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Julio
Washington Pupiales Varela estaba sentado en su apartamento jugando en el teléfono
móvil, recién había descargado un juego, sobre el sofá descansaba con los pies
estirados, descalzo y en pantaloneta, a su lado en un bafle sonaba “Retromix
Volumen 6”, una mezcla de canciones de los años noventas que encontró en
Youtube.
Julio
nació en el mes de septiembre, al igual que Sara Carolina, de quien vivía
enamorado. Trabajan juntos desde el año 2024, siendo él mucho mayor que ella,
apoyaba a Emanuel Contreras en la administración de la Casa Azul, además de la
preparación de coctelería y bebidas en la barra del restaurante, desde el
jueves hasta el domingo. Durante los días corrientes de la semana ejercía solamente
labores administrativas.
Una
canción pegajosa de DJ Bobo aparece en el bullicio de aquella mezcla musical, golpeando
los pies contra el suelo seguía el ritmo de la canción hasta que una llamada
telefónica le interrumpió.
A
las nueve de la mañana de un miércoles de marzo, la llamada de parte de la
policía nacional de Colombia le notificó del fallecimiento de su jefe, amigo y
colega, Emanuel Contreras Hitschfeld.
De
acuerdo a la versión de la policía el cuerpo del señor Contreras fue hallado
sin vida y con notables laceraciones en el pecho y costado, estaba cerca del
Río Cali. Desde medicina legal informaron que era evidente que había sido
víctima de algún acto violento que acabó con su vida. La llamada telefónica
además de ser un interrogatorio para validar la coartada del señor Pupiales,
servía por igual para la verificación de datos de contacto del fallecido señor
Contreras. Por recomendación del agente de policía, se le pidió que pasara por
la estación de la avenida primera, para dar declaración.
A las once de la mañana, con el sol golpeando la tristeza de quien salía a buscar explicaciones, tomó su bicicleta y desde el barrio 03 de Julio salió en dirección a la Casa Azul.
Julio Washington Pupiales Varela necesitaba encontrar
paz y verdad.
Necesitaba
tranquilidad.
Necesitaba
entender qué ocurría.
Buscaba
la paz en el silencio de aquel restaurante que se convirtió en su morada
durante muchos años, desde el 2011 era el encargado de la barra y poco a poco,
de la atención de proveedores y contratación del personal de apoyo. Encontró en
Emanuel un hombre que siempre le recibía con una sonrisa, incluso en los
momentos difíciles, cuando nadie conocía el restaurante y solo lo visitaban los
amigos del trabajo.
Tuvo
la oportunidad de conocer a todas las mujeres que quisieron ser novias de Don
Emanuel, desde señoritas jóvenes recién egresadas de las elegantes
universidades de la ciudad, hasta mujeres maduras que llegaban por
recomendación de otras señoras, todas con la intención misma de recibir en
Emanuel la cordialidad de unas manos cariñosas y cordiales.
De
las mujeres que llamaron su atención, siempre prevalecieron las acompañantes de
los amigos de Emanuel, pero su favorita era Sara Carolina, joven e inteligente,
una mezcla letal de belleza y sarcasmo en sus palabras.
Llegó
sudando y con la camisa en exceso húmeda del calor que abordaba a la ciudad,
entró a la Casa Azul y se sentó sobre la barra, recordaba a Emanuel
aconsejándole, dándole secretos de cocina o simplemente hablándole de su vida
en Mendoza. En aquel miércoles pesaba la noticia como un dolor insoportable, se
sirvió un vaso de agua fría y con una lágrima rodando sobre sus mejillas
intentaba conservar la postura recta.
Sara
Carolina llegó alrededor del mediodía, le había escrito para que se vieran
allí.
Entró
con el cabello cogido con un gancho enorme con apariencia de mariposa, cargaba
un morral de tela y sus botas de cuero rojo. En los ojos de Sara Carolina había
pesar, pero también rabia.
Julio
levantó la mano derecha a modo de saludo, no se inmutó en levantarse si quiera,
ya había gastado mucho esfuerzo el año anterior para pretenderla, no le era
extraño ahora entender que en ella no había nada que anhelar. No había incluso,
evidencia alguna de que tuviese sentimientos.
Sara
Carolina se quedó sobre la puerta terminando de escribir un mensaje: “el
Comandante Cody ya ejecutó la Orden 66”.
Soltó una sonrisa de picardía y entró para encontrarse con la tristeza de su compañero quien sentado en la barra del bar, con un vaso de agua fría guardaba silencio, simplemente le observaba con la tristeza de quien entraba en desgracia.
- ¿Qué va a pasar ahora? – Preguntó Sara.
- Ni idea, alguien tiene que reclamar el local. Por ahora cerrar, respetar el duelo y buscar trabajo en otro lado. -
- Me niego, es injusto. -
- Tengo que ir a la estación de policía, me imagino que vos también. -
- Seguramente. -
Sara
Carolina se sentó a su lado, con las manos sosteniendo la cabeza posó los codos
en la barra y fijó su mirada en la decoración de botellas y luces apagadas,
pensaba por largo rato en lo amable que era el señor Emanuel, y de esa amabilidad,
lo peligrosamente abusivas que podrían llegar a ser las mujeres.
Encerrada en sus pensamientos comenzó a recordar a Michelle, la joven acompañante de Emanuel, coqueta, fanfarrona, mentirosa.
Una ligera sensación de rabia le recorrió el
pulso de la vida y le invitó a pestañear, en ese instante tomó el celular y
buscando las fotos de esa noche, encontró una en la que aparecían abrazados, con
la misma rabia escribió un mensaje al chat de Alfonso:
“Dile
al Concejo Jedi que Michelle está lejos, donde la nueva orden se encargará de
todo. Donde Emanuel no podrá volver.”
En
silencio se quedó viendo la pantalla del teléfono, como si estuviese estructurando
una vendetta o intentando recordar una receta de cocina, cualquier cosa viajaba
en sus pensamientos, era tal la conmoción que por un instante llegó a presentir
la presencia de Emanuel allí, en la barra del bar.
Julio
se levantó y comenzó a preparar un batido de frutas: “hay que acabar con
todo lo que sea perecedero, a la final se va a dañar ¿no?”
Sara
le miraba en silencio, alzó la vista a modo de reproche, solo quería encontrar
a Michelle y pedirle explicaciones, de seguro, pensaba, era ella la culpable de
todo.
Mientras
Julio veía como las frutas se iban licuando, se dejó llevar en los recovecos de
la memoria. Recordó que los primeros clientes, varios de estos empresarios
amigos de Don Emanuel, le habían dado el sobrenombre de ingeniero, porque preciso
en ese entonces había iniciado sus estudios de Ingeniería Mecánica en la universidad
pública, estudios que abandonó al año siguiente por la alta exigencia que
demandaba y el poco tiempo que tenía para cumplir.
A
pesar de abandonar la universidad, los clientes le insistían en que tenía cara
de ingeniero, voz de ingeniero, incluso, manos de ingeniero. Todo era chiste
para ellos, y para Pupiales, eran bromas inocentes.
Se sirvió en un vaso el batido de frutas, brindó a Sara pero ella le rechazó de inmediato, no se sentía con ganas de nada.
- ¿Vamos a ir a la policía? – Preguntó - ¿O a qué me hiciste venir? -
- Si, pero ahora en la tarde, a esta hora no nos atiende nadie –
Sara con su mirada fulminante, espetó: - Entonces invítame el almuerzo –
Julio Washington Pupiales Varela abrió los ojos con sorpresa, tomaba su jugo de frutas mientras le miraba, conocía muy bien esa mirada y entendía que algo estaba procesando esa mente oscura e inconforme.
- Si, pidamos un pollo frito –
Sara Carolina tomó de nuevo el teléfono y revisando la lista de clientes encontró el que parecía ser el contacto de Michelle. Lo revisó varias veces, quería salir de la duda, pero no se le ocurría una forma limpia de hacerlo.
- ¿Y si nos quedamos con la Casa Azul? – preguntó Julio.
AV.



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