19 de marzo de 2026

En Tránsito: El Caudillo.

 


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IV.

Ramiro Camelo Prada nació en Bogotá, un diciembre lleno de lluvia y detonación de bombas en el centro de la ciudad, una época violenta en la historia de Colombia que por sugerencia de analistas y politólogos, era mejor no nacer. Cursó sus primeros años de educación en el Liceo Asociado de Bogotá, una cooperativa de maestros que pretendía enseñar desde el ejemplo y más allá de la teoría de Freire.

Terminó sus estudios bachilleres e inició ingeniería civil en la universidad católica a la que asisten los ciudadanos de bien, los becados y a veces los desamparados, allí conoció diferentes amistades y romances, todos culminando con el desespero de huir del país, en especial durante los primeros años de la década del dos mil cuando las torres gemelas dejaron de ser una referencia geográfica y se convirtieron en un hito histórico.

Con la campaña presidencial de 2010 logró un puesto de trabajo a sus jóvenes veinte años, allí desempeñó labores de coordinación de cuadrillas de voluntariados en la zona sur occidente de Bogotá, hasta crecer en el absurdo mundo de la política y ser un referenciado congresista electo en el año 2026.

Se hizo elegir con la promesa de mejorar la calidad de vida de quienes no tienen tiempo para pensar en la vida, incluso propuso control político a través de herramientas tecnológicas para controlar a los políticos que patrocinaron su campaña, algo coloquial en el qué hacer de la vida electoral colombiana.

Finalizadas las votaciones el pasado 08 de marzo, inició una gira de agradecimiento a sus respectivos votantes (cuadrillas), desde la Guajira hasta Nariño. La primera parada sería en el Valle del Cauca, algo romántico y jovial.

Sus ojos negros como una promesa y su cabello crespo como una idea, fueron quizás el atributo más atractivo para enamorar a dos lideresas de la comuna 22 de Cali, atributos respaldados por el sello del partido político de oposición y la chequera del clan de militancia.

El martes tomó vuelo para iniciar la gira por el sur del país, además de saldar deudas, necesitaba comprometer liderazgos. Llegó a Cali a las 08:45 de la mañana siendo recibido por un cielo despejado y un clima fresco, lo suficiente para un visitante del centro del país.

Acompañado de un asesor de comunicaciones y una asistente de tareas varias, solicitó un servicio de Uber en el aeropuerto, había agenda que atender desde mediodía en el hotel Hilton y la distancia demandaba premura.

Una camioneta de alta gama pasó a recoger al electo senador y sus dos acompañantes, Augusto Bejarano Moreno era quien conducía, con gafas oscuras cubría sus castaños ojos, una sonrisa de mármol y brazos gruesos de piel morena daban la bienvenida al equipo. Ramiro le saludó con desdén si quitar la vista del teléfono móvil, César Andrés, el asesor de comunicaciones saludó con voz baja con algo de pena, Valeria, la asesora de oficios varios encantada con la apariencia del señor conductor dejó fluir un saludo coqueto y sonriente.

En total silencio avanzaron por la avenida principal en dirección a la ciudad de Cali, el electo senador revisaba en su teléfono mensajes de sus diferentes grupos de apoyo, uno de estos llamaba su atención: El partido de gobierno ganaba dos curules más en el Senado.

Con preocupación empezó a observar que en el grupo de chat de sus copartidarios se agitaba la discusión por la posible pérdida de votos en ciertas mesas de la capital, comenzaban las acusaciones de un lado a otro intentando resolver la métrica electoral con stickers y grabaciones de audio sin trascendencia.

Ramiro dejó salir una palabra obscena con tanta furia que el joven Augusto se sorprendió perdiendo levemente el control del vehículo, detrás de este un intenso conductor avanzaba transportando pasajeros en una buseta clásica modelo 89, curiosamente, el mismo año de nacimiento de Ramiro.

Augusto Logró frenar con precisión y buscó una de las orillas de la vía para salvaguardar el susto, pero quien no daba espera era preciso el viejo conductor de la Empresas de Buses del Sur, un caballero de madura edad y muchas frustraciones camufladas en el volante.

El siniestro fue inevitable.

El golpe dejó volcada la camioneta en la que Augusto transportaba al Senador Ramiro y sus dos acompañantes, el giro al momento de estrellarse lastimó a Valeria contra la ventana y a César Andrés contra el espaldar de la silla de enfrente. Ramiro quedó ileso, premio al uso correcto del cinturón de seguridad.

Detrás de ellos un bus color azul quedó volcado de lado, dejando catorce pasajeros heridos y un fallecido, el conductor.

Una ambulancia llegó al lugar de los hechos alrededor de las nueve de la mañana, de ella bajaron dos paramédicos con mirada tenue y un cansancio en el alma que nadie podía adivinar. Estaban de luto por lo ocurrido con sus colegas al sur de la ciudad.

En la cuenta de X de un periódico local comenzó la persecución de seguidores con un confuso titular:

“Electo Senador del partido opositor causa accidente en la vía Aeropuerto – Cali, dejando más de quince heridos y un fallecido”

AV.

18 de marzo de 2026

En Tránsito: El Taxi.



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III.

Marisol Berrido nació un miércoles finalizando marzo en el coqueto año de 1978, preciso una semana más adelante a la semana santa. Dedicó su vida al servicio de sus amigos y con el avanzar de los años, a la comunidad. Intentó ser Edil de su comuna en dos procesos de elección pero ambos culminaron con la frustración de no recibir los votos suficientes.

Creó una fundación de ayuda social con algunas amistades que conoció en sus años de estudio, de allí entró al sector financiero a ejercer la profesión de economista, algo alejado a su real pasión de trabajar en causas de ayuda humanitaria.

Para este año, en este marzo inquieto y sin sabores de triunfo estaba lista para llegar a su oficina, un martes cualquiera desde el barrio panamericano hasta ciudad jardín. Sin tener su carro en funcionamiento optó por la opción de un servicio de Uber, algo poco frecuente en sus decisiones matutinas; el tráfico de la ciudad estaba en calma salvo la avenida panamericana al extremo sur.

Al salir de casa alcanzó a divisar una ambulancia color rojo a rayas blancas surcar la vía Libardo Lozano, vio con sorpresa que iba a más velocidad que lo reglamentario, sin prestar más atención de la necesaria se subió al carro de servicio que llegaba a recogerla, para su sorpresa un taxi color amarillo modelo 2020.

Durante las primeras calles rumbo al sur de la ciudad Marisol revisaba en su teléfono móvil algunos correos relacionados a la fundación que lideraba, actividad complementaria a su ejercicio profesional, dentro de las tareas a atender estaba poder definir la sede del evento de diciembre, claro, algo tan lejano sería descabellado impulsar desde marzo, pero la trayectoria de vida le enseñó abaratar costos trabajando con mucha antelación.

Algunas ideas rezaban en un lugar campestre con grupos de música en vivo y eventos deportivos de integración, por lo cual ya estaba gestionando alianzas y patrocinios. Estaba tan concentrada en su teléfono que no se percató del momento en que un joven ciclista cruzó sin respetar la luz roja del semáforo de la calle de enfrente, el conductor del taxi frenó tan repentinamente que el mismo se sacudió haciéndole caer el teléfono por la ventana.

Alzó la mirada con asombro, sus cejas en dos líneas delgadas se arqueaban como una viñeta de caricatura, buscando entender lo ocurrido y al mismo tiempo, pensando en abrir la puerta para bajar a recoger su teléfono de alta gama antes de la posibilidad de ser hurtado por algún incauto.

Vio al conductor del taxi refunfuñar, lanzar improperios con la mano golpeando el volante y con ansias de bajarse a iniciar un pleito urbano con el ciclista en mención.

El ciclista, un joven domiciliario intentaba por igual hacerse entender vociferando excusas que por lo ocurrido, dejaban en evidencia su inoportuna acción. Marisol, de ojos castaños pensaba en su teléfono móvil, con tanto afán que abrió la puerta sin percatarse que otro domiciliario, ahora en motocicleta, cruzaba con igual afán y con la misma intensidad el carril derecho justo dónde ella abría la puerta.

El golpe fue modesto pero el ruido ocasionado logró captar la atención de varios transeúntes, desde curiosos hasta desinteresados testigos pudieron observar cómo la motocicleta golpeaba contra la puerta del taxi, la canasta de domicilios volaba por encima del carro y el joven motorista caía como un plato roto sobre el asfalto.

El casco salió volando quedando rodando dos metros más adelante, el teléfono de la señora Berrido fue golpeado y su pantalla rota como la paciencia del taxista que vociferaba contra el ciclista más adelante.

Héctor Hernán, conocido por sus colegas de los viernes, como “HH” abrió los ojos con más fuerza que al primer impacto de la bicicleta, sus cejas pobladas, como las de un muñeco surcaron un alborotado arco de susto.

Primero dejó salir un par de palabras obscenas dignas de una novela latinoamericana, golpeó su pierna con el puño cerrado de su mano derecha y quiso ir corriendo a ver qué había ocurrido a su taxi, pero notó la astuta intención del joven ciclista de querer huir de la escena.

Lo señaló y con furia en sus palabras le amenazó con quitarle la vida si se escapaba, acto seguido caminó contra el andén peatonal descubriendo al domiciliario de la moto recogiendo el casco con la misma rabia con la que había recibido el servicio, minutos atrás. A su lado estaba Marisol buscando el celular en alguna parte y en medio de ambos, la puerta del taxi sobre el suelo.

“HH” quiso gritar más alto pero ya había llegado a su mayor tonalidad, se sentía inconforme con el trato que la vida le daba, no era un martes justo para sus plegarias. Preguntó toscamente por lo ocurrido, el motociclista con un par de palabras subidas de tono señaló con ahínco a Marisol acusándole de torpe y algo más, explicó que se chocó al momento de ella abrir la puerta sin ninguna precaución, ella, descubierta en su torpeza, solo pensaba en su teléfono.

Un vendedor de frutas que había visto ambos incidentes, sonreía con la confidencialidad de un infiltrado, se levantó de su puesto ambulante y se acercó a la mitad de la avenida, tomó de la mano al joven ciclista y le brindó apoyo emocional explicándole que gracias a Dios nada había afectado su salud física, más allá de la pérdida de la comida que transportaba en la bolsa. Le ayudó a levantar la bicicleta y le animó a irse.

El taxista, Don Héctor Hernán intentó correr para detener la salida del joven ciclista pero el domiciliario de la moto le tomó del brazo gritándole que no se fuera, que le pagará por los daños.

¿daños? Preguntó HH con voz de rencor y frustración.

Si bien el motociclista cayó sobre el asfalto no hubo heridas ni golpes contundentes, tampoco daños en la caja de los domicilios más allá de la comida que haya sido revuelta en el impacto. Sentía algo de coraje en su voluminoso cuerpo, de manos gruesas dejaba ver cómo las empuñaba queriendo solucionar todo con un par de movimientos contra la señora Marisol que en silencio, recogía el teléfono móvil a unos metros del lugar de los hechos.

Cerca de las ocho de la mañana de un martes cualquiera en un marzo genérico, un taxista discutía con la vida, quería explicaciones, intentaba invocar la paz que el domingo el padre pregonaba en los sermones de la eucaristía. Intentaba en medio de su confusión buscar responsables, por demás para pagar los daños de un carro que no era de su propiedad, además de los ingresos perjudicados por la novedad de un accidente humanamente evitable.

Marisol se sentía completamente devastada, ya el tiempo demostraba que estaba con notable retraso para llegar a su puesto de trabajo en el barrio Ciudad Jardín, quizás su supervisor le sancione, además, de asumir el costo económico de la puerta del taxi.

” Menos mal no hubo heridos”, pensó.

Intentó hacerse entender con los enfurecidos señores, de mil modos quiso excusarse, pero era evidente su irresponsable actuar.

HH entró al taxi para pedir apoyo por medio de su radio a los colegas y así evitar que ambos personajes se escaparan del lugar como sí lo hizo el joven de la bicicleta, precursor de la cadena de accidentes en esa zona de la ciudad.

Del otro lado de la radio una voz igual de grave a la de un hombre maduro en edad, explicaba que el trancón en la avenida panamericana estaba terrible, al parecer un tonto se estaba muriendo y su carro impidiendo la circulación de todos en la vía.

“HH" respondió pidiendo apoyo, porque se había recién accidentado sobre la avenida Libardo Lozano con calle setenta.

Aquella voz respondió con jocosa intensidad:

"Ni te imaginas lo que acaba de pasar con la ambulancia".


AV.

16 de marzo de 2026

En Tránsito: La ambulancia.

 



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II.

El agente Perlaza nunca había visto algo tan desagradable como aquella explosión de mierda que afectó la humanidad del joven estudiante, su mirada estaba perdida entre el hedor de un cuerpo dominado por la desgracia y el bullicio de un tráfico que acosaba con el incómodo sonido de la bocina de cientos de carros y buses.

Dio tres pasos hacia atrás buscando una explicación que diera sentido a la vida misma que estaba viendo extinguirse. Levantó su radio y comenzó a llamar a una ambulancia, con una voz confusa intentaba explicar lo ocurrido, rematando el absurdo de la situación con un gemido de desesperación.

Aníbal Moreno yacía confuso sobre el sillón del conductor, sus manos estaban estiradas sobre los costados como un santo caído en desgracia, sus ojos, de mirada cansada perdían la orientación entre la oscuridad del más allá y lo terrenal del volante del carro. Sentía un dolor profundo, una especie de calambre que le apretaba el estómago, quemaba intensamente, el olor a heces era la menor de las preocupaciones, era el fuerte goteo de sangre que le corría en dirección a las piernas lo que le hacía pedir perdón a Dios por todos los pecados cometidos a sus jóvenes 19 años de edad.

Una voz femenina respondió al llamado del agente Perlaza dando las indicaciones que una unidad de emergencia iba en camino, que tuviese paciencia con el tráfico porque estaba lejos y la hora del día no era la más conveniente para invocar al afán.

Era una urgencia, relevante como cualquier accidente, aunque en tal caso fuera una novedad inexplicable. Acomodó la motocicleta detrás del carro del accidentado Aníbal, dejó el casco sobre las manijas y una vez más empezó a regular el paso del tráfico.

Sobre la fila extensa de vehículos un taxi pitaba importunando el orden que el agente Perlaza tanto invocaba. Intentó ignorar el paso señalado y se cruzó de carril para lograr ventaja sobre los obedientes conductores hasta que preciso se encontró más adelante con el carro del accidente, sin nada más que poder hacer, el taxista empezó a dirigir el carro para meterse en la fila original, lugar donde preciso el agente Perlaza le señaló pidiendo que se estacionara.

Alejandro Polanco, un hombre con la suficiente edad para tener un hogar ausente y un proceso judicial en curso por inasistencia alimentaria, estaba al volante con la mirada fija en las señales que le daba el agente, de su boca solamente emergían improperios y un ligero puchero al sentirse sancionado. Parqueó el taxi detrás de la moto, que estaba por igual detrás del carro de Aníbal, el joven moribundo cubierto de heces.

Apagó la radio y acomodó el brazo sobre el borde de la puerta esperando a que el agente se acercara a darle la cátedra de conducta correspondiente.

Milton Perlaza, con alrededor de cuarenta y tres agostos de vida estaba confundido, necesitaba refuerzos con premura. Se hizo a un lado y dio la indicación para que siguieran avanzando los demás vehículos del tráfico que empeoraba, sacó del bolsillo del pantalón una libreta y acercándose al taxi se rascaba la cabeza, no sabía si dejarle ir y pasar por alto el acto de astucia o por el contrario sentar un precedente de mala conducta y fijar una multa de ley.

Saludó con desdén al taxista, pidió la documentación de rigor y miraba con detenimiento el interior del vehículo, de su parte Alejandro con los brazos cruzados esperaba algún indicio de coima, algo que a cambio de dinero le librara de la sanción de tránsito.

El agente Milton Perlaza recordaba la coima que perdió al dejar ir a los conductores de la buseta y el camión que se habían estrellado anteriormente, ante la novedad del joven moribundo sentía que no tenía tiempo para perder con un taxista genérico y, en ese mismo debate moral, ansiaba la llegada de la ambulancia y algunos colegas que suplieran el trajeado momento.

La avenida panamericana de Cali estaba completamente congestionada, Aníbal Moreno yacía casi que inerte en la silla de su vehículo, Alejandro Polanco buscaba algunos billetes que fueran suficiente cantidad para librarse de una sanción y el agente Milton Perlaza dejaba en riesgo su oficio ante un tráfico insensato, un taxista inoportuno y una mañana insospechada.

Eran las siete con cincuenta minutos de una mañana cualquiera de marzo y el sol ya se paseaba entre las cabezas de los curiosos que, desde el otro extremo del paso peatonal indagaban por lo ocurrido.

Óscar Manuel Gómez escuchaba una balada de Franco de Vita en la radio de la ambulancia mientras esperaba a su colega, Víctor Manuel Restrepo llegaba con la orden de salida aprobada. Sabía que tenían que dirigirse a la avenida panamericana, al extremo sur de la ciudad, el gran inconveniente era que poder cruzar al carril sentido Sur – Norte obligaba a ir hasta el punto de retorno a gran distancia, afectándoles la ruta y su correspondiente necesidad de hacer parte del tráfico detenido preciso, por el reporte de accidente.

Revisaron el GPS buscando opciones, Víctor, el Manuel joven, sugirió tomar la avenida Bolívar y de allí meterse entre vecindarios hasta dar con la salida de Bochalema, cerca al lugar del accidente. Óscar, el Manuel mayor dudaba de la estrategia, en todo caso estuvo de acuerdo y salieron a la ruta sugerida.

Alrededor de las ocho de la mañana subieron por el barrio Valle de Lili dando inicio a una expedición entre calles para lograr la meta de atender la urgencia vial, los Manueles como se les llamaba al interior del gremio de transportistas de salud, iban de prisa, atrás acompañándolos estaba la auxiliar médica Tatiana Varela, una trigueña con unos ojos igual de cansados a los de Aníbal.

Ya habían transcurrido casi cuarenta minutos desde la llamada de emergencia, para entonces el agente Perlaza discutía con el señor Polanco, Aníbal perdía todo sentido de lo real y su cuerpo se volvía un peso innecesario para los paramédicos que justo, estaban llegando por la vía alterna a la avenida.

Manuel Restrepo, el joven daba las indicaciones, Manuel Gómez, el mayor, conducía a alta velocidad y Tatiana, atrás se quejaba de los movimientos bruscos de la ambulancia. Como una oda a lo absurdo, una de las llantas golpeó un bache honorífico de las calles del vecindario estallando de inmediato, el ruido de la explosión superó a la alarma de la ambulancia.

En un momento sin explicar, el agente Perlaza alzó la mirada ignorando al taxista de turno, a lo lejos pudo ver cómo en una calle intermedia que daba paso a la avenida panamericana, una ambulancia de color rojo con líneas blancas saltaba por un bache estrellando directamente contra un poste de alumbrado público.

Siendo las ocho con doce minutos de una mañana cualquiera de marzo, Óscar Manuel, Víctor Manuel y Tatiana, caían lastimados en un accidente poco convencional.

Sobre el parabrisas yacía Óscar, el Manuel mayor, preciso andaba conduciendo sin el cinturón de seguridad. A su lado, con el cinturón puesto estaba Víctor Manuel inconsciente, en medio de ambos, Tatiana asomaba la cabeza golpeada en la división de vidrio de la zona de atención de pacientes.

Milton Perlaza se alejó del taxi y con la radio en su mano intentaba explicar lo inexplicable.

Otra violenta coincidencia.

AV.

14 de marzo de 2026

En Tránsito: La discusión.


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I.

Aníbal Moreno Cuervo Aguado, de ojos color cansancio y brazos fuertes amaneció con un ligero dolor en la espalda, en la zona del omoplato. La noche anterior estudió hasta la madrugada, tenía examen de cálculo y sentía que pondría en riesgo su beca de estudiante ejemplar si no se preparaba bien.

Desde casa hasta la universidad el camino llevaba una duración de quince a veinticinco minutos de trayecto, todo según la hora e intensidad del día, para aquella mañana de martes el clima había alborotado el tránsito de sus compatriotas, un poco de lluvia era necesario para convertir el trayecto matutino en un infernal tránsito de casi ochenta minutos.

La avenida panamericana atraviesa la ciudad de lado a lado y permite que se conecten los municipios vecinos, en ese mismo sentido se permite la circulación de camiones de gran tamaño y buses de conexión nacional. Aquella mañana de marzo un entusiasta chofer de la empresa de buses del Sur atravesó el desvío de la panamericana con tanta premuera que no se dio cuenta que en frente suyo un camión con carga pesada había frenado su andar, el caos generado por aquel ansioso chofer derivó en un accidente donde se perdieron dos toneladas de ladrillos de alta gama y un par de teléfonos móviles de los pasajeros del bus.

Elalio, de crespa cabellera se bajó como pudo y acercándose al camión pidió excusas al conductor, un hombre de contextura gruesa y fornida, que con la cabeza calva miraba con asombro la proeza tan absurda del conductor del bus.

Se bajó y pidiendo explicaciones comenzó a lamentar en su interior la pérdida casi total, de la carga de ladrillos. Había recorrido desde la Colombia profunda hasta las vías del Valle el transporte de finos y deseados bloques de ladrillos para construcción. Una carga fina y de gran valor que ni un año de su trabajo podría cubrir para pagar la pérdida generada. Elalio intentaba ganar su afecto y perdón, pero el otro señor de nombre Jhon Jairo, simplemente observaba en silencio, quería gritar, quería salir a correr, quería matar al joven que le suplicaba por el error.

Un policía que cruzaba en su motocicleta se detuvo en el lugar del accidente, al verificar que no había heridos o pérdidas humanas, se acercó a los dos conductores que discutiendo al unísono de una plegaria, querían desaparecer todo a su alrededor.

La querella ahora sumaba a un nuevo contendor que en el rol de autoridad ciudadana quería pescar alguna coima o atención preferencial por su uniforme.

Siendo las seis con veinte minutos, Aníbal Moreno fijó su mirada en su teléfono móvil y calculó el trayecto a la universidad, desde su casa esa mañana la vía presentaba puntos rojos de alta congestión, sobre todo en el tramo de desvío de la panamericana con la avenida de Cali. No prestó atención a la novedad y salió de casa con premura, con algo de crisis existencial en la mente, con el temor mismo de perder la beca por no llegar a tiempo, incluso, con el deseo mismo de poder teletransportarse de un punto a otro.

Al tomar la avenida panamericana sintonizó la estación radial de confianza, quería escuchar las bromas de la mañana, las novedades musicales y alguna que otra noticia de la realidad del país. Mientras avanzaba notaba en su aplicativo que el tráfico cada vez era más lento, si bien iba con tiempo suficiente para llegar al examen empezaba a sentir la presión de lo que podría ser un desastre posterior.

Un motociclista avanzaba con el mismo entusiasmo con el que Elalio cruzó la avenida hasta estrellarse, durante su trayecto sentía que el clima húmedo le empañaba un poco el visor de su casco, aprovechó entonces para detenerse a un lado de la avenida y poderlo limpiar, estando de pie encontró al fondo en el paisaje de un tráfico insensible, a dos señores discutiendo junto a un desesperado policía de tránsito.

Se subió a la motocicleta y con ritmo pausado avanzó hasta llegar al lugar de la discusión, allí el policía de tránsito le vio y cruzándose ambas miradas una ligera maraña de tensión les convocó en el silencio de los culpables. El motociclista iba sin documentos legales y el policía estaba transando una coima con los dos aireados conductores.

Muchas filas más atrás, Aníbal escuchaba las noticias y empezaba a desesperarse, un sugerente sonido ronroneaba en su estómago como una señal de que debía apurarse. Asomó su cabeza por fuera de la ventana y con algo de esfuerzo logró ver que el tráfico estaba detenido por un motociclista que discutía con un policía de tránsito, junto a ellos, dos señores, uno más joven que el otro, se daban golpes torpemente.

Sintió el afán de avanzar pero el tráfico estaba detenido, la aplicación de su GPS indicaba la ruta de llegada a 45 minutos, demasiado tiempo para una ruta tan corta, con sorpresa se encontró a los demás vehículos pitando uno tras otro, quizás el afán era un asunto de comunidad.

El ruido interrumpió la discusión del policía de tránsito con el joven motociclista, quien volteó a mirar la furia de una fila de carros desesperados por avanzar, se subió a su moto oficial y con el pito inició el proceso de descongestionar el camino, lo primero que hizo fue pedirle al motociclista que se retirara antes de ser multado por obstrucción y desacato, acto seguido pidió al joven Elalio y a Jhon Jairo que retomaran su curso y dejaran en manos de las empresas aseguradoras el resultado de la querella.

Poco a poco fueron avanzando los carros y los camiones; alguna motocicleta se colaba entre ellos y, de tanto en tanto, un ciclista abría paso con paciencia. Al fondo de aquella fila avanzaba nuestro amigo, el desesperado estudiante Aníbal Moreno, quien oprimía el pedal de su carro con una mueca de dolor que anunciaba un malestar estomacal digno de tragedia.

El policía de tránsito, atento a la inquietante gestualidad del joven, le indicó que se detuviera a un costado de la vía. Con tono severo le solicitó los documentos de propiedad y la tarjeta de circulación, mientras observaba con creciente desconcierto la evidente expresión de sufrimiento que se dibujaba en el rostro del muchacho.

Siendo las siete con veintiséis minutos, Aníbal Moreno clavó su mirada dolorida en los ojos castaños del agente. Un leve gemido escapó de su garganta antes de que su cuerpo se rindiera contra el asiento. En su interior, una violenta convulsión anunciaba la derrota inevitable: poco a poco su ropa interior comenzó a cubrirse de materia fecal, liberando un olor denso y mortuorio que, como una presencia inevitable, terminó por envolver al policía de tránsito.

La avenida panamericana de Cali empezaba nuevamente a congestionarse y Aníbal Moreno dejaba en riesgo su beca de estudiante ejemplar.

AV.

3 de marzo de 2026

Una estrella llamada Julieta.




Julieta. (29 septiembre 2007 – 02 marzo 2026)

Imagen editada con IA: Gemini.google.com   

Hay un silencio que rodea mi entorno, una especie de calma que a modo de tensión mantiene alerta mis sentidos, quizás como un mecanismo de defensa, defenderme del sentimiento mismo de pérdida que cualquier partida de un ser querido pueda dejar.

Hay vacíos que uno ya tiene preparados cual suerte de juego de azar donde el riesgo de pérdida es tan elevado que nos acostumbramos a perder más como imaginario que como resultado probabilístico.

Julieta llegó en un enero de 2008, si bien nació en septiembre solo fue entregada a mis brazos tres meses después de su nacimiento, así que llegó a casa con la novedad de los tiempos modernos. La resistencia de mis padres para recibirle dejaba en negligencia y desacato mi persistente afán de que llegase, hasta que logró instalarse en un corriente hogar de tres.

Acompañó mis tiempos de universitario siendo testigo de una y muchas decisiones, compañías y reuniones siendo mi fiel compañera, al vivir en una casa de un barrio residencial tenía como salir por la ventana cada noche a buscar lo que no se le había perdido, una libertad de la que supo sacar provecho hasta su segundo año de vida, un coqueto año 2010 en el cual trajo a luz a cuatro cachorros de un padre desconocido.

De allí nació Michelín, el más grande, noble y bello de los cachorros. De atigrada compostura y blanco pelaje.

También nacieron Lechuga, Rogelio y Gaia, todos hijos de una traviesa Julieta que escapó en una de muchas noches detrás de un amor que no apareció para responder.

Cuidamos a los pequeños hasta que cumplieron sus tres meses de vida, al igual que a Julieta, los dimos en adopción con el apoyo de una fundación, nos quedamos con Michelín, el cachorro que sería el compañero mimado de mi madre.

La casa comenzó a sentirse diferente y la presencia de ambos daba algo de ternura y distracción, hasta que en un triste suceso separó al cachorro de la familia. Sin poder comprender el pequeño fue raptado y jamás supimos de su paradero, tanto mi madre como Julieta, la madre de Michelín tuvieron que guardar consuelo en el silencio de la incertidumbre.

Para el año 2012 cambiamos de residencia y con este cambio Julieta aprendió a vivir ahora en un espacio cerrado dentro de un apartamento, alejado de toda posibilidad de salir a la calle a seguir buscando aventuras, ahora pasaría tiempo en casa.

Entendí que el tiempo ahora era de mi padre.

Julieta comenzó a acompañarle en casa más tiempo, a compartir juntos más espacios del día al punto mismo de que aprendió a ver televisión, en especial los juegos de fútbol que tanto mi padre disfrutaba.

Al momento de la enfermedad, cuando la tragedia llega de modo silencioso y sin cadenas que hagan ruido, Julieta estuvo de manera permanente acompañando a mi padre hasta el triste momento de su fallecimiento, una compañera permanente insisto, que en su silenciosa personalidad cruzaba sus patas blancas y posaba su mentón en los brazos de mi padre, sin importan el estado de salud.

La triste partida de mi padre para aquel complejo año 2016 dejó un vacío que sigue sin ser cubierto, en especial a la Julieta, la dama felina de casa que ya para entonces, con sus 9 años de vida cumplía el propósito de la amistad y la incondicionalidad con mi ahora ausente padre.

Desde aquel suceso empezó a acompañar a mi madre, como todos los procesos fue un acercamiento íntimo, lento y de mucho respeto, aprender ambas a compartir la soledad del amor que parte, a tolerar las costumbres y reclamos de cada parte, suplir la cotidianidad en nuevos diálogos.

Inicié mi vida de pareja en matrimonio y con esta ya estaba por fuera de casa por más de un año, valorando la compañía de Julieta a mi padre en su transición durante la enfermedad, ahora, era a mi madre a quien comenzaría la compañía.

Diez años juntas donde los caprichos y negativas de cada parte dieron la pausa necesaria, de ser compañeras de residencia a poder construir un lazo de familiaridad de amigas, de poder ser testigos de las vivencias de cada una y en ellas, ir hilando los vestigios del tiempo, tanto en la apariencia física como en las cicatrices del alma.

Ahora casi diez años después de la partida de mi padre, es Julieta quien toma vuelo, igual, en silencio, con la enfermedad impregnada en el silencio de los dolores, testigo de la incapacidad de gritar todo lo que se duele o se sufre, simplemente maullar a la ligereza de un espasmo y con el cuerpo en contra, intentar seguir siendo la compañera que desde temprana edad logró ser.

Un marzo de 2026, diecinueve años más tarde, se cierra el ciclo de vida de quien fuese la mejor compañera que la familia en sus etapas haya podido abrazar. Una felina de elegante pelaje, que con sus patas y pecho en blanco color se diferenciaba del negro profundo de su cuerpo, marcado por unos bigotes blancos y unos amarillos ojos que juzgaban y acompañaban, que consolaban e incluso a veces, cuestionaban.

Hoy Julieta amanece en el firmamento, como una estrella que después de dejar en casa su cariño y a su vez, su desinteresada compañía, emprende un recorrido donde ruego pues, se pueda encontrar con mi padre y juntos, en el firmamento nos sigan guiando, o aunque sean, juzgando.

Bastante razón tuvo Miguel Bosé cuando escribió aquellas letras que solo hasta ahora, son claras y suficientes en el duelo:

“Y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía,
Que te cuente como estoy,
Y sepas lo que hay.”

AV.

28 de febrero de 2026

Un Café. (Punto de encuentro)

 


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Quienes a bien tienen la oportunidad de conocer un poco sobre mi vida, saben que mi gusto por el café comenzó como un ejercicio de consumo desde muy joven, quizás Maria Fernanda fue una de las primeras influencer en el tema logrando mi vinculación total, pero el paso del tiempo me llevó a conocer personajes que sirvieron de cómplices en este bello ejercicio de consumo.

Si bien tuve un paso agradable por puntos de encuentro como Café & Café, Lumao y el incomprendido OMA, fue realmente el ejercicio académico el que a bien me llevó a Sevilla, tierra cafetera de Colombia. Desde el Café Especial y sus variedades de preparación fui adquiriendo preferencia y gusto, algo que con la música se me fue dando de manera natural.

Tuve la oportunidad con mi madre, de tomarme un café en Montmartre y disfrutar de ese pintoresco punto de encuentro, entre restaurantes, tiendas de artesanías, souvenirs y pintores entusiastas, acosados por turistas y envalentonados por el amor al tiempo.

Quizás fue una experiencia mucho más bonita (me gusta esa palabra), el tomar en Venecia un mocaccino, no fue preciso en la plaza de San Marcos sino entre callejones, al fondo, escondido en un interesante local de repostería y buena música. Había que disfrutar del tiramisú, con un café cargado, a la italiana, en compañía de mi madre y escuchando un bandoneón en una vieja radio colgada de una cadena sobre la pared, como si estuviéramos en años atrás, en lo más íntimo de la naturaleza humana.

Tengo el grato recuerdo de compartir con Diana, en la Recoleta, un café fuerte y de pésima calidad, pero de grata compañía en donde la ausencia de amigos es ley y la migración una condición. A decir verdad el poder compartir tan sencilla bebida con amistades y mi familia es a la final lo más íntimo que puedo brindar como acto de amor.

No se trata de banalizar o romantizar, ninguno de aquellos extremos, es por lo cordial del caso, satisfacer un gusto adquirido con el valor de una buena compañía.

Tan impredecible como el café de la mañana que nos da la vitalidad para soportar este mundo insensato, o aquel café que posterior al almuerzo nos lleva a la esperanza de continuar. Tal es el recuerdo de aquellas tardes en Quibdó con un calor selvático, húmedo e insensato, tomando un café instantáneo en un vaso de plástico (todo mal).

Una cita perfecta puede darse en cualquier hemisferio del planeta si la compañía es la indicada y si en ese encuentro hay la correspondencia a cada palabra y sus ideas. El café termina siendo un hilo que guía las sonrisas de quien piensa en el prójimo y sus atributos.

No en vano la soledad es una consejera que requiere de un buen café para tomar decisiones. Tardes en Santiago de Chile esperando a saber qué calle tomar, con la excusa de un pan tieso pero un café honesto y amargo. Una jarra de café filtrado en Niteroi (Río de Janeiro) para esperar la tarde lluviosa de diciembre, un café de alta calidad a precio de baja autoestima.

Noches de poesía y literatura en Cafés que se convirtieron en restaurantes y de allí en viejas salas de baile. Siempre puntos de referencia para la reflexión superficial de un mundo que se desmorona.

Sigo viajando a Sevilla y disfruto no solo del café como bebida sino del punto de encuentro como oferta cultural, entendernos que en la mesa se sirve la bebida pero en el paisaje y sus habitantes se sirve la amabilidad de un mundo que puede ser mejor.

Recientemente pude participar de actividades de trabajo con los empresarios y líderes de tal municipio y preciso, el afán de los desorientados hizo que volviera a casa y olvidara comprar el café prometido. Será en otra visita.

Por el momento me propongo seguir disfrutando de la vida y sus misteriosas formas de tomarnos un café en gratamente, como el profesor Wilmar que me regaló un café campesino, mi amigo Jhon Jairo que me convidó una muestra de Café de Tailandia o la posibilidad de salir a cualquier lugar del mundo a exponer nuestros mejores deseos.

Un café que nos convoque en cualquier punto de la ciudad de Cali o sus alrededores, un viaje que sirva de encuentro casual en cualquier esquina del mundo, donde los amigos están presentes, como Iván en Barcelona o Vanessa en Miami, o por qué no, aquellos que en la misma ciudad a veces están ausentes como un viejo cuento de fantasía.

O un viaje eterno al café de sus ojos.

AV.

27 de febrero de 2026

Los Dioses ocultos (Saturnino)

 



Imagen creada con IA: Chatgpt.

Nos reunimos bajo el calor de un café, un dulce de pandebono y una torta de zanahoria, brindamos por la bondad de los tiempos modernos y dimos un paseo histórico por la nota de aquellas canciones que sin tener idea del nombre fueron el mástil de una edad incomprendida.

Mafalda, de cabello verde, como el color de un corazón puro fue la sensación, junto a esta un interesante marrano de apariencia variopinta con puntos y destellos que reflejaban su principal misión en la vida: Ser anfitrión de los seres cósmicos del universo, en caso claro, de que algún día lleguen y requieran de un guía terrestre.

Cada conversación iba descubriendo una etapa vivida, el saberse amable ante las incógnitas de los tiempos difíciles, el hallarnos vivos en un universo de cuestionables casualidades.

Cuentos, canciones e historias.

Encontramos en una misma mesa la pasión por lo sencillo y el poder de lo inverosímil, nos dejamos sorprender por la gentileza de un pincel y la resistencia de un buen recuerdo.

En aquel escenario se identificaron a los dioses y sus caprichosas maneras de hacernos entender el cómo la vida funciona con sus caminos y trochas. Como si detrás de todo lo conocido existiera un universo lleno de colores y muchas estrellas, donde cuentos e historias se transforman en canciones y anécdotas.

¿Cómo se llamarán aquellos dioses ocultos? ¿Existirán acaso, como seres sintientes que determinan la coalición de ideas o miedos en un caprichoso juego de casualidades y coincidencias? ¿Somos una coincidencia de aquello que no tiene nombre?

Prometimos ir a comer algo en una siguiente oportunidad, esperar que esos dioses nos den las señales de que el camino está apto para su tránsito, dejarnos seducir por la insipiente idea de que algo superior nos controla.

Aquellos entes que de mil nombres responden al llamado de los humanos, seres que suelen por demás, ser testigos de ocasiones no planeadas, tanto encuentros como citaciones a tomar café o una ingenua bebida de cerveza negra que, en el coqueto devenir de los zancudos, puede servir de inspiración para una tarde soleada de febrero.

En silencios placenteros donde se cruzan las miradas en un silencio enternecedor, surge el interrogante: ¿Y ellos cómo se llaman?

En ese mismo silencio una voz elocuente y femenina sentenció: Saturnino.

Con el último sorbo de café tibio se pudo entender que esos dioses ocultos no eran más que excusas poéticas para nombrar lo que estaba sucediendo: Una delicada conspiración del universo para coincidir dos soledades. Mafalda, con su cabello verde parecía aprobar la revelación desde la imaginación de lo cotidiano. El marrano cósmico, anfitrión de visitantes improbables, brillaba con un destello más intenso de redondos colores naranja sobre una base azul de pintura.

Sentados frente a frente, compartiendo una torta de zanahoria en una mesa genérica, se escuchaba una plegaria que en broma de los dioses era custodiada por una bachata contemporánea.

En ese instante se llegó a la conclusión de que aquella tarde no terminó en despedida, sino en un comienzo.

Una constante.

AV.

22 de febrero de 2026

Una conversación con Esteban.

 


Imagen creada con la IA de: GROK https://grok.com/


Juan Miguel Manzanillo disfruta por lo general de entrar al salón de chat a conversar con desconocidos, algo que le permite aprender de música y hasta trucos para avanzar en sus video juegos favoritos, un ejercicio que cumple sagradamente cada noche después de su jornada escolar. Allí conoció a “Pex_49”, otro que al igual que él, suele diatribar temas varios, temas que para la edad de tan joven usuario se alejan del debate político o de las críticas al emergente mundo de las guerras irregulares que fueron escalando en los Balcanes, en Gaza o incluso, para entonces, aquellas que daban noticias en la zona de cachemira.

Juan Miguel aprendió a interactuar con desconocidos con la misma facilidad con que aprendía el nombre de cada uno de los jugadores de los equipos de fútbol de la liga de Italia. Allí, conversando alguna vez, se cruzó con “Estebananito”, estaba en la sala de chat de color amarillo, la de los temas latinoamericanos.

Aquel usuario comenzó a publicar las consecuencias de una guerra cibernética basada en moda y cultura de cancelación, daba cátedra de la importancia de verificar datos en la prensa digital y servir de oposición a temas inusuales como el turismo de estadios deportivos, pues le acusaba de ser una estrategia de las grandes potencias corporativas para acabar con la pasión del deporte en sí.

Juan Miguel leía con plena atención y replicaba con temas como la filosofía de Schopenhauer como referente de la existencia. El usuario “Estebananito” le escribió un mensaje directo, lejos del chat principal para no ser descortés, se presentó como Esteban, expresó respeto por sus aportes a la discusión, pero reiteró en lo inoportuno y débil análisis de sus argumentos, más aún le invitó a seguir participando.

Juan Miguel, que se presentaba como “Seiya_99” respondió con la pasión que un joven de 16 años suele inferir, Esteban con la madurez de un ocioso de 44 años de edad, leyó sin percatarse del enfado en sí. Decidió escribir un extenso texto la realidad del mundo y sus desafíos para el nuevo milenio.

Finalizó la sesión.

Al jueves siguiente Juan Miguel regresó de clase y encendió el computador, ubicado en la sala de su casa, un moderno Compaq. Ingresó a la sala de chat y esperó con la decencia de un abandonado a que de alguna parte apareciera Esteban. No hubo rastro, la tarde la aprovechó para reírse de las ocurrencias de sus colegas, los mismos de siempre hablando de las mismas situaciones.

Pex_49 le compartía trucos para descargar canciones en Napster, recomendando además, el nuevo álbum de Metallica, una agrupación de rock pesado que innovaba con una propuesta de música sinfónica sin perder las canciones originales de su historia.

Al día siguiente viernes, desde temprano Esteban se conectó y envió un mensaje a Juan Miguel: “ni te imaginas lo que fue la presentación de Metallica en la Antártida”.

Sin entender a qué se refería, respondió con el ingenuo conocimiento del disco sinfónico, en la pantalla Esteban con letras emulando una carcajada, le daba la razón. “Si, pero debes de esperar a que salga el de la Antártida, te va a volar la cabeza”.

Juan Miguel estaba absorto y escribió por otro chat, esta vez en la aplicación de MSN a su amigo Pex_49, quería tener veracidad del concierto del que le hablaba Esteban. Pex_49 que en la realidad responde al nombre de Rodrigo Murillo Páez, no supo decirle si era o no cierta tal información, incluso, le señaló que la Antártida era un tema de su total desconocimiento.

A la semana siguiente Juan Miguel buscó a Esteban y le invitó a unirse al chat de MSN, un modo más directo de poder conversar sin la aleatoriedad del chat general de la página web de Terra.

Aceptó con la condición de no compartir fotografías ni datos personales, a Juan Miguel poco le importó, por el contrario insistió en reunirse para que profundizara en ese tema de la Antártida y la presentación de Metallica.

Sin entrar en detalles de la agrupación musical Esteban prefirió explicarle al joven Juan Miguel de la existencia de élites que en sus posiciones de poder abusaban de la ley para fines corruptos, desde la compra de apuestas hasta el tráfico de especies animales y la pedofilia.

Seiya_99 no comprendía absolutamente nada, simplemente leía y preguntaba más detalles, hasta que al finalizar el año tenía en su saber demasiada información de un mundo que aún no existía.

-      ¿Por qué sabes tanto? ¿De dónde sacas tantas cosas? – preguntó en un aireado momento de duda.

Esteban le explicó de la manera más pausada que era un ente de otra dimensión, que estaba en la misión de entrenar a las nuevas generaciones para detener la llegada de una gran corporación que acabaría con la democracia y terminaría en imponer un modo de vida autómata y abnegado.

Juan Miguel no entendía nada.

Ingresó al buscador de internet para saber qué significaba “autómata” “pedofilia” y otras palabras que iba leyendo en los escritos de Esteban.

Nunca recibía respuesta sobre el origen de los datos, solo recomendaciones.

El 18 de diciembre de 2013 Metallica lanzó al mercado su álbum Freeze 'Em All, grabado en vivo en la Antártida, zona argentina.

Juan Miguel Manzanillo estaba sentado en un café Juan Valdéz en el norte de la ciudad de Bogotá, fumaba un cigarrillo con un colega de su trabajo, abrió los ojos con total sorpresa al ver la noticia en el feed de su cuenta de Twitter, la cual curiosamente, tenía como nombre de usuario: Seiya-99.

Soltó su teléfono móvil golpeándolo con fuerza sobre la mesa, Diego Fernando, su compañero, le preguntó si algo había ocurrido a lo que la respuesta de Juan Miguel le dejó en total confusión: Era del futuro.

Un silencio incómodo abrazó a ambos caballeros, Juan Miguel buscaba sentido a lo que estaba ocurriendo, por su mente pasó en una ráfaga de datos las tardes sentado en su casa viendo el chat de Terra, sus trucos de Age of Empires y las conversaciones con Rodrigo de música, hasta que apareció Esteban en su inventario. 

-      Lo siento, debo de irme. – Se despidió de su compañero de trabajo, Diego Fernando.

Salió por la portería de la calle 82 y buscó un taxi, necesitaba ir a su apartamento, en Usaquén. Allí pasó toda la tarde buscando en las redes sociales a Esteban, recordaba su nombre pero jamás pasó el apellido entre sus datos, si quiera un número o un correo. Recordó que él le había pedido no compartir absolutamente nada y así sucedió.

Durante semanas estuvo perdido en sus ideas, escudriñaba la memoria para entender en dónde estaba la evidencia de lo que pensaba.

-      ¿era Esteban un viajero en el tiempo? ¿era cierto que venía de otra dimensión? –

Incluso su labor como administrador de cuentas de mercadeo digital se vio afectado por la sorpresiva situación, le llamaron la atención desde la jefatura en dos ocasiones pues estaba descuidando la campaña de una marca de jabones.

Juan Miguel comenzó a buscar medios de socialización, foros y páginas de la web oscura, todo para intentar dar con Esteban de nuevo, sin embargo, todo estaba nublado en sus pensamientos y en la maraña de la era digital.

Un lunes de febrero de 2014, Juan Miguel encontró en Twitter la noticia de que preciso, el pasado mes de noviembre (2013), en el Daily Telegraph  la Agencia Nacional contra el Crimen arrestó a seis personas a raíz de una investigación de apuestas en la Liga Premier de Inglaterra.

Otra vez quedó sentado, sin saber qué decir o pensar. Abrió el buscador de Google y empezó a perfilar noticias en temas que recordaba Esteban le había mencionado, a la final, todo era tan confuso y tan reciente que su entender del mundo y de la vida terminaba en un vacío de pensamientos.

Comenzaba una crisis de identidad, una fatiga existencial que con un cigarrillo en la mano y con la mirada puesta a las blancas nubes de Bogotá, susurró:

El Futuro está aquí. 

AV.