13 de julio de 2026

Michelle Cristina Rueda Palacios (Otra pesadilla recurrente)



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Marino abrió los ojos con asombro, respiró con agitación y se encontró a sí mismo reflejado en el espejo de un baño. Estaba de pie en el lava manos de un baño local, un lugar pequeño, con baldosines de color crema y un techo de madera. Junto al espejo había un recipiente, al parecer de jabón de manos y junto a este, un dispensador de toallas.

No entendía nada, el lugar le era desconocido y más aun, su apariencia frente al espejo le era llamativa. Tenía puesta una camisa variopinta con aves y palmeras en su diseño, en el bolsillo de la camisa, un juego de gafas de sol y al mirar más abajo, se sorprendió estar en chanclas de playa, sin medias, solo un pantalón de lino color blanco.

Marino comenzó a preocuparse más allá de lo corriente, era claro que jamás en su vida vestiría de ese modo, la confusión le llevó al impulso de salir de aquel lugar, abrió la puerta y con sorpresa se encontró en la Casa Azul, el local estaba vacío, en la barra de preparación de licores había una sombra, la figura de alguna persona o ser desconocido, no era Julio Washington Pupiales, el administrador y encargado de licores del restaurante, tampoco la joven Sara, simplemente una sombra que daba la sensación de mirarle fijamente.

Siguió caminando y el olor a cigarrillo comenzaba a rodearle, miraba a todas partes y las mesas estaban vacías, desorientado y algo mareado, siguió caminando en búsqueda de la salida, pero en vez de la puerta de siempre, vio que en su lugar había una pared, con una suerte de fotografías allí ubicadas, la mayoría de Emanuel, abrazado de amigos y clientes famosos del restaurante. Una de las fotos mostraba a los caballeros de la casa azul, sentados juntos bebiendo vino y al parecer, cantando.

Marino se acercó para observar en detalle las imágenes, entre fotos y retratos identificaba a los viejos clientes del restaurante, amigos que ya hace mucho tiempo dejaron de asistir, otros desconocidos, en dos fotos encontró a Michelle, la misteriosa amiga de Don Emanuel. En una estaba ella con el cabello cogido con un gancho en forma de mariposa, una  blusa color rosa y de pantalones negros, de bota alta. Estaba sentada en la barra del restaurante sonriente, con una copa de vino alzada en su mano derecha y posando la otra mano en el hombro de Julio Washington, que estaba atendiendo desde el otro lado de la barra. Junto a ellos, en otra silla, Don Emanuel con su carismática sonrisa.

La otra fotografía era confusa, porque en ella estaban Jose Isidro Segundo y Emanuel sentados con ella tomando cocteles, los tres sonrientes en una mesa a un costado, curiosa fotografía porque preciso, Emanuel vestía con la misma camisa con la que fue encontrado el pasado miércoles.

El pasado miércoles.

- ¿Qué día es hoy? - Se preguntó con loable asombro y desprevenido riesgo.

Se dio vuelta y mirando directamente a la barra del restaurante encontró a aquella sombra de pie, con firmeza dejaba entrever una extraña sonrisa en medio de su oscura apariencia.

El olor a cigarrillo incrementaba, la confusión adornaba las ideas de Marino, quería salir pero no había puertas o ventanas por donde huir, como si ese fuese el mundo entero, el universo suficiente para existir.

- ¿Qué día es hoy? - Se preguntó nuevamente, intentaba mirarse las manos. Caminó dando vueltas sobre el mismo espacio intentando entender qué ocurría, las fotografías en la pared resaltaban por el brillante color dorado del marco, un estilo elegante y vistoso.

Se metió las manos en el bolsillo del pantalón buscando su teléfono móvil, no había nada allí, con preocupación volteó a mirar a todas partes encontrándose nuevamente con la sombra que custodiaba la barra de licores.

Michelle cruzó una pierna sobre la otra, sentada en una mesa bajo una lámpara de luz blanca, vislumbraba al desesperado Marino quien caminaba como un ente de lado a lado. Golpeó su cigarrillo contra el cenicero de cristal, la ceniza caía como un bloque pesado de recuerdos, el humo viajaba por todo el recinto hasta incomodar a Marino, quien se giró al ver la luz encendida al fondo, preciso dónde estaba ubicada la elegante mujer de origen antioqueño.

Si bien la luz iluminaba lo suficiente, Marino no lograba identificar a la mujer que allí estaba observándole, se acercó un poco y con voz entrecortada preguntó quién estaba allí.

Una fuerte luz blanca le hizo perder la visión por un instante, cuando pudo retomar la vista por completo se dio cuenta de que ahora estaba en el burdel aquel dónde le informaron que había estado Ignacio.

Con sorpresa Marino se dio cuenta que ya no vestía la camisa de colores sino, un elegante traje azul oscuro, en su mano un reloj de oro y algunas pulseras de tipo religioso. Estaba sentado junto a dos damiselas, de seguro meretrices de aquel lugar, las dos muy bellas con un bata estilo kimono cubriéndoles la ropa interior, una más alta que otra, una más delgada que la otra, una con el cabello más largo que la otra, una más bella que la otra, una siempre diferente a la otra. Aquellos rasgos llamaron la atención de Marino que a sus adentros comenzó a sospechar que todo estaba conectado, en su inconsciente o en el desvarío de una realidad que no se dejaba interpretar.

Sintió que unas manos frías se posaban sobre su hombro izquierdo, poco a poco se fueron deslizando por el cuello hasta subir a su cabellera, acariciándole con total cariño y deseo. Se giró pensando que era otra de las meretrices del lugar pero para su sorpresa era aquella mujer de las fotografías del restaurante, la misma que según Alfonso, le había estado acosando.

Abrió los ojos con sorpresa e intento ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron al impulso, estaba atrapado en alguna especie de sueño o pesadilla.

Michelle sonrió, una mueca burlesca, un gesto de desprecio disfrazado de cordial bienvenida.

Se agachó y dándole un beso en la mejilla saludó al confundido Marino, se sentó a su lado y pidió una copa de vino a las doncellas que estaban presentes, preguntó si se le ofrecía algo de beber, pero Marino prefirió hacer un ademan de rechazo, en realidad no le escuchaba nada a pesar de estar tan cerca.

Michelle se sentó del otro lado de la mesa, vestía un elegante traje negro, una blusa de rayas y diseños variados, todos de color dorado para resaltar el diseño principal. Marino observaba con el deseo mismo de entenderlo todo.

Michelle se sentó cruzando las piernas, una costumbre y a conocida, comenzó a hablar y a reírse de vez en vez, expresaba todo tipo de historias y relatos, desde anécdotas de su natal Medellín hasta recuerdos de la casa azul. Marino no lograba escuchar nada, al parecer no había absolutamente nada que escuchar, todo era silencio, ni el ruido de la copa de vino chocar con el pico de la botella, ni el ruido de las doncellas caminando en tacones ni tampoco el ruido de la música que el local reproducía a alto volumen como era costumbre.

Se levantó de la silla y la joven Michelle le lanzó una mirada fulminante, sus ojos amarillos se convertían en dos aros de luz que le quemaban el rostro, Marino se cubría con las manos dando pasas hacia atrás, como un dolor ajeno a lo humano, un ardor que en sus manos chocaba.

Marino quiso devolver la afrenta con un par de palabras obscenas, pero tampoco podía hablar, al parecer estaba en un eterno silencio, un universo donde era solo testigo de lo que se pudiese observar. Siguió caminando y se tropezó con otra silla de una mesa cercana, se cayó y se golpeó un costado, el dolor le hizo gritar.

Despertó nuevamente, estaba en la cama de su habitación, el dolor en un costado seguía allí, pero sorpresivamente estaba en su cama, con el bata satín color negra, se levantó confundido, su calzó las pantuflas y caminó hasta el baño, allí se dio cuenta que estaba bien. No había hematomas, no tenía ojeras y su cabello y su barba estaban decentes, al día como solía pensarlo.

Se dio una ducha de agua fría, se sentía renovado, incluso pensó en la terrible pesadilla que había tenido, para tal momento, casi una hora después de levantarse de la cama recordó a la misteriosa mujer del sueño, con ella, recordó otros sueños que había tenido por igual.

Salió de la ducha, se vistió su tradicional traje gris y corbata de color negro, elegante como la educación que su padre le había dado.

Terminó de vestirse, se acicaló y con un poco perfume terminó su ritual de caballero, se puso el reloj en la mano izquierda y guardó el teléfono celular en el bolsillo derecho de su saco, para tal instante algo le llamó mucho la atención.

Nunca en su vida se había puesto el reloj en la mano izquierda, así que se quedó mirando fijamente su brazo intentando entender. Se quitó el reloj y se lo cambió de brazo, sacó el reloj del bolsillo y revisando la pantalla principal de su teléfono móvil, notó que era doce de junio.

Doce de junio.

Un viernes más de marzo, pensó.

Salió de su habitación esperando encontrar a su madre o a alguna de las criadas en el trayecto, como era costumbre. Para su desdicha y sorpresa, quizás como una nueva costumbre, al abrir la puerta encontró un universo totalmente oscuro, una bóveda negra que en el fondo iluminaba una mesa al fondo.

La mesa de un restaurante donde preciso le esperaba la mujer de aquellas pesadillas, con la misma copa de vino tinto y el mismo cigarrillo en sus manos: Michelle Cristina Rueda Palacios.

Marino cerró la puerta en un acto reflejo, quiso devolverse pero al girar sobre sí mismo la puerta ya no existía. Estaba nuevamente en el suelo, dónde en algún momento de la vida se había tropezado con la silla para caerse.

Michelle observaba con una carcajada de burla.

AV.

1 de julio de 2026

Viernes (Una pesadilla recurrente)


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Se despertó en su cama acostado boca arriba, al abrir los ojos encontró el techo de su habitación como un paisaje rústico, una combinación de madera y cemento al mejor estilo de un chalet latinoamericano. En silencio, cansado y sin conocimiento de nada quiso intentar encontrarle sentido a la vida, a la existencia misma de que todo lo conocido era parte de un sueño repentino.

Un ligero dolor emergió detrás de sus oídos, como un fuerte golpe de presión que se esparcía por todo el cráneo hasta marcar en su totalidad un proyecto de migraña intermitente, la luz del día entraba coquetamente entre las persianas hasta chocar con la pared, una pared tan blanca como las ideas nubladas que su mente acobijaba.

Entre susurros y monosílabas sensaciones, pronunció un nombre con total desconcierto: - Emanuel –

Abrió los ojos con total apuro, se levantó de la cama y el dolor de cabeza le devolvió el afán con un fuerte mareo, se sentía en exceso cansado, su cuerpo dolía por momentos, sus piernas estaban encalambradas, sus brazos con picazón y sus ojos comenzaban a sentir malestar con la luz del sol que entraba por la ventana. Se sacudió la cabeza, cubriéndose los ojos con las manos se levantó a pesar del mareo, caminó buscando unas pantuflas, dio vueltas por dos minutos en la habitación hasta caer en la cuenta de que aquellas pantuflas no existían.

Con asombro empezó a quejarse con algunas palabras obscenas de por medio, sus ojos se acostumbraron a la luz y le permitieron ver mejor, el dolor de cabeza era más intenso y la fuerza de los brazos disminuía, pero insistía en encontrar sus pantuflas, le aterraba la idea de tener que caminar descalzo.

Se agachó para observar debajo de la cama, pero allí no había nada, en exceso nada, solo oscuridad, una intensa y eterna oscuridad. Sin entender esa franja negra que orbitaba se levantó a buscar dentro del closet, pero al abrir la puerta con sorpresa vio que solo había oscuridad. Algo negro, poderoso, intenso, etéreo estaba allí, o más bien, existía allí.

Era como si al abrir la puerta del clóset se diese bienvenida a un portal cargado de mística e ignorancia.

Cerró la puerta y con vergüenza se sentó en la cama, la cabeza no paraba de doler. Buscó su teléfono móvil, estaba sobre la mesa de noche, sintió que su vida volvía a la normalidad, se rascó la cabeza y con sorpresa encontró tres llamadas perdidas de parte del policía Juan Gerardo Benín. Una notificación de mensaje de buzón de voz le anunciaba que la última llamada había sido a las cinco de la mañana.

El reloj del teléfono móvil señalaba que eran las siete de la mañana con cuarenta y dos minutos, del diez de julio de 2026.

Diez de julio.

Se quedó en silencio sentado al borde de la cama mirando la pantalla del teléfono, como un ser que en sus pensamientos esquivaba las ruinas de la migraña para poder viajar en sus pensamientos por las dunas del tiempo.

Diez de julio.

Desbloqueó el teléfono y encontró más de noventa y nueve notificaciones en su aplicación de chat, en el registro de llamadas solamente aparecía las tres llamadas del agente Benín, así que optó por escuchar el mensaje de buzón de voz.

Una interferencia no permitía reconocer la voz del policía, no era legible el mensaje, su voz se entrelazaba con ruidos extraños, una especie de máquina industrial, un sonido totalmente electrónico que se distorsionaba en los veinte segundos que duraba el mensaje. Solamente logró identificar la última frase del mensaje: ¡Llámame urgente!

Se quedó mirando a la pared, quizás porque allí podría encontrar con más agilidad algo de cordura, quizás, porque allí en el vacío de un muro de cemento pueden yacer los silencios de la vida vivida.

Se levantó y nuevamente el golpe de dolor de cabeza le recordaba lo vulnerable que era. Entró al baño que había en su habitación, se miró al espejo y con sorpresa se encontró con unas ojeras excesivas, además de su cabello totalmente desaliñado, con algo de repudio se rechazó a sí mismo y prefirió darse un baño con urgencia.

Allí bajo el agua comenzó a recordar.

A Emanuel lo mataron sobre la avenida del río, nadie da respuesta.

A José Isidro Segundo Caicedo lo encontraron muerto en su apartamento.

A Raúl Ignacio lo encontraron muerto en el parque de Pance.

A Alfonso - ¡estúpido Alfonso! – susurró, nunca lo encontraron.

Fabio, - ¡el tonto de Fabio! – nuevamente lanzó un quejido mientras dejaba el agua de la ducha caer sobre su cabeza, quizás como terapia para afrontar la fuerte migraña, a Fabio se lo llevó la vida misma en un insensato juego de locura. En ese preciso segundo, no pudo recordar más, no tenía claridad qué era lo que había pasado con su amigo Fabio Andrés.

Se quedó bajo el agua mucho tiempo, en un lugar donde precisamente el tiempo no existe.

Salió del baño vestido con un bata satín de color negra, como si fuese un traje para salir a defender a la corona junto a James Bond. Abrió la puerta de su clóset para buscar algo de ropa informal y vestirse, pero allí estaba otra vez esa oscuridad que como una pared, bloqueaba la visión a cualquier parte.

La cerró con rabia, con miedo, con premura, tan fuerte que el sonido de la madera chocar contra la pared de cemento generó un eco que resonaba en su migraña.

Se sentó con frustración en la cama, unas intensas ganas de llorar estaban apretando su pecho, su garganta era un túnel de lamentos y quejas.

Tomó el teléfono móvil para llamar al agente Benín, pero no tenía señal, estaba prácticamente inservible, ni había señal para realizar llamadas, ni tenía red para enviar mensajes o conectarse a algún portal de navegación. Con sospecha se levantó de la cama y por curiosidad abrió la persiana de la habitación, desde allí podía ver la cordillera occidental que bordea a la ciudad, un sol de verano iluminaba las calles, pero para confrontar toda lógica, no había nada más para observar.

No había calles, ni edificaciones, tampoco árboles ni nada que humanamente fuera lógico. Era una montaña iluminada por una luz tan blanca que comenzaba a dudar si era procedente del sol o de otra fuente desconocida.

Dio tres pasos y con el dolor de una migraña insoportable, buscaba respuestas al interior de su habitación.

Se sentó sobre la cama y mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil, pensaba en la fecha del calendario que estaba ubicado encima de la hora del día.

El dolor de cabeza desapareció y en un segundo todo se hizo oscuridad.

Se despertó en su cama acostado boca arriba, abrió los ojos y se encontró con una luz tenue que entraba por su ventana, las persianas estaban abiertas y la luz del sol golpeaba con fuerza. Con algo de confusión se sentó sobre la cama, estaba vestido con su bata satín de color negro, pensó que se había desmayado, así que buscó su teléfono para hallar respuestas. Junto a la cama estaban las pantuflas y al lado de estas, la ropa del día anterior tirada como un cúmulo de desperdicios.

Alzó una ceja y con sorpresa recogió la ropa para ubicarla en un canasto que tenía para tal fin, el orden siempre fue su obsesión.

Se acomodó las pantuflas y las sintió cómodas, suaves, el dolor de sus piernas se calmaba.

De pie junto a la cama desbloqueó la pantalla de su teléfono móvil, encontró allí tres llamadas perdidas de Alfonso, se sorprendió con total locura.

La última llamada estaba registrada a las dos de la mañana, del veintisiete de febrero.

Veintisiete de febrero.

Con un susurro ligero, casi inaudible pronunciaba febrero como si se tratase de un poema francés.

Veintisiete de febrero.

Se acercó con el teléfono en la mano y se asomó por la ventana, allí pudo ver el cerro de las tres cruces iluminado por un sol amigable, en la calle el ruido del tráfico comenzaba a abrumar la paz de los residentes, las personas caminaban con la tranquilidad de una ciudad inquieta.

No entendía nada.

Soltó el teléfono y entró al baño, notó que estaba su cabello desaliñado, su barba poblada y sus ojos cansados, rojos, como si llevase mucho tiempo sin dormir bien.

Su barba poblada.

En vez de entrar a darse la ducha que deseaba, comenzó a caminar dando vueltas por toda la habitación, no era posible que le creciera tanto la barba de un momento a otro ni que la fecha del teléfono cambiara abruptamente.

Cogió el teléfono con algo de miedo, de rabia, de frustración, buscó entre los registros de llamadas al policía Benín, pero tal contacto no existía, ni los mensajes de chat ni mucho menos las llamadas.

Pensó en Emanuel, intentó llamarle, pero el teléfono otra vez estaba sin señal de cobertura.

Tomó una postura enérgica y desafiando a todo aquello que no tiene nombre, decidió salir a buscar respuestas allá afuera, en medio del bullicio de aquel pueblo de ignorantes que tanto detestaba.

Abrió la puerta del clóset para ponerse algo de ropa informal pero una pared negra le detuvo. Adentro no había ninguna de sus prendas de vestir, solamente la oscuridad de un universo desconocido.

Cerró la puerta con angustia, el desespero llamaba a su conciencia y en ella, una conocida migraña empezaba a visitarle.

Se acomodó las pantuflas y abrió la puerta de su habitación para salir, allí en frente no había nada conocido.

Otra vez un mudo oscuro.

Se sentó sobre la cama y comenzó a pensar que estaba atrapado en una broma de pésimo gusto, quizás se trataba de una pesadilla o alguna especia alucinación.

Aquel viernes, Marino Esteban Rúales Peña estaba sentado sobre el borde de una cama que no existía, encerrado en una habitación que tampoco existía, en un universo etéreo que nadie conoce. Del otro lado de la puerta, sentada en una mesa, estaba Michelle Cristina Rueda Palacios fumándose un cigarrillo, con una copa de vino en la mano izquierda.

Un viernes cualquiera de marzo era el momento perfecto para tomarse una copa de Malbec y jugar con la paz del último de los caballeros de la casa azul.

Marino, mientras tanto, intentaba entender en dónde estaba.

AV.

4 de junio de 2026

Lágrimas (luces y sombras).



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Rebeca saltó para acomodarse en las piernas de Abril Barona de Caicedo, se acostó y como una bola de pelos quedó a merced de las caricias que le daba, Marino observaba en silencio la escena y recordaba un poco a su amigo Jose Isidro Segundo, quien siempre se refería a la gata como un sujeto atípico en su vida, ver aquella escena de doña Abril era un polo opuesto a la descripción de lo que él entendía como amor.

Recordó a su padre Don Eliecer como el hombre rudo que era, sus palabras cargadas de ese poder que dominaba la voluntad de todo el que le recibía en una conversación, de las manos grandes que solo daban palmadas para corregir y no para amar. Recordó a su padre, y con este, los años dorados de su juventud, aquella vida de lujos y corrupción, de ser el príncipe de la ciudad ahora a ser un simple cuidador de una viuda.

Miraba a Abril de reojo, sentía algo de vergüenza de verle en esa soledad tan perturbadora, sentía celos también, de ver tanto amor de una mujer a su mascota, una gata robada.

Al igual que Jose Isidro, Marino era hijo único, quizás por eso se entendía tan bien con él, no por los lujos o el dinero, ni mucho menos por la profesión que les convocaba en reuniones y bares. De allí emergió el respeto por la señora Barona de Caicedo, y en ese mismo ímpetu de lo injusto, Jose Isidro Segundo Caicedo fue su cómplice, su amigo y colega, en reuniones familiares y actos sociales. Había logrado algo de amistad con su madre, doña Margarita Peña, con la fundación de ayuda humanitaria que lideraba y claramente, con las iniciativas políticas de don Eliecer Rúales.

Una ligera lágrima se escapó rodando por su mejilla hasta ser atrapada por una barba poblada, un orgullo frío y un silencio distante. Se limpió el rostro con el borde de la corbata y pidió permiso a la madre de su amigo fallecido, para salir, tenía que regresar al restaurante.

Doña Abril asintió y dio la bendición a Marino dejando a un lado el periódico y posando a la gata Rebeca en el suelo, le agradeció por toda la ayuda dada y en especial, el acompañarle en tan difícil día. Ahora solo quería descansar, pues al día siguiente le esperaba el sepelio.

Marino hizo una venia en respeto y confirmó que pasaría a recogerla a las siete de la mañana para ir al cementerio. Detrás de la silla, la sombra de aquella mujer misteriosa aparecía de modo intermitente.

Salió del apartamento, otra lágrima le rodaba en dirección a la barba, en silencio caminaba por el pasillo pensando en Alfonso, el infantil Alfonso. Se cuestionaba brevemente sobre su paradero, le parecía en demasía extraño que no diera señales de nada desde que salió de la sala de velación temprano en la tarde. Mientras caminaba un ligero, imperceptible aroma a carne quemada llamó su atención, pensó que se trataba quizás de algún vecino preparando alguna especie de parrillada, pensó en que tenía hambre, pensó en Fabio Andrés y el pendiente que tenían de resolver juntos.

Juntos, pensó.

La sombra de la mujer caminaba entre las paredes del pasillo, como una especie de vigilante que observaba a Marino, incluso, intentaba escuchar sus pensamientos, por así decirlo.

Al salir del edificio vio que al interior de su camioneta, estacionada a lo lejos, una silueta se movía con rapidez, de modo fugaz. Alzó la voz y corrió para ver de qué trataba pero no encontró a nadie en su interior, miraba a todas partes y en definitiva la soledad de la calle contrastaba con la impresión de haber visto algo o alguien, salir de su camioneta. Cogió el teléfono móvil y marcó a su amigo Fabio Andrés, pero este no le contestó la llamada.

Intentó una vez más en llamar a Fabio y una vez más este no contestó. Abrió la aplicación de mensajería y grabando una nota de voz dejó un claro mensaje a su amigo: “No te vayas a ir, ya salgo para allá”.

Para Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, pero allí junto a Fabio Andrés forjó un interesante grupo de amigos que cada semana se reunían a conversar. Salió en la camioneta en esa dirección, comenzaba a afanarse pensando en que algo extraño ocurría, encendió la radio y una balada latinoamericana amenizaba una cálida noche de la ciudad, el tráfico estaba medianamente despejado y la distancia entre el apartamento de doña Abril y la Casa Azul era realmente corta, un trayecto de menos de diez minutos.

Al llegar, se llevó por sorpresa ver un camión de bomberos estacionado, junto a este una ambulancia y dos patrullas de la policía. Se detuvo a media calle, se bajó con temor y comenzó a correr en dirección al restaurante, allí un agente de policía le detuvo informando que nadie podía ingresar. Marino, con el ímpetu de un príncipe, exigió se le dejara entrar, pues sus amigos estaban adentro.

El detective Benín había llamado a emergencias para que se llevaran a Fabio, que a pesar de las complejas heridas de quemaduras, seguía con vida. Así que al interior de la Casa Azul solamente estaban Julio y Sara.

A las nueve de la noche de un jueves cualquiera de marzo, Marino Esteban Rúales Peña, comenzaba a sentir en su interior la peor sensación del mundo: La soledad y la sapiencia de entender que era el último en pie de una mesa de caballeros.

Un paramédico salía del restaurante cubriendo a Sara Carolina con una manta y una máscara de oxígeno, detrás de estos, aparecía Julio Washington Pupiales.

Marino alzó la mano y les llamó con un grito, queriendo saber qué ocurría. De su lado apareció el agente Benín con una cara de preocupación, le invitó a que le acompañara para dialogar algunos temas sensibles.

Marino miró despectivamente al agente al verle tan desaliñado y de muy avanzada edad, le tenía más a consideración de encontrarlo como a un pordiosero a ser el gran detective de la policía de Cali. Benín explicó que de un modo extraño algo quemó a Fabio, algo que de la nada apareció, lo comenzó a abordar entre el fuego azul y las llamas amarillas, Sara y Julio, se retiraron del susto pero el fuego empezó a abrasar por igual al restaurante. Lograron controlar las llamas con un extintor del restaurante y mucha agua, pero nada podía explicar el origen del fuego.

Explicó ligeramente a Marino, que revisando las cámaras solo había luces blancas que con su destello impedían ver con claridad la pantalla y lo ocurrido, incluso, uno de los agentes del cuerpo de bomberos entrevistó a Sara Carolina, que estaba junto a Fabio, pero ella solo pudo decir que una luz destellante le impidió ver.

Marino guardaba silencio, escuchaba y con un poco de desprecio tomaba distancia de Benín, un ligero aroma le incomodaba, pero no entendía aún qué era exactamente. 

- Voy a ir a estacionar mi camioneta adecuadamente, que la dejé tirada en medio de la calle – Susurró.

Marino caminó pensativo, en el fondo sentía unas ganas de llorar que no le permitían razonar adecuadamente, nada le parecía lógico. Se subió a la camioneta y la encendió para comenzar a andar sobre la vía, pero una sombra saltaba en el puesto de atrás, algo que se movía llamaba su atención.

Marino se dio vuelta y no encontró nada, de hecho, no había nada.

Ahora todo era oscuridad en un infinito espacio de silencio y abandono.

AV.

1 de junio de 2026

La noche antes del viernes (Fuego).

 



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Un silencio pesado abrazaba a cada uno de los testigos de una obra de arte contemporáneo, un dibujo en tinta roja que nada podía explicar a la expresión de terror que se reflejaba en el rostro de Alfonso, o lo que los presentes, consideraba era su amigo Alfonso. Doña Abril de Caicedo casi cae sobre sus propios pies, sintió a sus adentros un dolor tan agudo como inoportuno, como si otro hijo fuera parido en el dolor de una partida.

Marino le ayudó a sostenerse y con la indignación de un caballero, sugirió llevarle a su residencia de inmediato, a pesar del hambre y la extenuante jornada, no era ese el lugar ni las condiciones perenes para que una dama de su estirpe fuese testigo de tal vulgaridad.

Fabio Andrés que buscaba respuestas en la tinta derramada sobre aquella pared, miró fijamente a Marino y con un leve gesto aprobó que se retirara en el carro para llevarse a doña Abril. Puso sus manos sobre la pared y con el intento de atravesar cada ladrillo, quería saber qué había ocurrido allí, de dónde y quién había hecho esa pintura.

Benín, con la experticia de los años, soltó una frase lapidaria, todos reaccionaron con lago de rechazo, salvo Julio, que de pie sobre la puerta del restaurante dio la razón al viejo detective.

- La puerta está forzada, como si alguien intentara abrirla con golpes o alguna herramienta imprecisa. De seguro, como dice el agente Benín, alguien quería hacer daño a alguno de nosotros. –

Sara estaba sorprendida, el dibujo por más abstracto que fuese le recordaba a ese inexplicable mundo donde las estrellas deambulan cargadas de colores.

- Lo mejor es que entremos, revisemos que todo esté bien y si hay cámaras de vigilancia encendidas, poder ver la grabación. –

Julio asintió al agente Benín y señaló con la mirada a una de las cámaras que estaban ubicadas sobre el portón de entrada, la misma que solo daba cuenta de la salida de Emanuel con la joven desconocida, el pasado martes.

Detrás de Julio entró Sara Carolina, detrás de ella Fabio Andrés y a su lado, un paso por detrás, Juan Gerardo Benín. Un aroma a descomposición les recibió de manera sorpresiva, no era el aroma de la comida descompuesta o de un roedor muerto en alguna esquina, más bien era el aroma de la sangre, del hierro, de una vida que se marchitaba con el inexplicable aroma de lo perecedero entre humanas convicciones.

Sara Carolina ayudó con abrir los ventanales para que circulara el mal olor, Julio con un balde de agua buscaba trapear el suelo de cerámica, intentando con una especie de jabón líquido disminuir el fétido olor a una vida pasada.

Quizás como broma, como ayuda o como un acto de total imprudencia, el agente Benín sacó una cajetilla de cigarrillos y encendió uno de estos, se sentó en una de las pocas sillas disponibles y observando a cada punto del restaurante intentaba entender la dinámica de vigilancia de las cámaras de adentro.

Fabio caminaba de un lado a otro, quería respuestas, si esa era la dinámica de la vida, no podía tolerar que su amigo Marino o él, fueran los siguientes en esa cadena de inexplicables decesos.

Sara comenzó a organizar algunas mesas para que los visitantes se sintieran cómodos en ese ahora extraño lugar. No era la hospitalaria sala de recepción de la Casa Azul en la que la sonrisa de Emanuel allanaba a cada visitante, no se sentía ni siquiera, el cálido ambiente de unas mesas de madera que emanaban el silencio de la Cali de los intelectuales de estrato seis. 

- ¿Hay modo de ver las grabaciones de vigilancia? – preguntó Benín, mientras exhalaba un aro de humo azul.

- Si, acompáñeme – Respondió Julio con el trapeador aun en sus manos.

Al fondo de la barra, una pequeña cocineta servía de cubierta para esconder en un pasaje pequeño, la entrada a una habitación con un televisor, un computador y el router del wifi del restaurante.

- Busca las imágenes desde esta tarde – Sugirió Benín.

Allí pudieron ver, con algo de impaciencia, el tráfico de personas que se acercaban y se regresaban con la decepción de ver el restaurante cerrado, siempre llegaban clientes desde las tres o cuatro de la tarde.

Al parecer nadie estaba enterado de la muerte de don Emanuel.

Alrededor de las seis de la tarde Juan Alfonso apareció en pantalla, había estacionado el carro en frente de la Casa Azul, dejando visible solo un poco del frente del vehículo. En pantalla con una calidad de definición muy baja, lograron observar que Alfonso caminaba de lado a lado, al parecer estaba golpeando la puerta con la esperanza de que alguien le abriese. Por momentos se sentó en uno de los escalones y se quedaba pegado a la pantalla de su teléfono móvil, mas tarde casi media hora después de su llegada, se levantó a caminar como un vigilante que custodiaba la puerta del restaurante, por un momento se quedó de pie mirando firmemente a la fachada cuando preciso a sus espaldas una luz, al parecer de otro vehículo, le iluminó como si le abrazara con su cálida y amarilla existencia.

Juan Alfonso Mosquera se giró y dejó en evidencia una cara de asombro que fue completamente visible al lente de la cámara de vigilancia, allí se podía ver a alguien estirar la mano por la ventana de otro vehículo a modo de saludo, un momento después una luz intensa brilló con tanta fuerza que toda la pantalla del televisor perdía definición alguna quedando solo de color blanco, por un momento, volvió la imagen y sobre la pared del restaurante, estaba aquella pintura de tinta roja, de ahí se podía ver de modo borroso al carro retirarse, al parecer, con señales de atropellar a Alfonso.

- ¿y Alfonso dónde está? – preguntó Julio Washington Pupiales con el mismo tono de voz que un maestro llama al frente a su estudiante ejemplar.

El agente de policía, Juan Gerardo Benín pidió que se regresara la grabación varias veces para entender ese extraño brillo, suponía que podría ser de las farolas del otro vehículo, pero tanta intensidad no era capaz de invisibilizar a la cámara.

Mientras observaban una y otra vez la pantalla el aroma a hierro aumentaba.

- ¡Qué raro, pero si ya limpié el local para que se fuera ese aroma! – Espetó Julio con algo de malestar. 

Juan Gerardo sintió que el aire cambiaba de densidad y de aroma, no era preciso el de un baño turco con hojas de eucalipto, era el aroma de un viejo barril de pólvora, cargado de basura y viejos troncos de madera.

- ¡Algo sucede allá afuera! – Le insinuó a Julio con una palmada en la espalda.

Marino llegó al apartamento de doña Abril, la madre de Jose Isidro. Le apoyó con las manos para que se bajara del carro con cuidado y continuara al apartamento, él le acompañó hasta la entrada y agradeció le brindara un vaso de agua.

Abril estaba cansada, se sentía desmoronar por la muerte de su hijo y la del joven Ignacio, eran dos sucesos inesperados para una semana tan corta. Lo fuerte apenas comenzaba con las sospechas de que algo terrible le había sucedido a Alfonso, el mejor amigo de su hijo.

Marino pidió prestado el baño, quería orinar antes de salir de regreso al restaurante a recoger a Fabio Andrés. Allí adentro, pudo sentir un aroma extraño que le rodeaba, un hilo de humo con fragancia a sandía, o alguna fruta sintética, de esas que fumaban sus colegas, de esas que fumaba Alfonso.

Abrió los ojos con sorpresa, se lavó las manos y salió del baño con afán, buscó a doña Abril a quien encontró sentada en la sala del apartamento revisando la prensa del día. A su lado una sombra le acompañaba, imperceptible al ojo humano, a excepción de Marino, quizás, como si la sombra así desease ser vista.

Era una figura femenina.

Julio logró recorrer el pasillo hasta la barra del restaurante, detrás suyo el policía, Gerardo Benín.

Sara Carolina comenzó a gritar, buscaba a dónde saltar, quería escapar. Sobre el portón de entrada, de alguna manera que nadie podía dar razón el cuerpo de Fabio Andrés estaba siendo consumido por las llamas de un fuego arrollador.

- ¿Pero qué carajos pasó? – preguntó Benín.

- ¡No lo sé! – respondió Sara Carolina - ¡de repente una luz blanca chocó contra la puerta y él empezó a gritar, quemándose! –

AV.


28 de mayo de 2026

El encuentro (El Mural).


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Al finalizar la tarde, Marino acompañó a la señora Abril de Caicedo en la despedida de cada uno de los visitantes que estaban rindiendo homenaje y pésame por la partida de Jose Isidro Segundo. Fabio Andrés estuvo sentado con la tristeza sobre sus hombros, en silencio, evitando cualquier diálogo o interacción con el mundo conocido. Siendo las ocho de la noche, salieron los tres de la funeraria y programaron para el día siguiente el sepelio del compañero de debates.

Para sorpresa de la señora Abril, Juan Alfonso salió de la sala de velación temprano y no volvió en el resto de la tarde, tampoco se comunicó por teléfono ni dejó mensaje alguno. Marino, que logra leer todas las gestualidades de sus clientes identificó la preocupación de la madre de Jose Isidro Segundo.

Posó su mano sobre el brazo y le preguntó qué ocurría y si algo le afectaba en aquel momento. Ella asintió brevemente y expuso su preocupación por Alfonso, quien fue gran amigo de su hijo, casi como un hermano menor, pero distraído e ingenuo a diferencia de Jose quién más bien era engreído y en exceso realista.

Fabio Andrés sugirió que salieran a comer algo, al día siguiente les esperaba doble jornada, de una parte, el sepelio de Jose Isidro y de otra, la velación de Raúl Ignacio. Salieron por la calle quinta en dirección al norte de la ciudad, Marino había sugerido ir a cenar a un restaurante en el barrio El Peñón, cerca de la Casa Azul, quizás como excusa o como costumbre, necesitaba pasar a ver cómo estaban las cosas.

Al finalizar la tarde Sara Carolina, Julio Washington y el detective Juan Gerardo Benín estaban de acuerdo en que ambas muertes estaban relacionadas y que la principal sospecha debía de recaer sobre la señorita de sonrisa ambivalente, que desde la noche del lunes estaba cariñosa con Emanuel siendo ella, además, la última en verle con vida.

Del mismo modo acordaron que Sara Carolina estaba libre de sospecha y que los mensajes no pretendían ser una extorsión o complicidad alguna con los siniestros ocurridos, de hecho, señalaba Julio, esa labor más bien ayudaba a perfilar a la principal sospechosa.

El auxiliar Gaitán tomaba nota de las declaraciones y preparaba un oficio para la presentación del caso ante el Capitán Arbeláez, no era un solo muerto sino, dos y del mismo grupo de amigos.

Julio quiso agradecer la gentileza de Benín, a pesar de la incómoda situación vivida en horas de la mañana, la jornada fue cambiando la perspectiva del detective al punto de ser ahora un aliado de la causa pro Emanuel. Sin entender qué ocurrió en la sala de interrogatorio ni poder explicar cómo salieron de allí sin ser vistos, Julio sabía a ciencia cierta que Sara y el detective algo ocultaban, pero no tenía el modo de preguntarlo, porque incluso estos, evidenciaban no tener memoria detallada de lo sucedido.

Julio pidió permiso para dejar la bicicleta en el parqueadero de la estación de policía, ya caída la noche le parecía arriesgado salir así, Benín no presentó reparo y por el contrario se ofreció a llevarlos a los dos. Para agradecer la atención Sara Carolina sugirió que le podía convidar una cena, si bien el restaurante estaba cerrado y sin servicio desde el miércoles por la situación de Emanuel, podrían pasar a recoger algo de dinero y seguir a alguna parte a comer.

Juan Gerardo ya con los años de vida se había convertido en un personaje con restricciones excesivas para el tema de la comida, así que simplemente sugirió tomarse una cerveza y seguir su camino, Julio en cambio si tenía mucha hambre y quería devorarse toda la alacena del restaurante.

Es así como salieron directo a la Casa Azul, allí podrían tomarse la cerveza que Benín a bien les recibía. Cerca de las ocho de la noche salieron de la estación de policía y estando relativamente cerca, llegaron al restaurante, preciso momento en que Marino y Fabio Andrés pasaban con doña Abril de Caicedo también en su carro particular.

Julio Washington Pupiales los reconoció y de la manera más ingenua levantó la mano desde la ventana para saludarles, Marino frunció el ceño y soltó un susurro a modo de reproche, Fabio Andrés respondió el saludo alzando la mano por igual, pidió a Marino que se estacionara para poder ir y saber cómo iban las cosas en el restaurante, a doña Abril no le incomodaba la idea.

Ambos carros se estacionaron al frente de la fachada blanca del restaurante, el letrero de color azul estaba aún visible, pero sin iluminación, la puerta grande, pesada, de madera, tenía los cerrojos con llave.

Sara Carolina golpeó el hombro del detective Benín, quien estaba al volante del vehículo. Dejó salir un gemido de sorpresa y comenzó a señalar a la pared blanca de la fachada de la casa.

Fabio se bajó de la camioneta de Marino con premura, se exaltó en demasía y con una expresión de horror quiso preguntar qué era lo que pasaba.

El detective Benín identificó a cada uno de los personajes que habitaban la camioneta, a los dos señores los había entrevistado el día anterior y a la señora, la identificaba como la madre de uno de los desaparecidos. No podría creer que también estuviera involucrada la muerte del otro abogado en el caso del restaurante y el parque de Pance.

Observó con cuidado cómo reaccionaba Fabio, con la sensibilidad de un hombre derrotado, se bajaba con premura de la camioneta y exclamaba ante la pared del restaurante. Detrás suyo se bajó la señora Abril de Caicedo con una expresión de horror y Marino en total silencio se cubría el rostro.

Sara Carolina que también se bajó con una expresión de terror en su mirada, se apoyó en su colega Julio Washington, con algo de esfuerzo alzó la voz preguntando si ese que estaba en la pared del restaurante era Alfonso.

En la pared blanca del restaurante, de alguna manera que nadie podría entender ni explicar, una imagen hecha con tinta reflejaba una silueta con las facciones y detalles de Juan Alfonso Mosquera.

Un rostro de desesperación se vislumbraba con la silueta de un cuerpo que se desvanecía entre la tinta y el cemento.

AV.