4 de junio de 2026

Lágrimas (luces y sombras).



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Rebeca saltó para acomodarse en las piernas de Abril Barona de Caicedo, se acostó y como una bola de pelos quedó a merced de las caricias que le daba, Marino observaba en silencio la escena y recordaba un poco a su amigo Jose Isidro Segundo, quien siempre se refería a la gata como un sujeto atípico en su vida, ver aquella escena de doña Abril era un polo opuesto a la descripción de lo que él entendía como amor.

Recordó a su padre Don Eliecer como el hombre rudo que era, sus palabras cargadas de ese poder que dominaba la voluntad de todo el que le recibía en una conversación, de las manos grandes que solo daban palmadas para corregir y no para amar. Recordó a su padre, y con este, los años dorados de su juventud, aquella vida de lujos y corrupción, de ser el príncipe de la ciudad ahora a ser un simple cuidador de una viuda.

Miraba a Abril de reojo, sentía algo de vergüenza de verle en esa soledad tan perturbadora, sentía celos también, de ver tanto amor de una mujer a su mascota, una gata robada.

Al igual que Jose Isidro, Marino era hijo único, quizás por eso se entendía tan bien con él, no por los lujos o el dinero, ni mucho menos por la profesión que les convocaba en reuniones y bares. De allí emergió el respeto por la señora Barona de Caicedo, y en ese mismo ímpetu de lo injusto, Jose Isidro Segundo Caicedo fue su cómplice, su amigo y colega, en reuniones familiares y actos sociales. Había logrado algo de amistad con su madre, doña Margarita Peña, con la fundación de ayuda humanitaria que lideraba y claramente, con las iniciativas políticas de don Eliecer Rúales.

Una ligera lágrima se escapó rodando por su mejilla hasta ser atrapada por una barba poblada, un orgullo frío y un silencio distante. Se limpió el rostro con el borde de la corbata y pidió permiso a la madre de su amigo fallecido, para salir, tenía que regresar al restaurante.

Doña Abril asintió y dio la bendición a Marino dejando a un lado el periódico y posando a la gata Rebeca en el suelo, le agradeció por toda la ayuda dada y en especial, el acompañarle en tan difícil día. Ahora solo quería descansar, pues al día siguiente le esperaba el sepelio.

Marino hizo una venia en respeto y confirmó que pasaría a recogerla a las siete de la mañana para ir al cementerio. Detrás de la silla, la sombra de aquella mujer misteriosa aparecía de modo intermitente.

Salió del apartamento, otra lágrima le rodaba en dirección a la barba, en silencio caminaba por el pasillo pensando en Alfonso, el infantil Alfonso. Se cuestionaba brevemente sobre su paradero, le parecía en demasía extraño que no diera señales de nada desde que salió de la sala de velación temprano en la tarde. Mientras caminaba un ligero, imperceptible aroma a carne quemada llamó su atención, pensó que se trataba quizás de algún vecino preparando alguna especie de parrillada, pensó en que tenía hambre, pensó en Fabio Andrés y el pendiente que tenían de resolver juntos.

Juntos, pensó.

La sombra de la mujer caminaba entre las paredes del pasillo, como una especie de vigilante que observaba a Marino, incluso, intentaba escuchar sus pensamientos, por así decirlo.

Al salir del edificio vio que al interior de su camioneta, estacionada a lo lejos, una silueta se movía con rapidez, de modo fugaz. Alzó la voz y corrió para ver de qué trataba pero no encontró a nadie en su interior, miraba a todas partes y en definitiva la soledad de la calle contrastaba con la impresión de haber visto algo o alguien, salir de su camioneta. Cogió el teléfono móvil y marcó a su amigo Fabio Andrés, pero este no le contestó la llamada.

Intentó una vez más en llamar a Fabio y una vez más este no contestó. Abrió la aplicación de mensajería y grabando una nota de voz dejó un claro mensaje a su amigo: “No te vayas a ir, ya salgo para allá”.

Para Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, pero allí junto a Fabio Andrés forjó un interesante grupo de amigos que cada semana se reunían a conversar. Salió en la camioneta en esa dirección, comenzaba a afanarse pensando en que algo extraño ocurría, encendió la radio y una balada latinoamericana amenizaba una cálida noche de la ciudad, el tráfico estaba medianamente despejado y la distancia entre el apartamento de doña Abril y la Casa Azul era realmente corta, un trayecto de menos de diez minutos.

Al llegar, se llevó por sorpresa ver un camión de bomberos estacionado, junto a este una ambulancia y dos patrullas de la policía. Se detuvo a media calle, se bajó con temor y comenzó a correr en dirección al restaurante, allí un agente de policía le detuvo informando que nadie podía ingresar. Marino, con el ímpetu de un príncipe, exigió se le dejara entrar, pues sus amigos estaban adentro.

El detective Benín había llamado a emergencias para que se llevaran a Fabio, que a pesar de las complejas heridas de quemaduras, seguía con vida. Así que al interior de la Casa Azul solamente estaban Julio y Sara.

A las nueve de la noche de un jueves cualquiera de marzo, Marino Esteban Rúales Peña, comenzaba a sentir en su interior la peor sensación del mundo: La soledad y la sapiencia de entender que era el último en pie de una mesa de caballeros.

Un paramédico salía del restaurante cubriendo a Sara Carolina con una manta y una máscara de oxígeno, detrás de estos, aparecía Julio Washington Pupiales.

Marino alzó la mano y les llamó con un grito, queriendo saber qué ocurría. De su lado apareció el agente Benín con una cara de preocupación, le invitó a que le acompañara para dialogar algunos temas sensibles.

Marino miró despectivamente al agente al verle tan desaliñado y de muy avanzada edad, le tenía más a consideración de encontrarlo como a un pordiosero a ser el gran detective de la policía de Cali. Benín explicó que de un modo extraño algo quemó a Fabio, algo que de la nada apareció, lo comenzó a abordar entre el fuego azul y las llamas amarillas, Sara y Julio, se retiraron del susto pero el fuego empezó a abrasar por igual al restaurante. Lograron controlar las llamas con un extintor del restaurante y mucha agua, pero nada podía explicar el origen del fuego.

Explicó ligeramente a Marino, que revisando las cámaras solo había luces blancas que con su destello impedían ver con claridad la pantalla y lo ocurrido, incluso, uno de los agentes del cuerpo de bomberos entrevistó a Sara Carolina, que estaba junto a Fabio, pero ella solo pudo decir que una luz destellante le impidió ver.

Marino guardaba silencio, escuchaba y con un poco de desprecio tomaba distancia de Benín, un ligero aroma le incomodaba, pero no entendía aún qué era exactamente. 

- Voy a ir a estacionar mi camioneta adecuadamente, que la dejé tirada en medio de la calle – Susurró.

Marino caminó pensativo, en el fondo sentía unas ganas de llorar que no le permitían razonar adecuadamente, nada le parecía lógico. Se subió a la camioneta y la encendió para comenzar a andar sobre la vía, pero una sombra saltaba en el puesto de atrás, algo que se movía llamaba su atención.

Marino se dio vuelta y no encontró nada, de hecho, no había nada.

Ahora todo era oscuridad en un infinito espacio de silencio y abandono.

AV.

1 de junio de 2026

La noche antes del viernes (Fuego).

 



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Un silencio pesado abrazaba a cada uno de los testigos de una obra de arte contemporáneo, un dibujo en tinta roja que nada podía explicar a la expresión de terror que se reflejaba en el rostro de Alfonso, o lo que los presentes, consideraba era su amigo Alfonso. Doña Abril de Caicedo casi cae sobre sus propios pies, sintió a sus adentros un dolor tan agudo como inoportuno, como si otro hijo fuera parido en el dolor de una partida.

Marino le ayudó a sostenerse y con la indignación de un caballero, sugirió llevarle a su residencia de inmediato, a pesar del hambre y la extenuante jornada, no era ese el lugar ni las condiciones perenes para que una dama de su estirpe fuese testigo de tal vulgaridad.

Fabio Andrés que buscaba respuestas en la tinta derramada sobre aquella pared, miró fijamente a Marino y con un leve gesto aprobó que se retirara en el carro para llevarse a doña Abril. Puso sus manos sobre la pared y con el intento de atravesar cada ladrillo, quería saber qué había ocurrido allí, de dónde y quién había hecho esa pintura.

Benín, con la experticia de los años, soltó una frase lapidaria, todos reaccionaron con lago de rechazo, salvo Julio, que de pie sobre la puerta del restaurante dio la razón al viejo detective.

- La puerta está forzada, como si alguien intentara abrirla con golpes o alguna herramienta imprecisa. De seguro, como dice el agente Benín, alguien quería hacer daño a alguno de nosotros. –

Sara estaba sorprendida, el dibujo por más abstracto que fuese le recordaba a ese inexplicable mundo donde las estrellas deambulan cargadas de colores.

- Lo mejor es que entremos, revisemos que todo esté bien y si hay cámaras de vigilancia encendidas, poder ver la grabación. –

Julio asintió al agente Benín y señaló con la mirada a una de las cámaras que estaban ubicadas sobre el portón de entrada, la misma que solo daba cuenta de la salida de Emanuel con la joven desconocida, el pasado martes.

Detrás de Julio entró Sara Carolina, detrás de ella Fabio Andrés y a su lado, un paso por detrás, Juan Gerardo Benín. Un aroma a descomposición les recibió de manera sorpresiva, no era el aroma de la comida descompuesta o de un roedor muerto en alguna esquina, más bien era el aroma de la sangre, del hierro, de una vida que se marchitaba con el inexplicable aroma de lo perecedero entre humanas convicciones.

Sara Carolina ayudó con abrir los ventanales para que circulara el mal olor, Julio con un balde de agua buscaba trapear el suelo de cerámica, intentando con una especie de jabón líquido disminuir el fétido olor a una vida pasada.

Quizás como broma, como ayuda o como un acto de total imprudencia, el agente Benín sacó una cajetilla de cigarrillos y encendió uno de estos, se sentó en una de las pocas sillas disponibles y observando a cada punto del restaurante intentaba entender la dinámica de vigilancia de las cámaras de adentro.

Fabio caminaba de un lado a otro, quería respuestas, si esa era la dinámica de la vida, no podía tolerar que su amigo Marino o él, fueran los siguientes en esa cadena de inexplicables decesos.

Sara comenzó a organizar algunas mesas para que los visitantes se sintieran cómodos en ese ahora extraño lugar. No era la hospitalaria sala de recepción de la Casa Azul en la que la sonrisa de Emanuel allanaba a cada visitante, no se sentía ni siquiera, el cálido ambiente de unas mesas de madera que emanaban el silencio de la Cali de los intelectuales de estrato seis. 

- ¿Hay modo de ver las grabaciones de vigilancia? – preguntó Benín, mientras exhalaba un aro de humo azul.

- Si, acompáñeme – Respondió Julio con el trapeador aun en sus manos.

Al fondo de la barra, una pequeña cocineta servía de cubierta para esconder en un pasaje pequeño, la entrada a una habitación con un televisor, un computador y el router del wifi del restaurante.

- Busca las imágenes desde esta tarde – Sugirió Benín.

Allí pudieron ver, con algo de impaciencia, el tráfico de personas que se acercaban y se regresaban con la decepción de ver el restaurante cerrado, siempre llegaban clientes desde las tres o cuatro de la tarde.

Al parecer nadie estaba enterado de la muerte de don Emanuel.

Alrededor de las seis de la tarde Juan Alfonso apareció en pantalla, había estacionado el carro en frente de la Casa Azul, dejando visible solo un poco del frente del vehículo. En pantalla con una calidad de definición muy baja, lograron observar que Alfonso caminaba de lado a lado, al parecer estaba golpeando la puerta con la esperanza de que alguien le abriese. Por momentos se sentó en uno de los escalones y se quedaba pegado a la pantalla de su teléfono móvil, mas tarde casi media hora después de su llegada, se levantó a caminar como un vigilante que custodiaba la puerta del restaurante, por un momento se quedó de pie mirando firmemente a la fachada cuando preciso a sus espaldas una luz, al parecer de otro vehículo, le iluminó como si le abrazara con su cálida y amarilla existencia.

Juan Alfonso Mosquera se giró y dejó en evidencia una cara de asombro que fue completamente visible al lente de la cámara de vigilancia, allí se podía ver a alguien estirar la mano por la ventana de otro vehículo a modo de saludo, un momento después una luz intensa brilló con tanta fuerza que toda la pantalla del televisor perdía definición alguna quedando solo de color blanco, por un momento, volvió la imagen y sobre la pared del restaurante, estaba aquella pintura de tinta roja, de ahí se podía ver de modo borroso al carro retirarse, al parecer, con señales de atropellar a Alfonso.

- ¿y Alfonso dónde está? – preguntó Julio Washington Pupiales con el mismo tono de voz que un maestro llama al frente a su estudiante ejemplar.

El agente de policía, Juan Gerardo Benín pidió que se regresara la grabación varias veces para entender ese extraño brillo, suponía que podría ser de las farolas del otro vehículo, pero tanta intensidad no era capaz de invisibilizar a la cámara.

Mientras observaban una y otra vez la pantalla el aroma a hierro aumentaba.

- ¡Qué raro, pero si ya limpié el local para que se fuera ese aroma! – Espetó Julio con algo de malestar. 

Juan Gerardo sintió que el aire cambiaba de densidad y de aroma, no era preciso el de un baño turco con hojas de eucalipto, era el aroma de un viejo barril de pólvora, cargado de basura y viejos troncos de madera.

- ¡Algo sucede allá afuera! – Le insinuó a Julio con una palmada en la espalda.

Marino llegó al apartamento de doña Abril, la madre de Jose Isidro. Le apoyó con las manos para que se bajara del carro con cuidado y continuara al apartamento, él le acompañó hasta la entrada y agradeció le brindara un vaso de agua.

Abril estaba cansada, se sentía desmoronar por la muerte de su hijo y la del joven Ignacio, eran dos sucesos inesperados para una semana tan corta. Lo fuerte apenas comenzaba con las sospechas de que algo terrible le había sucedido a Alfonso, el mejor amigo de su hijo.

Marino pidió prestado el baño, quería orinar antes de salir de regreso al restaurante a recoger a Fabio Andrés. Allí adentro, pudo sentir un aroma extraño que le rodeaba, un hilo de humo con fragancia a sandía, o alguna fruta sintética, de esas que fumaban sus colegas, de esas que fumaba Alfonso.

Abrió los ojos con sorpresa, se lavó las manos y salió del baño con afán, buscó a doña Abril a quien encontró sentada en la sala del apartamento revisando la prensa del día. A su lado una sombra le acompañaba, imperceptible al ojo humano, a excepción de Marino, quizás, como si la sombra así desease ser vista.

Era una figura femenina.

Julio logró recorrer el pasillo hasta la barra del restaurante, detrás suyo el policía, Gerardo Benín.

Sara Carolina comenzó a gritar, buscaba a dónde saltar, quería escapar. Sobre el portón de entrada, de alguna manera que nadie podía dar razón el cuerpo de Fabio Andrés estaba siendo consumido por las llamas de un fuego arrollador.

- ¿Pero qué carajos pasó? – preguntó Benín.

- ¡No lo sé! – respondió Sara Carolina - ¡de repente una luz blanca chocó contra la puerta y él empezó a gritar, quemándose! –

AV.