22 de abril de 2026

El Consejo (un café).

 

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Alfonso estaba conduciendo en total silencio, con la mirada fija en la vía pensaba una y otra vez en su amigo José Isidro, quería visitarle, pero bien sabía que para él era molesto que le llegasen de sorpresa a casa, insistía en aquel pensamiento lapidario: 

“José Isidro no necesita de nadie”.

Durante un momento de espera en el semáforo de la calle primera, cerca de la alcaldía municipal, se quedó ensimismado tarareando una vieja canción de Radiohead, las ideas brincaban de un vacío a otro, quería saber con exactitud qué le había ocurrido a su amigo e ídolo, Don Emanuel Frontera, como él le decía. Sentía la imperiosa necesidad de buscarlo, de poderlo abrazar y exigirle explicaciones de su misteriosa muerte, quería incluso, salir corriendo a buscar a la señorita con la que se había retirado la noche anterior.

Un mensaje apareció en su chat personal, era Fabio desde la otra calle, allí mismo en el semáforo:

“Llamé a la casa de Ignacio y la mamá me dice que ese berraco no llegó a dormir y que tampoco le contesta el teléfono. ¿Vos sabes de pronto ese vagabundo para dónde se habrá ido?”

Se quedó mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil, se quedó pensando en las mil y una veces que José Isidro regañaba a Ignacio por sus andanzas misteriosas. 

Respondió con un sticker de un Jedi.

Fabio comenzó a grabar una nota de audio.

El semáforo cambió la luz roja, Alfonso avanzó intentando llevar un ritmo lento para coordinar con sus colegas de debate el destino a seguir. Desde el otro lado de la vía Fabio le hacia señas de que pararan adelante, en la plazoleta Jairo Varela.

Marino estacionó en el sótano del centro cultural, subió con Fabio, seguía pensativo.

Fabio con el teléfono en mano intentaba por todos los medios adivinar el paradero de Ignacio. Se le ocurrió llamar a José Isidro, pero tampoco lograba respuesta.

- ¿Y estos berracos a dónde es que se metieron pues? - Replicó Fabio con su entonado acento de Pereira. 

Marino alzó la mirada, con su elegante traje oscuro caminaba como un señor todopoderoso, el implacable sol de marzo rebotaba sobre el asfalto de la plazoleta, una caseta con venta de café y comida rápida les esperaba, se sentaron y mientras Fabio pedía dos pasteles de hojaldre, Marino revisaba el teléfono móvil, no solo le preocupaba la muerte de su amigo Emanuel, le causaba sospecha el exceso de nerviosismo de Alfonso, sentía que aquel ingenuo niño que jugaba a ser abogado sabía o escondía algo.

Quejándose del calor apareció, su corbata naranja se veía más brillante con el sol que hacía a esa hora del día, el calor inclemente abrazaba el traje de Alfonso, pero su rostro estaba sombrío como un día de lluvia.

Marino cruzó una pierna sobre la otra, acomodó su espalda y empezó a comer sin decir nada, Fabio, quien lideraba la ruta de búsqueda, insistía en ubicar a José Isidro.

“¿Ve y si le caemos a la casa a ese huevon?” - Preguntó con cansancio, como último recurso.

Marino terminando de masticar, respondió afirmativamente. Alfonso guardó silencio, bajó la mirada y de pie todavía, esperaba instrucciones. Un mensaje anónimo apareció otra vez, debajo del que ya había llegado en la estación de policía:

“El Comandante Cody ya ejecutó la Orden 66”.

Abrió los ojos con tanto terror que dejó escapar un gemido de culpa, Marino soltó el pastel de hojaldre sobre la bandeja y se puso de pie, primero abrazó al sorprendido Alfonso para evitar que se tropezara, acto seguido lo contuvo sentándolo en la silla plástica del café.

-      ¿Qué te pasa pendejo? -

Alfonso guardaba silencio, con la mirada hizo una seña de que algo había en su teléfono celular. Sin dudar Marino lo cogió y revisó el chat, allí descubrió los mensajes provenientes de un número desconocido con indicativo internacional.

-      ¿Y esta vaina qué? -

Juan Alfonso Moreno intentaba hablar, pero el terror que sentía le hacía perder el aire, se ahogaba en su propio asombro. Fabio que observaba todo desde la silla de al lado, miraba a Marino con sorpresa, sin entender absolutamente nada seguía buscando en su lista de contactos a quien llamar.

-      ¿Marino, vos te acordás de cómo es que se llamaba la muchacha que andaba anoche con Don Emanuel? –

Preguntó Fabio con su acento particular. 

-      Michelle. Se llama Michel. –

El tono firme de su voz dejó en evidencia que algo no andaba bien en los pensamientos de Marino.

-      ¿Oíme pues Marino y vos por qué sabes el nombre de esa muchacha, ah? -

Fabio comenzaba a sentirse incómodo. Soltó el pastel de hojaldre y el teléfono sobre la mesa, se levantó y con los brazos cruzados se quedó viendo con firmeza a su compañero de luchas, Marino Esteban Rúales Peña.

-      Alguien me lo acaba de escribir en el teléfono de Alfonso, por eso lo sé. -

Giró la pantalla para mostrársela a Fabio, quien con sorpresa leía el mensaje tal cual como su compañero acusaba, Alfonso se puso de pie sin entender nada y cogió su teléfono, allí precisamente había un mensaje con una fotografía de la desconocida mujer:

“Dile al Concejo Jedi que Michelle está lejos.” 

Junto al mensaje, una fotografía de Michelle tomando una copa de vino con Emanuel en una de las mesas de la Casa Azul.

Alfonso logró recuperar el aliento, tomó agua de su termo personal y acto seguido, con la coherencia que le caracteriza, aspiró una dosis del vapeador de sandía, ajustó su corbata naranja, con la sensación de asfixia, posando sus manos en la mesa y mirando a Marino, que tenía su teléfono en la mano. Sin poder emitir fonema alguno intentaba explicar a sus compañeros que no tenía idea alguna de quien se trataba y que preciso, eran mensajes que le estaban acosando desde temprano en la mañana.

Marino desconfiaba, sentía que su infantil colega estaba involucrado, Fabio en tono conciliador tomó el teléfono de Alfonso y se quedó revisando los mensajes, intentaba encontrar algo que le diera pistas de la identidad del misterioso mensajero.

En ese preciso momento una llamada entró en el teléfono de Marino Rúales, en el identificador aparecía la foto de perfil de Ignacio Méndez.

AV.

21 de abril de 2026

Angela Cordero y Everardo Rengifo.

 

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Raúl Ignacio Méndez Hau, abogado de profesión y amigo de todas las bailarinas del lugar, se encontraba profundamente dormido sobre la mesa. Había pasado toda la noche tomando whisky con el desespero de quien quiere callar al mundo, tantas voces rondando en su mente le acaparaban el temor mismo de ser parte de un mundo lleno de demonios y seres traviesos.

Cuando llegó Angela Cordero quiso sentarse a conversar y disfrutar de su profunda y loable parla, pero Ignacio no quería hablar, tenía la mirada fija en el vaso vacío. 

Una hora más tarde apareció Angela Madera, pasó a ofrecerle un cigarrillo y algo de comida, Ignacio insistía en ignorarla, tenía sus ojos rojos clavados observando el vacío. Horas más tarde, cerca del amanecer, Ángela Pomelo llegó para iniciar su turno, quiso saludar a Ignacio, reconocido entre todas las Angelas del lugar por su amabilidad y ternura, lo encontró balbuceando palabras sin sentido, vio que estaba con la camisa manchada de al parecer, residuos de un vómito fortuito, con asco se retiró. 

A las siete de la mañana, Angela Vaca pasó con un cliente tomado de la mano, de reojo vio como Ignacio caía profundo en un sueño de mucho licor.

Everardo Rengifo llegó a Cali en 1948 siendo aún un niño incomprendido por sus padres, huyendo de la violencia en el norte del departamento arribó a vivir en el novedoso barrio Villa Colombia, un conjunto de terrenos en condiciones insalubres que abrazaba a los desplazados del campo sangriento de la guerra. Allí creció y sin saber leer o escribir inicio sus oficios de vigía de calles y locales comerciales.

A sus casi 80 años de edad trabaja en aquel lupanar como sustento único, además de recibir una habitación dónde vivir, le brindaban alimento y por supuesto la compañía que la soledad de los años trae junto al abandono de los días vividos.

Everardo logró entablar amistad con Ignacio desde años atrás, cuando comenzó a frecuentar el establecimiento, primero llegaba con amigos en grupos grandes, siempre querían ver bailar a Angela Gallo, una morena que era la sensación en pleno 2019. Con la cuarentena que trajo la pandemia de 2020, los servicios se empezaron a retomar de forma clandestina, mucho más clandestina que de costumbre, diría Everardo. Allí fue cuando Ignacio comenzó a llegar solo, al inicio muy dubitativo, con mascarilla para cumplir el protocolo de bioseguridad, pero con suficiente dinero para acostarse con Angela Madrid, su preferida, o a veces, con Angela Cordero, su amiga.

Aquella mañana de marzo Everardo fue informado por una de las señoritas del establecimiento, de las condiciones de Ignacio, además de ocupar una mesa para él solo, estaba sucio y muy borracho. Alzó sus cejas cubiertas de canas y con un murmullo asintió, se levantó de la silla que ocupaba a la entrada de la casa y caminó despacio, muy despacio, a pesar de sus ya entrados ochenta años, con la fuerza de un león hacía sentir sus pasos en aquel burdel.

Susurró unas amables palabras al oído de Ignacio, le sacudió levemente los hombros e intentó cargarlo, todo en vano.

Raúl Ignacio Méndez Hau flotaba en su mente.

En su cuerpo un frío intenso viajaba como una onda de vida, su mente como una bóveda oscura permanecía cerrada, compacta. Estaba alejado de toda realidad, además de los efectos de casi dos botellas de whisky, el cansancio de estar más de un día trabajando.

Recordaba en vagos segundos, conversaciones de su noche anterior, de las quejas de Alfonso porque no lo dejaban hablar, de las ideas políticas de Marino y sus teorías de conspiración con la guerra de Irán. En medio de la oscuridad que su mente acobijaba, una voz real apareció, distinta, ajena a aquellas voces de los intrusos de siempre.

Era Emanuel, su viejo amigo de copas y tertulias.

Sabía que era Emanuel por el tono, por el cansancio de sus verbos, el tono mismo de quien vivió lo suficiente para regresar y despedirse. Ignacio abrió los ojos por un momento, sometido a un susto imprudente, a su lado el viejo Everardo le daba algunas palmadas en la espalda, le reprendió con una frase de cajón y le pidió que se retirara, que ya era suficiente vagabundería.

Ignacio le ignoró y volvió a su derecha, con la mano temblorosa cogió una servilleta húmeda y escribió el nombre de su amigo, Emanuel Contreras. Puso el teléfono móvil encima para que nadie le botara su apunte, con una sonrisa se giró hacia Everardo y pidió un vaso de agua mientras se limpiaba las manchas en su boca.

Al momento que se retiró el viejo guardián, Ignacio cayó nuevamente en lo profundo de un sueño astral.

Allí estaba sentado en medio de la oscuridad su amigo Emanuel Contreras Hitschfeld, con la barba corta pero vibrante de canas. Sus ojos estaban cansados, oscuros y opacos, intentaba sonreír como siempre se le recordaba. Ignacio caminaba para acercarse y preguntar qué ocurría, esquivaba a las voces de su cabeza, monstruos de distintos tamaños y pesares, algunos saltaban con el afán de atrapar a Emanuel, pero él estaba tranquilo sentado en medio de la nada, como si fuese una silla invisible en la oscuridad.

Ignacio sentía todavía la ebriedad recorrer sus ideas, seguir alcoholizado en el más allá era una broma de mal gusto, pensaba en sí. Consideraba en sus ideas que allá en lo desconocido, serían infalibles, inmunes.

Emanuel se puso de pie y con un abrazo explicó a Ignacio todo lo ocurrido, de cómo Michelle llegó a su vida en aquel evento de empresarios en el hotel Intercontinental, de cómo se citaron por primera vez en una cena romántica en el mirador de Dagua. Le explicó a Ignacio de cada uno de los secretos de la caja fuerte de la Casa Azul, por supuesto pidió perdón por lo imposible y se comprometió a acompañarlo desde el más allá.

Sin entender nada Ignacio quiso averiguar por Michelle y qué había ocurrido, pero allí donde el silencio es un lugar, Emanuel desapareció con un ademán, señalando a su espalda una figura femenina que les observaba.

Un fuerte dolor comenzó a recorrer su espalda, no eran los demonios de su mente ni mucho menos heridas recientes que aparecían, era un brazo que lo abrazaba desde alguna parte, un brazo tosco y delgado, pero fuerte y firme.

Abrió los ojos y estaba en el suelo rodeado de varias señoritas, todas le miraban con preocupación, sus vestidos ajustados y el calzado de tacón alto eran el único paisaje que cubría a una soleada mañana de miércoles, en algún día de marzo.

Everardo apareció en medio de las señoritas y con un aplauso fuerte les dio la señal de seguir trabajando. Cargó a Ignacio y lo ubicó en la cama de una habitación, susurró en broma, que ese favor lo iba a pagar como un servicio completo.

Ignacio murmurando pidió un vaso de agua, preguntó por su teléfono móvil y su servilleta.

Everardo le informó que todo estaba en la basura y que el teléfono lo habían puesto a recargar.

Con un gemido de dolor cerró los ojos y nuevamente en la profundidad de un sueño astral emprendió un nuevo viaje. Ahora a lo lejos estaba su amigo José Isidro Segundo. Estaba de pie dando pasos alrededor de sí mismo, parecía que no entendía dónde estaba, a su lado una inmensa sombra lo custodiaba.

Ignacio intentó acercarse, pero una barrera le impedía avanzar, una especie de pared. José Isidro le vio y alzó las manos en señal de saludo, pensó que todo era una pesadilla o quizás, un sueño de aquellos.

Poco a poco la sombra que le acompañaba lo cubría, como si fuese neblina, su presencia se desvanecía en medio de la nada, momento exacto en que un fuerte dolor en el brazo derecho se apoderaba de Raúl Ignacio Méndez Hau.

Una voz femenina comenzaba a susurrar:

¡Despierta!

 

AV.

20 de abril de 2026

Michelle Cristina Rueda Palacios. (Sombras).



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Soñaba con ser bailarina, anhelaba ser parte del equipo de Lady Gaga o Beyoncé, no quería ser cantante ni gerente de una gran corporación, quería ser bailarina.

Creció en Medellín rodeada de amigos y hermanos, siendo la menor de un linaje de tres hombres: Edwar, Samuel y Francisco. Cada uno creció con un propósito de vida diferente. Edwar el mayor, estudió ingeniería de sistemas en la Universidad de Antioquia, años más tarde se fue a buscar suerte en los Estados Unidos, nunca se supo de su vida. Samuel, el siguiente, a sus treinta años murió víctima de un atraco saliendo de la estación de metro del barrio, su vida interrumpida al filo de una navaja.

Francisco con dos años de edad de diferencia fue realmente el hermano más cercano a Michelle Cristina Rueda Palacios, su refugio constante.

Martha Palacios, su madre, se fue de casa sin dar explicaciones, simplemente desapareció entre un viernes y su correspondiente amanecer de sábado así que Aurora Rueda, la abuela, fue quien terminó dando la crianza a los cuatro hijos que quedaron de Martha.

Michelle comenzó a bailar en un grupo de hip hop de la comuna, en la casa comunal había un programa de Barrio-taller en donde se dictaban clases de teatro, danza, poesía, manualidades varias y algo de deportes, para llegar debía de caminar algunas cuadras de distancia, no muchas en distancia, pero sí peligrosas.

El primer muerto que vio en su vida lo encontró bajo un puente peatonal, una ser con identidad desconocida flotaba sobre las aguas de un canal, a su lado varios desperdicios humanos flotaban en el mismo ritmo. Una experiencia reveladora para una niña que empezaba a intentar entender el sentido de la vida en medio de una sociedad muy peligrosa para una señorita de su edad.

Para el año 2013 ya cursaba primer semestre de Administración Hotelera y Turística en el Instituto Colegio Mayor de Antioquia, en aquel entonces ya había frenado en seco a dos hombres mayores que se quisieron propasar con ella, uno de ellos era el profesor de hip hop, un par de años atrás cuando quiso encerrarla en el baño de la casa comunal; el segundo, un compañero de clases en el instituto, preciso en los primeros cursos de administración.

Ambos varones desistieron del intento de abuso al ver una imponente sombra ubicada detrás de la asustada Michelle, sombra que enmarcaba todos los terrores del mundo.

Si bien nunca entendió qué había ocurrido, algo en su interior le informaba que había sido salvada de una desgracia, algo muy profundo en su ser le explicaba con emociones y sensaciones, que los hombres siempre estarían como depredadores buscando acercarse a su cuerpo.

El año 2015, en un capricho del universo presentó su hoja de vida a la empresa más grande de Colombia de viajes y turismo, una franquicia con gran presencia en el territorio, Michelle jamás esperó recibir respuesta para su proceso de práctica formativa pero preciso, como un ancla para escapar del tedioso universo de su ciudad, aquella empresa dio respuesta a la solicitud con la condición de viajar a la ciudad de Cali, la idea sería prestar sus servicios en el Hotel Intercontinental.

Lo primero que hizo fue despedirse de su hermano Francisco con la promesa de regresar con el éxito en los bolsillos, abrazó a la abuela Aurora y con lágrimas, más de felicidad que de tristeza, viajó para iniciar un sueño pendiente: salir del caos que era su entorno familiar y social.

Al llegar a la ciudad una joven representante del hotel le recibió en la terminal intermunicipal de transporte, le guio con la cautela de un verdugo y la presentó ante las directivas del hotel. Dentro de las tareas encomendadas estaba el registro y seguimiento de reservas, la implementación y control de comunicación digital y promociones del hotel en planes de mercadeo. La mayor parte de las tareas eran de escritorio y la oficina designada era un cubículo en una esquina junto al pasillo de entrada a los auditorios de eventos profesionales. 

Allí conoció a mujeres igual de jóvenes a ella, con complejos y terribles historias familiares que atender, huyendo de jefes y vecinos acosadores, algunas ya con hijos de por medio, una total identidad reflejada en la esperanza de un uniforme de apoyo administrativo de una reputada cadena hotelera.

Muchas tardes sintió emerger de su interior ese inexplicable ser que le dominaba, aquel sujeto de susurros que le incitaba a la violencia para con los varones que le rodeaban, como un cazador de acosadores y salvajes ejecutivos de traje formal. En una de esas tardes se cruzó saliendo del salón Calima, con el coordinador de eventos, un breve personaje, de aquellos hombres solteros pero desinteresados. Lo saludó con la amabilidad de siempre, él, con el temor de un niño abandonado alzó la mirada en respuesta al saludo, aquel gesto fue suficiente para que Michelle notara que algo ocurría.

La voz, aquel susurro de muerte le explicó en densas palabras que el caballero estaba siendo víctima de acoso de parte de un importante funcionario, no del hotel sino, de una empresa que tenía reservado el espacio para la semana próxima.

Quiso ayudar, quiso ser parte de la solución, pero por más lamentos que atrapara en el aire alrededor de su colega, la misma esencia de lo absurdo se lo impedía, le empujaba para otra parte, lejos del caos que aquel caballero cargaba en los bolsillos.

Dos semanas más tarde el señor aquel presentó su carta de renuncia a la cadena hotelera, dejando la labor de registro y coordinación de espacios a un lado y su vida, del otro.

Para Michelle fue terrible enterarse de la noticia del suicidio del señor aquel, de alguien tan joven víctima de un silencio que quemaba desde adentro. Algo muy profundo en su ser le explicaba con emociones y sensaciones, que los hombres también eran víctimas de depredadores y acosadores, aquellos que con la imposibilidad de emitir grito alguno pidiendo ayuda, eran devorados por el vacío del alma.

Al terminar su periodo de pasantía, las directivas le ofrecieron un cargo permanente, curiosamente, el de coordinar espacios físicos para eventos y espectáculos, sin dudar aceptó el puesto y con este, la voluntad de vivir para siempre en una ciudad que devoraba a los desesperados.

Al año siguiente contaba con la suficiente elocuencia para atraer nuevos clientes a la cadena hotelera, desde empresas de manufactura como nuevos negocios de alimentos y bebidas, allí apareció Emanuel Contreras en su vida. El hotel entró en una política de integración de pequeños y medianos proveedores, para tal finalidad convocaron a una reunión de bares y restaurantes de la ciudad donde por supuesto la Casa Azul fue parte de la lista de invitados, además de negocios reconocidos y otros recomendados.

Emanuel Contreras Hitschfeld llegó con la barba blanca recién afeitada, baja por decirlo de tal modo. Gafas oscuras, un sombrero panameño color blanco al igual que su traje. Zapatos de mocasín color café claro y una camisa azul oscuro de botones blancos, perla, como su traje. Entró por recepción y disfrutando de la tranquilidad del hotel recordó sus tiempos de vendimia en Mendoza, su Mendoza del alma.

Michelle salió a recibirle junto a sus demás compañeras, una delegación de señoritas uniformadas con la marca del hotel en su vestuario, guiando a cada visitante al gran salón, todos hombres de negocios y la vida social de la noche, detrás de cada uno de estos una inmensa sombra oscura, no necesariamente negra, pero si oscura los adornaba, era una especie de señal que podía observar Michelle en cada uno dándose cuenta con ello la calidad de depredador o canalla trataba, para su sorpresa fue Emanuel el único que caminaba con un halo de luz blanca en su alrededor, no como símbolo de pureza sino, como signo de paz y respeto.

Corrió con el ánimo de hacerlo suyo, de guiarlo y cómo no de tenerlo para sí por el resto de su existencia, nunca en su vida había visto a un ser con un halo tan pulcro, un ser que no fuera su abuela o su hermano Francisco.

Emanuel, con la sonrisa de quien encontraba un tesoro en medio del fango, se retiró las gafas para saludar a una joven Michelle, una dama que en sus casi treinta años emanaba una sonrisa cargada de hambre, estirando sus manos para ser saludada.

Con unas palabras amables le expresó su gusto por conocerla, ella, con la persuasión de una copa de oro asintió con un beso de mejilla a modo de saludo, se presentó como Michelle Cristina, omitiendo la parte más importante de su presentación:

“La mujer que dentro de diez años le llevará al inframundo”.

AV.

6 de abril de 2026

Raúl Ignacio Méndez Hau. (Susurros).

 



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Las primeras voces que escuchó llegaron cerca de la noche buena, un diciembre de 1993. De fondo sonaba la popular música puertorriqueña, su padre, Raúl Ernesto Méndez bailaba con la hermana mayor, la tía Amparo Méndez, al parecer una novedad musical del Gran Combo de Puerto Rico. Su madre, Patricia Hau, estaba sentada en la sala con sus hermanas y algunos vecinos que se sumaban a la celebración decembrina, para aquellos tiempos la única preocupación eran las retaliaciones del Cartel de Medellín por lo demás las celebraciones se disfrutaban en la paz al sur de la ciudad, lejos de toda realidad.

Aquella noche jugaba con sus primos, Diego Marroquín y Carlos Arturo Hau, de esos primos lejanos que se conocen en fiestas familiares como velorios o nochebuena. El disfrute de un hijo único de poder conocer a otros de su edad era un premio a la soledad de los tiempos vividos, quiera o no esa soledad era preciso el polo a tierra de un conjunto de murmullos que acompañaban las ideas de Ignacio.

Murmullos que a veces coreaban gemidos.

Gemidos que en ocasiones se estrellaban contra la pared como una onda muda, fría, asesina, cruel para un adolescente.

Ignacio no entendía que aquellas voces no eran amigos imaginarios sino, espectros invisibles que buscaban algo de conversación, porque de seguro, la soledad en el más allá es igual de insoportable. Esa noche de diciembre mientras estaba escondido con los primos tomando aguardiente sin ser visto por los adultos, en el cuarto de oficios, una voz aguda le indicaba palabra por palabra, que su primo Carlos Arturo moriría bajo la lluvia.

Ignacio pensaba que eran pensamientos, que esas palabras tan agudas eran el silbido de sus elocuentes silencios, voces que sus padres acorralaban en terapia psicológica, todo era fantasía.

Una fantasía sangrienta.

La mañana del sábado 25 de diciembre de 1993 llegó con lluvia, tanta que los organizadores de la cabalgata estaban preocupados, la familia Méndez Hau, de empresarios y abogados, se estaba alistando para ir a pasar el día en Ginebra, comer algo y volver en la tarde para disfrutar de las casetas, los niños se quedarían en casa de las hermanas de Don Raúl.

Así sucedió, pero al llegar la tarde no hubo celebración en las casetas sino, llanto en la sala de urgencias, tal como las voces se lo habían cantado a Ignacio, el joven Carlos Arturo había muerto ahogado en la piscina.

Con tan solo quince años vio un muerto, entendió qué era un velorio, aprendió para sí mismo que no eran amigos imaginarios, se prometió guardar silencio para siempre.

Estudió Derecho en la Universidad Católica, pero en la sede de Bogotá. Allí vivió con otros primos, quienes al igual que él aprendieron a disfrutar del aguardiente a temprana edad, salvo las voces. Al terminar los estudios se ganó una beca de la facultad para continuar con un posgrado, oportunidad que aprovechó para especializarse en Derecho Ambiental, y ya con el tiempo suficiente, la juventud, el dinero familiar y el afán de no hacer nada, siguió estudiando una especialización en propiedad intelectual, pero ahora en la Universidad Republicana, allí mismo en Bogotá.

Para 2010 regresó a Cali, ante el despecho de un amor no correspondido y la falta de clientes, decidió cerrar la oficina de asesoría legal para empresas de construcción y se fue a emprender junto a la fama de su padre, Don Raúl Méndez.

Reconocido por asesorar a los políticos del departamento, Don Raúl Ernesto Méndez hizo empresa a costa de los impuestos de los caleños. Fundó una filial de servicios públicos para operar las rentas de las empresas municipales, una jugada maestra que le dio la fortuna suficiente para conocer el mediterráneo europeo y la soledad de las islas del caribe oriental.

Tanto reconocimiento le llevó a ser asesor de dos Gobernadores, curiosamente entre sus amigos estaba Don Eliecer Rúales, que fue alcalde de la ciudad y ahora Senador de la República. Don Raúl recibió a su único hijo, Raúl Ignacio, con la decepción de ver que no logró prosperar en la capital, pero peor aún, que nunca usó su nombre de pila para los negocios.

Anhelaba tener otro Raúl Méndez en el entorno político y empresarial.

Instalaron una dependencia en el barrio Versalles, los hijos de sus colegas, abogados por igual, compartieron el piso que alquilaron para crear una especie de bufete colaborativo: El joven Ignacio brindaba asesoría legal en temas ambientales, derechos de autor y en algunos casos, asuntos laborales.

Allí conoció a Ángela María Burbano, abogada especialista en Derecho de Familia e hija de otro empresario amigo de Don Raúl Méndez. Salieron por un tiempo sin tener éxito, estar juntos todo el día atendiendo ciudadanos desesperados y tacaños diezmada cualquier deseo de seguir juntos en alguna parte, por el contrario fueron buenos amigos, y esa amistad hizo que por las tardes fueran a almorzar por los alrededores de la clínica de occidente, por el tema de los buenos precios.

Para el mundial de fútbol de Brasil 2014 recorrieron cuanto restaurante y bares había transmitiendo los partidos de fútbol, fue así como el destino y una mesa vacía hicieron que llegaran apurados a la Casa Azul, el único restaurante de El Peñón con mesas disponibles.

Si bien Emanuel Contreras era un amante del fútbol y apoyaba a su natal Chile y a su amada Argentina, para aquel día no tenía pensado abrir, la programación del torneo estaba poco atractiva, pero la insistencia de Ignacio y Ángela María le motivaron a encender el único televisor del restaurante, y con este, varias botellas de Malbec.

Ángela logró un buen contrato de supervisión del Bienestar Familiar, un favor de un amigo de su padre, que era amigo de una señora que era amiga de la Gobernadora del Valle. Tantos favores dieron frutos tan jugosos como el nombramiento en Bogotá para una jefatura nacional.

Ignacio recibió la misma invitación, pero para trabajar en un cargo directivo de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, quizás, otro favor que algún amigo quería congraciar con su padre, Don Raúl.

A diferencia de Ángela María, rechazó la invitación, insistió en querer seguir en Cali, en la casa familiar y con terapia si era necesario.

Emanuel Contreras se convirtió en un amigo íntimo de Ignacio, juntos pasaron tardes viendo fútbol y aprendiendo uno del otro. Emanuel hablando de vinos, cultivos y comida, Ignacio conversando de sostenibilidad, derecho marcario y algo de comida callejera.

Al año siguiente, durante la Copa América edición Centenario, se reunieron los dos con otros comensales para decepcionarse tanto de Colombia como de Argentina, pero al final Emanuel pudo celebrar el triunfo de su Chile natal.

Fue así que el vino fue consejero y verdugo, amigo y testigo, una máscara con el poder suficiente para distraer el ruido de las voces, porque a diferencia de Ángela María, estas nunca se fueron sino, que aumentaron su poder al punto mismo de poder entablar conversaciones con la versión inconsciente de Ignacio.

Aquel martes de marzo de 2026, once años después de aquella celebración excesiva del título de Chile, momento en que Don Emanuel y el ya no tan joven Ignacio, se tomaron juntos 23 botellas de vino tinto, las voces jugaron otra vez con la paz de Ignacio Méndez.

Mientras Marino explicaba las implicaciones del precio del barril de petróleo durante la guerra de Estados Unidos con Irán, Alfonso miraba su Tablet concentrado, esperando el momento de intervenir sobre la Guerra de las Galaxias. Al fondo estaba Emanuel que con un guiño saludó a Ignacio mostrándole el trofeo que tenía en sus manos:

“Te presento a Michell” sonreía mientras hablaba.

El acento paisa de la dama hizo sonrojar a Ignacio que al verla veinte años más joven que su amigo, no quedaba de otra que imaginar de todo menos que era una dama.

Ignacio se despidió de su amigo y regresó a unirse a la algarabía de Marino y Fabio. Le llamaba la atención que José Isidro no estaba presente.

“Ese no va a venir, ni hoy ni nunca” alegó una voz burletera, de esas que le acosaban desde la infancia.

Ignacio se guardó las manos en los bolsillos del pantalón, adentro apretaba los puños como si ello fuera la solución para ese malestar intelectual que tanto daño le hacía.

Comenzó a tomar vino, pero la promoción 2x1 de Whisky ganó la partida y así fue que terminó por comprar dos botellas, pensaba en José Isidro.

Al caer tarde la noche, prefirió retirarse, pidió un servicio de UBER y con la botella de whisky sobrante en la mano intentaba pensar en todo menos en el silencio que le esperaba al otro lado de la ciudad, así que de un repentino salto de ideas cambió de plan.

“Señor, disculpe, mejor lléveme a otra parte. Ya le actualicé la dirección en la aplicación”.

Abrió la botella de Whisky y comenzó a tomar del pico como un sediento que buscaba la paz. El conductor del vehículo le dejó en una zona residencial al sur de la ciudad, al parecer tranquila, pero al interior de una casa grande y rodeada de árboles funcionaba un burdel de alta alcurnia.

Allí entró Ignacio, con los pensamientos revueltos, con el alma cansada y el nombre de José Isidro en sus pensamientos, o mejor, en sus oídos.

Se sentó en una mesa y pagó la diferencia por el licor que llevaba, al parecer el negocio de asesoría jurídica ambiental iba bien porque pidió otra botella de whisky, a un precio exageradamente mayor, pero con tal de silenciar las voces lo veía como una buena oferta.

Allí permaneció sentado en silencio, escuchando música y viendo mujeres en ropa interior desfilar por todas partes, intentando callar las voces de su cabeza con algo de ruido, con Whisky, con afán.

A las nueve de la mañana del día siguiente, seguían llegando clientes al establecimiento secreto, Ignacio estaba con la cabeza sobre una mesa profundamente dormido, a su lado la botella de Whisky, de menor calidad a la que había comprado anteriormente, su teléfono móvil con la batería descargada y una servilleta con un dibujo abstracto hecho con un lapicero de tinta negra, debajo del dibujo con la letra de un borracho, un nombre escrito:

Emanuel Contreras.

AV.

5 de abril de 2026

Marino Esteban Rúales Peña. (La Reunión).

 



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Marino conoció a Fabio Andrés en el calor de marzo de 2013, se tomaron un café en la plazoleta del centro comercial Chipichape, cerca de las tres de la tarde. Fabio estaba buscando un aliado en la ciudad, estaba casi al borde del desespero pues un cliente podría perder los ahorros de su vida y una propiedad de tradición familiar, por culpa de un mal acuerdo comercial.

Marino Esteban estudió Derecho en la Universidad Católica, había logrado abrir una oficina de asesoría legal con unos colegas recomendados por su padre, otro reconocido abogado del ayer. En aquella oficina atendían casos penales y laborales, rara vez un caso de Derecho de Familia.

Aceptó reunirse con Fabio porque su padre, Don Eliecer, se lo recomendó.

Fabio Andrés con su natal acento empezó por explicar que la familia que ayudaba le contactó por una recomendación del consultorio jurídico, pues él estaba inscrito en esa base de datos como voluntario, sin embargo fue al momento de entrevistarse con la pareja de esposos que descubrió que era un caso de mayor complejidad, pues no solo se iba a reclamar el pago justo de arriendo de los años anteriores, que sin justa causa la empresa de bebidas había dejado de pagar, sino que se descubría un deterioro del inmueble muy distinto, a las condiciones en que se dio el primer contrato de arrendamiento años atrás.

La preocupación de Fabio residía en que la lucha superaba el escenario de una conciliación, la fuerza de los abogados de la contraparte ya procedía desde la casa matriz y él solo contra una franquicia de ese talante era un esfuerzo por demás inútil, de allí la voluntad de sumar esfuerzos.

Marino entendió de inmediato que estaba ante un caso de telenovela, si todo salía lo deseado, estaría siendo protagonista de una lucha desigual entre las grandes corporaciones y los ciudadanos de a pie, como aquella pareja de esposos que reclamaban justicia por su propiedad.

Empezaron a trabajar a la distancia, una vez o dos quizás, se reunían en Cali para abordar el caso, acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor pero a medida que la complejidad se iba convirtiendo en tensa reflexión, sugirió que trabajaran con más intensidad, decisión que llevó a Fabio Andrés Barona instalarse en la ciudad como un visitante más de esos que el empleo y el amor trajeron por coincidencia.

La amistad con Fabio fue respetuosa desde el inicio, se entendieron de maravilla y encontraron temas afines en sus intereses intelectuales, desde la geopolítica internacional y el análisis económico, hasta el fútbol local y las mujeres.

La residencia de Fabio en la ciudad superó el tiempo esperado y ello terminó en una mudanza completa a término indefinido, Marino Esteban le convidó un espacio para trabajar en su despacho y poco a poco le invitó a probar la gastronomía local e internacional.

Aquella noche de 2017 llegó con curiosa insistencia al barrio El Peñón.

Siguiendo las indicaciones de su ahora mejor amigo, Fabio, entró a la Casa Azul, no la conocía y le pareció un lugar bien decorado y por lo menos, de nivel, similar a los restaurantes que visitaba a la hora del almuerzo.

Para Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, quizás por sus orígenes económicos o sus ínsulas de príncipe, veía a todo el mundo por debajo de sus capacidades, sólo respetaba a Fabio porque desde el principio fue una recomendación de su padre de lo contrario lo vería como un paisa aparecido en tierras ingratas.

Marino Esteban creció siempre rodeado de lujos, su padre Eliecer Rúales fue alcalde de la ciudad, fue concejal, y para aquel entonces ya desempeñaba labores de Senador. Su madre, Margarita Peña, era voluntaria en una reconocida ONG de la ciudad y al no tener hermanos disfrutaba de los lujos del apellido y del patrimonio mismo.

Quizás de postura arrogante, no era mala persona pero si imprudente y clasista, un clasismo ingenuo en el que consideraba que daba trato justo a sus pares y a los desconocidos porque eso lo aprendió en casa, en el colegio y en la universidad, por lo tanto pensaba, todo estaba bien.

Nunca tuvo inconvenientes con Fabio porque al parecer él, desde su origen paisa, era también un ser pudiente y de apellido honorable.

Llegó pasadas las ocho de la noche, estacionó su camioneta a un lado y con el teléfono en la mano miraba para todas partes, la fachada era blanca como todos los locales de esa calle en el vecindario, un letrero sobrio de pasta con los colores de la bandera argentina y adentro, una barra grande de madera decorada con copas de colores y muchas botellas de licor importado.

A un costado encontró a Fabio conversando con un señor mayor, no mucho, pero algo mayor que él. Se acercó y saludó a ambos, se presentó como Marino Rúales, omitiendo el Estaban, quizás porque le disgustaba tal composición. Don Emanuel le regresó el saludo y con ese acento argentino que endulza el oído de los descuidados, invitó a Marino a acompañarlos con un trago de Martini.

Aquella noche no solo Fabio conoció a la que sería su novia por un tiempo sino, que Marino conoció al que sería su futuro Bar de preferencia, tanto para el debate social con Fabio, como para las citas románticas con las mujeres que a bien aceptaran su cordial galantería.

Emanuel Contreras encontró en Fabio y Marino dos prospectos de abogados diferentes, Marino un político que ejerce el derecho y Fabio, un abogado que quiere ser salvador de la humanidad. Les habló un poco de su vida y todo lo aprendido en Mendoza en vinos y comida, cómo el turismo era una industria fuerte que no se aprovechaba en Colombia y, de la belleza de las mujeres de Cali. Confesó estar enamorado de cada señorita que pasaba caminando por el barrio, nunca denigró de la belleza de las mujeres de Argentina o de Chile, pero resaltaba siempre la beldad de las caleñas.

Marino guardaba silencio con una sonrisa desafiante, entendía que a Emanuel como a cualquier extranjero le llamaba la atención la apariencia vulgar de las mujeres, que la belleza estaba en los senos y la cola, todo desde la perspectiva salvaje de querer copular a tiempo completo. Para Marino la belleza estaba en el rostro, en la inteligencia y en el evidente crecimiento profesional que una mujer pudiese demostrar, quizás por eso apoyaba a Fabio en su intento de conquistar a Lizeth, aunque le fastidiaba la idea de que fuese divorciada.

Emanuel continuó su testimonio sobre la belleza de país que era Colombia, la calidad de sus ciudadanos y la tranquilidad de Cali como destino, incluso por encima de las tragedias que le precedían en los ochenta y noventa. Fabio Andrés secundó la historia, como buen paisa, recalcó las bondades de su Pereira natal, pero reconocía en Cali un destino ideal para cualquier hombre de bien.

Marino seguía sin entender, para él la ciudad no era más que un pueblo de ignorantes que se la pasaban de fiesta en fiesta sin ningún proyecto de progreso, la evidencia la daba las calles en mal estado y la ausencia de rascacielos que consolidaran un centro financiero internacional.

Después de varias rondas de Martini, Marino, Fabio y Emanuel eran los mejores amigos.

En la mañana de aquel marzo de 2026, nueve años más adelante en el tiempo, Marino no lograba procesar con claridad la noticia del fallecimiento de Emanuel, le era insoportable vivir en un mundo en el que su admirado colega y sibarita estaba ausente de toda humanidad.

Llegó en su camioneta a la estación de policía de la carrera primera, a su lado como copiloto iba Fabio, quien intentaba con Alfonso, ampliar información.

Se encontraron en la entrada principal, registraron los datos de ingreso y fueron a declarar a la policía. En los testimonios informaron que la noche anterior se reunieron para hablar de economía, que bebieron vino, whisky y hasta brandy, cada uno en su deseo particular. Explicaron que cada martes se citaban para dar tertulia a los afanes de la vida, incluso señalaron que una dama acompañaba a los caballeros aquella verbena de geopolítica y gastronomía.

El agente de policía que tomaba la declaración explicó que precisamente en el apartamento del señor Contreras se encontraron pertenencias de una mujer sin identificar. A sus adentros Marino pensaba que podían ser de cualquiera, porque preciso a Emanuel le encantaban las mujeres jóvenes, muy jóvenes.

Al finalizar la reunión, Alfonso explicó al policía que dos amigos más estuvieron con ellos en la noche anterior, José Isidro Caicedo e Ignacio Méndez.

Con una pregunta de rigor y un gesto de cordialidad el policía pidió el contacto de cada uno de los señores mencionados, Juan Alfonso con la ingenuidad de siempre, dio el número telefónico de José Isidro, a quien consideraba su hermano de la vida. Marino, con algo de distancia, brindó el teléfono de Ignacio.

El policía agradeció a los tres caballeros el apoyo en la pesquisa y recomendó mantener contacto, pues desconocían aún quién era la mujer que le acompañaba y segundo, la causa de muerte.

Fabio Andrés con su idiosincrasia pereirana preguntó al policía si tenían claridad de algo que permitiera saber qué había ocurrido, Alfonso insistió que era extraño todo lo que pasaba preciso, porque la noche anterior todo marchaba con total normalidad.

Marino seguía en silencio, tomando distancia.

El policía reiteró que no había datos claros para dar una declaración formal de lo sucedido, pero mencionó dos aspectos que inclusive, invitó a los señores a que apoyaran en verificar la información.

Primero mencionó que falleció en casa, en cama, al parecer por síndrome coronario agudo o muerte súbita cardíaca. Se descartaba el consumo de fármacos o estupefacientes. Segundo, la identidad de la mujer no era aún posible determinar, en el edificio el personal de seguridad insiste en que el señor Contreras ingresó solo al apartamento.

Marino que estaba con los brazos cruzados notó que a Juan Alfonso le llegó un mensaje al teléfono, esta vez de un número sin identificar. Alfonso se retiró y con cara de vergüenza pidió permiso para atender, aún tenía los ojos rojos de llorar, miró el teléfono y el mismo remitente de horas atrás le escribía nuevamente:

“El Consejo Jedi al parecer sigue incompleto ¿Dónde terminará todo esto?”

Juan Alfonso abrió los ojos con tanto temor e indignación que preciso, cruzó su mirada con Marino Esteban, quedando en evidencia que algo ocurría. Fabio Andrés interrumpió el silencio incómodo y con una frase lapidaria invitó a sus compañeros a salir:

“Ignacio no contesta, le he marcado tres veces y no responde. Camine vamos a buscarlo a la casa a ver qué es lo que pasa”.

Juan Alfonso con las llaves del carro en la mano, guardó el teléfono en el bolsillo y salió en silencio, pensativo, Marino lo alcanzó en la puerta y con una pregunta leve, lo detuvo:

“¿Todo bien Alfonso?”

AV.