27 de julio de 2010

Encuentros



Imagen Tomada de: http://www.dosisdiarias.com/ Albert Montt.

Un camino de bolsillos rotos, un buen rock & roll delineando el camino en una autopista de calor y buenas intensiones, una ventanilla de sacro silencio que marca pautas por cada esquina, una hermosa Barranquilla que en medio del calor de las once deja al hambre un segundo lugar para dar protagonismo a la sonrisa desesperada de los vecinos que salen a barrer en esquinas. Una zona en constante construcción, una ruta fuera de la urbanización, un caleño lejos de su situación de folclore, un mundo lejos de lo posiblemente real, sólo un testigo en un bus urbano.

Al llegar a la U del Norte, en portería un Pendón grande con el logotipo del evento al que estaba dirigiéndome me daría la tranquilidad de que llegué a donde se debía llegar, por supuesto un amable guarda de seguridad y una cámara de vigilancia fueron los testigos de mi arribo, lo demás en este episodio del día se resumiría en caminatas por pasillos, esquinas y salones de clase, cafeterías y plazoletas, auditorios y un coliseo deportivo que serviría de cierre de la jornada. En general este tipo de actividades siempre vienen acompañados de la expectativa de saber que compañeros o personajes conocidos encuentra uno en el evento, cómo está la atención por parte de los organizadores, que tal es la representación femenina en el auditorio y superficialidades por el estilo.

Con el calor de Barranquilla en ese preciso día comenzaría la historia de quizás un viaje que inició como un evento de reflexión y análisis para terminar en un vagón de viaje a otro punto de vista de las cosas, a un escenario de cambios y ambiciones, a la recuperación de ciertas actividades e ideales congelados en el ayer y recuperados en el calor más justiciero de un día normal.

Quizás lo más sorprendente de este tipo de eventos académicos de integración interuniversitaria es la llegada de la jornada de la noche, en su gran mayoría de asistentes el promedio de edad oscilaba en un rango de 23 – 27 años, y en ese mismo rango gran parte de la población presente es estudiante de pregrado o recién egresado. Con esto, a lo que me refiero como sorprendente es a la explosión de hormonas de cada ser con la llegada de la luna, de manera graciosa cada quien comienza a observar y dejarse observar, buscando donde sugerir lamentos o donde imponer condiciones, la evidencia de ello es precisamente la programación de la salida nocturna.

Muchos – y me incluyo – bajo el imaginario de estar en Barranquilla, ciudad costera y rumbera, asumen que la noche es un lugar y no un escenario o tiempo, y en ese mismo discurso salen a buscar donde divertirse, la gran diferencia en este aspecto es a lo que cada uno llama diversión, pues en mi caso es salir a tomar una cerveza helada y relajarme de todo lo que se encierra en mi mente mientras para otros – algunos colegas míos de Cali – es salir a conquistar mujeres dispuestas a tener sexo con ellos. Este suceso me recuerda el mismo incidente en la ciudad de Bogotá en el año 2007, de todo el grupo de Cali era el único que no perseguía tal interés. ¿Será mal de caleño? ¿Seré un Caleño diferente a los demás?

Cada viaje de estos, a pesar de uno intentar disfrutarlos en soledad o a la mejor manera autómata y desinteresada posible siempre terminan en alguna estación acompañados por personajes especiales, personajes que en ocasiones son temporales o secundarios, en otras situaciones son más protagónicos y en otras terminan siendo inclusive la misma razón de ser de dicho viaje.

En esta travesía Barranquillera dos personajes de mi pasado – cada uno en una línea de tiempo diferente - reaparecieron en mi vida en este guión, el primero de éstos un viejo amigo de actividades de participación estudiantil e integración social de la carrera que estudié y otro un viejo estudiante que fue alumno mío en alguna cátedra que di como Monitor asistente de docente. Ambos con sus distintas motivaciones fueron mis compañeros de aventura en la gran mayoría de actividades a pesar de tener cada uno su rol especial definido, lo mejor de todo ello, es que a pesar de jamás proponernos tal cosa, la unión fue nuestra mejor aliada en ocasiones donde las soledades eran compartidas y los desesperos consolados entre sí.

Cada uno de los días de este viaje tuvo su aroma distinto, inclusive su propio cielo y su propio atardecer – del cual habláremos en la siguiente entrega – donde convergían de manera sensata y humilde las esperanzas, motivaciones y silencios particulares de cada uno de los compañeros de este censurado y académico discurso.

Aquella noche cada uno estuvo preocupado por sus asuntos disimulando en el mejor de los discursos un brindis y una cerveza que ahuyentara el calor de nuestra presencia. Mientras alguno mostraba al mejor estilo de un pavo real, sus dotes de buen bailarín haciendo alusión a su condición de caleño para conquistar señoritas de pregrado de otras ciudades, el arte de la contemplación llegó esa noche en mi mesa, disfrutando de mi cigarrillo y observando la dinámica de mis dos escuderos, recordé entonces ese malicioso y secreto mensaje que trae consigo aquella tierra donde todo ha sido carcomido por el olvido.

AV


2 comentarios:

Juanma dijo...

Gato vos y yo somos otro tipo de caleño... empezando con que vos fuiste criado también en Cundinamarca

Cristhian Carvajal dijo...

Si tu recuerdo de Bogotá es el mismo que tengo, te faltó aclarar que éramos dos los que no andábamos en esa tónica y que finalmente el que levantó fue el menos esperado... Jejeje.
Un abrazo men.