1 de julio de 2026

Viernes (Una pesadilla recurrente)


 Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/


Se despertó en su cama acostado boca arriba, al abrir los ojos encontró el techo de su habitación como un paisaje rústico, una combinación de madera y cemento al mejor estilo de un chalet latinoamericano. En silencio, cansado y sin conocimiento de nada quiso intentar encontrarle sentido a la vida, a la existencia misma de que todo lo conocido era parte de un sueño repentino.

Un ligero dolor emergió detrás de sus oídos, como un fuerte golpe de presión que se esparcía por todo el cráneo hasta marcar en su totalidad un proyecto de migraña intermitente, la luz del día entraba coquetamente entre las persianas hasta chocar con la pared, una pared tan blanca como las ideas nubladas que su mente acobijaba.

Entre susurros y monosílabas sensaciones, pronunció un nombre con total desconcierto: - Emanuel –

Abrió los ojos con total apuro, se levantó de la cama y el dolor de cabeza le devolvió el afán con un fuerte mareo, se sentía en exceso cansado, su cuerpo dolía por momentos, sus piernas estaban encalambradas, sus brazos con picazón y sus ojos comenzaban a sentir malestar con la luz del sol que entraba por la ventana. Se sacudió la cabeza, cubriéndose los ojos con las manos se levantó a pesar del mareo, caminó buscando unas pantuflas, dio vueltas por dos minutos en la habitación hasta caer en la cuenta de que aquellas pantuflas no existían.

Con asombro empezó a quejarse con algunas palabras obscenas de por medio, sus ojos se acostumbraron a la luz y le permitieron ver mejor, el dolor de cabeza era más intenso y la fuerza de los brazos disminuía, pero insistía en encontrar sus pantuflas, le aterraba la idea de tener que caminar descalzo.

Se agachó para observar debajo de la cama, pero allí no había nada, en exceso nada, solo oscuridad, una intensa y eterna oscuridad. Sin entender esa franja negra que orbitaba se levantó a buscar dentro del closet, pero al abrir la puerta con sorpresa vio que solo había oscuridad. Algo negro, poderoso, intenso, etéreo estaba allí, o más bien, existía allí.

Era como si al abrir la puerta del clóset se diese bienvenida a un portal cargado de mística e ignorancia.

Cerró la puerta y con vergüenza se sentó en la cama, la cabeza no paraba de doler. Buscó su teléfono móvil, estaba sobre la mesa de noche, sintió que su vida volvía a la normalidad, se rascó la cabeza y con sorpresa encontró tres llamadas perdidas de parte del policía Juan Gerardo Benín. Una notificación de mensaje de buzón de voz le anunciaba que la última llamada había sido a las cinco de la mañana.

El reloj del teléfono móvil señalaba que eran las siete de la mañana con cuarenta y dos minutos, del diez de julio de 2026.

Diez de julio.

Se quedó en silencio sentado al borde de la cama mirando la pantalla del teléfono, como un ser que en sus pensamientos esquivaba las ruinas de la migraña para poder viajar en sus pensamientos por las dunas del tiempo.

Diez de julio.

Desbloqueó el teléfono y encontró más de noventa y nueve notificaciones en su aplicación de chat, en el registro de llamadas solamente aparecía las tres llamadas del agente Benín, así que optó por escuchar el mensaje de buzón de voz.

Una interferencia no permitía reconocer la voz del policía, no era legible el mensaje, su voz se entrelazaba con ruidos extraños, una especie de máquina industrial, un sonido totalmente electrónico que se distorsionaba en los veinte segundos que duraba el mensaje. Solamente logró identificar la última frase del mensaje: ¡Llámame urgente!

Se quedó mirando a la pared, quizás porque allí podría encontrar con más agilidad algo de cordura, quizás, porque allí en el vacío de un muro de cemento pueden yacer los silencios de la vida vivida.

Se levantó y nuevamente el golpe de dolor de cabeza le recordaba lo vulnerable que era. Entró al baño que había en su habitación, se miró al espejo y con sorpresa se encontró con unas ojeras excesivas, además de su cabello totalmente desaliñado, con algo de repudio se rechazó a sí mismo y prefirió darse un baño con urgencia.

Allí bajo el agua comenzó a recordar.

A Emanuel lo mataron sobre la avenida del río, nadie da respuesta.

A José Isidro Segundo Caicedo lo encontraron muerto en su apartamento.

A Raúl Ignacio lo encontraron muerto en el parque de Pance.

A Alfonso - ¡estúpido Alfonso! – susurró, nunca lo encontraron.

Fabio, - ¡el tonto de Fabio! – nuevamente lanzó un quejido mientras dejaba el agua de la ducha caer sobre su cabeza, quizás como terapia para afrontar la fuerte migraña, a Fabio se lo llevó la vida misma en un insensato juego de locura. En ese preciso segundo, no pudo recordar más, no tenía claridad qué era lo que había pasado con su amigo Fabio Andrés.

Se quedó bajo el agua mucho tiempo, en un lugar donde precisamente el tiempo no existe.

Salió del baño vestido con un bata satín de color negra, como si fuese un traje para salir a defender a la corona junto a James Bond. Abrió la puerta de su clóset para buscar algo de ropa informal y vestirse, pero allí estaba otra vez esa oscuridad que como una pared, bloqueaba la visión a cualquier parte.

La cerró con rabia, con miedo, con premura, tan fuerte que el sonido de la madera chocar contra la pared de cemento generó un eco que resonaba en su migraña.

Se sentó con frustración en la cama, unas intensas ganas de llorar estaban apretando su pecho, su garganta era un túnel de lamentos y quejas.

Tomó el teléfono móvil para llamar al agente Benín, pero no tenía señal, estaba prácticamente inservible, ni había señal para realizar llamadas, ni tenía red para enviar mensajes o conectarse a algún portal de navegación. Con sospecha se levantó de la cama y por curiosidad abrió la persiana de la habitación, desde allí podía ver la cordillera occidental que bordea a la ciudad, un sol de verano iluminaba las calles, pero para confrontar toda lógica, no había nada más para observar.

No había calles, ni edificaciones, tampoco árboles ni nada que humanamente fuera lógico. Era una montaña iluminada por una luz tan blanca que comenzaba a dudar si era procedente del sol o de otra fuente desconocida.

Dio tres pasos y con el dolor de una migraña insoportable, buscaba respuestas al interior de su habitación.

Se sentó sobre la cama y mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil, pensaba en la fecha del calendario que estaba ubicado encima de la hora del día.

El dolor de cabeza desapareció y en un segundo todo se hizo oscuridad.

Se despertó en su cama acostado boca arriba, abrió los ojos y se encontró con una luz tenue que entraba por su ventana, las persianas estaban abiertas y la luz del sol golpeaba con fuerza. Con algo de confusión se sentó sobre la cama, estaba vestido con su bata satín de color negro, pensó que se había desmayado, así que buscó su teléfono para hallar respuestas. Junto a la cama estaban las pantuflas y al lado de estas, la ropa del día anterior tirada como un cúmulo de desperdicios.

Alzó una ceja y con sorpresa recogió la ropa para ubicarla en un canasto que tenía para tal fin, el orden siempre fue su obsesión.

Se acomodó las pantuflas y las sintió cómodas, suaves, el dolor de sus piernas se calmaba.

De pie junto a la cama desbloqueó la pantalla de su teléfono móvil, encontró allí tres llamadas perdidas de Alfonso, se sorprendió con total locura.

La última llamada estaba registrada a las dos de la mañana, del veintisiete de febrero.

Veintisiete de febrero.

Con un susurro ligero, casi inaudible pronunciaba febrero como si se tratase de un poema francés.

Veintisiete de febrero.

Se acercó con el teléfono en la mano y se asomó por la ventana, allí pudo ver el cerro de las tres cruces iluminado por un sol amigable, en la calle el ruido del tráfico comenzaba a abrumar la paz de los residentes, las personas caminaban con la tranquilidad de una ciudad inquieta.

No entendía nada.

Soltó el teléfono y entró al baño, notó que estaba su cabello desaliñado, su barba poblada y sus ojos cansados, rojos, como si llevase mucho tiempo sin dormir bien.

Su barba poblada.

En vez de entrar a darse la ducha que deseaba, comenzó a caminar dando vueltas por toda la habitación, no era posible que le creciera tanto la barba de un momento a otro ni que la fecha del teléfono cambiara abruptamente.

Cogió el teléfono con algo de miedo, de rabia, de frustración, buscó entre los registros de llamadas al policía Benín, pero tal contacto no existía, ni los mensajes de chat ni mucho menos las llamadas.

Pensó en Emanuel, intentó llamarle, pero el teléfono otra vez estaba sin señal de cobertura.

Tomó una postura enérgica y desafiando a todo aquello que no tiene nombre, decidió salir a buscar respuestas allá afuera, en medio del bullicio de aquel pueblo de ignorantes que tanto detestaba.

Abrió la puerta del clóset para ponerse algo de ropa informal pero una pared negra le detuvo. Adentro no había ninguna de sus prendas de vestir, solamente la oscuridad de un universo desconocido.

Cerró la puerta con angustia, el desespero llamaba a su conciencia y en ella, una conocida migraña empezaba a visitarle.

Se acomodó las pantuflas y abrió la puerta de su habitación para salir, allí en frente no había nada conocido.

Otra vez un mudo oscuro.

Se sentó sobre la cama y comenzó a pensar que estaba atrapado en una broma de pésimo gusto, quizás se trataba de una pesadilla o alguna especia alucinación.

Aquel viernes, Marino Esteban Rúales Peña estaba sentado sobre el borde de una cama que no existía, encerrado en una habitación que tampoco existía, en un universo etéreo que nadie conoce. Del otro lado de la puerta, sentada en una mesa, estaba Michelle Cristina Rueda Palacios fumándose un cigarrillo, con una copa de vino en la mano izquierda.

Un viernes cualquiera de marzo era el momento perfecto para tomarse una copa de Malbec y jugar con la paz del último de los caballeros de la casa azul.

Marino, mientras tanto, intentaba entender en dónde estaba.

AV.