro, como si el do de  la omnipresencia fuera un requisito indispensable para vivir.

Porque nos preocupamos más por responder al que nos saluda en el dispositivo de mensajería instantánea que por conversar mirando a los ojos a aquel que nos dedica su tiempo. Porque nos ocupamos más en la nostalgia por el que se ha ido que en dar lugar y sentido a lo que la memoria nos dejó en el pensamiento.

Al partir un beso y una flor recomienda el poeta. Pero es quizás menester entender que el mundo no es de poetas ni de sabios, es de ingratos y nostálgicos, de melancólicos que dan más valor a lo ya vivido que a la necesidad misma de vivir el momento siguiente. 
Lo confieso por supuesto, sigo pensando en el momento vivido, en ocasiones me sueño esa vida maravillosa que me he prometido a mí mismo y que me esfuerzo por alcanzar, pero la ansiedad no desaparece, la deuda del tiempo no descansa, es como si mi mente buscara de manera inmediata llegar a otro universo, despedirse de un plano para implementar mecanismos de comunicación con los que ya no están aquí.

Querer hablar con los que ya no nos pueden saludar, desear decir adiós a los que se les olvidó que se podía hablar, a los desvalidos, a los que nos escuchan pero no nos hablan, a los que nos observan sin entender que ya no pertenecen acá.

Vigilantes del tiempo y testigos de la nostalgia.  

No somos los más idóneos para atender temas de partidas o llegadas, nos sacudimos en excesiva ansiedad y damos fin a nuestra paz interior, como si preocuparnos fuera la solución.

Como si ocuparnos fuera la condición.


AV

7 de marzo de 2017

Nuestra Aflicción







Los silencios se convierten en esos caminos donde nos dejamos llevar por el pensamiento, los desvirtuamos de toda realidad y allí comenzamos a fraguar todas nuestras preocupaciones y anhelos. Vamos como es costumbre diseñando en cada silencio las excusas necesarias para afrontar el día siguiente.

Se viven etapas que nos ponen en consuelo cada momento de vida, damos de nosotros lo suficiente para que el prójimo tenga en sí su mejor versión de sí, le extendemos confites y uno que otro cumplido siempre con el ánimo de dar apertura a una sonrisa, porque de sonrisas vacías nos hemos llenado en estos últimos meses.

Cuesta mucho imaginarse que todo podría estar diferente, cuesta, porque no somos amigos del futuro paralelo, de esos inciertos pensamientos donde acomodamos la vida a situaciones paradójicas, paralelas a los hechos reales que acontecieron. No servimos para pensar más allá de lo que la inmediatez nos arroja,

No sirvo para llenarme los bolsillos de expectativas andantes cuando de andares es que he alimentado mi cuerpo por muchos años. Quizás es cansancio o rebeldía, no logro cuadrar los pensamientos con los vacíos que cada silencio va dibujando en la pared, como la tiza que en la pizarra va dejando una línea débil y sin sentido. Llevarme las expectativas a la calle y dejarlas allí esperando por una idea feliz, o quizás guardarlas en el equipaje y trastearlas de oficina en oficina hasta cansarse de sí.

Dejar dicha responsabilidad en la música y exigir a las canciones que den sentido a los silencios, que den un significado a las reflexiones que se pierden en la mente, que no trascienden el verbo y el fonema. Dejarme caer en la soledad de una habitación esperando a que sea mi turno de dar declaraciones y justificar un currículo.

Esperar.

Es muy difícil dar a cada silencio su lugar. Toda preocupación tiene su ocupación, su tiempo y directorio. Todos tenemos etiquetas para lo que nos ocurre, pero es que es difícil compañeros, es difícil querer verbalizar lo que el alma ya ha llorado, lo que la voz ya ha gemido y las plegarías han despedido. Es difícil dar el giro que todos sabemos que hay que dar, desanclar las ideas y pretender que el trayecto apenas comienza.

No se trata de creer en agüeros o en excesivas verdades metafísicas, no es interponer la razón a la devoción ni censurar la especulación en manos de la desesperación, es querer dialogar. Se hace injusto no poder hablar, no sentir respuesta, desestimar toda conducta ante una pared que no cede.

No es darle a la costumbre un lugar sagrado para llenar el vacío que las despedidas dejaron, no es darle categorías a cada sentimiento, a la final la mierda es mierda y el oro es oro. A la final el amor es amor no importa desde donde se sienta o hacia dónde se oriente. De un modo u otro no nos debe de importar los colores o etiquetas, la materia misma de las cosas o los dolores escasos de los silencios.

Ya hablábamos en versiones anteriores que estamos rotos por dentro, pero nunca mencionamos qué era lo que se nos colaba por entre las grietas, nos negamos en concordancia con el afán, a darle espacio a páginas leídas de la prensa. Preferimos darle al recuerdo la responsabilidad sobre la nostalgia, ser hipócritas quizás ante los silencios, ser en excesiva razón bullosos con la verborrea, porque para caminar nos han educado, jamás nos hablaron de hacer pausas y reflexionar, de tomar impulso, de caminar en reversa si es el caso.

Quedaron muchas preguntas por responder, se sienten una gran ausencia que en el otro plano se excusa como celebración. Se me cuestiona el don de la vida cuando es esta la que nos da pistas que no me son fáciles descifrar, se me cuestiona el don de la vida cuando es el tiempo el que me quiere hablar pero en su fonética y estética. No soy un traductor de silencios, no soy un lector de horas o momentos, huérfano quizás, pero tampoco guerrero ni portador de luz.

La aflicción puede ser temporal, pero ya se habla de un temporal de casi 8 meses donde el tiempo ha volado más rápido que la misma capacidad de la memoria de darnos un lugar de calma. La aflicción puede ser nula si la acobijamos con abrazos como se ha intentado hacer a pesar de que en el fondo, allí, donde se incuban los sueños sigue estando presente esa sonrisa como una insignia de pequeños exploradores.

Los silencios se convierten en esos caminos donde nos dejamos llevar por el pensamiento, los desvirtuamos de toda realidad y allí comenzamos a fraguar todas nuestras preocupaciones y anhelos. Vamos como es costumbre diseñando en cada silencio las excusas necesarias para afrontar el día siguiente o por qué no, para encerrarnos en esa noche siguiente.

Buscar otros caminos para hablar, para comunicarnos, para responder las preguntas que a la fecha aun quedaron sueltas en el sillón.

Para volver a preguntar.


AV

11 de enero de 2017

Los Gatos de Cristal.




Todos tenemos historias que nos marcan en la vida, de amores que fueron y no fueron, de trabajos que quedaron o se perdieron, de victorias deportivas o fracasos académicos. Tenemos historias de amigos que ya no están, de canciones que se grabaron en el gramófono mental y perduran aún hoy día. Historias de todo color y sabor, una presencia eterna en el diario de las notas mentales.

En esta oportunidad me refiero a una historia en particular, bueno, todas son particulares. 

Hagamos memoria al año 2002, una noche de domingo, televisión nacional (no contaba con cable en el apartamento de entonces), se aventajaba el frío por entre las paredes y la soledad de un aparta-estudio no daba abasto a la inmensa incertidumbre de saber qué ocurría.

Rondando por los albores de los 17 otoños iniciaría la semana de un nuevo periodo académico en la universidad jesuita de la ciudad, el frío no mermaba y el hambre comenzaba a golpear en el intelecto. Al cumplir el primer año de vivir fuera de la casa materna, tendría dentro de la decoración uno que otro artilugio que permitiera conservar esa conexión con mis padres, más allá de una fotografía familiar. Como es bien sabido mi gusto por los felinos, contaba entre mis pertenencias dos gatos de porcelana (macho y hembra) que estaban sentados en dos patas mientras que con las patas delanteras sujetaban un corazón con un “Te amo”, era lo más simbólico en el apartamento con relación a mis padres y la ausencia o distancia que sentía, en especial al vivir en una ciudad tan lejana como la capital del país.

Cada Gato estaba ubicado encima de un televisor viejo y con barriga pronunciada, de esos televisores que se conectaban con antena de polo a tierra. Durante las noches dominicales la distracción la brindaba el Canal 1 con los inolvidables cañonazos de don JB TV y el seriado de tele realidad “Pandillas Guerra y Paz”. No había nada más por ver; mis artes culinarias (tal cual sucede al día de hoy) no son las mejores cuando de preparar arroz blanco ha de tratarse, sin embargo, con las cremas, las sopas y las carnes rojas mi talento se supera en consideraciones.

Mientras terminaba el programa musical de JB TV, comenzaba a preparar el arroz y daba paso a la carne, dicho proceso duraba aproximadamente 45 a 60 minutos entre poner el arroz en el agua (sin sal, obviamente) y tener la cena lista, mientras el tiempo pasaba, me acostaba en la cama a ver la televisión y de manera itinerante daba revisión al arroz esperando a que “secara” para así poner a preparar la carne y claro, darle mirada de que no se quemara.

Al regresar a la cama después de un par de idas y venidas, noté con un poco de duda que uno de los gatos estaba girado, es decir, ambos estaban ubicados de frente en sincronía con la pantalla del televisor, el gato estaba girado hacia el lado izquierdo. Sin darle importancia y pensando más en mi TOC solamente lo giré como debería de estar y seguí con mi menaje en acción.

De regreso a la habitación era ahora la gata la que estaba un poco girada, no del todo, hacia el lado izquierdo, como si se fijara en el gato. Me llamó la atención y la ubiqué como debía.
Durante un largo tiempo sentía la presencia de algo más en la habitación, desde meses atrás para ser sincero, pero desde la frivolidad de la educación recibida en casa no daba lugar a ese tipo de posibilidades, sin embargo, el corazón no miente y si algo he tenido en la vida, ha sido la sensibilidad para algunas situaciones como la que menciono en esta oportunidad. Sin dar espacio a creencias varias, notaba que se movían sigilosamente tales felinos.

Al cabo de una hora el arroz quedó quemado en la base y sin sabor, la carne quemada y con demasiada cebolla y tomate, el agua de panela lista con el limón (más agua que panela), serví la comida y me senté en la cama frente al televisor a cenar, el programa musical llegaba a su final y se daría inicio al programa de seriado de los adolescentes pandilleros. Comía con más hambre que atención por el programa de televisión en sí.

Ambos gatos estaban giradas a cada lado, me levanté de la cama más molesto que antes y los regañé – cómo si ellos me escucharan y fuesen a obedecer -  haciendo hincapié en que no quería que se movieran. Les suplicaba que dejaran “la pendejada”.

Hicieron caso por un rato – pienso a mis adentros – sin embargo si hay algo caprichoso en esta vida, son precisamente los fulanos que no pertenecen a esta vida. Como si desafiara todas las leyes del hombre, el gato de  porcelana saltó (digo saltar porque no hallo otro eufemismo que haga justicia a lo que vi aquella noche) cayendo en frente mío, sobre el tapete junto a la cama. Observé con más miedo que rabia, el animal de porcelana estaba intacto en el suelo, semanas atrás cuando hacía limpieza en la habitación, sin querer tumbé el muñeco del televisor y cayó sobre el tapete donde se le partió una pata a pesar de haber sido una caída suave, en cambio, en esta ocasión se databa de una caída con mucha velocidad y así y todo estaba intacto, sin un rasguño.

La gata de porcelana comenzó a girar lentamente, muy despacio casi sin poderse notar el movimiento, pero sabía que se estaba moviendo. Cuando me agaché para recoger al gato de porcelana y ver que no tenía ni un rayón la gata de porcelana estaba ya girada totalmente hacia el lado derecho. Sentí un frío penetrante, fuerte, había un ambiente a soledad poderoso en el cuarto, pesado, me incomodaba estar allí y me asfixiaba la situación.

Sin pensar en mi vestimenta de noches de domingo, bajé corriendo por las escaleras (vivía en un segundo piso) con los muñecos de porcelana en la mano. El vigilante de turno (todos de hecho) conocía un poco de mis ataques de ansiedad y mis frecuentes bajadas a la portería tarde en la noche, con la excusa de conversar con alguien.

Le conté lo ocurrido y en evidentes términos el fulano no daba credibilidad a nada de lo que yo relataba. Tomé con rabia el muñeco y lo estrellé contra la pared del edificio. El animal rebotó como una pelota de goma sin verse afectado en nada. Me dolía porque era la única conexión material con mis padres, ese recordatorio que siempre guardamos en el estante de lo inverosímil.

Me molestaba en el alma, porque sentía que se burlan de mi (los gatos, además del silencio del vigilante), sentía que me retaba, que algo me confrontaba o hacía de mi distante actitud un motivo para buscarme. Duré alrededor de una hora explicando al vigilante lo ocurrido y sumándole un par de relatos más que me habían ocurrido en las últimas semanas. Al cabo de un rato, pasó el camión de la basura, aproveché y tiré ambos muñecos esperando no volver a verles nunca.

A pesar que los gatos de porcelana ya no existirían en el estante del televisor, tanto el amor y recuerdo por mis padres, como el recuerdo de los hechos de aquel domingo no se fueron nunca del lugar. Había una complicidad indeseada entre el ambiente y mi incertidumbre.

Comenzaba una temporada de fuertes experiencias, de burlas, de iras, de rencores y de frías reacciones al calor de un fenómeno poco normal.

Fueron pocos los cercanos que escucharon mis versiones (varias de hecho) de lo ocurrido, todas concluyendo con un temor por algo que no conocía ni quería conocer. 

No volví a comprar muñecos decorativos por mucho tiempo.



AV 

9 de enero de 2017

De Oficios y Escrituras Pendientes.




Sentarse a escribir no es que sea sencillo, con el paso de los años vamos perfeccionando tal menester o, lo vamos desmejorando, de alguna manera fallamos en la redacción o en el uso en ocasiones, excesivo, de ciertos signos de puntuación o reglas ortográficas que se nos pasan por alto.

De otra parte, vamos volviéndonos cada vez más mezquinos y exigentes con el uso de la ortografía y redacción en los escritos de otros. Corremos a corregir al que falla en una publicación o comentario en redes sociales, al que nos escribe en los servicios de mensajería o sencillamente, al que se deja descubrir en una nota de prensa.

Escribir es un oficio para unos, para otros como yo es una herramienta que se limita a mejorar el qué hacer de mi profesión. La docencia como ejercicio profesional se me convierte día tras día en una campaña permanente de crecimiento personal e intelectual, el sentarme a preparar material de enseñanza lleva consigo esa reflexión constante acerca del don de escribir o para algunos, del coco de tener que escribir. A saber de sus mejoras constantes, a conocer con profundidad las reformas que las normas de publicación escrita data en cada año, a soportar los dolores de cabeza de quienes nos lee cuando faltamos a dichos formatos o damos por sentadas ciertas “pequeñeces”.

En estos tiempos de crecimiento profesional es que hallo en la escritura de mi documento de grado, un grado más, otro afiche para ubicar en la pared si así El Buki lo permite. Dicha escritura es esquiva, se la juega siempre, porque el hablar en un Blog en alguna red social lleva consigo un lenguaje común que se aleja por completo del lenguaje académico, es allí donde reparo mi tiempo la lectura de escritos de otros pares académicos para así sumergirme en dicho lenguaje académico que para la época, siempre guardamos bajo llave.

Es difícil, sin importar la constancia de los días o meses. 

El lenguaje debe siempre ser ajeno a la voluntad del escritor. El académico debe ser siempre distante al lector, ser imparcial e insensible si es el caso, en cambio, el poeta nunca miente, le es imposible mentirse a sí mismo en sus letras, negarse a las posturas o no querer interpelar a quien le lee y le retroalimenta.

La academia disfruta de las interpelaciones, sin embargo, les exige un grado de profundidad que en ocasiones solo se limita a la réplica, por su parte, el poeta se sumerge en sus ideas sin darle lugar a los argumentos que otros puedan evidenciar o sugerir; una diatriba que se nos hace compleja vez tras vez cuando es el arte del escribir un oficio que constantemente se mezcla entre las aulas y la cotidianidad.
Es pretender exponer nuestras ideas y las ideas de otros, fundamentar todo como un juego único de especies y comenzar a visibilizarlas con un sentido y una lógica única, en ocasiones, egoísta.

Cuesta esforzarse para dar lugar a cada ritmo de escritura, lleva en su pasaje una identidad que almacena en ella la misma información,  que lleva a las motivaciones a ritmos diferentes, desde las banalidades de una noticia cotidiana o la indignación de una calamidad nacional, desde las ideas de un viejo remitente que quiere proponer mejoras u observaciones a un asunto de interés sectorial, hasta las mismísimas teorías del tiempo y la humanidad que se van replanteando con el ciclo de los años.

Permanecer en dicho estado de lectura da como frutos el retomar el discurso oportuno, los atajos y comandos para una mejor forma en lo que se escribe y lo que se desea comunicar. No es que se trate de un ejercicio permanente de lectura, pero sí de hallar referentes que lleven el mismo corte de contenido de lo que uno pretende comunicar en algún momento, intentar sumergirnos en breves (no tan breves) discursos de reconocidos investigadores, institutos y hasta asociaciones de profesionales que discuten eso que uno ha dicho, es su tema de interés.

Pero también es poesía, es una prosa inconfundible de verborrea que se asoma en cada página inclusive de entidades académicas bien reconocidas. 

Es cómico, quizás, precisamente porque la academia no tolera la comedia y la improvisación en sus páginas, mucho menos los estamentos nacionales e internacionales de evaluación científica (como se lee de bonito), es entonces, un juego de roles y de egos que se asoma en los textos, porque también existen los grandes pensadores de la nada que publican interesantes aportes académicos en una primera versión y siguiendo dicha línea de estudio comienzan a derivar sus letras en el mismo mensaje pero con otro tono. Se expanden en la mayor cantidad de vacilaciones al punto de recitar sus investigaciones (del mismo tema pero con múltiples matices por impresión) como si se tratasen de dogmas. Allí es donde la comedia también huye, porque no queremos ser expertos de la nada, ni claro, ser récord olímpico de verborrea.

No somos entonces dados a la escritura como la pulcra labor que tanto enorgullecía a poetas y escribanos, ni nos damos esas lides de identidad y helio en el ego, pero somos humanos, mundanos, somos además, ingenuos.

Nos convertimos por temporadas en académicos y en poetas, en docentes y en blogueros, en amantes de lo inverosímil y en expositores de lo imperceptible. Nos hacemos invisibles en ambos casos ante quien nos lee, pero sin que nos encuentre, nos desnudamos con las ideas que de allí emanan.

Nos convertimos en maestros de obra, mezclamos el cemento con el mismo decoro con el que mezclamos las emociones ante cada idea que queremos plasmar.

Sin importar que al final nada terminamos por decir.

Por anunciar.


AV

7 de enero de 2017

Días Nuestros (2016)



El 2016 ha sido un año muy fuerte con relación a sentimientos, un año en que la velocidad de cada suceso se ha caracterizado por la vertiginosa vía de descenso en que debía de sostenerme en pie. Enero llegó con una gripe de esas fuertes que me convidó a recibir la noche de año nuevo acostado en una cama bajo los efectos de una aguapanela y un par de acetaminofen. Fue por igual, un mes lo más de interesante, pues se estaba iniciando una nueva etapa al lado de la mujer amada, el hogar que comenzábamos a soñar estaba en proceso de construcción.

Un enero donde me vi por última vez con Sammy Alexander, pero también un enero donde iniciamos clases en la cálida ciudad de Quibdó.

Fue un 2016 fuerte, porque desde finales del año 2015 mi padre presentaba ya síntomas de gravedad en su estado de salud, la paciencia con que se llevaba el tratamiento contrarrestaba con los ataques de ansiedad en los que debía de distanciarme, dejarme convidar por lo superfluo de la rutina para no dejarme afectar por lo profundo del tratamiento.

Fue entonces en febrero cuando caímos en urgencias por segunda vez, mi padre aferrado a un respirador artificial y bajo los efectos de sedantes era una marioneta de observación en la sala de cuidados intensivos, mi madre, mi novia (para entonces) y yo nos turnábamos visitarlo y darle lo mejor de nuestros corazones.

Marzo fue un poco más tolerable, continuaría con mis viajes al Chocó y mis clases en las universidades privadas del sur de la ciudad, jugamos “Monopoly Star Wars”, y en abril almorzamos ajiaco. Visitamos a la señorita Maria Fernanda y bailamos el Vals para celebrar sus 15 primaveras.

En mayo celebramos el día del profesor con unas deliciosas Waffles. Mi padre mejoraría un poco en salud y mucho en su estado de ánimo, nos aferrábamos cada vez más a la esperanza de que todo saldría bien, todo saldría bien.

Todo saldría bien (decían).

Almorzamos en familia en junio, quizás de las últimas fotografías en compañía de todos con la pared amarilla de fondo, era un delicioso almuerzo preparado por mi amada, claro, no podía faltar el fantástico jugo de lulo que deja bigote. En Junio Martina aprendió a abrir el closet por sí misma para entrar a dormir encima de la ropa, jugamos la Copa América Centenario y fuimos a urgencias un par de veces, una a visitar a mi padre, en otra, a buscarle solución a los dolores del cuerpo.

Conocí Neiva en julio y vi las ruinas del antiguo aeropuerto El Dorado, fueron además 8 horas infames de viaje por carretera en un trayecto que por lo general no toma más de 5 horas de viaje. No había hospedaje para entonces y tuve que dormir en una vieja pensión que proveía servicios de pornografía en la televisión.

Atlético Nacional ganó la Copa Libertadores de América, esa misma noche, en julio, nuevamente debíamos de interrumpir actividades para ir a la clínica a acompañar a mi padre. Esa noche, por última vez, pude verle con la razón y la conciencia en la mano, al mismo tiempo, los jugadores celebraran en la televisión el ganar un torneo deportivo internacional, fue una noche larga, amarga, un sin sabor que solo a un miércoles de julio se le podría haber ocurrido.

Llegó agosto y con él los familiares que debíamos de saludar. Un 2016 lleno de imágenes y emociones, de aromas que dilatan el alma y la encierran en dudas y temores, de días que pasaron de la felicidad absoluta a la entrega precavida de unos buenos días y unas buenas tardes. Aprender a entender que en dicho año se tuvo la fortuna de volver a ver a esos familiares que desde hace mucho tiempo no se saludaban, a pesar de que no eran las circunstancias ideales.

Llegó Nala a la casa.

Viajamos a Bandola, tomamos café y comimos helado. Fuimos al Palique de Tramarte, nos arrodillamos y nos juramos amor eterno. 

Un agosto que estuvo cargado de emociones y muchas noches para reflexionar, rememorar aquello que la vida daba por sentado.

En septiembre volví a Neiva, en Cali nos visitó David Guillermo y llegó para convertirse en Padrino. Fuimos de Picnic con Diego Alejandro y celebramos su cumpleaños, tomamos cerveza y cantamos las canciones de los Amigos Invisibles. Octubre ingrato que siempre llega con rapidez, comimos torta y soplamos las velas con el escudo de armas de Kal-El, fuimos al CIAT y bailamos hasta tarde, porque celebrábamos Halloween, porque celebramos la vida, el amor bonito.

Celebramos también el cumpleaños de doña Blanca, nos juntamos de nuevo en la mesa, comimos masmelos una vez más.

Los amores son para toda la vida, los amigos, la familia, los recuerdos. Quizás en ello el 2016 se caracterizó por ser un año de muchas emociones donde todas, de alguna manera ininteligible, terminaban en eso que llaman amor. En noviembre dimos lectura a los votos, nacía un hogar bonito que ya desde un par de años atrás vendría construyendo los cimientos de una familia llena de esperanza y muchos deseos de amar. Nos juramos la vida porque así era lo que deseaba cada corazón, ella de blanco y yo de corbatín fucsia, los amigos nos acompañaron y dieron a este noviembre el premio de ser un inolvidable día 26.

Celebramos el don de la vida y el don del amor.

Viajamos a la playa, consentimos al sol y conversamos con las estrellas, las olas del mar nos abrazaron en su encanto juguetón y dieron así la bienvenida a diciembre, un diciembre que como todos los años, se escaparía a toda emoción y se asentaría en la reflexión, esta vez, desde el Caribe como punto de partida.

Llegaba diciembre y con el terminaba mis estudios de nuevo, viajamos a Sevilla y bailamos con la familia. 
Una reunión familiar que albergaría de cierto modo mi orfandad, una reunión donde me acobijaba del cariño de mi nueva familia, una felicidad que surgía en medio del llanto silencioso de la nostalgia. Del querer y el extrañar.

Un 2016 para armar una y mil veces.


AV

6 de enero de 2017

Camino a Ciudad Esmeralda.






En cada historia que escribimos damos protagonismo a un personaje, a un suceso, inclusive, a la nada. Destrabamos letras de la memoria para darles un orden con el cual podamos comunicar lo que callamos inclusive más de lo acostumbrado.

Amo la lluvia porque de ella se levantan los suspiros de muchos silencios que hemos dejado a la poesía. Amo el silencio, porque de allí emerge el más sublime de los encuentros con uno mismo, amo el recuerdo, porque de la nostalgia vivimos todos y es en ella donde se escriben las mejores historias y se componen las mejores canciones.

El tiempo como buen consejero ha sido testigo del arte de silenciarnos y observar a la vida transcurrir su curso y sus mensajes cifrados, querer entender todo lo que nos ocurre, dibujarnos en los vidrios empañados del carro y pretender ser infantes de nuevo. Iniciamos el año rememorando lo que el pasado nos dejó, llevarse a la memoria por los vicios del silencio y de cada canción, nos alejamos como el globo de helio que se le escapa a una niña en el centro comercial, disipamos la espera como el helado que cae al suelo y hace brotar las lágrimas en el niño que recién iba comenzar a probarlo. 

Un concurso de ironías nos descubre en ese vaivén que llamamos vida.

El camino a Ciudad Esmeralda se distingue por los baldosines amarillos, los fantásticos personajes que deambulan en el y las múltiples historias que de allí se puedan relatar, sin embargo, en la memoria esos caminos no son de baldosines amarillos ni están llenos de fantásticos fulanos, solo hay imágenes y canciones, familiares y conocidos.

Nos abrazamos a la nostalgia con el mismo afán con el que la melancolía nos busca en las salas de espera; nos dibujamos sonrisas en  fiestas de fin de año mientras las lágrimas brotan en silencio a la par de los juegos pirotécnicos. Nos sacude el tedio de las despedidas pasadas.
Pero no siempre es así.

Ha sido muy difícil esto de tragar entero cada sentimiento con el ánimo de seguir adelante afrontando cada reto del día, sin embargo, son miles las alegrías que por vez ha traído cada día. El poder consolidar día a día la institución del amor, ser fuerte en el hermoso esfuerzo de construir en pareja el proyecto de vida soñado, ser fiel a los principios y no dejarnos desviar del objetivo. 

Ha sido fácil entonces, el soportar cada silencio que el alma clama cuando de la mano se lleva a la mejor de las compañías, aquel polo a tierra que permite se siembre las ideas y se cosechen triunfos familiares.

No es que se trate pues de emprender un camino donde la melancolía es la constante de los pasos, es entender de adentro hacia afuera que además de las lágrimas o quejidos que podamos exhalar, están presentes las sonrisas y los besos.

El ánimo perfecto que busca equilibrar pasado y futuro en un maravilloso presente lleno de amor, de un amor bonito. Un presente que puede darse entonces en forma de baldosines amarillos, llevarnos a Ciudad Esmeralda y en ella despojar las ideas y los suspiros, los temores y las aflicciones. Una ciudad que puede ser ficción en su forma pero que su esencia está ambientada por lo que dos construyen y no uno, como inicialmente pensábamos.

Porque la vida cambia, la vida nos ha dado ese empujón de motivos para con ellos replantear el modo de avistar. Nos ha dado cuatro manos para sembrar, cuatro piernas para caminar, nos ha dado la perfección del amor hecha materia, ahora somos pareja y en múltiplos de dos vamos como los artesanos, construyendo a mano los sueños que queremos sean de total satisfacción.

Hora de llenarnos de fibra, de darle a la melancolía un lugar en el equipaje, pero no darle la prioridad que demanda, por el contrario, momento de darle al amor bonito la dicha de ser protagonista, de ser pensamiento y palabra, de darnos ese clamor de vida que nos transporta a los mejores recuerdos de aquellos que no nos pueden acompañar, que nos transporta a las mejores vivencias de los años anteriores, de los aprendizajes que sirven de herramienta para el proyecto de vida de un Don y una Doña.

Amo la lluvia porque de ella se levantan los suspiros que mi corazón quiere declamar al corazón de ella. Amo el silencio que nace de nuestras miradas, porque allí reside el poder eterno del amor, de ese amor que hace emerger el más sublime de los encuentros, encuentros donde se escriben las mejores historias y se componen las mejores canciones.

En cada historia que escribimos damos protagonismo a un personaje, a un suceso, inclusive, a la nada. Destrabamos letras de la memoria para darles un orden con el cual podamos comunicar lo que callamos inclusive más de lo acostumbrado. En cada historia que juntos vamos construyendo se va publicando el amor más bonito de todos, se va viviendo la fiesta más grande del universo, una fiesta para dos, para avistar a la vida en cada canción.

Es que ella es mi fiesta, es mi camino a Ciudad Esmeralda, es mi silencio y mi bullicio. Mis sueños y recuerdos juntos, el fervor de los recuerdos futuros.

Mi fiesta.

AV

4 de enero de 2017

Señales de Nuevo Año



No es que esté bien del todo, de alguna manera todos estamos rotos por dentro. Sufrimos del guayabo de la despedida de un amigo, de un lugar, de un amor o un familiar. Nos pasamos el tiempo pensando en el ayer, en pretextos para mejorar situaciones ya vividas, como si pudiésemos regresar en el tiempo y corregir o evitar esos sucesos que nos marcaron para algo en especial.

Es normal entonces encontrar escritos de personajes influyentes y otros no tan influyentes haciendo su balance del año que terminó. De aquel 2016 que se fue dejando satisfacciones y dolores en unos y otros. En este blog por lo general se da escritura a tal tipo de balances, siempre con el principio de dar gracias por lo vivido, por aprender de cada vivencia, de cada persona que conocemos, de cada golpe que recibimos y de cada comida que digerimos.

Siempre nos da por pensar en aquello y en lo otro, damos vueltas a ese año como si fuese una taza de café esperando a ser servida. No volví a escribir desde hace mucho, insisto, porque todos estamos rotos por dentro. Dejé de lado este quehacer para ocuparme en labores de niño grande, jugar a ser adulto en un mundo de fantasía que no soporta las desigualdades.

Recuerdo entonces conversaciones con mi gran amigo David Guillermo, de años más lejanos que el 2016 que terminó, donde en alguna de ellas mentábamos que cuando se vive una crisis, se debe aprender de ella, pues las crisis son precisamente la única manera de aprender a conocernos, de reconocer todo aquello de lo que somos capaces, pues muchos fulanos pueden superar una crisis pero al cabo de un tiempo, recaer en otra y así sucesivamente, sin aprender nada, sin reconocerse como sujetos. Las crisis son para reconocernos de lo que somos capaces, para  transformarnos, para dejar de ser algo y asumir un aprendizaje puntual.

No puedo asumir este 2017 como el año de la revancha o el año donde vamos a crecer y ser mejores persona, de cierta manera, esa es la labor de cada año que llega, así que afirmarlo sería caer en un juego de palabras propio  de todos aquellos que se sienten por igual bendecidos y afortunados, con más “reflexiones” que acciones. Asimismo, no puedo darle el crédito al 2017 de ser un año que llega con grandes cosas, porque sería un completo acto de ingratitud con el año que se fue ( y todo lo que se llevó), si bien cada año trae grandes cosas para la vida, es cada uno el que decide a qué presta atención y qué aprehende.

No es hacer disertaciones ni formular paradojas como un sabio de esos que dejan sus pensamientos en murales (aún con faltas de ortografía); no es pelar capa por capa las  historias hasta llegar a una moraleja, pues algunos se desvivirían por crear grandes relatos olvidando los sencillos y bellos aprendizajes de la cotidianidad.

He renunciado a la cotidianidad desde el pasado año, no porque me convirtiese en un ser de esos que viven el día a día esperando que sorpresa trae, por el contrario, perdí la capacidad de asombro sobre las pequeñeces para internarme (como mecanismo de defensa) en las rutinarias tareas de cada jornada. Ser un autómata dedicado al trabajo, al estudio, al hogar y a los amigos pero desde la superficialidad  de un encuentro ya planeado.

Me sorprendo porque no es mi forma de ser ni actuar ante la vida, pero es un mecanismo de defensa que adopté ante las desdichas de lo vivido. Me convertí en ese cobarde que tapó sus oídos evitando escuchar los mensajes del día a día. Me convertí en ese evasivo ser lleno de información que nada dejó para el mundo, como un ladrillo que sirve para construir una vivienda, pero que fue utilizado para romper la cabeza de otro fulano.

Sátiras, silencios, conformismos. Todo o nada, quién sabe. Un año de aprendizajes, y claro, es que todos los años son así.

¿Usted qué aprendió de diciembre? ¿Ven? El ejercicio es sencillo, no es mirar el año entero y sacar conclusiones o reflexiones, es ver la vida momento a momento y encontrar en la cotidianidad esas noticias que nos sorprenden, enseñan, molestan, que nos invitan a indagar, a vivir, a soñar.

Bien lo dice Rita Shirley, en ocasiones solemos soñar más de lo que la realidad nos permite (soportar), pero El Buki jamás  abandona a sus cachorros. Debemos no solo aprender a dar valor a cada cosa que soñamos y a cada realidad que confrontamos (soportamos), debemos además ver la película completa, aprender a reconocer que los que se fueron lo hicieron porque ese era el momento de su partida, aprender a soltar cuando la vida nos quita y se hace sorda a nuestras pataletas y berrinches.

Aprender a entender la ingratitud de los amigos. Es algo mágico (insoportable) pretender ser tolerante con todos aquellos que afirman ser nuestros mejores aliados cuando a la final, en el balance del año que termina, del día a día, del momento, observamos que fueron más los silencios y ausencias que las verdaderas muestras de amistad.

Es aprender a reconocernos con el paquete completo: Amigos, Trabajo, Familia y Espiritualidad.

Es aprender a leer los titulares de cada noticia que la cotidianidad arroja.


AV

5 de febrero de 2016

Hay Lugares.



Imagen tomada de: www.easternstate.org
“Saying Goodbye to the Ghost Cats”
Tracy Lynn Kendig (2012)

Hay historias que nacen para contarse como un recuerdo vivido de lo que se podría aproximar al amor. Cuentos que se escriben para reseñar aprendizajes y lecciones que lleven a la reflexión y la contemplación. Discursos inclusive, que derivan en parábolas, que se desquitan de la ciudad en imaginarios sociales. Hay historias que no contamos porque las relegamos a la fantasía, las dejamos en el armario y allí, encerradas junto a los cadáveres las silenciamos, porque nos da miedo, porque no las entendemos, porque nadie quizás nos las vaya a creer.

Hay lugares que tienen su magia, encantadoras plazas donde nacen los primeros versos de un poema, pasillos que en su silencioso espacio son confidentes de murmullos de oficina, bancos que en sus filas reseñan las anécdotas de infieles y testarudos, sillas de cafetería, de transporte público, de salas de espera, eternos lugares para convidar recuerdos y anhelos, escenarios de lo real donde lo ficticio se vuelve elocuente al unísono con el aburrimiento.

Existen canciones que narran esas historias, que detallan aquellos lugares o re inventan la magia de la palabra en arreglos musicales que dan felicidad o eterna tristeza a todo cuanto se vive o rememora. Vivimos de imaginarios sociales, de contarnos delante del otro esa necesidad de experimentar sus cuentos.

Aquellas historias que no son contadas por lo general salen a la luz en espacios de intimidad, en susurros de una noche de copas, en residencias lejos de lo urbano, en paseos de encuentro con la naturaleza o en el diván de un profesional de la salud mental. Historias que nos dejamos convidar porque el morbo es más poderoso que el miedo, porque lo desconocido nos hace cómplices cuando hallamos empatía en el sufrimiento o placer del otro, en el modo en que nos narramos lo que callamos.

Desde siempre he tenido cierta sensibilidad a estos encuentros, a estos cuentos, a los misterios del discurso hecho poesía urbana, a las banalidades de un cuento mal contado, a los miedos de un closet cargado de brujas y demonios, de duendes y aparecidos. Historias acompañadas de rock, de baladas, de salsa romántica, de vallenatos, sin importar la edad el cuento persiste.

En alguna oportunidad conversamos de ello en este espacio de lectura, otras aún siguen en vigente construcción y las demás por lo general terminan en ficciones y relatos , en todo caso son historias que rematamos con un poco de locura para darle placer a las palabras que rebuscamos para hacerlas entendibles, de algún modo, nos sentimos atraídos por el peligro y la estupidez, no es que sea vano dejarlo en plegarias y dogmas, pues también aprendemos a convivir con los mitos y los hitos, con los retos de la conciencia y lo espiritual, lo ininteligible.

Con algunas amistades hemos sido testigos de situaciones paranormales o científicamente indemostrables, poéticamente expresables y visceralmente sensibles. Con otros hemos tenido cierta flexibilidad espiritual (?) y en el resto de los casos, hemos sido total víctimas de la mente y la realidad, dicotomía de la locura.

A lo largo de los años uno aprende a convivir con tales hitos, pero siempre llega una situación sorpresa que cambia el paradigma o remueve vísceras, por lo general son situaciones en las que es mejor guardar silencio y hacer memoria para saber si se identifica algo en especial o, casos en que es mejor prestar demasiada atención por si se trata de una nueva etapa de exploración indeseada (?)

Los hospitales son los escenarios por preferencia aptos para la aparición o inspiración de este tipo de material anecdótico y esta semana no fue la excepción. Por razones que no vienen al caso no entraré en detalles pero mi padre se encuentra en la unidad de cuidados intensivos desde hace algunos días, producto del tratamiento ha sido sedado para evitar complicaciones de algún tipo, así pues, mi madre y yo hemos turnado nuestras jornadas para ir a visitarle y cuidarle mientras siga en la clínica.

Esta mañana al llegar al lugar de los hechos mi padre me recibió con la sonrisa que lo caracteriza, comenzó a quejarse de todo (propio de un señor de su edad) hasta que inició la narración de unos sucesos que al finalizar no tuve más opción que considerar a) “Que traba tan hijuemadre la que le dio el medicamento” o b) Que sueño tan bárbaro el que tuvo” que viene siendo casi lo mismo que la opción a.

Conversamos por largo momento en medio de las incongruentes frases hasta que fijó su mirada y me señaló: “mire papi lo que llegó” haciendo referencia al techo de la habitación, justo en la entrada. No vi nada y tampoco entendía que trataba de decirme. - “¿no lo ve?” - me preguntó insistentemente, preocupado de que yo no lo viera o le creyera lo que me decía. Por supuesto que no, y ante mi respuesta hizo un gesto de sorpresa, como si se diese cuenta consigo mismo que algo no andaba dentro de lo normal.

Nunca me dijo qué o quién era (cambió el tema con prontitud). No supe de qué se trataba. 

En el transcurso del día señalaba personas en el pasillo que no estaban, mencionaba a unas bailarinas que iban y venían, mentaba de gente que ya se iba y que lo esperaban, que llamara al médico para que lo dejara salir, inclusive, al ver frustradas sus intenciones de retirarse de la camilla, se molestaba. Durante toda la mañana estuvo observando sin entender qué era real o no.

Delirios (quizás)

Me toma  por sorpresa porque mi padre jamás ha sido una persona de creencias o sensibilidad a estos temas tan volátiles, pero las miradas no mienten, el lenguaje corporal tampoco. Verle en ese estado (acuso también a la opción de los sedantes y medicamentos, pero no del todo) y convencido de la presencia de lo que no se podía observar era a mi juicio una señal de algo que jamás entenderé.

Hay historias que nacen para contarse como un recuerdo vivido de lo que se podría aproximar a anécdotas o cuentos chinos, historias que no contamos porque las relegamos a la fantasía, las dejamos en el armario y allí, encerradas en la memoria junto al silencio las vamos desdibujando porque nos da miedo, porque no las entendemos, porque nadie quizás nos las vaya a creer.

Hay lugares con sus propias historias,

                                                                           

                              … sus propios personajes.

AV


(seguramente continúa)