6 de abril de 2026

Raúl Ignacio Méndez Hau. (Susurros).

 



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Las primeras voces que escuchó llegaron cerca de la noche buena, un diciembre de 1993. De fondo sonaba la popular música puertorriqueña, su padre, Raúl Ernesto Méndez bailaba con la hermana mayor, la tía Amparo Méndez, al parecer una novedad musical del Gran Combo de Puerto Rico. Su madre, Patricia Hau, estaba sentada en la sala con sus hermanas y algunos vecinos que se sumaban a la celebración decembrina, para aquellos tiempos la única preocupación eran las retaliaciones del Cartel de Medellín por lo demás las celebraciones se disfrutaban en la paz al sur de la ciudad, lejos de toda realidad.

Aquella noche jugaba con sus primos, Diego Marroquín y Carlos Arturo Hau, de esos primos lejanos que se conocen en fiestas familiares como velorios o nochebuena. El disfrute de un hijo único de poder conocer a otros de su edad era un premio a la soledad de los tiempos vividos, quiera o no esa soledad era preciso el polo a tierra de un conjunto de murmullos que acompañaban las ideas de Ignacio.

Murmullos que a veces coreaban gemidos.

Gemidos que en ocasiones se estrellaban contra la pared como una onda muda, fría, asesina, cruel para un adolescente.

Ignacio no entendía que aquellas voces no eran amigos imaginarios sino, espectros invisibles que buscaban algo de conversación, porque de seguro, la soledad en el más allá es igual de insoportable. Esa noche de diciembre mientras estaba escondido con los primos tomando aguardiente sin ser visto por los adultos, en el cuarto de oficios, una voz aguda le indicaba palabra por palabra, que su primo Carlos Arturo moriría bajo la lluvia.

Ignacio pensaba que eran pensamientos, que esas palabras tan agudas eran el silbido de sus elocuentes silencios, voces que sus padres acorralaban en terapia psicológica, todo era fantasía.

Una fantasía sangrienta.

La mañana del sábado 25 de diciembre de 1993 llegó con lluvia, tanta que los organizadores de la cabalgata estaban preocupados, la familia Méndez Hau, de empresarios y abogados, se estaba alistando para ir a pasar el día en Ginebra, comer algo y volver en la tarde para disfrutar de las casetas, los niños se quedarían en casa de las hermanas de Don Raúl.

Así sucedió, pero al llegar la tarde no hubo celebración en las casetas sino, llanto en la sala de urgencias, tal como las voces se lo habían cantado a Ignacio, el joven Carlos Arturo había muerto ahogado en la piscina.

Con tan solo quince años vio un muerto, entendió qué era un velorio, aprendió para sí mismo que no eran amigos imaginarios, se prometió guardar silencio para siempre.

Estudió Derecho en la Universidad Católica, pero en la sede de Bogotá. Allí vivió con otros primos, quienes al igual que él aprendieron a disfrutar del aguardiente a temprana edad, salvo las voces. Al terminar los estudios se ganó una beca de la facultad para continuar con un posgrado, oportunidad que aprovechó para especializarse en Derecho Ambiental, y ya con el tiempo suficiente, la juventud, el dinero familiar y el afán de no hacer nada, siguió estudiando una especialización en propiedad intelectual, pero ahora en la Universidad Republicana, allí mismo en Bogotá.

Para 2010 regresó a Cali, ante el despecho de un amor no correspondido y la falta de clientes, decidió cerrar la oficina de asesoría legal para empresas de construcción y se fue a emprender junto a la fama de su padre, Don Raúl Méndez.

Reconocido por asesorar a los políticos del departamento, Don Raúl Ernesto Méndez hizo empresa a costa de los impuestos de los caleños. Fundó una filial de servicios públicos para operar las rentas de las empresas municipales, una jugada maestra que le dio la fortuna suficiente para conocer el mediterráneo europeo y la soledad de las islas del caribe oriental.

Tanto reconocimiento le llevó a ser asesor de dos Gobernadores, curiosamente entre sus amigos estaba Don Eliecer Rúales, que fue alcalde de la ciudad y ahora Senador de la República. Don Raúl recibió a su único hijo, Raúl Ignacio, con la decepción de ver que no logró prosperar en la capital, pero peor aún, que nunca usó su nombre de pila para los negocios.

Anhelaba tener otro Raúl Méndez en el entorno político y empresarial.

Instalaron una dependencia en el barrio Versalles, los hijos de sus colegas, abogados por igual, compartieron el piso que alquilaron para crear una especie de bufete colaborativo: El joven Ignacio brindaba asesoría legal en temas ambientales, derechos de autor y en algunos casos, asuntos laborales.

Allí conoció a Ángela María Burbano, abogada especialista en Derecho de Familia e hija de otro empresario amigo de Don Raúl Méndez. Salieron por un tiempo sin tener éxito, estar juntos todo el día atendiendo ciudadanos desesperados y tacaños diezmada cualquier deseo de seguir juntos en alguna parte, por el contrario fueron buenos amigos, y esa amistad hizo que por las tardes fueran a almorzar por los alrededores de la clínica de occidente, por el tema de los buenos precios.

Para el mundial de fútbol de Brasil 2014 recorrieron cuanto restaurante y bares había transmitiendo los partidos de fútbol, fue así como el destino y una mesa vacía hicieron que llegaran apurados a la Casa Azul, el único restaurante de El Peñón con mesas disponibles.

Si bien Emanuel Contreras era un amante del fútbol y apoyaba a su natal Chile y a su amada Argentina, para aquel día no tenía pensado abrir, la programación del torneo estaba poco atractiva, pero la insistencia de Ignacio y Ángela María le motivaron a encender el único televisor del restaurante, y con este, varias botellas de Malbec.

Ángela logró un buen contrato de supervisión del Bienestar Familiar, un favor de un amigo de su padre, que era amigo de una señora que era amiga de la Gobernadora del Valle. Tantos favores dieron frutos tan jugosos como el nombramiento en Bogotá para una jefatura nacional.

Ignacio recibió la misma invitación, pero para trabajar en un cargo directivo de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, quizás, otro favor que algún amigo quería congraciar con su padre, Don Raúl.

A diferencia de Ángela María, rechazó la invitación, insistió en querer seguir en Cali, en la casa familiar y con terapia si era necesario.

Emanuel Contreras se convirtió en un amigo íntimo de Ignacio, juntos pasaron tardes viendo fútbol y aprendiendo uno del otro. Emanuel hablando de vinos, cultivos y comida, Ignacio conversando de sostenibilidad, derecho marcario y algo de comida callejera.

Al año siguiente, durante la Copa América edición Centenario, se reunieron los dos con otros comensales para decepcionarse tanto de Colombia como de Argentina, pero al final Emanuel pudo celebrar el triunfo de su Chile natal.

Fue así que el vino fue consejero y verdugo, amigo y testigo, una máscara con el poder suficiente para distraer el ruido de las voces, porque a diferencia de Ángela María, estas nunca se fueron sino, que aumentaron su poder al punto mismo de poder entablar conversaciones con la versión inconsciente de Ignacio.

Aquel martes de marzo de 2026, once años después de aquella celebración excesiva del título de Chile, momento en que Don Emanuel y el ya no tan joven Ignacio, se tomaron juntos 23 botellas de vino tinto, las voces jugaron otra vez con la paz de Ignacio Méndez.

Mientras Marino explicaba las implicaciones del precio del barril de petróleo durante la guerra de Estados Unidos con Irán, Alfonso miraba su Tablet concentrado, esperando el momento de intervenir sobre la Guerra de las Galaxias. Al fondo estaba Emanuel que con un guiño saludó a Ignacio mostrándole el trofeo que tenía en sus manos:

“Te presento a Michell” sonreía mientras hablaba.

El acento paisa de la dama hizo sonrojar a Ignacio que al verla veinte años más joven que su amigo, no quedaba de otra que imaginar de todo menos que era una dama.

Ignacio se despidió de su amigo y regresó a unirse a la algarabía de Marino y Fabio. Le llamaba la atención que José Isidro no estaba presente.

“Ese no va a venir, ni hoy ni nunca” alegó una voz burletera, de esas que le acosaban desde la infancia.

Ignacio se guardó las manos en los bolsillos del pantalón, adentro apretaba los puños como si ello fuera la solución para ese malestar intelectual que tanto daño le hacía.

Comenzó a tomar vino, pero la promoción 2x1 de Whisky ganó la partida y así fue que terminó por comprar dos botellas, pensaba en José Isidro.

Al caer tarde la noche, prefirió retirarse, pidió un servicio de UBER y con la botella de whisky sobrante en la mano intentaba pensar en todo menos en el silencio que le esperaba al otro lado de la ciudad, así que de un repentino salto de ideas cambió de plan.

“Señor, disculpe, mejor lléveme a otra parte. Ya le actualicé la dirección en la aplicación”.

Abrió la botella de Whisky y comenzó a tomar del pico como un sediento que buscaba la paz. El conductor del vehículo le dejó en una zona residencial al sur de la ciudad, al parecer tranquila, pero al interior de una casa grande y rodeada de árboles funcionaba un burdel de alta alcurnia.

Allí entró Ignacio, con los pensamientos revueltos, con el alma cansada y el nombre de José Isidro en sus pensamientos, o mejor, en sus oídos.

Se sentó en una mesa y pagó la diferencia por el licor que llevaba, al parecer el negocio de asesoría jurídica ambiental iba bien porque pidió otra botella de whisky, a un precio exageradamente mayor, pero con tal de silenciar las voces lo veía como una buena oferta.

Allí permaneció sentado en silencio, escuchando música y viendo mujeres en ropa interior desfilar por todas partes, intentando callar las voces de su cabeza con algo de ruido, con Whisky, con afán.

A las nueve de la mañana del día siguiente, seguían llegando clientes al establecimiento secreto, Ignacio estaba con la cabeza sobre una mesa profundamente dormido, a su lado la botella de Whisky, de menor calidad a la que había comprado anteriormente, su teléfono móvil con la batería descargada y una servilleta con un dibujo abstracto hecho con un lapicero de tinta negra, debajo del dibujo con la letra de un borracho, un nombre escrito:

Emanuel Contreras.

AV.

5 de abril de 2026

Marino Esteban Rúales Peña. (La Reunión).

 



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Marino conoció a Fabio Andrés en el calor de marzo de 2013, se tomaron un café en la plazoleta del centro comercial Chipichape, cerca de las tres de la tarde. Fabio estaba buscando un aliado en la ciudad, estaba casi al borde del desespero pues un cliente podría perder los ahorros de su vida y una propiedad de tradición familiar, por culpa de un mal acuerdo comercial.

Marino Esteban estudió Derecho en la Universidad Católica, había logrado abrir una oficina de asesoría legal con unos colegas recomendados por su padre, otro reconocido abogado del ayer. En aquella oficina atendían casos penales y laborales, rara vez un caso de Derecho de Familia.

Aceptó reunirse con Fabio porque su padre, Don Eliecer, se lo recomendó.

Fabio Andrés con su natal acento empezó por explicar que la familia que ayudaba le contactó por una recomendación del consultorio jurídico, pues él estaba inscrito en esa base de datos como voluntario, sin embargo fue al momento de entrevistarse con la pareja de esposos que descubrió que era un caso de mayor complejidad, pues no solo se iba a reclamar el pago justo de arriendo de los años anteriores, que sin justa causa la empresa de bebidas había dejado de pagar, sino que se descubría un deterioro del inmueble muy distinto, a las condiciones en que se dio el primer contrato de arrendamiento años atrás.

La preocupación de Fabio residía en que la lucha superaba el escenario de una conciliación, la fuerza de los abogados de la contraparte ya procedía desde la casa matriz y él solo contra una franquicia de ese talante era un esfuerzo por demás inútil, de allí la voluntad de sumar esfuerzos.

Marino entendió de inmediato que estaba ante un caso de telenovela, si todo salía lo deseado, estaría siendo protagonista de una lucha desigual entre las grandes corporaciones y los ciudadanos de a pie, como aquella pareja de esposos que reclamaban justicia por su propiedad.

Empezaron a trabajar a la distancia, una vez o dos quizás, se reunían en Cali para abordar el caso, acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor pero a medida que la complejidad se iba convirtiendo en tensa reflexión, sugirió que trabajaran con más intensidad, decisión que llevó a Fabio Andrés Barona instalarse en la ciudad como un visitante más de esos que el empleo y el amor trajeron por coincidencia.

La amistad con Fabio fue respetuosa desde el inicio, se entendieron de maravilla y encontraron temas afines en sus intereses intelectuales, desde la geopolítica internacional y el análisis económico, hasta el fútbol local y las mujeres.

La residencia de Fabio en la ciudad superó el tiempo esperado y ello terminó en una mudanza completa a término indefinido, Marino Esteban le convidó un espacio para trabajar en su despacho y poco a poco le invitó a probar la gastronomía local e internacional.

Aquella noche de 2017 llegó con curiosa insistencia al barrio El Peñón.

Siguiendo las indicaciones de su ahora mejor amigo, Fabio, entró a la Casa Azul, no la conocía y le pareció un lugar bien decorado y por lo menos, de nivel, similar a los restaurantes que visitaba a la hora del almuerzo.

Para Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, quizás por sus orígenes económicos o sus ínsulas de príncipe, veía a todo el mundo por debajo de sus capacidades, sólo respetaba a Fabio porque desde el principio fue una recomendación de su padre de lo contrario lo vería como un paisa aparecido en tierras ingratas.

Marino Esteban creció siempre rodeado de lujos, su padre Eliecer Rúales fue alcalde de la ciudad, fue concejal, y para aquel entonces ya desempeñaba labores de Senador. Su madre, Margarita Peña, era voluntaria en una reconocida ONG de la ciudad y al no tener hermanos disfrutaba de los lujos del apellido y del patrimonio mismo.

Quizás de postura arrogante, no era mala persona pero si imprudente y clasista, un clasismo ingenuo en el que consideraba que daba trato justo a sus pares y a los desconocidos porque eso lo aprendió en casa, en el colegio y en la universidad, por lo tanto pensaba, todo estaba bien.

Nunca tuvo inconvenientes con Fabio porque al parecer él, desde su origen paisa, era también un ser pudiente y de apellido honorable.

Llegó pasadas las ocho de la noche, estacionó su camioneta a un lado y con el teléfono en la mano miraba para todas partes, la fachada era blanca como todos los locales de esa calle en el vecindario, un letrero sobrio de pasta con los colores de la bandera argentina y adentro, una barra grande de madera decorada con copas de colores y muchas botellas de licor importado.

A un costado encontró a Fabio conversando con un señor mayor, no mucho, pero algo mayor que él. Se acercó y saludó a ambos, se presentó como Marino Rúales, omitiendo el Estaban, quizás porque le disgustaba tal composición. Don Emanuel le regresó el saludo y con ese acento argentino que endulza el oído de los descuidados, invitó a Marino a acompañarlos con un trago de Martini.

Aquella noche no solo Fabio conoció a la que sería su novia por un tiempo sino, que Marino conoció al que sería su futuro Bar de preferencia, tanto para el debate social con Fabio, como para las citas románticas con las mujeres que a bien aceptaran su cordial galantería.

Emanuel Contreras encontró en Fabio y Marino dos prospectos de abogados diferentes, Marino un político que ejerce el derecho y Fabio, un abogado que quiere ser salvador de la humanidad. Les habló un poco de su vida y todo lo aprendido en Mendoza en vinos y comida, cómo el turismo era una industria fuerte que no se aprovechaba en Colombia y, de la belleza de las mujeres de Cali. Confesó estar enamorado de cada señorita que pasaba caminando por el barrio, nunca denigró de la belleza de las mujeres de Argentina o de Chile, pero resaltaba siempre la beldad de las caleñas.

Marino guardaba silencio con una sonrisa desafiante, entendía que a Emanuel como a cualquier extranjero le llamaba la atención la apariencia vulgar de las mujeres, que la belleza estaba en los senos y la cola, todo desde la perspectiva salvaje de querer copular a tiempo completo. Para Marino la belleza estaba en el rostro, en la inteligencia y en el evidente crecimiento profesional que una mujer pudiese demostrar, quizás por eso apoyaba a Fabio en su intento de conquistar a Lizeth, aunque le fastidiaba la idea de que fuese divorciada.

Emanuel continuó su testimonio sobre la belleza de país que era Colombia, la calidad de sus ciudadanos y la tranquilidad de Cali como destino, incluso por encima de las tragedias que le precedían en los ochenta y noventa. Fabio Andrés secundó la historia, como buen paisa, recalcó las bondades de su Pereira natal, pero reconocía en Cali un destino ideal para cualquier hombre de bien.

Marino seguía sin entender, para él la ciudad no era más que un pueblo de ignorantes que se la pasaban de fiesta en fiesta sin ningún proyecto de progreso, la evidencia la daba las calles en mal estado y la ausencia de rascacielos que consolidaran un centro financiero internacional.

Después de varias rondas de Martini, Marino, Fabio y Emanuel eran los mejores amigos.

En la mañana de aquel marzo de 2026, nueve años más adelante en el tiempo, Marino no lograba procesar con claridad la noticia del fallecimiento de Emanuel, le era insoportable vivir en un mundo en el que su admirado colega y sibarita estaba ausente de toda humanidad.

Llegó en su camioneta a la estación de policía de la carrera primera, a su lado como copiloto iba Fabio, quien intentaba con Alfonso, ampliar información.

Se encontraron en la entrada principal, registraron los datos de ingreso y fueron a declarar a la policía. En los testimonios informaron que la noche anterior se reunieron para hablar de economía, que bebieron vino, whisky y hasta brandy, cada uno en su deseo particular. Explicaron que cada martes se citaban para dar tertulia a los afanes de la vida, incluso señalaron que una dama acompañaba a los caballeros aquella verbena de geopolítica y gastronomía.

El agente de policía que tomaba la declaración explicó que precisamente en el apartamento del señor Contreras se encontraron pertenencias de una mujer sin identificar. A sus adentros Marino pensaba que podían ser de cualquiera, porque preciso a Emanuel le encantaban las mujeres jóvenes, muy jóvenes.

Al finalizar la reunión, Alfonso explicó al policía que dos amigos más estuvieron con ellos en la noche anterior, José Isidro Caicedo e Ignacio Méndez.

Con una pregunta de rigor y un gesto de cordialidad el policía pidió el contacto de cada uno de los señores mencionados, Juan Alfonso con la ingenuidad de siempre, dio el número telefónico de José Isidro, a quien consideraba su hermano de la vida. Marino, con algo de distancia, brindó el teléfono de Ignacio.

El policía agradeció a los tres caballeros el apoyo en la pesquisa y recomendó mantener contacto, pues desconocían aún quién era la mujer que le acompañaba y segundo, la causa de muerte.

Fabio Andrés con su idiosincrasia pereirana preguntó al policía si tenían claridad de algo que permitiera saber qué había ocurrido, Alfonso insistió que era extraño todo lo que pasaba preciso, porque la noche anterior todo marchaba con total normalidad.

Marino seguía en silencio, tomando distancia.

El policía reiteró que no había datos claros para dar una declaración formal de lo sucedido, pero mencionó dos aspectos que inclusive, invitó a los señores a que apoyaran en verificar la información.

Primero mencionó que falleció en casa, en cama, al parecer por síndrome coronario agudo o muerte súbita cardíaca. Se descartaba el consumo de fármacos o estupefacientes. Segundo, la identidad de la mujer no era aún posible determinar, en el edificio el personal de seguridad insiste en que el señor Contreras ingresó solo al apartamento.

Marino que estaba con los brazos cruzados notó que a Juan Alfonso le llegó un mensaje al teléfono, esta vez de un número sin identificar. Alfonso se retiró y con cara de vergüenza pidió permiso para atender, aún tenía los ojos rojos de llorar, miró el teléfono y el mismo remitente de horas atrás le escribía nuevamente:

“El Consejo Jedi al parecer sigue incompleto ¿Dónde terminará todo esto?”

Juan Alfonso abrió los ojos con tanto temor e indignación que preciso, cruzó su mirada con Marino Esteban, quedando en evidencia que algo ocurría. Fabio Andrés interrumpió el silencio incómodo y con una frase lapidaria invitó a sus compañeros a salir:

“Ignacio no contesta, le he marcado tres veces y no responde. Camine vamos a buscarlo a la casa a ver qué es lo que pasa”.

Juan Alfonso con las llaves del carro en la mano, guardó el teléfono en el bolsillo y salió en silencio, pensativo, Marino lo alcanzó en la puerta y con una pregunta leve, lo detuvo:

“¿Todo bien Alfonso?”

AV.

4 de abril de 2026

Fabio Andrés Barona Muriel (El visitante).

 


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Fabio Andrés nació en la ciudad de Pereira, allí creció viviendo una vida tranquila sin los lujos de la Colombia corrupta, sin los miedos excesivos de una guerra de carteles de Medellín y Cali, vivió por demás, una infancia tranquila con las precauciones de siempre de no ser víctima de la delincuencia local, del sicariato de turno o incluso, de las desapariciones de niños que se alertaban en el norte del Valle y en Armenia, regiones vecinas.

Creció rodeado de tres hermanas, María Claudia, Tatiana de los Ángeles, Cristina Eugenia y Francesca. Él como hijo menor tuvo una infancia rodeada de total sensibilidad, sus padres se dedicaron siempre al comercio de electrodomésticos en la bonanza de aquellos años ochenta y noventa, suficiente para dar una educación de calidad a todos.

María Claudia estudió Psicología en la Universidad Tecnológica, hoy día atiende en su consultorio particular y vive en una economía suficiente para sostener un hogar, como madre soltera.

Tatiana se dedicó al diseño gráfico y viviendo en Bogotá dedicó su presente profesional a una reputada marca de cigarrillos. Junto a ella vive la siguiente, Cristina, que decidiéndose por la Antropología, se graduó de la Universidad de los Andes para dedicar su vida a estudiar proyectos de infraestructura en lo que los intelectuales del periodismo llaman, la Colombia profunda.

Francesca, la menor de las damas y mayor que Fabio por un año, encontró el amor en una red social, un Francés de aquellos que tienen ascendencia Argelina vino de visita a Colombia luego de conversar durante tres años por un teléfono móvil. Se casaron en Pereira y repitieron el ritual en Lyon, en una casa a las afueras de la zona urbana cargada de lujos y promesas de una vida mejor.

Fabio siempre fue alegre y entregado al fútbol, su pasión el Deportivo Pereira le llevó a conocer varios estadios y cultivar gratas amistades, hasta que dado el momento empezó sus estudios de Derecho en la Universidad Libre, allí mismo en Pereira.

Se graduó sin ser el mejor, tampoco sufrió para hacerlo, solamente cumplió con lo que cada requisito de grado demandaba. A principios de la década del diez atendió un caso inmobiliario interesante, una familia tradicional del barrio Granada demandaba a una franquicia de bebidas de café por el mal pago y mantenimiento de la vivienda.

El caso aparentaba ser de aquellos trámites que con una conciliación podría dar fin, pero la negligencia de los abogados de la franquicia aquella insultaba la inteligencia de la familia propietaria de la casa, grande además.

El caso escaló a la casa matriz de la franquicia de bebidas y tuvo que replantearse la estrategia, para ese entonces Fabio Andrés encontró en una oficina de abogados de Cali el apoyo suficiente para crear un equipo que diera respuesta a la alta complejidad de lo que inicialmente era un pleito de garantías inmobiliarias. Allí conoció a Marino Esteban Ruales Peña.

Atendieron el caso inicialmente por días, Fabio viajaba y analizaba la documentación, planteaban estrategias y Marino acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor, a medida que la franquicia de bebidas imponía condiciones nefastas para la familia propietaria de la vivienda, el caso se convertía en una lucha de poderes corporativos.

Por recomendación de Marino, Fabio se fue a vivir dos meses a Cali, dejando a sus padres en Pereira con la advertencia de volver.

El caso creció como lo suelen hacer los problemas.

Fabio Andrés conoció el lado alternativo de la ciudad, aquella Cali que no se sumerge en el ruido de la salsa de golpe ni en el jolgorio de las discotecas llenas de mujeres y aguardiente. Con Marino empezó por probar una gastronomía internacional, desde tapas españolas hasta restaurantes libaneses y bares de corte irlandés.

La cerveza artesanal enamoró con fuerza el paladar de Fabio y la elegancia de las abogadas, en su mayoría de carácter fuerte, atrajo a sí mismo, la codependencia que sus hermanas desde temprana edad le forjaron.

Con el apoyo de la familia que asesoraba en el caso aquel logró conseguir un apartamento en la zona norte, por aquello de poder salir fácilmente a Pereira y a su vez, estar a distancia prudente del centro de la ciudad donde la mayoría de juzgados convocaban su labor de apoderado.

Marino le inculcó el gusto por el Martini, un coctel de alta tradición internacional, junto a este, un buen plato de embutidos con variedad de quesos, una conversación filosófica de historia universal y por qué no, en el mejor de los días, una buena compañía con abogadas igual de solteras y amantes del Martini.

Frecuentaron Penélope, disfrutaron de las noches de BBC y hasta pasaron por bares de tradición que fueron desapareciendo con la modernidad de la ciudad. Para aquel año 2017, cinco años ya de instalado en la ciudad de Cali, una dama de elegante porte le aceptó la invitación a salir con la condición de ser ella quien escogiera el punto de encuentro.

Con un poco de misterio y algo de incomodidad Fabio Andrés aceptó, pero pidió a su amigo Marino estuviese atento al teléfono por si algo ocurría.

Lizeth Herrera, abogada, especialista en Derecho Laboral, soltera, hija de padres abogados, nieta de un reconocido abogado, ex esposa de un abogado, conoció a Fabio en los pasillos de aquel caso de la franquicia de bebidas, caso que cursaba cuatro años de querellas y amenazas.

Tan grande es la suerte de los ignorantes que preciso un grupo de trabajadores entabló demanda contra la misma empresa por la violación al derecho de libre asociación, la insistencia de crear una asociación de trabajadores convertía a la franquicia en parte de un ecosistema de problemas que ya Fabio atendía desde la parte comercial e inmobiliaria.

Coincidieron, porque eso hacen los dioses con los humanos, jugar a crear aventuras donde no hay cimientos de futuro.

Lizeth conoció a Don Emanuel en la universidad franciscana, allí compartieron algunas clases juntos y a pesar de la notable diferencia de edad lograron entablar una cordial amistad, ella bien sabía que el señor estaba muy interesado en pretenderla, pero logró atajarle antes de tiempo. Supo de su negocio de vinos y comida, así que comenzó a frecuentarlo los fines de semana, en especial los viernes que el centro de la ciudad empezaba a congestionarse, sobre todo por los alrededores del Bulevar del Río.

Fabio llegó a la Casa Azul sin conocerla, logró con las indicaciones de Lizeth estar puntual, ella lo esperaba con un vestido largo azul turquí, aretes dorados con forma de mariposa y un collar blanco con un dije dorado en el centro, también con forma de mariposa.

Se sentaron a tomar una promoción de Martini, porque era jueves y Don Emanuel, con su negocio muy joven todavía, pensaba en crear promociones para atraer clientes.

Lizeth conversó con Fabio Andrés, él, encantado de su inteligencia, solo escuchaba, recordaba a sus hermanas como una tertulia de grandes intelectuales, sobre todo a María Claudia y Cristina, las “filósofas” de la familia, como él las recordaba. En algunas ocasiones compartió ideas con Lizeth y dio prioridad a sus conocimientos de historia, amaba tanto la historia como a su Deportivo Pereira.

En algún descuido de la tarde mientras el tiempo seducía a los insensatos, Don Emanuel se acercó a la mesa a saludar a Lizeth, le tomó de la mano y se la besó como un príncipe a su doncella, Fabio sintió algo de celos e incomodidad, pero guardó la compostura como sus hermanas se lo enseñaron. Lizeth estiró la mano y con una mirada de complicidad presentó a Fabio con Emanuel, allí la magia del universo los unió como dos caballeros que se volverían amigos.

Terminó la tarde – noche, Fabio Andrés se despidió de Lizeth y la acompañó a su carro, viendo como se retiraba llamó a Marino Esteban, le contó un poco de la belleza de persona que era la dama y cómo no, le insistió que llegara a tomarse una cerveza, que el lugar era muy agradable.

Entró a esperar a su amigo, momento justo en el que Emanuel Contreras se le acercó y con la amabilidad de un extranjero le invitó otra copa de Martini. Se sentó a su lado y entablando una amistosa conversación sembraron las raíces de una amistad que cursaría nueve años de copas, historias y mujeres.

El miércoles siguiente, pero de marzo de 2026, Juan Alfonso Mosquera estaba sentado en el parqueadero de la Torre de Cristal, tenía las manos en el regazo con los pensamientos alborotados, entre lágrimas de tristeza y de terror quería encontrar una solución a lo que estaba pasando.

Intentó contactar a José Isidro pero la llamada nuevamente era ignorada, así que prefirió llamar a Fabio, el más serio de todos los colegas de la mesa de la Casa Azul.

Fabio aquella mañana estaba recién terminando una reunión con unos clientes corporativos, pues ahora su experiencia le daba suficiente récord para asesorar a pequeños empresarios que tuviesen pleitos legales con grandes corporaciones y franquicias. A sui lado estaba Marino, colega de luchas y su mejor amigo en la ciudad.

Atendió la llamada pensando que Alfonso quería programar un jueves de Martini o quizás, ir a almorzar paella en la casa ibérica.

Juan Alfonso Mosquera Moreno desde el asiento de su carro se acomodó la corbata de color naranja, sentía que le ahogaba, con voz firme para no parecer vulnerable, soltó a su amigo Fabio la mala nueva:

“Fabio, me acaban de informar que Don Emanuel falleció. Me llamó la policía, dizque se murió anoche”.

Fabio con el ímpetu de la raza paisa, volteó a mirar a Marino sin colgar la llamada, su rostro estaba fijo como una estatua de mármol. Marino sin entender nada comenzó a guardar los papeles en el maletín y a apagar el computador.

“Alfonso ¿Cómo así? ¿Dónde estás?” Respondió con la voz entrecortada.

Juan Alfonso sin perder el ritmo de la conversación, sentenció:

“Voy para la estación de policía de la calle primera, allá nos vemos”.

AV.

3 de abril de 2026

Rebeca (Una llamada).

 



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Nació de una camada de seis gatos, no era la mayor ni la menor, simplemente fue.

Nació en un distinguido apartamento cerca a la zona del aguacatal, una elegante Angora de pelaje blanco había contraído coito con un coqueto Siamés, también de pelaje blanco, algunos pensaron que era una especie de angora de pelo corto, pero realmente obedecía al instinto de su raza, con los ojos azules profundos y unas ligeras manchas en sus patas traseras y cola.

Doña Abril de Caicedo, de elegante porte y con mucho maquillaje para ocultar sus casi sesenta años de vida, la adoptó como regalo para su hijo, consideraba un buen detalle dar algo de responsabilidad a un hombre que ha sido excesivamente responsable con su propia vida, pero desinteresado del mundo exterior.

La gata ya cumplía sus tres meses de vida y estaba en condiciones saludables para salir a una vida distinta al seno de su madre. Doña Abril de Caicedo, esposa de Don José Isidro, se acercó al apartamento de su hijo, José Isidro Segundo Caicedo Barona.

Aquella mañana de 2017 el abogado Caicedo Barona prestaba declaración en el Tribunal Superior de Cali, sobre la plaza de Caicedo. Al salir de sus diligencias paraba siempre en la panadería del costado occidental de la plaza, una porción de torta de chocolate o un rollo de canela, acompañado de un café americano, la dieta del abogado exitoso y ermitaño. Un mensaje en su teléfono móvil le invitaba a llegar pronto a casa, era su madre, doña Abril.

Queriendo evadir la invitación sugirió que mejor se encontraran para almorzar, podrían ir a algún centro comercial o parar en el hotel Obelisco y departir. Su madre, con el carácter que enamoró a su padre, insistió de la importancia de verse dentro de la residencia, ubicada cerca a la avenida del río.

Soltó un par de improperios al aire y pidió que el café y el pastel de chocolate lo envolvieran para llevar. Caminó con la bolsa de papel de una mano y el maletín de cuero en la otra, cargando en su interior todos los procesos a su cargo. Llegó a la torre de parqueaderos y saliendo pensó si todo estaba bien con su madre, rara vez insistía en verse en su propio apartamento.

Alrededor de las once de la mañana llegó y estacionó su carro en el sótano del edificio, con la comida y el maletín en mano subió por el ascensor hasta el tercer piso, la puerta se abrió dando paso a la entrada de su apartamento, su madre, Abril, estaba sentada en la sala acariciando a una pequeña gata de pelaje blanco.

José Isidro se sorprendió y después de saludar a su madre, dio una caricia precavida al animal, se sentó a comer su torta de chocolate mientras escuchaba los relatos de su madre, aquella campaña fugaz de adoptar una cría de angora para dársela como regalo.

“Necesitas compañía, alguien que te quiera de verdad”

Con un ligero gesto de burla, se limpió con una servilleta el chocolate de sus mejillas y en respuesta resaltó que no necesitaba de nadie, la vida era en sí una única línea de tiempo y él no estaba para asumir más cargas. Su madre con el coraje de una lavandera le insistió, a la final la gata ya estaba allí.

Salieron al supermercado más cercano, compraron concentrado de gato y dos bolsas de arena artificial, una caja plástica y algunos muñecos felpa, al regresar al apartamento encontraron a la diminuta criatura durmiendo en la almohada de la cama principal. José Isidro quiso quitarla de un golpe, sentía mucho malestar en su interior pero su madre, la señora Abril, supo darle calma ante la novedad.

La primera noche la gata maulló haciendo la vida insoportable a José Isidro, y así transcurrieron sus noches y sus días durante un par de meses, hasta que en un descuido del tiempo ambos compartían cama y dormían casi abrazados, pero sin nombre.

Una tarde de martes, de aquellos martes de debate en la Casa Azul, José Isidro llegó temprano justo después de la jornada de trabajo, aquel día estuvo en el palacio de justicia y decidió seguir directo a donde Don Emanuel.

Primero tomaron café y lo acompañaron con algo de empanadas de carne, muy al estilo argentino, allí hablaron de todo un poco, sobre todo el recién posesionado presidente de los Estados Unidos, el señor Trump, dedicaron gran parte al análisis de lo que consideraban, el primer presidente revolucionario de américa.

Don Emanuel insistía con preocupación lo que pasaba en su país, las recientes noticias de protestas levantaban sospechas de una crisis mayor, pero en el fondo, se sentía a gusto con la novedad de que su presidente, el señor Macri tenía programado viajar a la Casa Blanca a reunirse con el señor Trump.

Durante aquel debate de martes, temprano además, siguieron comiendo hasta que surgió el tema de la gata. José Isidro con un ademán de desinterés fingió que era solamente un detalle de su madre y que estaba aprendiendo a convivir con aquel animalito, Don Emanuel, recordando sus tiempos en Mendoza, reiteraba que una mascota era una bendición para una persona solitaria, José Isidro no quiso avanzar en el tema, cambiando la conversación.

Cerca de las cuatro de la tarde de un martes cualquiera de abril del año 2017, Rebeca Llinás Almonacid llegó a la Casa Azul vestida de pantalón blanco, blusa de amarillo claro y una diadema dorada que resaltaba sus enormes ojos cafés. Saludó de un beso en la mejilla a Emanuel Contreras y a José Isidro le dio un abrazo íntimo, como si fuese un reencuentro de miles de años pendientes.

Se sentaron a conversar los tres, ahora con una botella de vino tinto, siguieron comiendo empanadas de carne y de música de fondo, algo de New Order, a petición del señor Caicedo.

Con la llegada de la noche aparecieron más comensales, por supuesto Juan Alfonso fue de los primeros en llegar. Siguieron escuchando diferentes géneros musicales y por igual pidiendo más botellas de vino.

Rebeca susurró al oído de José Isidro que se quería ir y que prefería, fuese en su amable compañía.

Así sucedió y cada uno tomó su respectivo vehículo, se siguieron uno al otro y cerca del parque de El Peñón subieron hasta la carrera 4B, a un elegante edificio que sobre la altura de la loma permitía divisar al Río Cali.

Ambos estacionaron los vehículos en el sótano, en el parqueadero designado al apartamento de Don José Isidro Segundo Caicedo.

En el ascensor hubo coqueteo y una suave caricia sobre el brazo de Rebeca logró que fluyera una carcajada escandalosa, para nada sensual.

La diadema brillaba con el reflejo de la luz del ascensor y a su lado, la mirada de un hombre mayor, de cuarenta años y algo más, que en sus pensamientos siempre carga la peor noticia de todo aquello que aún no ha sucedido.

Al abrirse la puerta Rebeca se encontró con otra puerta en frente, a dos pasos de distancia quizás, la entrada principal al apartamento del prestigioso Segundo Caicedo, como le conocían en el complejo mundo de los pasajes judiciales. Entraron despacio, era la primera vez que visitaba a su amigo en su residencia.

Sobre un sofá de cuero negro estaba la gata de pelaje blanco, pequeña, sensible con un relicario de maullidos pidiendo amor, necesitaba calor humano y claramente, algo de comida en su recipiente. La canasta de arena estaba con dos detalles precisos que requerían ser botados a la basura en aras de conservar el buen ambiente del apartamento, el recipiente de agua estaba vacío y los juguetes de felpa, debajo de la cama.

Sorprendida Rebeca preguntó a José Isidro por la identidad de esa cachorra de gato, quien explicó que fue un regalo de su madre y apenas llevaba un par de meses conviviendo juntos, pero que a la fecha no le había dado nombre.

Después de acariciarla un largo rato, la dejó en el mismo sofá y se abrazó ahora con José Isidro, se besaron y juntos con la suavidad de un tormento, terminaron en la habitación principal agarrando sus deseos.

Hicieron algo más que besarse, permanecieron durante toda la noche sin dormir hasta que ella, Rebeca, recordó que debía cumplir una cita temprano en la mañana del miércoles. Se levantó y vistiéndose con la premura del caso, explicó ligeramente a José que lo volvería a visitar en la Casa Azul, o si lo prefería, en su casa directamente.

Él sonrío y le dejó una sonrisa de complicidad, la despidió con un beso y una palmada en la nalga, vio cómo se cerró la puerta del ascensor y se sentó a fumar un cigarrillo de menta en el balcón, con vista a la ciudad.

Eran cerca de las once con cuarenta minutos de la noche de un martes cualquiera de marzo de 2017.

Una noche fría y un silencio lúgubre.

A las dos de la mañana una llamada telefónica, más que inoportuna llamó la atención del abogado Caicedo, quien se levantó de la cama y sin reconocer el número de procedencia la atendió con la duda del caso. Era de parte de la policía metropolitana, la señorita Rebeca Llinás se había accidentado sobre la avenida de los cerros, el único registro que tenían era el contacto más reciente de su teléfono. José Isidro atendió cada solicitud de la policía y en cuanto le fue posible salió al lugar del accidente para reconocer a la señorita y la desgracia que en ella aplastaba su vida.

Sin ser pesimista ni dar la razón a los juegos indomables de los dioses, José Isidro Segundo Caicedo a sus adentros cuestionaba su lugar en el mundo y de cómo este universo de extrañas coincidencias, le arrebataba una vez más la posibilidad de amar y ser amado, aunque en el fondo bien sabía que eso era una aventura de martes.

De regreso a casa, cerca de las cinco de la mañana, el cansancio le invitó a servirse una cerveza fría que guardaba desde el fin de semana en su nevera, junto a esta se sirvió una porción de almendras y se sentó en el balcón a pensar sobre la fragilidad de la vida, esos caprichos de los dioses y aquellas elegías de los humanos.

La gata de cinco meses ya de existencia maulló un ligero reproche, saltó con esfuerzo y se acomodó en las piernas de José Isidro quien, con algo de lágrimas en los ojos y un poco de rencor en el centro de su universo, alzó la voz con total amabilidad, acariciando la cabeza de la pequeña criatura.

Mirándola fijamente susurró:

“Te llamaré Rebeca”.

 AV.


31 de marzo de 2026

Juan Alfonso Mosquera Moreno (El Mensaje).

 



Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/ 


Nació en Cali, en la embolatada paz de aquellos años ochenta, fue educado en colegios privados y como tal, sus amistades fueron ciudadanos privados por igual de lo público. Su construcción social se dio a partir de las bases ideológicas que su padre Don Juan Guillermo Mosquera le insistía en casa, de la lucha implacable en contra del comunismo. Su madre, María Eugenia Moreno Haddad, creció en un hogar de lujos y favores, de allí el rápido enamoramiento por Don Juan Guillermo, hombre que entendió que hacer favores era un arte y una ventaja social.

Le pusieron Juan, para que en los oficios apareciera como Juan Mosquera, igual que su padre. Su madre insistió en Alfonso, en homenaje al padre de ella, Don Alfonso Moreno, otro líder cívico y patriota de banderas azules.

Juan Alfonso se enamoró del cine, a primera vista conoció los poderes de un hombre que podía volar usando una capa de tela color rojo, con el paso de los años, enamorado de las caricaturas, aprendió a distinguir entre la fantasía y la ciencia ficción, pero nunca, la realidad del país.

Encerrado en una burbuja de apellidos insistentes, hambrientos de poder, creció bajo la sombra de un colegio privado que siempre dejó el mensaje de que en la capital se tomaban las decisiones importantes y en los pueblos se vivía la resistencia de los ignorantes. Al finalizar no logró la beca de excelencia por la que tanto menguaron sus padres, pero sus buenas notas permitieron alcanzar un cupo en la universidad pública, cupo que Don Juan Guillermo Mosquera se negaba a aceptar, le era preferible pagar una costosa matrícula en la Universidad Católica, a ver a su hijo compartir espacios con comunistas y bandidos.

Así se formó como abogado, aprendiendo de leyes y de historia, pero no de realidades sociales, de eso jamás tuvo acercamiento alguno más allá de preguntarse por qué era tan difícil lograr la paz prometida.

Conoció a José Isidro y de allí forjaron una amistad interesante, un hombre egoísta y pesimista recibía en su espacio personal a un entusiasta Juan Alfonso, eterno niño que seguía los postulados de la ciencia ficción para no dejarse atrapar por la cruel realidad.

Allí aprendieron de la vendimia, José Isidro conocía un PUB inglés en el barrio alto, los domingos se sentaban desde las cuatro de la tarde a tomar coctelería de lujo y escuchar los éxitos de Depeche Mode.

Juan Alfonso le enseñó de cine, en varias oportunidades fueron a las salas teatro, primero a sorprenderse con la novedosa película de El Señor de los Anillos, luego, al relanzamiento de Star Wars.

Dos amigos unidos por el aburrimiento, encerrados en el itinerante saber de las leyes y convocados por el fondo de la botella, como túnel de escape.

Años de amistad se forjaron en un recorrido por bares y cafés de la ciudad, hasta que a mediados de la década del diez dieron con La Casa Azul, un bar de vinos cerca de la residencia de José Isidro.

La noche aquel martes estaba sospechosamente destinada para que todo desapareciera en el conocido mundo de Alfonso, como le terminaron llamando sus amigos, por aquello de que el Juan era un nombre en exceso genérico.

Al terminar de almorzar se escribió con Don Emanuel, la idea era poder abrir un espacio de debate sobre la influencia de la guerra de las galaxias y los modelos de resistencia ciudadana de américa latina, por supuesto que Don Emanuel evitaba esas elaboradas reflexiones y prefería ideas como las de Fabio Barona de poder debatir sobre la guerra de Irán y el impacto económico.

Preciso a las dos con treinta minutos de la tarde un recado de su jefe le impidió salir de la oficina como acostumbraba, debía dar respuesta a varios oficios lo que le hizo demorar en su llegada. Mientras escribía uno a uno los documentos de respuesta, se preguntaba a sus adentros si la orden Jedi tenía en sus filas a algún equipo de administrativos que atendiera ese tipo de querellas, o si eso era propio de la princesa Padmé.

Como pudo organizó algunas ideas en su Tablet, no quería perder el hilo de su fantasía con los crímenes revolucionarios de la américa latina oculta.

Salió de la oficina, en el tradicional centro de la ciudad, pidió un servicio de Uber, pues no quería conducir en un martes de debate, sabía que estarían los amigos de siempre y en ese encuentro, los licores de siempre.

Alrededor de las cinco de la tarde llegó a La Casa Azul, se sentó en la barra y organizando sus ideas se fumaba un vapeador de sandía dulce, del otro lado en una mesa adyacente, estaba Don Emanuel acompañado de una señorita, muy bella y muy joven.

Escribió un par de mensajes al grupo de chat, al que llamaban los caballeros azules, informó que ya había llegado y que prepararía la exposición de su tema. Fabio respondió que se demoraba, Ignacio envió un Sticker de un mico con gafas oscuras en señal de OK, Marino respondió que se demoraba y José Isidro no leyó el mensaje.

Comenzaba a aburrirse, escribió a su amigo José Isidro y este no le respondía el chat, se desanimó con la sospecha de que le iba a quedar mal con el plan de martes, se acercó a Don Emanuel y saludando a la señorita, le insistió en la importancia del debate programado, este con el afán de ignorar lo absurdo y dar prioridad a los placeres de la carne, le convidó una copa de Whisky, haciendo la seña de que se lo daba por hoy, en promoción. Se levantó de la mesa unos minutos más tarde y salió con la desconocida señorita.

Para Juan Alfonso, fue la última vez que pudo hablar y ver con vida a su amigo Emanuel Frontera, como le decía de cariño.

Llegaron los demás invitados y con la ausencia de Emanuel y José, dieron paso a su noche de debate, un grupo de abogados, ya maduros en edad, conversando temas que poco o nada aportaban a la vida, más allá, del placer mismo de beber un buen whisky o un noble vaso de Brandy.

Alfonso, aburrido por no poder exponer su preparada intervención escribió a José Isidro para saber de su paradero, siempre con el mensaje sin leer de su parte. Alrededor de las once de la noche le envió un mensaje a Emanuel, para saber si volvería pronto, mensaje que tampoco fue leído.

Siguió tomando otro vaso alto de aquel whisky que estaba en descuento y pensó a sus adentros si tantos años de amistad estaban pendiendo de un hilo delgado llamado amor o placer. Desconocía del paradero de su compañero de estudios, desde el día sábado que no se veían personalmente y quizás ante tal espacio de tiempo, pensó más a sus adentros, si necesitaba de su ayuda.

Un pensamiento ligero, reiteró en un suspiro: José Isidro no necesita de nadie.

Con el paso del tiempo el aburrimiento hizo que el licor floreciera en Alfonso como un adolescente malcriado, salió a fumarse su vapeador de sandía y viendo los carros pasar por la avenida del río, dejó que la vergüenza se convirtiera en furia. Se regresó a la barra del restaurante, tomó su teléfono y pidió un servicio de Uber.

Al salir escribió un mensaje a Don Emanuel agradeciéndole por toda la atención. 

Al llegar a casa se tiró a dormir en el sofá no sin antes programar la alarma para el siguiente día laboral.

Temprano en la mañana revisó su teléfono y le llamó la atención el no recibir respuesta, ni siquiera la notificación de haber sido leído el mensaje, de parte de su amigo José Isidro Segundo, pensó en llamarle, pero se ocupó preparando el café que dejó de lado la idea en sí.

A las diez de la mañana comenzó la reunión de preparación de respuesta al pliego de peticiones que la asociación de trabajadores entregó a la empresa, un documento que debía ser cuidadosamente estudiado, Juan Alfonso estaba en compañía de su jefe, el director Jurídico de la corporación, y allí mismo dos abogados más y un judicante de la universidad franciscana.

Una llamada telefónica interrumpió su reunión, con cara de vergüenza pidió a su jefe permiso para atender, se trataba de un agente de policía que le notificaba del fallecimiento en condiciones extrañas y violentas, del señor Emanuel Contreras Hitschfeld.

Alfonso se sentó en la primera silla que vio, agradeció al oficial la información y confirmó su disponibilidad para acompañar la investigación.

Tomó el teléfono y escribió un mensaje a José Isidro Segundo, pero este tampoco llegaba, como si el teléfono no estuviera en servicio.

Una lágrima ligera dejó en evidencia su dolor, quizás no por el afecto mismo de que un amigo de alta estima había sido encontrado muerto, ni por el sentimiento mismo de abandono que la muerte trae en sus brazos, sentía el dolor mismo de saber que al parecer, era el siguiente.

Regresó a la oficina y se cruzó con la mirada autoritaria de su jefe, el Doctor Domínguez, le hizo un ademán de excusa y le escribió un mensaje al chat del teléfono: “Lo siento, me acaban de informar que un amigo falleció”.

El Doctor Domínguez, reputado asesor jurídico de las grandes corporaciones de la región levantó una ceja luego de leer el mensaje, alzó la mirada en dirección a Juan Alfonso y con una seña de autorización, le dejó salir.

Juan Alfonso Mosquera Moreno se acomodó la corbata, de color naranja por demás, salió de la sala de reuniones con prudente caminado, llegó a su oficina y tomó el maletín, allí guardó el computador portátil y la Tablet, se limpió con la manga de la camisa una lágrima que se escapaba.

Buscó las llaves de su carro para ir a casa, mientras recibía un mensaje en su teléfono de un número desconocido:

¿Qué haría Anakin Skywalker en estos momentos?

 

AV.