24 de marzo de 2026

En Tránsito: El viaje final.

Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/

 

VIII.

Estaba sentado en una panadería al sur de la ciudad, tomaba un café colado en greca, oscuro, amargo, fuerte. Fumaba un cigarrillo apoyado en su motocicleta, con los brazos cruzados intentaba no dejar caer el recipiente del café, pensaba como lo hacen los hombres derrotados, pensaba mucho como si de allí emergiera la solución a la desgracia.

La radio informaba del complejo caos vehicular de la avenida panamericana, pedía refuerzos e incluso, asignaba a varios agentes en varios puntos aledaños para poder coordinar un tráfico que fluyera ante la desgracia de la avenida. En otras designaciones la central de radio informaba de pleitos en distintos centros urbanos, tanto al sur como al norte, todo como un caos propio de un día fuera de lo convencional.

Milton reflexionaba sobre lo vivido, desde el principio sabía que debía de continuar su trayecto hasta las oficinas en la sede sur y no detenerse a buscar coimas en la vía, si bien era necesaria su intervención para detener el conflicto entre los conductores del bus y el camión de carga, su intervención logró empeorar una queja que no era trascendente. Lo que no entendía inclusive, era el modo en que el adolescente llegara a la escena a morir casi que en sus brazos, que sus entrañas decidieran estallar ante su ingrata presencia, ver a aquel joven morir con una sonrisa, una mueca de dolor que se perpetraba en la memoria de lo inhumano.

Un agente llegó a su lado, caminando con el casco de la moto puesto dio un saludo a Milton con un golpe en el hombro, de contextura gruesa y piel morena se reía con vehemencia.

“¿está como complicada la cosa no Perlaza?” Entonaba en broma.

Milton intentaba ignorarle, pero bien entendía el peso de aquellas afiladas palabras. Todos o la gran mayoría en la secretaría de tránsito saben de las malas prácticas de pedir coima a los conductores de buses en la vía Panamericana, pero aquella mañana Milton entendía que la vida le estaba cobrando con una vida, sin entender por qué, los pensamientos le oprimían la poca decencia que quedaba en su uniforme.

En su teléfono móvil pudo leer un mensaje de la dirección pidiéndole presentarse a la mayor brevedad, quizás esperaban un reporte de la muerte del joven, por demás casual e indeseada, o tal vez era necesario ampliar información sobre la extraña situación de la ambulancia y sus paramédicos.

Pensaba, pensaba, pensaba mucho.

El colega con un vaso de café en las manos continuaba haciendo comentarios cargados de burla, muchas risas y preguntas de doble intención, Milton solamente callaba, era más fuerte el ruido de sus pensamientos que el hedor de un mal compañero de trabajo.

Una señorita con gorro y delantal color azul claro salió de la panadería y se acercó a los dos agentes, brindando una bandeja de pandebono y almojábana espetó una sonrisa formal, hizo una extraña reverencia y se retiró a recoger los desechos dejados en las mesas exteriores del recinto, el agente Palau, colega de Milton nuevamente dejó salir otro comentario inoportuno, en tal caso sobre la apariencia física de la mesera.

“Dejá a Mariana en paz ole, que la muchacha es toda amable con nosotros y vos todo vulgar”.

Apagó el cigarrillo con la zuela de la bota, se terminó el poco café que le quedaba y comenzó a morder el pandebono como si fuera su último bocado en vida. Guillermo Palau en silencio mordía el pandebono y pensaba que algo no andaba del todo bien con su compañero, al parecer una reunión de rutina no iba a ser tan superficial como se esperaría.

Siendo las doce con cuarenta minutos de aquel martes extraordinario, el joven Aníbal llegaba a la clínica para ser evaluado por el cuerpo médico, que en un determinante comunicado daba la causa de muerte como una perforación intestinal súbita, que al no ser atendida a tiempo y, ante el colapso en el tráfico, derivó en el fallecimiento del joven.

A la una de la tarde estaban presentes en la clínica los padres de Aníbal, el señor Rubén Eduardo Cuervo junto a su esposa, María Adelaida Torres. El llanto no era un detalle menor, ambos lamentaban la inexplicable pérdida de su hijo menor, todo era confusión en la sala de espera del centro de salud y más cuando la información médica no permitía entender el contexto de los hechos.

A la una de la tarde con treinta minutos, Marisol Berrido estaba sentada en una sala de entrevistas de la estación de policía de El Lido, explicaba en reiteradas ocasiones que la falla había sido una imprudencia de su parte y que reconocía el error, asumiendo por demás el costo económico que ello pudiese generar, pero sobre la pelea del taxista con el señor de los domicilios ella no tenía injerencia, acusando además tener miedo por las amenazas recibidas.

Una agente de policía tomaba nota de cada palabra.

Juliana Legarda había llegado a la estación de policía de Ciudad Jardín, allí intentaba dar una declaración creíble de lo que le había ocurrido, más allá de golpear un bache y perder el control de carro, para finalmente estrellarse en la casa aparentemente abandonada. Insistía en creer que la discusión con la anciana fue tan real como el daño causado.

Un policía de carreteras tomaba declaración a Ramiro Camelo quien explicaba que la imprudencia del conductor de la buseta había generado el accidente y la muerte de su personal de apoyo.

A las dos de la tarde un inmenso nubarrón se posó sobre la ciudad, la víspera de un fuerte vendaval anunciaba los tiempos presentes y las desgracias vividas. Don Rubén seguía con su esposa en espera de firmar los documentos del deceso de su hijo para dar paso a los trámites del sepelio, María Adelaida, la esposa, señaló con preocupación el gran nubarrón que se avistaba por la ventana de la sala de espera.

Juliana escuchó un fuerte trueno, quiso asomarse a la ventana, pero un agente de policía le detuvo. Marisol, por su parte caminaba de lado a lado en el salón de entrevistas, sintió un cambio leve en la temperatura, como un frío sepulcral.

Ramiro se subió a la ambulancia, por ser Senador de la República debía ser examinado para dar un parte de que estaba libre de todo mal. Mientras estaba sentado recibiendo instrucciones médicas, vio cómo del cielo oscuro aparecían grandes rayos que bajaban como flechas de un cazador.

Sintió miedo.

Héctor Hernán llegó a casa en el carro de un colega, su taxi había sido remolcado. Encontró a su esposa, doña Elvira llorando sin consuelo en las escaleras de entrada a casa, allí estaba su hijo Juan Felipe con el cuerpo de Betún. “HH” sentía que la vida no podía ser más cruel y miserable, en ese mismo instante un trueno secundaba sus palabras, como si la maldición de Marisol fuese tan certera como real.

Milton Perlaza iba en su motocicleta en dirección a la carrera primera, al otro extremo de la ciudad para rendir declaración ante su supervisor, durante el trayecto podía observar al cerro de las tres cruces con una inmensa nube negra detrás y de esta, varios rayos manifestando la llegada de un fuerte vendaval. Se detuvo un instante bajo un puente para comenzar a vestir su ropaje impermeable, mientras lo hacía sentía que algo lo abrazaba, una inmensa fuerza, alguna especie de energía que le empujaba sigilosamente, como el viento.

Se giró encontrando en frente suyo un extraño e inmenso universo oscuro, lleno de estrellas de colores y muchas voces gritando de dolor de manera simultánea. Un mareo comenzó a dominar su cuerpo al punto de caer a un suelo inexistente, no había nada en ninguna parte, todo era oscuridad.

A las tres de la tarde de un martes de marzo, el director seccional de tránsito municipal publicaba un acta de desacato por la no presencia de Milton Perlaza para rendir indagatoria por los extraños hechos ocurridos en horas de la mañana en la autopista Panamericana.

La denuncia de acoso y abuso de autoridad presentada por el señor Polanco, de oficio taxista y, la denuncia de fraude de parte de un conductor de camión de carga, servían como evidencia testimonial para iniciar un proceso disciplinario y penal, sin embargo, el ausentismo ante la citación daba a entender que el agente era consciente de su culpabilidad.

Desde el despacho municipal se emitió una orden de captura con efecto inmediato.

En alguna parte, donde nadie podía entender o llegar, el agente Milton Perlaza intentaba encontrar la salida, la oscuridad por su parte seguía consumiéndolo hasta que dos inmensos ojos de color naranja aparecieron en la penumbra, una señal de que había cesado la espera.

En algún lugar oscuro, fuera de este mundo. 

AV.

23 de marzo de 2026

En Tránsito: La espera.

 

Imagen creada con IA: https://grok.com/  

VII.

 

Una grúa llegaba al barrio Valle de Lili para recoger el carro de Juliana Legarda Pacheco, un agradable Peugeot 206 que bajo los ladrillos de una casa deshabitaba era la evidencia de una imprudente manera de conducir de parte de la joven de casi treinta años. Tomó un taxi para acompañar la ruta en dirección al parque automotor de la dirección de tránsito de la ciudad.

El taxista que le transportaba, un jovial señor de mostacho cano y ojos cansados preguntó si estaba todo bien, si el accidente había surgido por alguna distracción o peor, alguna intervención de animales en la vía. Ella sonriente solamente explicaba, con su voz baja, que le pasaba por astuta, por estar pensando en los pendientes de la vida.

Sin pretender profundizar en la vergüenza que sentía la señorita de casi treinta, el taxista, de nombre Mauricio, le comentó que a esa hora había un zaperoco sobre la calle “jetenta”. Juliana, con el desinterés de una dama de alta alcurnia, giró la cabeza observando las calles de la ciudad, no quería conversar.

Mauricio queriéndose ser amable le comentó que una “tonta” causado un accidente con otro colega temprano en la mañana, ya estaba la policía llevándola a la estación de El Guabal a dar declaración y ver que le hacen, porque el tema era grave, o eso informaban los colegas por la radio del taxi.

Juliana estaba concentrada en su día tan apático, además de adivinar de dónde sacar los recursos para pagar el arreglo del carro, le sumaba a sus preocupaciones el pago de la pared de la casa abandonada. Se sentía estúpida, dizque una anciana, pensaba a sus adentros.

Su jefe, el Doctor Villafañe le llamaba al teléfono móvil.

Marisol iba en una patrulla de la policía, una camioneta medianamente cómoda, no la llevaban esposada ni sentía aún que fuera a prestar declaración como culpable de algún delito grave, de esos que destrozan hogares.

No dejaba de pensar en sus patrocinadores, no quería que por su infortunio su reputación diera al traste el éxito de los apoyos de su evento decembrino. Mucho menos comprometer sus intenciones de ser candidata a la Junta Comunal el año próximo.

Una de las mujeres policía que le acompañaba al interior de la camioneta le invitaba a tomar con calma la situación, explicaba que era normal que los taxistas acudieran en grupo a acosar a las personas involucradas en siniestros y en tal caso, era por supuesto corriente ver la reacción desesperada de la ciudadanía, como el caso de ella.

Marisol quería sonreír pero las circunstancias la invitaban a reflexionar más allá de lo debido.

Pensaba en que tenía que comprar un teléfono nuevo, en su jefe que no estaba al tanto de lo ocurrido y su evidente ausentismo laboral. Pensaba en la fundación y los apoyos que podría perder si esto se hacía de conocimiento público, pensaba en Dios y sus modos de brindar aprendizajes a quienes siguen insistiendo en ser mejores versiones de su pasado.

El joven Juan Felipe Charría sentía ira en su interior, sus ojos llenos d lágrimas le convidaban a tomar una piedra del suelo y tirarla contra la cabeza de uno de los patrulleros, de su interior evocaba un sentimiento de tristeza tan grande que no le cabía en la juventud. Algunos vecinos que fueron testigos del acto se acercaron a abrazarle, quizás como contención a la ira de un adolescente capaz de quemar al mundo entero, quizás como amor ante la partida del mejor amigo de todos.

Algunos patrulleros y funcionarios de la estación de policía salieron a acordonar la zona para prevenir la ola de violencia que se asomaba en las palabras de los inconformes transeúntes.

Adentro Margarita Peñuela atendía el teléfono y coordinaba la llegada de una patrulla desde la avenida Libardo Lozano, mientras designaba con la estación de la calle primera, la salida de otras unidades en dirección a la carretera que viene del aeropuerto.

El Doctor, con formación de ingeniero, observaba con lágrimas en los ojos el deceso de su asesor de comunicaciones y la bella Valeria, su asistente de tareas varias. A su lado, Augusto se lamentaba por el estado crítico de su carro, estaba convencido que la aseguradora no le cubriría los daños además de inculparle de las víctimas de la caída del Bus.

Una ambulancia llegó y al notar la gravedad, llamó a otras unidades tanto de Cali como de Palmira para auxiliar a las casi quince víctimas que, al parecer ya habían fallecido con el impacto.

La empresa reportó la salida de dos unidades más desde Cali, pidiendo apoyo a otra empresa en la ciudad vecina de Palmira, otro accidente de gravedad, sobre la avenida Panamericana tenía a tres operadores de la empresa accidentados mientras prestaban el servicio en una ambulancia.

Tanto Augusto como Ramiro Camelo daban su versión del accidente a un policía de carreteras que se acercó al momento en que fue reportado el siniestro por la radio, detrás suyo el bullicio de un tráfico que se detenía desesperaba a los heridos, a los testigos, a los curiosos e incluso, a los muertos.

El agente Milton Perlaza se retiró con la cabeza baja, durante un par de horas reguló el tráfico sobre la avenida panamericana con la esperanza de que algún colega llegara a brindarle apoyo, nunca pasó por su mente que detener a aquellos conductores con el fin de sacar alguna moneda a cambio de su silencio sería el primer filtro, de una serie de insospechadas revueltas.

La muerte del adolescente sumada al accidente de los paramédicos de la ambulancia, cambió los planes de un día normal.

Durante la espera nadie contactó a la familia del joven fallecido, al fondo casi a doscientos metros, poco a poco los curiosos llegaron a ver lo ocurrido y dar ayuda a los Manueles, a Tatiana y a la dignidad del servicio público de ambulancia.

Al llegar otra moto con dos agentes de tránsito, eran las nueve de la mañana. Brindaron apoyo y dejaron que se retirara como relevo de la situación.

Siendo las doce con cuatro minutos un martes cualquiera de marzo, Rubén Eduardo Cuervo recibió una llamada de la Decanatura de Ingeniería de la Universidad Católica, en ella le informaron que el joven Aníbal no se había presentado al examen, generando como consecuencia la posible pérdida de la Beca de Excelencia. Como cualquier padre de familia se preocupó más allá de lo que fuera esa llamada, comenzó a buscar a su hijo a través de persistentes llamadas y posteriores mensajes al chat de WhatsApp.

El joven Aníbal no respondía.

A las doce y diecisiete minutos del día, una voz grave contestó la llamada, era un paramédico.

Rubén Eduardo Cuervo, padre de Aníbal alzaba la voz con notable dolor, sentía que su alma se fragmentaba en pedazos de vida y de muerte. Después de saludar, el paramédico se presentó como Juan Diego Murillo, quien informó que en la vía panamericana un accidente poco convencional había ocurrido y la vida del joven no escapó a las circunstancias, Aníbal Moreno había fallecido tras una reacción física sin diagnosticar.

No se trataba de un problema de tránsito sino, de salud.

El agente Perlaza abandonó la escena tan pronto como se lo autorizaron, se fue pensativo, delegó en sus colegas el control de la ruta panamericana, quería pedir perdón por sus intenciones pero a nadie podía darle parte de sus pensamientos, por dentro se quería morir.

Mientras conducía su moto se quedó pensando en la mirada del taxista, el señor Polanco, en el relicario de palabras de los dos conductores, el joven de la buseta y el señor mayor del camión de carga. Incluso recordó que algunos ladrillos quedaron en medio de la vía, cerca por igual al carro cruzado del joven fallecido.

Esa tarde sentía que estaba en un agujero negro que le culpaba de cada desgracia que ocurría.

Un martes cualquiera de marzo.

AV.

21 de marzo de 2026

En Tránsito: La casa.

 

Imagen creada con IA:  https://gemini.google.com/

  

VI.

Hay lugares en los que la paz es una búsqueda permanente, quizás en un plato de comida, quizás en la reunión familiar viendo un programa de televisión o quizás, solamente quizás, en la soledad de una tarde soleada.

Juliana Legarda Pacheco, de ojos castaños como el chocolate, cabello castaño como la panela, ondulado y con la grasa del tiempo perdido, salía de casa con el afán de una paz perdida, necesitaba llegar a tiempo a su empleo, al otro lado de la ciudad, una entidad financiera de origen internacional.

Juliana estudió arquitectura con el anhelo de poder crear obras de arte a las que se les pudiese llamar hogar, siguiendo los pasos de su abuelo, el Doctor Pacheco, insinuaba diseños amigables con la variedad de colores y la eficiencia de materiales, sin embargo sus ideas poco eran entendidas por parte de las grandes constructoras.

Tuvo la oportunidad de exponer sus argumentos al jefe de la Constructora Simón, una empresa reconocida por viejos ciudadanos, pero tal intensidad de la propuesta se salía de cualquier razonamiento corporativo que, para el caso de la jefatura de la constructora, se hacía financieramente insostenible.

Con la frustración de una profesión con baja tasa de empleabilidad y la presión de una tradición familiar que sostener, Juliana optó por emplearse en el Banco Internacional, desempeñando labores de caja y atención al público, junto a Marisol, quien también salía tarde esa mañana de martes.

Juliana vive aún con padre y madre, hija de ingenieros, nieta de arquitectos, hermana de periodistas. La niña de casa, cada mañana sale temprano en su carro propio, un Peugeot 206, sencillo y elegante, rumbo a la sucursal del banco en el barrio de Ciudad Jardín, relativamente cerca a su residencia.

Desde casa el trayecto según las aplicaciones de navegación, puede tomar diez a quince minutos, sobre todo por los semáforos de la avenida Libardo Lozano. La ciudad aparentaba una calma de esas que Juliana ama en silencio mientras conduce a su trabajo escuchando los podcasts de grandes pensadores contemporáneos, todo alejado de la psicología profesional pero amarrado a la búsqueda de la mentalidad sanadora.

Heridas dibujadas de sonrisas, diría su hermano mayor, Manuel Alejandro.

Al tomar la calle 16, desde la carrera setenta siguió la ruta acostumbrada, ignoraba que más arriba sobre la calle 13 Marisol causaba un accidente terrible en un taxi. Después del semáforo de la carrera ochenta giró a la avenida Simón Bolívar de Cali, en ella el tráfico por lo general se congestionaba, así que se desvió entre calles residenciales, por lo menos llegar a la autopista evadiendo el tráfico convencional.

Detrás de la calle 16 un barrio residencial, famoso por sus casas de color granate, comenzaba a sentir el cambio en las vías al aumentar el tránsito de personajes como Juliana durante los años, entre los cambios notables estaba la aparición de baches y grandes huecos, muchos causando accidentes que podrían evitarse si se fuera más precavido al conducir.

Juliana no fue la excepción y por el afán de llegar a tiempo al Banco sufrió el golpe en uno de los baches, perdiendo el control del vehículo y sin dejar de pisar el pedal del acelerador, se desvió contra la pared de una famosa casa color granate.

El golpe dio un susto de aquellos que invocan a la santa trinidad, en especial en una joven de casi treinta años que sigue los preceptos de la iglesia católica en casa.

Siendo las ocho de la mañana de un martes cualquiera en un marzo genérico, una señorita, de profesión arquitecta discutía con la vida, quería explicaciones, intentaba invocar la paz de un accidente humanamente evitable. La pared de la casa estaba destrozada, había caído dejando ver en su interior unos enseres y a su lado, una señora de avanzada edad observando asustada.

Juliana se bajó del carro, el color plata estaba deteriorado por el granate de los ladrillos que había tumbado, la parte delantera del mismo estaba en total estado de destrucción, además de la pared misma.

La señora con un vestido blanco estilo bata se acercó mirando fijamente a la joven de casi treinta años. Levantó sus manos delgadas, casi cadavéricas, dejó salir varias palabras en un tono de voz grave,  insultaba a la culpable del accidente además de amenazarle con quitarle la vida. Juliana entraba poco a poco en pánico, quiso llamar a sus padres pero la vergüenza del accidente le impedía del mismo modo el pedir ayuda, pensó en su hermano mayor, pero insistía su mente en la vergüenza; se acordó de Marisol, su compañera de oficina, pero no respondía a los mensajes en el chat.

La señora, con el cabello grisáceo insistía en gritar y golpear lo que quedaba de pared, en dos oportunidades dio patadas al carro sin daño alguno. Un policía de tránsito que cruzaba por el vecindario vio lo que pasaba, no se detuvo pero desde la radio informó del incidente para que pasaran a revisar la situación patrulleros de la policía municipal.

Juliana vio al policía de tránsito cruzar el vecindario, le hizo señas para que se detuviera pero este le ignoró, con tal frustración ella insistía en poder dialogar con la anciana para pedir perdón y mirar la manera de restaurar el daño generado a la propiedad.

Una vecina salió de la casa de enfrente, al otro lado de la calle, Juliana la miró con sorpresa y se acercó, quizás para pedir prestado el teléfono o pedir ayuda a quien fuese capaz de solucionarle el conflicto con la señora de avanzada edad.

Del otro lado una señora de mediana edad, alrededor de cincuenta o casi finalizando sus cuarentas, se apoyaba en una escoba observando a la joven Juliana caminar de un lado a otro, junto al carro estrellado contra la casa.

Le saludó a lo lejos y vio que se acercó, con algo de amabilidad esperó a que le diera su versión de la historia, así podría brindarle algo de apoyo si así lo requería. Juliana moviendo las manos con el desespero de un malabarista contaba cómo perdió el control del vehículo y este terminó subiendo el andén y chocando contra la pared de la casa de la anciana.

-      ¿Cuál anciana?-  Preguntó la vecina.

Juliana señaló con el dedo índice al frente dónde estaba su carro estrellado, con una voz de impaciencia insistió en esa casa, dónde la anciana le gritaba.

La vecina explicó con la ligereza de una plegaria que esa casa estaba en venta desde hace ya cinco años,  preciso después de la apertura de la cuarentena, pues para entonces la señora de la casa, una mujer de edad mayor, había fallecido por el COVID-19.

Juliana abrió los ojos como dos satélites y se giró intentando encontrar sentido a las palabras de la vecina, en ese preciso instante vio su carro bajo los ladrillos de la pared que había chocado, pero al interior solo estaba el vacío de una propiedad abandonada, olvidada, quizás por unos hijos o nietas interesados en deshacerse de lo que fue la casa de alguna señora en el pasado.

En total silencio Juliana intentaba entender qué había ocurrido. En silencio, Juliana todavía recordaba los ojos negros de la anciana, con el hedor mismo de un cuerpo que ya no pertenecía a este mundo.

Siendo las 08:33 de la mañana de un martes de marzo, una moto de la policía municipal llegaba con dos patrulleros a verificar lo ocurrido, Juliana con la sonrisa de un condenado, les saludaba para dar su versión de los hechos.

Una versión que ahora debía de reconstruir.

 

AV.

20 de marzo de 2026

En Tránsito: El Mejor amigo.

 

Imagen creada con IA: https://grok.com/  

 

V.

Alrededor de las diez de la mañana de un martes cualquiera de marzo, Juan Felipe Charria salió de casa para sacar la basura a petición de su madre, doña Elvira de Charria. Con sus ojos color miel y el cabello crespo como una esponja, caminaba con la pereza que un adolescente carga cuando hay responsabilidades domésticas que atender.

A su lado un pequeño seguidor le acompañaba, de raza criolla y ojos claros como la miel de los ojos de Juan Felipe, caminaba Betún, un perro de cinco meses de edad, reiteradamente pequeño, juguetón, ingenuo, glotón y muy ágil en su caminar. Si bien su pelaje es de color blanco, se ve percudido por el itinerante tiempo libre que comparte en casa, por lo cual algunos vecinos creen que es color crema, otros incautos lo ven color amarillo o incluso, café con leche.

Colores distintos que unen a la comunidad al unísono de un mismo nombre: Betún.

En el tradicional barrio El Guabal, sobre la calle 14, Juan Felipe caminaba con una bolsa plástica color negro en su mano izquierda, una botella plástica en su mano derecho y amarrada a ella, sobre la muñeca, la correa de paseo de Betún.

Dejó la basura en los contenedores cerca a la cancha de fútbol, más arena que césped, pero con dos arcos enormes para inspirar a los jóvenes talentos de la comuna. El cachorro corría con la lengua afuera incitando a quien fuese su mejor amigo para que jugaran en el campo deportivo, una costumbre que se daba dos veces al día con la intención misma, de poder garantizar que hiciera chichí y popó, como le decía Juan Felipe.

En casa la señora Elvira, con algunas molestias en la pantorrilla por la edad, lavaba la loza del desayuno y desde ya ponía a preparar la sopa del almuerzo que por ser día martes sería de verduras con pollo sudado y patacones. Su esposo, Don Héctor Hernán madrugó a trabajar como siempre, con la firme intención de cumplir con la bendición de cada día.

Si supiera doña Elvira pues, que a esa hora su esposo deletreaba improperios y palabras obscenas a toda una cuadrilla de curiosos, con una puerta menos en su vehículo y una doña asustada que se aferraba a su teléfono móvil, destrozado por demás.

No era un martes casual como quizás en otras historias se mentaba, pues los Manueles perecieron en un accidente de una vía sin pavimentar adecuadamente, Don Augusto perdía su carro pagado en cuotas, muchas de estas sin cubrir, el Agente Perlaza intentaba dar respuesta a un estudiante fallecido en plena vía, todo conjugándose como un suelo inestable para cualquier cronista de lo cotidiano.

Aquel martes indiferente con la vida, Héctor Hernán estaba desamparado en un cruce vial, el calor comenzaba a golpear el pecho de quien se sentía orgulloso de ser el macho alfa de la familia. Después de varias solicitudes por el radio del taxi, Alexis, apareció.

Llegó en un taxi modelo 2005, un Renault sencillo, aseado y lo más importante, con aire acondicionado en funcionamiento.

Se estacionó detrás del caos vial y mirando con desafiante postura saludó al motociclista que sentado sobre el andén, clamaba alguna explicación por lo ocurrido.

“HH” saludó a su amigo Alexis, con una palmada en el hombro y una mueca señaló a la señora Marisol, que intentaba encender la pantalla del teléfono, a su lado, sentado en el andén, el domiciliario con cara de frustración. Don Héctor Hernán intentaba explicar a Alexis los daños del accidente y sus responsables, en especial por el reto inefable de pagar los daños de un carro que no era de su propiedad.

Alexis Stiven con su sonrisa mulata le dio algo de consuelo devolviendo la palmada en el hombro, haciendo referencia que se trataba de un accidente humanamente evitable y como tal, el patrón sería amable.

Pasados quince minutos llegaron dos carros más, en uno esta Oswaldo, muy joven para el oficio de taxista pero con un criterio de la vida que ya le permitía saberse de memoria el código civil y la norma de tránsito.

En el otro taxi llegó Luis Javier, de cabello corto, más bien en condición de alopecia y muchos ánimos de incitar al prójimo a la violencia.

Los cuatro taxistas acosaron al joven domiciliario quien sin mostrar temor, insistía en que la señora era la culpable de todo el accidente; Marisol en silencio buscaba donde refugiarse pero era en vano, los curiosos de la zona habían rodeado la escena del accidente encerrándole en medio de susurros y miradas de reproche.

Una moto de policía llegó a la zona y comenzó a indagar por el desorden público que emergía, Luis Javier con vocación de malandro, ya estaba buscando pleito dónde la paz se esfumaba.

El suboficial de policía, Marino Polanía, tomaba nota de cada palabra y cada desecho que en el suelo identificaba, observando la puerta del vehículo en el suelo y a su lado la motocicleta con los espejos rotos, intentaba recrear la situación en su completitud, era inconcebible para su inteligencia o la de cualquier civil que todo fuera por una inoportuna puerta que se abría, ante un inoportuno motociclista que se adelantaba.

Ferney Cuero, el patrullero motorizado que acompañaba a Marino estaba a la distancia tomando fotos con el teléfono móvil, enviando mensajes a la estación de policía de El Guabal y por supuesto esperando la oportunidad para pedir refuerzos en caso de una revuelta popular.

Juan Felipe Charria, alrededor de las once de la mañana estaba caminando con Betún de regreso a casa, a un par de calles de distancia. Había preferido ir a caminar con su perro para que hiciera se despojara de sus desechos biológicos con prontitud, jugar un rato en la cancha de fútbol y comprar algo de comer en la panadería, de preferencia una papa rellena.

Don Héctor Hernán insultaba a la señora Marisol, Alexis Stiven reiteraba el insulto, Luis Javier empujaba al joven domiciliario con el pie, casi que de una patada para que se levantara, Oswaldo recitaba la norma y con ella, incitaba a los patrulleros a llevarse preso al joven y su moto descompuesta.

Al ver el tono de los inconformes taxistas, Ferney con una seña pidió autorización a Marino para llamar refuerzos, quizás era el momento de bullicio esperado para el acoso de autoridad.

Marino levantó la mano izquierda haciendo la señal del número tres con los dedos, Ferney desde el radio de su uniforme pidió refuerzos, algunos respondieron confirmando presencia.

Marisol con el sollozo en el alma estaba asustada, el acoso de tantas personas y el miedo inminente de ser agredida por los taxistas hacía que su fe en Cristo incrementara, sus súplicas se transformaban en plegarias y las plegarias en promesas de una vida mejor, quería llorar.

Luis Javier con el espíritu de lo indebido empujó del brazo a Marisol que en el acto mismo en que fue tocada soltó un grito y con este, un llanto.

Miró fijamente a Héctor Hernán Charria y desde lo más profundo de su ser soltó una oración lapidaria: ¡maldita sea tu familia, viejo hjijueputa!

El suboficial Marino se acercó y abrazó a Marisol para calmarla mientras la alejaba del acoso que estaba expuesta.

Siendo las once con nueve minutos de la mañana de un martes de marzo, Betún jugaba de regreso a casa con Juan Felipe, del antejardín de una de las casas de la vía apareció pacheco, un can de gran tamaño e igual de juguetón, pero incomprendido por su tamaño y apariencia.

Juan Felipe se asustó cuando lo vio saltar sobre la reja del antejardín soltando la correa que paseaba a Betún quien a su vez, del susto, saltó sobre la calle 14, corriendo con el ímpetu de un condenado.

Sobre la estación de El Guabal dos motos salieron con premura para atender el llamado del patrullero Ferney Cuero, la primera moto llevaba a dos suboficiales que al ver a Betún correr lograron esquivarlo, la segunda moto, la que venía detrás no vio al cachorro de pelaje crema estrellándose de frente.

Betún soltó un llanto que se escuchó por toda la ciudad, como el grito de un alma inocente que se despide de este mundo. Fue preciso, su último acto.

A su lado, cayeron los dos patrulleros chocando contra el separador vial de la calle 14.

Al caer la moto sufrió daños por lo fuerte del impacto, pero el daño más grave recién comenzaba: Una comunidad de vecinos querían explicaciones y por qué no, algo de venganza por el deceso de Betún.

Entre la multitud, Juan Felipe Charria, hijo de Don Héctor Hernán, tenía en su mano una piedra lista y una lágrima en sus ojos llenos de furia.

Eran las Once con trece minutos de la mañana.

AV.

19 de marzo de 2026

En Tránsito: El Caudillo.

 


Imagen creada con IA: Gemini.google.com 

 

IV.

Ramiro Camelo Prada nació en Bogotá, un diciembre lleno de lluvia y detonación de bombas en el centro de la ciudad, una época violenta en la historia de Colombia que por sugerencia de analistas y politólogos, era mejor no nacer. Cursó sus primeros años de educación en el Liceo Asociado de Bogotá, una cooperativa de maestros que pretendía enseñar desde el ejemplo y más allá de la teoría de Freire.

Terminó sus estudios bachilleres e inició ingeniería civil en la universidad católica a la que asisten los ciudadanos de bien, los becados y a veces los desamparados, allí conoció diferentes amistades y romances, todos culminando con el desespero de huir del país, en especial durante los primeros años de la década del dos mil cuando las torres gemelas dejaron de ser una referencia geográfica y se convirtieron en un hito histórico.

Con la campaña presidencial de 2010 logró un puesto de trabajo a sus jóvenes veinte años, allí desempeñó labores de coordinación de cuadrillas de voluntariados en la zona sur occidente de Bogotá, hasta crecer en el absurdo mundo de la política y ser un referenciado congresista electo en el año 2026.

Se hizo elegir con la promesa de mejorar la calidad de vida de quienes no tienen tiempo para pensar en la vida, incluso propuso control político a través de herramientas tecnológicas para controlar a los políticos que patrocinaron su campaña, algo coloquial en el qué hacer de la vida electoral colombiana.

Finalizadas las votaciones el pasado 08 de marzo, inició una gira de agradecimiento a sus respectivos votantes (cuadrillas), desde la Guajira hasta Nariño. La primera parada sería en el Valle del Cauca, algo romántico y jovial.

Sus ojos negros como una promesa y su cabello crespo como una idea, fueron quizás el atributo más atractivo para enamorar a dos lideresas de la comuna 22 de Cali, atributos respaldados por el sello del partido político de oposición y la chequera del clan de militancia.

El martes tomó vuelo para iniciar la gira por el sur del país, además de saldar deudas, necesitaba comprometer liderazgos. Llegó a Cali a las 08:45 de la mañana siendo recibido por un cielo despejado y un clima fresco, lo suficiente para un visitante del centro del país.

Acompañado de un asesor de comunicaciones y una asistente de tareas varias, solicitó un servicio de Uber en el aeropuerto, había agenda que atender desde mediodía en el hotel Hilton y la distancia demandaba premura.

Una camioneta de alta gama pasó a recoger al electo senador y sus dos acompañantes, Augusto Bejarano Moreno era quien conducía, con gafas oscuras cubría sus castaños ojos, una sonrisa de mármol y brazos gruesos de piel morena daban la bienvenida al equipo. Ramiro le saludó con desdén si quitar la vista del teléfono móvil, César Andrés, el asesor de comunicaciones saludó con voz baja con algo de pena, Valeria, la asesora de oficios varios encantada con la apariencia del señor conductor dejó fluir un saludo coqueto y sonriente.

En total silencio avanzaron por la avenida principal en dirección a la ciudad de Cali, el electo senador revisaba en su teléfono mensajes de sus diferentes grupos de apoyo, uno de estos llamaba su atención: El partido de gobierno ganaba dos curules más en el Senado.

Con preocupación empezó a observar que en el grupo de chat de sus copartidarios se agitaba la discusión por la posible pérdida de votos en ciertas mesas de la capital, comenzaban las acusaciones de un lado a otro intentando resolver la métrica electoral con stickers y grabaciones de audio sin trascendencia.

Ramiro dejó salir una palabra obscena con tanta furia que el joven Augusto se sorprendió perdiendo levemente el control del vehículo, detrás de este un intenso conductor avanzaba transportando pasajeros en una buseta clásica modelo 89, curiosamente, el mismo año de nacimiento de Ramiro.

Augusto Logró frenar con precisión y buscó una de las orillas de la vía para salvaguardar el susto, pero quien no daba espera era preciso el viejo conductor de la Empresas de Buses del Sur, un caballero de madura edad y muchas frustraciones camufladas en el volante.

El siniestro fue inevitable.

El golpe dejó volcada la camioneta en la que Augusto transportaba al Senador Ramiro y sus dos acompañantes, el giro al momento de estrellarse lastimó a Valeria contra la ventana y a César Andrés contra el espaldar de la silla de enfrente. Ramiro quedó ileso, premio al uso correcto del cinturón de seguridad.

Detrás de ellos un bus color azul quedó volcado de lado, dejando catorce pasajeros heridos y un fallecido, el conductor.

Una ambulancia llegó al lugar de los hechos alrededor de las nueve de la mañana, de ella bajaron dos paramédicos con mirada tenue y un cansancio en el alma que nadie podía adivinar. Estaban de luto por lo ocurrido con sus colegas al sur de la ciudad.

En la cuenta de X de un periódico local comenzó la persecución de seguidores con un confuso titular:

“Electo Senador del partido opositor causa accidente en la vía Aeropuerto – Cali, dejando más de quince heridos y un fallecido”

AV.

18 de marzo de 2026

En Tránsito: El Taxi.



 Imagen creada con IA: Gemini.google.com 

III.

Marisol Berrido nació un miércoles finalizando marzo en el coqueto año de 1978, preciso una semana más adelante a la semana santa. Dedicó su vida al servicio de sus amigos y con el avanzar de los años, a la comunidad. Intentó ser Edil de su comuna en dos procesos de elección pero ambos culminaron con la frustración de no recibir los votos suficientes.

Creó una fundación de ayuda social con algunas amistades que conoció en sus años de estudio, de allí entró al sector financiero a ejercer la profesión de economista, algo alejado a su real pasión de trabajar en causas de ayuda humanitaria.

Para este año, en este marzo inquieto y sin sabores de triunfo estaba lista para llegar a su oficina, un martes cualquiera desde el barrio panamericano hasta ciudad jardín. Sin tener su carro en funcionamiento optó por la opción de un servicio de Uber, algo poco frecuente en sus decisiones matutinas; el tráfico de la ciudad estaba en calma salvo la avenida panamericana al extremo sur.

Al salir de casa alcanzó a divisar una ambulancia color rojo a rayas blancas surcar la vía Libardo Lozano, vio con sorpresa que iba a más velocidad que lo reglamentario, sin prestar más atención de la necesaria se subió al carro de servicio que llegaba a recogerla, para su sorpresa un taxi color amarillo modelo 2020.

Durante las primeras calles rumbo al sur de la ciudad Marisol revisaba en su teléfono móvil algunos correos relacionados a la fundación que lideraba, actividad complementaria a su ejercicio profesional, dentro de las tareas a atender estaba poder definir la sede del evento de diciembre, claro, algo tan lejano sería descabellado impulsar desde marzo, pero la trayectoria de vida le enseñó abaratar costos trabajando con mucha antelación.

Algunas ideas rezaban en un lugar campestre con grupos de música en vivo y eventos deportivos de integración, por lo cual ya estaba gestionando alianzas y patrocinios. Estaba tan concentrada en su teléfono que no se percató del momento en que un joven ciclista cruzó sin respetar la luz roja del semáforo de la calle de enfrente, el conductor del taxi frenó tan repentinamente que el mismo se sacudió haciéndole caer el teléfono por la ventana.

Alzó la mirada con asombro, sus cejas en dos líneas delgadas se arqueaban como una viñeta de caricatura, buscando entender lo ocurrido y al mismo tiempo, pensando en abrir la puerta para bajar a recoger su teléfono de alta gama antes de la posibilidad de ser hurtado por algún incauto.

Vio al conductor del taxi refunfuñar, lanzar improperios con la mano golpeando el volante y con ansias de bajarse a iniciar un pleito urbano con el ciclista en mención.

El ciclista, un joven domiciliario intentaba por igual hacerse entender vociferando excusas que por lo ocurrido, dejaban en evidencia su inoportuna acción. Marisol, de ojos castaños pensaba en su teléfono móvil, con tanto afán que abrió la puerta sin percatarse que otro domiciliario, ahora en motocicleta, cruzaba con igual afán y con la misma intensidad el carril derecho justo dónde ella abría la puerta.

El golpe fue modesto pero el ruido ocasionado logró captar la atención de varios transeúntes, desde curiosos hasta desinteresados testigos pudieron observar cómo la motocicleta golpeaba contra la puerta del taxi, la canasta de domicilios volaba por encima del carro y el joven motorista caía como un plato roto sobre el asfalto.

El casco salió volando quedando rodando dos metros más adelante, el teléfono de la señora Berrido fue golpeado y su pantalla rota como la paciencia del taxista que vociferaba contra el ciclista más adelante.

Héctor Hernán, conocido por sus colegas de los viernes, como “HH” abrió los ojos con más fuerza que al primer impacto de la bicicleta, sus cejas pobladas, como las de un muñeco surcaron un alborotado arco de susto.

Primero dejó salir un par de palabras obscenas dignas de una novela latinoamericana, golpeó su pierna con el puño cerrado de su mano derecha y quiso ir corriendo a ver qué había ocurrido a su taxi, pero notó la astuta intención del joven ciclista de querer huir de la escena.

Lo señaló y con furia en sus palabras le amenazó con quitarle la vida si se escapaba, acto seguido caminó contra el andén peatonal descubriendo al domiciliario de la moto recogiendo el casco con la misma rabia con la que había recibido el servicio, minutos atrás. A su lado estaba Marisol buscando el celular en alguna parte y en medio de ambos, la puerta del taxi sobre el suelo.

“HH” quiso gritar más alto pero ya había llegado a su mayor tonalidad, se sentía inconforme con el trato que la vida le daba, no era un martes justo para sus plegarias. Preguntó toscamente por lo ocurrido, el motociclista con un par de palabras subidas de tono señaló con ahínco a Marisol acusándole de torpe y algo más, explicó que se chocó al momento de ella abrir la puerta sin ninguna precaución, ella, descubierta en su torpeza, solo pensaba en su teléfono.

Un vendedor de frutas que había visto ambos incidentes, sonreía con la confidencialidad de un infiltrado, se levantó de su puesto ambulante y se acercó a la mitad de la avenida, tomó de la mano al joven ciclista y le brindó apoyo emocional explicándole que gracias a Dios nada había afectado su salud física, más allá de la pérdida de la comida que transportaba en la bolsa. Le ayudó a levantar la bicicleta y le animó a irse.

El taxista, Don Héctor Hernán intentó correr para detener la salida del joven ciclista pero el domiciliario de la moto le tomó del brazo gritándole que no se fuera, que le pagará por los daños.

¿daños? Preguntó HH con voz de rencor y frustración.

Si bien el motociclista cayó sobre el asfalto no hubo heridas ni golpes contundentes, tampoco daños en la caja de los domicilios más allá de la comida que haya sido revuelta en el impacto. Sentía algo de coraje en su voluminoso cuerpo, de manos gruesas dejaba ver cómo las empuñaba queriendo solucionar todo con un par de movimientos contra la señora Marisol que en silencio, recogía el teléfono móvil a unos metros del lugar de los hechos.

Cerca de las ocho de la mañana de un martes cualquiera en un marzo genérico, un taxista discutía con la vida, quería explicaciones, intentaba invocar la paz que el domingo el padre pregonaba en los sermones de la eucaristía. Intentaba en medio de su confusión buscar responsables, por demás para pagar los daños de un carro que no era de su propiedad, además de los ingresos perjudicados por la novedad de un accidente humanamente evitable.

Marisol se sentía completamente devastada, ya el tiempo demostraba que estaba con notable retraso para llegar a su puesto de trabajo en el barrio Ciudad Jardín, quizás su supervisor le sancione, además, de asumir el costo económico de la puerta del taxi.

” Menos mal no hubo heridos”, pensó.

Intentó hacerse entender con los enfurecidos señores, de mil modos quiso excusarse, pero era evidente su irresponsable actuar.

HH entró al taxi para pedir apoyo por medio de su radio a los colegas y así evitar que ambos personajes se escaparan del lugar como sí lo hizo el joven de la bicicleta, precursor de la cadena de accidentes en esa zona de la ciudad.

Del otro lado de la radio una voz igual de grave a la de un hombre maduro en edad, explicaba que el trancón en la avenida panamericana estaba terrible, al parecer un tonto se estaba muriendo y su carro impidiendo la circulación de todos en la vía.

“HH" respondió pidiendo apoyo, porque se había recién accidentado sobre la avenida Libardo Lozano con calle setenta.

Aquella voz respondió con jocosa intensidad:

"Ni te imaginas lo que acaba de pasar con la ambulancia".


AV.

16 de marzo de 2026

En Tránsito: La ambulancia.

 



Imagen creada con IA: Gemini.google.com  

II.

El agente Perlaza nunca había visto algo tan desagradable como aquella explosión de mierda que afectó la humanidad del joven estudiante, su mirada estaba perdida entre el hedor de un cuerpo dominado por la desgracia y el bullicio de un tráfico que acosaba con el incómodo sonido de la bocina de cientos de carros y buses.

Dio tres pasos hacia atrás buscando una explicación que diera sentido a la vida misma que estaba viendo extinguirse. Levantó su radio y comenzó a llamar a una ambulancia, con una voz confusa intentaba explicar lo ocurrido, rematando el absurdo de la situación con un gemido de desesperación.

Aníbal Moreno yacía confuso sobre el sillón del conductor, sus manos estaban estiradas sobre los costados como un santo caído en desgracia, sus ojos, de mirada cansada perdían la orientación entre la oscuridad del más allá y lo terrenal del volante del carro. Sentía un dolor profundo, una especie de calambre que le apretaba el estómago, quemaba intensamente, el olor a heces era la menor de las preocupaciones, era el fuerte goteo de sangre que le corría en dirección a las piernas lo que le hacía pedir perdón a Dios por todos los pecados cometidos a sus jóvenes 19 años de edad.

Una voz femenina respondió al llamado del agente Perlaza dando las indicaciones que una unidad de emergencia iba en camino, que tuviese paciencia con el tráfico porque estaba lejos y la hora del día no era la más conveniente para invocar al afán.

Era una urgencia, relevante como cualquier accidente, aunque en tal caso fuera una novedad inexplicable. Acomodó la motocicleta detrás del carro del accidentado Aníbal, dejó el casco sobre las manijas y una vez más empezó a regular el paso del tráfico.

Sobre la fila extensa de vehículos un taxi pitaba importunando el orden que el agente Perlaza tanto invocaba. Intentó ignorar el paso señalado y se cruzó de carril para lograr ventaja sobre los obedientes conductores hasta que preciso se encontró más adelante con el carro del accidente, sin nada más que poder hacer, el taxista empezó a dirigir el carro para meterse en la fila original, lugar donde preciso el agente Perlaza le señaló pidiendo que se estacionara.

Alejandro Polanco, un hombre con la suficiente edad para tener un hogar ausente y un proceso judicial en curso por inasistencia alimentaria, estaba al volante con la mirada fija en las señales que le daba el agente, de su boca solamente emergían improperios y un ligero puchero al sentirse sancionado. Parqueó el taxi detrás de la moto, que estaba por igual detrás del carro de Aníbal, el joven moribundo cubierto de heces.

Apagó la radio y acomodó el brazo sobre el borde de la puerta esperando a que el agente se acercara a darle la cátedra de conducta correspondiente.

Milton Perlaza, con alrededor de cuarenta y tres agostos de vida estaba confundido, necesitaba refuerzos con premura. Se hizo a un lado y dio la indicación para que siguieran avanzando los demás vehículos del tráfico que empeoraba, sacó del bolsillo del pantalón una libreta y acercándose al taxi se rascaba la cabeza, no sabía si dejarle ir y pasar por alto el acto de astucia o por el contrario sentar un precedente de mala conducta y fijar una multa de ley.

Saludó con desdén al taxista, pidió la documentación de rigor y miraba con detenimiento el interior del vehículo, de su parte Alejandro con los brazos cruzados esperaba algún indicio de coima, algo que a cambio de dinero le librara de la sanción de tránsito.

El agente Milton Perlaza recordaba la coima que perdió al dejar ir a los conductores de la buseta y el camión que se habían estrellado anteriormente, ante la novedad del joven moribundo sentía que no tenía tiempo para perder con un taxista genérico y, en ese mismo debate moral, ansiaba la llegada de la ambulancia y algunos colegas que suplieran el trajeado momento.

La avenida panamericana de Cali estaba completamente congestionada, Aníbal Moreno yacía casi que inerte en la silla de su vehículo, Alejandro Polanco buscaba algunos billetes que fueran suficiente cantidad para librarse de una sanción y el agente Milton Perlaza dejaba en riesgo su oficio ante un tráfico insensato, un taxista inoportuno y una mañana insospechada.

Eran las siete con cincuenta minutos de una mañana cualquiera de marzo y el sol ya se paseaba entre las cabezas de los curiosos que, desde el otro extremo del paso peatonal indagaban por lo ocurrido.

Óscar Manuel Gómez escuchaba una balada de Franco de Vita en la radio de la ambulancia mientras esperaba a su colega, Víctor Manuel Restrepo llegaba con la orden de salida aprobada. Sabía que tenían que dirigirse a la avenida panamericana, al extremo sur de la ciudad, el gran inconveniente era que poder cruzar al carril sentido Sur – Norte obligaba a ir hasta el punto de retorno a gran distancia, afectándoles la ruta y su correspondiente necesidad de hacer parte del tráfico detenido preciso, por el reporte de accidente.

Revisaron el GPS buscando opciones, Víctor, el Manuel joven, sugirió tomar la avenida Bolívar y de allí meterse entre vecindarios hasta dar con la salida de Bochalema, cerca al lugar del accidente. Óscar, el Manuel mayor dudaba de la estrategia, en todo caso estuvo de acuerdo y salieron a la ruta sugerida.

Alrededor de las ocho de la mañana subieron por el barrio Valle de Lili dando inicio a una expedición entre calles para lograr la meta de atender la urgencia vial, los Manueles como se les llamaba al interior del gremio de transportistas de salud, iban de prisa, atrás acompañándolos estaba la auxiliar médica Tatiana Varela, una trigueña con unos ojos igual de cansados a los de Aníbal.

Ya habían transcurrido casi cuarenta minutos desde la llamada de emergencia, para entonces el agente Perlaza discutía con el señor Polanco, Aníbal perdía todo sentido de lo real y su cuerpo se volvía un peso innecesario para los paramédicos que justo, estaban llegando por la vía alterna a la avenida.

Manuel Restrepo, el joven daba las indicaciones, Manuel Gómez, el mayor, conducía a alta velocidad y Tatiana, atrás se quejaba de los movimientos bruscos de la ambulancia. Como una oda a lo absurdo, una de las llantas golpeó un bache honorífico de las calles del vecindario estallando de inmediato, el ruido de la explosión superó a la alarma de la ambulancia.

En un momento sin explicar, el agente Perlaza alzó la mirada ignorando al taxista de turno, a lo lejos pudo ver cómo en una calle intermedia que daba paso a la avenida panamericana, una ambulancia de color rojo con líneas blancas saltaba por un bache estrellando directamente contra un poste de alumbrado público.

Siendo las ocho con doce minutos de una mañana cualquiera de marzo, Óscar Manuel, Víctor Manuel y Tatiana, caían lastimados en un accidente poco convencional.

Sobre el parabrisas yacía Óscar, el Manuel mayor, preciso andaba conduciendo sin el cinturón de seguridad. A su lado, con el cinturón puesto estaba Víctor Manuel inconsciente, en medio de ambos, Tatiana asomaba la cabeza golpeada en la división de vidrio de la zona de atención de pacientes.

Milton Perlaza se alejó del taxi y con la radio en su mano intentaba explicar lo inexplicable.

Otra violenta coincidencia.

AV.