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Al
frente de la sala de velación encontraron una fuente de soda dónde sentarse,
Fabio Andrés estaba inquieto, las lágrimas en su rostro marcaban un dolor
inconsolable. Juan Alfonso, sin poder entender nada empezaba a sonrojarse, con
unas lágrimas que lentamente iban saliendo de sí.
Marino
estaba serio, no quería ser visto en público con dos hombres llorando, aunque
fuese lógico por estar en los alrededores de una funeraria. Pidieron un par de
bebidas de soda, se sentaron y en silencio se quedaron un buen rato. Fabio poco
a poco comenzó a explicar que Ignacio, el abogado inquieto y sibarita, había
sido encontrado en Pance, cerca del río, muerto en una banca como si alguien lo
abandonara allí. La duda misma surgía de cómo fue llevado hasta allá, de quién
se trataba, si era la misteriosa mujer de la que le hablaron en la casa de
citas o, si se trataba de alguna treta de Ignacio por burlar a la vida misma y
sus amigos.
Lo
complejo de todo, insistía Alfonso, era informar a la madre de este, doña
Patricia, de las andanzas previas a su muerte. Marino quiso intervenir, pero
prefirió dejar con su silencio la evidencia de una inconforme postura ante tal
aseveración, estaba sentado cruzado de brazos con una rabia que le invadía
hasta el último bigote.
Tres amigos fallecidos en tres circunstancias sospechosas, Jose Isidro encontrado en su apartamento sin dar algún indicio de qué haya sucedido, además de que medicina legal realmente no acusó ninguna fuente sospechosa más allá de un ataque al corazón.
Emanuel Contreras, el amigo de todos, ultrajado cerca al río
Cali, sin sospechosos ni rastro de nadie a quien acusar, solo una mesera loca
que enviaba mensajes al teléfono del tonto de Alfonso. Ahora Ignacio, preciso,
encontrado tirado al igual que Emanuel, en cercanías de un río y al completo
abandono. Para tal caso sí había causa de muerte intencional, según le
informaron, por un envenenamiento.
Tres amigos, pensaba Marino, tres abogados y tres integrantes importantes de la Casa Azul. Tanto silencio y sollozo llevaron a Marino a querer encontrar de fondo la respuesta a las insuficientes coincidencias que llevaban a cada amigo suyo a la muerte.
- ¿Vos te acordas de quién era la hembra que estaba con Emanuel? -
- No. ¿Pero pues qué pasa o qué? – Respondió Fabio con malestar.
- Yo sí. No dejó de mirarme toda la noche. – Intervino Alfonso.
A las tres de la tarde con veinte minutos de un jueves de marzo, Michelle Cristina Rueda Palacios estaba sentada en una cafetería al norte de la ciudad. Saboreaba un granizado de café con adición de amaretto y le acompañaba con un par de galletas de soda. Tenía en el cuerpo el dolor de los días, un cansancio que superaba su capacidad de trabajar.
Desde la noche del martes cuando salió
con Emanuel, hasta la madrugada del miércoles, cuando se sintió vigilada por
Ignacio, su ritmo de vida había sobrepasad cualquier capacidad humana de
resistir, incluso, si se le tenía en cuenta la salida del lunes en la noche, a
la Casa Azul.
Revisó
el teléfono y vio que en redes sociales la gente comenzaba a escribir mensajes
de condolencias al perfil de Emanuel, otros en la misma red social lo hacían en
la cuenta de Jose Isidro. Por el momento nadie daba razón aún de la novedad de
Ignacio.
Terminó
su bebida y dejó una de las galletas a medio comer, estaba realmente agotada
por la batalla que había confrontado, jamás imaginó que la persecución de
Ignacio en el lado oscuro iba a llevar a encontrarse con la mesera y el
detective Juan Gerardo Benín.
Todo
inició con Sara Carolina, que sin tener claridad de las fuerzas que mueven al
mundo de lo invisible, recordó las pesadillas que le atormentaban en la noche,
pesadillas que superaban la delgada línea de lo real y lo onírico, pesadillas
que al cargar en su memoria durante el día le fueron llevando hasta el deseo
mismo de existir en ese otro lugar, con tan mala suerte y privilegiada posición
que se encontró con Juan Gerardo Benín, el intenso detective que en aquel
interrogatorio le hizo enfadar logrando captar, de manera extra sensorial por
supuesto, esa energía oscura que le sobraba de la noche anterior.
Su
abuela, doña María Socorro Chamorro, captó aquella energía como buen estigma de
lo inverosímil. Un fantasma que pasó de ser consejero del detective Benín a ser
su guardián. Como una intensa fogata logró transportar a ambos personajes, para
dejarles tirados en medio de la nada.
Maria
Socorro se encontró a Michelle Cristina, en sus formas y sus corrientes, en sus
bendiciones y sus maldiciones. Michelle no esperaba ser visitada ni mucho menos
atrapada en su propia oscuridad, aquella bóveda dónde lo humano se desvanece.
Ambas
mujeres se confrontaban una a la otra, se transfiguraban en seres espectrales,
en animales, en ángeles y demonios, en luces y colores, en sonidos y rugidos,
en armas de fuego y agua, en todo y nada. Mientras la abuela Socorro detenía a
la misteriosa Michelle, Sara Carolina viajaba en un trance que le bloqueaba la
mente de cualquier posibilidad de entender qué ocurría. Juan Gerardo, mucho
mayor en años, sufría en su cuerpo el golpe de lo inexistente, su energía se
agotaba.
No entendieron cómo lograron volver, incluso, nunca notaron a dónde se fueron. Sara Carolina llegó caminando a lo único que recordaba, el pasillo de una estación de policía.
Juan Gerardo, el detective Benín, llegó al único sitio que
le daba seguridad, la entrada a su carro particular.
Michelle Cristina logró salir de aquella bóveda de oscuridad, estaba herida, su mente quedó bloqueada sin poder recordar con exactitud qué o quién la había invocado, domado y expulsado del oscuro universo que tanto amaba.
Despertó de un micro
sueño quizás, pero despertó ignorando todo lo ocurrido.
Se
encontró a sí misma sentada en un café de la avenida sexta norte, tomando un
granizado y mordiendo una galleta de soda.
Los jóvenes patrulleros ayudaron al viejo Benín a subir hasta la oficina, se notaba agotado, como si su cuerpo estuviese deshidratado y lastimado, al llegar al despacho el joven auxiliar estaba con Julio y Sara, quien también evidenciaba rasgos de deshidratación y excesivo cansancio.
- El Capitán Arbeláez estuvo hace un momento por acá, dejó este caso para su investigación. –
Benín asintió con la cabeza, se sentó en su silla y se despidió de los patrulleros que le apoyaron, se quedó mirando fijamente a Gaitán quien preciso daba agua a la joven Sara Carolina, y junto a ellos, Julio Washington Pupiales.
- Veamos de qué se trata esto – Asintió Benín, con un notable cansancio en su voz.
La fotografía de Ignacio recostado en el parque saltó a la vista de Pupiales, abrió los ojos con sorpresa y manoteó a Sara, le golpeó con insistencia en una pierna para llamar su atención, ella, con la innecesaria voluntad de vivir, preguntó qué ocurría. Julio señaló la carpeta de documentos que el detective Benín hojeaba.
- ¡Ese es Ignacio! –
- ¿Ignacio? – preguntó Sara.
- Sí, Ignacio –
El
detective Benín sorprendido preguntó por qué lo conocían, aun con fatiga
intentaba mostrarse en plenitud. Julio le explicó que él, era el otro cliente
del restaurante que estaba desaparecido.
Un
silencio incómodo abrazó a los presentes, como un frío que quiere ahorcar a los
feligreses.
Regresaron
a la sala de velación para acompañar a doña Abril de Caicedo, la madre del
fallecido Jose Isidro Segundo. Ella con la sabiduría de toda una vida agradeció
a los tres compañeros de su hijo, pidiendo que si necesitaban salir para acompañar
a la familia de Ignacio, lo hicieran sin remordimiento.
Juan
Alfonso, con la incertidumbre de siempre, revisó su smartphone, tomó nota de
dos consultas a la prensa local que ya publicaba la noticia del fallecido Raúl
Ignacio Méndez y replicó en Instagram alguna historia con una foto de ambos, aparentemente
los mejores amigos.
Marino
fue claro en su intervención y dijo que no iba para ninguna parte, que prefería
quedarse acompañando, ya de seguro habría tiempo a la mañana siguiente de ir a
las exequias de la familia Méndez Hau. Fabio Andrés no dijo nada, seguía emocionalmente
afectado.
Juan
Alfonso sacó su vapeador de aroma a sandía y caminó a la puerta principal,
insistía en que necesitaba salir.
Tomó
su carro y por alguna razón sintió el deseo de ir a la casa azul, quizás para persignar
sus últimas palabras a la memoria de su amigo Emanuel, quizás como castigo por
su ingrata amistad, solo su conciencia le permitía interpretar ese deseo.
Michelle
recobró la compostura y con el olfato de un sabueso se subió a su automóvil a
buscar el origen de aquella extraña batalla. No recordaba bien qué había
ocurrido, pero sentía en su ser la necesidad de recordar, bien presentía que
algo había ocurrido, que alguien le estaba vaciando la mente.
El
aroma, similar a una torta recién horneada, le guiaba a la Casa Azul, pensó
allí, que era la mesera quien cargaba la culpa de su fatiga.
Benín
comenzó a conversar con Julio y Sara sobre el caso de Ignacio y Emanuel, de
cómo se relacionaban y de qué tan ciertas eran las acusaciones sobre la
sospechosa mujer en la muerte del chileno.
Alrededor
de las seis de la tarde Juan Alfonso estacionó su carro en frente de la Casa
Azul, que por supuesto estaba cerrada.
Observaba
sorprendido cómo un lugar tan cálido y amigable era ahora un portón frío y distante,
una mole de fachada blanca sin sentimientos.
Detrás suyo un Mazda color rojo metalizado apareció, estacionándose al lado de su carro, la hermosa mujer bajó el vidrio y extendió un saludo a Juan Alfonso.
- Hola ¿Hoy no abrieron? –
Juan
Alfonso con la inocencia de un aprendiz se sobresaltó, intentando dar alguna
respuesta balbuceaba sin dar con alguna frase coherente, Michelle que le
observaba desde el carro, entendía que todo iba bien y que él no la reconocía.
Cuando finalmente recordó qué decir, elevó su vapeador de sandía y aspiró una bocanada de humo con aroma dulce, miró fijamente a Michelle a los ojos y la identificó como la amiga de Emanuel que había estado el martes pasado, en la noche de debate.
- ¡Eres tu! – Alzó la voz.
Al
momento en que se quiso acercar, notó que a su alrededor todo comenzaba a oscurecer,
como un cielo negro, una manta que tapaba al mundo conocido y quedaba en total
silencio.
Al fondo de alguna parte, Juan Alfonso escuchó la voz de Michelle, que con una carcajada respondía a su sobresalto.
- ¡Si, soy yo! –
Todo
de un momento a otro comenzó brillar con muchas ráfagas de luz, al mejor estilo
de una constelación de emociones estelares.
AV.






