14 de mayo de 2026

La despedida (Jueves)

 


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La despedida de un ser querido siempre trae además de la tristeza de rigor, el vacío inminente de una vida descocida, un conjunto de emociones que entre el anhelo y la nostalgia conjugan las más efímeras ganas de dejar todo atrás.

La policía llegó a la residencia sobre las cinco y treinta de la tarde, casi una hora posterior al amargo descubrimiento. En la sala estaba Abril de Caicedo tomando un café, los ojos de cargar la tristeza eran suficiente evidencia para comprender el dolor que agobiaba a todos. A su lado estaba acostada Rebeca, se recogía sobre sí misma en señal de una tristeza felina. 

Marino conversaba con uno de los oficiales de policía, explicaba que llevaban dos días intentando contactarle ante el sospechoso silencio, pero solo hasta esa tarde lograron ingresar. Fabio Andrés estaba con Alfonso, intentaba darle el consuelo que no entendía, quería brindar calma pero era preciso el corazón de Alfonso un órgano inconsolable.

En medio de las declaraciones a la policía Marino recordó los extraños mensajes, mencionó al agente de aquella actividad por demás sospechosa y delictiva, la urgencia de que fuera investigada la fuente.

A las seis de la tarde una ambulancia retiró el cuerpo en dirección a medicina legal, además de analizar la causa de muerte era perentorio oficiar todos los trámites para el posterior sepelio.

Sin saber qué decir, Marino sugirió a todos salir a cenar juntos, acompañarse en la tristeza del descubrimiento, quizás ir a alguna parte a compartir la melancolía del caso. En ese instante Alfonso cruzó su mirada con Marino, una profunda decepción los abordó a todos de nuevo, recordaban pues, la ausencia de Emanuel y la Casa Azul.

Sara Carolina y Julio Washington estaban confundidos, miraban para todas partes. Al momento de entrar Ignacio al restaurante, Julio logró atraparlo antes de que cayera al suelo en su totalidad, sin embargo, momentos después de acomodarlo en una silla, empezó a desvanecerse hasta desaparecer.

Ambos estaban sorprendidos, nadie podría dar explicación alguna de lo ocurrido. Con el teléfono móvil buscó el contacto de Ignacio y le hizo una llamada, la cual nunca salió, quizás porque el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Julio caminaba de lado a lado sin entender nada, estaba asustado, quería incluso correr a una iglesia y pedir la bendición del párroco, necesitaba con premura entender lo que ocurría. Sara, con la calma de quien no tiene nada que perder, se levantó y comenzó a guardar todos los implementos de la barra del bar, cerró la caja registradora y le pidió a Julio que se retiraran, era mejor descansar, de seguro que sí.

Julio comprendió la intención y obedeció a Sara Carolina, en ningún momento hablaron de lo ocurrido, como si se tratase de un pacto silencioso de ignorar todo.

Al llegar a su apartamento, se quitó las botas y se sentó sobre su cama, revisaba en la aplicación de chat uno a uno los contactos de Emanuel, necesitaba encontrar alguna forma de llegar a Michelle.

Alrededor de las ocho de la noche se quedó dormida, el cansancio y el calor de un extraño día miércoles le había ganado la batalla.

Comenzó a soñar, de extraños universos y fragmentos de recuerdos se fueron conjugando estrellas de colores y muchas formas abstractas, una profundidad tan oscura que el brillo de lo inexistente se vislumbraba bello y etéreo.

Sara Carolina sentía que volaba, o flotaba.

Marino llevó a la madre de Jose Isidro a cenar, desde el apartamento en el barrio El Peñón, tomaron rumbo al barrio Centenario, para buscar algún restaurante grato para la cena. Fabio acompañó a Alfonso en el carro de este hasta su apartamento, para que descansara y mejor al día siguiente con más ánimos, asumiera el cruel relato del día vivido. Ambos, tanto Marino como Fabio, conducían los correspondientes vehículos y en las mismas condiciones, pasaron por la Casa Azul, no porque la vía fuera parte de ese sector de la ciudad sino, por la costumbre de querer observar ahora a quién ya no está.

Sara Carolina viajaba en un profundo sueño que se sentía dulce, eterno, tranquilo.

Alfonso llegó a su apartamento y se recostó en posición fetal en su cama, Fabio Andrés se despidió y tomó un taxi rumbo al restaurante donde estarían Marino y Abril cenando; en el trayecto escribía mensajes a Ignacio pero no salían, como si la señal estuviera bloqueada o la cuenta del chat cancelada, esto preocupaba cada vez más a Fabio Andrés.

“¿Qué le habrá pasado al pendejo de Ignacio?” Se preguntó.

En medio de la oscuridad Sara Carolina logró vislumbrar en alguna parte en medio de la nada, a Ignacio, caminaba desorientado con su vistosa camisa de flores, intentó acercarse para ver qué ocurría, pero no le era posible coordinar sus movimientos, como si fuese más bien una marioneta.

Ignacio caminaba cansado, llevaba alrededor de un día deambulando en el otro lado, donde el tiempo y el espacio son un concepto. Además de cansado, estaba desorientado, recordaba haber visto a su amigo Jose Isidro, recordaba incluso haberse despedido de Emanuel en algún momento, en alguna vida.

Simplemente caminaba, como un ente sin ritmo ni sentido.

Sara Carolina volaba, flotaba, divagaba, como un ente sin ritmo, sin sentido.

A la mañana siguiente Fabio Andrés se organizó desde temprano para salir rumbo a la oficina, si bien acostumbraba llegar a tiempo para las reuniones programadas, en aquel jueves decidió salir con más tiempo de antelación para sentarse a pensar un rato. Su socio, Marino, siempre llegaba muy temprano así que no sería una sorpresa verle allí también.

Abril Barona de Caicedo madrugó para iniciar los trámites de velación y posterior sepelio. Rebeca, la gata, estaba su lado.

Julio Washington no pudo dormir como lo deseaba, sentía que la vida estaba dando giros demasiado impertinentes, lo ocurrido con Ignacio era algo que jamás en su existencia había presenciado, no le era posible entender o dar crédito a lo que había sucedido. El pacto de silencio con Sara lo dejó más perplejo, el no poder hablar de lo que sentía o pensaba le llenaba la mente de pensamientos obtusos, como un recipiente que se cargaba de aguas negras. Miró el reloj y dio cuenta de que eran las seis de la mañana con algunos minutos.

Pasó la noche de largo, casi.

Alrededor de las tres de la mañana despertó, intentó dormir pero su solución fue jugar en la consola hasta las cuatro y media de la madrugada, tiempo en que el sueño le permitió volver a dormir, hasta las seis de la mañana.

Revisó el chat del teléfono móvil y allí vio que la última conexión de Sara Carolina fue a las siete y cuarenta y dos de la noche anterior.

Juan Alfonso Mosquera despertó temprano, aquella mañana de jueves sentía más ligero su cuerpo pero seguía agobiado por el fallecimiento, por demás inexplicable, de su amigo Jose Isidro Segundo. Se organizó lo mejor que pudo y salió a recoger a doña Abril, como parte de sus compromisos de buen amigo en apoyar a la madre en tan difíciles y perplejos momentos, durante el trayecto recibió un mensaje de Fabio Andrés:

- ¿Sabes algo de Ignacio? -

Llegó hasta el apartamento donde reside Abril, mientras la esperaba respondió al chat, en esta ocasión con una fuerte sensatez y esquivo mensaje:

- No tengo ni idea dónde andará metido, no quiero más noticias trágicas, por favor. -

El día apenas comenzaba para todos, incluso Marino que pasó la noche leyendo algunos casos de su oficina como mecanismos de defensa ante el dolor de lo ocurrido, decidió madrugar para estar puntual a las seis de la mañana tomando un café en su despacho. Allí vio llegar a Fabio y con un abrazo, silencioso y cortes, le dio los buenos días.

Fabio Andrés se fue para su oficina, se quedó leyendo el listado de mensajes de su teléfono móvil, y ante la respuesta de Juan Alfonso, decidió terminar el malestar con un mensaje más conciliador:

- A todos nos duele lo de Emanuel y Jose Isidro, Alfonso, pero entendeme hombre que Ignacio lleva dos días desaparecido. Algo le debe de pasar. Nos vemos ahora en la funeraria. -

A las seis con treinta y ocho minutos de la mañana, Juan Alfonso llegaba a Medicina Legal para la firma de documentos y demás trámites que él como abogado, apoyaría a doña Abril Barona de Caicedo. De allí continuaron el trayecto a la funeraria para iniciar todo en la jornada de despedida.

Julio tomó el teléfono después de dormir otro instante, eran las siete de la mañana de un jueves cualquiera de marzo. Observó en el chat y allí le apareció Sara Carolina entre los contactos:

“En Línea”.

 AV.

13 de mayo de 2026

Abril Barona de Caicedo (Una visita inesperada)

 




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Julio Washington Pupiales Varela llegó en compañía de Sara Carolina Certuche Londoño, entraron juntos a la estación de policía de la avenida primera, allí un oficial les hizo pasar hasta una oficina en la que un detective les esperaba para rendir indagatoria.

Allí duraron un buen tiempo, aproximadamente dos horas. El agente de policía, un caballero de apellido Benín, primero interrogó a Sara Carolina, le invitó a exponer su rutina en el restaurante, desde su llegada temprano a las tres de la tarde hasta su cierre, a medianoche. En aquella intervención Sara compartió sus sospechas sobre la joven Michelle, expresó que ella iba con frecuencia al restaurante para seducir al dueño, a Don Emanuel, que en las veces que compartían ella era antipática con los meseros y demás comensales pero que preciso, la noche anterior, estaba demasiado amable y risueña.

Informó que los vio retirarse temprano, y nunca más supo de él.

El agente tomaba nota de los detalles, guardó una copia de la fotografía que Sara le había mostrado en el teléfono móvil, además de pedir más información relacionada. Al momento de entrar Julio a la entrevista, Sara se sentó en una sala de espera frente a un televisor. Allí seguía viendo la pantalla del teléfono, buscando ideas, queriendo resolver el misterio de cómo poder ubicar a Michelle sin que esta se diera cuenta.

A esa hora, Alfonso almorzaba en el Hotel Obelisco, un plato de comida corriente le daba la paz que la ausencia de Jose Isidro le robaba. Siendo las tres de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, Fabio y Marino llegaban al restaurante del hotel, allí encontraron a Juan Alfonso Mosquera que con la mirada fija en su teléfono móvil, intentaba entender qué pasaba.

Marino le puso la mano sobre el hombro de manera pausada, lo saludó con desdén y le preguntó por Jose Isidro. Detrás suyo llegó Fabio Andrés, se quejaba de no haber podido recoger a Ignacio. Se sentaron a espaldas de la avenida del río, pidieron cada uno una cerveza y acompañaron a que Alfonso terminara de almorzar.

Marino con la mirada insistente quería comprender el silencio de Jose Isidro, intentar saber si quizás, estaba relacionado con la muerte de Don Emanuel, o si Alfonso ocultaba realmente algo grande y peligroso, pues no daba cabida a que recibiera esos mensajes tan extraños desde una cuenta desconocida.

Juan Alfonso explicó con la timidez de la situación que insistió bastante a la persona de seguridad del edificio donde vive Jose Isidro, sin recibir respuesta favorable. Fabio que tenía aún vigente el malestar con la búsqueda de Ignacio, lo llamaba pero siempre se desviaba la solicitud. 

- ¡Ahora tenemos tres desaparecidos pues! - Se quejó con su habitual acento paisa.

Siendo las cuatro de la tarde, Doña Abril Barona de Caicedo llamó al teléfono de Juan Alfonso. Con una voz muy baja y dulce le saludó, Alfonso abrió los ojos con total desesperación, no era normal recibir llamadas de la madre de Jose Isidro y peor en la coyuntura actual.

Marino estaba atento a la conversación por lo que recomendó que se atendiera la llamada con el altavoz del teléfono.

Abril nació en mayo, en el año de 1943, tiempos de muchos cambios y revoluciones en el campo y las ciudades de Colombia. Conoció a su esposo, Isidro, en una reunión de trabajo de la familia Barona. Desde temprana edad y con un plebiscito en furor, se casó con Jose Isidro y comenzó a vivir el sueño empresarial colombiano.

En varias oportunidades coincidió con Alfonso en la sala de estar del apartamento de su hijo, Jose Isidro Segundo. Años de amistad entre ambos fueron forjando la confianza necesaria para hacer ese tipo de llamadas o favores, así que en ese momento era ella la que necesitaba una mano de apoyo.

Juan Alfonso le atendió con la bondad que siempre ha tenido en su corazón, le compartió la misma preocupación por el paradero de Jose Isidro Segundo, además de comentarle de lo grave de todo ante la muerte reciente de Don Emanuel. Ella, con el miedo de saber lo que pasaba no quería decir nada a Juan Alfonso, pero la situación por igual le empujaba a tener que enfrentar ese presentimiento mezquino que le impedía vivir bien. Marino intervino en la conversación, si bien no era muy unido a ellos, tampoco era un completo desconocido.

Explicó que se habían citado el día de ayer en la Casa Azul pero por motivos varios Jose Isidro no llegó y tampoco respondió los mensajes, así que ante la preocupación estaban reunidos cerca, para ir a buscarlo al apartamento pero preciso allá el guarda de seguridad no daba razón alguna.

Abril agradeció a ambos la preocupación, les mencionó que ella tenía copia de llaves de ingreso, así que si lo consideraban a bien, ella podía ir y en su compañía, ingresar al apartamento.

Acordaron encontrarse allá a las cuatro y treinta de la tarde.

Julio Washington salió de la entrevista algo molesto, sentía que el detective le trataba como si fuese culpable, pero no podía evitarse tal trato al no dar una declaración que sirviera de base confiable, pues estar en casa jugando play station no era del todo válido. 

Logró convencerle mostrando la aplicación de su teléfono en donde se evidenciaba el avance de los juegos instalados, de igual modo le informó que la última conversación con Emanuel fue por chat, alrededor del medio día y fue para coordinar el pago de unos proveedores, más allá de eso no tenía relación alguna con el restaurante. Para eso, preciso, es que se había contratado a Sara Carolina. 

Una de las preguntas que el agente de policía hizo fue la identificación de las amistades de Emanuel Contreras, de su lado Sara insistió con las sospechas sobre la joven Michelle, en cambio Julio hizo hincapié en “los caballeros de la casa azul”, aquel grupo de abogados que iban los martes a hacer tertulia al restaurante.

El agente Benín tomó los datos de cada uno de los mencionados señores, allí coincidía el nombre de Alfonso, Marino y Fabio, quienes se presentaron en horas de la mañana en la estación, de otra parte Jose Isidro Segundo Caicedo levantaba sospechas, pues no respondía las llamadas.

Agradeció a ambos la colaboración y se excusó por el extenso tiempo de entrevista, hacía la salvedad de que era una causa muy sensible y por ello requería total profundidad.

Sara Carolina regresó con Julio al restaurante, en el camino conversaron sobre el futuro inmediato, la decisión era mantener cerrado mientras se decidía seriamente qué pasaría. Al llegar notaron que un automóvil de la marca Mazda, color rojo, estaba estacionado afuera, sobre el andén adyacente. Al acercarse no vieron a nadie en su interior, pero era extraño porque en toda la calle no se veía a nadie transitar.

Ingresaron al restaurante y empezaron a acomodar la cristalería en cajas, limpiaban mesas y las arrumaban al fondo, contra una pared. A las cuatro con treinta y tres minutos de la tarde, el ambiente en el restaurante parecía más al de una bodega que al de un centro de tertulia y encuentro.

Marino estacionó el carro sobre un espacio más delante de la entrada del edificio, detrás suyo se estacionó por igual Alfonso. Allí les esperaba Abril en las escaleras que daban paso a la entrada del edificio.

Los tres caballeros se acercaron y la saludaron tímidamente, como si todos estuviesen de acuerdo que la situación era el preludio de la calma que antecede al huracán.

Doña Abril saludó al guarda del edificio, se reportó como la madre de Jose Isidro Segundo Caicedo Barona, pidió permiso para entrar en compañía de los tres caballeros.

Los cuatro ingresaron al ascensor, el silencio era tan incómodo como las miradas que se cruzaban entre todos en el reducido espacio, para ese mismo momento, Sara Carolina cruzaba su mirada con Ignacio en la entrada del restaurante.

A las cuatro con cuarenta y dos minutos de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, la señora Abril Barona de Caicedo, junto a tres caballeros de la casa azul abría la puerta del apartamento 601 del edificio Santa Isabel. Rebeca, la gata, les recibía con un maullido de hambre y tristeza.

Ingresaron y con el afán de quien pierde la suerte en el casino, recorrieron el apartamento buscando a Jose Isidro, quien acostado sobre la cama yacía inerte quizás, esperando despedirse de su madre.

Abril no gritó, ni hizo ninguna especie de escándalo, algo dentro de sí sabía desde el día anterior que su hijo había tomado rumbo a otro plano existencial.

Alfonso gritó, dejó salir un gemido de tristeza, Fabio lo abrazó con fuerza para evitar que se cayera o peor aún, hiciera algún movimiento extraño.

Marino estaba en total silencio y con la misma prudencia, se acercó a tomar a la señora Abril de la mano, le sugirió retirarse, no era correcto estar allí viendo a su hijo fallecido.

Los cuatro se sentaron en la sala del apartamento y llamaron a la policía, reportaron la novedad y acto seguido, informaron a la portería del edificio.

Marino pidió al guarda de seguridad que se revisara las cámaras de vigilancia, para saber si alguien o algo ocurriese en el apartamento.

Sara Carolina gritó del susto al ver a Ignacio tambaleándose en la entrada del restaurante.

Julio saltó de la barra del bar y corriendo logró abrazar a Ignacio antes de verle caer. Se le notaba totalmente distraído, como si estuviese drogado o en alguna especie de trance.

Lejos, en alguna parte del norte de la ciudad Michelle avanzaba en su Mazda color rojo, tenía ganas de tomar una copa de vino, Malbec quizás, pero recordó la recomendación de una ejecutiva del hotel donde trabaja, acerca de un restaurante muy agradable al sur de la ciudad.

Se dirigió con la tranquilidad de saber que todo iba bien, el tráfico de la media tarde empezaba a congestionarse y allí, en medio del bullicio de unos carros que quieren avanzar, sintió el deseo de una copa de vino.

En el espejo retrovisor podía observar la silueta de Emanuel.

- Carmenere es la mejor opción, Si. – Alzó la voz con su acento paisa.

AV.

12 de mayo de 2026

Julio Washington Pupiales Varela (El Ingeniero)

 


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Julio Washington Pupiales Varela estaba sentado en su apartamento jugando en el teléfono móvil, recién había descargado un juego, sobre el sofá descansaba con los pies estirados, descalzo y en pantaloneta, a su lado en un bafle sonaba “Retromix Volumen 6”, una mezcla de canciones de los años noventas que encontró en Youtube.

Julio nació en el mes de septiembre, al igual que Sara Carolina, de quien vivía enamorado. Trabajan juntos desde el año 2024, siendo él mucho mayor que ella, apoyaba a Emanuel Contreras en la administración de la Casa Azul, además de la preparación de coctelería y bebidas en la barra del restaurante, desde el jueves hasta el domingo. Durante los días corrientes de la semana ejercía solamente labores administrativas.

Una canción pegajosa de DJ Bobo aparece en el bullicio de aquella mezcla musical, golpeando los pies contra el suelo seguía el ritmo de la canción hasta que una llamada telefónica le interrumpió.

A las nueve de la mañana de un miércoles de marzo, la llamada de parte de la policía nacional de Colombia le notificó del fallecimiento de su jefe, amigo y colega, Emanuel Contreras Hitschfeld.

De acuerdo a la versión de la policía el cuerpo del señor Contreras fue hallado sin vida y con notables laceraciones en el pecho y costado, estaba cerca del Río Cali. Desde medicina legal informaron que era evidente que había sido víctima de algún acto violento que acabó con su vida. La llamada telefónica además de ser un interrogatorio para validar la coartada del señor Pupiales, servía por igual para la verificación de datos de contacto del fallecido señor Contreras. Por recomendación del agente de policía, se le pidió que pasara por la estación de la avenida primera, para dar declaración.

A las once de la mañana, con el sol golpeando la tristeza de quien salía a buscar explicaciones, tomó su bicicleta y desde el barrio 03 de Julio salió en dirección a la Casa Azul. 

Julio Washington Pupiales Varela necesitaba encontrar paz y verdad.

Necesitaba tranquilidad.

Necesitaba entender qué ocurría.

Buscaba la paz en el silencio de aquel restaurante que se convirtió en su morada durante muchos años, desde el 2011 era el encargado de la barra y poco a poco, de la atención de proveedores y contratación del personal de apoyo. Encontró en Emanuel un hombre que siempre le recibía con una sonrisa, incluso en los momentos difíciles, cuando nadie conocía el restaurante y solo lo visitaban los amigos del trabajo.

Tuvo la oportunidad de conocer a todas las mujeres que quisieron ser novias de Don Emanuel, desde señoritas jóvenes recién egresadas de las elegantes universidades de la ciudad, hasta mujeres maduras que llegaban por recomendación de otras señoras, todas con la intención misma de recibir en Emanuel la cordialidad de unas manos cariñosas y cordiales.

De las mujeres que llamaron su atención, siempre prevalecieron las acompañantes de los amigos de Emanuel, pero su favorita era Sara Carolina, joven e inteligente, una mezcla letal de belleza y sarcasmo en sus palabras.

Llegó sudando y con la camisa en exceso húmeda del calor que abordaba a la ciudad, entró a la Casa Azul y se sentó sobre la barra, recordaba a Emanuel aconsejándole, dándole secretos de cocina o simplemente hablándole de su vida en Mendoza. En aquel miércoles pesaba la noticia como un dolor insoportable, se sirvió un vaso de agua fría y con una lágrima rodando sobre sus mejillas intentaba conservar la postura recta.

Sara Carolina llegó alrededor del mediodía, le había escrito para que se vieran allí.

Entró con el cabello cogido con un gancho enorme con apariencia de mariposa, cargaba un morral de tela y sus botas de cuero rojo. En los ojos de Sara Carolina había pesar, pero también rabia.

Julio levantó la mano derecha a modo de saludo, no se inmutó en levantarse si quiera, ya había gastado mucho esfuerzo el año anterior para pretenderla, no le era extraño ahora entender que en ella no había nada que anhelar. No había incluso, evidencia alguna de que tuviese sentimientos.

Sara Carolina se quedó sobre la puerta terminando de escribir un mensaje: “el Comandante Cody ya ejecutó la Orden 66”.

Soltó una sonrisa de picardía y entró para encontrarse con la tristeza de su compañero quien sentado en la barra del bar, con un vaso de agua fría guardaba silencio, simplemente le observaba con la tristeza de quien entraba en desgracia.

- ¿Qué va a pasar ahora? – Preguntó Sara.

- Ni idea, alguien tiene que reclamar el local. Por ahora cerrar, respetar el duelo y buscar trabajo en otro lado. -

- Me niego, es injusto. -

- Tengo que ir a la estación de policía, me imagino que vos también. -

- Seguramente. -

Sara Carolina se sentó a su lado, con las manos sosteniendo la cabeza posó los codos en la barra y fijó su mirada en la decoración de botellas y luces apagadas, pensaba por largo rato en lo amable que era el señor Emanuel, y de esa amabilidad, lo peligrosamente abusivas que podrían llegar a ser las mujeres.

Encerrada en sus pensamientos comenzó a recordar a Michelle, la joven acompañante de Emanuel, coqueta, fanfarrona, mentirosa.

Una ligera sensación de rabia le recorrió el pulso de la vida y le invitó a pestañear, en ese instante tomó el celular y buscando las fotos de esa noche, encontró una en la que aparecían abrazados, con la misma rabia escribió un mensaje al chat de Alfonso:

“Dile al Concejo Jedi que Michelle está lejos, donde la nueva orden se encargará de todo. Donde Emanuel no podrá volver.”

En silencio se quedó viendo la pantalla del teléfono, como si estuviese estructurando una vendetta o intentando recordar una receta de cocina, cualquier cosa viajaba en sus pensamientos, era tal la conmoción que por un instante llegó a presentir la presencia de Emanuel allí, en la barra del bar.

Julio se levantó y comenzó a preparar un batido de frutas: “hay que acabar con todo lo que sea perecedero, a la final se va a dañar ¿no?”

Sara le miraba en silencio, alzó la vista a modo de reproche, solo quería encontrar a Michelle y pedirle explicaciones, de seguro, pensaba, era ella la culpable de todo.

Mientras Julio veía como las frutas se iban licuando, se dejó llevar en los recovecos de la memoria. Recordó que los primeros clientes, varios de estos empresarios amigos de Don Emanuel, le habían dado el sobrenombre de ingeniero, porque preciso en ese entonces había iniciado sus estudios de Ingeniería Mecánica en la universidad pública, estudios que abandonó al año siguiente por la alta exigencia que demandaba y el poco tiempo que tenía para cumplir.

A pesar de abandonar la universidad, los clientes le insistían en que tenía cara de ingeniero, voz de ingeniero, incluso, manos de ingeniero. Todo era chiste para ellos, y para Pupiales, eran bromas inocentes.

Se sirvió en un vaso el batido de frutas, brindó a Sara pero ella le rechazó de inmediato, no se sentía con ganas de nada.

- ¿Vamos a ir a la policía? – Preguntó - ¿O a qué me hiciste venir? -

- Si, pero ahora en la tarde, a esta hora no nos atiende nadie –

Sara con su mirada fulminante, espetó: - Entonces invítame el almuerzo –

Julio Washington Pupiales Varela abrió los ojos con sorpresa, tomaba su jugo de frutas mientras le miraba, conocía muy bien esa mirada y entendía que algo estaba procesando esa mente oscura e inconforme.

- Si, pidamos un pollo frito –

Sara Carolina tomó de nuevo el teléfono y revisando la lista de clientes encontró el que parecía ser el contacto de Michelle. Lo revisó varias veces, quería salir de la duda, pero no se le ocurría una forma limpia de hacerlo.

-      ¿Y si nos quedamos con la Casa Azul? – preguntó Julio.

AV.

7 de mayo de 2026

Sara Carolina Certuche Londoño (El Mensaje).



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Sara nació en el año 2001, para los días recientes del desastre de las torres gemelas, creció en la ciudad de Cali y para 2026 ya se había graduado de Arte Dramático en el Instituto Departamental de las Bellas Artes.  De mirada taciturna y cabello tinturado color rosa con vistos verdes, aprendió a hablar inglés viendo series de televisión americanas y su gusto musical le llevó a aprender a tocar la guitarra a temprana edad.

Influenciada por el talento de Helena Bonham se convirtió en fanática del cine de culto, allí encontró el amor por la actuación y el vino tinto.

En diciembre del año 2024 llegó a la Casa Azul respondiendo una convocatoria de empleo que había visto en Instagram.

El lunes pasado, un día casual de marzo, prestó sus servicios en la barra del restaurante, entre semana asumía labores de bartender y los días jueves a sábado ayudaba atendiendo en mesas.

Desde la barra podía observar a Don Emanuel y Jose Isidro, conversar con la joven Michelle, una dama que frecuentaba muy de vez en cuando el lugar y que por su belleza, traía a ambos caballeros distraídos de la vida.

De alguna manera sentía celos, a pesar de sus jóvenes septiembres de vida, se consideraba una mujer inteligente y abierta al mundo, condición suficiente para atraer la atención de un hombre mayor y culto, como Jose Isidro Segundo. Siempre lo vio como un ser interesante, tímido y en ocasiones, vulgar. Varias semanas le atendía en la barra del bar sirviéndole whisky o vodka, algunas tardes llegaba en compañía de Juan Alfonso, otro señor inmaduro que daba alegría a sus tardes en la barra, porque si algo podía disfrutar de esos dos abogados era su amor por la justicia y las anécdotas de lo impensable.

Jose Isidro reiteraba su discurso en temas de historia, Juan Alfonso era más dado a hablar de cine y ciencia ficción, punto de encuentro con Sara Carolina quien disfrutaba del cine de terror y misterio, no en vano su apariencia alternativa, sus tatuajes y su variopinto cabello.

Se presentaba como una mujer fuerte, para que los hombres le respetaran y no iniciaran el tedioso proceso de quererla pretender, acosar o insultar. Alguna vez, Emanuel bajo los efectos de un buen Malbec blanco, quiso seducirla con el amparo de la soledad, pero tanta sabiduría trae la vida en las coincidencias que al momento de dejar salir la insolente propuesta una llamada telefónica le interrumpió haciéndole olvidar lo que de seguro, era una pésima idea, para Sara no era extraño ni sorpresivo tal caso, bien entendía el gusto casi obsesivo de su empleador por las mujeres jóvenes, muy jóvenes.

Dentro de aquel carácter fuerte existía una señorita curiosa y amante del misterio, aprendió un segundo idioma como evidencia de su curiosidad y estudió artes como pretexto de su identidad, a la final la vida aún no le mostraba el camino determinado, incluso a sus 24 años de vida. Ese lunes notaba a la itinerante Michelle diferente, tanta cercanía con Jose Isidro no solo le despertaba algo de celos e inseguridad, le gestaba la duda misma de que algo malo estaba por ocurrir.

Ya cuando la noche empezaba su curso, Don Emanuel, su jefe, se levantó de la mesa para esculcar en la cava y sacar una botella de Carmenere porque según él, era una obligación tomar vino chileno. Michelle seguía risueña y de forma coqueta atendiendo la ansiedad de ambos señores, Sara, desde la barra tomaba nota de cada pedido y también, de todo lo que observaba o escuchaba, era una especie de espía que vigilaba a los más cotidianos soldados del amor.

Al momento de abierta la botella de vino, Michelle se ofreció a servir la siguiente ronda de aquel vino chileno, mientras lo hacía cerraba los ojos y susurraba palabras extrañas, tan extrañas que Sara despertaba curiosidad por la escena, incluso se visualizó actuando un monólogo igual.

Sin entender qué había ocurrido, dejó escapar la oportunidad de despedirse de Emanuel y Jose Isidro, quienes salieron ya cerca de las once de la noche, Sara se encontraba lo suficientemente atareada como para despedirse de manera formal.

Al día siguiente, martes de debate, le sorprendió ver nuevamente a Emanuel con la joven Michelle, desde temprano compartían en una mesa, queriendo mantener a bajo volumen las palabras que prometían futuros insospechados. Intentó ignorarles y haciendo labores de aseo y mantenimiento, organizaba la amplia barra de la casa azul.

Con el transcurso de la tarde vio llegar a Juan Alfonso, luego a Marino y Fabio, con ellos Ignacio, el distraído de siempre, y así sucesivamente aparecieron los comensales tradicionales de aquel punto de encuentro y tertulia.

Emanuel se retiró y Sara en silencio, compartía la preocupación de Juan Alfonso: ¿Dónde está Jose Isidro?

El último en salir fue Ignacio, Marino y Fabio tomaron cada quien su curso justo después de que Juan Alfonso hiciera pataleta por no poder hablar del tema preparado, de su lado Ignacio estaba tan feliz con la promoción de whisky que hasta la tertulia de política internacional le era indiferente.

Sara observaba todo desde la barra, tomaba nota y se imaginaba personajes, porque eso hacen los artistas. Soñaba con escribir una obra de teatro y dejar allí en las tablas las miles de historias que en un bar se pueden sortear, miles, como las intenciones de los desdichados.

Recordó en aquel entonces a Michelle y su coqueta disposición de salir con Emanuel, algo que no había sucedido antes a pesar de tanto tiempo de amistad.

Algo extraño ocurría, algo fuera del orden natural de lo absurdo se cocinaba en la mente de una joven entusiasta, Sara Carolina ideaba los peores escenarios, y en uno de ellos se encontró con Juan Alfonso que algo molesto y ebrio, fumaba su vapeador de sandía con apuro, estaba de pie en la entrada del restaurante con la mirada buscando estrellas en el universo, se le notaba incómodo.

Entró y se sentó en la barra del restaurante, tomó su teléfono y pidió un servicio de Uber, Sara lo miraba detenidamente, sabía que algo le preocupaba, en silencio se le acercó y con una mirada amistosa pretendió entablar una conversación, pero estaba tan ensimismado en sus afanes y vergüenzas, que se retiró sin despedirse.

Sara le miraba salir.

A la mañana siguiente, un miércoles cualquiera de esos que el sol sale temprano para espantar a la lluvia, Sara Carolina comenzó a preparar sus ideas sentada en la sala de su apartamento, un pequeño y confortable recinto en San Cayetano. Escribía sus historias y se imaginaba universos cotidianos, tan cotidianos como la ficción misma de lo innombrable.

A las diez de la mañana una llamada le interrumpió la concentración, era un oficial de policía que en tono fuerte y descabellado, le preguntaba por la noche anterior, por su jefe Emanuel Contreras y por la rutina de todo lo acontecido.

Sara estaba algo confundida, pero supo dar respuesta a cada duda del oficial, al finalizar la conversación le señaló la mala noticia del fallecimiento de Emanuel en condiciones extrañas, violentas, inexplicables.

Sara guardaba silencio.

No sentía deseo de llorar pero estaba segura de que algo tenía que ver con Michelle, a quien por supuesto no le mencionó al policía. Sería su misión propia esa deuda.

Tomó el teléfono móvil y envió un mensaje a Juan Alfonso, necesitaba un colega, pero antes, debía ponerle a prueba.

Recordó que había guardado su contacto a petición de Don Emanuel, por aquello de tener respaldo de sus clientes.

A las diez de la mañana envió un mensaje al chat de Juan Alfonso Mosquera:

“¿Qué haría Anakin Skywalker en estos momentos?”


AV.

6 de mayo de 2026

El día después. (Raúl Ignacio Méndez Hau).

 



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Michelle despertó renovada, se sentía tranquila y llena de vida, su cuerpo cada vez más vital, sus ojos negros brillaban con la satisfacción de un placer adquirido, hace tiempo no se sentía completa, quizás la última vez que esa sensación la abordaba fue en su juventud en Medellín, durante sus estudios cuando un par de ebrios transeúntes querían ultrajarle, con el triste final de ser devorados por esas sombras que su interior cargaba.

Esa mañana de miércoles llegó al hotel para iniciar sus labores administrativas, muy temprano a las siete de la mañana de un día cualquiera de marzo, estaba vestida con un elegante traje azul oscuro bordado con las credenciales de la cadena hotelera. Su cabello recogido y una sonrisa enmarcada en un lápiz labial que le resaltaba aquella belleza que las mujeres de su tierra suelen emanar.

En dos oportunidades mientras pasaba revista en uno de los auditorios del hotel que estaba ocupado por una convención de empresas de tecnología, sintió la presencia de Jose Isidro, como si su ser etéreo estuviese husmeando en su entorno, pensó por un instante que era solo la culpa de haber sacrificado a un cristiano en melancolía, pero aquel sentimiento de culpa se descartaba de inmediato al verle reflejado en los cristales de cada ventana o puerta que cruzaba.

Encontraba al taciturno abogado caminando desorientado, intentaba llamarle, sus expresiones ahora inhumanas trascendían de la bóveda oscura de lo inexistente, para acosarle en breves segundos de su jornada laboral.

Quería suponer que eran pensamientos de remordimiento, pero el silencio de cada situación era agobiante, en efecto, él caminaba cerca, sin entender el cómo o el por qué llegaba a hacerse a la idea de que los dioses del mundo oscuro lo estaban regresando a su natural universo de seres humanos y angelicales. Se encerró en uno de los baños y sentada sobre el inodoro se quedó con los ojos cerrados buscando una puerta, una ventana, algún agujero que le permitiera ver lo que los mortales corrientes no entienden ni nunca podrán avistar.

Una luz.

Una luz azul, en ocasiones roja, con vistos amarillos, algo de música, música urbana.

Ritmos latinoamericanos interrumpían lo que debía de ser un silencio sepulcral, de esos nítidos espacios del más allá donde ningún santo quiere caminar.

Aquel ruido popular dejó fuera de lugar a Michelle Cristina, nunca en su mediana experiencia había visto algo posible.

¿Música para los muertos?

La puerta de entrada a la zona de baños sonó con fuerza, alguien había entrado, de seguro con el afán de un intestino impaciente. Michelle salió del trance y se compuso nuevamente, bajó el agua del inodoro para emular que estaba haciendo del cuerpo y salió acomodándose el saco del uniforme, un blazer tan elegante como sus métodos de conquista.

Al salir se cruzó con una mujer de mediana edad, preciso estaba con el afán de poder descargar aquello que le aquejaba en su interior. Le ignoró y comenzó a lavarse las manos, por un segundo, de esas nimiedades que nosotros los humanos no podemos percibir, Jose Isidro Segundo Caicedo apareció en el reflejo, estaba casi invisible, pero Michelle Cristina bien sabía que era él.

Lo vio confundido, caminando como un viajero que busca la salida, algo imperdonable para ella. Para ese instante lo consideró una anécdota de quien apenas inicia la travesía al bajo astral, pero su indiferente mirada se quedó perpleja al notar que preciso, Jose Isidro estaba conversando con alguien, como si fuese un saludo.

Era Raúl Ignacio Méndez Hau.

Michelle salió del baño con pasos fuertes, el tacón de su calzado lograba hacer algo de ruido sobre el tradicional alfombrado del hotel, caminó queriendo encontrar un lugar dónde emerger su no santa costumbre de intimidad, dominar a aquellos que osaban desafiarla. Preciso afán de la vida, el agente responsable de relaciones públicas de una de las empresas a cargo del evento se acercó para interponer algunas quejas con el servicio del hotel.

De aquel prestigioso hotel que estaba a su cargo.

Atendió las demandas del cliente, un cliente que pagaba la factura con recursos del Ministerio de Ciencia y Tecnología del gobierno nacional, razón por la cual era prioritario solucionar en vez de postergar. Aquella solicitud logró robarle casi la mañana entera, primero por temas de conectividad porque el operador del servicio había fallado, segundo con la atención en el servicio de catering, pues la comida que se brindó era diferente a la contratada afectando la calidad del servicio y el cumplimiento del contrato.

Sin ser exagerados, el apoyo con el montaje del escenario, tanto sonido como luces estaba fallando, y para sumar a la desgracia, el aire acondicionado del auditorio estaba sin cumplir las expectativas de los más de doscientos asistentes.

Aquella mañana de un miércoles de marzo, Michelle tuvo que acudir a todas sus sabias maromas para responder a las exigencias del cliente, como era su labor. Sus auxiliares dieron todo el apoyo, el equipo completo del hotel estaba a su disposición con tal de que todo se solucionara y en esa compleja situación, el tiempo avanzó como el vuelo de un colibrí.

A las once de la mañana todo estaba nuevamente en orden, con el reto además de comenzar a preparar todo lo necesario para el almuerzo el cual, era contratado con un proveedor externo del hotel, otro reto que no se podía dar el lujo de que fallara.

En aquellos instantes de preocupación pudo encontrarse con Jose Isidro otra vez, él no la veía, de seguro ignoraba que su triste existencia era vista desde el mundo de los humanos a través del reflejo de los cristales, pero Michelle bien podía enterarse de que allá, donde el tiempo y el espacio no tienen orden ni secuencia, Ignacio deambulaba como un mensajero de esperanza.

Al terminar los afanes de sus clientes, se encerró nuevamente en el baño, en tal oportunidad, en el lugar destinado para los administrativos del hotel. Allí se sentó sobre el inodoro y con los ojos cerrados invocó a aquellos seres de los que no podemos hablar. Siguiendo las enseñanzas de su abuela Aurora, logró abrir el portal que divide lo creíble de lo inmarcesible, se lanzó como un pelicano cazando a su presa, rompiendo todo límite de lo humano y lo etéreo hasta caer en esa zona oscura.

Su llegada despertó a los fuegos fatuos, varios orbes que deambulaban como la costumbre del universo sustenta, encendieron sus luces en acto de defensa, como un pez globo en medio del temor a ser cazado.

Michelle, en forma de espectro navegaba intentando alcanzar a Ignacio.

Esquivó varias luces hasta poder ubicarse donde los dos caballeros deambulaban. Ignacio intentaba acercarse para entender quién estaba en ese lugar, con la fe misma de que era su amigo Jose Isidro Segundo.

En ese momento Michelle soltó un grito de histeria, quería evitar cualquier contacto, su voz emergía con una distorsión electrónica que no era legible para cualquier ser humano, pero se escuchaba como un ruido que llamaba la atención de Ignacio.

Alrededor de las luces de colores que flotaban por todo el recinto, Ignacio podía ver con pequeños detalles, miradas de seres desconocidos, y en esos seres desconocidos, identificó a uno de ellos: Michelle Cristina Rueda Palacios.

Ambos, tanto Michelle como Ignacio se asustaron, quizás era la vez primera que dos seres vivos se cruzaban en un entorno dónde los vivos jampas deberían de indagar.

Ignacio despertó por un momento y se cruzó con la mirada de Everardo quien de modo insistente le pedía que se retirara, que ya estaba tarde.

Jose Isidro Segundo con el anhelo de entender qué ocurría quería acercarse a su amigo Ignacio, pero preciso, la presencia de Michelle logró alejarle de la única posibilidad de interactuar con un ser humano decente.

En el fondo Michelle sintió que todo estaba solucionado.

Volvió en sí y saliendo del baño se encontró con uno de sus auxiliares que le estaba buscando, recibió la instrucción de que el almuerzo estaba demorado.

Con la ira de quien quiere controlarlo todo salió apurada a llamar al proveedor, durante esa llamada Ignacio nuevamente volvió a entrar al mundo de lo inmarcesible.

En aquella ocasión no pudo acercarse más a Jose Isidro, pero para sorpresa suya, se encontró con Emanuel, su viejo amigo.

Logró acercarse y con lágrimas en los ojos, dejó que su llanto fuera la manera de comunicar todo aquello que le afligía, desde los demonios que le susurraban en su cabeza, hasta las pesadillas que le obligaban a viajar a mundo incomprendidos. Emanuel, de manera etérea le abrazó explicándole que todo era suficiente, que ahora estaba por emprender un camino de redención que no sabría cómo iba a culminar.

Michelle, mientras sostenía la conversación con el proveedor sintió una punzada en su pecho, de modo alguno supo que era la abuela Aurora quien le buscaba.

Colgó el teléfono y con los ojos cerrados dejó que ella se hiciera con su cuerpo, en un trance que ningún humano presente pudiera entender, permitió que tomara una libreta de apuntes y un lapicero con el membrete de la cadena hotelera, sobre una hoja amarilla escribió la dirección de una casa en el barrio Las Vegas, al sur de la ciudad.

A las doce con diez minutos llegó el almuerzo que según la agenda logística, debía de aparecer a las once de la mañana. Michelle, descompuesta por la situación, delegó en sus auxiliares la tarea de que todo se hiciera según el contrato, no era fácil servir comida para casi 250 comensales en menos de diez minutos.

Con un par de excusas incoherentes se hizo a un lado y salió del hotel, dejó el saco de su uniforme en su puesto de trabajo y tomó rumbo en el carro a la dirección que estaba en la hoja amarilla, con una letra poco legible, pero perceptible.

Siendo casi la una de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, en el barrio Las Vegas, el timbre de una casa de tolerancia sonó como era costumbre, Angela León, de ojos castaños y cabello tinturado de rubio, abrió la puerta, detrás de ella apareció Everardo con cara de pocos amigos, estaba cansado y cumpliendo horario extra a su habitual turno de vigilancia.

Informó que estaba atenta a recoger a un amigo suyo, a Ignacio, ambos con la amabilidad de un verdugo le hicieron seguir para verificar que era la persona que buscaba. Minutos más tarde, entre Angela Vaca y Angela León lograron ayudar a que Everardo trasladara el cuerpo pesado de Ignacio hasta el carro, un elegante Mazda 3.

Entregaron a Michelle el teléfono móvil de Ignacio, un paquete de cigarrillos, una botella de whisky a medio terminar y la cuenta de todo el servicio que adeudaba.

Michelle sin oponerse a la situación dejó salir una sonrisa de esas que usa para cazar a sus presas, pagó la cuenta y se despidió de los preocupados trabajadores.

A la final, le parecía que estaba pagando un buen precio por todo.

AV.