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El pasado es un retrato que para algunas personas es un desagradable recuerdo, hay heridas o dolores que punzan la conciencia con tanta fuerza que puede incluso. Para Raúl Ignacio, el pasado fue una constante sumatoria de voces y gemidos, una infancia feliz y amada, rodeada de un acoso permanente de seres invisibles y voces tediosas.
Una necesidad permanente de mantener la mente
ocupada y en ello la música fue un motor de paz durante sus años de infancia y
juventud, pero el trabajo y la fiesta fueron clave ya en sus años de madurez, porque
allí era donde realmente lograba alejar por un instante a lo que tanto le
acechaba.
Conoció la Casa Azul en el año 2014, pero desde el
2010 ya buscaba bares y tabernas donde ahogar sus pensamientos, el yugo de
trabajar con su padre en ese entonces le daba una ingesta intelectual propia de
una enfermedad crónica. Ser hijo único le sirvió para construir un carácter reactivo,
poder asumir con premura las desavenencias de la vida, o tal vez, las divergencias
de la familia misma.
Ser hijo de un hombre poderoso como su padre Raúl, era
a la vez ser un sujeto limitado en oportunidades fuera del círculo profesional
de su padre. Al conocer a Ángela Burbano encontró paz, pensó que quizás
encontraría amor, pero solo hubo una cordial amistad, una amistad que le ayudó
incluso a recuperarse del dolor mismo del amor no correspondido que recibió
años atrás.
Aquella noche de martes, donde alcanzó el amanecer
en una mesa ebrio por el Whisky, sintió paz al poder despedirse de su amigo
Emanuel Contreras, aquel abrazo en el universo desconocido fue tan humano y
terrenal, tan puro que sintió llorar en el ejercicio mismo de la vida vacía que
acarreaba. La misma tristeza le acobijó al hallar a su colega Jose Isidro
Segundo, sin entender cómo era posible que estuviese allí, entendió que tanto
ellos como él, estaban en la senda del valle de la muerte.
La mañana del jueves fue una sorpresa para los funcionarios
del parque natural de Pance, al comenzar la ronda de guardia previo a la
apertura al público, Solanyi Perea Olaya encontró a Ignacio recostado en una
banca, junto al sendero que acompaña al río.
Junto a ella, caminaba Gustavo Paredes Torres,
hombre de baja estatura y de contextura gruesa, un completo deportista con la
fuerza de un oso pardo, ambos se acercaron a revisar, vieron su camisa de
flores vistosas y el pantalón, desde ese momento dedujeron que no era un
deportista ni un vago, por el contrario, se podría tratar de algún prospecto de
borracho irresponsable que de seguro quería meterse al río. Al acercarse le
intentaron despertar, pero notaron que estaba pálido y con los labios de un
color azul que preocupaba.
Alfonso estaba asustado, mientras acompañaba a doña
Abril en el velorio de su amigo, Jose Isidro, pensaba en Emanuel que también
había fallecido y a la fecha no se tenía noticias de algún acto social de
despedida. Marino y Fabio Andrés deambulaban por la sala de velación, el
ambiente se sentía tenso y sin ánimos de dar problemas a la señora, Alfonso
intentaba sonreír siempre.
Fue doña Patricia Hau quien con una llamada informó
a Fabio del fallecimiento de Raúl Ignacio, según ella, intoxicado y abandonado
en medio de la nada, como un cualquiera y no el elegante abogado que era. Fabio Andrés intentó dar palabras de calma
pero sabía que era insuficiente, incluso para él perder 3 amigos en una misma
semana ya era una situación en exceso increíble.
Alfonso pasó por su lado, caminaba con cautela,
como un espía que quiere huir de una reunión. Alzó la mirada intentando
adivinar con quién hablaba Fabio, pero fue este el que le sorprendió mirándole
fijamente mientras atendía la llamada de la señora Patricia.
Le hizo una señal con las manos para que se
acercara, se despidió con una frase de consuelo y al momento de colgar la
llamada se descompuso de inmediato, Marino que estaba cerca de un salto lo
alcanzó a sostener, lo apoyó contra la pared y preguntando qué había ocurrido
lo entendió todo cuando encontró sus lágrimas rodar.
Fabio volteó a mirar fijamente a Raúl Alfonso, casi con la intención de acusarlo de culpable.
- Murió Ignacio. -
- ¿Qué? -
Fabio Andrés salió de la sala de velación con las
manos adentro de los bolsillos de su traje, las lágrimas delataban la noticia
recibida, detrás suyo iba Alfonso con una serie de réplicas que exigían
información, Marino, que ayudaba a caminar a Fabio, pedía a Alfonso que
guardara silencio.
El cuerpo de Ignacio fue llevado a medicina legal,
en los alrededores del hospital universitario, allí declaraban al mismo como
víctima de un asesinato premeditado, todo en evidente estado de envenenamiento.
En la estación de policía sonó el teléfono del
Capitán Arbeláez, un hombre de edad madura y un nivel de inteligencia
admirable.
Tomó atenta nota de los reportes de medicina legal
y de las declaraciones de los patrulleros del parque natural de Pance, con todo
organizado en una carpeta salió de su despacho buscando a la detective Salazar,
una joven policía con antecedentes de excelente perspicacia en su trabajo. Uno
de los patrulleros a su cargo le informó que ella estaba ocupada atendiendo el
caso de una víctima de homicidio, la víctima, un familiar de un político local,
por eso su dedicación casi exclusiva.
Ante la ausencia de Salazar, el Capitán Arbeláez siguió caminando ahora en dirección a la oficina de Benín, tampoco lo encontró en su despacho, pero el patrullero Gaitán, quien presta sus servicios de auxiliar, le informó que el detective estaba en la sala de interrogatorio con dos sospechosos de la muerte del señor del restaurante.
- Dígale a Juan Gerardo que aquí le dejo un nuevo caso. -
- Si mi Capitán – Alzó la voz el patrullero Gaitán.
A las tres de la tarde Julio Washington Pupiales se
acercó al puesto de recepción de la estación, pedía explicaciones del paradero
de su compañera Sara y del agente Benín. La oficial de policía que atendía le
indicó que durante los interrogatorios no estaba permitida ninguna clase de
interrupción, pero le insistió porque preciso, le parecía que no había nadie
adentro del salón de entrevistas.
La oficial atendió la recomendación y con una mueca
de cansancio llamó a la oficina del detective Benín, quien levantó la llamada
fue el auxiliar de apellido Gaitán. Este le señaló que el detective no había
pasado por la oficina aún, pero que el Capitán Arbeláez pasó a dejarle un nuevo
caso para investigar.
La oficial llamó a un patrullero y le dio la
indicación de que acompañara al señor Julio a buscar al detective Benín, pues el
caballero había presentado interés de declarar de modo voluntario, su versión
sobre un asesinato que estaba en investigación. Quien apareció para brindar
compañía fue el patrullero Alexander de Jesús Medina Caicedo.
Caminaron por diferentes pasillos del complejo
metropolitano de policía de Cali, de un momento a otro, Sara Carolina estaba
caminando desorientada, lejos de la sala de entrevistas.
Julio le hizo la señal al patrullero Medina de que
esa era su compañera.
En el parqueadero de la estación metropolitana y
bajo un sol intenso, Juan Gerardo Benín caminaba con las manos estiradas, como
si fuese un náufrago buscando la orilla. Varios patrulleros se acercaron para
ver qué le ocurría al “viejo”, como era conocido en argot popular, al notar que
estaba desorientado, le tomaron de las manos y le llevaron a unas sillas que había
a la entrada de la puerta del garaje, preguntaron si estaba bien, pero el
amable Benín simplemente asentía con la cabeza, intentando pronunciar la
palabra “Gracias”.
En el pasillo Sara Carolina, un poco más consciente
de su ubicación se dejó guiar por el patrullero Alexander de Jesús, a su lado
iba Julio con una expresión de terror en su rostro, por un momento se llegó a
imaginar que había sido drogada o envenenada su eterna enamorada.
Sara logró recuperar el hablar en un intento de
inhalar aire con fuerza, mirando fijamente al patrullero sin saber de quién se
trataba, pidió agua con desespero, sentía una sed intensa, la garganta le daba
picazón y sus manos estaban frías como las de un muerto.
Julio fue con rapidez a buscar agua para su
compañera de trabajo, el patrullero Alexander de Jesús le preguntó si
necesitaba algo más además del agua, pero Sara, con un amable e irónico gesto
de auxilio le dio a en tender que necesitaba espacio para respirar.
Allí sentada, recordando lo vivido soltó unas
ligeras palabras:
“Alfonso es el próximo en morir”.
El joven patrullero no lograba entender lo que
decía, solo escuchaba murmurar a la señorita de cabello tinturado. Julio
regresó con un vaso plástico lleno de agua, se lo dio a Sara Carolina mientras
insistía en saber qué había ocurrido.
Ella abrió los ojos, con total control de su cuerpo y su mente, entonando unas palabras certeras dijo:
- Allá afuera hay un mundo oscuro, lleno de universos, lleno de maldad. La señora de manos grandes nos salvó. –
AV.



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