31 de marzo de 2026

Juan Alfonso Mosquera Moreno (El Mensaje).

 



Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/ 


Nació en Cali, en la embolatada paz de aquellos años ochenta, fue educado en colegios privados y como tal, sus amistades fueron ciudadanos privados por igual de lo público. Su construcción social se dio a partir de las bases ideológicas que su padre Don Juan Guillermo Mosquera le insistía en casa, de la lucha implacable en contra del comunismo. Su madre, María Eugenia Moreno Haddad, creció en un hogar de lujos y favores, de allí el rápido enamoramiento por Don Juan Guillermo, hombre que entendió que hacer favores era un arte y una ventaja social.

Le pusieron Juan, para que en los oficios apareciera como Juan Mosquera, igual que su padre. Su madre insistió en Alfonso, en homenaje al padre de ella, Don Alfonso Moreno, otro líder cívico y patriota de banderas azules.

Juan Alfonso se enamoró del cine, a primera vista conoció los poderes de un hombre que podía volar usando una capa de tela color rojo, con el paso de los años, enamorado de las caricaturas, aprendió a distinguir entre la fantasía y la ciencia ficción, pero nunca, la realidad del país.

Encerrado en una burbuja de apellidos insistentes, hambrientos de poder, creció bajo la sombra de un colegio privado que siempre dejó el mensaje de que en la capital se tomaban las decisiones importantes y en los pueblos se vivía la resistencia de los ignorantes. Al finalizar no logró la beca de excelencia por la que tanto menguaron sus padres, pero sus buenas notas permitieron alcanzar un cupo en la universidad pública, cupo que Don Juan Guillermo Mosquera se negaba a aceptar, le era preferible pagar una costosa matrícula en la Universidad Católica, a ver a su hijo compartir espacios con comunistas y bandidos.

Así se formó como abogado, aprendiendo de leyes y de historia, pero no de realidades sociales, de eso jamás tuvo acercamiento alguno más allá de preguntarse por qué era tan difícil lograr la paz prometida.

Conoció a José Isidro y de allí forjaron una amistad interesante, un hombre egoísta y pesimista recibía en su espacio personal a un entusiasta Juan Alfonso, eterno niño que seguía los postulados de la ciencia ficción para no dejarse atrapar por la cruel realidad.

Allí aprendieron de la vendimia, José Isidro conocía un PUB inglés en el barrio alto, los domingos se sentaban desde las cuatro de la tarde a tomar coctelería de lujo y escuchar los éxitos de Depeche Mode.

Juan Alfonso le enseñó de cine, en varias oportunidades fueron a las salas teatro, primero a sorprenderse con la novedosa película de El Señor de los Anillos, luego, al relanzamiento de Star Wars.

Dos amigos unidos por el aburrimiento, encerrados en el itinerante saber de las leyes y convocados por el fondo de la botella, como túnel de escape.

Años de amistad se forjaron en un recorrido por bares y cafés de la ciudad, hasta que a mediados de la década del diez dieron con La Casa Azul, un bar de vinos cerca de la residencia de José Isidro.

La noche aquel martes estaba sospechosamente destinada para que todo desapareciera en el conocido mundo de Alfonso, como le terminaron llamando sus amigos, por aquello de que el Juan era un nombre en exceso genérico.

Al terminar de almorzar se escribió con Don Emanuel, la idea era poder abrir un espacio de debate sobre la influencia de la guerra de las galaxias y los modelos de resistencia ciudadana de américa latina, por supuesto que Don Emanuel evitaba esas elaboradas reflexiones y prefería ideas como las de Fabio Barona de poder debatir sobre la guerra de Irán y el impacto económico.

Preciso a las dos con treinta minutos de la tarde un recado de su jefe le impidió salir de la oficina como acostumbraba, debía dar respuesta a varios oficios lo que le hizo demorar en su llegada. Mientras escribía uno a uno los documentos de respuesta, se preguntaba a sus adentros si la orden Jedi tenía en sus filas a algún equipo de administrativos que atendiera ese tipo de querellas, o si eso era propio de la princesa Padmé.

Como pudo organizó algunas ideas en su Tablet, no quería perder el hilo de su fantasía con los crímenes revolucionarios de la américa latina oculta.

Salió de la oficina, en el tradicional centro de la ciudad, pidió un servicio de Uber, pues no quería conducir en un martes de debate, sabía que estarían los amigos de siempre y en ese encuentro, los licores de siempre.

Alrededor de las cinco de la tarde llegó a La Casa Azul, se sentó en la barra y organizando sus ideas se fumaba un vapeador de sandía dulce, del otro lado en una mesa adyacente, estaba Don Emanuel acompañado de una señorita, muy bella y muy joven.

Escribió un par de mensajes al grupo de chat, al que llamaban los caballeros azules, informó que ya había llegado y que prepararía la exposición de su tema. Fabio respondió que se demoraba, Ignacio envió un Sticker de un mico con gafas oscuras en señal de OK, Marino respondió que se demoraba y José Isidro no leyó el mensaje.

Comenzaba a aburrirse, escribió a su amigo José Isidro y este no le respondía el chat, se desanimó con la sospecha de que le iba a quedar mal con el plan de martes, se acercó a Don Emanuel y saludando a la señorita, le insistió en la importancia del debate programado, este con el afán de ignorar lo absurdo y dar prioridad a los placeres de la carne, le convidó una copa de Whisky, haciendo la seña de que se lo daba por hoy, en promoción. Se levantó de la mesa unos minutos más tarde y salió con la desconocida señorita.

Para Juan Alfonso, fue la última vez que pudo hablar y ver con vida a su amigo Emanuel Frontera, como le decía de cariño.

Llegaron los demás invitados y con la ausencia de Emanuel y José, dieron paso a su noche de debate, un grupo de abogados, ya maduros en edad, conversando temas que poco o nada aportaban a la vida, más allá, del placer mismo de beber un buen whisky o un noble vaso de Brandy.

Alfonso, aburrido por no poder exponer su preparada intervención escribió a José Isidro para saber de su paradero, siempre con el mensaje sin leer de su parte. Alrededor de las once de la noche le envió un mensaje a Emanuel, para saber si volvería pronto, mensaje que tampoco fue leído.

Siguió tomando otro vaso alto de aquel whisky que estaba en descuento y pensó a sus adentros si tantos años de amistad estaban pendiendo de un hilo delgado llamado amor o placer. Desconocía del paradero de su compañero de estudios, desde el día sábado que no se veían personalmente y quizás ante tal espacio de tiempo, pensó más a sus adentros, si necesitaba de su ayuda.

Un pensamiento ligero, reiteró en un suspiro: José Isidro no necesita de nadie.

Con el paso del tiempo el aburrimiento hizo que el licor floreciera en Alfonso como un adolescente malcriado, salió a fumarse su vapeador de sandía y viendo los carros pasar por la avenida del río, dejó que la vergüenza se convirtiera en furia. Se regresó a la barra del restaurante, tomó su teléfono y pidió un servicio de Uber.

Al salir escribió un mensaje a Don Emanuel agradeciéndole por toda la atención. 

Al llegar a casa se tiró a dormir en el sofá no sin antes programar la alarma para el siguiente día laboral.

Temprano en la mañana revisó su teléfono y le llamó la atención el no recibir respuesta, ni siquiera la notificación de haber sido leído el mensaje, de parte de su amigo José Isidro Segundo, pensó en llamarle, pero se ocupó preparando el café que dejó de lado la idea en sí.

A las diez de la mañana comenzó la reunión de preparación de respuesta al pliego de peticiones que la asociación de trabajadores entregó a la empresa, un documento que debía ser cuidadosamente estudiado, Juan Alfonso estaba en compañía de su jefe, el director Jurídico de la corporación, y allí mismo dos abogados más y un judicante de la universidad franciscana.

Una llamada telefónica interrumpió su reunión, con cara de vergüenza pidió a su jefe permiso para atender, se trataba de un agente de policía que le notificaba del fallecimiento en condiciones extrañas y violentas, del señor Emanuel Contreras Hitschfeld.

Alfonso se sentó en la primera silla que vio, agradeció al oficial la información y confirmó su disponibilidad para acompañar la investigación.

Tomó el teléfono y escribió un mensaje a José Isidro Segundo, pero este tampoco llegaba, como si el teléfono no estuviera en servicio.

Una lágrima ligera dejó en evidencia su dolor, quizás no por el afecto mismo de que un amigo de alta estima había sido encontrado muerto, ni por el sentimiento mismo de abandono que la muerte trae en sus brazos, sentía el dolor mismo de saber que al parecer, era el siguiente.

Regresó a la oficina y se cruzó con la mirada autoritaria de su jefe, el Doctor Domínguez, le hizo un ademán de excusa y le escribió un mensaje al chat del teléfono: “Lo siento, me acaban de informar que un amigo falleció”.

El Doctor Domínguez, reputado asesor jurídico de las grandes corporaciones de la región levantó una ceja luego de leer el mensaje, alzó la mirada en dirección a Juan Alfonso y con una seña de autorización, le dejó salir.

Juan Alfonso Mosquera Moreno se acomodó la corbata, de color naranja por demás, salió de la sala de reuniones con prudente caminado, llegó a su oficina y tomó el maletín, allí guardó el computador portátil y la Tablet, se limpió con la manga de la camisa una lágrima que se escapaba.

Buscó las llaves de su carro para ir a casa, mientras recibía un mensaje en su teléfono de un número desconocido:

¿Qué haría Anakin Skywalker en estos momentos?

 

AV.

30 de marzo de 2026

Emanuel Contreras Hitschfeld (La Casa Azul).



 Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/


Emanuel Contreras Hitschfeld llegó a Colombia en un enero de 1999, estaba con el cabello largo y los bolsillos llenos de expectativas, sus primeras misiones en el país fueron buscar refugio y una oportunidad para re iniciar sus metas personales: Ser un sibarita.

Nació en Puerto Octay, en Chile, pero su crianza de juventud estuvo en Mendoza, Argentina. Allí aprendió de los placeres del buen vino, de la magia del Malbec y de los retos insolentes de un sol austral que no da espera a los temerosos. Si bien la dictadura argentina no le tocó en carne viva ser peregrino de la paz, tuvo que buscar suerte en otras fronteras ante la caída inminente del modelo económico de aquellos fraudulentos años noventa.

Al llegar a Colombia se instaló en Armenia, pero un coqueto terremoto le hizo cambiar de opinión terminado por irse a vivir a Cali. Pasó gran parte de sus jóvenes años trabajando como consultor en temas publicitarios, pero decidió por su cuenta estudiar Derecho en la Universidad Franciscana, por recomendación de las amistades que fue forjando en esos años.

Con el paso de los años y el apoyo de uno de sus clientes, un empresario de la industria automotriz, fundó la Casa Azul, en homenaje a Mendoza, su ciudad amada. Allí comenzó a funcionar como un bar de vinos, pero el tiempo y la dinámica le fueron llevando a que se convirtiera en un centro social de debate, encuentro de intelectuales de clase media alta y uno que otro universitario que llegaba por recomendación de algún amigo.

La barra del restaurante comenzó a funcionar como un lugar de encuentro entre desconocidos que fueron forjando amistad. Allí preciso Alfonso Mosquera conoció a Don Emanuel, como le decían los allegados quizás por la edad o la apariencia física de un hombre con cabello cano y facciones marcadas en el rostro, nada parecido al joven de hace 25 años que llegaba a Colombia con su cabello largo.

Alfonso terminó sus estudios de Derecho en la Universidad Católica y allí fue que invitó a sus colegas a visitar la Casa Azul, entre estos invitados participaba José Isidro Segundo, en frecuentes días.

Muchos años más tarde, posterior al encierro de la pandemia se consolidó un plan de día martes para hacer debates políticos o en ocasiones, audiciones de música.

Emanuel compartía con los pocos amigos sinceros que cosechaba, canciones de sus artistas argentinos y chilenos, ellos en reciprocidad le educaban en el amplio mundo de la salsa caleña, y otros, como José Isidro, preferían la electrónica europea de los años ochenta, aquel género representado por Depeche Mode, New Order, los Pet Shop Boys y Erasure.

Don Emanuel, como le decían algunos, fue aprendiendo de la vida de la ciudad y con ello le tomaba más afecto que siempre, su gusto por las mujeres jóvenes se saciaba por el ambiente intelectual que aparentaba, entre sus musas, una joven Raquel, periodista y experta en redes sociales.

Raquel tomaba vino con frecuencia, incluso desde que entabló una relación secreta con Emanuel, asistía cuatro de los cinco días de la semana laboral pues la oficina del periódico era relativamente cerca al barrio El Peñón, donde estaba la Casa Azul. Una mujer muy bella que recibió con los años, el apodo de Raquel Frontera, por el vino que precisaba tomar.

Emanuel, de apellido Contreras disfrutaba de sus afectos y cómo no, adoptaba en ocasiones el mismo nombre: Emanuel Frontera.

Alfonso era el más puntual de los visitantes, siempre aparecía a las tres de la tarde, porque según él, a esa hora ya no había juzgado decente que visitar, el trayecto a casa se interrumpía por unas copas de Brandy y unas empanadas de carne molida, las favoritas del menú, según él. José Isidro llegaba en la noche, siempre pasadas las seis, porque prefería el ambiente fresco al calor de la tarde.

El martes pasado, acordaron abrir una jornada de debate de cine clásico de los setentas. Alfonso quería iniciar con los pormenores de la saga de la Guerra de las Galaxias y su alta influencia de otras franquicias como Star Trek o Flash Gordon, de su lado Don Emanuel era más romántico y prefería se hablara del periodo pos dictadura de Chile, que consideraba estaba muy a la par a la realidad colombiana. José Isidro siempre prefería ausentarse a los debates, sentía que su magia estaba en escuchar y no decir nada, porque preciso le molestaba tener que dar la razón.

Un pesimista de corto alcance.

Alfonso llegó a las cinco de la tarde, aquel martes tuvo que responder correos y escribir varios oficios lo que le hizo demorar en su llegada a lo que era ya su segunda casa, allá estaba Don Emanuel, acompañado de una joven visitante, una amiga de otra amiga que llegó por recomendación.

Estaban conversando amenamente de la vida y otros males, dejaron al desnudo sus inclinaciones políticas y su indignación recurrente por los resultados de las encuestas para la primera vuelta presidencial, el ambiente polarizado del país llamaba la atención de estudiosos e ignorantes.

Alfonso saludó y preguntó por José Isidro, su amigo. Don Emanuel hizo un gesto de no saber y le ignoró retomando la conversación con la joven visitante, Michelle, dijo que se llamaba.

Michelle Cristina Rueda Panesso vino desde Medellín, allá creció y se formó como Administradora de Empresas Turísticas y Hoteleras, tema que le era de gran interés a Emanuel y por supuesto, servía de técnica de conquista si le sumaba a la conversación sus conocimientos en turismo y vino en su recordada Mendoza.

Alfonso dejó un par de mensajes a su amigo José Isidro Segundo, se sentó a fumar un vapeador con aroma a sandía dulce, sacó sus apuntes en su Tablet para estudiar lo que sería su intervención de ciencia ficción.

Otros invitados llegaron como Marino Ruales, Ignacio Méndez y Fabio Andrés Barona. Todos de profesiones variadas pero un mismo gusto y amor por la verbena intelectual: Brandy, Whisky, Vino.

Emanuel logró convencer a la señorita Michelle de salir, así que prefirió invitarla a su apartamento, cerca de la zona.

Salieron en el carro de ella, un discreto automóvil deportivo, se llevaron una botella de vino Malbec Blanco, de colección insistía Emanuel. Ella con la sonrisa de quien sabe lo que va a ocurrir hizo un gesto de agrado y sugirió algo de intimidad para la botella.

Emanuel comenzaba a cumplir su sueño de tener un encuentro sexual con una dama veinte años más joven, de cuerpo atlético y una belleza propia de las colombianas que tanto le agradaban, para no enojar a sus amigos invitados a la tertulia, les convenció de su ausencia dando una promoción de 2 x 1 en botellas de Whisky a su elección, siempre que no fueran de 18 o 21 años.

La conversación comenzó con el tema de rigor: Primera vuelta presidencial.

Alfonso quería hablar de naves espaciales, Fabio insistía en la crisis económica, Marino se quejaba del precio del dólar con la guerra de Iran, Ignacio estaba concentrado en su teléfono viendo las redes sociales.

Cerca de las dos de la mañana, Alfonso escribió un mensaje a Don Emanuel:

“Don Emanuel, Muchas gracias. Estuvo muy buena la promoción de botella de Whisky. José Isidro nunca vino, ya me voy para la casa. Saludos”.

No recibió respuesta, ni siquiera la notificación de haber sido leído el mensaje.

A la mañana siguiente, una llamada telefónica interrumpió su primera reunión de la jornada laboral. Un agente de policía notificaba del fallecimiento en condiciones extrañas y violentas, del señor Emanuel Contreras Hitschfeld.

Alfonso se quedó sentado en su oficina. Tomó el teléfono y escribió un mensaje a su amigo José Isidro:

“¿ve vos sabes qué le pasó a Don Emanuel? Me llamó la policía, dizque se murió anoche”.

AV.

29 de marzo de 2026

José Isidro Segundo (La espera).

 


Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/

  

La vida es una historia permanente que se construye en palabras y acontecimientos, mientras se destruye en sueños y pensamientos taciturnos.

José Isidro nunca fue la excepción y con el pertinente deseo de cambio, saboteaba con constancia los mejores momentos del día. Desde presentar queja a la mesera por el color de la limonada, hasta lamentarse del bajo rendimiento del tráfico al salir de la oficina.

Se enamoró de María Cristina Herrera, una estudiante de Economía en la Universidad Católica, aquella temporada estaba matriculado en el programa de Derecho y en un café cercano, con frecuencia se cruzaba con la señorita Herrera.

Nunca intentó pretenderla, ni siquiera invitarle a tomar algo porque en alguna oportunidad, mientras coincidían en un pasillo, le pareció escuchar que a ella no le gustaban los hombres delgados. Se sintió aludido, por demás desechó toda posibilidad de romance sin entender que ella hablaba de temas ajenos a su gusto sexual.

Para mediados de los años noventa, cuando estaba por finalizar sus estudios de bachiller escuchó por accidente, que un profesor se quejaba por el bajo rendimiento del equipo. José Isidro decidió renunciar al equipo de fútbol antes de ser señalado, a pesar de que el profesor estaba haciendo referencia al bajo rendimiento de la selección nacional de fútbol.

Logró graduarse de abogado, pero estuvo a punto de desistir al momento en que perdió el primer examen preparatorio: Derecho Procesal.

El profesor Gutiérrez Echandía, un célebre docente y jurista, de alta exigencia académica logró convencer a Isidro de no retirarse, de intentarlo nuevamente.

Fue el prestigio del profesor Gutiérrez Echandía lo que convención a José isidro de volver a realizar el examen sin retirarse del programa.

El pasado mes de noviembre, a sus casi cincuenta años terminó sus materias de Derecho Administrativo, una maestría que empezó a cursar en la universidad pública. Al momento de recibir las primeras críticas para su propuesta de trabajo de grado, decidió renunciar y dejar de lado el proyecto de ser Magister.

La vida de Isidro es una melancolía permanente, no por los daños que el día a día trae al corazón del poeta de turno sino, por la frustración de saber que algún día tendrá que morir. Un modo de pensar incómodo para sus familiares, sus amistades y claramente, su existencia efímera e incomprendida.

A pesar de tener un nombre tan poco convencional, fue su padre, Don José Isidro quien dio el sentido folclórico de su identidad al inculcarle un tercer nombre: Segundo.

Cuenta la tradición del viejo Cauca que cuando un fulano tiene el mismo nombre del padre, se le añade el apéndice “Segundo”, por aquello del linaje familiar.

José Isidro Segundo, abogado de profesión y pesimista de tradición, cargó consigo el tercer nombre como una estirpe familiar, tan ajena como inoportuna. Algunos de sus compañeros de estudio le molestaban con frecuencia, quizás de allí su emergente deseo de ser un sujeto solitario.

El martes pasado escuchaba en la radio local que hubo una serie de accidentes en la ciudad, noticia que le pareció corriente porque preciso, vive en una ciudad de irresponsables donde manejar es para optimistas.

Estaba sentado en el balcón de su apartamento en el lejano barrio de El Peñón, al lado occidental de la ciudad.

Tomaba un té de frutos rojos endulzado con miel de abeja comprada en el mercado campesino de los domingos, porque según él, la miel de supermercado viene contaminada. A su lado dormía Rebeca, una gata angora de ya nueve años de edad, la única compañía que tolera.

Junto a Rebeca, un libro biográfico de Joseph Stalin, el líder de la extinta Unión Soviética. Entre las preferencias literarias y la soledad del tiempo, estar en el balcón de su casa era una terapia casi que santa para librarse de los males de la sociedad, estar en casa a solas era para sí, un placer superior que el departir con alguna dama en un café de la ciudad.

De esta sucia ciudad.

Siendo las tres de la tarde y con el sol vigilando con fuerza prefirió levantarse para ir a dormir un rato en su cama, su sagrada cama. Rebeca con una mancha color miel en sus bigotes, le acompañó.

José Isidro Segundo, de apellido Caicedo, de profesión abogado y de vocación, ermitaño. Su teléfono móvil vibró con una notificación de un viejo amigo: Alfonso Mosquera, otro abogado igual de ermitaño que a veces, le escribe para invitarlo a tomar un Brandy al bar de Don Emanuel, también un viejo amigo de profesión abogado, sibarita y galán de señoritas más jóvenes.

Por lo general los días martes se encuentran para hablar de la crisis política del país, del torneo de fútbol europeo o de los males de la existencia, tema preferido de José Isidro.

Prefirió ignorar el mensaje, ya sabía que era martes de debate, pero estaba tan cansado, quizás por el potente sol y calor que su deseo más inmediato era dormir con su gata, la única hembra que lo tolera.

A las cuatro de la tarde un susurro de vida interrumpió el silencio de la habitación, Rebeca se sentó en el borde de la cama mirando fijamente con sus potentes ojos amarillos a la puerta de entrada. Allí estaba el espectro de San Ivo, un viejo fantasma que deambula por los pasillos del más allá y el más acá. Con cara de aburrido y cargando un pesado libro de miles, miles, miles de hojas.

Con pasos ligeros se acercó para acariciar a la gata en su cabeza, su fino pelaje blanco resaltaba con los potentes ojos amarillos que sin quitarle la mirada al viejo santo, ronroneaba como si recibiera a un amigo ya conocido.

San Ivo recorrió la habitación como un inspector, revisaba los cuadros de cantantes de rock de los años ochenta, tocaba las cortinas de plástico estilo persiana, intentaba entender el motivo de José Isidro de tener dos consolas de videojuegos diferentes, la colección absurda de zapatos de la misma marca, el desorden de libros de historia, todo como un conjunto de un alma curiosa que jamás evidenciaba en su personalidad ser un sujeto alegre.

Se sentó sobre un costado de la cama y susurrando unas plegarias en un idioma que ni la gata Rebeca ni los santos del purgatorio pudiesen entender, acarició la cabeza del ya maduro José Isidro Segundo.

Alrededor de las seis de la tarde José Isidro despertó un sueño profundo, se estiró acompañado de un bostezo extenso, vio a su lado a la gata Rebeca sentada en una postura vigilante, la acarició bajo la barbilla y entonando unas palabras cargadas de ternura le besó la cabeza.

Se levantó de la cama y tomó el teléfono móvil, allí encontró varios mensajes de algunos clientes, otros de su amigo Alfonso y otros más de los grupos de chat donde estaba participando.

Se sentó en el balcón nuevamente, se dejó acariciar con la brisa del atardecer de la ciudad, ya el bullicio del tráfico sobre la avenida del río empezaba a acompañar el paisaje sonoro de la zona. José Isidro Segundo Caicedo sintió de repente el deseo de salir a caminar, al parecer, era una bonita noche para hacer deporte.

Ante tal pensamiento cargado de optimismo se fue para la habitación para cambiarse de ropa por un conjunto más deportivo sin embargo, al entrar en la habitación un silencio pesado y cargado de mucha presión le detuvo sobre el marco de la puerta.

En la cama Rebeca, la gata, estaba acostada encima del cuerpo inerte de sí mismo, maullaba ligeramente lamiendo el rostro fallecido de su versión terrenal.

José Isidro Segundo Caicedo entendió allí que su melancolía ya no era suficiente.

A su lado una inmensa sombra negra comenzó a emerger desapareciendo todo entre su estancia espectral y su amada gata, Rebeca saltó para desaparecer de la oscuridad, como si se cruzara dentro de unas cortinas de color negro.

Sobre la cama el teléfono móvil marcaba la notificación de un nuevo mensaje de Alfonso:

“Te esperamos donde Don Emanuel, hay descuento en botella de Whisky”.

AV.

27 de marzo de 2026

Avelino Lucumí (Sala de espera).

 



Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/

 

En una sala de espera en el hospital central de la ciudad un niño juega con un avión de papel que su abuelo le hizo. Aquel hombre mayor tomó retazos de un folleto de salud sexual preventiva y lo convirtió en un poderoso avión de combate ante los ojos del niño presente.

El pequeño niño corre por todo el pasillo de la sala, esquiva piernas estiradas y personas que pasan caminando en un limitado recinto, sólo le importa su avión que vuela como si estuviese cargado de grandes turbinas.

Al fondo una señorita de mediana edad juega en su teléfono celular, carga notificaciones de sus redes personales y también entabla historias con sus colegas de estudio, un grupo de señoritas que ante la imposibilidad de acompañarle a la cita médica, le hacen breves aplausos de apoyo desde la virtualidad de un chat lleno de imágenes y comentarios de cualquier tema, menos la salud.

Junto a esta, un hombre de edad, de esos que perdió el cabello con la juventud, está sentado con unos audífonos escuchando noticias nacionales, tiene sintonizado el programa radial de mayor cobertura, día preciso para conocer las novedades en encuestas de opinión sobre los candidatos presidenciales.

Detrás de ellos, dos señoras de edad muy avanzada conversan sobre las complejidades del transporte público de la ciudad, una de ellas, de abrigo verde oliva, señala que casi no logra tomar un taxi por las torrenciales lluvias con las que la ciudad amaneció, su compañera, que estaba abrigada con un impermeable color café claro afirmaba tal condición, aumentando la versión del desastre con la presencia de grietas y baches en las vías del sur, del norte y del más allá si le es posible confirmar.

Al fondo, cerca a un gran ventanal estaba Eutimio, el amigo favorito de todos.

Eutimio nació en Tumaco, tierra de pescadores, cantores y buenos señores. Llegó a Cali por un trabajo mal remunerado y como tal tuvo que quedarse, viviendo del sueño del progreso en el barrio Aguablanca, por el Comfandi. Allí logró hacerse de una vivienda a precio de carne joven.

Se casó con María Camila Moreno, una caleña de esas que tanto inquietan a un tumaqueño que gusta del baile y el licor en fiestas patronales.

Eutimio tuvo dos hijos con la señora Moreno, uno de esos hijos estaba ese día en exámenes médicos.

Sentado en la sala de espera tenía su mirada puesta sobre el ventanal, intentaba encontrar en el blanco de las nubes alguna figura que le diera tributo a los años vividos, se reía a sus adentros viendo al niño jugando con el avión de papel, en una de esas desventuras casi se tropieza con una matera grande. La fama de Eutimio comenzó un día cualquiera de marzo, pero de 1993, cuando en el programa de televisión regional se hizo ganador de un carro último modelo. Un concurso que premiaba a los clientes fieles de un almacén de cadena.

Al ganarse el carro el almacén por fuera de cámaras propuso al tumaqueño que debía de pagar la cuota inicial del vehículo para poder ser acreedor del dichoso premio.

No se dejó asustar por el valor de tal cuota y dijo que sí, una hora más tarde, cuando la transmisión del programa hacía famoso su destino denunció tal acoso y en consecuencia, recibió el carro último modelo sin poner un centavo de su bolsillo y, el premio de la comunidad por no dejarse amedrentar por las grandes corporaciones de la ciudad.

Mientras observaba por la ventana recordaba ese suceso y otros más donde siempre salía triunfante, por ejemplo aquella tarde de martes que se cruzó con un policía de tránsito. Aquella vez, tenía prohibida la circulación con el número de placa pero el agente estaba tan distraído en sus pensamientos que le saludó en la parada del semáforo, sobre la avenida primera y le dejó ir.

Su esposa, María Camila, siempre estaba orgullosa de su suerte.

En el piso había otro niño jugando con una pelota de tenis, de esas de color verde claro. Un infante vestido con overol color rojo y zapatos de goma, la madre de este, una señora joven estaba en el sillón de enfrente leyendo novedades en el celular, sin saber los que haceres de su hijo, que, por la postura, parecía más hijo de Eutimio que de ella.

Una enfermera de traje verde con rayas verticales de color blanco salió a la sala a interrumpir el desespero de los distraídos.

Alzó la voz y llamó a Avelino Lucumí.

El niño que corría con el avión de papel se tropezó cayendo de frente a la pared, su llanto fue tan inmediato como el llamado de Lucumí.

Las señoras dejaron de cuestionar la calidad del transporte público y en un gesto, se acomodaron en los asientos para mover la cabeza, en búsqueda de Lucumí, quizás.

Eutimio que a pesar de su avanzada edad aparentaba ser más joven levantó una de sus cejas, se le hacía conocido ese nombre. No le era fiable que existieran en una misma ciudad dos sujetos con el nombre de Avelino y el apellido Lucumí.

La enfermera tomó aire y nuevamente preguntó por la presencia de Avelino Lucumí en la sala.

Una mujer de cabello desaliñado por los afanes de la vida levantó la mano, casi gritando pidió paciencia, tiempo y consuelo, quizás.

La enfermera volteó a mirar, era una madre joven de quizás treinta febreros de vida, cargaba a un niño que apenas estaba terminando su tercer marzo de vida, vestido de camisón azul oscuro, botas rojas de plástico y con un gorro de lana color rosado dormía en sus brazos, profundo como un caballero de la noche.

Se acercó la enfermera y susurrando el nombre de cerca confirmó que el niño era el paciente que buscaba. La madre, la joven madre, explicó que estaba terminando una conversación telefónica y por eso no había notado que le había llamado. Se puso de pie con ayuda de la enfermera y juntas entraron por una puerta de vidrio para cruzar un largo pasillo rumbo a la sala de pruebas médicas.

Eutimio soltó una carcajada, tan fuerte como la de aquel día que logró engañar a los bellacos del programa de televisión.

Recordó que su amigo Avelino Lucumí había muerto hace ya cuatro años, preciso por culpa de la pandemia del COVID-19. La carcajada asustó a su esposa, María Camila al punto que ella con una palmada en las piernas le hizo la señal de que guardara prudencia.

Eutimio con el desinterés de siempre, intentando vocalizar en medio de la carcajada le explicaba a su amada esposa que ahora Avelino había reencarnado en un niño de ojos verdes y cabellera rubia. En un niño rosadito.

Eutimio recordaba a su amigo Avelino, sentado con su cabello blanco y afro en el muelle de Tumaco, fumándose un tabaco de pésima calidad y tomando una cañita de aguardiente a las dos de la tarde, lo recordaba diciendo que jamás en la vida aceptaría irse al interior, a convivir con los blancos y los ricachones.

Una reencarnación después, estaba allí en brazos de una madre desesperada con un plan de medicina prepagada.


AV.

24 de marzo de 2026

En Tránsito: El viaje final.

Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/

 

VIII.

Estaba sentado en una panadería al sur de la ciudad, tomaba un café colado en greca, oscuro, amargo, fuerte. Fumaba un cigarrillo apoyado en su motocicleta, con los brazos cruzados intentaba no dejar caer el recipiente del café, pensaba como lo hacen los hombres derrotados, pensaba mucho como si de allí emergiera la solución a la desgracia.

La radio informaba del complejo caos vehicular de la avenida panamericana, pedía refuerzos e incluso, asignaba a varios agentes en varios puntos aledaños para poder coordinar un tráfico que fluyera ante la desgracia de la avenida. En otras designaciones la central de radio informaba de pleitos en distintos centros urbanos, tanto al sur como al norte, todo como un caos propio de un día fuera de lo convencional.

Milton reflexionaba sobre lo vivido, desde el principio sabía que debía de continuar su trayecto hasta las oficinas en la sede sur y no detenerse a buscar coimas en la vía, si bien era necesaria su intervención para detener el conflicto entre los conductores del bus y el camión de carga, su intervención logró empeorar una queja que no era trascendente. Lo que no entendía inclusive, era el modo en que el adolescente llegara a la escena a morir casi que en sus brazos, que sus entrañas decidieran estallar ante su ingrata presencia, ver a aquel joven morir con una sonrisa, una mueca de dolor que se perpetraba en la memoria de lo inhumano.

Un agente llegó a su lado, caminando con el casco de la moto puesto dio un saludo a Milton con un golpe en el hombro, de contextura gruesa y piel morena se reía con vehemencia.

“¿está como complicada la cosa no Perlaza?” Entonaba en broma.

Milton intentaba ignorarle, pero bien entendía el peso de aquellas afiladas palabras. Todos o la gran mayoría en la secretaría de tránsito saben de las malas prácticas de pedir coima a los conductores de buses en la vía Panamericana, pero aquella mañana Milton entendía que la vida le estaba cobrando con una vida, sin entender por qué, los pensamientos le oprimían la poca decencia que quedaba en su uniforme.

En su teléfono móvil pudo leer un mensaje de la dirección pidiéndole presentarse a la mayor brevedad, quizás esperaban un reporte de la muerte del joven, por demás casual e indeseada, o tal vez era necesario ampliar información sobre la extraña situación de la ambulancia y sus paramédicos.

Pensaba, pensaba, pensaba mucho.

El colega con un vaso de café en las manos continuaba haciendo comentarios cargados de burla, muchas risas y preguntas de doble intención, Milton solamente callaba, era más fuerte el ruido de sus pensamientos que el hedor de un mal compañero de trabajo.

Una señorita con gorro y delantal color azul claro salió de la panadería y se acercó a los dos agentes, brindando una bandeja de pandebono y almojábana espetó una sonrisa formal, hizo una extraña reverencia y se retiró a recoger los desechos dejados en las mesas exteriores del recinto, el agente Palau, colega de Milton nuevamente dejó salir otro comentario inoportuno, en tal caso sobre la apariencia física de la mesera.

“Dejá a Mariana en paz ole, que la muchacha es toda amable con nosotros y vos todo vulgar”.

Apagó el cigarrillo con la zuela de la bota, se terminó el poco café que le quedaba y comenzó a morder el pandebono como si fuera su último bocado en vida. Guillermo Palau en silencio mordía el pandebono y pensaba que algo no andaba del todo bien con su compañero, al parecer una reunión de rutina no iba a ser tan superficial como se esperaría.

Siendo las doce con cuarenta minutos de aquel martes extraordinario, el joven Aníbal llegaba a la clínica para ser evaluado por el cuerpo médico, que en un determinante comunicado daba la causa de muerte como una perforación intestinal súbita, que al no ser atendida a tiempo y, ante el colapso en el tráfico, derivó en el fallecimiento del joven.

A la una de la tarde estaban presentes en la clínica los padres de Aníbal, el señor Rubén Eduardo Cuervo junto a su esposa, María Adelaida Torres. El llanto no era un detalle menor, ambos lamentaban la inexplicable pérdida de su hijo menor, todo era confusión en la sala de espera del centro de salud y más cuando la información médica no permitía entender el contexto de los hechos.

A la una de la tarde con treinta minutos, Marisol Berrido estaba sentada en una sala de entrevistas de la estación de policía de El Lido, explicaba en reiteradas ocasiones que la falla había sido una imprudencia de su parte y que reconocía el error, asumiendo por demás el costo económico que ello pudiese generar, pero sobre la pelea del taxista con el señor de los domicilios ella no tenía injerencia, acusando además tener miedo por las amenazas recibidas.

Una agente de policía tomaba nota de cada palabra.

Juliana Legarda había llegado a la estación de policía de Ciudad Jardín, allí intentaba dar una declaración creíble de lo que le había ocurrido, más allá de golpear un bache y perder el control de carro, para finalmente estrellarse en la casa aparentemente abandonada. Insistía en creer que la discusión con la anciana fue tan real como el daño causado.

Un policía de carreteras tomaba declaración a Ramiro Camelo quien explicaba que la imprudencia del conductor de la buseta había generado el accidente y la muerte de su personal de apoyo.

A las dos de la tarde un inmenso nubarrón se posó sobre la ciudad, la víspera de un fuerte vendaval anunciaba los tiempos presentes y las desgracias vividas. Don Rubén seguía con su esposa en espera de firmar los documentos del deceso de su hijo para dar paso a los trámites del sepelio, María Adelaida, la esposa, señaló con preocupación el gran nubarrón que se avistaba por la ventana de la sala de espera.

Juliana escuchó un fuerte trueno, quiso asomarse a la ventana, pero un agente de policía le detuvo. Marisol, por su parte caminaba de lado a lado en el salón de entrevistas, sintió un cambio leve en la temperatura, como un frío sepulcral.

Ramiro se subió a la ambulancia, por ser Senador de la República debía ser examinado para dar un parte de que estaba libre de todo mal. Mientras estaba sentado recibiendo instrucciones médicas, vio cómo del cielo oscuro aparecían grandes rayos que bajaban como flechas de un cazador.

Sintió miedo.

Héctor Hernán llegó a casa en el carro de un colega, su taxi había sido remolcado. Encontró a su esposa, doña Elvira llorando sin consuelo en las escaleras de entrada a casa, allí estaba su hijo Juan Felipe con el cuerpo de Betún. “HH” sentía que la vida no podía ser más cruel y miserable, en ese mismo instante un trueno secundaba sus palabras, como si la maldición de Marisol fuese tan certera como real.

Milton Perlaza iba en su motocicleta en dirección a la carrera primera, al otro extremo de la ciudad para rendir declaración ante su supervisor, durante el trayecto podía observar al cerro de las tres cruces con una inmensa nube negra detrás y de esta, varios rayos manifestando la llegada de un fuerte vendaval. Se detuvo un instante bajo un puente para comenzar a vestir su ropaje impermeable, mientras lo hacía sentía que algo lo abrazaba, una inmensa fuerza, alguna especie de energía que le empujaba sigilosamente, como el viento.

Se giró encontrando en frente suyo un extraño e inmenso universo oscuro, lleno de estrellas de colores y muchas voces gritando de dolor de manera simultánea. Un mareo comenzó a dominar su cuerpo al punto de caer a un suelo inexistente, no había nada en ninguna parte, todo era oscuridad.

A las tres de la tarde de un martes de marzo, el director seccional de tránsito municipal publicaba un acta de desacato por la no presencia de Milton Perlaza para rendir indagatoria por los extraños hechos ocurridos en horas de la mañana en la autopista Panamericana.

La denuncia de acoso y abuso de autoridad presentada por el señor Polanco, de oficio taxista y, la denuncia de fraude de parte de un conductor de camión de carga, servían como evidencia testimonial para iniciar un proceso disciplinario y penal, sin embargo, el ausentismo ante la citación daba a entender que el agente era consciente de su culpabilidad.

Desde el despacho municipal se emitió una orden de captura con efecto inmediato.

En alguna parte, donde nadie podía entender o llegar, el agente Milton Perlaza intentaba encontrar la salida, la oscuridad por su parte seguía consumiéndolo hasta que dos inmensos ojos de color naranja aparecieron en la penumbra, una señal de que había cesado la espera.

En algún lugar oscuro, fuera de este mundo. 

AV.

23 de marzo de 2026

En Tránsito: La espera.

 

Imagen creada con IA: https://grok.com/  

VII.

 

Una grúa llegaba al barrio Valle de Lili para recoger el carro de Juliana Legarda Pacheco, un agradable Peugeot 206 que bajo los ladrillos de una casa deshabitaba era la evidencia de una imprudente manera de conducir de parte de la joven de casi treinta años. Tomó un taxi para acompañar la ruta en dirección al parque automotor de la dirección de tránsito de la ciudad.

El taxista que le transportaba, un jovial señor de mostacho cano y ojos cansados preguntó si estaba todo bien, si el accidente había surgido por alguna distracción o peor, alguna intervención de animales en la vía. Ella sonriente solamente explicaba, con su voz baja, que le pasaba por astuta, por estar pensando en los pendientes de la vida.

Sin pretender profundizar en la vergüenza que sentía la señorita de casi treinta, el taxista, de nombre Mauricio, le comentó que a esa hora había un zaperoco sobre la calle “jetenta”. Juliana, con el desinterés de una dama de alta alcurnia, giró la cabeza observando las calles de la ciudad, no quería conversar.

Mauricio queriéndose ser amable le comentó que una “tonta” causado un accidente con otro colega temprano en la mañana, ya estaba la policía llevándola a la estación de El Guabal a dar declaración y ver que le hacen, porque el tema era grave, o eso informaban los colegas por la radio del taxi.

Juliana estaba concentrada en su día tan apático, además de adivinar de dónde sacar los recursos para pagar el arreglo del carro, le sumaba a sus preocupaciones el pago de la pared de la casa abandonada. Se sentía estúpida, dizque una anciana, pensaba a sus adentros.

Su jefe, el Doctor Villafañe le llamaba al teléfono móvil.

Marisol iba en una patrulla de la policía, una camioneta medianamente cómoda, no la llevaban esposada ni sentía aún que fuera a prestar declaración como culpable de algún delito grave, de esos que destrozan hogares.

No dejaba de pensar en sus patrocinadores, no quería que por su infortunio su reputación diera al traste el éxito de los apoyos de su evento decembrino. Mucho menos comprometer sus intenciones de ser candidata a la Junta Comunal el año próximo.

Una de las mujeres policía que le acompañaba al interior de la camioneta le invitaba a tomar con calma la situación, explicaba que era normal que los taxistas acudieran en grupo a acosar a las personas involucradas en siniestros y en tal caso, era por supuesto corriente ver la reacción desesperada de la ciudadanía, como el caso de ella.

Marisol quería sonreír pero las circunstancias la invitaban a reflexionar más allá de lo debido.

Pensaba en que tenía que comprar un teléfono nuevo, en su jefe que no estaba al tanto de lo ocurrido y su evidente ausentismo laboral. Pensaba en la fundación y los apoyos que podría perder si esto se hacía de conocimiento público, pensaba en Dios y sus modos de brindar aprendizajes a quienes siguen insistiendo en ser mejores versiones de su pasado.

El joven Juan Felipe Charría sentía ira en su interior, sus ojos llenos d lágrimas le convidaban a tomar una piedra del suelo y tirarla contra la cabeza de uno de los patrulleros, de su interior evocaba un sentimiento de tristeza tan grande que no le cabía en la juventud. Algunos vecinos que fueron testigos del acto se acercaron a abrazarle, quizás como contención a la ira de un adolescente capaz de quemar al mundo entero, quizás como amor ante la partida del mejor amigo de todos.

Algunos patrulleros y funcionarios de la estación de policía salieron a acordonar la zona para prevenir la ola de violencia que se asomaba en las palabras de los inconformes transeúntes.

Adentro Margarita Peñuela atendía el teléfono y coordinaba la llegada de una patrulla desde la avenida Libardo Lozano, mientras designaba con la estación de la calle primera, la salida de otras unidades en dirección a la carretera que viene del aeropuerto.

El Doctor, con formación de ingeniero, observaba con lágrimas en los ojos el deceso de su asesor de comunicaciones y la bella Valeria, su asistente de tareas varias. A su lado, Augusto se lamentaba por el estado crítico de su carro, estaba convencido que la aseguradora no le cubriría los daños además de inculparle de las víctimas de la caída del Bus.

Una ambulancia llegó y al notar la gravedad, llamó a otras unidades tanto de Cali como de Palmira para auxiliar a las casi quince víctimas que, al parecer ya habían fallecido con el impacto.

La empresa reportó la salida de dos unidades más desde Cali, pidiendo apoyo a otra empresa en la ciudad vecina de Palmira, otro accidente de gravedad, sobre la avenida Panamericana tenía a tres operadores de la empresa accidentados mientras prestaban el servicio en una ambulancia.

Tanto Augusto como Ramiro Camelo daban su versión del accidente a un policía de carreteras que se acercó al momento en que fue reportado el siniestro por la radio, detrás suyo el bullicio de un tráfico que se detenía desesperaba a los heridos, a los testigos, a los curiosos e incluso, a los muertos.

El agente Milton Perlaza se retiró con la cabeza baja, durante un par de horas reguló el tráfico sobre la avenida panamericana con la esperanza de que algún colega llegara a brindarle apoyo, nunca pasó por su mente que detener a aquellos conductores con el fin de sacar alguna moneda a cambio de su silencio sería el primer filtro, de una serie de insospechadas revueltas.

La muerte del adolescente sumada al accidente de los paramédicos de la ambulancia, cambió los planes de un día normal.

Durante la espera nadie contactó a la familia del joven fallecido, al fondo casi a doscientos metros, poco a poco los curiosos llegaron a ver lo ocurrido y dar ayuda a los Manueles, a Tatiana y a la dignidad del servicio público de ambulancia.

Al llegar otra moto con dos agentes de tránsito, eran las nueve de la mañana. Brindaron apoyo y dejaron que se retirara como relevo de la situación.

Siendo las doce con cuatro minutos un martes cualquiera de marzo, Rubén Eduardo Cuervo recibió una llamada de la Decanatura de Ingeniería de la Universidad Católica, en ella le informaron que el joven Aníbal no se había presentado al examen, generando como consecuencia la posible pérdida de la Beca de Excelencia. Como cualquier padre de familia se preocupó más allá de lo que fuera esa llamada, comenzó a buscar a su hijo a través de persistentes llamadas y posteriores mensajes al chat de WhatsApp.

El joven Aníbal no respondía.

A las doce y diecisiete minutos del día, una voz grave contestó la llamada, era un paramédico.

Rubén Eduardo Cuervo, padre de Aníbal alzaba la voz con notable dolor, sentía que su alma se fragmentaba en pedazos de vida y de muerte. Después de saludar, el paramédico se presentó como Juan Diego Murillo, quien informó que en la vía panamericana un accidente poco convencional había ocurrido y la vida del joven no escapó a las circunstancias, Aníbal Moreno había fallecido tras una reacción física sin diagnosticar.

No se trataba de un problema de tránsito sino, de salud.

El agente Perlaza abandonó la escena tan pronto como se lo autorizaron, se fue pensativo, delegó en sus colegas el control de la ruta panamericana, quería pedir perdón por sus intenciones pero a nadie podía darle parte de sus pensamientos, por dentro se quería morir.

Mientras conducía su moto se quedó pensando en la mirada del taxista, el señor Polanco, en el relicario de palabras de los dos conductores, el joven de la buseta y el señor mayor del camión de carga. Incluso recordó que algunos ladrillos quedaron en medio de la vía, cerca por igual al carro cruzado del joven fallecido.

Esa tarde sentía que estaba en un agujero negro que le culpaba de cada desgracia que ocurría.

Un martes cualquiera de marzo.

AV.