17 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA Parte II


Sentado sobre el pasillo del segundo piso de la casa, son cerca de las once de la noche, la madera, vieja como los mismos secretos de los Vargas vigila desde su rincón a un pequeño de seis años jugar en la baranda, intenta acercarse a una rama del palo de mango, intenta descolgar el fruto de su origen. Abajo en el jardín de fondo unas carcajadas arrullan lo que es la llegada de la noche esperada por todos, un diciembre lleno de novedades cierra el ciclo anual y da a los contertulios un aire de grandeza, un aire de camaradería propia de la bondad que la navidad trae consigo.

Junto al pequeño una gran biblioteca vigila el rincón habitado por este, libros de toda clase y con cubiertas de cuero guardan silencio en sus respectivos estantes, como la sabiduría que sus páginas aun quieren que se les lea. El calor lleno de motivos arrulla las mudas corrientes de un río Magdalena oscuro y pasivo, una noche en la que los accidentes pueden ocurrir, pero que para fortuna del joven simplemente son travesuras de unas vacaciones inventadas.

Cada habitación es protegida por una puerta doble de madera, pintadas de color crema y con chapas del siglo pasado guardan en su interior miles de desgracias y dichas que han perseguido a dos generaciones durante un siglo entero, bajo el nombre y potestad de Don Leónidas Vargas sus hijos beben cerveza en el jardín, el único nieto presente en la casa intenta aun alcanzar una rama lejana y suspendida en el tiempo.

La región de Flandes, El Espinal, Girardot y cada kilómetro que guía a las carreteras colombianas a explorar lo más caluroso de sus tierras cundinamarquesas lleva como insignia enormes frutos que son vendidos en cajas de madera al borde de las carreteras que conducen a la capital colombiana, desde la salida de Ibagué y hasta las afueras de Melgar se logra observar la constante venta de Mango y Guamas de manera efusiva, también se pueden adquirir achiras y grandes limones a bajos precios, pero los recuerdos, esos recuerdos que huelen a mango no han podido ser endosados a otras mentes o a otros tiempos, se han varado en las calles y acobijadas por serenatas de grillos me han retrocedido como un golpe en el estómago, esos frutos del Magdalena y esos placeres de la región dieron los primeros meritos a la clase media que exactamente hace sesenta años defendía las Banderas del Partido Liberal, a esa clase media que dominó los rieles desde Tocaima hasta Ibagué, grandes aromas que motivaron al pequeño que trepado en la baranda de cemento jugaba a bajar frutos de un árbol.

Aquella noche, la noche del 24 de diciembre de 1989 grandes canastas de cerveza entraban a La Casa Grande en hombros de Fernando y Diego Vargas, los hijos menores de Don Leónidas, asimismo, Rosío se encargaba de hervir los tamales en grandes ollas en compañía de ´Charito´ la hermana mi abuela Olga. Los faroles adornaban el patio trasero, patio que resguardaba grandes árboles y palmeras, enredaderas que ascendían al segundo piso y se mezclaban con ventanales de madera, adentro en la casa, el piso de madera que soportaba las andanzas del pequeño en el segundo piso era también el testigo cruel de esas borracheras que terminaban en la cama, de esas anteriores generaciones que dieron a Girardot una nueva generación de los Vargas.

Afuera en el antejardín un fuerte olor a pólvora le coqueteaba a los vecinos, entre cada casa unas rejas de hierro dividían no sólo ofrendas y apellidos, dividían además a familias enteras de lo que el infierno ofertaba, era un pueblo lleno de motivos y desgracias, una región alimentada por la presencia de extranjeros y comerciantes, de cachacos que al calor de los treinta grados buscaban cervezas y camisillas para escapar de su clima; mientras los tamales y la pólvora se conjugaban en una noche familiar, doña Miryam Salcedo, esposa de José Vargas y madre del pequeño Vargas, subía los escalones de madera dejando fuertes golpes en cada peldaño para asegurarse que su pequeño no estuviese en problemas, si bien la naturaleza es sabía y la infancia grata, éste al escuchar el primer paso en los escalones ya había emprendido la fuga de la baranda para esconderse en la cama de una habitación inundada por la oscuridad y el silencio, mezclado en sábanas y suspiros jadeantes había logrado improvisar una escena de sueño y calma, doña Miryam entró a la habitación observando al pequeño Vargas y acomodando la ventana con un anjeo de malla para pescar cerró la misma y se retiró.

El ventilador sonaba y traqueaba de manera tediosa, rompía la pureza del silencio y penetraba en los oídos de un niño que no temía a la oscuridad pero sí a la soledad, soledad que en ese 24 de diciembre se cerró con un padre nuestro y una oración al ángel de la guarda, alejando de todo mal los sueños del precoz y dejando ahora al estallido de la pólvora la celebración de una familia reunida en la sala y sin televisor que encender.

Mientras ello sucedía las cosas en La Casa Grande comenzaban a retumbar en la memoria, como si el recuerdo fuese un fuerte silencio para contar.

AV

6 comentarios:

Absurda dijo...

Disfruté mucho estas entregas de "Misión Cundinamarca", fue un placer leerlas, especialmente -y personalmente- porque trataste de algo con lo que me siento muy identificada. Qué bonito ambiente el que creaste.

Esperaré la próxima entrada :)

Hannaluna dijo...

y bueno la musa va tomando cada vez mAs forma...

pero sigo con sed...


Vado al 3o. ;)

Francisco H dijo...

es una escena muy cotidiana al sentir que se acerca la anhelada hora del 24 de diciembre para la mayoría de las familias y esa espera generalmente nos asusta pero al final se puede uno dar cuenta que valió la pena

esta bacano

Carolina Moreno dijo...

Con las manos llenas de pulpa amarilla y el bestido manchado de rastros de dulce y calor, estas palabras me recuerdan la frescura de los días de vernao, el delirio que producian cuando se instauraban fuera de una gran ciudad que causaba temor, pues aun no se sabía dominar, así que cuando el espacio es tierno, lleno de agua, de niños que corren y frutas que van y vienen, las mariposas alistas sus mejores alas y atinan a recrearnos con los mejores vuelos...

Buenos recuerdos...

Carolina Moreno dijo...

Vestido

:: Theraq :: dijo...

No soy amante ni del tipo de historia, ni de la segmentación de la misma. Como lo he repetido en numerosas oportunidades. Valoro la creación del ambiente (o recreación) y admiro la memoria, pero los recuerdos de otros me llevan a los mios y no me gusta lo poco que encuentro...