1 de julio de 2026

Viernes (Una pesadilla recurrente)


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Se despertó en su cama acostado boca arriba, al abrir los ojos encontró el techo de su habitación como un paisaje rústico, una combinación de madera y cemento al mejor estilo de un chalet latinoamericano. En silencio, cansado y sin conocimiento de nada quiso intentar encontrarle sentido a la vida, a la existencia misma de que todo lo conocido era parte de un sueño repentino.

Un ligero dolor emergió detrás de sus oídos, como un fuerte golpe de presión que se esparcía por todo el cráneo hasta marcar en su totalidad un proyecto de migraña intermitente, la luz del día entraba coquetamente entre las persianas hasta chocar con la pared, una pared tan blanca como las ideas nubladas que su mente acobijaba.

Entre susurros y monosílabas sensaciones, pronunció un nombre con total desconcierto: - Emanuel –

Abrió los ojos con total apuro, se levantó de la cama y el dolor de cabeza le devolvió el afán con un fuerte mareo, se sentía en exceso cansado, su cuerpo dolía por momentos, sus piernas estaban encalambradas, sus brazos con picazón y sus ojos comenzaban a sentir malestar con la luz del sol que entraba por la ventana. Se sacudió la cabeza, cubriéndose los ojos con las manos se levantó a pesar del mareo, caminó buscando unas pantuflas, dio vueltas por dos minutos en la habitación hasta caer en la cuenta de que aquellas pantuflas no existían.

Con asombro empezó a quejarse con algunas palabras obscenas de por medio, sus ojos se acostumbraron a la luz y le permitieron ver mejor, el dolor de cabeza era más intenso y la fuerza de los brazos disminuía, pero insistía en encontrar sus pantuflas, le aterraba la idea de tener que caminar descalzo.

Se agachó para observar debajo de la cama, pero allí no había nada, en exceso nada, solo oscuridad, una intensa y eterna oscuridad. Sin entender esa franja negra que orbitaba se levantó a buscar dentro del closet, pero al abrir la puerta con sorpresa vio que solo había oscuridad. Algo negro, poderoso, intenso, etéreo estaba allí, o más bien, existía allí.

Era como si al abrir la puerta del clóset se diese bienvenida a un portal cargado de mística e ignorancia.

Cerró la puerta y con vergüenza se sentó en la cama, la cabeza no paraba de doler. Buscó su teléfono móvil, estaba sobre la mesa de noche, sintió que su vida volvía a la normalidad, se rascó la cabeza y con sorpresa encontró tres llamadas perdidas de parte del policía Juan Gerardo Benín. Una notificación de mensaje de buzón de voz le anunciaba que la última llamada había sido a las cinco de la mañana.

El reloj del teléfono móvil señalaba que eran las siete de la mañana con cuarenta y dos minutos, del diez de julio de 2026.

Diez de julio.

Se quedó en silencio sentado al borde de la cama mirando la pantalla del teléfono, como un ser que en sus pensamientos esquivaba las ruinas de la migraña para poder viajar en sus pensamientos por las dunas del tiempo.

Diez de julio.

Desbloqueó el teléfono y encontró más de noventa y nueve notificaciones en su aplicación de chat, en el registro de llamadas solamente aparecía las tres llamadas del agente Benín, así que optó por escuchar el mensaje de buzón de voz.

Una interferencia no permitía reconocer la voz del policía, no era legible el mensaje, su voz se entrelazaba con ruidos extraños, una especie de máquina industrial, un sonido totalmente electrónico que se distorsionaba en los veinte segundos que duraba el mensaje. Solamente logró identificar la última frase del mensaje: ¡Llámame urgente!

Se quedó mirando a la pared, quizás porque allí podría encontrar con más agilidad algo de cordura, quizás, porque allí en el vacío de un muro de cemento pueden yacer los silencios de la vida vivida.

Se levantó y nuevamente el golpe de dolor de cabeza le recordaba lo vulnerable que era. Entró al baño que había en su habitación, se miró al espejo y con sorpresa se encontró con unas ojeras excesivas, además de su cabello totalmente desaliñado, con algo de repudio se rechazó a sí mismo y prefirió darse un baño con urgencia.

Allí bajo el agua comenzó a recordar.

A Emanuel lo mataron sobre la avenida del río, nadie da respuesta.

A José Isidro Segundo Caicedo lo encontraron muerto en su apartamento.

A Raúl Ignacio lo encontraron muerto en el parque de Pance.

A Alfonso - ¡estúpido Alfonso! – susurró, nunca lo encontraron.

Fabio, - ¡el tonto de Fabio! – nuevamente lanzó un quejido mientras dejaba el agua de la ducha caer sobre su cabeza, quizás como terapia para afrontar la fuerte migraña, a Fabio se lo llevó la vida misma en un insensato juego de locura. En ese preciso segundo, no pudo recordar más, no tenía claridad qué era lo que había pasado con su amigo Fabio Andrés.

Se quedó bajo el agua mucho tiempo, en un lugar donde precisamente el tiempo no existe.

Salió del baño vestido con un bata satín de color negra, como si fuese un traje para salir a defender a la corona junto a James Bond. Abrió la puerta de su clóset para buscar algo de ropa informal y vestirse, pero allí estaba otra vez esa oscuridad que como una pared, bloqueaba la visión a cualquier parte.

La cerró con rabia, con miedo, con premura, tan fuerte que el sonido de la madera chocar contra la pared de cemento generó un eco que resonaba en su migraña.

Se sentó con frustración en la cama, unas intensas ganas de llorar estaban apretando su pecho, su garganta era un túnel de lamentos y quejas.

Tomó el teléfono móvil para llamar al agente Benín, pero no tenía señal, estaba prácticamente inservible, ni había señal para realizar llamadas, ni tenía red para enviar mensajes o conectarse a algún portal de navegación. Con sospecha se levantó de la cama y por curiosidad abrió la persiana de la habitación, desde allí podía ver la cordillera occidental que bordea a la ciudad, un sol de verano iluminaba las calles, pero para confrontar toda lógica, no había nada más para observar.

No había calles, ni edificaciones, tampoco árboles ni nada que humanamente fuera lógico. Era una montaña iluminada por una luz tan blanca que comenzaba a dudar si era procedente del sol o de otra fuente desconocida.

Dio tres pasos y con el dolor de una migraña insoportable, buscaba respuestas al interior de su habitación.

Se sentó sobre la cama y mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil, pensaba en la fecha del calendario que estaba ubicado encima de la hora del día.

El dolor de cabeza desapareció y en un segundo todo se hizo oscuridad.

Se despertó en su cama acostado boca arriba, abrió los ojos y se encontró con una luz tenue que entraba por su ventana, las persianas estaban abiertas y la luz del sol golpeaba con fuerza. Con algo de confusión se sentó sobre la cama, estaba vestido con su bata satín de color negro, pensó que se había desmayado, así que buscó su teléfono para hallar respuestas. Junto a la cama estaban las pantuflas y al lado de estas, la ropa del día anterior tirada como un cúmulo de desperdicios.

Alzó una ceja y con sorpresa recogió la ropa para ubicarla en un canasto que tenía para tal fin, el orden siempre fue su obsesión.

Se acomodó las pantuflas y las sintió cómodas, suaves, el dolor de sus piernas se calmaba.

De pie junto a la cama desbloqueó la pantalla de su teléfono móvil, encontró allí tres llamadas perdidas de Alfonso, se sorprendió con total locura.

La última llamada estaba registrada a las dos de la mañana, del veintisiete de febrero.

Veintisiete de febrero.

Con un susurro ligero, casi inaudible pronunciaba febrero como si se tratase de un poema francés.

Veintisiete de febrero.

Se acercó con el teléfono en la mano y se asomó por la ventana, allí pudo ver el cerro de las tres cruces iluminado por un sol amigable, en la calle el ruido del tráfico comenzaba a abrumar la paz de los residentes, las personas caminaban con la tranquilidad de una ciudad inquieta.

No entendía nada.

Soltó el teléfono y entró al baño, notó que estaba su cabello desaliñado, su barba poblada y sus ojos cansados, rojos, como si llevase mucho tiempo sin dormir bien.

Su barba poblada.

En vez de entrar a darse la ducha que deseaba, comenzó a caminar dando vueltas por toda la habitación, no era posible que le creciera tanto la barba de un momento a otro ni que la fecha del teléfono cambiara abruptamente.

Cogió el teléfono con algo de miedo, de rabia, de frustración, buscó entre los registros de llamadas al policía Benín, pero tal contacto no existía, ni los mensajes de chat ni mucho menos las llamadas.

Pensó en Emanuel, intentó llamarle, pero el teléfono otra vez estaba sin señal de cobertura.

Tomó una postura enérgica y desafiando a todo aquello que no tiene nombre, decidió salir a buscar respuestas allá afuera, en medio del bullicio de aquel pueblo de ignorantes que tanto detestaba.

Abrió la puerta del clóset para ponerse algo de ropa informal pero una pared negra le detuvo. Adentro no había ninguna de sus prendas de vestir, solamente la oscuridad de un universo desconocido.

Cerró la puerta con angustia, el desespero llamaba a su conciencia y en ella, una conocida migraña empezaba a visitarle.

Se acomodó las pantuflas y abrió la puerta de su habitación para salir, allí en frente no había nada conocido.

Otra vez un mudo oscuro.

Se sentó sobre la cama y comenzó a pensar que estaba atrapado en una broma de pésimo gusto, quizás se trataba de una pesadilla o alguna especia alucinación.

Aquel viernes, Marino Esteban Rúales Peña estaba sentado sobre el borde de una cama que no existía, encerrado en una habitación que tampoco existía, en un universo etéreo que nadie conoce. Del otro lado de la puerta, sentada en una mesa, estaba Michelle Cristina Rueda Palacios fumándose un cigarrillo, con una copa de vino en la mano izquierda.

Un viernes cualquiera de marzo era el momento perfecto para tomarse una copa de Malbec y jugar con la paz del último de los caballeros de la casa azul.

Marino, mientras tanto, intentaba entender en dónde estaba.

AV.

4 de junio de 2026

Lágrimas (luces y sombras).



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Rebeca saltó para acomodarse en las piernas de Abril Barona de Caicedo, se acostó y como una bola de pelos quedó a merced de las caricias que le daba, Marino observaba en silencio la escena y recordaba un poco a su amigo Jose Isidro Segundo, quien siempre se refería a la gata como un sujeto atípico en su vida, ver aquella escena de doña Abril era un polo opuesto a la descripción de lo que él entendía como amor.

Recordó a su padre Don Eliecer como el hombre rudo que era, sus palabras cargadas de ese poder que dominaba la voluntad de todo el que le recibía en una conversación, de las manos grandes que solo daban palmadas para corregir y no para amar. Recordó a su padre, y con este, los años dorados de su juventud, aquella vida de lujos y corrupción, de ser el príncipe de la ciudad ahora a ser un simple cuidador de una viuda.

Miraba a Abril de reojo, sentía algo de vergüenza de verle en esa soledad tan perturbadora, sentía celos también, de ver tanto amor de una mujer a su mascota, una gata robada.

Al igual que Jose Isidro, Marino era hijo único, quizás por eso se entendía tan bien con él, no por los lujos o el dinero, ni mucho menos por la profesión que les convocaba en reuniones y bares. De allí emergió el respeto por la señora Barona de Caicedo, y en ese mismo ímpetu de lo injusto, Jose Isidro Segundo Caicedo fue su cómplice, su amigo y colega, en reuniones familiares y actos sociales. Había logrado algo de amistad con su madre, doña Margarita Peña, con la fundación de ayuda humanitaria que lideraba y claramente, con las iniciativas políticas de don Eliecer Rúales.

Una ligera lágrima se escapó rodando por su mejilla hasta ser atrapada por una barba poblada, un orgullo frío y un silencio distante. Se limpió el rostro con el borde de la corbata y pidió permiso a la madre de su amigo fallecido, para salir, tenía que regresar al restaurante.

Doña Abril asintió y dio la bendición a Marino dejando a un lado el periódico y posando a la gata Rebeca en el suelo, le agradeció por toda la ayuda dada y en especial, el acompañarle en tan difícil día. Ahora solo quería descansar, pues al día siguiente le esperaba el sepelio.

Marino hizo una venia en respeto y confirmó que pasaría a recogerla a las siete de la mañana para ir al cementerio. Detrás de la silla, la sombra de aquella mujer misteriosa aparecía de modo intermitente.

Salió del apartamento, otra lágrima le rodaba en dirección a la barba, en silencio caminaba por el pasillo pensando en Alfonso, el infantil Alfonso. Se cuestionaba brevemente sobre su paradero, le parecía en demasía extraño que no diera señales de nada desde que salió de la sala de velación temprano en la tarde. Mientras caminaba un ligero, imperceptible aroma a carne quemada llamó su atención, pensó que se trataba quizás de algún vecino preparando alguna especie de parrillada, pensó en que tenía hambre, pensó en Fabio Andrés y el pendiente que tenían de resolver juntos.

Juntos, pensó.

La sombra de la mujer caminaba entre las paredes del pasillo, como una especie de vigilante que observaba a Marino, incluso, intentaba escuchar sus pensamientos, por así decirlo.

Al salir del edificio vio que al interior de su camioneta, estacionada a lo lejos, una silueta se movía con rapidez, de modo fugaz. Alzó la voz y corrió para ver de qué trataba pero no encontró a nadie en su interior, miraba a todas partes y en definitiva la soledad de la calle contrastaba con la impresión de haber visto algo o alguien, salir de su camioneta. Cogió el teléfono móvil y marcó a su amigo Fabio Andrés, pero este no le contestó la llamada.

Intentó una vez más en llamar a Fabio y una vez más este no contestó. Abrió la aplicación de mensajería y grabando una nota de voz dejó un claro mensaje a su amigo: “No te vayas a ir, ya salgo para allá”.

Para Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, pero allí junto a Fabio Andrés forjó un interesante grupo de amigos que cada semana se reunían a conversar. Salió en la camioneta en esa dirección, comenzaba a afanarse pensando en que algo extraño ocurría, encendió la radio y una balada latinoamericana amenizaba una cálida noche de la ciudad, el tráfico estaba medianamente despejado y la distancia entre el apartamento de doña Abril y la Casa Azul era realmente corta, un trayecto de menos de diez minutos.

Al llegar, se llevó por sorpresa ver un camión de bomberos estacionado, junto a este una ambulancia y dos patrullas de la policía. Se detuvo a media calle, se bajó con temor y comenzó a correr en dirección al restaurante, allí un agente de policía le detuvo informando que nadie podía ingresar. Marino, con el ímpetu de un príncipe, exigió se le dejara entrar, pues sus amigos estaban adentro.

El detective Benín había llamado a emergencias para que se llevaran a Fabio, que a pesar de las complejas heridas de quemaduras, seguía con vida. Así que al interior de la Casa Azul solamente estaban Julio y Sara.

A las nueve de la noche de un jueves cualquiera de marzo, Marino Esteban Rúales Peña, comenzaba a sentir en su interior la peor sensación del mundo: La soledad y la sapiencia de entender que era el último en pie de una mesa de caballeros.

Un paramédico salía del restaurante cubriendo a Sara Carolina con una manta y una máscara de oxígeno, detrás de estos, aparecía Julio Washington Pupiales.

Marino alzó la mano y les llamó con un grito, queriendo saber qué ocurría. De su lado apareció el agente Benín con una cara de preocupación, le invitó a que le acompañara para dialogar algunos temas sensibles.

Marino miró despectivamente al agente al verle tan desaliñado y de muy avanzada edad, le tenía más a consideración de encontrarlo como a un pordiosero a ser el gran detective de la policía de Cali. Benín explicó que de un modo extraño algo quemó a Fabio, algo que de la nada apareció, lo comenzó a abordar entre el fuego azul y las llamas amarillas, Sara y Julio, se retiraron del susto pero el fuego empezó a abrasar por igual al restaurante. Lograron controlar las llamas con un extintor del restaurante y mucha agua, pero nada podía explicar el origen del fuego.

Explicó ligeramente a Marino, que revisando las cámaras solo había luces blancas que con su destello impedían ver con claridad la pantalla y lo ocurrido, incluso, uno de los agentes del cuerpo de bomberos entrevistó a Sara Carolina, que estaba junto a Fabio, pero ella solo pudo decir que una luz destellante le impidió ver.

Marino guardaba silencio, escuchaba y con un poco de desprecio tomaba distancia de Benín, un ligero aroma le incomodaba, pero no entendía aún qué era exactamente. 

- Voy a ir a estacionar mi camioneta adecuadamente, que la dejé tirada en medio de la calle – Susurró.

Marino caminó pensativo, en el fondo sentía unas ganas de llorar que no le permitían razonar adecuadamente, nada le parecía lógico. Se subió a la camioneta y la encendió para comenzar a andar sobre la vía, pero una sombra saltaba en el puesto de atrás, algo que se movía llamaba su atención.

Marino se dio vuelta y no encontró nada, de hecho, no había nada.

Ahora todo era oscuridad en un infinito espacio de silencio y abandono.

AV.

1 de junio de 2026

La noche antes del viernes (Fuego).

 



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Un silencio pesado abrazaba a cada uno de los testigos de una obra de arte contemporáneo, un dibujo en tinta roja que nada podía explicar a la expresión de terror que se reflejaba en el rostro de Alfonso, o lo que los presentes, consideraba era su amigo Alfonso. Doña Abril de Caicedo casi cae sobre sus propios pies, sintió a sus adentros un dolor tan agudo como inoportuno, como si otro hijo fuera parido en el dolor de una partida.

Marino le ayudó a sostenerse y con la indignación de un caballero, sugirió llevarle a su residencia de inmediato, a pesar del hambre y la extenuante jornada, no era ese el lugar ni las condiciones perenes para que una dama de su estirpe fuese testigo de tal vulgaridad.

Fabio Andrés que buscaba respuestas en la tinta derramada sobre aquella pared, miró fijamente a Marino y con un leve gesto aprobó que se retirara en el carro para llevarse a doña Abril. Puso sus manos sobre la pared y con el intento de atravesar cada ladrillo, quería saber qué había ocurrido allí, de dónde y quién había hecho esa pintura.

Benín, con la experticia de los años, soltó una frase lapidaria, todos reaccionaron con lago de rechazo, salvo Julio, que de pie sobre la puerta del restaurante dio la razón al viejo detective.

- La puerta está forzada, como si alguien intentara abrirla con golpes o alguna herramienta imprecisa. De seguro, como dice el agente Benín, alguien quería hacer daño a alguno de nosotros. –

Sara estaba sorprendida, el dibujo por más abstracto que fuese le recordaba a ese inexplicable mundo donde las estrellas deambulan cargadas de colores.

- Lo mejor es que entremos, revisemos que todo esté bien y si hay cámaras de vigilancia encendidas, poder ver la grabación. –

Julio asintió al agente Benín y señaló con la mirada a una de las cámaras que estaban ubicadas sobre el portón de entrada, la misma que solo daba cuenta de la salida de Emanuel con la joven desconocida, el pasado martes.

Detrás de Julio entró Sara Carolina, detrás de ella Fabio Andrés y a su lado, un paso por detrás, Juan Gerardo Benín. Un aroma a descomposición les recibió de manera sorpresiva, no era el aroma de la comida descompuesta o de un roedor muerto en alguna esquina, más bien era el aroma de la sangre, del hierro, de una vida que se marchitaba con el inexplicable aroma de lo perecedero entre humanas convicciones.

Sara Carolina ayudó con abrir los ventanales para que circulara el mal olor, Julio con un balde de agua buscaba trapear el suelo de cerámica, intentando con una especie de jabón líquido disminuir el fétido olor a una vida pasada.

Quizás como broma, como ayuda o como un acto de total imprudencia, el agente Benín sacó una cajetilla de cigarrillos y encendió uno de estos, se sentó en una de las pocas sillas disponibles y observando a cada punto del restaurante intentaba entender la dinámica de vigilancia de las cámaras de adentro.

Fabio caminaba de un lado a otro, quería respuestas, si esa era la dinámica de la vida, no podía tolerar que su amigo Marino o él, fueran los siguientes en esa cadena de inexplicables decesos.

Sara comenzó a organizar algunas mesas para que los visitantes se sintieran cómodos en ese ahora extraño lugar. No era la hospitalaria sala de recepción de la Casa Azul en la que la sonrisa de Emanuel allanaba a cada visitante, no se sentía ni siquiera, el cálido ambiente de unas mesas de madera que emanaban el silencio de la Cali de los intelectuales de estrato seis. 

- ¿Hay modo de ver las grabaciones de vigilancia? – preguntó Benín, mientras exhalaba un aro de humo azul.

- Si, acompáñeme – Respondió Julio con el trapeador aun en sus manos.

Al fondo de la barra, una pequeña cocineta servía de cubierta para esconder en un pasaje pequeño, la entrada a una habitación con un televisor, un computador y el router del wifi del restaurante.

- Busca las imágenes desde esta tarde – Sugirió Benín.

Allí pudieron ver, con algo de impaciencia, el tráfico de personas que se acercaban y se regresaban con la decepción de ver el restaurante cerrado, siempre llegaban clientes desde las tres o cuatro de la tarde.

Al parecer nadie estaba enterado de la muerte de don Emanuel.

Alrededor de las seis de la tarde Juan Alfonso apareció en pantalla, había estacionado el carro en frente de la Casa Azul, dejando visible solo un poco del frente del vehículo. En pantalla con una calidad de definición muy baja, lograron observar que Alfonso caminaba de lado a lado, al parecer estaba golpeando la puerta con la esperanza de que alguien le abriese. Por momentos se sentó en uno de los escalones y se quedaba pegado a la pantalla de su teléfono móvil, mas tarde casi media hora después de su llegada, se levantó a caminar como un vigilante que custodiaba la puerta del restaurante, por un momento se quedó de pie mirando firmemente a la fachada cuando preciso a sus espaldas una luz, al parecer de otro vehículo, le iluminó como si le abrazara con su cálida y amarilla existencia.

Juan Alfonso Mosquera se giró y dejó en evidencia una cara de asombro que fue completamente visible al lente de la cámara de vigilancia, allí se podía ver a alguien estirar la mano por la ventana de otro vehículo a modo de saludo, un momento después una luz intensa brilló con tanta fuerza que toda la pantalla del televisor perdía definición alguna quedando solo de color blanco, por un momento, volvió la imagen y sobre la pared del restaurante, estaba aquella pintura de tinta roja, de ahí se podía ver de modo borroso al carro retirarse, al parecer, con señales de atropellar a Alfonso.

- ¿y Alfonso dónde está? – preguntó Julio Washington Pupiales con el mismo tono de voz que un maestro llama al frente a su estudiante ejemplar.

El agente de policía, Juan Gerardo Benín pidió que se regresara la grabación varias veces para entender ese extraño brillo, suponía que podría ser de las farolas del otro vehículo, pero tanta intensidad no era capaz de invisibilizar a la cámara.

Mientras observaban una y otra vez la pantalla el aroma a hierro aumentaba.

- ¡Qué raro, pero si ya limpié el local para que se fuera ese aroma! – Espetó Julio con algo de malestar. 

Juan Gerardo sintió que el aire cambiaba de densidad y de aroma, no era preciso el de un baño turco con hojas de eucalipto, era el aroma de un viejo barril de pólvora, cargado de basura y viejos troncos de madera.

- ¡Algo sucede allá afuera! – Le insinuó a Julio con una palmada en la espalda.

Marino llegó al apartamento de doña Abril, la madre de Jose Isidro. Le apoyó con las manos para que se bajara del carro con cuidado y continuara al apartamento, él le acompañó hasta la entrada y agradeció le brindara un vaso de agua.

Abril estaba cansada, se sentía desmoronar por la muerte de su hijo y la del joven Ignacio, eran dos sucesos inesperados para una semana tan corta. Lo fuerte apenas comenzaba con las sospechas de que algo terrible le había sucedido a Alfonso, el mejor amigo de su hijo.

Marino pidió prestado el baño, quería orinar antes de salir de regreso al restaurante a recoger a Fabio Andrés. Allí adentro, pudo sentir un aroma extraño que le rodeaba, un hilo de humo con fragancia a sandía, o alguna fruta sintética, de esas que fumaban sus colegas, de esas que fumaba Alfonso.

Abrió los ojos con sorpresa, se lavó las manos y salió del baño con afán, buscó a doña Abril a quien encontró sentada en la sala del apartamento revisando la prensa del día. A su lado una sombra le acompañaba, imperceptible al ojo humano, a excepción de Marino, quizás, como si la sombra así desease ser vista.

Era una figura femenina.

Julio logró recorrer el pasillo hasta la barra del restaurante, detrás suyo el policía, Gerardo Benín.

Sara Carolina comenzó a gritar, buscaba a dónde saltar, quería escapar. Sobre el portón de entrada, de alguna manera que nadie podía dar razón el cuerpo de Fabio Andrés estaba siendo consumido por las llamas de un fuego arrollador.

- ¿Pero qué carajos pasó? – preguntó Benín.

- ¡No lo sé! – respondió Sara Carolina - ¡de repente una luz blanca chocó contra la puerta y él empezó a gritar, quemándose! –

AV.


28 de mayo de 2026

El encuentro (El Mural).


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Al finalizar la tarde, Marino acompañó a la señora Abril de Caicedo en la despedida de cada uno de los visitantes que estaban rindiendo homenaje y pésame por la partida de Jose Isidro Segundo. Fabio Andrés estuvo sentado con la tristeza sobre sus hombros, en silencio, evitando cualquier diálogo o interacción con el mundo conocido. Siendo las ocho de la noche, salieron los tres de la funeraria y programaron para el día siguiente el sepelio del compañero de debates.

Para sorpresa de la señora Abril, Juan Alfonso salió de la sala de velación temprano y no volvió en el resto de la tarde, tampoco se comunicó por teléfono ni dejó mensaje alguno. Marino, que logra leer todas las gestualidades de sus clientes identificó la preocupación de la madre de Jose Isidro Segundo.

Posó su mano sobre el brazo y le preguntó qué ocurría y si algo le afectaba en aquel momento. Ella asintió brevemente y expuso su preocupación por Alfonso, quien fue gran amigo de su hijo, casi como un hermano menor, pero distraído e ingenuo a diferencia de Jose quién más bien era engreído y en exceso realista.

Fabio Andrés sugirió que salieran a comer algo, al día siguiente les esperaba doble jornada, de una parte, el sepelio de Jose Isidro y de otra, la velación de Raúl Ignacio. Salieron por la calle quinta en dirección al norte de la ciudad, Marino había sugerido ir a cenar a un restaurante en el barrio El Peñón, cerca de la Casa Azul, quizás como excusa o como costumbre, necesitaba pasar a ver cómo estaban las cosas.

Al finalizar la tarde Sara Carolina, Julio Washington y el detective Juan Gerardo Benín estaban de acuerdo en que ambas muertes estaban relacionadas y que la principal sospecha debía de recaer sobre la señorita de sonrisa ambivalente, que desde la noche del lunes estaba cariñosa con Emanuel siendo ella, además, la última en verle con vida.

Del mismo modo acordaron que Sara Carolina estaba libre de sospecha y que los mensajes no pretendían ser una extorsión o complicidad alguna con los siniestros ocurridos, de hecho, señalaba Julio, esa labor más bien ayudaba a perfilar a la principal sospechosa.

El auxiliar Gaitán tomaba nota de las declaraciones y preparaba un oficio para la presentación del caso ante el Capitán Arbeláez, no era un solo muerto sino, dos y del mismo grupo de amigos.

Julio quiso agradecer la gentileza de Benín, a pesar de la incómoda situación vivida en horas de la mañana, la jornada fue cambiando la perspectiva del detective al punto de ser ahora un aliado de la causa pro Emanuel. Sin entender qué ocurrió en la sala de interrogatorio ni poder explicar cómo salieron de allí sin ser vistos, Julio sabía a ciencia cierta que Sara y el detective algo ocultaban, pero no tenía el modo de preguntarlo, porque incluso estos, evidenciaban no tener memoria detallada de lo sucedido.

Julio pidió permiso para dejar la bicicleta en el parqueadero de la estación de policía, ya caída la noche le parecía arriesgado salir así, Benín no presentó reparo y por el contrario se ofreció a llevarlos a los dos. Para agradecer la atención Sara Carolina sugirió que le podía convidar una cena, si bien el restaurante estaba cerrado y sin servicio desde el miércoles por la situación de Emanuel, podrían pasar a recoger algo de dinero y seguir a alguna parte a comer.

Juan Gerardo ya con los años de vida se había convertido en un personaje con restricciones excesivas para el tema de la comida, así que simplemente sugirió tomarse una cerveza y seguir su camino, Julio en cambio si tenía mucha hambre y quería devorarse toda la alacena del restaurante.

Es así como salieron directo a la Casa Azul, allí podrían tomarse la cerveza que Benín a bien les recibía. Cerca de las ocho de la noche salieron de la estación de policía y estando relativamente cerca, llegaron al restaurante, preciso momento en que Marino y Fabio Andrés pasaban con doña Abril de Caicedo también en su carro particular.

Julio Washington Pupiales los reconoció y de la manera más ingenua levantó la mano desde la ventana para saludarles, Marino frunció el ceño y soltó un susurro a modo de reproche, Fabio Andrés respondió el saludo alzando la mano por igual, pidió a Marino que se estacionara para poder ir y saber cómo iban las cosas en el restaurante, a doña Abril no le incomodaba la idea.

Ambos carros se estacionaron al frente de la fachada blanca del restaurante, el letrero de color azul estaba aún visible, pero sin iluminación, la puerta grande, pesada, de madera, tenía los cerrojos con llave.

Sara Carolina golpeó el hombro del detective Benín, quien estaba al volante del vehículo. Dejó salir un gemido de sorpresa y comenzó a señalar a la pared blanca de la fachada de la casa.

Fabio se bajó de la camioneta de Marino con premura, se exaltó en demasía y con una expresión de horror quiso preguntar qué era lo que pasaba.

El detective Benín identificó a cada uno de los personajes que habitaban la camioneta, a los dos señores los había entrevistado el día anterior y a la señora, la identificaba como la madre de uno de los desaparecidos. No podría creer que también estuviera involucrada la muerte del otro abogado en el caso del restaurante y el parque de Pance.

Observó con cuidado cómo reaccionaba Fabio, con la sensibilidad de un hombre derrotado, se bajaba con premura de la camioneta y exclamaba ante la pared del restaurante. Detrás suyo se bajó la señora Abril de Caicedo con una expresión de horror y Marino en total silencio se cubría el rostro.

Sara Carolina que también se bajó con una expresión de terror en su mirada, se apoyó en su colega Julio Washington, con algo de esfuerzo alzó la voz preguntando si ese que estaba en la pared del restaurante era Alfonso.

En la pared blanca del restaurante, de alguna manera que nadie podría entender ni explicar, una imagen hecha con tinta reflejaba una silueta con las facciones y detalles de Juan Alfonso Mosquera.

Un rostro de desesperación se vislumbraba con la silueta de un cuerpo que se desvanecía entre la tinta y el cemento.

AV.


27 de mayo de 2026

Juan Alfonso Mosquera Moreno (Otro muerto).

 




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Al frente de la sala de velación encontraron una fuente de soda dónde sentarse, Fabio Andrés estaba inquieto, las lágrimas en su rostro marcaban un dolor inconsolable. Juan Alfonso, sin poder entender nada empezaba a sonrojarse, con unas lágrimas que lentamente iban saliendo de sí.

Marino estaba serio, no quería ser visto en público con dos hombres llorando, aunque fuese lógico por estar en los alrededores de una funeraria. Pidieron un par de bebidas de soda, se sentaron y en silencio se quedaron un buen rato. Fabio poco a poco comenzó a explicar que Ignacio, el abogado inquieto y sibarita, había sido encontrado en Pance, cerca del río, muerto en una banca como si alguien lo abandonara allí. La duda misma surgía de cómo fue llevado hasta allá, de quién se trataba, si era la misteriosa mujer de la que le hablaron en la casa de citas o, si se trataba de alguna treta de Ignacio por burlar a la vida misma y sus amigos.

Lo complejo de todo, insistía Alfonso, era informar a la madre de este, doña Patricia, de las andanzas previas a su muerte. Marino quiso intervenir, pero prefirió dejar con su silencio la evidencia de una inconforme postura ante tal aseveración, estaba sentado cruzado de brazos con una rabia que le invadía hasta el último bigote.

Tres amigos fallecidos en tres circunstancias sospechosas, Jose Isidro encontrado en su apartamento sin dar algún indicio de qué haya sucedido, además de que medicina legal realmente no acusó ninguna fuente sospechosa más allá de un ataque al corazón. 

Emanuel Contreras, el amigo de todos, ultrajado cerca al río Cali, sin sospechosos ni rastro de nadie a quien acusar, solo una mesera loca que enviaba mensajes al teléfono del tonto de Alfonso. Ahora Ignacio, preciso, encontrado tirado al igual que Emanuel, en cercanías de un río y al completo abandono. Para tal caso sí había causa de muerte intencional, según le informaron, por un envenenamiento.

Tres amigos, pensaba Marino, tres abogados y tres integrantes importantes de la Casa Azul. Tanto silencio y sollozo llevaron a Marino a querer encontrar de fondo la respuesta a las insuficientes coincidencias que llevaban a cada amigo suyo a la muerte. 

- ¿Vos te acordas de quién era la hembra que estaba con Emanuel? -

- No. ¿Pero pues qué pasa o qué? – Respondió Fabio con malestar.

- Yo sí. No dejó de mirarme toda la noche. – Intervino Alfonso.

A las tres de la tarde con veinte minutos de un jueves de marzo, Michelle Cristina Rueda Palacios estaba sentada en una cafetería al norte de la ciudad. Saboreaba un granizado de café con adición de amaretto y le acompañaba con un par de galletas de soda. Tenía en el cuerpo el dolor de los días, un cansancio que superaba su capacidad de trabajar. 

Desde la noche del martes cuando salió con Emanuel, hasta la madrugada del miércoles, cuando se sintió vigilada por Ignacio, su ritmo de vida había sobrepasad cualquier capacidad humana de resistir, incluso, si se le tenía en cuenta la salida del lunes en la noche, a la Casa Azul.

Revisó el teléfono y vio que en redes sociales la gente comenzaba a escribir mensajes de condolencias al perfil de Emanuel, otros en la misma red social lo hacían en la cuenta de Jose Isidro. Por el momento nadie daba razón aún de la novedad de Ignacio.

Terminó su bebida y dejó una de las galletas a medio comer, estaba realmente agotada por la batalla que había confrontado, jamás imaginó que la persecución de Ignacio en el lado oscuro iba a llevar a encontrarse con la mesera y el detective Juan Gerardo Benín.

Todo inició con Sara Carolina, que sin tener claridad de las fuerzas que mueven al mundo de lo invisible, recordó las pesadillas que le atormentaban en la noche, pesadillas que superaban la delgada línea de lo real y lo onírico, pesadillas que al cargar en su memoria durante el día le fueron llevando hasta el deseo mismo de existir en ese otro lugar, con tan mala suerte y privilegiada posición que se encontró con Juan Gerardo Benín, el intenso detective que en aquel interrogatorio le hizo enfadar logrando captar, de manera extra sensorial por supuesto, esa energía oscura que le sobraba de la noche anterior.

Su abuela, doña María Socorro Chamorro, captó aquella energía como buen estigma de lo inverosímil. Un fantasma que pasó de ser consejero del detective Benín a ser su guardián. Como una intensa fogata logró transportar a ambos personajes, para dejarles tirados en medio de la nada.

Maria Socorro se encontró a Michelle Cristina, en sus formas y sus corrientes, en sus bendiciones y sus maldiciones. Michelle no esperaba ser visitada ni mucho menos atrapada en su propia oscuridad, aquella bóveda dónde lo humano se desvanece.

Ambas mujeres se confrontaban una a la otra, se transfiguraban en seres espectrales, en animales, en ángeles y demonios, en luces y colores, en sonidos y rugidos, en armas de fuego y agua, en todo y nada. Mientras la abuela Socorro detenía a la misteriosa Michelle, Sara Carolina viajaba en un trance que le bloqueaba la mente de cualquier posibilidad de entender qué ocurría. Juan Gerardo, mucho mayor en años, sufría en su cuerpo el golpe de lo inexistente, su energía se agotaba.

No entendieron cómo lograron volver, incluso, nunca notaron a dónde se fueron. Sara Carolina llegó caminando a lo único que recordaba, el pasillo de una estación de policía. 

Juan Gerardo, el detective Benín, llegó al único sitio que le daba seguridad, la entrada a su carro particular.

Michelle Cristina logró salir de aquella bóveda de oscuridad, estaba herida, su mente quedó bloqueada sin poder recordar con exactitud qué o quién la había invocado, domado y expulsado del oscuro universo que tanto amaba.

Despertó de un micro sueño quizás, pero despertó ignorando todo lo ocurrido.

Se encontró a sí misma sentada en un café de la avenida sexta norte, tomando un granizado y mordiendo una galleta de soda.

Los jóvenes patrulleros ayudaron al viejo Benín a subir hasta la oficina, se notaba agotado, como si su cuerpo estuviese deshidratado y lastimado, al llegar al despacho el joven auxiliar estaba con Julio y Sara, quien también evidenciaba rasgos de deshidratación y excesivo cansancio.

- El Capitán Arbeláez estuvo hace un momento por acá, dejó este caso para su investigación. –

Benín asintió con la cabeza, se sentó en su silla y se despidió de los patrulleros que le apoyaron, se quedó mirando fijamente a Gaitán quien preciso daba agua a la joven Sara Carolina, y junto a ellos, Julio Washington Pupiales.

- Veamos de qué se trata esto – Asintió Benín, con un notable cansancio en su voz.

La fotografía de Ignacio recostado en el parque saltó a la vista de Pupiales, abrió los ojos con sorpresa y manoteó a Sara, le golpeó con insistencia en una pierna para llamar su atención, ella, con la innecesaria voluntad de vivir, preguntó qué ocurría. Julio señaló la carpeta de documentos que el detective Benín hojeaba. 

- ¡Ese es Ignacio! –

- ¿Ignacio? – preguntó Sara. 

- Sí, Ignacio –

El detective Benín sorprendido preguntó por qué lo conocían, aun con fatiga intentaba mostrarse en plenitud. Julio le explicó que él, era el otro cliente del restaurante que estaba desaparecido.

Un silencio incómodo abrazó a los presentes, como un frío que quiere ahorcar a los feligreses.

Regresaron a la sala de velación para acompañar a doña Abril de Caicedo, la madre del fallecido Jose Isidro Segundo. Ella con la sabiduría de toda una vida agradeció a los tres compañeros de su hijo, pidiendo que si necesitaban salir para acompañar a la familia de Ignacio, lo hicieran sin remordimiento.

Juan Alfonso, con la incertidumbre de siempre, revisó su smartphone, tomó nota de dos consultas a la prensa local que ya publicaba la noticia del fallecido Raúl Ignacio Méndez y replicó en Instagram alguna historia con una foto de ambos, aparentemente los mejores amigos.

Marino fue claro en su intervención y dijo que no iba para ninguna parte, que prefería quedarse acompañando, ya de seguro habría tiempo a la mañana siguiente de ir a las exequias de la familia Méndez Hau. Fabio Andrés no dijo nada, seguía emocionalmente afectado.

Juan Alfonso sacó su vapeador de aroma a sandía y caminó a la puerta principal, insistía en que necesitaba salir.

Tomó su carro y por alguna razón sintió el deseo de ir a la casa azul, quizás para persignar sus últimas palabras a la memoria de su amigo Emanuel, quizás como castigo por su ingrata amistad, solo su conciencia le permitía interpretar ese deseo.

Michelle recobró la compostura y con el olfato de un sabueso se subió a su automóvil a buscar el origen de aquella extraña batalla. No recordaba bien qué había ocurrido, pero sentía en su ser la necesidad de recordar, bien presentía que algo había ocurrido, que alguien le estaba vaciando la mente.

El aroma, similar a una torta recién horneada, le guiaba a la Casa Azul, pensó allí, que era la mesera quien cargaba la culpa de su fatiga.

Benín comenzó a conversar con Julio y Sara sobre el caso de Ignacio y Emanuel, de cómo se relacionaban y de qué tan ciertas eran las acusaciones sobre la sospechosa mujer en la muerte del chileno.

Alrededor de las seis de la tarde Juan Alfonso estacionó su carro en frente de la Casa Azul, que por supuesto estaba cerrada.

Observaba sorprendido cómo un lugar tan cálido y amigable era ahora un portón frío y distante, una mole de fachada blanca sin sentimientos.

Detrás suyo un Mazda color rojo metalizado apareció, estacionándose al lado de su carro, la hermosa mujer bajó el vidrio y extendió un saludo a Juan Alfonso.

- Hola ¿Hoy no abrieron? –

Juan Alfonso con la inocencia de un aprendiz se sobresaltó, intentando dar alguna respuesta balbuceaba sin dar con alguna frase coherente, Michelle que le observaba desde el carro, entendía que todo iba bien y que él no la reconocía.

Cuando finalmente recordó qué decir, elevó su vapeador de sandía y aspiró una bocanada de humo con aroma dulce, miró fijamente a Michelle a los ojos y la identificó como la amiga de Emanuel que había estado el martes pasado, en la noche de debate. 

- ¡Eres tu! – Alzó la voz.

Al momento en que se quiso acercar, notó que a su alrededor todo comenzaba a oscurecer, como un cielo negro, una manta que tapaba al mundo conocido y quedaba en total silencio.

Al fondo de alguna parte, Juan Alfonso escuchó la voz de Michelle, que con una carcajada respondía a su sobresalto.

- ¡Si, soy yo! –

Todo de un momento a otro comenzó brillar con muchas ráfagas de luz, al mejor estilo de una constelación de emociones estelares.

AV.