4 de abril de 2026

Fabio Andrés Barona Muriel (El visitante).

 


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Fabio Andrés nació en la ciudad de Pereira, allí creció viviendo una vida tranquila sin los lujos de la Colombia corrupta, sin los miedos excesivos de una guerra de carteles de Medellín y Cali, vivió por demás, una infancia tranquila con las precauciones de siempre de no ser víctima de la delincuencia local, del sicariato de turno o incluso, de las desapariciones de niños que se alertaban en el norte del Valle y en Armenia, regiones vecinas.

Creció rodeado de tres hermanas, María Claudia, Tatiana de los Ángeles, Cristina Eugenia y Francesca. Él como hijo menor tuvo una infancia rodeada de total sensibilidad, sus padres se dedicaron siempre al comercio de electrodomésticos en la bonanza de aquellos años ochenta y noventa, suficiente para dar una educación de calidad a todos.

María Claudia estudió Psicología en la Universidad Tecnológica, hoy día atiende en su consultorio particular y vive en una economía suficiente para sostener un hogar, como madre soltera.

Tatiana se dedicó al diseño gráfico y viviendo en Bogotá dedicó su presente profesional a una reputada marca de cigarrillos. Junto a ella vive la siguiente, Cristina, que decidiéndose por la Antropología, se graduó de la Universidad de los Andes para dedicar su vida a estudiar proyectos de infraestructura en lo que los intelectuales del periodismo llaman, la Colombia profunda.

Francesca, la menor de las damas y mayor que Fabio por un año, encontró el amor en una red social, un Francés de aquellos que tienen ascendencia Argelina vino de visita a Colombia luego de conversar durante tres años por un teléfono móvil. Se casaron en Pereira y repitieron el ritual en Lyon, en una casa a las afueras de la zona urbana cargada de lujos y promesas de una vida mejor.

Fabio siempre fue alegre y entregado al fútbol, su pasión el Deportivo Pereira le llevó a conocer varios estadios y cultivar gratas amistades, hasta que dado el momento empezó sus estudios de Derecho en la Universidad Libre, allí mismo en Pereira.

Se graduó sin ser el mejor, tampoco sufrió para hacerlo, solamente cumplió con lo que cada requisito de grado demandaba. A principios de la década del diez atendió un caso inmobiliario interesante, una familia tradicional del barrio Granada demandaba a una franquicia de bebidas de café por el mal pago y mantenimiento de la vivienda.

El caso aparentaba ser de aquellos trámites que con una conciliación podría dar fin, pero la negligencia de los abogados de la franquicia aquella insultaba la inteligencia de la familia propietaria de la casa, grande además.

El caso escaló a la casa matriz de la franquicia de bebidas y tuvo que replantearse la estrategia, para ese entonces Fabio Andrés encontró en una oficina de abogados de Cali el apoyo suficiente para crear un equipo que diera respuesta a la alta complejidad de lo que inicialmente era un pleito de garantías inmobiliarias. Allí conoció a Marino Esteban Ruales Peña.

Atendieron el caso inicialmente por días, Fabio viajaba y analizaba la documentación, planteaban estrategias y Marino acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor, a medida que la franquicia de bebidas imponía condiciones nefastas para la familia propietaria de la vivienda, el caso se convertía en una lucha de poderes corporativos.

Por recomendación de Marino, Fabio se fue a vivir dos meses a Cali, dejando a sus padres en Pereira con la advertencia de volver.

El caso creció como lo suelen hacer los problemas.

Fabio Andrés conoció el lado alternativo de la ciudad, aquella Cali que no se sumerge en el ruido de la salsa de golpe ni en el jolgorio de las discotecas llenas de mujeres y aguardiente. Con Marino empezó por probar una gastronomía internacional, desde tapas españolas hasta restaurantes libaneses y bares de corte irlandés.

La cerveza artesanal enamoró con fuerza el paladar de Fabio y la elegancia de las abogadas, en su mayoría de carácter fuerte, atrajo a sí mismo, la codependencia que sus hermanas desde temprana edad le forjaron.

Con el apoyo de la familia que asesoraba en el caso aquel logró conseguir un apartamento en la zona norte, por aquello de poder salir fácilmente a Pereira y a su vez, estar a distancia prudente del centro de la ciudad donde la mayoría de juzgados convocaban su labor de apoderado.

Marino le inculcó el gusto por el Martini, un coctel de alta tradición internacional, junto a este, un buen plato de embutidos con variedad de quesos, una conversación filosófica de historia universal y por qué no, en el mejor de los días, una buena compañía con abogadas igual de solteras y amantes del Martini.

Frecuentaron Penélope, disfrutaron de las noches de BBC y hasta pasaron por bares de tradición que fueron desapareciendo con la modernidad de la ciudad. Para aquel año 2017, cinco años ya de instalado en la ciudad de Cali, una dama de elegante porte le aceptó la invitación a salir con la condición de ser ella quien escogiera el punto de encuentro.

Con un poco de misterio y algo de incomodidad Fabio Andrés aceptó, pero pidió a su amigo Marino estuviese atento al teléfono por si algo ocurría.

Lizeth Herrera, abogada, especialista en Derecho Laboral, soltera, hija de padres abogados, nieta de un reconocido abogado, ex esposa de un abogado, conoció a Fabio en los pasillos de aquel caso de la franquicia de bebidas, caso que cursaba cuatro años de querellas y amenazas.

Tan grande es la suerte de los ignorantes que preciso un grupo de trabajadores entabló demanda contra la misma empresa por la violación al derecho de libre asociación, la insistencia de crear una asociación de trabajadores convertía a la franquicia en parte de un ecosistema de problemas que ya Fabio atendía desde la parte comercial e inmobiliaria.

Coincidieron, porque eso hacen los dioses con los humanos, jugar a crear aventuras donde no hay cimientos de futuro.

Lizeth conoció a Don Emanuel en la universidad franciscana, allí compartieron algunas clases juntos y a pesar de la notable diferencia de edad lograron entablar una cordial amistad, ella bien sabía que el señor estaba muy interesado en pretenderla, pero logró atajarle antes de tiempo. Supo de su negocio de vinos y comida, así que comenzó a frecuentarlo los fines de semana, en especial los viernes que el centro de la ciudad empezaba a congestionarse, sobre todo por los alrededores del Bulevar del Río.

Fabio llegó a la Casa Azul sin conocerla, logró con las indicaciones de Lizeth estar puntual, ella lo esperaba con un vestido largo azul turquí, aretes dorados con forma de mariposa y un collar blanco con un dije dorado en el centro, también con forma de mariposa.

Se sentaron a tomar una promoción de Martini, porque era jueves y Don Emanuel, con su negocio muy joven todavía, pensaba en crear promociones para atraer clientes.

Lizeth conversó con Fabio Andrés, él, encantado de su inteligencia, solo escuchaba, recordaba a sus hermanas como una tertulia de grandes intelectuales, sobre todo a María Claudia y Cristina, las “filósofas” de la familia, como él las recordaba. En algunas ocasiones compartió ideas con Lizeth y dio prioridad a sus conocimientos de historia, amaba tanto la historia como a su Deportivo Pereira.

En algún descuido de la tarde mientras el tiempo seducía a los insensatos, Don Emanuel se acercó a la mesa a saludar a Lizeth, le tomó de la mano y se la besó como un príncipe a su doncella, Fabio sintió algo de celos e incomodidad, pero guardó la compostura como sus hermanas se lo enseñaron. Lizeth estiró la mano y con una mirada de complicidad presentó a Fabio con Emanuel, allí la magia del universo los unió como dos caballeros que se volverían amigos.

Terminó la tarde – noche, Fabio Andrés se despidió de Lizeth y la acompañó a su carro, viendo como se retiraba llamó a Marino Esteban, le contó un poco de la belleza de persona que era la dama y cómo no, le insistió que llegara a tomarse una cerveza, que el lugar era muy agradable.

Entró a esperar a su amigo, momento justo en el que Emanuel Contreras se le acercó y con la amabilidad de un extranjero le invitó otra copa de Martini. Se sentó a su lado y entablando una amistosa conversación sembraron las raíces de una amistad que cursaría nueve años de copas, historias y mujeres.

El miércoles siguiente, pero de marzo de 2026, Juan Alfonso Mosquera estaba sentado en el parqueadero de la Torre de Cristal, tenía las manos en el regazo con los pensamientos alborotados, entre lágrimas de tristeza y de terror quería encontrar una solución a lo que estaba pasando.

Intentó contactar a José Isidro pero la llamada nuevamente era ignorada, así que prefirió llamar a Fabio, el más serio de todos los colegas de la mesa de la Casa Azul.

Fabio aquella mañana estaba recién terminando una reunión con unos clientes corporativos, pues ahora su experiencia le daba suficiente récord para asesorar a pequeños empresarios que tuviesen pleitos legales con grandes corporaciones y franquicias. A sui lado estaba Marino, colega de luchas y su mejor amigo en la ciudad.

Atendió la llamada pensando que Alfonso quería programar un jueves de Martini o quizás, ir a almorzar paella en la casa ibérica.

Juan Alfonso Mosquera Moreno desde el asiento de su carro se acomodó la corbata de color naranja, sentía que le ahogaba, con voz firme para no parecer vulnerable, soltó a su amigo Fabio la mala nueva:

“Fabio, me acaban de informar que Don Emanuel falleció. Me llamó la policía, dizque se murió anoche”.

Fabio con el ímpetu de la raza paisa, volteó a mirar a Marino sin colgar la llamada, su rostro estaba fijo como una estatua de mármol. Marino sin entender nada comenzó a guardar los papeles en el maletín y a apagar el computador.

“Alfonso ¿Cómo así? ¿Dónde estás?” Respondió con la voz entrecortada.

Juan Alfonso sin perder el ritmo de la conversación, sentenció:

“Voy para la estación de policía de la calle primera, allá nos vemos”.

AV.

3 de abril de 2026

Rebeca (Una llamada).

 



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Nació de una camada de seis gatos, no era la mayor ni la menor, simplemente fue.

Nació en un distinguido apartamento cerca a la zona del aguacatal, una elegante Angora de pelaje blanco había contraído coito con un coqueto Siamés, también de pelaje blanco, algunos pensaron que era una especie de angora de pelo corto, pero realmente obedecía al instinto de su raza, con los ojos azules profundos y unas ligeras manchas en sus patas traseras y cola.

Doña Abril de Caicedo, de elegante porte y con mucho maquillaje para ocultar sus casi sesenta años de vida, la adoptó como regalo para su hijo, consideraba un buen detalle dar algo de responsabilidad a un hombre que ha sido excesivamente responsable con su propia vida, pero desinteresado del mundo exterior.

La gata ya cumplía sus tres meses de vida y estaba en condiciones saludables para salir a una vida distinta al seno de su madre. Doña Abril de Caicedo, esposa de Don José Isidro, se acercó al apartamento de su hijo, José Isidro Segundo Caicedo Barona.

Aquella mañana de 2017 el abogado Caicedo Barona prestaba declaración en el Tribunal Superior de Cali, sobre la plaza de Caicedo. Al salir de sus diligencias paraba siempre en la panadería del costado occidental de la plaza, una porción de torta de chocolate o un rollo de canela, acompañado de un café americano, la dieta del abogado exitoso y ermitaño. Un mensaje en su teléfono móvil le invitaba a llegar pronto a casa, era su madre, doña Abril.

Queriendo evadir la invitación sugirió que mejor se encontraran para almorzar, podrían ir a algún centro comercial o parar en el hotel Obelisco y departir. Su madre, con el carácter que enamoró a su padre, insistió de la importancia de verse dentro de la residencia, ubicada cerca a la avenida del río.

Soltó un par de improperios al aire y pidió que el café y el pastel de chocolate lo envolvieran para llevar. Caminó con la bolsa de papel de una mano y el maletín de cuero en la otra, cargando en su interior todos los procesos a su cargo. Llegó a la torre de parqueaderos y saliendo pensó si todo estaba bien con su madre, rara vez insistía en verse en su propio apartamento.

Alrededor de las once de la mañana llegó y estacionó su carro en el sótano del edificio, con la comida y el maletín en mano subió por el ascensor hasta el tercer piso, la puerta se abrió dando paso a la entrada de su apartamento, su madre, Abril, estaba sentada en la sala acariciando a una pequeña gata de pelaje blanco.

José Isidro se sorprendió y después de saludar a su madre, dio una caricia precavida al animal, se sentó a comer su torta de chocolate mientras escuchaba los relatos de su madre, aquella campaña fugaz de adoptar una cría de angora para dársela como regalo.

“Necesitas compañía, alguien que te quiera de verdad”

Con un ligero gesto de burla, se limpió con una servilleta el chocolate de sus mejillas y en respuesta resaltó que no necesitaba de nadie, la vida era en sí una única línea de tiempo y él no estaba para asumir más cargas. Su madre con el coraje de una lavandera le insistió, a la final la gata ya estaba allí.

Salieron al supermercado más cercano, compraron concentrado de gato y dos bolsas de arena artificial, una caja plástica y algunos muñecos felpa, al regresar al apartamento encontraron a la diminuta criatura durmiendo en la almohada de la cama principal. José Isidro quiso quitarla de un golpe, sentía mucho malestar en su interior pero su madre, la señora Abril, supo darle calma ante la novedad.

La primera noche la gata maulló haciendo la vida insoportable a José Isidro, y así transcurrieron sus noches y sus días durante un par de meses, hasta que en un descuido del tiempo ambos compartían cama y dormían casi abrazados, pero sin nombre.

Una tarde de martes, de aquellos martes de debate en la Casa Azul, José Isidro llegó temprano justo después de la jornada de trabajo, aquel día estuvo en el palacio de justicia y decidió seguir directo a donde Don Emanuel.

Primero tomaron café y lo acompañaron con algo de empanadas de carne, muy al estilo argentino, allí hablaron de todo un poco, sobre todo el recién posesionado presidente de los Estados Unidos, el señor Trump, dedicaron gran parte al análisis de lo que consideraban, el primer presidente revolucionario de américa.

Don Emanuel insistía con preocupación lo que pasaba en su país, las recientes noticias de protestas levantaban sospechas de una crisis mayor, pero en el fondo, se sentía a gusto con la novedad de que su presidente, el señor Macri tenía programado viajar a la Casa Blanca a reunirse con el señor Trump.

Durante aquel debate de martes, temprano además, siguieron comiendo hasta que surgió el tema de la gata. José Isidro con un ademán de desinterés fingió que era solamente un detalle de su madre y que estaba aprendiendo a convivir con aquel animalito, Don Emanuel, recordando sus tiempos en Mendoza, reiteraba que una mascota era una bendición para una persona solitaria, José Isidro no quiso avanzar en el tema, cambiando la conversación.

Cerca de las cuatro de la tarde de un martes cualquiera de abril del año 2017, Rebeca Llinás Almonacid llegó a la Casa Azul vestida de pantalón blanco, blusa de amarillo claro y una diadema dorada que resaltaba sus enormes ojos cafés. Saludó de un beso en la mejilla a Emanuel Contreras y a José Isidro le dio un abrazo íntimo, como si fuese un reencuentro de miles de años pendientes.

Se sentaron a conversar los tres, ahora con una botella de vino tinto, siguieron comiendo empanadas de carne y de música de fondo, algo de New Order, a petición del señor Caicedo.

Con la llegada de la noche aparecieron más comensales, por supuesto Juan Alfonso fue de los primeros en llegar. Siguieron escuchando diferentes géneros musicales y por igual pidiendo más botellas de vino.

Rebeca susurró al oído de José Isidro que se quería ir y que prefería, fuese en su amable compañía.

Así sucedió y cada uno tomó su respectivo vehículo, se siguieron uno al otro y cerca del parque de El Peñón subieron hasta la carrera 4B, a un elegante edificio que sobre la altura de la loma permitía divisar al Río Cali.

Ambos estacionaron los vehículos en el sótano, en el parqueadero designado al apartamento de Don José Isidro Segundo Caicedo.

En el ascensor hubo coqueteo y una suave caricia sobre el brazo de Rebeca logró que fluyera una carcajada escandalosa, para nada sensual.

La diadema brillaba con el reflejo de la luz del ascensor y a su lado, la mirada de un hombre mayor, de cuarenta años y algo más, que en sus pensamientos siempre carga la peor noticia de todo aquello que aún no ha sucedido.

Al abrirse la puerta Rebeca se encontró con otra puerta en frente, a dos pasos de distancia quizás, la entrada principal al apartamento del prestigioso Segundo Caicedo, como le conocían en el complejo mundo de los pasajes judiciales. Entraron despacio, era la primera vez que visitaba a su amigo en su residencia.

Sobre un sofá de cuero negro estaba la gata de pelaje blanco, pequeña, sensible con un relicario de maullidos pidiendo amor, necesitaba calor humano y claramente, algo de comida en su recipiente. La canasta de arena estaba con dos detalles precisos que requerían ser botados a la basura en aras de conservar el buen ambiente del apartamento, el recipiente de agua estaba vacío y los juguetes de felpa, debajo de la cama.

Sorprendida Rebeca preguntó a José Isidro por la identidad de esa cachorra de gato, quien explicó que fue un regalo de su madre y apenas llevaba un par de meses conviviendo juntos, pero que a la fecha no le había dado nombre.

Después de acariciarla un largo rato, la dejó en el mismo sofá y se abrazó ahora con José Isidro, se besaron y juntos con la suavidad de un tormento, terminaron en la habitación principal agarrando sus deseos.

Hicieron algo más que besarse, permanecieron durante toda la noche sin dormir hasta que ella, Rebeca, recordó que debía cumplir una cita temprano en la mañana del miércoles. Se levantó y vistiéndose con la premura del caso, explicó ligeramente a José que lo volvería a visitar en la Casa Azul, o si lo prefería, en su casa directamente.

Él sonrío y le dejó una sonrisa de complicidad, la despidió con un beso y una palmada en la nalga, vio cómo se cerró la puerta del ascensor y se sentó a fumar un cigarrillo de menta en el balcón, con vista a la ciudad.

Eran cerca de las once con cuarenta minutos de la noche de un martes cualquiera de marzo de 2017.

Una noche fría y un silencio lúgubre.

A las dos de la mañana una llamada telefónica, más que inoportuna llamó la atención del abogado Caicedo, quien se levantó de la cama y sin reconocer el número de procedencia la atendió con la duda del caso. Era de parte de la policía metropolitana, la señorita Rebeca Llinás se había accidentado sobre la avenida de los cerros, el único registro que tenían era el contacto más reciente de su teléfono. José Isidro atendió cada solicitud de la policía y en cuanto le fue posible salió al lugar del accidente para reconocer a la señorita y la desgracia que en ella aplastaba su vida.

Sin ser pesimista ni dar la razón a los juegos indomables de los dioses, José Isidro Segundo Caicedo a sus adentros cuestionaba su lugar en el mundo y de cómo este universo de extrañas coincidencias, le arrebataba una vez más la posibilidad de amar y ser amado, aunque en el fondo bien sabía que eso era una aventura de martes.

De regreso a casa, cerca de las cinco de la mañana, el cansancio le invitó a servirse una cerveza fría que guardaba desde el fin de semana en su nevera, junto a esta se sirvió una porción de almendras y se sentó en el balcón a pensar sobre la fragilidad de la vida, esos caprichos de los dioses y aquellas elegías de los humanos.

La gata de cinco meses ya de existencia maulló un ligero reproche, saltó con esfuerzo y se acomodó en las piernas de José Isidro quien, con algo de lágrimas en los ojos y un poco de rencor en el centro de su universo, alzó la voz con total amabilidad, acariciando la cabeza de la pequeña criatura.

Mirándola fijamente susurró:

“Te llamaré Rebeca”.

 AV.


31 de marzo de 2026

Juan Alfonso Mosquera Moreno (El Mensaje).

 



Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/ 


Nació en Cali, en la embolatada paz de aquellos años ochenta, fue educado en colegios privados y como tal, sus amistades fueron ciudadanos privados por igual de lo público. Su construcción social se dio a partir de las bases ideológicas que su padre Don Juan Guillermo Mosquera le insistía en casa, de la lucha implacable en contra del comunismo. Su madre, María Eugenia Moreno Haddad, creció en un hogar de lujos y favores, de allí el rápido enamoramiento por Don Juan Guillermo, hombre que entendió que hacer favores era un arte y una ventaja social.

Le pusieron Juan, para que en los oficios apareciera como Juan Mosquera, igual que su padre. Su madre insistió en Alfonso, en homenaje al padre de ella, Don Alfonso Moreno, otro líder cívico y patriota de banderas azules.

Juan Alfonso se enamoró del cine, a primera vista conoció los poderes de un hombre que podía volar usando una capa de tela color rojo, con el paso de los años, enamorado de las caricaturas, aprendió a distinguir entre la fantasía y la ciencia ficción, pero nunca, la realidad del país.

Encerrado en una burbuja de apellidos insistentes, hambrientos de poder, creció bajo la sombra de un colegio privado que siempre dejó el mensaje de que en la capital se tomaban las decisiones importantes y en los pueblos se vivía la resistencia de los ignorantes. Al finalizar no logró la beca de excelencia por la que tanto menguaron sus padres, pero sus buenas notas permitieron alcanzar un cupo en la universidad pública, cupo que Don Juan Guillermo Mosquera se negaba a aceptar, le era preferible pagar una costosa matrícula en la Universidad Católica, a ver a su hijo compartir espacios con comunistas y bandidos.

Así se formó como abogado, aprendiendo de leyes y de historia, pero no de realidades sociales, de eso jamás tuvo acercamiento alguno más allá de preguntarse por qué era tan difícil lograr la paz prometida.

Conoció a José Isidro y de allí forjaron una amistad interesante, un hombre egoísta y pesimista recibía en su espacio personal a un entusiasta Juan Alfonso, eterno niño que seguía los postulados de la ciencia ficción para no dejarse atrapar por la cruel realidad.

Allí aprendieron de la vendimia, José Isidro conocía un PUB inglés en el barrio alto, los domingos se sentaban desde las cuatro de la tarde a tomar coctelería de lujo y escuchar los éxitos de Depeche Mode.

Juan Alfonso le enseñó de cine, en varias oportunidades fueron a las salas teatro, primero a sorprenderse con la novedosa película de El Señor de los Anillos, luego, al relanzamiento de Star Wars.

Dos amigos unidos por el aburrimiento, encerrados en el itinerante saber de las leyes y convocados por el fondo de la botella, como túnel de escape.

Años de amistad se forjaron en un recorrido por bares y cafés de la ciudad, hasta que a mediados de la década del diez dieron con La Casa Azul, un bar de vinos cerca de la residencia de José Isidro.

La noche aquel martes estaba sospechosamente destinada para que todo desapareciera en el conocido mundo de Alfonso, como le terminaron llamando sus amigos, por aquello de que el Juan era un nombre en exceso genérico.

Al terminar de almorzar se escribió con Don Emanuel, la idea era poder abrir un espacio de debate sobre la influencia de la guerra de las galaxias y los modelos de resistencia ciudadana de américa latina, por supuesto que Don Emanuel evitaba esas elaboradas reflexiones y prefería ideas como las de Fabio Barona de poder debatir sobre la guerra de Irán y el impacto económico.

Preciso a las dos con treinta minutos de la tarde un recado de su jefe le impidió salir de la oficina como acostumbraba, debía dar respuesta a varios oficios lo que le hizo demorar en su llegada. Mientras escribía uno a uno los documentos de respuesta, se preguntaba a sus adentros si la orden Jedi tenía en sus filas a algún equipo de administrativos que atendiera ese tipo de querellas, o si eso era propio de la princesa Padmé.

Como pudo organizó algunas ideas en su Tablet, no quería perder el hilo de su fantasía con los crímenes revolucionarios de la américa latina oculta.

Salió de la oficina, en el tradicional centro de la ciudad, pidió un servicio de Uber, pues no quería conducir en un martes de debate, sabía que estarían los amigos de siempre y en ese encuentro, los licores de siempre.

Alrededor de las cinco de la tarde llegó a La Casa Azul, se sentó en la barra y organizando sus ideas se fumaba un vapeador de sandía dulce, del otro lado en una mesa adyacente, estaba Don Emanuel acompañado de una señorita, muy bella y muy joven.

Escribió un par de mensajes al grupo de chat, al que llamaban los caballeros azules, informó que ya había llegado y que prepararía la exposición de su tema. Fabio respondió que se demoraba, Ignacio envió un Sticker de un mico con gafas oscuras en señal de OK, Marino respondió que se demoraba y José Isidro no leyó el mensaje.

Comenzaba a aburrirse, escribió a su amigo José Isidro y este no le respondía el chat, se desanimó con la sospecha de que le iba a quedar mal con el plan de martes, se acercó a Don Emanuel y saludando a la señorita, le insistió en la importancia del debate programado, este con el afán de ignorar lo absurdo y dar prioridad a los placeres de la carne, le convidó una copa de Whisky, haciendo la seña de que se lo daba por hoy, en promoción. Se levantó de la mesa unos minutos más tarde y salió con la desconocida señorita.

Para Juan Alfonso, fue la última vez que pudo hablar y ver con vida a su amigo Emanuel Frontera, como le decía de cariño.

Llegaron los demás invitados y con la ausencia de Emanuel y José, dieron paso a su noche de debate, un grupo de abogados, ya maduros en edad, conversando temas que poco o nada aportaban a la vida, más allá, del placer mismo de beber un buen whisky o un noble vaso de Brandy.

Alfonso, aburrido por no poder exponer su preparada intervención escribió a José Isidro para saber de su paradero, siempre con el mensaje sin leer de su parte. Alrededor de las once de la noche le envió un mensaje a Emanuel, para saber si volvería pronto, mensaje que tampoco fue leído.

Siguió tomando otro vaso alto de aquel whisky que estaba en descuento y pensó a sus adentros si tantos años de amistad estaban pendiendo de un hilo delgado llamado amor o placer. Desconocía del paradero de su compañero de estudios, desde el día sábado que no se veían personalmente y quizás ante tal espacio de tiempo, pensó más a sus adentros, si necesitaba de su ayuda.

Un pensamiento ligero, reiteró en un suspiro: José Isidro no necesita de nadie.

Con el paso del tiempo el aburrimiento hizo que el licor floreciera en Alfonso como un adolescente malcriado, salió a fumarse su vapeador de sandía y viendo los carros pasar por la avenida del río, dejó que la vergüenza se convirtiera en furia. Se regresó a la barra del restaurante, tomó su teléfono y pidió un servicio de Uber.

Al salir escribió un mensaje a Don Emanuel agradeciéndole por toda la atención. 

Al llegar a casa se tiró a dormir en el sofá no sin antes programar la alarma para el siguiente día laboral.

Temprano en la mañana revisó su teléfono y le llamó la atención el no recibir respuesta, ni siquiera la notificación de haber sido leído el mensaje, de parte de su amigo José Isidro Segundo, pensó en llamarle, pero se ocupó preparando el café que dejó de lado la idea en sí.

A las diez de la mañana comenzó la reunión de preparación de respuesta al pliego de peticiones que la asociación de trabajadores entregó a la empresa, un documento que debía ser cuidadosamente estudiado, Juan Alfonso estaba en compañía de su jefe, el director Jurídico de la corporación, y allí mismo dos abogados más y un judicante de la universidad franciscana.

Una llamada telefónica interrumpió su reunión, con cara de vergüenza pidió a su jefe permiso para atender, se trataba de un agente de policía que le notificaba del fallecimiento en condiciones extrañas y violentas, del señor Emanuel Contreras Hitschfeld.

Alfonso se sentó en la primera silla que vio, agradeció al oficial la información y confirmó su disponibilidad para acompañar la investigación.

Tomó el teléfono y escribió un mensaje a José Isidro Segundo, pero este tampoco llegaba, como si el teléfono no estuviera en servicio.

Una lágrima ligera dejó en evidencia su dolor, quizás no por el afecto mismo de que un amigo de alta estima había sido encontrado muerto, ni por el sentimiento mismo de abandono que la muerte trae en sus brazos, sentía el dolor mismo de saber que al parecer, era el siguiente.

Regresó a la oficina y se cruzó con la mirada autoritaria de su jefe, el Doctor Domínguez, le hizo un ademán de excusa y le escribió un mensaje al chat del teléfono: “Lo siento, me acaban de informar que un amigo falleció”.

El Doctor Domínguez, reputado asesor jurídico de las grandes corporaciones de la región levantó una ceja luego de leer el mensaje, alzó la mirada en dirección a Juan Alfonso y con una seña de autorización, le dejó salir.

Juan Alfonso Mosquera Moreno se acomodó la corbata, de color naranja por demás, salió de la sala de reuniones con prudente caminado, llegó a su oficina y tomó el maletín, allí guardó el computador portátil y la Tablet, se limpió con la manga de la camisa una lágrima que se escapaba.

Buscó las llaves de su carro para ir a casa, mientras recibía un mensaje en su teléfono de un número desconocido:

¿Qué haría Anakin Skywalker en estos momentos?

 

AV.

30 de marzo de 2026

Emanuel Contreras Hitschfeld (La Casa Azul).



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Emanuel Contreras Hitschfeld llegó a Colombia en un enero de 1999, estaba con el cabello largo y los bolsillos llenos de expectativas, sus primeras misiones en el país fueron buscar refugio y una oportunidad para re iniciar sus metas personales: Ser un sibarita.

Nació en Puerto Octay, en Chile, pero su crianza de juventud estuvo en Mendoza, Argentina. Allí aprendió de los placeres del buen vino, de la magia del Malbec y de los retos insolentes de un sol austral que no da espera a los temerosos. Si bien la dictadura argentina no le tocó en carne viva ser peregrino de la paz, tuvo que buscar suerte en otras fronteras ante la caída inminente del modelo económico de aquellos fraudulentos años noventa.

Al llegar a Colombia se instaló en Armenia, pero un coqueto terremoto le hizo cambiar de opinión terminado por irse a vivir a Cali. Pasó gran parte de sus jóvenes años trabajando como consultor en temas publicitarios, pero decidió por su cuenta estudiar Derecho en la Universidad Franciscana, por recomendación de las amistades que fue forjando en esos años.

Con el paso de los años y el apoyo de uno de sus clientes, un empresario de la industria automotriz, fundó la Casa Azul, en homenaje a Mendoza, su ciudad amada. Allí comenzó a funcionar como un bar de vinos, pero el tiempo y la dinámica le fueron llevando a que se convirtiera en un centro social de debate, encuentro de intelectuales de clase media alta y uno que otro universitario que llegaba por recomendación de algún amigo.

La barra del restaurante comenzó a funcionar como un lugar de encuentro entre desconocidos que fueron forjando amistad. Allí preciso Alfonso Mosquera conoció a Don Emanuel, como le decían los allegados quizás por la edad o la apariencia física de un hombre con cabello cano y facciones marcadas en el rostro, nada parecido al joven de hace 25 años que llegaba a Colombia con su cabello largo.

Alfonso terminó sus estudios de Derecho en la Universidad Católica y allí fue que invitó a sus colegas a visitar la Casa Azul, entre estos invitados participaba José Isidro Segundo, en frecuentes días.

Muchos años más tarde, posterior al encierro de la pandemia se consolidó un plan de día martes para hacer debates políticos o en ocasiones, audiciones de música.

Emanuel compartía con los pocos amigos sinceros que cosechaba, canciones de sus artistas argentinos y chilenos, ellos en reciprocidad le educaban en el amplio mundo de la salsa caleña, y otros, como José Isidro, preferían la electrónica europea de los años ochenta, aquel género representado por Depeche Mode, New Order, los Pet Shop Boys y Erasure.

Don Emanuel, como le decían algunos, fue aprendiendo de la vida de la ciudad y con ello le tomaba más afecto que siempre, su gusto por las mujeres jóvenes se saciaba por el ambiente intelectual que aparentaba, entre sus musas, una joven Raquel, periodista y experta en redes sociales.

Raquel tomaba vino con frecuencia, incluso desde que entabló una relación secreta con Emanuel, asistía cuatro de los cinco días de la semana laboral pues la oficina del periódico era relativamente cerca al barrio El Peñón, donde estaba la Casa Azul. Una mujer muy bella que recibió con los años, el apodo de Raquel Frontera, por el vino que precisaba tomar.

Emanuel, de apellido Contreras disfrutaba de sus afectos y cómo no, adoptaba en ocasiones el mismo nombre: Emanuel Frontera.

Alfonso era el más puntual de los visitantes, siempre aparecía a las tres de la tarde, porque según él, a esa hora ya no había juzgado decente que visitar, el trayecto a casa se interrumpía por unas copas de Brandy y unas empanadas de carne molida, las favoritas del menú, según él. José Isidro llegaba en la noche, siempre pasadas las seis, porque prefería el ambiente fresco al calor de la tarde.

El martes pasado, acordaron abrir una jornada de debate de cine clásico de los setentas. Alfonso quería iniciar con los pormenores de la saga de la Guerra de las Galaxias y su alta influencia de otras franquicias como Star Trek o Flash Gordon, de su lado Don Emanuel era más romántico y prefería se hablara del periodo pos dictadura de Chile, que consideraba estaba muy a la par a la realidad colombiana. José Isidro siempre prefería ausentarse a los debates, sentía que su magia estaba en escuchar y no decir nada, porque preciso le molestaba tener que dar la razón.

Un pesimista de corto alcance.

Alfonso llegó a las cinco de la tarde, aquel martes tuvo que responder correos y escribir varios oficios lo que le hizo demorar en su llegada a lo que era ya su segunda casa, allá estaba Don Emanuel, acompañado de una joven visitante, una amiga de otra amiga que llegó por recomendación.

Estaban conversando amenamente de la vida y otros males, dejaron al desnudo sus inclinaciones políticas y su indignación recurrente por los resultados de las encuestas para la primera vuelta presidencial, el ambiente polarizado del país llamaba la atención de estudiosos e ignorantes.

Alfonso saludó y preguntó por José Isidro, su amigo. Don Emanuel hizo un gesto de no saber y le ignoró retomando la conversación con la joven visitante, Michelle, dijo que se llamaba.

Michelle Cristina Rueda Panesso vino desde Medellín, allá creció y se formó como Administradora de Empresas Turísticas y Hoteleras, tema que le era de gran interés a Emanuel y por supuesto, servía de técnica de conquista si le sumaba a la conversación sus conocimientos en turismo y vino en su recordada Mendoza.

Alfonso dejó un par de mensajes a su amigo José Isidro Segundo, se sentó a fumar un vapeador con aroma a sandía dulce, sacó sus apuntes en su Tablet para estudiar lo que sería su intervención de ciencia ficción.

Otros invitados llegaron como Marino Ruales, Ignacio Méndez y Fabio Andrés Barona. Todos de profesiones variadas pero un mismo gusto y amor por la verbena intelectual: Brandy, Whisky, Vino.

Emanuel logró convencer a la señorita Michelle de salir, así que prefirió invitarla a su apartamento, cerca de la zona.

Salieron en el carro de ella, un discreto automóvil deportivo, se llevaron una botella de vino Malbec Blanco, de colección insistía Emanuel. Ella con la sonrisa de quien sabe lo que va a ocurrir hizo un gesto de agrado y sugirió algo de intimidad para la botella.

Emanuel comenzaba a cumplir su sueño de tener un encuentro sexual con una dama veinte años más joven, de cuerpo atlético y una belleza propia de las colombianas que tanto le agradaban, para no enojar a sus amigos invitados a la tertulia, les convenció de su ausencia dando una promoción de 2 x 1 en botellas de Whisky a su elección, siempre que no fueran de 18 o 21 años.

La conversación comenzó con el tema de rigor: Primera vuelta presidencial.

Alfonso quería hablar de naves espaciales, Fabio insistía en la crisis económica, Marino se quejaba del precio del dólar con la guerra de Iran, Ignacio estaba concentrado en su teléfono viendo las redes sociales.

Cerca de las dos de la mañana, Alfonso escribió un mensaje a Don Emanuel:

“Don Emanuel, Muchas gracias. Estuvo muy buena la promoción de botella de Whisky. José Isidro nunca vino, ya me voy para la casa. Saludos”.

No recibió respuesta, ni siquiera la notificación de haber sido leído el mensaje.

A la mañana siguiente, una llamada telefónica interrumpió su primera reunión de la jornada laboral. Un agente de policía notificaba del fallecimiento en condiciones extrañas y violentas, del señor Emanuel Contreras Hitschfeld.

Alfonso se quedó sentado en su oficina. Tomó el teléfono y escribió un mensaje a su amigo José Isidro:

“¿ve vos sabes qué le pasó a Don Emanuel? Me llamó la policía, dizque se murió anoche”.

AV.

29 de marzo de 2026

José Isidro Segundo (La espera).

 


Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/

  

La vida es una historia permanente que se construye en palabras y acontecimientos, mientras se destruye en sueños y pensamientos taciturnos.

José Isidro nunca fue la excepción y con el pertinente deseo de cambio, saboteaba con constancia los mejores momentos del día. Desde presentar queja a la mesera por el color de la limonada, hasta lamentarse del bajo rendimiento del tráfico al salir de la oficina.

Se enamoró de María Cristina Herrera, una estudiante de Economía en la Universidad Católica, aquella temporada estaba matriculado en el programa de Derecho y en un café cercano, con frecuencia se cruzaba con la señorita Herrera.

Nunca intentó pretenderla, ni siquiera invitarle a tomar algo porque en alguna oportunidad, mientras coincidían en un pasillo, le pareció escuchar que a ella no le gustaban los hombres delgados. Se sintió aludido, por demás desechó toda posibilidad de romance sin entender que ella hablaba de temas ajenos a su gusto sexual.

Para mediados de los años noventa, cuando estaba por finalizar sus estudios de bachiller escuchó por accidente, que un profesor se quejaba por el bajo rendimiento del equipo. José Isidro decidió renunciar al equipo de fútbol antes de ser señalado, a pesar de que el profesor estaba haciendo referencia al bajo rendimiento de la selección nacional de fútbol.

Logró graduarse de abogado, pero estuvo a punto de desistir al momento en que perdió el primer examen preparatorio: Derecho Procesal.

El profesor Gutiérrez Echandía, un célebre docente y jurista, de alta exigencia académica logró convencer a Isidro de no retirarse, de intentarlo nuevamente.

Fue el prestigio del profesor Gutiérrez Echandía lo que convención a José isidro de volver a realizar el examen sin retirarse del programa.

El pasado mes de noviembre, a sus casi cincuenta años terminó sus materias de Derecho Administrativo, una maestría que empezó a cursar en la universidad pública. Al momento de recibir las primeras críticas para su propuesta de trabajo de grado, decidió renunciar y dejar de lado el proyecto de ser Magister.

La vida de Isidro es una melancolía permanente, no por los daños que el día a día trae al corazón del poeta de turno sino, por la frustración de saber que algún día tendrá que morir. Un modo de pensar incómodo para sus familiares, sus amistades y claramente, su existencia efímera e incomprendida.

A pesar de tener un nombre tan poco convencional, fue su padre, Don José Isidro quien dio el sentido folclórico de su identidad al inculcarle un tercer nombre: Segundo.

Cuenta la tradición del viejo Cauca que cuando un fulano tiene el mismo nombre del padre, se le añade el apéndice “Segundo”, por aquello del linaje familiar.

José Isidro Segundo, abogado de profesión y pesimista de tradición, cargó consigo el tercer nombre como una estirpe familiar, tan ajena como inoportuna. Algunos de sus compañeros de estudio le molestaban con frecuencia, quizás de allí su emergente deseo de ser un sujeto solitario.

El martes pasado escuchaba en la radio local que hubo una serie de accidentes en la ciudad, noticia que le pareció corriente porque preciso, vive en una ciudad de irresponsables donde manejar es para optimistas.

Estaba sentado en el balcón de su apartamento en el lejano barrio de El Peñón, al lado occidental de la ciudad.

Tomaba un té de frutos rojos endulzado con miel de abeja comprada en el mercado campesino de los domingos, porque según él, la miel de supermercado viene contaminada. A su lado dormía Rebeca, una gata angora de ya nueve años de edad, la única compañía que tolera.

Junto a Rebeca, un libro biográfico de Joseph Stalin, el líder de la extinta Unión Soviética. Entre las preferencias literarias y la soledad del tiempo, estar en el balcón de su casa era una terapia casi que santa para librarse de los males de la sociedad, estar en casa a solas era para sí, un placer superior que el departir con alguna dama en un café de la ciudad.

De esta sucia ciudad.

Siendo las tres de la tarde y con el sol vigilando con fuerza prefirió levantarse para ir a dormir un rato en su cama, su sagrada cama. Rebeca con una mancha color miel en sus bigotes, le acompañó.

José Isidro Segundo, de apellido Caicedo, de profesión abogado y de vocación, ermitaño. Su teléfono móvil vibró con una notificación de un viejo amigo: Alfonso Mosquera, otro abogado igual de ermitaño que a veces, le escribe para invitarlo a tomar un Brandy al bar de Don Emanuel, también un viejo amigo de profesión abogado, sibarita y galán de señoritas más jóvenes.

Por lo general los días martes se encuentran para hablar de la crisis política del país, del torneo de fútbol europeo o de los males de la existencia, tema preferido de José Isidro.

Prefirió ignorar el mensaje, ya sabía que era martes de debate, pero estaba tan cansado, quizás por el potente sol y calor que su deseo más inmediato era dormir con su gata, la única hembra que lo tolera.

A las cuatro de la tarde un susurro de vida interrumpió el silencio de la habitación, Rebeca se sentó en el borde de la cama mirando fijamente con sus potentes ojos amarillos a la puerta de entrada. Allí estaba el espectro de San Ivo, un viejo fantasma que deambula por los pasillos del más allá y el más acá. Con cara de aburrido y cargando un pesado libro de miles, miles, miles de hojas.

Con pasos ligeros se acercó para acariciar a la gata en su cabeza, su fino pelaje blanco resaltaba con los potentes ojos amarillos que sin quitarle la mirada al viejo santo, ronroneaba como si recibiera a un amigo ya conocido.

San Ivo recorrió la habitación como un inspector, revisaba los cuadros de cantantes de rock de los años ochenta, tocaba las cortinas de plástico estilo persiana, intentaba entender el motivo de José Isidro de tener dos consolas de videojuegos diferentes, la colección absurda de zapatos de la misma marca, el desorden de libros de historia, todo como un conjunto de un alma curiosa que jamás evidenciaba en su personalidad ser un sujeto alegre.

Se sentó sobre un costado de la cama y susurrando unas plegarias en un idioma que ni la gata Rebeca ni los santos del purgatorio pudiesen entender, acarició la cabeza del ya maduro José Isidro Segundo.

Alrededor de las seis de la tarde José Isidro despertó un sueño profundo, se estiró acompañado de un bostezo extenso, vio a su lado a la gata Rebeca sentada en una postura vigilante, la acarició bajo la barbilla y entonando unas palabras cargadas de ternura le besó la cabeza.

Se levantó de la cama y tomó el teléfono móvil, allí encontró varios mensajes de algunos clientes, otros de su amigo Alfonso y otros más de los grupos de chat donde estaba participando.

Se sentó en el balcón nuevamente, se dejó acariciar con la brisa del atardecer de la ciudad, ya el bullicio del tráfico sobre la avenida del río empezaba a acompañar el paisaje sonoro de la zona. José Isidro Segundo Caicedo sintió de repente el deseo de salir a caminar, al parecer, era una bonita noche para hacer deporte.

Ante tal pensamiento cargado de optimismo se fue para la habitación para cambiarse de ropa por un conjunto más deportivo sin embargo, al entrar en la habitación un silencio pesado y cargado de mucha presión le detuvo sobre el marco de la puerta.

En la cama Rebeca, la gata, estaba acostada encima del cuerpo inerte de sí mismo, maullaba ligeramente lamiendo el rostro fallecido de su versión terrenal.

José Isidro Segundo Caicedo entendió allí que su melancolía ya no era suficiente.

A su lado una inmensa sombra negra comenzó a emerger desapareciendo todo entre su estancia espectral y su amada gata, Rebeca saltó para desaparecer de la oscuridad, como si se cruzara dentro de unas cortinas de color negro.

Sobre la cama el teléfono móvil marcaba la notificación de un nuevo mensaje de Alfonso:

“Te esperamos donde Don Emanuel, hay descuento en botella de Whisky”.

AV.