23 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE IV


Había llegado cansado, en medio de un afán insoportable y propio de eufemismos sociales, estaba en un sueño incómodo que me duró lo suficiente para alejarme del hogar.

Eran aproximadamente las cuatro de la mañana, la Casa Grande y Amarilla reposaba en un silencio sepulcral, las brisas se paseaban de esquina a esquina sin molestar a nadie, las hojas secas y amarillas, grandes y pesadas dormían en el asfalto junto a la reja azul de la entrada, un portón que aullaba al tocársele, vigilante del hogar y forastero de las casualidades daba la bienvenida a nuestra llegada.
Un farol en la entrada y la gran puerta que se abre era el único movimiento o ruido extraño que la madrugada detonaba, las casas dejaban sus vidas en manos de estrellas delirantes y brisas juguetonas, la carrilera de la otra calle dejaba ver esos rieles fríos y olvidados, a su frente un lote abandonado reflejaba el cansancio que esa ocasión mascaba, como un vaso de agua olvidado las escaleras de madera imprimían ese silencio sublime que daba señas de una gran tragedia, nadie hablaba del tema, por mi parte solo dormía en brazos de mi madre y dejaba que se me acomodase en una cama cualquiera.

Cerca de las once de la mañana y con overol puesto bajé las gradas de manera estrepitosa dejando en las paredes las huellas de mis manos, arrancaba las hojas de un par de plantas ubicadas en el altillo y brincaba desde el antepenúltimo escalón, tenía la vieja costumbre de ir a la cocina a preguntar por la Tía Rosío y abrazar a mi abuela Olga, Fonca, una hermosa Canina Pastor Alemán solía correr a mi lado y esperarme en el patio trasero; normalmente esas mañanas soleadas eran de cita obligada en el ante jardín, mi abuelo Leo y mis padres ubicaban la majestuosa silla Mecedora junto a una palma y ellos acomodaban para sí sillas de madera antiguas, se tomaban una limonada y conversaban asuntos de adultos.
Esa mañana a pesar de ser mi primera en esas extrañas e inesperadas vacaciones en Girardot y, bajo un sol amarillo que brillaba en el cemento no era igual a las anteriores, terminaba de correr por los escalones de madera para dirigirme a la cocina y buscar a mi tía para que me diese un vaso de ´frutiño´ la bebida oficial de mis vacaciones, pero mucho antes de terminar las gradas una muchedumbre se amontonaba en el angosto pasillo de la entrada, caras conocidas conversaban entre sí en la sala y otras más se miraban en el comedor, siempre fui el único niño en la Gran Casa, pero en esa Mañana yo no me encontraba único, la exclusividad se había quedad en Cali y mis padres bajaban detrás de mí con rostros parcos y silenciosos, ese silencio que nos recibió a la madrugada.

Afuera en el ante jardín muchos hombres fumaban de manera desesperada, caminaban de cera a cera, muchos automóviles estaban estacionados contra la reja azul de la entrada, las hojas secas eran pisadas por neumáticos y pasos desesperados. El sol picaba en la conciencia de los transeúntes, mi overol no era sorpresa para los adultos, en realidad la sorpresa era ver a mi padre.
Don José Leónidas Vargas, el hijo menor del primer matrimonio de mi Abuelo Leónidas Vargas, el único hombre vivo de la segunda generación de los Vargas y el último en llegar a La Gran Casa hacía presencia junto a su esposa Miryam y el pequeño Armando, allí a la entrada, en todo el frente de las gradas de madera la silla mecedora no se encontraba presente sino, que había sido guardada en el cuarto de debajo de las gradas, y en su reemplazo un par de señores con traje negro recibían con un abrazo feroz a mi padre, junto a las señoras la tía Rosío conversaba con el Tío Juan y mi abuela Olga, junto a ellos muchos desconocidos me saludaban con cierta familiaridad que se desvanecía en mi rostro, así y después de muchos saludos llenos de protocolo logré conocer a un par de niños un poco mayores a mi edad, pero con la misma inseguridad de la edad y rebeldía de la capital me miraron con actitud bandida y descortés, su ropaje dejaba en evidencia que procedía de Bogotá, eran los hijos de la tía Leonor, la hija mayor del abuelo Leónidas.

En un encuentro familiar, terminando la década de los ochentas y recibiendo la década de los noventa tuve la oportunidad de conocer a la tía Leonor y a la prima Adriana, la hija menor. Mis Primos Germán, Gustavo, Omar y Maria Claudia llegaron temprano en la mañana con la tía Inés y cerca a éstos estaba el primo Sergio, hijo de mi Prima Patricia, hija de la Tía Mona.
Esa mañana identifiqué el cadáver de mi abuelo Leónidas, esa mañana logré identificar a la cuarta generación de los Vargas, siendo una generación mayor a mi edad, estaba aún por debajo de la línea del árbol, esa mañana identifiqué las lágrimas en el rostro de mi padre y las lágrimas en el rostro de mi abuela Olga, esa mañana vi al Tío Diego sobrio y a la Familia Vargas reunida en un suceso similar al del año anterior, sólo que en el anterior se celebraban 90 años de vida del abuelo Leo y yo era el único niño presente.

Hoy casi veinte años después del deceso mayor, identifico aún el cadáver de ese abuelo que tanto quise pero del cual nunca di una lágrima, a esa abuelo que dejó en las manos de mi padre y mi tía Mona la herencia mayor de la familia: La Tradición Cundinamarquesa.

De esas mañanas en las que el amor murió y yo no me di cuenta, donde hoy casi Veinte años comienzo a pensar en la fecha de ida, sin saber aun la de regreso.

AV

3 comentarios:

Angie dijo...

Hola Armando
Se me borro el comentario que te había escrito minutos anteriores espero retomar gran parte de lo que te había escrito...
Quiero reiterarte lo que te había dicho personalmente, tienes una gran estética literaria para expresar tus recuerdos más profundos, nos permites a los lectores poder disfrutar através de tus descripcíones narrativas de la belleza de un lugar y una familia que no es nuestra, para algunos debe ser tedioso leer la recopilación de unas anécdotas que se presentan de forma fragmentada. para mi el leer estos fragmentos que no necesariamente están presentados en una secuencia cronológica es divertido, interesante y llena la historia de espectativa y ansías por conocer lo que sigue...
Como escritor permites que el lector pueda sentarse en la silla de tu abuelo, de montarse en aquel triciclo alquilado, que recuerde algunos juegos que saltan a la memoria, que sintamos el olor de las frutas al lado de la carretera y que la tristeza y nostalgía nos toque cuando muere tu abuelo y recordamos la muerte de alguna persona que tenga relación con nuestras vivencias personales.
ES muy satisfactorio saber que tu proceso de escritura llega de forma espontánea y no obedece a ninguna preparación o rigurosidad académica, escribes desde lo profundo, desde lo que sientes, desde lo que percibes, pero sabes tienes lo necesario para escribir de esta forma tan clara y sutil, tienes sensibilidad por el arte, la estética, la belleza, la cultura y a eso agrégale el cúmulo de textos que tienes en tu cabeza...(el leerte me recuerda mucho a alguien que conocemos jejeje solo que él se abstiene de publicar)
Desde aquí solo quiero decirte que seguire a la espera de la continuación de esta misión, que aún no queda claro si esta experiencia de escritura obedece a la razón o al corazón, solo el tiempo te responderá esa pregunta...
Un abrazo gigante
Angie (Angélica Henao)

Shanad dijo...

Bueno, pues Anie me ha robado las palabras...No sé cómo interpretar esta Misión Cundinamarca, solo sé que seguiré atenta a lo que venga, quien quita que en una de esas historias termines escribiendo sobre esos años maravillosos en la Universidad Javeriana de Bogotá y en el apartaestudio del túnel...Gratos recuerdos...Te quiero. Diana Romero.

Hannaluna dijo...

Y dije que iba lo iba a leer por la noche, pero no me aguante y vine por aqui a deborarte estas letras...

Este capitulo tiene un toque diferente de los demAs, tanto en el estilo como en la hotoria misma..

Increible como los recuerdos se mantienen intactos pese a los años (20)
De seguro Don Leonidas, estarA muy orgulloso de su nieto convertido en escritor.

Y voy para el V..

Un abrazo lunar grandototoe