8 de febrero de 2026

La Suerte de Bernardo Cordero.

 


Imagen creada con IA. 

Bernardo siempre ha tenido fe, ha sido optimista y practicante de los sacramentos que la religión católica demanda, tal como se lo enseñó su madre durante sus años de infancia. Creció como buen hombre y amable vecino, estableciendo amistades de sincera cortesía, estudió en la universidad una ingeniería que le recomendaron y de allí se especializó luego en seguridad cibernética.

A día de hoy vive en la misma casa donde creció, su madre una amable señora de vieja escuela le acompaña y le apoya en todas sus ocurrencias, su abuela, doña Carmela también vive con él, quizás su mayor sustento emocional y su consejera de vida.

Un jueves con la lluvia coqueta de febrero se acercó a la oficina de uno de sus clientes, una corporación fabricante de dulces y comestibles químicos, allí le recibió Patricia, una asesora administrativa que coordina la llegada de proveedores y consultores externos.

Patricia lo remitió a la oficina de Gabriel, un caballero contemporáneo a Bernardo, quien le entregó unos diseños al parecer, secretos.

Al finalizar la conversación Bernardo fue dirigido a la oficina de Isaac, el gerente general de la compañía, quien con el agradecimiento sincero que le caracteriza, obsequió una botella de whisky y una caja de chocolates belgas.

Bernardo no acostumbra a tomar licor y mucho menos whisky, sí ama los chocolates y suele compartir con su madre y abuela ese placer, por lo tanto, al salir de las instalaciones de la compañía le regaló la botella de licor a Gabriel con quien preciso desde años atrás ha ido entablando una amistad que trasciende los compromisos laborales. 

A pesar de la lluvia tomó un taxi y se dirigió a casa, allá se sentó a leer los diseños que recibió y comprendió el agradecimiento recibido, se trataba de un proyecto de alta complejidad que requería desmontar y re diseñar el sistema digital de la empresa, algo que tomaría tiempo, no preciso por los diseños sino, por los esquemas de seguridad a implementar.

Allí pasó encerrado el día viernes y luego el fin de semana, solo salía para tomar algo y cumplir con sus necesidades sanitarias. El lunes retomó el aseo general y se sentó ahora con ropa limpia a seguir trabajando, el martes también, el miércoles atendió algunas diligencias que su abuela le pidió le apoyara, pero el jueves nuevamente se sentó a trabajar hasta poder terminar aquel reto industrial.

El viernes, más cerca de marzo que de enero, recibió la llamada de Gabriel, se trataba de una adecuación en los diseños de último momento, algo que al parecer el gerente decidió en días pasados.

Sin ninguna queja aprobó las recomendaciones y salió directo a la compañía, se saludó con Patricia, se saludó con Gabriel, se saludo con Isaac. Regresó a casa con las instrucciones que preciso sugerían rediseñar en su totalidad el proyecto.

Bernardo estaba cansado pero no dejaba de trabajar con la sonrisa que todo ingeniero tiene al momento de cumplir con un proyecto de ese calibre, el pago era además noble y excesivamente justo. Llegó a casa y compartió la noticia con su abuela, doña Carmela le dio algo de consuelo y le animó a tomarlo con mejor semblante.

Esa misma noche de viernes, guardó el proyecto inicial y abrió uno nuevo, quizás como respaldo, quizás como artefacto de memoria, quizás como evidencia de una venganza futura. Empezó a revisar los nuevos diseños y comparando con los anteriores notó que era incluso más débil que el original, pueda sea un trabajo más ligero, pero pensó, con la desconfianza que todo diseñador tiene en su corazón, que podría ser una trampa para que el sistema falle y se le acuse o peor, se le cobre por las pérdidas que la compañía pudiese adquirir.

Se acostó a dormir y allí en lo profundo de sus sueños vio a una mujer caminar, era alta y vestía un elegante traje púrpura, no tenía rostro y sus piernas eran de color verde aceituna, sin pies, solamente una sombra que variaba de color. La extraña mujer le saludó con una voz que emulaba sonidos electrónicos, poco se le entendía.

El sábado despertó tarde, primera vez en muchos años que Bernardo no madrugaba, con preocupación fue a bañarse quedando un largo rato la ducha, deseando, pensando, improvisando soluciones para entender el sueño.

Se vistió de manera deportiva, una sudadera verde y la camisa de su equipo de fútbol favorito. Doña Carmela le saludó y le sirvió el desayuno, un tazón de cereal de colores con leche y un huevo frito. Mientras comía Bernardo le contó del sueño a la abuela, ella, con la sabiduría de los años le dijo que no prestara atención pues si no lo entendía ahí mismo, era preciso porque no había nada que entender entonces.

Bernardo aprobó las sabias palabras de su abuela y subió a sentarse en su escritorio a empezar con los diseños que estaban pendientes. Allí duró todo el fin de semana hasta agotar su paciencia, el lunes llamó a Gabriel y le pidió apoyo para conseguir una extensión de plazo de entrega.

El martes siguió trabajando y su amigo, Gabriel le llamó para informar que el gerente esperaba pronto el proyecto terminado, que si mucho daba otra semana de espera.

Bernardo trabajó con pereza, con el malestar del tiempo perdido en el primer proyecto, avanzó como pudo pero sin satisfacción, por el contrario, los sueños con la extraña mujer regresaban con frecuencia, la noche anterior la voz electrónica era más audible, legible. Al llegar el fin de semana el diseño estaba en su etapa final, creería Bernardo que listo para la acción.

Una voz femenina le saludó, era ella, la mujer de la voz electrónica, estaba de pie sobre la entrada de la habitación, era evidente que no tenía pies, más bien una especie de tentáculos al final de sus piernas, de muchos colores. El traje púrpura no era un traje de tela, era preciso su cuerpo desnudo, pero sin orificios ni pechos, mas bien una ilusión profunda de mucho color.

Al no tener rostro era difícil saber de dónde provenía la voz electrónica, que en ese instante le saludaba con un tono agudo. Bernardo estaba asustado pero no quería moverse, la mujer presente posó una mano larga y fría sobre la computadora, su tacto estaba borrando toda la información, el equipo quedaba formateado sin posibilidad de recuperar nada.

Bernardo intentaba gritar por la frustración del acto mismo, la figura de la mujer puso otra mano sobre la boca de él y el frío era tan fuerte que sentía que le quemaba, de un momento a otro pudo sentir que unos ojos amarillos le miraban fijamente y de ellos la voz electrónica era ahora femenina e imponente. 

"Te dije que no hicieras ese proyecto".

Carmela Salió de la cocina para brindar a su nieto una porción de fruta pero no lo encontró en su habitación. Lo buscó por toda la residencia y sin saber de su paradero pensó que quizás habría salido, aunque él no suele salir los sábados.

Bernardo tenía frío, estaba en un universo oscuro, muchos colores destellaban en todas partes cada cierto tiempo, a su lado la mujer de voz electrónica le señalaba algo, un camino, una pared, una puerta, algo que en medio de la oscuridad estaba.

Bernardo desapareció porque alguien necesitaba que desapareciera el proyecto.

AV.

7 de febrero de 2026

El Carisma de las Imperfecciones (Febrero)

 

 


 

Imagen generada con IA: Gemini de Google.

 

Hay un momento en que el cansancio se convierte en una pausa obligada, un dolor de espalda, una gripe sorpresiva, un músculo reducido en las piernas o simplemente una jaqueca permanente, de aquellos visitantes que dejan todo abandonado a su suerte.


Momentos que son importantes con la sumatoria de tareas que aparecen con el caprichoso deseo del tiempo libre, desde instrucciones que nos caen de la jefatura hasta la cotidiana necesidad de ayudar al prójimo en la inútil labor diaria, esos pequeños momentos donde deseamos que todos dejen de ser ignorantes o perezosos.


Es preciso este momento que en silencio miramos la pared, fijamos la mente en otro lugar y deseamos con premura cada dolor y sus secuelas desaparezcan con las tareas que cargan, curioso porque además en febrero es que se van aterrizando las dinámicas del año nuevo, pues enero es más bien un proceso de ajuste a las realidades emergentes (falso).


Muchas de las ideas pendientes de diciembre se cerraron sobre el escritorio como un conjunto de informes y datos pendientes de entregar, a esas ideas se les suma las ideas emergentes de enero, esas consecuencias de la creatividad que traen más trabajo que un mal matrimonio.


A todos los pendientes he sumado otro cúmulo de deberes como es el martirio de estudiar. No se puede odiar lo que se anhela, pero el proceso es un camino coqueto que baila al ritmo de la desesperación, como si fuesen pasos en un puente colgante; estudiar como proyecto de vida deseado y soñado, con el cansancio de quien no ha deseado el exceso de tareas que le afligen.


Este año será difícil me susurró el tiempo en una brisa tenue de diciembre, será más que desafiante, porque el pasado se entendía como exigente, en tal labor se debe de construir el espacio de descanso, poder recular cada insulto y volver a lo básico de un sábado: dormir como león toda la tarde.


Los domingos recientes he desempeñado funciones de administración y mantenimiento del hogar, para luego desarrollar las tareas del estudiante de los días acordados.


Me excuso pues con quienes la agenda me ha impedido dar la mano y compartir el café prometido, la hamburguesa adeudada, el beso robado y las palabras esquivas. Excusarme con la sinceridad de un testigo indeseado, esos que al ser interrogados responden con un necesario “no sé”.


Me encierro en puertas abiertas y como lo explicaba Sanz en sus canciones, me elevo en mil volteretas intentando ser yo en medio de lo que no fui. 


Me convierto en sombra de mis palabras y en el susurro de un niño que insiste en estar.


Ahora las promesas son para mi mismo, son esfuerzos y letargos que me obligan recordar lo excesivamente humano que puedo llegar a ser: Un sujeto replegado en imperfecciones y mucho carisma.


Un poema carismático, que nació cansado en cada uno de sus versos.

 

AV.

 

31 de enero de 2026

Enero no puede acabar (Caminos)

 



Imagen creada con IA Gemini

Con un conjunto de pensamientos recurrentes mi mente se fue acelerando al mismo ritmo en que mis pasos avanzaban, caminaba preciso por la avenida 18 desde la universidad a la otra universidad. Al inicio con un sol coqueto de media mañana me distraía con el curso de cada vehículo irresponsable que transitaba sobre la vía de las bicicletas y los peatones.

En esas idas de lo cotidiano, recordé con afecto a quienes por mi vida han pasado dejando placer y aprendizaje, desde el azul de los poemas hasta el azul de las ideas, de aquellas marañas que con buen humor dejaron huellas en la piel, hasta aquellas sinfonías de risas y reproches que sacudieron la tranquilidad de un día en el calendario.

Se me pasó por ahí mismo una motocicleta que tenía afán, junto a ella un pensamiento me abordó en confusa sincronía y recordé lo divertido que era la infancia sin complicaciones ni horarios.

Caminando recordé, porque a la final todo el tiempo la pasé recordando, una canción que durante la semana me estuvo afilando las ideas como si fuese una investidura permanente, en ella, la canción, recordé a otras personas, otra vez una azul coincidencia.

Dos calles después, seguí con mis pensamientos debatiendo entre sí sobre un cuento inquieto que desde el pasado martes empecé a escribir pero que sin entender por qué, no he podido terminar. Un cuento ligero como todo lo que aquí se publica, una idea superficial como las que me adornan las letras, pero este cuento y sus hechos se negaba a terminar.

Empecé con una pregunta literaria sencilla que fue ahondando en personajes sencillos, como el Pedro Conejo de las historias recientes o el magnífico Che Copete del maestro René Ríos. Aquella pregunta me fue guiando a callejones sin salida pero que daban más preguntas, colores de ideas que se ningunearon en un texto sin final y allí es donde aparece el afán.

Estamos a 31 de enero y no quería (ni quiero) que se fuese el mes sin publicar tal relato pero es allí preciso de donde reincide la frustración, pues ha sido una semana de mucho trabajo con entrega de informes y datos específicos de mi oficina popular, sumado además, al ejercicio de ser estudiante y profesor, amigo y vecino, del punto mismo de cumplir con pendientes ajenos y pausar los propios.

Llegué pensando entonces por qué habría que avanzar en la historia y si aquí estaría la inspiración para dejarla culminada, pero entendí que mi mente nada quiere hacer distinto a respetar la osadía del tiempo desperdiciado.

Caminando como la premura del hambre recordé nuevamente un par de personajes que en alguna obra debo de crear, el humilde ejercicio de dar vida a la rutina en letras poco loables.

Ahora viene marzo, allá a lo lejos como un carro viejo que sin ritmo ni aceleración va iluminando con dos faroles las calles del febrero febril.

Se fue enero, porque a esta hora ya no hay nada que retener, será un cuento o un relato impreso para febrero, pero que conste que a Pedro Conejo y sus amigos, las tragedias les emergieron en un martes de enero, casual, íntimo y muy cotidiano.

Enero no puede acabar.

AV.

16 de enero de 2026

Sueños del Futuro Pasado.

 

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Siempre el primer día del año duele, no mucho, más bien poco, algo así como un dolor bajo, chiquito, de esos que surgen producto de la casualidad. De aquellos dolores que no son físicos, sino más bien una presión suave que se habita detrás de los ojos.

Una ciudad donde los habitantes caminan en silencio ignorando lo que ocurre afuera, ensimismados en la cotidianidad de los afanes, de la cita de trabajo, de la factura a pagar, de la lluvia que no cesa o del tiempo que no espera.

Una ciudad que se encierra en espasmo de lo inverosímil. Aquel instante en que todo lo inútil reclama su lugar de manera simultánea, desde opiniones políticas, hasta analistas del clima.

Una de las tareas más insignificantes de aquellos opinadores, es preciso dar preponderancia al Futuro Pasado, un tiempo que nunca existió, pero que todos recuerdan con nostalgia. Hablar del mañana que nos crearon en el cine y la literatura.

Personajes que en su oficio de intelectuales nos brindan opiniones que son incomprensibles, archivos del futuro que construidos en versos ficticios, nos confiaban el progreso moral, y el tiempo les dio la razón.

Desde jóvenes vendiendo sus ideas en redes sociales hasta gobernantes construyendo su agenda pública en beneplácito de los seguidores.

El avance técnico llegó, sí, pero nunca a las mentes.

El pesimismo no era profecía: era diagnóstico.

Mucho antes de la pandemia y su cuarentena de 2020 y 2021, existían los primeros portales de encuentro virtual. Skype, decían los archivos, permitía verse a través de pantallas rudimentarias. Yahoo alojaba comunidades enteras de trabajo remoto. Nadie los tomó en serio hasta que el mundo se cerró y no hubo otra opción. Entonces nacieron nuevas plataformas, más eficientes, más invasivas, más definitivas, igual de útiles pero con una estética de innovación imprescindible.

Con ellas llegó el verdadero poder.

Algunos autores olvidados nos habían advertido sobre la bioética, sobre el dominio sutil de la tecnología sobre la vida cotidiana. Nadie escuchó. Hasta que un estratega sin rostro rescató viejas ideas autocráticas del siglo XX y las envolvió en interfaces modernas, llamándolas innovación política. Funcionó.

Siempre funciona.

Ese Futuro Pasado es el que nos llevó a perder la ética del cuidado en nombre de la nostalgia.

Así se fracturó la cultura, ese tejido invisible que alguna vez sostuvo a la humanidad producto de la inmediatez, donde lo urgente es constante, sin pasado que consultar ni futuro que pensar.

Las ideas se improvisan, las promesas del mañana se venden como salvación, todo con una misma raíz: el ego.

Cada enero, el calendario reinicia el ciclo y mientras la ciudad se preguntaba por las novedades, las tendencias y el clima, el verdadero acto revolucionario de los aburridos, no sería imaginar un futuro distinto sino, por primera vez, aprender del pasado que sí existió.

Leernos en la cotidianidad de lo real, del asfalto y la lluvia.

Reconocernos en el pasado presente.

AV.


10 de enero de 2026

Sueños de enero (Pedro Conejo).


Imagen creada con IA: https://gemini.google.com  

Hay sueños que en la profundidad del silencio aparecen como una respuesta a la fluctuación del ritmo cardiaco y al cansancio de otro día vivido. Sueños que en la interpretación del consultor adecuado pueden tratarse de pesadillas, monstruosas vivencias de lo cotidiano.

Pedro venía de caminar bajo el sol de diciembre, trabajar en la temporada de navidad y fin de año le trajo caminatas bajo un calor inolvidable de casi cuarenta grados. De entre los días caminados y las noches de inventario en el local comercial en el sur de la ciudad, el cuerpo demandaba descanso, pero no de aquel descanso que con licor y fiesta distrae la mente sino, de aquel que busca quietud para escapar de este mundo y suplir las necesidades funcionales.

Escapar de este mundo.

Llegó a casa alrededor de las once de la noche a pesar de haber salido del centro de comercio sobre las siete de la tarde, un tráfico con índoles de grandeza retrasaba la ruta acostumbrada: De la avenida Libardo López cruzando por la carrera setenta hasta la avenida ciudad de Cali. No es mucha la distancia, pero si la espera.

Llegó a casa para tomar un vaso de limonada, descargar maletines y saludar a su esposa, distraída en un libro de buenas energías (vibes).

Se dio una ducha para librar de toda suciedad su cuerpo, para sanar cualquier indicio de malos pensamientos, para llegar a cama como un hombre santo y trabajador.

Pedro Conejo se dio a dormir sobre la medianoche y allí en los pormenores de la somnolencia encontró un viejo recuerdo que con algo de ficción lo guio directo a donde no debía de ir, a lo más oscuro de un silencio conspirador.

Se encontró caminando preocupado. Sin saber el motivo iba de un lado a otro con las manos en sus bolsillos, tenía las llaves de su camioneta en las manos, de alguna parte apareció Juan Esteban Mellizo, un viejo colega, le saludó y con un abrazo singular le convidó una cerveza, fría para el calor de fin de año.

Pedro Conejo no se niega nunca a un espacio de compartir con sus amistades y esa ocasión no sería distinta, así que aceptó y en una tienda de barrio pidieron dos cervezas y un paquete de papas fritas.

La conversación, sentía Pedro, era tensa, su espetado amigo daba chistes fuera de tono, el más incómodo, aquel en el que hacía referencia a la función sexual de las mujeres en la estructura de la sociedad. Con una venia de cordialidad Pedro se hizo a un lado y se despidió de Juan Esteban, tomó camino rumbo a su casa recordando uno a uno los chistes de mal gusto, le sorprendía que fuera así de tosco su viejo compadre.

A lo lejos en la esquina pudo ver cómo una adolescente caminaba tarde la noche, dejando evidenciar en su piel la virginidad de su edad, detrás de ella un habitante de calle, en la suciedad de su apariencia la seguía con la evidente intención de afectar su inocencia. Pedro aceleró el paso y con su presencia logró alejar al malintencionado desconocido, la joven con un poco de susto no logró entender la situación y se alejó de prisa temiendo que Pedro fuera a acosarle.

Nada importaba para él, la muchacha estaba fuera de peligro. A su espalda, dos jóvenes aparecieron, gemelos incluso. Saludaron a Pedro Conejo para convidarle algunos tacos, donde Jeremías. Allí supo Pedro que estaba en un sueño, no en casa.

Con un persistente discurso lograron subir a Pedro a un sedán, durante el trayecto conversaban de vivencias que para él eran inexistentes, hasta bromearon de experiencias en determinados lugares que por supuesto jamás había avistado. Uno de los hermanos se puso algo coqueto con Pedro, con la sugerencia sexual de disfrutar los tres de un apasionado encuentro, el otro gemelo que conducía el vehículo, observando por el espejo retrovisor soltaba frases motivacionales para que Pedro cediera al ímpetu sexual de dos jóvenes íncubus con apariencia de amigos.

Empezó a forcejear exigiendo fuera liberado hasta que una escalera metálica apareció de la nada, subió por ella y sin notarlo llegó a una calle en medio de un barrio comercial, rodeado de restaurantes y bares, unos más pintorescos que otros, extrañamente no escuchaba la música que de ellos emergía.

Pedro Conejo entró a un bar con apariencia americana, cerveza caliente, velas encendidas en cada centro de mesa, televisores transmitiendo partidos de fútbol de días pasados, mujeres mostrando su escote y hombres preocupados por el escote y no las conversaciones.

Se sentó y pidió una cerveza mientras se ubicaba en la silla de una mesa al fondo del bar, casi de frente a la luz de neón de la puerta de salida (Exit); un joven mesero con camiseta negra y sonrisa incompleta, comenzó a mover mesas y asientos al lado de Pedro, en señal de que llegaban más comensales.

Cuatro mujeres de edades diferentes se sentaron en las mesas adyacentes, acomodaron sus bolsos y saludaron a Pedro con una familiaridad extraña, abrazos y besos de familias de antaño quizás. Una quinta dama apareció, alrededor de cincuenta y dos años de vida con una blusa de color blanco y un tono de piel entre rosa y naranja, con notables manchas de pecas y otros menesteres en su busto, por demás grande, como el de las meretrices que a Pedro tanto le gustaban. Comenzó a poner temas varios de conversación para lograr la atención de Pedro, quien evidenciaba incomodidad y desespero allí sentado, su plan no era precisamente tertuliar con 5 desconocidas.

La dama de blusa blanca estiró el brazo y posó la mano sobre la entrepierna del señor Conejo que, como buen ingeniero, no supo como reaccionar a la inesperada situación. Se puso de pie y salió de prisa del lugar, directo a la puerta.

Se quedó pensando mientras observaba la calle, una calle desconocida, familiar, vacía, variopinta, ficticia, sospechosa.

Un bus avanzaba desde la esquina con premura, al mejor susurro de los desesperados una voz sugirió a Pedro Conejo que saltara, que allí, en la muerte, estaba la salida.

Asintió.

Empezó a caminar por el andén cuando a su lado una camioneta color azul claro se le atravesó, era la dama de blusa blanca que le convidaba casi en tono de dominatriz, a que subiera. El miedo otra vez aparecía.

Comenzó a correr sin darse cuenta que iba en dirección al bus, de frente como un toro ante la capa roja. [Padre nuestro que estás…]

Pedro Conejo empezó a rezar con los ojos cerrados, en un instante cambió su dirección logrando evadir al bus y retomando la huida en un anden ahora oscuro, sin las luces de los bares y restaurantes del sector, solo oscuridad profunda y densa, insistía en rezar pero olvidaba el orden del Padre Nuestro, se le confundía cada palabra.

Corría mientras unas manos invisibles le halaban hacia atrás, una de ellas, en su entre pierna, con fuerza lo intentaba detener. Pretendía escapar de algo que tenía más de diez brazos queriéndolo retener.

Con la frustración de no poder pronunciar la oración más recordada, decidió intentarlo con otra y allí la santa madre le mostró el camino.

"Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús."

Logró despertar en su cama, en la oscuridad de su habitación, pero su esposa no estaba. Con sospecha se levantó y encontró una sombra un tono más claro que la oscuridad que allí reinaba, sabía que aún estaba en fuga.

Algo le intentó halar hacia allá, cerró los ojos con fuerza y retomando las plegarias a María Santa, despertó nuevamente, ahora sí con la total certeza de estar en casa. Se sentó sobre su lugar en la cama y vio cómo una grieta se cerraba, como si fuese una cremallera en la pared, ocultando un mundo violeta, naranja, negro, un lugar multicolor lleno de estrellas y sombras.

Volteó a mirar a un lado, allí estaba su esposa, una dama de buena apariencia con la que estudió en la universidad, acostada con su espalda descubierta.

La besó y salió de la habitación cuestionando cada atisbo de vida, cada memoria, cada cosa.

Una lágrima le saltó y se sentó en un sillón con una vela, la encendió y casi llorando, terminó la oración a Santa María Virgen.

Lloraba, no era cansancio, no era rabia, no era miedo. Eran lágrimas de otro mundo que comenzaban a salir en este real escenario.

Afuera, lejos de la oscuridad y las estrellas.

AV.

17 de diciembre de 2025

Una entrega inconclusa.

 


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Estaba sentado con las piernas estiradas sobre una mesa que tenía en frente, el calor de un miércoles casual traía consigo la libertad del trabajo como independiente. Tomaba un café recién colado, fumaba un cigarrillo mentolado y con sus audífonos puestos, escuchaba algunas baladas románticas de los Tigres del Norte.

Esteban Mellizo se sentía pleno, bajó las piernas de la mesa de madera y se sentó en postura recta, sorbió algo de su café y botó la colilla del cigarrillo junto a una matera de cerámica. Revisó su teléfono y encontró una notificación del servicio de transporte urbano para el que trabaja, estaba la opción de atender una encomienda del otro lado de la ciudad, el dinero a recibir como pago era una buena suma, incluso superior al estándar de la aplicación.

Aceptó el pedido y de inmediato comenzó a revisar de qué trataba la labor. “Muy bien, recoger un paquete en Ciudad Campestre y llevarlo hasta el Cantón Militar… interesante, es de extremo a extremo en la ciudad”.

Con los pensamientos rondando en su mente, imaginó la ruta más adecuada para atravesar la ciudad y no surtir dificultad alguna con el tráfico.

Tomó su motocicleta y alrededor del mediodía salió en dirección a la zona de Ciudad Campestre a recoger el paquete. Allí le esperaba un señor elegante, de camisa negra y un pantalón de jean negro. Calzaba tenis también de color negro, posaba unas gafas de sol con lente totalmente oscuro y una gorra negra. Una brillante cadena de plata resaltaba en su pecho, a propósito del inclemente sol de mediodía.

Esteban Mellizo se presentó, estacionó la motocicleta y se retiró el casco, allí dejó ver su cabello corto, al ras, una barba más bien en sombra y un bigote pronunciado, como el de sus ídolos mexicanos. Saludó al elegante caballero y preguntó con ahínco si alguien esperaba el paquete en el Cantón Militar. El señor de camisa negra le señaló las indicaciones en una hoja de papel que iba acompañando el paquete, una bolsa plástica negra.

Nuevamente Esteban preguntó si el paquete traía algo delicado en su interior o si requería de algunas especificaciones, el señor de camisa negra sin inmutarse negó con la cabeza.

Esteban agradeció y se subió a la motocicleta, acomodó la bolsa plástica en su brazo izquierdo y se acomodó el casco para arrancar, según la aplicación móvil, el trayecto tomaría unos veinte minutos.

Arrancó directo por la avenida panamericana, el paquete colgando de su brazo no le incomodaba, pero en ciertos momentos sentía que era pesado, una simple impresión de un simple paquete.

Cerca de la avenida Trujillo, se detuvo en un semáforo en señal roja, tomó el paquete y lo cambió de brazo, pues le empezaba a incomodar, casi que con dolor, pues el peso o el movimiento del trayecto le afectaba poco a poco. Al momento de cambiar de brazo sintió la bolsa plástica más pesada, de alguna manera pensó, era solo por el cansancio o el calor del inclemente sol.

Arrancó y dobló por la avenida 38, siguió directo el trayecto que la aplicación le recomendaba, el brazo derecho estaba empezando a sentir el cansancio, o más bien, el dolor de una bolsa pesada.

Se detuvo en una estación de servicio, para no estorbar a nadie en la vía; tomó el paquete y lo ubicó sobre la base de la moto, entre su estómago y el panel de navegación. Arrancó y siguió el camino sintiéndose incomodo en todo momento, incluso con el temor de que se fuera a caer la bolsa durante el trayecto.

Revisó el teléfono y allí vio en el mapa que estaba a cinco minutos de distancia, es decir que muy cerca del destino, intentó levantar la bolsa pero estaba tan pesada que tuvo que tomarla con las dos manos, pesaba en exceso como si en su interior llevase cemento o algo por el estilo. Se la puso sobre las piernas y continuó su recorrido en dirección al Cantón Militar.
La motocicleta avanzaba con bajo ritmo preciso, por el peso increíble del paquete.

Con el miedo de accidentarse Esteban se detuvo en una esquina, junto a un lote abandonado, apagó la moto y con la impertinencia de un niño necio, abrió la bolsa para ver que pasaba en su interior, estaba tan pesada que sintió el esfuerzo excesivo en su cuerpo para poderla bajar de la moto y ponerla en el suelo.

Allí la abrió y no encontró nada en su interior, solo había oscuridad, como la boca de un túnel que en su profundidad solo trae la negritud de la nada.

Se pasó la mano por encima del casco en señal de incomprensión, por un instante quiso dejar allí tirada la bolsa, pero bien sabía que estaba bajo supervisión de la aplicación de transporte.

Se sintió atraído a meter la mano para buscar si había algo extraño pero un ligero temblor por su cuerpo le dio la señal de que era una mala idea, se quitó el casco y se rascó la cabeza como una muestra de inquietud, no sabía preciso que hacer.
Se quedó de pie un rato mirando al interior de la bolsa, en algún momento en medio de su distraída mirada sintió que algo dentro de la bolsa negro le observaba, algo extraño. Se agachó y con ambas manos intentó abrir del todo el paquete, allí se sorprendió con un juego de luces leves, brillantes puntos aparecían como si fuesen pequeñas galaxias.

Se sintió tonto, pensó quizás que estaba demasiado mareado por el calor del día, cerró la bolsa nuevamente y apretó el nudo, intentó levantarla para llevarla en la motocicleta, pero estaba tan pesada que no pudo siquiera levantar un centímetro del suelo. Nuevamente se rascó la cabeza en señal de preocupación.

Se agachó, cansado además, deshizo el nudo y quiso mirar adentro de la bolsa para entender qué ocurría. Una voz ligera, distorsionada, ilegible, inesperada le saludó.

Soltó la bolsa con la reacción de un animal que es sorprendido por su depredador. Abrió los ojos lo suficiente para ver en el fondo de esa oscuridad otros ojos, una mezcla de colores varios, resaltaban el verde, el violeta, el naranja, resaltaba todo y la oscuridad también. Aquellos ojos le miraron fijamente como una corriente de aire que choca con la nada.

Esteban intentó alejarse, sentía miedo y el deseo de gritar, pedir auxilio. Giró su cabeza para buscar a alguien en el camino, pero no vio a nadie, no vio nada.
Todo era oscuro a su alrededor, estaba en otra parte, su motocicleta había desaparecido al igual que todo lo que fuera creado por el ser humano.

Alzó la vista buscando al cielo, simplemente encontró la nada, un agujero de luz se iba empequeñeciendo, como si se tratase de una bolsa plástica que se cierra.

Todo era oscuridad rodeada de pequeños universos.
 
AV.

16 de diciembre de 2025

Memorias (Pedro Conejo).

 

Imagen creada con IA.

Pedro Conejo retomó su acostumbrado trayecto al centro de la ciudad para surtir su negocio de tecnología, algo ligero para ser un ingeniero con trayectoria. Recordó su encuentro semanas atrás con su viejo colega de la universidad, un pensamiento de deseo de buena voluntad.

Durante el recorrido dejó posar su mente en un estado pleno de recuerdos, como una sábana de nostalgia, larga, plana, sin color, una compleja estancia de momentos vividos en etapas de la vida que ahora parecen lejanas. Recordó su esfuerzo de aprender a montar bicicleta, un triunfo que a lo largo de los años fue, simplemente fue.

Recordó de sus primeras navidades los regalos de sus abuelos, la ternura puesta sobre un árbol artificial decorado con bolas de colores y luces.

Continuó su recorrido en el bullicio de la ciudad, el aroma a grasa tanto de comida como de motor de vehículo, el humeante residuo de los buses, el sol que abrasa a quienes caminan desesperados, el ruido de quienes quieren vender, todo se halaba a la paciencia de Pedro, que cada sábado asistía como un soldado a su entrenamiento.

Adentro de un pasaje comercial fue a comprar varios insumos, allí siempre le atendía Reinaldo, un caballero más joven y de corte de cabello particular, exótico dirían las señoras. Este le vendía siempre a un precio de amigo, con descuentos a veces sospechosos de la calidad, pero precio de amigo finalmente.

Pedro acostumbraba saludarle y conversar por un rato, en aquella mañana omitió el espacio de diálogo y se retiró dando un gracias tan pausado como seco, su mente seguía encerrada en recrear lo vivido años atrás.

Reinaldo más atrevido que de costumbre dio una palmada en el hombro a Pedro, le dejó un saludo y le miró con la complicidad de quien siempre está a la orden de la aventura. Pedro siguió caminando, se sintió algo nostálgico y tomó la opción de sentarse en una cafetería cercana, el aroma a grasa era tan común como el aspecto de quienes allí consumían, se sentó y pidió un café, con una bolsa plástica en sus manos esperaba la bebida caliente y en esa espera, la desesperada razón de lo no vivido.

Un torrente, un temporal de pensamientos acorraló la paz de Pedro y lo empujó a un pueblo oscuro de ansiedad.

No había recuerdos, no había anécdotas, no había personajes ni emociones, por el contrario, muchas mentiras y anhelos danzaban como si se tratase de un concurso de talentos.

Aquel “hubiera” estaba de pie como un General inspeccionando a sus patrulleros.

¿Qué hubiera pasado si? Una pregunta que caía como un martillo sobre la carne.

Emergieron dudas, de las dudas miedos pequeños que se atiborraron en temores inmensos. De los temores volvieron las dudas y de las dudas florecieron otros temores. Un ciclo perfecto de condena que llevaba a Pedro Conejo a apretar sus manos contra sí mismas.

Recordó a Valeria Rojas, una muchacha que conoció en sus primeros años de ingeniería, tan bella como una reina de belleza, tan elegante como aquellas mujeres que aparecen en la televisión. Nunca se atrevió a saludarle ni mucho menos, a invitarle a tomar algo. Comenzó a recordarla con la nostalgia de quien jamás besó sus labios rosados.

También recordó aquel viaje a Nicaragua que nunca realizó, porque decían, eso por allá estaba muy peligrosos. A la final no viajó y quedó con el sin sabor de conocer otro país.

Su mente volaba como un ave de rapiña que con sus garras desprendía cada mentira y la convertía en carne fresca, ¿y si hubiera estudiado en la universidad pública? Siempre las preguntas rondando.

Logró salir de su oscuridad, de esa bóveda de malos pensamientos, sacudió su cabeza intentando retomar el aire.

Miró de un lado a otro y se llevó la sorpresa de estar en su propia casa, sobre el mesón estaba la bolsa de compras de insumos de tecnología, además de algunos productos comestibles.

No recordó cómo llegó a casa, ni siquiera tuvo presente en qué momento se tomó el café y regresó a su carro, al otro lado del centro de la ciudad.

No recordó nada, estaba allí sentado en su hogar, con la mirada fija en la nada, con la sorpresa de que en la vida algo lo controlaba, la duda de que algo más allá de cualquier entendimiento le dejaba migajas de realidad.

Como el conejo blanco que perseguía Alicia. 

AV.


11 de diciembre de 2025

Amor y decepción (Tiempo).

 


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¿Podemos pedirle al amor algo de comprensión y ternura para quien lo sufre?  ¿Podemos, incluso, exigir algo de cordura a quien cae en el ansioso ritmo de la incertidumbre?

Somos testigos de muchas historias donde el amor triunfa, donde se dejan lecciones y hasta rencores, sabemos que en el camino las reflexiones van madurando con la edad, llegando casi siempre al extremo de la decepción.

Un péndulo que se mueve con la suavidad de una llovizna, de un lado encontramos la fuerza de un sentimiento capaz de derrumbar imperios y cruzar océanos, de otro, en el extremo opuesto, está la silla vacía de una esperanza que se ha evaporado frente a todo el mundo.

En ese péndulo el trayecto nos va llevando acorde la edad nos permita pensar, sentir quizás, creer que todo está listo. Que hemos vivido suficiente o que estamos ante la oportunidad de volver a creer, a la final todo se resume en la esperanza y la decepción.

Algunos sujetos, de pragmática vocación, sugieren vivir en el estado pleno de la decepción y la desconfianza, por aquello de evitar heridas o frustraciones. Se enfundan una secuela de pensamientos que no dan cabida a un amor o alguna ilusión de esas que conlleva a comprar perfumes o flores. Esos sujetos, que con el caparazón de los años han construido un refugio para la nobleza de sus emociones son preciso, quienes nos han guiado en anteriores historias por las más bellas canciones y poemas del mundo.

No se trata pues de juzgar al amor como aquel acto sagrado de pretender a una pareja o cortejar a algún personaje desconocido. No es navegar en el ocio de la sexualidad y los vacíos emocionales, es más bien, escalar una pared que tiene un inmenso letrero de “Salida de emergencia”. Es querer expresar en diferentes letras y experiencias todo aquello que el acto mismo del amor nos puede enseñar, desde el respeto y admiración por un amigo, el afecto por el trabajo, por el conocimiento, la revolución incansable del tiempo libre, el amar la soledad, el amor por la madre.

Siempre que se pretende ubicar al amor en un segmento se nos escapan esos detalles que no son propiamente amorosos, sino, razonables. Porque el amor es constancia, disciplina, confianza y claro, mucha pero mucha fe.

Amar es un acto de fe ciega, de excesiva confianza y de mucha, pero mucha vulnerabilidad, por eso nos duele cuando un amigo nos falla, cuando un proyecto no triunfa, cuando el silencio nos fastidia, cuando la pareja nos falla.

Hoy en estas letras me siento con la tranquilidad de quienes nos han fallado son parte de algo más grande, de un proceso o un aprendizaje del que ahora se hace parte, quizás como mensaje, quizás como abrigo, quizás como cualquier personaje itinerante, quizás, incluso, como algo innecesario.

¿Podemos exigir algo de cordura a quien cae en el ansioso ritmo de la incertidumbre?

No, pero si podemos abrazar a esa incertidumbre y brindar una buena taza de café.

Es justo y necesario conversar. 

AV.


6 de diciembre de 2025

Un encuentro casual (Pedro Conejo).


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By: DonDiLuca


Alguna vez Pedro Conejo se encontró con un viejo amigo de sus años de infancia, su nombre real es Pedro Alejandro Coello Miranda, pero sus mas fieles compañeros le apodaron conejo, por aquello de una traducción mal hecha. Se trataba de Miguel Espitia Laverde, un amigo que en las calles repletas de incautos se le atravesó aquel sábado de diciembre y en un saludo familiar, revivieron el recuerdo de tanto tiempo juntos.

Aquel encuentro por demás cordial, permitió a Pedro saber que Miguel ahora era padre de familia, ingeniero de profesión (de esos que arregla computadores y diseña páginas web) entre otros aspectos superficiales del ser humano.

Miguel se retiró con unos paquetes de plástico llenos de ropa para regalar, estaba preciso comprando los regalos de fin de año para sus empleados, era propietario de una pequeña firma(boutique) de software y vainas por el estilo. Al llegar a casa saludó a su esposa, una dama de buena apariencia con la que estudió en la universidad, le informó de su encuentro breve con Conejo, Pedro, le explicó.

Ella soltó una sonrisa amable y simuló escuchar toda la historia.

Al finalizar se retiró a seguir organizando los muñecos de felpa con los que pretendía decorar la navidad de su residencia, en ese instante un mensaje de chat le notificó que Alejandra le estaba enviando una nota de voz. La escuchó con la simpatía de un carpintero y allí descubrió que Jesús Manuel había vuelto con Margarita Peña, la muchacha que conoció aquel día en el club de tenis.

Respondió la nota con otro mensaje de voz argumentando sorpresa, pues la vez última Margarita había estado saliendo con Jota (Jose Manuel), el amigo de la universidad. Alejandra respondió que Jota hace mucho que no le contestaba llamadas a Margarita, que tal vez allí radicara la intención de acercarse a Jesús (el amigo).

Regresó a donde su esposo, Miguel, con un beso coqueto en la mejilla y un tono de voz de niña caprichosa, le contó de la novedad de Margarita y Jesús, él, concentrado organizando los paquetes de regalo para sus empleados respondió con la misma sonrisa amable que recibió al llegar a casa.

Margarita escribió un mensaje a su amiga Alejandra, pidiendo algo de prudencia le informó que las cosas con Jesús estaban algo inestables, desde un par de noches que venían saliendo siempre terminaban discutiendo por temas superfluos pero hirientes. Alejandra, que estaba sentada en la cama de su propia habitación, en pantalón corto y blusa de pijama, respondió con sorpresa, no esperaba que las cosas entre ellos fueran tan fugaces.

Tomó el teléfono y con otro mensaje de audio le notificó a su amiga, la esposa de Miguel, la novedad.

Margarita leyendo las palabras de consuelo de Alejandra, decidió responderle cambiando de tema. Allí le preguntó por Boris, el trigueño que conoció días atrás la reunión de trabajo.

Alejandra guardó silencio por un largo rato, se sentía avergonzada por lo ocurrido y prefería ignorar el tema.

Respondió con un cortante “bien” e intentó cambiar el tema, no esperaba de Margarita la insistencia.

Evadía cada pregunta al punto de responder con agresividad.

Pedro Conejo terminó de hacer memoria de aquel sábado en el que se encontró con su amigo Miguel, tomando nota de cada detalle, sonrió como un triunfo de la vida el poder ver a sus viejos amigos crecer y madurar.

Tomó su teléfono móvil y escribiendo un breve mensaje al grupo de amigos del colegio, comentó de su encuentro casual con Miguel, deseándole siempre salud y muchos éxitos en su empresa.

Nadie respondió el mensaje dejando en visto el intento de socializar, pero las consecuencias de ese encuentro no fueron esperadas para Pedro, pero sí para Miguel que en un matrimonio frío como una sala de quirófano, revolvió la vida de su esposa, de Alejandra, de Margarita y de dos caballeros más a los que no conoce.

Un encuentro casual que terminó por desenredar un nudo complejo.

AV.