27 de mayo de 2026

Juan Alfonso Mosquera Moreno (Otro muerto).

 




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Al frente de la sala de velación encontraron una fuente de soda dónde sentarse, Fabio Andrés estaba inquieto, las lágrimas en su rostro marcaban un dolor inconsolable. Juan Alfonso, sin poder entender nada empezaba a sonrojarse, con unas lágrimas que lentamente iban saliendo de sí.

Marino estaba serio, no quería ser visto en público con dos hombres llorando, aunque fuese lógico por estar en los alrededores de una funeraria. Pidieron un par de bebidas de soda, se sentaron y en silencio se quedaron un buen rato. Fabio poco a poco comenzó a explicar que Ignacio, el abogado inquieto y sibarita, había sido encontrado en Pance, cerca del río, muerto en una banca como si alguien lo abandonara allí. La duda misma surgía de cómo fue llevado hasta allá, de quién se trataba, si era la misteriosa mujer de la que le hablaron en la casa de citas o, si se trataba de alguna treta de Ignacio por burlar a la vida misma y sus amigos.

Lo complejo de todo, insistía Alfonso, era informar a la madre de este, doña Patricia, de las andanzas previas a su muerte. Marino quiso intervenir, pero prefirió dejar con su silencio la evidencia de una inconforme postura ante tal aseveración, estaba sentado cruzado de brazos con una rabia que le invadía hasta el último bigote.

Tres amigos fallecidos en tres circunstancias sospechosas, Jose Isidro encontrado en su apartamento sin dar algún indicio de qué haya sucedido, además de que medicina legal realmente no acusó ninguna fuente sospechosa más allá de un ataque al corazón. 

Emanuel Contreras, el amigo de todos, ultrajado cerca al río Cali, sin sospechosos ni rastro de nadie a quien acusar, solo una mesera loca que enviaba mensajes al teléfono del tonto de Alfonso. Ahora Ignacio, preciso, encontrado tirado al igual que Emanuel, en cercanías de un río y al completo abandono. Para tal caso sí había causa de muerte intencional, según le informaron, por un envenenamiento.

Tres amigos, pensaba Marino, tres abogados y tres integrantes importantes de la Casa Azul. Tanto silencio y sollozo llevaron a Marino a querer encontrar de fondo la respuesta a las insuficientes coincidencias que llevaban a cada amigo suyo a la muerte. 

- ¿Vos te acordas de quién era la hembra que estaba con Emanuel? -

- No. ¿Pero pues qué pasa o qué? – Respondió Fabio con malestar.

- Yo sí. No dejó de mirarme toda la noche. – Intervino Alfonso.

A las tres de la tarde con veinte minutos de un jueves de marzo, Michelle Cristina Rueda Palacios estaba sentada en una cafetería al norte de la ciudad. Saboreaba un granizado de café con adición de amaretto y le acompañaba con un par de galletas de soda. Tenía en el cuerpo el dolor de los días, un cansancio que superaba su capacidad de trabajar. 

Desde la noche del martes cuando salió con Emanuel, hasta la madrugada del miércoles, cuando se sintió vigilada por Ignacio, su ritmo de vida había sobrepasad cualquier capacidad humana de resistir, incluso, si se le tenía en cuenta la salida del lunes en la noche, a la Casa Azul.

Revisó el teléfono y vio que en redes sociales la gente comenzaba a escribir mensajes de condolencias al perfil de Emanuel, otros en la misma red social lo hacían en la cuenta de Jose Isidro. Por el momento nadie daba razón aún de la novedad de Ignacio.

Terminó su bebida y dejó una de las galletas a medio comer, estaba realmente agotada por la batalla que había confrontado, jamás imaginó que la persecución de Ignacio en el lado oscuro iba a llevar a encontrarse con la mesera y el detective Juan Gerardo Benín.

Todo inició con Sara Carolina, que sin tener claridad de las fuerzas que mueven al mundo de lo invisible, recordó las pesadillas que le atormentaban en la noche, pesadillas que superaban la delgada línea de lo real y lo onírico, pesadillas que al cargar en su memoria durante el día le fueron llevando hasta el deseo mismo de existir en ese otro lugar, con tan mala suerte y privilegiada posición que se encontró con Juan Gerardo Benín, el intenso detective que en aquel interrogatorio le hizo enfadar logrando captar, de manera extra sensorial por supuesto, esa energía oscura que le sobraba de la noche anterior.

Su abuela, doña María Socorro Chamorro, captó aquella energía como buen estigma de lo inverosímil. Un fantasma que pasó de ser consejero del detective Benín a ser su guardián. Como una intensa fogata logró transportar a ambos personajes, para dejarles tirados en medio de la nada.

Maria Socorro se encontró a Michelle Cristina, en sus formas y sus corrientes, en sus bendiciones y sus maldiciones. Michelle no esperaba ser visitada ni mucho menos atrapada en su propia oscuridad, aquella bóveda dónde lo humano se desvanece.

Ambas mujeres se confrontaban una a la otra, se transfiguraban en seres espectrales, en animales, en ángeles y demonios, en luces y colores, en sonidos y rugidos, en armas de fuego y agua, en todo y nada. Mientras la abuela Socorro detenía a la misteriosa Michelle, Sara Carolina viajaba en un trance que le bloqueaba la mente de cualquier posibilidad de entender qué ocurría. Juan Gerardo, mucho mayor en años, sufría en su cuerpo el golpe de lo inexistente, su energía se agotaba.

No entendieron cómo lograron volver, incluso, nunca notaron a dónde se fueron. Sara Carolina llegó caminando a lo único que recordaba, el pasillo de una estación de policía. 

Juan Gerardo, el detective Benín, llegó al único sitio que le daba seguridad, la entrada a su carro particular.

Michelle Cristina logró salir de aquella bóveda de oscuridad, estaba herida, su mente quedó bloqueada sin poder recordar con exactitud qué o quién la había invocado, domado y expulsado del oscuro universo que tanto amaba.

Despertó de un micro sueño quizás, pero despertó ignorando todo lo ocurrido.

Se encontró a sí misma sentada en un café de la avenida sexta norte, tomando un granizado y mordiendo una galleta de soda.

Los jóvenes patrulleros ayudaron al viejo Benín a subir hasta la oficina, se notaba agotado, como si su cuerpo estuviese deshidratado y lastimado, al llegar al despacho el joven auxiliar estaba con Julio y Sara, quien también evidenciaba rasgos de deshidratación y excesivo cansancio.

- El Capitán Arbeláez estuvo hace un momento por acá, dejó este caso para su investigación. –

Benín asintió con la cabeza, se sentó en su silla y se despidió de los patrulleros que le apoyaron, se quedó mirando fijamente a Gaitán quien preciso daba agua a la joven Sara Carolina, y junto a ellos, Julio Washington Pupiales.

- Veamos de qué se trata esto – Asintió Benín, con un notable cansancio en su voz.

La fotografía de Ignacio recostado en el parque saltó a la vista de Pupiales, abrió los ojos con sorpresa y manoteó a Sara, le golpeó con insistencia en una pierna para llamar su atención, ella, con la innecesaria voluntad de vivir, preguntó qué ocurría. Julio señaló la carpeta de documentos que el detective Benín hojeaba. 

- ¡Ese es Ignacio! –

- ¿Ignacio? – preguntó Sara. 

- Sí, Ignacio –

El detective Benín sorprendido preguntó por qué lo conocían, aun con fatiga intentaba mostrarse en plenitud. Julio le explicó que él, era el otro cliente del restaurante que estaba desaparecido.

Un silencio incómodo abrazó a los presentes, como un frío que quiere ahorcar a los feligreses.

Regresaron a la sala de velación para acompañar a doña Abril de Caicedo, la madre del fallecido Jose Isidro Segundo. Ella con la sabiduría de toda una vida agradeció a los tres compañeros de su hijo, pidiendo que si necesitaban salir para acompañar a la familia de Ignacio, lo hicieran sin remordimiento.

Juan Alfonso, con la incertidumbre de siempre, revisó su smartphone, tomó nota de dos consultas a la prensa local que ya publicaba la noticia del fallecido Raúl Ignacio Méndez y replicó en Instagram alguna historia con una foto de ambos, aparentemente los mejores amigos.

Marino fue claro en su intervención y dijo que no iba para ninguna parte, que prefería quedarse acompañando, ya de seguro habría tiempo a la mañana siguiente de ir a las exequias de la familia Méndez Hau. Fabio Andrés no dijo nada, seguía emocionalmente afectado.

Juan Alfonso sacó su vapeador de aroma a sandía y caminó a la puerta principal, insistía en que necesitaba salir.

Tomó su carro y por alguna razón sintió el deseo de ir a la casa azul, quizás para persignar sus últimas palabras a la memoria de su amigo Emanuel, quizás como castigo por su ingrata amistad, solo su conciencia le permitía interpretar ese deseo.

Michelle recobró la compostura y con el olfato de un sabueso se subió a su automóvil a buscar el origen de aquella extraña batalla. No recordaba bien qué había ocurrido, pero sentía en su ser la necesidad de recordar, bien presentía que algo había ocurrido, que alguien le estaba vaciando la mente.

El aroma, similar a una torta recién horneada, le guiaba a la Casa Azul, pensó allí, que era la mesera quien cargaba la culpa de su fatiga.

Benín comenzó a conversar con Julio y Sara sobre el caso de Ignacio y Emanuel, de cómo se relacionaban y de qué tan ciertas eran las acusaciones sobre la sospechosa mujer en la muerte del chileno.

Alrededor de las seis de la tarde Juan Alfonso estacionó su carro en frente de la Casa Azul, que por supuesto estaba cerrada.

Observaba sorprendido cómo un lugar tan cálido y amigable era ahora un portón frío y distante, una mole de fachada blanca sin sentimientos.

Detrás suyo un Mazda color rojo metalizado apareció, estacionándose al lado de su carro, la hermosa mujer bajó el vidrio y extendió un saludo a Juan Alfonso.

- Hola ¿Hoy no abrieron? –

Juan Alfonso con la inocencia de un aprendiz se sobresaltó, intentando dar alguna respuesta balbuceaba sin dar con alguna frase coherente, Michelle que le observaba desde el carro, entendía que todo iba bien y que él no la reconocía.

Cuando finalmente recordó qué decir, elevó su vapeador de sandía y aspiró una bocanada de humo con aroma dulce, miró fijamente a Michelle a los ojos y la identificó como la amiga de Emanuel que había estado el martes pasado, en la noche de debate. 

- ¡Eres tu! – Alzó la voz.

Al momento en que se quiso acercar, notó que a su alrededor todo comenzaba a oscurecer, como un cielo negro, una manta que tapaba al mundo conocido y quedaba en total silencio.

Al fondo de alguna parte, Juan Alfonso escuchó la voz de Michelle, que con una carcajada respondía a su sobresalto.

- ¡Si, soy yo! –

Todo de un momento a otro comenzó brillar con muchas ráfagas de luz, al mejor estilo de una constelación de emociones estelares.

AV.

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