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Fabio
Andrés nació en la ciudad de Pereira, allí creció viviendo una vida tranquila
sin los lujos de la Colombia corrupta, sin los miedos excesivos de una guerra
de carteles de Medellín y Cali, vivió por demás, una infancia tranquila con las
precauciones de siempre de no ser víctima de la delincuencia local, del
sicariato de turno o incluso, de las desapariciones de niños que se alertaban
en el norte del Valle y en Armenia, regiones vecinas.
Creció
rodeado de tres hermanas, María Claudia, Tatiana de los Ángeles, Cristina
Eugenia y Francesca. Él como hijo menor tuvo una infancia rodeada de total
sensibilidad, sus padres se dedicaron siempre al comercio de electrodomésticos
en la bonanza de aquellos años ochenta y noventa, suficiente para dar una educación
de calidad a todos.
María
Claudia estudió Psicología en la Universidad Tecnológica, hoy día atiende en su
consultorio particular y vive en una economía suficiente para sostener un hogar,
como madre soltera.
Tatiana
se dedicó al diseño gráfico y viviendo en Bogotá dedicó su presente profesional
a una reputada marca de cigarrillos. Junto a ella vive la siguiente, Cristina,
que decidiéndose por la Antropología, se graduó de la Universidad de los Andes
para dedicar su vida a estudiar proyectos de infraestructura en lo que los
intelectuales del periodismo llaman, la Colombia profunda.
Francesca,
la menor de las damas y mayor que Fabio por un año, encontró el amor en una red
social, un Francés de aquellos que tienen ascendencia Argelina vino de visita a
Colombia luego de conversar durante tres años por un teléfono móvil. Se casaron
en Pereira y repitieron el ritual en Lyon, en una casa a las afueras de la zona
urbana cargada de lujos y promesas de una vida mejor.
Fabio
siempre fue alegre y entregado al fútbol, su pasión el Deportivo Pereira le
llevó a conocer varios estadios y cultivar gratas amistades, hasta que dado el momento
empezó sus estudios de Derecho en la Universidad Libre, allí mismo en Pereira.
Se
graduó sin ser el mejor, tampoco sufrió para hacerlo, solamente cumplió con lo que
cada requisito de grado demandaba. A principios de la década del diez atendió
un caso inmobiliario interesante, una familia tradicional del barrio Granada
demandaba a una franquicia de bebidas de café por el mal pago y mantenimiento
de la vivienda.
El
caso aparentaba ser de aquellos trámites que con una conciliación podría dar
fin, pero la negligencia de los abogados de la franquicia aquella insultaba la
inteligencia de la familia propietaria de la casa, grande además.
El
caso escaló a la casa matriz de la franquicia de bebidas y tuvo que
replantearse la estrategia, para ese entonces Fabio Andrés encontró en una
oficina de abogados de Cali el apoyo suficiente para crear un equipo que diera
respuesta a la alta complejidad de lo que inicialmente era un pleito de garantías
inmobiliarias. Allí conoció a Marino Esteban Ruales Peña.
Atendieron
el caso inicialmente por días, Fabio viajaba y analizaba la documentación,
planteaban estrategias y Marino acudía a los despachos judiciales a dar trámite
de rigor, a medida que la franquicia de bebidas imponía condiciones nefastas
para la familia propietaria de la vivienda, el caso se convertía en una lucha de
poderes corporativos.
Por
recomendación de Marino, Fabio se fue a vivir dos meses a Cali, dejando a sus
padres en Pereira con la advertencia de volver.
El
caso creció como lo suelen hacer los problemas.
Fabio
Andrés conoció el lado alternativo de la ciudad, aquella Cali que no se sumerge
en el ruido de la salsa de golpe ni en el jolgorio de las discotecas llenas de
mujeres y aguardiente. Con Marino empezó por probar una gastronomía internacional,
desde tapas españolas hasta restaurantes libaneses y bares de corte irlandés.
La
cerveza artesanal enamoró con fuerza el paladar de Fabio y la elegancia de las
abogadas, en su mayoría de carácter fuerte, atrajo a sí mismo, la codependencia
que sus hermanas desde temprana edad le forjaron.
Con
el apoyo de la familia que asesoraba en el caso aquel logró conseguir un
apartamento en la zona norte, por aquello de poder salir fácilmente a Pereira y
a su vez, estar a distancia prudente del centro de la ciudad donde la mayoría
de juzgados convocaban su labor de apoderado.
Marino
le inculcó el gusto por el Martini, un coctel de alta tradición internacional, junto
a este, un buen plato de embutidos con variedad de quesos, una conversación
filosófica de historia universal y por qué no, en el mejor de los días, una
buena compañía con abogadas igual de solteras y amantes del Martini.
Frecuentaron
Penélope, disfrutaron de las noches de BBC y hasta pasaron por bares de
tradición que fueron desapareciendo con la modernidad de la ciudad. Para aquel
año 2017, cinco años ya de instalado en la ciudad de Cali, una dama de elegante
porte le aceptó la invitación a salir con la condición de ser ella quien
escogiera el punto de encuentro.
Con
un poco de misterio y algo de incomodidad Fabio Andrés aceptó, pero pidió a su
amigo Marino estuviese atento al teléfono por si algo ocurría.
Lizeth
Herrera, abogada, especialista en Derecho Laboral, soltera, hija de padres
abogados, nieta de un reconocido abogado, ex esposa de un abogado, conoció a
Fabio en los pasillos de aquel caso de la franquicia de bebidas, caso que
cursaba cuatro años de querellas y amenazas.
Tan
grande es la suerte de los ignorantes que preciso un grupo de trabajadores entabló
demanda contra la misma empresa por la violación al derecho de libre
asociación, la insistencia de crear una asociación de trabajadores convertía a
la franquicia en parte de un ecosistema de problemas que ya Fabio atendía desde
la parte comercial e inmobiliaria.
Coincidieron,
porque eso hacen los dioses con los humanos, jugar a crear aventuras donde no
hay cimientos de futuro.
Lizeth
conoció a Don Emanuel en la universidad franciscana, allí compartieron algunas
clases juntos y a pesar de la notable diferencia de edad lograron entablar una
cordial amistad, ella bien sabía que el señor estaba muy interesado en
pretenderla, pero logró atajarle antes de tiempo. Supo de su negocio de vinos y
comida, así que comenzó a frecuentarlo los fines de semana, en especial los
viernes que el centro de la ciudad empezaba a congestionarse, sobre todo por los
alrededores del Bulevar del Río.
Fabio
llegó a la Casa Azul sin conocerla, logró con las indicaciones de Lizeth estar
puntual, ella lo esperaba con un vestido largo azul turquí, aretes dorados con
forma de mariposa y un collar blanco con un dije dorado en el centro, también
con forma de mariposa.
Se
sentaron a tomar una promoción de Martini, porque era jueves y Don Emanuel, con
su negocio muy joven todavía, pensaba en crear promociones para atraer
clientes.
Lizeth
conversó con Fabio Andrés, él, encantado de su inteligencia, solo escuchaba,
recordaba a sus hermanas como una tertulia de grandes intelectuales, sobre todo
a María Claudia y Cristina, las “filósofas” de la familia, como él las recordaba.
En algunas ocasiones compartió ideas con Lizeth y dio prioridad a sus
conocimientos de historia, amaba tanto la historia como a su Deportivo Pereira.
En
algún descuido de la tarde mientras el tiempo seducía a los insensatos, Don Emanuel
se acercó a la mesa a saludar a Lizeth, le tomó de la mano y se la besó como un
príncipe a su doncella, Fabio sintió algo de celos e incomodidad, pero guardó
la compostura como sus hermanas se lo enseñaron. Lizeth estiró la mano y con
una mirada de complicidad presentó a Fabio con Emanuel, allí la magia del universo
los unió como dos caballeros que se volverían amigos.
Terminó
la tarde – noche, Fabio Andrés se despidió de Lizeth y la acompañó a su carro,
viendo como se retiraba llamó a Marino Esteban, le contó un poco de la belleza de
persona que era la dama y cómo no, le insistió que llegara a tomarse una
cerveza, que el lugar era muy agradable.
Entró
a esperar a su amigo, momento justo en el que Emanuel Contreras se le acercó y
con la amabilidad de un extranjero le invitó otra copa de Martini. Se sentó a
su lado y entablando una amistosa conversación sembraron las raíces de una
amistad que cursaría nueve años de copas, historias y mujeres.
El
miércoles siguiente, pero de marzo de 2026, Juan Alfonso Mosquera estaba sentado
en el parqueadero de la Torre de Cristal, tenía las manos en el regazo con los
pensamientos alborotados, entre lágrimas de tristeza y de terror quería
encontrar una solución a lo que estaba pasando.
Intentó
contactar a José Isidro pero la llamada nuevamente era ignorada, así que
prefirió llamar a Fabio, el más serio de todos los colegas de la mesa de la
Casa Azul.
Fabio
aquella mañana estaba recién terminando una reunión con unos clientes
corporativos, pues ahora su experiencia le daba suficiente récord para asesorar
a pequeños empresarios que tuviesen pleitos legales con grandes corporaciones y
franquicias. A sui lado estaba Marino, colega de luchas y su mejor amigo en la ciudad.
Atendió
la llamada pensando que Alfonso quería programar un jueves de Martini o quizás,
ir a almorzar paella en la casa ibérica.
Juan
Alfonso Mosquera Moreno desde el asiento de su carro se acomodó la corbata de
color naranja, sentía que le ahogaba, con voz firme para no parecer vulnerable,
soltó a su amigo Fabio la mala nueva:
“Fabio,
me acaban de informar que Don Emanuel falleció. Me llamó la policía, dizque se
murió anoche”.
Fabio
con el ímpetu de la raza paisa, volteó a mirar a Marino sin colgar la llamada,
su rostro estaba fijo como una estatua de mármol. Marino sin entender nada
comenzó a guardar los papeles en el maletín y a apagar el computador.
“Alfonso
¿Cómo así? ¿Dónde estás?” Respondió con la
voz entrecortada.
Juan
Alfonso sin perder el ritmo de la conversación, sentenció:
“Voy para la estación de policía de la calle primera, allá nos vemos”.
AV.






