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Nació de una camada de seis gatos, no era la mayor ni la menor, simplemente fue.
Nació
en un distinguido apartamento cerca a la zona del aguacatal, una elegante
Angora de pelaje blanco había contraído coito con un coqueto Siamés, también de
pelaje blanco, algunos pensaron que era una especie de angora de pelo corto,
pero realmente obedecía al instinto de su raza, con los ojos azules profundos y
unas ligeras manchas en sus patas traseras y cola.
Doña
Abril de Caicedo, de elegante porte y con mucho maquillaje para ocultar sus
casi sesenta años de vida, la adoptó como regalo para su hijo, consideraba un
buen detalle dar algo de responsabilidad a un hombre que ha sido excesivamente
responsable con su propia vida, pero desinteresado del mundo exterior.
La
gata ya cumplía sus tres meses de vida y estaba en condiciones saludables para salir
a una vida distinta al seno de su madre. Doña Abril de Caicedo, esposa de Don
José Isidro, se acercó al apartamento de su hijo, José Isidro Segundo Caicedo
Barona.
Aquella
mañana de 2017 el abogado Caicedo Barona prestaba declaración en el Tribunal Superior
de Cali, sobre la plaza de Caicedo. Al salir de sus diligencias paraba siempre
en la panadería del costado occidental de la plaza, una porción de torta de
chocolate o un rollo de canela, acompañado de un café americano, la dieta del
abogado exitoso y ermitaño. Un mensaje en su teléfono móvil le invitaba a
llegar pronto a casa, era su madre, doña Abril.
Queriendo
evadir la invitación sugirió que mejor se encontraran para almorzar, podrían ir
a algún centro comercial o parar en el hotel Obelisco y departir. Su madre, con
el carácter que enamoró a su padre, insistió de la importancia de verse dentro
de la residencia, ubicada cerca a la avenida del río.
Soltó
un par de improperios al aire y pidió que el café y el pastel de chocolate lo
envolvieran para llevar. Caminó con la bolsa de papel de una mano y el maletín
de cuero en la otra, cargando en su interior todos los procesos a su cargo.
Llegó a la torre de parqueaderos y saliendo pensó si todo estaba bien con su
madre, rara vez insistía en verse en su propio apartamento.
Alrededor
de las once de la mañana llegó y estacionó su carro en el sótano del edificio, con
la comida y el maletín en mano subió por el ascensor hasta el tercer piso, la
puerta se abrió dando paso a la entrada de su apartamento, su madre, Abril,
estaba sentada en la sala acariciando a una pequeña gata de pelaje blanco.
José
Isidro se sorprendió y después de saludar a su madre, dio una caricia precavida
al animal, se sentó a comer su torta de chocolate mientras escuchaba los
relatos de su madre, aquella campaña fugaz de adoptar una cría de angora para dársela
como regalo.
“Necesitas
compañía, alguien que te quiera de verdad”
Con
un ligero gesto de burla, se limpió con una servilleta el chocolate de sus
mejillas y en respuesta resaltó que no necesitaba de nadie, la vida era en sí
una única línea de tiempo y él no estaba para asumir más cargas. Su madre con
el coraje de una lavandera le insistió, a la final la gata ya estaba allí.
Salieron
al supermercado más cercano, compraron concentrado de gato y dos bolsas de
arena artificial, una caja plástica y algunos muñecos felpa, al regresar al
apartamento encontraron a la diminuta criatura durmiendo en la almohada de la
cama principal. José Isidro quiso quitarla de un golpe, sentía mucho malestar
en su interior pero su madre, la señora Abril, supo darle calma ante la
novedad.
La
primera noche la gata maulló haciendo la vida insoportable a José Isidro, y así
transcurrieron sus noches y sus días durante un par de meses, hasta que en un
descuido del tiempo ambos compartían cama y dormían casi abrazados, pero sin
nombre.
Una
tarde de martes, de aquellos martes de debate en la Casa Azul, José Isidro
llegó temprano justo después de la jornada de trabajo, aquel día estuvo en el
palacio de justicia y decidió seguir directo a donde Don Emanuel.
Primero
tomaron café y lo acompañaron con algo de empanadas de carne, muy al estilo
argentino, allí hablaron de todo un poco, sobre todo el recién posesionado presidente
de los Estados Unidos, el señor Trump, dedicaron gran parte al análisis de lo
que consideraban, el primer presidente revolucionario de américa.
Don
Emanuel insistía con preocupación lo que pasaba en su país, las recientes noticias
de protestas levantaban sospechas de una crisis mayor, pero en el fondo, se
sentía a gusto con la novedad de que su presidente, el señor Macri tenía programado
viajar a la Casa Blanca a reunirse con el señor Trump.
Durante
aquel debate de martes, temprano además, siguieron comiendo hasta que surgió el
tema de la gata. José Isidro con un ademán de desinterés fingió que era
solamente un detalle de su madre y que estaba aprendiendo a convivir con aquel
animalito, Don Emanuel, recordando sus tiempos en Mendoza, reiteraba que una
mascota era una bendición para una persona solitaria, José Isidro no quiso avanzar
en el tema, cambiando la conversación.
Cerca
de las cuatro de la tarde de un martes cualquiera de abril del año 2017, Rebeca
Llinás Almonacid llegó a la Casa Azul vestida de pantalón blanco, blusa de
amarillo claro y una diadema dorada que resaltaba sus enormes ojos cafés.
Saludó de un beso en la mejilla a Emanuel Contreras y a José Isidro le dio un
abrazo íntimo, como si fuese un reencuentro de miles de años pendientes.
Se
sentaron a conversar los tres, ahora con una botella de vino tinto, siguieron
comiendo empanadas de carne y de música de fondo, algo de New Order, a petición
del señor Caicedo.
Con
la llegada de la noche aparecieron más comensales, por supuesto Juan Alfonso
fue de los primeros en llegar. Siguieron escuchando diferentes géneros musicales
y por igual pidiendo más botellas de vino.
Rebeca
susurró al oído de José Isidro que se quería ir y que prefería, fuese en su amable
compañía.
Así
sucedió y cada uno tomó su respectivo vehículo, se siguieron uno al otro y
cerca del parque de El Peñón subieron hasta la carrera 4B, a un elegante
edificio que sobre la altura de la loma permitía divisar al Río Cali.
Ambos
estacionaron los vehículos en el sótano, en el parqueadero designado al
apartamento de Don José Isidro Segundo Caicedo.
En
el ascensor hubo coqueteo y una suave caricia sobre el brazo de Rebeca logró
que fluyera una carcajada escandalosa, para nada sensual.
La
diadema brillaba con el reflejo de la luz del ascensor y a su lado, la mirada
de un hombre mayor, de cuarenta años y algo más, que en sus pensamientos siempre
carga la peor noticia de todo aquello que aún no ha sucedido.
Al
abrirse la puerta Rebeca se encontró con otra puerta en frente, a dos pasos de
distancia quizás, la entrada principal al apartamento del prestigioso Segundo
Caicedo, como le conocían en el complejo mundo de los pasajes judiciales. Entraron
despacio, era la primera vez que visitaba a su amigo en su residencia.
Sobre
un sofá de cuero negro estaba la gata de pelaje blanco, pequeña, sensible con
un relicario de maullidos pidiendo amor, necesitaba calor humano y claramente,
algo de comida en su recipiente. La canasta de arena estaba con dos detalles
precisos que requerían ser botados a la basura en aras de conservar el buen ambiente
del apartamento, el recipiente de agua estaba vacío y los juguetes de felpa,
debajo de la cama.
Sorprendida
Rebeca preguntó a José Isidro por la identidad de esa cachorra de gato, quien
explicó que fue un regalo de su madre y apenas llevaba un par de meses
conviviendo juntos, pero que a la fecha no le había dado nombre.
Después
de acariciarla un largo rato, la dejó en el mismo sofá y se abrazó ahora con José
Isidro, se besaron y juntos con la suavidad de un tormento, terminaron en la habitación
principal agarrando sus deseos.
Hicieron
algo más que besarse, permanecieron durante toda la noche sin dormir hasta que
ella, Rebeca, recordó que debía cumplir una cita temprano en la mañana del
miércoles. Se levantó y vistiéndose con la premura del caso, explicó ligeramente
a José que lo volvería a visitar en la Casa Azul, o si lo prefería, en su casa
directamente.
Él
sonrío y le dejó una sonrisa de complicidad, la despidió con un beso y una
palmada en la nalga, vio cómo se cerró la puerta del ascensor y se sentó a
fumar un cigarrillo de menta en el balcón, con vista a la ciudad.
Eran
cerca de las once con cuarenta minutos de la noche de un martes cualquiera de marzo de 2017.
Una
noche fría y un silencio lúgubre.
A
las dos de la mañana una llamada telefónica, más que inoportuna llamó la
atención del abogado Caicedo, quien se levantó de la cama y sin reconocer el
número de procedencia la atendió con la duda del caso. Era de parte de la
policía metropolitana, la señorita Rebeca Llinás se había accidentado sobre la
avenida de los cerros, el único registro que tenían era el contacto más
reciente de su teléfono. José Isidro atendió cada solicitud de la policía y en
cuanto le fue posible salió al lugar del accidente para reconocer a la señorita
y la desgracia que en ella aplastaba su vida.
Sin
ser pesimista ni dar la razón a los juegos indomables de los dioses, José
Isidro Segundo Caicedo a sus adentros cuestionaba su lugar en el mundo y de
cómo este universo de extrañas coincidencias, le arrebataba una vez más la
posibilidad de amar y ser amado, aunque en el fondo bien sabía que eso era una
aventura de martes.
De
regreso a casa, cerca de las cinco de la mañana, el cansancio le invitó a
servirse una cerveza fría que guardaba desde el fin de semana en su nevera,
junto a esta se sirvió una porción de almendras y se sentó en el balcón a
pensar sobre la fragilidad de la vida, esos caprichos de los dioses y aquellas
elegías de los humanos.
La
gata de cinco meses ya de existencia maulló un ligero reproche, saltó con
esfuerzo y se acomodó en las piernas de José Isidro quien, con algo de lágrimas
en los ojos y un poco de rencor en el centro de su universo, alzó la voz con total
amabilidad, acariciando la cabeza de la pequeña criatura.
Mirándola
fijamente susurró:
“Te
llamaré Rebeca”.


