26 de mayo de 2026

El hombre en el parque (El próximo).

 



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El pasado es un retrato que para algunas personas es un desagradable recuerdo, hay heridas o dolores que punzan la conciencia con tanta fuerza que puede incluso. Para Raúl Ignacio, el pasado fue una constante sumatoria de voces y gemidos, una infancia feliz y amada, rodeada de un acoso permanente de seres invisibles y voces tediosas.

Una necesidad permanente de mantener la mente ocupada y en ello la música fue un motor de paz durante sus años de infancia y juventud, pero el trabajo y la fiesta fueron clave ya en sus años de madurez, porque allí era donde realmente lograba alejar por un instante a lo que tanto le acechaba.

Conoció la Casa Azul en el año 2014, pero desde el 2010 ya buscaba bares y tabernas donde ahogar sus pensamientos, el yugo de trabajar con su padre en ese entonces le daba una ingesta intelectual propia de una enfermedad crónica. Ser hijo único le sirvió para construir un carácter reactivo, poder asumir con premura las desavenencias de la vida, o tal vez, las divergencias de la familia misma.

Ser hijo de un hombre poderoso como su padre Raúl, era a la vez ser un sujeto limitado en oportunidades fuera del círculo profesional de su padre. Al conocer a Ángela Burbano encontró paz, pensó que quizás encontraría amor, pero solo hubo una cordial amistad, una amistad que le ayudó incluso a recuperarse del dolor mismo del amor no correspondido que recibió años atrás.

Aquella noche de martes, donde alcanzó el amanecer en una mesa ebrio por el Whisky, sintió paz al poder despedirse de su amigo Emanuel Contreras, aquel abrazo en el universo desconocido fue tan humano y terrenal, tan puro que sintió llorar en el ejercicio mismo de la vida vacía que acarreaba. La misma tristeza le acobijó al hallar a su colega Jose Isidro Segundo, sin entender cómo era posible que estuviese allí, entendió que tanto ellos como él, estaban en la senda del valle de la muerte.

La mañana del jueves fue una sorpresa para los funcionarios del parque natural de Pance, al comenzar la ronda de guardia previo a la apertura al público, Solanyi Perea Olaya encontró a Ignacio recostado en una banca, junto al sendero que acompaña al río.

Junto a ella, caminaba Gustavo Paredes Torres, hombre de baja estatura y de contextura gruesa, un completo deportista con la fuerza de un oso pardo, ambos se acercaron a revisar, vieron su camisa de flores vistosas y el pantalón, desde ese momento dedujeron que no era un deportista ni un vago, por el contrario, se podría tratar de algún prospecto de borracho irresponsable que de seguro quería meterse al río. Al acercarse le intentaron despertar, pero notaron que estaba pálido y con los labios de un color azul que preocupaba.

Alfonso estaba asustado, mientras acompañaba a doña Abril en el velorio de su amigo, Jose Isidro, pensaba en Emanuel que también había fallecido y a la fecha no se tenía noticias de algún acto social de despedida. Marino y Fabio Andrés deambulaban por la sala de velación, el ambiente se sentía tenso y sin ánimos de dar problemas a la señora, Alfonso intentaba sonreír siempre.

Fue doña Patricia Hau quien con una llamada informó a Fabio del fallecimiento de Raúl Ignacio, según ella, intoxicado y abandonado en medio de la nada, como un cualquiera y no el elegante abogado que era.  Fabio Andrés intentó dar palabras de calma pero sabía que era insuficiente, incluso para él perder 3 amigos en una misma semana ya era una situación en exceso increíble.

Alfonso pasó por su lado, caminaba con cautela, como un espía que quiere huir de una reunión. Alzó la mirada intentando adivinar con quién hablaba Fabio, pero fue este el que le sorprendió mirándole fijamente mientras atendía la llamada de la señora Patricia.

Le hizo una señal con las manos para que se acercara, se despidió con una frase de consuelo y al momento de colgar la llamada se descompuso de inmediato, Marino que estaba cerca de un salto lo alcanzó a sostener, lo apoyó contra la pared y preguntando qué había ocurrido lo entendió todo cuando encontró sus lágrimas rodar.

Fabio volteó a mirar fijamente a Raúl Alfonso, casi con la intención de acusarlo de culpable.

- Murió Ignacio. -

- ¿Qué? -

Fabio Andrés salió de la sala de velación con las manos adentro de los bolsillos de su traje, las lágrimas delataban la noticia recibida, detrás suyo iba Alfonso con una serie de réplicas que exigían información, Marino, que ayudaba a caminar a Fabio, pedía a Alfonso que guardara silencio.

El cuerpo de Ignacio fue llevado a medicina legal, en los alrededores del hospital universitario, allí declaraban al mismo como víctima de un asesinato premeditado, todo en evidente estado de envenenamiento.

En la estación de policía sonó el teléfono del Capitán Arbeláez, un hombre de edad madura y un nivel de inteligencia admirable.

Tomó atenta nota de los reportes de medicina legal y de las declaraciones de los patrulleros del parque natural de Pance, con todo organizado en una carpeta salió de su despacho buscando a la detective Salazar, una joven policía con antecedentes de excelente perspicacia en su trabajo. Uno de los patrulleros a su cargo le informó que ella estaba ocupada atendiendo el caso de una víctima de homicidio, la víctima, un familiar de un político local, por eso su dedicación casi exclusiva.

Ante la ausencia de Salazar, el Capitán Arbeláez siguió caminando ahora en dirección a la oficina de Benín, tampoco lo encontró en su despacho, pero el patrullero Gaitán, quien presta sus servicios de auxiliar, le informó que el detective estaba en la sala de interrogatorio con dos sospechosos de la muerte del señor del restaurante. 

- Dígale a Juan Gerardo que aquí le dejo un nuevo caso. -

-  Si mi Capitán – Alzó la voz el patrullero Gaitán.

A las tres de la tarde Julio Washington Pupiales se acercó al puesto de recepción de la estación, pedía explicaciones del paradero de su compañera Sara y del agente Benín. La oficial de policía que atendía le indicó que durante los interrogatorios no estaba permitida ninguna clase de interrupción, pero le insistió porque preciso, le parecía que no había nadie adentro del salón de entrevistas.

La oficial atendió la recomendación y con una mueca de cansancio llamó a la oficina del detective Benín, quien levantó la llamada fue el auxiliar de apellido Gaitán. Este le señaló que el detective no había pasado por la oficina aún, pero que el Capitán Arbeláez pasó a dejarle un nuevo caso para investigar.

La oficial llamó a un patrullero y le dio la indicación de que acompañara al señor Julio a buscar al detective Benín, pues el caballero había presentado interés de declarar de modo voluntario, su versión sobre un asesinato que estaba en investigación. Quien apareció para brindar compañía fue el patrullero Alexander de Jesús Medina Caicedo.

Caminaron por diferentes pasillos del complejo metropolitano de policía de Cali, de un momento a otro, Sara Carolina estaba caminando desorientada, lejos de la sala de entrevistas.

Julio le hizo la señal al patrullero Medina de que esa era su compañera.

En el parqueadero de la estación metropolitana y bajo un sol intenso, Juan Gerardo Benín caminaba con las manos estiradas, como si fuese un náufrago buscando la orilla. Varios patrulleros se acercaron para ver qué le ocurría al “viejo”, como era conocido en argot popular, al notar que estaba desorientado, le tomaron de las manos y le llevaron a unas sillas que había a la entrada de la puerta del garaje, preguntaron si estaba bien, pero el amable Benín simplemente asentía con la cabeza, intentando pronunciar la palabra “Gracias”.

En el pasillo Sara Carolina, un poco más consciente de su ubicación se dejó guiar por el patrullero Alexander de Jesús, a su lado iba Julio con una expresión de terror en su rostro, por un momento se llegó a imaginar que había sido drogada o envenenada su eterna enamorada.

Sara logró recuperar el hablar en un intento de inhalar aire con fuerza, mirando fijamente al patrullero sin saber de quién se trataba, pidió agua con desespero, sentía una sed intensa, la garganta le daba picazón y sus manos estaban frías como las de un muerto.

Julio fue con rapidez a buscar agua para su compañera de trabajo, el patrullero Alexander de Jesús le preguntó si necesitaba algo más además del agua, pero Sara, con un amable e irónico gesto de auxilio le dio a en tender que necesitaba espacio para respirar.

Allí sentada, recordando lo vivido soltó unas ligeras palabras:

“Alfonso es el próximo en morir”.

El joven patrullero no lograba entender lo que decía, solo escuchaba murmurar a la señorita de cabello tinturado. Julio regresó con un vaso plástico lleno de agua, se lo dio a Sara Carolina mientras insistía en saber qué había ocurrido.

Ella abrió los ojos, con total control de su cuerpo y su mente, entonando unas palabras certeras dijo:

- Allá afuera hay un mundo oscuro, lleno de universos, lleno de maldad. La señora de manos grandes nos salvó. –


AV.

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