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Al
finalizar la tarde, Marino acompañó a la señora Abril de Caicedo en la
despedida de cada uno de los visitantes que estaban rindiendo homenaje y pésame
por la partida de Jose Isidro Segundo. Fabio Andrés estuvo sentado con la
tristeza sobre sus hombros, en silencio, evitando cualquier diálogo o
interacción con el mundo conocido. Siendo las ocho de la noche, salieron los
tres de la funeraria y programaron para el día siguiente el sepelio del compañero
de debates.
Para sorpresa de la señora Abril, Juan Alfonso salió de la sala de velación temprano y no volvió en el resto de la tarde, tampoco se comunicó por teléfono ni dejó mensaje alguno. Marino, que logra leer todas las gestualidades de sus clientes identificó la preocupación de la madre de Jose Isidro Segundo.
Posó su mano sobre el brazo y le preguntó qué ocurría y si algo le afectaba en aquel momento. Ella asintió brevemente y expuso su preocupación por Alfonso, quien fue gran amigo de su hijo, casi como un hermano menor, pero distraído e ingenuo a diferencia de Jose quién más bien era engreído y en exceso realista.
Fabio
Andrés sugirió que salieran a comer algo, al día siguiente les esperaba doble
jornada, de una parte, el sepelio de Jose Isidro y de otra, la velación de Raúl
Ignacio. Salieron por la calle quinta en dirección al norte de la ciudad,
Marino había sugerido ir a cenar a un restaurante en el barrio El Peñón, cerca
de la Casa Azul, quizás como excusa o como costumbre, necesitaba pasar a ver
cómo estaban las cosas.
Al
finalizar la tarde Sara Carolina, Julio Washington y el detective Juan Gerardo
Benín estaban de acuerdo en que ambas muertes estaban relacionadas y que la
principal sospecha debía de recaer sobre la señorita de sonrisa ambivalente,
que desde la noche del lunes estaba cariñosa con Emanuel siendo ella, además,
la última en verle con vida.
Del
mismo modo acordaron que Sara Carolina estaba libre de sospecha y que los
mensajes no pretendían ser una extorsión o complicidad alguna con los
siniestros ocurridos, de hecho, señalaba Julio, esa labor más bien ayudaba a perfilar
a la principal sospechosa.
El
auxiliar Gaitán tomaba nota de las declaraciones y preparaba un oficio para la
presentación del caso ante el Capitán Arbeláez, no era un solo muerto sino, dos
y del mismo grupo de amigos.
Julio
quiso agradecer la gentileza de Benín, a pesar de la incómoda situación vivida
en horas de la mañana, la jornada fue cambiando la perspectiva del detective al
punto de ser ahora un aliado de la causa pro Emanuel. Sin entender qué ocurrió
en la sala de interrogatorio ni poder explicar cómo salieron de allí sin ser vistos,
Julio sabía a ciencia cierta que Sara y el detective algo ocultaban, pero no
tenía el modo de preguntarlo, porque incluso estos, evidenciaban no tener
memoria detallada de lo sucedido.
Julio
pidió permiso para dejar la bicicleta en el parqueadero de la estación de
policía, ya caída la noche le parecía arriesgado salir así, Benín no presentó
reparo y por el contrario se ofreció a llevarlos a los dos. Para agradecer la
atención Sara Carolina sugirió que le podía convidar una cena, si bien el
restaurante estaba cerrado y sin servicio desde el miércoles por la situación
de Emanuel, podrían pasar a recoger algo de dinero y seguir a alguna parte a
comer.
Juan
Gerardo ya con los años de vida se había convertido en un personaje con
restricciones excesivas para el tema de la comida, así que simplemente sugirió
tomarse una cerveza y seguir su camino, Julio en cambio si tenía mucha hambre y
quería devorarse toda la alacena del restaurante.
Es
así como salieron directo a la Casa Azul, allí podrían tomarse la cerveza que
Benín a bien les recibía. Cerca de las ocho de la noche salieron de la estación
de policía y estando relativamente cerca, llegaron al restaurante, preciso
momento en que Marino y Fabio Andrés pasaban con doña Abril de Caicedo también
en su carro particular.
Julio
Washington Pupiales los reconoció y de la manera más ingenua levantó la mano
desde la ventana para saludarles, Marino frunció el ceño y soltó un susurro a
modo de reproche, Fabio Andrés respondió el saludo alzando la mano por igual,
pidió a Marino que se estacionara para poder ir y saber cómo iban las cosas en
el restaurante, a doña Abril no le incomodaba la idea.
Ambos
carros se estacionaron al frente de la fachada blanca del restaurante, el
letrero de color azul estaba aún visible, pero sin iluminación, la puerta
grande, pesada, de madera, tenía los cerrojos con llave.
Sara
Carolina golpeó el hombro del detective Benín, quien estaba al volante del
vehículo. Dejó salir un gemido de sorpresa y comenzó a señalar a la pared
blanca de la fachada de la casa.
Fabio
se bajó de la camioneta de Marino con premura, se exaltó en demasía y con una
expresión de horror quiso preguntar qué era lo que pasaba.
El
detective Benín identificó a cada uno de los personajes que habitaban la
camioneta, a los dos señores los había entrevistado el día anterior y a la
señora, la identificaba como la madre de uno de los desaparecidos. No podría
creer que también estuviera involucrada la muerte del otro abogado en el caso
del restaurante y el parque de Pance.
Observó
con cuidado cómo reaccionaba Fabio, con la sensibilidad de un hombre derrotado,
se bajaba con premura de la camioneta y exclamaba ante la pared del
restaurante. Detrás suyo se bajó la señora Abril de Caicedo con una expresión
de horror y Marino en total silencio se cubría el rostro.
Sara Carolina que también se bajó con
una expresión de terror en su mirada, se apoyó en su colega Julio Washington,
con algo de esfuerzo alzó la voz preguntando si ese que estaba en la pared del
restaurante era Alfonso.
En
la pared blanca del restaurante, de alguna manera que nadie podría entender ni
explicar, una imagen hecha con tinta reflejaba una silueta con las facciones y
detalles de Juan Alfonso Mosquera.
Un rostro de desesperación se vislumbraba con la silueta de un cuerpo que se desvanecía entre la tinta y el cemento.
AV.



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