Cruzamos caminos cada vez que el tiempo nos permite
recordar en las huellas los aprendizajes de cada etapa de la vida, para ese
fin, cada etapa trae consigo a maestros y guías que nos van dando la cuerda
suficiente para recorrer esos tramos. Asimismo, encontramos espectadores que
trayecto a trayecto van asomando sus curiosas miradas, de vez en vez nos
acompañan con una conversación o nos espetan con su silencio.
Algunos no son espectadores sino testigos, logran
hacer parte del contexto, se inmiscuyen en el y lo hacen propio para posterior
tiempo levantar una voz de denuncia o simplemente, gemir un argumento de
reconocimiento y fiesta por nuestros actos.
Cruzamos caminos dejando atrás todo lo que nos
pertenece, porque bien lo dijo el poeta de Parral “Para nacer he nacido” y es
precisamente desde ese ángulo donde renacemos a cada oportunidad de la vida.
Esas idas y vueltas que nos confunden en ocasiones pero que en otras, nos
sacuden, nos limpian, nos sanan, inclusive, nos matan.
Cada encuentro trae consigo un recuerdo, una nostalgia
quizás. Se reparten saludos y expresiones de agrado [o desagrado sea el caso] y
con estas, un abrazo que puede significar un nuevo comienzo o simplemente un
breve adiós.
Con estos, llegan los recuerdos que tanto habíamos
dejado en el Baúl de la memoria, momentos propios de diversas latitudes de la
vida, de sus etapas, escasos escapes de lo cotidiano para remar en lo extraordinario:
Recordar a los amigos de infancia, a esos corresponsales de la escuela
primaria, del Jardín Infantil o del vecindario; Aquellos mentores de la segunda
escuela, esa calle, esa secuela social donde nos convertimos en cómplices y
compañeros, donde amamos por vez primera, donde aprendemos a odiar, a herir,
donde aprendemos a silenciar o a aplaudir lo que es justo o injusto, esas
esquinas donde lo oscuro puede ser sinónimo de buenas noticias.
Recordar a esos personajes de la vida laboral, del
entorno de la juventud, esos universitarios episodios, esos cajones de la
memoria llenos de ideas del ayer, de los sueños que nunca fueron sueños, de los
caprichos que fueron hechos, del amor después del amor, o por qué no, de La Ciudad después de la Ciudad.
Los primeros encuentros que nos causan gracia y mucha
felicidad en su mayoría, son aquellos que nos regresan a la infancia. Ocurrió
el año pasado, precisamente había desistido de mi búsqueda. Desde 1996 que fue
la última vez que le vi, no supe nada del entonces mi mejor amigo de infancia,
el viejo David Ramírez, traté por muchos medios dar con su paradero y siempre
un silencioso suspiro cerraba mi esfuerzo. Fue finalmente un mensaje en el
buzón de comentarios del presente Blog el que hizo que me despertara la
esperanza de verle nuevamente, finalmente fue él el que me encontró.
En otra oportunidad nos encontramos con los viejos
cómplices del colegio de maneras extrañas, fue así como en pleno 2010 me vi con
Fabio, gran amigo de infancia, a quien la vida me lo puso en el camino ahora en
forma de candidato a la Cámara de Representantes, conversamos y luego tuve la
oportunidad de saludar al viejo Fabio, su padre. Fue así como en ese momento ingresé a las
filas del Partido Político emergente del momento para asesorar y orientar su
proyecto político y junto a él, encontrarme con viejos conocidos.
No solos los encuentros son máquinas de rehacer
recuerdos, también son instrumentos de amnesia, muestra de ello son aquellas
tardes de cada sábado en el entonces 2008, sentado tomando café junto a Daniel “Dani”
y el joven Andrés, conversando caspa, dejando fluir las horas en sorbos de cada
taza, dedicados a los juegos de mesa, a las horas, eran encuentros para dejar
escapar la racionalidad de la semana, inmiscuirnos en esa superficial marea
baja.
Un gran amor del pasado, una fuerza extraña que
regresó de la nada para quedarse en mi vida; citando un poco un fragmento de
una reconocida canción del español Sanz:
“(…) Es algo que te lía, la descarga de energía que te va quitando la razón, te hace tropezar, te crea confusión seguro que es la fuerza del corazón, es algo que te lleva.”
Nos dejamos de ver por un irresponsable descuido del destino, ella con
su novio, yo con mi novia de entonces, nos amamos en besos nuevos, en escapes
de naturaleza y cielos anaranjados, nos bordamos en hilos de ansiedad, y en
esas mismas noches fue que nos perdimos del camino, no nos volvimos a ver.
Intenté ubicarle mucho tiempo, correos enviados o mensajes en redes sociales,
era un muro invisible, como si el camino de baldosas amarillas fuera lejano e
invisible para mis ojos mientras que para ella fuese un recorrido natural de
obsesión y desatino.
Cuatro años más tarde regresó a mi vida, nuevamente, era la vida la que
me encontraba, no era mi esfuerzo o mis caminos, mi estrategia o mi
conocimiento en cada pesquisa, era pues, la vida la que me encontraba en una
nueva oportunidad.
Regresó como regresan los grandes recuerdos, como regresan los grandes
amores, las grandes mañas del destino (quizás, quizás, quizás); me dejó un
mensaje en el teléfono, al verlo supe de inmediato que se trataba de ella,
logré contactarle y de la manera más natural traté de hablarle, aunque la
ansiedad no me lo dejara. Nos vimos en un bonito café Boutique al norte de la
ciudad, conversamos, dejamos que las disculpas dieran sus mejores argumentos,
dejamos que la comida nos diera el mejor de los momentos, que el vino fuera el
mejor de los aliados, que fuera el mejor de los encuentros.
Conversamos por largo tiempo y nos permitimos sellar con un beso las
palabras que durante casi 5 años no habíamos vuelto a rememorar, como todos los
encuentros, tuvo su final y tuve que regresar a mi realidad, volvimos a
distanciarnos en una espiral de tiempo y distancia, como si fuéramos destinados
a ser amantes por fuera de lo cotidiano o porqué no, a expensas de lo
cotidiano.
Los encuentros familiares son maravillosos pues siempre se conocerá a un
primo nuevo, o se sabrá de nuevas historias de aquellos que ya no están con
nosotros, sin embargo fueron precisamente los sueños los que me hicieron
encontrarme en la casualidad de los caminos, en los viajes de proyección astral
como le llaman los expertos, fueron sueños que me dieron información, sustos,
miedos absolutos, confusión, preocupaciones, pesadillas.
Después de mucho tiempo (alrededor de un año) logré aterrizar tales
historias y las escribí en este Blog, pero fuera la decisión final de volver a
la Casa Grande, aprender a encontrarme con mi pasado, el pasado familiar;
regresar a aquella tierra fue un exorcismo hermoso para mi tranquilidad, pude
conocer a mis nuevos primos, los hijos de mis tíos Diego y Juan Carlos, el peso
de saber que era el último Vargas de la senda familiar había desaparecido y con
eso la calma de saber además que la Casa Grande, ya no era tan grande y que sus
historias, su pasado, su misterios, sus fantasmas y recuerdos quedaron conmigo
grabados en esa tarde del 09 de agosto, cuando entré en su desocupada
infraestructura pero que para nosotros los conocedores de lo inexplicable,
sabíamos que no era vacio sino, un conjunto universal lleno de emociones e
imágenes del ayer.
Siempre los encuentros traen consigo aprendizajes por supuesto, como
aquellas reuniones de “Tuiteros” en Cali durante una larga temporada,
conociendo personajes y grandes seres humanos, como no, también había
despreciables personas y fulanos que su estupidez solo daba para alejarlos del
camino, como todos los grupos sociales, éramos pues nuestra propia isla con
nuestro propio señor de las moscas; No me puedo quejar de aquellos encuentros
pues de allí solo saqué aprendizajes y satisfacciones, conocer a grandes seres
como David Guillermo, Diego Alejandro, Leslie o Rita Shirley, entre muchos,
pero que son ellos los poseedores de mis afectos, de mis caminos recorridos y
compartidos, de nuestras nuevas rutas y agendas.
De los encuentros muchas personas quedan y otras siguen, de eso se trata
esta reflexión de cada encuentro, porque se me es difícil etiquetar como un
gran encuentro, porque la vida misma es un encuentro constante con
oportunidades, de nosotros depende dejarles ir o aprender a reconocerles para
que se queden con nosotros, aprender a servir, para amar.
Encuentros, son muchos.
AV
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