3 de marzo de 2026

Una estrella llamada Julieta.




Julieta. (29 septiembre 2007 – 02 marzo 2026)

Imagen editada con IA: Gemini.google.com   

Hay un silencio que rodea mi entorno, una especie de calma que a modo de tensión mantiene alerta mis sentidos, quizás como un mecanismo de defensa, defenderme del sentimiento mismo de pérdida que cualquier partida de un ser querido pueda dejar.

Hay vacíos que uno ya tiene preparados cual suerte de juego de azar donde el riesgo de pérdida es tan elevado que nos acostumbramos a perder más como imaginario que como resultado probabilístico.

Julieta llegó en un enero de 2008, si bien nació en septiembre solo fue entregada a mis brazos tres meses después de su nacimiento, así que llegó a casa con la novedad de los tiempos modernos. La resistencia de mis padres para recibirle dejaba en negligencia y desacato mi persistente afán de que llegase, hasta que logró instalarse en un corriente hogar de tres.

Acompañó mis tiempos de universitario siendo testigo de una y muchas decisiones, compañías y reuniones siendo mi fiel compañera, al vivir en una casa de un barrio residencial tenía como salir por la ventana cada noche a buscar lo que no se le había perdido, una libertad de la que supo sacar provecho hasta su segundo año de vida, un coqueto año 2010 en el cual trajo a luz a cuatro cachorros de un padre desconocido.

De allí nació Michelín, el más grande, noble y bello de los cachorros. De atigrada compostura y blanco pelaje.

También nacieron Lechuga, Rogelio y Gaia, todos hijos de una traviesa Julieta que escapó en una de muchas noches detrás de un amor que no apareció para responder.

Cuidamos a los pequeños hasta que cumplieron sus tres meses de vida, al igual que a Julieta, los dimos en adopción con el apoyo de una fundación, nos quedamos con Michelín, el cachorro que sería el compañero mimado de mi madre.

La casa comenzó a sentirse diferente y la presencia de ambos daba algo de ternura y distracción, hasta que en un triste suceso separó al cachorro de la familia. Sin poder comprender el pequeño fue raptado y jamás supimos de su paradero, tanto mi madre como Julieta, la madre de Michelín tuvieron que guardar consuelo en el silencio de la incertidumbre.

Para el año 2012 cambiamos de residencia y con este cambio Julieta aprendió a vivir ahora en un espacio cerrado dentro de un apartamento, alejado de toda posibilidad de salir a la calle a seguir buscando aventuras, ahora pasaría tiempo en casa.

Entendí que el tiempo ahora era de mi padre.

Julieta comenzó a acompañarle en casa más tiempo, a compartir juntos más espacios del día al punto mismo de que aprendió a ver televisión, en especial los juegos de fútbol que tanto mi padre disfrutaba.

Al momento de la enfermedad, cuando la tragedia llega de modo silencioso y sin cadenas que hagan ruido, Julieta estuvo de manera permanente acompañando a mi padre hasta el triste momento de su fallecimiento, una compañera permanente insisto, que en su silenciosa personalidad cruzaba sus patas blancas y posaba su mentón en los brazos de mi padre, sin importan el estado de salud.

La triste partida de mi padre para aquel complejo año 2016 dejó un vacío que sigue sin ser cubierto, en especial a la Julieta, la dama felina de casa que ya para entonces, con sus 9 años de vida cumplía el propósito de la amistad y la incondicionalidad con mi ahora ausente padre.

Desde aquel suceso empezó a acompañar a mi madre, como todos los procesos fue un acercamiento íntimo, lento y de mucho respeto, aprender ambas a compartir la soledad del amor que parte, a tolerar las costumbres y reclamos de cada parte, suplir la cotidianidad en nuevos diálogos.

Inicié mi vida de pareja en matrimonio y con esta ya estaba por fuera de casa por más de un año, valorando la compañía de Julieta a mi padre en su transición durante la enfermedad, ahora, era a mi madre a quien comenzaría la compañía.

Diez años juntas donde los caprichos y negativas de cada parte dieron la pausa necesaria, de ser compañeras de residencia a poder construir un lazo de familiaridad de amigas, de poder ser testigos de las vivencias de cada una y en ellas, ir hilando los vestigios del tiempo, tanto en la apariencia física como en las cicatrices del alma.

Ahora casi diez años después de la partida de mi padre, es Julieta quien toma vuelo, igual, en silencio, con la enfermedad impregnada en el silencio de los dolores, testigo de la incapacidad de gritar todo lo que se duele o se sufre, simplemente maullar a la ligereza de un espasmo y con el cuerpo en contra, intentar seguir siendo la compañera que desde temprana edad logró ser.

Un marzo de 2026, diecinueve años más tarde, se cierra el ciclo de vida de quien fuese la mejor compañera que la familia en sus etapas haya podido abrazar. Una felina de elegante pelaje, que con sus patas y pecho en blanco color se diferenciaba del negro profundo de su cuerpo, marcado por unos bigotes blancos y unos amarillos ojos que juzgaban y acompañaban, que consolaban e incluso a veces, cuestionaban.

Hoy Julieta amanece en el firmamento, como una estrella que después de dejar en casa su cariño y a su vez, su desinteresada compañía, emprende un recorrido donde ruego pues, se pueda encontrar con mi padre y juntos, en el firmamento nos sigan guiando, o aunque sean, juzgando.

Bastante razón tuvo Miguel Bosé cuando escribió aquellas letras que solo hasta ahora, son claras y suficientes en el duelo:

“Y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía,
Que te cuente como estoy,
Y sepas lo que hay.”

AV.