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VIII.
Estaba sentado en una panadería al sur de la ciudad, tomaba un café colado en greca, oscuro, amargo, fuerte. Fumaba un cigarrillo apoyado en su motocicleta, con los brazos cruzados intentaba no dejar caer el recipiente del café, pensaba como lo hacen los hombres derrotados, pensaba mucho como si de allí emergiera la solución a la desgracia.
La radio informaba del complejo caos vehicular de la
avenida panamericana, pedía refuerzos e incluso, asignaba a varios agentes en
varios puntos aledaños para poder coordinar un tráfico que fluyera ante la
desgracia de la avenida. En otras designaciones la central de radio informaba
de pleitos en distintos centros urbanos, tanto al sur como al norte, todo como
un caos propio de un día fuera de lo convencional.
Milton reflexionaba sobre lo vivido, desde el principio
sabía que debía de continuar su trayecto hasta las oficinas en la sede sur y no
detenerse a buscar coimas en la vía, si bien era necesaria su intervención para
detener el conflicto entre los conductores del bus y el camión de carga, su
intervención logró empeorar una queja que no era trascendente. Lo que no
entendía inclusive, era el modo en que el adolescente llegara a la escena a
morir casi que en sus brazos, que sus entrañas decidieran estallar ante su
ingrata presencia, ver a aquel joven morir con una sonrisa, una mueca de dolor
que se perpetraba en la memoria de lo inhumano.
Un agente llegó a su lado, caminando con el casco de la moto puesto dio un saludo a Milton con un golpe en el hombro, de contextura gruesa y piel morena se reía con vehemencia.
“¿está como complicada la cosa no Perlaza?” Entonaba en broma.
Milton intentaba ignorarle, pero bien entendía el peso de
aquellas afiladas palabras. Todos o la gran mayoría en la secretaría de
tránsito saben de las malas prácticas de pedir coima a los conductores de buses
en la vía Panamericana, pero aquella mañana Milton entendía que la vida le
estaba cobrando con una vida, sin entender por qué, los pensamientos le
oprimían la poca decencia que quedaba en su uniforme.
En su teléfono móvil pudo leer un mensaje de la dirección
pidiéndole presentarse a la mayor brevedad, quizás esperaban un reporte de la
muerte del joven, por demás casual e indeseada, o tal vez era necesario ampliar
información sobre la extraña situación de la ambulancia y sus paramédicos.
Pensaba, pensaba, pensaba mucho.
El colega con un vaso de café en las manos continuaba
haciendo comentarios cargados de burla, muchas risas y preguntas de doble
intención, Milton solamente callaba, era más fuerte el ruido de sus pensamientos
que el hedor de un mal compañero de trabajo.
Una señorita con gorro y delantal color azul claro salió
de la panadería y se acercó a los dos agentes, brindando una bandeja de pandebono
y almojábana espetó una sonrisa formal, hizo una extraña reverencia y se retiró
a recoger los desechos dejados en las mesas exteriores del recinto, el agente Palau,
colega de Milton nuevamente dejó salir otro comentario inoportuno, en tal caso
sobre la apariencia física de la mesera.
“Dejá a Mariana en paz ole, que la muchacha
es toda amable con nosotros y vos todo vulgar”.
Apagó el cigarrillo con la zuela de la bota, se terminó
el poco café que le quedaba y comenzó a morder el pandebono como si fuera su último
bocado en vida. Guillermo Palau en silencio mordía el pandebono y pensaba que
algo no andaba del todo bien con su compañero, al parecer una reunión de rutina
no iba a ser tan superficial como se esperaría.
Siendo las doce con cuarenta minutos de aquel martes
extraordinario, el joven Aníbal llegaba a la clínica para ser evaluado por el
cuerpo médico, que en un determinante comunicado daba la causa de muerte como
una perforación intestinal súbita, que al no ser atendida a tiempo y, ante el
colapso en el tráfico, derivó en el fallecimiento del joven.
A la una de la tarde estaban presentes en la clínica los
padres de Aníbal, el señor Rubén Eduardo Cuervo junto a su esposa, María
Adelaida Torres. El llanto no era un detalle menor, ambos lamentaban la
inexplicable pérdida de su hijo menor, todo era confusión en la sala de espera
del centro de salud y más cuando la información médica no permitía entender el
contexto de los hechos.
A la una de la tarde con treinta minutos, Marisol Berrido
estaba sentada en una sala de entrevistas de la estación de policía de El Lido,
explicaba en reiteradas ocasiones que la falla había sido una imprudencia de su
parte y que reconocía el error, asumiendo por demás el costo económico que ello
pudiese generar, pero sobre la pelea del taxista con el señor de los domicilios
ella no tenía injerencia, acusando además tener miedo por las amenazas
recibidas.
Una agente de policía tomaba nota de cada palabra.
Juliana Legarda había llegado a la estación de policía de
Ciudad Jardín, allí intentaba dar una declaración creíble de lo que le había
ocurrido, más allá de golpear un bache y perder el control de carro, para
finalmente estrellarse en la casa aparentemente abandonada. Insistía en creer
que la discusión con la anciana fue tan real como el daño causado.
Un policía de carreteras tomaba declaración a Ramiro
Camelo quien explicaba que la imprudencia del conductor de la buseta había generado
el accidente y la muerte de su personal de apoyo.
A las dos de la tarde un inmenso nubarrón se posó sobre
la ciudad, la víspera de un fuerte vendaval anunciaba los tiempos presentes y
las desgracias vividas. Don Rubén seguía con su esposa en espera de firmar los
documentos del deceso de su hijo para dar paso a los trámites del sepelio, María
Adelaida, la esposa, señaló con preocupación el gran nubarrón que se avistaba
por la ventana de la sala de espera.
Juliana escuchó un fuerte trueno, quiso asomarse a la ventana,
pero un agente de policía le detuvo. Marisol, por su parte caminaba de lado a
lado en el salón de entrevistas, sintió un cambio leve en la temperatura, como
un frío sepulcral.
Ramiro se subió a la ambulancia, por ser Senador de la
República debía ser examinado para dar un parte de que estaba libre de todo
mal. Mientras estaba sentado recibiendo instrucciones médicas, vio cómo del
cielo oscuro aparecían grandes rayos que bajaban como flechas de un cazador.
Sintió miedo.
Héctor Hernán llegó a casa en el carro de un colega, su
taxi había sido remolcado. Encontró a su esposa, doña Elvira llorando sin
consuelo en las escaleras de entrada a casa, allí estaba su hijo Juan Felipe
con el cuerpo de Betún. “HH” sentía que la vida no podía ser más cruel y
miserable, en ese mismo instante un trueno secundaba sus palabras, como si la
maldición de Marisol fuese tan certera como real.
Milton Perlaza iba en su motocicleta en dirección a la
carrera primera, al otro extremo de la ciudad para rendir declaración ante su
supervisor, durante el trayecto podía observar al cerro de las tres cruces con
una inmensa nube negra detrás y de esta, varios rayos manifestando la llegada
de un fuerte vendaval. Se detuvo un instante bajo un puente para comenzar a
vestir su ropaje impermeable, mientras lo hacía sentía que algo lo abrazaba,
una inmensa fuerza, alguna especie de energía que le empujaba sigilosamente,
como el viento.
Se giró encontrando en frente suyo un extraño e inmenso
universo oscuro, lleno de estrellas de colores y muchas voces gritando de dolor
de manera simultánea. Un mareo comenzó a dominar su cuerpo al punto de caer a
un suelo inexistente, no había nada en ninguna parte, todo era oscuridad.
A las tres de la tarde de un martes de marzo, el director seccional de tránsito municipal publicaba un acta de desacato por la no presencia de Milton Perlaza para rendir indagatoria por los extraños hechos ocurridos en horas de la mañana en la autopista Panamericana.
La denuncia de acoso y abuso
de autoridad presentada por el señor Polanco, de oficio taxista y, la denuncia
de fraude de parte de un conductor de camión de carga, servían como evidencia
testimonial para iniciar un proceso disciplinario y penal, sin embargo, el
ausentismo ante la citación daba a entender que el agente era consciente de su
culpabilidad.
Desde el despacho municipal se emitió una orden de
captura con efecto inmediato.
En alguna parte, donde nadie podía entender o llegar, el agente
Milton Perlaza intentaba encontrar la salida, la oscuridad por su parte seguía consumiéndolo
hasta que dos inmensos ojos de color naranja aparecieron en la penumbra, una
señal de que había cesado la espera.
En algún lugar oscuro, fuera de este mundo.
AV.

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