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Un
silencio pesado abrazaba a cada uno de los testigos de una obra de arte
contemporáneo, un dibujo en tinta roja que nada podía explicar a la expresión
de terror que se reflejaba en el rostro de Alfonso, o lo que los presentes,
consideraba era su amigo Alfonso. Doña Abril de Caicedo casi cae sobre sus propios
pies, sintió a sus adentros un dolor tan agudo como inoportuno, como si otro
hijo fuera parido en el dolor de una partida.
Marino
le ayudó a sostenerse y con la indignación de un caballero, sugirió llevarle a
su residencia de inmediato, a pesar del hambre y la extenuante jornada, no era
ese el lugar ni las condiciones perenes para que una dama de su estirpe fuese
testigo de tal vulgaridad.
Fabio
Andrés que buscaba respuestas en la tinta derramada sobre aquella pared, miró
fijamente a Marino y con un leve gesto aprobó que se retirara en el carro para
llevarse a doña Abril. Puso sus manos sobre la pared y con el intento de
atravesar cada ladrillo, quería saber qué había ocurrido allí, de dónde y quién
había hecho esa pintura.
Benín,
con la experticia de los años, soltó una frase lapidaria, todos reaccionaron con
lago de rechazo, salvo Julio, que de pie sobre la puerta del restaurante dio la
razón al viejo detective.
- La
puerta está forzada, como si alguien intentara abrirla con golpes o alguna
herramienta imprecisa. De seguro, como dice el agente Benín, alguien quería
hacer daño a alguno de nosotros. –
Sara
estaba sorprendida, el dibujo por más abstracto que fuese le recordaba a ese
inexplicable mundo donde las estrellas deambulan cargadas de colores.
- Lo
mejor es que entremos, revisemos que todo esté bien y si hay cámaras de
vigilancia encendidas, poder ver la grabación. –
Julio
asintió al agente Benín y señaló con la mirada a una de las cámaras que estaban
ubicadas sobre el portón de entrada, la misma que solo daba cuenta de la salida
de Emanuel con la joven desconocida, el pasado martes.
Detrás
de Julio entró Sara Carolina, detrás de ella Fabio Andrés y a su lado, un paso
por detrás, Juan Gerardo Benín. Un aroma a descomposición les recibió de manera
sorpresiva, no era el aroma de la comida descompuesta o de un roedor muerto en
alguna esquina, más bien era el aroma de la sangre, del hierro, de una vida que
se marchitaba con el inexplicable aroma de lo perecedero entre humanas
convicciones.
Sara
Carolina ayudó con abrir los ventanales para que circulara el mal olor, Julio
con un balde de agua buscaba trapear el suelo de cerámica, intentando con una
especie de jabón líquido disminuir el fétido olor a una vida pasada.
Quizás
como broma, como ayuda o como un acto de total imprudencia, el agente Benín sacó
una cajetilla de cigarrillos y encendió uno de estos, se sentó en una de las
pocas sillas disponibles y observando a cada punto del restaurante intentaba
entender la dinámica de vigilancia de las cámaras de adentro.
Fabio
caminaba de un lado a otro, quería respuestas, si esa era la dinámica de la vida,
no podía tolerar que su amigo Marino o él, fueran los siguientes en esa cadena de
inexplicables decesos.
Sara comenzó a organizar algunas mesas para que los visitantes se sintieran cómodos en ese ahora extraño lugar. No era la hospitalaria sala de recepción de la Casa Azul en la que la sonrisa de Emanuel allanaba a cada visitante, no se sentía ni siquiera, el cálido ambiente de unas mesas de madera que emanaban el silencio de la Cali de los intelectuales de estrato seis.
- ¿Hay modo de ver las grabaciones
de vigilancia? – preguntó Benín, mientras exhalaba un aro de humo azul.
- Si,
acompáñeme – Respondió Julio con el trapeador aun en sus manos.
Al
fondo de la barra, una pequeña cocineta servía de cubierta para esconder en un
pasaje pequeño, la entrada a una habitación con un televisor, un computador y
el router del wifi del restaurante.
- Busca
las imágenes desde esta tarde – Sugirió Benín.
Allí pudieron ver, con algo de impaciencia, el tráfico de personas que se acercaban y se regresaban con la decepción de ver el restaurante cerrado, siempre llegaban clientes desde las tres o cuatro de la tarde.
Al parecer nadie estaba
enterado de la muerte de don Emanuel.
Alrededor
de las seis de la tarde Juan Alfonso apareció en pantalla, había estacionado el
carro en frente de la Casa Azul, dejando visible solo un poco del frente del
vehículo. En pantalla con una calidad de definición muy baja, lograron observar
que Alfonso caminaba de lado a lado, al parecer estaba golpeando la puerta con
la esperanza de que alguien le abriese. Por momentos se sentó en uno de los
escalones y se quedaba pegado a la pantalla de su teléfono móvil, mas tarde
casi media hora después de su llegada, se levantó a caminar como un vigilante
que custodiaba la puerta del restaurante, por un momento se quedó de pie
mirando firmemente a la fachada cuando preciso a sus espaldas una luz, al
parecer de otro vehículo, le iluminó como si le abrazara con su cálida y
amarilla existencia.
Juan
Alfonso Mosquera se giró y dejó en evidencia una cara de asombro que fue
completamente visible al lente de la cámara de vigilancia, allí se podía ver a alguien
estirar la mano por la ventana de otro vehículo a modo de saludo, un momento
después una luz intensa brilló con tanta fuerza que toda la pantalla del
televisor perdía definición alguna quedando solo de color blanco, por un
momento, volvió la imagen y sobre la pared del restaurante, estaba aquella
pintura de tinta roja, de ahí se podía ver de modo borroso al carro retirarse, al
parecer, con señales de atropellar a Alfonso.
- ¿y Alfonso dónde está? – preguntó Julio Washington Pupiales con el mismo tono de voz que un maestro llama al frente a su estudiante ejemplar.
El agente de
policía, Juan Gerardo Benín pidió que se regresara la grabación varias veces
para entender ese extraño brillo, suponía que podría ser de las farolas del
otro vehículo, pero tanta intensidad no era capaz de invisibilizar a la cámara.
Mientras
observaban una y otra vez la pantalla el aroma a hierro aumentaba.
- ¡Qué raro, pero si ya limpié el local para que se fuera ese aroma! – Espetó Julio con algo de malestar.
Juan Gerardo sintió que el aire cambiaba de densidad y de
aroma, no era preciso el de un baño turco con hojas de eucalipto, era el aroma
de un viejo barril de pólvora, cargado de basura y viejos troncos de madera.
- ¡Algo
sucede allá afuera! – Le insinuó a Julio con una palmada en la espalda.
Marino
llegó al apartamento de doña Abril, la madre de Jose Isidro. Le apoyó con las
manos para que se bajara del carro con cuidado y continuara al apartamento, él
le acompañó hasta la entrada y agradeció le brindara un vaso de agua.
Abril
estaba cansada, se sentía desmoronar por la muerte de su hijo y la del joven Ignacio,
eran dos sucesos inesperados para una semana tan corta. Lo fuerte apenas
comenzaba con las sospechas de que algo terrible le había sucedido a Alfonso,
el mejor amigo de su hijo.
Marino
pidió prestado el baño, quería orinar antes de salir de regreso al restaurante
a recoger a Fabio Andrés. Allí adentro, pudo sentir un aroma extraño que le
rodeaba, un hilo de humo con fragancia a sandía, o alguna fruta sintética, de
esas que fumaban sus colegas, de esas que fumaba Alfonso.
Abrió los ojos con sorpresa, se lavó las manos y salió del baño con afán, buscó a doña Abril a quien encontró sentada en la sala del apartamento revisando la prensa del día. A su lado una sombra le acompañaba, imperceptible al ojo humano, a excepción de Marino, quizás, como si la sombra así desease ser vista.
Era una
figura femenina.
Julio
logró recorrer el pasillo hasta la barra del restaurante, detrás suyo el
policía, Gerardo Benín.
Sara
Carolina comenzó a gritar, buscaba a dónde saltar, quería escapar. Sobre el
portón de entrada, de alguna manera que nadie podía dar razón el cuerpo de
Fabio Andrés estaba siendo consumido por las llamas de un fuego arrollador.
- ¿Pero
qué carajos pasó? – preguntó Benín.
- ¡No
lo sé! – respondió Sara Carolina - ¡de repente una luz blanca chocó contra la
puerta y él empezó a gritar, quemándose! –
AV.



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