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Se
despertó en su cama acostado boca arriba, al abrir los ojos encontró el techo
de su habitación como un paisaje rústico, una combinación de madera y cemento
al mejor estilo de un chalet latinoamericano. En silencio, cansado y sin
conocimiento de nada quiso intentar encontrarle sentido a la vida, a la
existencia misma de que todo lo conocido era parte de un sueño repentino.
Un
ligero dolor emergió detrás de sus oídos, como un fuerte golpe de presión que
se esparcía por todo el cráneo hasta marcar en su totalidad un proyecto de
migraña intermitente, la luz del día entraba coquetamente entre las persianas
hasta chocar con la pared, una pared tan blanca como las ideas nubladas que su
mente acobijaba.
Entre
susurros y monosílabas sensaciones, pronunció un nombre con total desconcierto:
- Emanuel –
Abrió
los ojos con total apuro, se levantó de la cama y el dolor de cabeza le
devolvió el afán con un fuerte mareo, se sentía en exceso cansado, su cuerpo
dolía por momentos, sus piernas estaban encalambradas, sus brazos con picazón y
sus ojos comenzaban a sentir malestar con la luz del sol que entraba por la
ventana. Se sacudió la cabeza, cubriéndose los ojos con las manos se levantó a
pesar del mareo, caminó buscando unas pantuflas, dio vueltas por dos minutos en
la habitación hasta caer en la cuenta de que aquellas pantuflas no existían.
Con
asombro empezó a quejarse con algunas palabras obscenas de por medio, sus ojos
se acostumbraron a la luz y le permitieron ver mejor, el dolor de cabeza era
más intenso y la fuerza de los brazos disminuía, pero insistía en encontrar sus
pantuflas, le aterraba la idea de tener que caminar descalzo.
Se
agachó para observar debajo de la cama, pero allí no había nada, en exceso
nada, solo oscuridad, una intensa y eterna oscuridad. Sin entender esa franja
negra que orbitaba se levantó a buscar dentro del closet, pero al abrir la
puerta con sorpresa vio que solo había oscuridad. Algo negro, poderoso,
intenso, etéreo estaba allí, o más bien, existía allí.
Era
como si al abrir la puerta del clóset se diese bienvenida a un portal cargado
de mística e ignorancia.
Cerró
la puerta y con vergüenza se sentó en la cama, la cabeza no paraba de doler.
Buscó su teléfono móvil, estaba sobre la mesa de noche, sintió que su vida volvía
a la normalidad, se rascó la cabeza y con sorpresa encontró tres llamadas
perdidas de parte del policía Juan Gerardo Benín. Una notificación de mensaje
de buzón de voz le anunciaba que la última llamada había sido a las cinco de la
mañana.
El
reloj del teléfono móvil señalaba que eran las siete de la mañana con cuarenta
y dos minutos, del diez de julio de 2026.
Diez
de julio.
Se
quedó en silencio sentado al borde de la cama mirando la pantalla del teléfono,
como un ser que en sus pensamientos esquivaba las ruinas de la migraña para
poder viajar en sus pensamientos por las dunas del tiempo.
Diez
de julio.
Desbloqueó
el teléfono y encontró más de noventa y nueve notificaciones en su aplicación
de chat, en el registro de llamadas solamente aparecía las tres llamadas del
agente Benín, así que optó por escuchar el mensaje de buzón de voz.
Una
interferencia no permitía reconocer la voz del policía, no era legible el
mensaje, su voz se entrelazaba con ruidos extraños, una especie de máquina
industrial, un sonido totalmente electrónico que se distorsionaba en los veinte
segundos que duraba el mensaje. Solamente logró identificar la última frase del
mensaje: ¡Llámame urgente!
Se
quedó mirando a la pared, quizás porque allí podría encontrar con más agilidad
algo de cordura, quizás, porque allí en el vacío de un muro de cemento pueden
yacer los silencios de la vida vivida.
Se
levantó y nuevamente el golpe de dolor de cabeza le recordaba lo vulnerable que
era. Entró al baño que había en su habitación, se miró al espejo y con sorpresa
se encontró con unas ojeras excesivas, además de su cabello totalmente
desaliñado, con algo de repudio se rechazó a sí mismo y prefirió darse un baño
con urgencia.
Allí
bajo el agua comenzó a recordar.
A
Emanuel lo mataron sobre la avenida del río, nadie da respuesta.
A
José Isidro Segundo Caicedo lo encontraron muerto en su apartamento.
A
Raúl Ignacio lo encontraron muerto en el parque de Pance.
A
Alfonso - ¡estúpido Alfonso! – susurró, nunca lo encontraron.
Fabio,
- ¡el tonto de Fabio! – nuevamente lanzó un quejido mientras dejaba el agua de
la ducha caer sobre su cabeza, quizás como terapia para afrontar la fuerte migraña,
a Fabio se lo llevó la vida misma en un insensato juego de locura. En ese
preciso segundo, no pudo recordar más, no tenía claridad qué era lo que había
pasado con su amigo Fabio Andrés.
Se
quedó bajo el agua mucho tiempo, en un lugar donde precisamente el tiempo no
existe.
Salió
del baño vestido con un bata satín de color negra, como si fuese un traje para
salir a defender a la corona junto a James Bond. Abrió la puerta de su clóset
para buscar algo de ropa informal y vestirse, pero allí estaba otra vez esa
oscuridad que como una pared, bloqueaba la visión a cualquier parte.
La
cerró con rabia, con miedo, con premura, tan fuerte que el sonido de la madera
chocar contra la pared de cemento generó un eco que resonaba en su migraña.
Se
sentó con frustración en la cama, unas intensas ganas de llorar estaban
apretando su pecho, su garganta era un túnel de lamentos y quejas.
Tomó
el teléfono móvil para llamar al agente Benín, pero no tenía señal, estaba
prácticamente inservible, ni había señal para realizar llamadas, ni tenía red
para enviar mensajes o conectarse a algún portal de navegación. Con sospecha se
levantó de la cama y por curiosidad abrió la persiana de la habitación, desde
allí podía ver la cordillera occidental que bordea a la ciudad, un sol de
verano iluminaba las calles, pero para confrontar toda lógica, no había nada
más para observar.
No
había calles, ni edificaciones, tampoco árboles ni nada que humanamente fuera
lógico. Era una montaña iluminada por una luz tan blanca que comenzaba a dudar
si era procedente del sol o de otra fuente desconocida.
Dio
tres pasos y con el dolor de una migraña insoportable, buscaba respuestas al
interior de su habitación.
Se
sentó sobre la cama y mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil,
pensaba en la fecha del calendario que estaba ubicado encima de la hora del
día.
El
dolor de cabeza desapareció y en un segundo todo se hizo oscuridad.
Se
despertó en su cama acostado boca arriba, abrió los ojos y se encontró con una
luz tenue que entraba por su ventana, las persianas estaban abiertas y la luz
del sol golpeaba con fuerza. Con algo de confusión se sentó sobre la cama,
estaba vestido con su bata satín de color negro, pensó que se había desmayado,
así que buscó su teléfono para hallar respuestas. Junto a la cama estaban las
pantuflas y al lado de estas, la ropa del día anterior tirada como un cúmulo de
desperdicios.
Alzó
una ceja y con sorpresa recogió la ropa para ubicarla en un canasto que tenía
para tal fin, el orden siempre fue su obsesión.
Se
acomodó las pantuflas y las sintió cómodas, suaves, el dolor de sus piernas se
calmaba.
De
pie junto a la cama desbloqueó la pantalla de su teléfono móvil, encontró allí
tres llamadas perdidas de Alfonso, se sorprendió con total locura.
La
última llamada estaba registrada a las dos de la mañana, del veintisiete de febrero.
Veintisiete
de febrero.
Con
un susurro ligero, casi inaudible pronunciaba febrero como si se tratase de un
poema francés.
Veintisiete
de febrero.
Se
acercó con el teléfono en la mano y se asomó por la ventana, allí pudo ver el
cerro de las tres cruces iluminado por un sol amigable, en la calle el ruido
del tráfico comenzaba a abrumar la paz de los residentes, las personas caminaban
con la tranquilidad de una ciudad inquieta.
No
entendía nada.
Soltó
el teléfono y entró al baño, notó que estaba su cabello desaliñado, su barba
poblada y sus ojos cansados, rojos, como si llevase mucho tiempo sin dormir
bien.
Su
barba poblada.
En
vez de entrar a darse la ducha que deseaba, comenzó a caminar dando vueltas por
toda la habitación, no era posible que le creciera tanto la barba de un momento
a otro ni que la fecha del teléfono cambiara abruptamente.
Cogió
el teléfono con algo de miedo, de rabia, de frustración, buscó entre los
registros de llamadas al policía Benín, pero tal contacto no existía, ni los
mensajes de chat ni mucho menos las llamadas.
Pensó
en Emanuel, intentó llamarle, pero el teléfono otra vez estaba sin señal de
cobertura.
Tomó
una postura enérgica y desafiando a todo aquello que no tiene nombre, decidió
salir a buscar respuestas allá afuera, en medio del bullicio de aquel pueblo de
ignorantes que tanto detestaba.
Abrió
la puerta del clóset para ponerse algo de ropa informal pero una pared negra le
detuvo. Adentro no había ninguna de sus prendas de vestir, solamente la
oscuridad de un universo desconocido.
Cerró
la puerta con angustia, el desespero llamaba a su conciencia y en ella, una
conocida migraña empezaba a visitarle.
Se
acomodó las pantuflas y abrió la puerta de su habitación para salir, allí en
frente no había nada conocido.
Otra
vez un mudo oscuro.
Se
sentó sobre la cama y comenzó a pensar que estaba atrapado en una broma de pésimo
gusto, quizás se trataba de una pesadilla o alguna especia alucinación.
Aquel
viernes, Marino Esteban Rúales Peña estaba sentado sobre el borde de una cama
que no existía, encerrado en una habitación que tampoco existía, en un universo
etéreo que nadie conoce. Del otro lado de la puerta, sentada en una mesa,
estaba Michelle Cristina Rueda Palacios fumándose un cigarrillo, con una copa
de vino en la mano izquierda.
Un
viernes cualquiera de marzo era el momento perfecto para tomarse una copa de
Malbec y jugar con la paz del último de los caballeros de la casa azul.
Marino, mientras tanto, intentaba entender en dónde estaba.
AV.






