23 de junio de 2010

Subtexto de Partida



Imagen Tomada de:
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“Little did they know…
21 de noviembre, 2007
By: Mattijn


Y Allí estaba, sólo el sonido del ventilador…

Ese silencio que con su presencia marca cada pauta de la vida, nuestra rutina y nuestros agravios simplemente dan bulla y distracción, en ese momento fue justamente cuando lo vi, no lo escuché, lo vi fijamente; Un silencio puro, como el de la casa grande, me vi sentado en una calle decorada por hojas secas y casas de una sola planta en frente, a mi espalda una inmensa casa amarilla, a su lado una gran casa blanca y a su izquierda una casa rosada. No relato la sensación de estar allí sentado en el asfalto jugando con una moneda, porque más que una sensación era un recuerdo marcado por el fallecimiento de un ser querido.

En la esquina la familia Luna atendía su negocio de consolas, gran mayoría de jóvenes y niños llegaban y jugaban por hora a un precio que para entonces era justo, la locura del fútbol y otros juegos era la importancia de entretenerse una tarde de julio. Con pantalones hasta las rodillas y una camiseta blanca con un Mickey Mouse estampado identificaron mi presencia junto a un viejo árbol con pintura blanca en su tronco, estaba de regreso.

Ayer como cualquier martes me senté a leer en mi café de confianza y hojeando páginas colombianas me transporté en la literatura caribeña, el aroma a sal y la brisa seca de un Caribe colombiano con más deudas que historia me remontaron a la naturaleza y belleza de esta tierra enclaustrada en herencias robadas. La Casa Tomada denunciando las atrocidades de la United Fruit Company, la ribera del magdalena evidenciando una crisis de Cólera que viajaba desde Mompós hasta las murallas de la Cartagena de Genoveva; cada letra escrita por los grandes pensadores de esta costa no pertenecía a esta historia, por el contrario hablamos de dos tierras distintas: La tierra del olvido donde la amapola y el plátano fueron sembrados con sangre, y la tierra del pánico donde los amores se pagaron con sangre.

Seguí hojeando las páginas y viajando a ritmos acelerados en contextos olvidados, lejos en el pacífico colombiano se divisaban unas estrellas negras escritas en otros tiempos, donde la avenida primera de Quibdó chocaba en franca rebeldía con la ficticia fanaticada de un tango gardeliano en la plazoleta del Astor en Medellín, de occidente a oriente también se narraron personajes que invocados por la sangre dieron una denuncia a la patria que ha traicionado a sus lectores, a sus campesinos, a sus viajeros, a sus fusiles.

Con cada letra me veía recorriendo Colombia, mochila a un lado y con guayabera viraba la historia escrita en un país que no ha sido leído, porque lastimosamente aquí en Colombia la literatura nunca ha sido leída, solo ha sido citada y referenciada, ni el nobel de literatura ni el príncipe de Asturias, la reivindicación no se doctrinaba en las escuelas, las universidades decidieron leer panfletos y murales, los ciudadanos ni la prensa querían comprar, sólo citar autores y escritores, poetas fracasados que “Sin Remedio” recorrieron el norte de una capital donde todo pasaba y en la que las cosas siempre eran iguales a las cosas, donde en la esquina del Dari un gran edificio vigilaba a los desesperados que no tenían fortuna, inclusive, donde el cine decidió que era más importante matar que amar.

Este silencio me reunió en mi escritorio con la historia leída en la tarde del martes, como cualquier esquina los silencios llegan para ser vistos, para honrarnos o culparnos, la nostalgia da asco cuando llega en la realidad, pero la amamos y la volvemos melancolía cuando la escribimos en ficciones y novelas; precisamente pensando en mis amigos amados, en la historia no contada, en la barbarie del sagrado corazón, en mis viajes en un tiempo que no ha sido materializado, fue que me encontré sentado nuevamente en las cercanías de la calle 20, como si la misión Cundinamarca empezase de nuevo o por el contrario quisiera un homenaje al mejor estilo de los olvidados y los fusilados.

Rodeado de hojas secas y en el cuerpo de un niño con trece octubres de vida, observaba el caer de la tarde mientras que en mis espaldas se lloraba el fallecer de mi abuela. Aquella tarde de martes tomándome un café, pensando en mi deuda histórica con la tierra literaria e imaginándome con un cigarrillo en caminos directos a los llanos, o quizás nuevamente al río magdalena, llegó el silencio que me arrastró a otra deuda, no una deuda histórica, sino una deuda literaria.

Cada silencio debe ser observado, no escuchado. Cada libro debe leerse pero también difundirse, en especial cuando las grandes denuncias de la historia han sido ignoradas en el Congreso de la República y publicadas en la literatura de la república, inclusive, después de haber sido demandadas.

Allí estaba el sonido de ventilador, allí estaba el silencio con su hedor.

AV

1 comentario:

:: Theraq :: dijo...

A mi me ahoga el ruido, incluso el del mismo silencio...

En una vida llena de contradicciones, me parece que la simplicidad de la vida es subvalorada y que todo el mundo se zambulle en el mar de su propio excremento y solo sale a flote para intentar hundir a otros.