18 de febrero de 2026

Asuntos familiares.

 


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Yefran nació después de dos hermanos mayores, el afán de la vida lo sorprendió en un junio en un parto natural con muchas complicaciones, logró conservar la salud de su madre y la paz de sus hermanos. Su padre, Omar Carabalí llegó de Buenaventura en el auge industrial de Cali y se asentó con su entonces novia, Dayana para traer al mundo una bella familia de la que ahora hacía parte.

Desde muy niño demostró interés por las actividades académicas como la lectura de historietas de los periódicos y los rumores con los vecinos, mientras que sus hermanos Jhonatan y Eriksson se desarrollaban más en labores deportivas.

Para el año 2022 terminó sus estudios de bachiller y sufriendo los malestares de la cuarentena nacional decidió estudiar un tecnólogo en producción industrial, algo para entrar a la industria de la ciudad y ganar dinero fácil. Su hermano mayor, Jhonatan se graduó de comunicador social de la Universidad Autónoma en el año 2016 y desde entonces desarrolló el gusto por las redes sociales tanto, que la pandemia le sirvió de contexto para ganar mucho dinero, lo suficiente para irse a vivir a un cuarto con su novia Ileana al sur de la ciudad, por Melendez.

Eriksson, el otro hermano, insistía en estudiar contaduría, pero su capacidad intelectual no le brindaba los suficientes insumos para graduarse oportunamente, así que siguió trabajando como auxiliar contable en una empresa de servicios de mensajería mientras alcanzaba el anhelado título, una promesa que le hizo su jefe para promocionarlo al interior de la compañía.

Yefran era diferente y entendía que el esfuerzo de sus hermanos estaba más encasillado en el querer dar gusto a su padre que en el espíritu natural de triunfar en el mundo de los humanos. Se decidió además por el tecnólogo a razón de una amiga de su hermano Eriksson, una aparente novia, quien le mencionó con intensa voz que las empresas pagan bien en logística a los jóvenes que tienen tecnología y no a los que tienen estudios profesionales; ante tal advertencia se inscribió en el Centro de Estudios Técnicos de Cali TECA, se consiguió una moto con un dinero que su hermano mayor le prestó y así inició su vida de estudiante.

Los sábados, jornada de mañana y tarde estudiaba con dedicación permanente, allí conoció a Catalina, una señorita de otra ciudad que viajaba con frecuencia a estudiar. No se enamoró, pero el deseo por conocerle le llevaba a escribirle a diario, ella, con la inocencia de un carpintero le evadía cada insinuación, pero insistía en responderle para conservarle como amigo.

Durante dos años fueron testigos de esfuerzos académicos y mentiras románticas, entendieron que la vida es aquello que sucede mientras se piensa en el futuro, se entendieron a la perfección en múltiples tareas y hasta se recomendaron para vacantes laborales que encontraban en internet.

Al terminar la tecnología consiguió un trabajo como almacenista en la misma empresa de su hermano Eriksson, inició en turnos de noche y madrugada, acorde fue tomando experiencia se le asignó el turno del día y luego, los fines de semana. Ganaba buen dinero, lo suficiente para sus antojos pues no aportaba nada a la economía doméstica.

Sus padres Omar y Dayana evitaban que sus hijos pasaran esfuerzo más allá del tolerable, querían mantenerlos en un estilo de vida que preciso no tuvieron en su Buenaventura natal.

Omar Eduardo Carabalí creció como hombre de maquinaria pesada, se enamoró de Dayana y vieron en Cali un destino para huir del ciclo de la violencia de las corporaciones criminales que azotaban la tranquilidad de su puerto natal. Ese pensamiento es el que derivó en que tomara la decisión de regalar a su hijo mejor, Yefran, un automóvil para su traslado diario.

Yefran estaba feliz, no era el último modelo pero si uno reciente, su hermano mayor ya se estaba organizando a vísperas de matrimonio con su novia Ileana y estaba alejado de los asuntos familiares; Eriksson estaba insistiendo en terminar sus estudios de contaduría pero los hechos demostraban que estaba más cómodo como auxiliar en la empresa de mensajería, de seguro ello, pensaba Yefran, tenía disgustado a su padre.

Sin dar importancia a la coyuntura de sus hermanos comenzó a utilizar el carro para generar ingresos que le dieran suficiente rendimiento para salir a las discotecas de la zona rural de la ciudad, más arriba de Pance.

Conocía bien las calles desde sus años de motociclista así que no tuvo problema en trabajar como conductor de transporte de pasajeros, labor que le fue de maravilla.

Pasado un par de años el trabajo en la empresa iba bien y estaba ahora como supervisor, su padre Omar le insistía en que se profesionalizara, pero él se negaba a la idea. Conoció a Maritza Aldana, auxiliar de personal, encargada de los trámites de pagaduría y otros menesteres relacionados a la seguridad social de los trabajadores.

Quería pretenderla, pero ella no se lo permitía, le negaba cuanta sugerencia de ir a tomar jugos de fruta hacía. La sorpresa del caprichoso destino fue cuando un martes temprano, aun sin el sol en los cielos recibió una solicitud de la aplicación de transporte para recoger a un pasajero en el barrio Limonar, por la ubicación pensó en Maritza y aceptó.

Era su primer servicio del día, la sorpresa o quizás, la novedad de la zona le llevó a tomar con afán el trayecto. Se despidió de su madre Dayana con un beso y un abrazo cargado de respeto, levantó la mano a lo lejos y saludó a su padre Omar que preciso se estaba afeitando.

Subió al carro modelo 2020 y se fue directo por la autopista suroriental, al cruce de la avenida Guadalupe hizo el semáforo en rojo, en ese momento su teléfono móvil señalaba una llamada de su padre: “padre”. La ignoró y subió el volumen a la radio, necesitaba llegar para verificar que era Maritza.

Más adelante sobre la autopista entró la llamada de su hermano Eriksson: “Brother”, la rechazó por igual y siguió atento a la ruta. Para sorpresa suya una tercera llamada apareció, era su madre: “Mamá”; en el instante mismo en que giraba para llegar al punto de recogida, así que no rechazó la llamada, pero sí la dejó sin contestar.

Llegó a una casa con fachada de color blanco, un antejardín discreto y tejas de barro sobre el muro de entrada. De la puerta principal una mujer elegante salió, vestía un traje elegante color púrpura, con sombrero tipo cloche, color verde aceituna. Llevaba en sus brazos un bolso de cuero de MCM color verde, un poco más claro que el sombrero, el calzado era unos zapatos de tacón alto color naranja.

Subió al carro y con una sonrisa fría, dio los buenos días.

Yefran se sentía decepcionado, saludó a la señora y tomó la ruta que marcaba el servicio.

En ese momento recordó la llamada de su madre y fue a tomar el teléfono, pero la señora lo reprendió con un comentario frío e insensible, le recalcó la importancia de la seguridad al volante y más, la seguridad del pasajero.

Yefran sintió algo de vergüenza, algo de rabia, algo, sin saber cómo describirlo lo consumía.

Entró la llamada de su hermano otra vez: “Brother”, por el espejo retrovisor podía ver los ojos de la señora de sombrero extraño, que le miraban con sutil ironía, así que posó su dedo sobre la pantalla del teléfono y rechazó la llamada.

Más adelante en el semáforo se detuvo en la luz roja, al mirar por el espejo retrovisor la señora no estaba. Se giró y no la encontró, asustado pensó que se había bajado sin pagar pero era absurdo pues no se había detenido en un buen tramo de la vía, además del seguro de las puertas que tenía activado.

Se giró para adelante en vista al volante y notó que al frente no estaba el semáforo ni la autopista, todo era negro, una bóveda de oscuridad que le iba cubriendo hasta dejarlo en medio de la nada.

Omar Eduardo insistía en llamar a su hijo, tomó el teléfono de su esposa Dayana y le marcó una vez más, estaba preocupado porque había dejado la billetera con todos los documentos y temía que fuese multado o peor, los necesitara para algo importante.

En la esquina de la avenida estaba la señora de sombrero color verde aceituna observando cómo se iba consumiendo una especie de humarada negra que en su interior cargaba con un peso extra.

Sonrió como suelen hacerlo las aves de rapiña cuando atrapan a su presa, se dio media vuelta y desapareciendo en el aire, se retiró quizás a otro mundo.

Yefran asustado, seguía dentro del vehículo, en frente suyo podía observar ligeras luces de colores que destellaban de vez en vez, un sonido intenso interrumpía en ocasiones, una especie de máquina o alarma industrial.

Las cuatro puertas del automóvil se abrieron y sin entender qué ocurría se aferró al cinturón de seguridad, desde su silla pudo ver varios tentáculos que halaban con fuerza hasta desaparecer todo en medio de la oscuridad.

En un microsegundo el teléfono se iluminó con la llamada entrante de su madre, abrió los ojos al máximo con la esperanza de poder pedir ayuda.

Todo se hizo oscuridad, lentamente en la pantalla del teléfono apareció la notificación de la llamada perdida:

"Mamá".

AV.

17 de febrero de 2026

Una y otras veces (Noticias de lo cotidiano).

 


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“Professional Illustration Of A Cat Hacker Wearing Glasses And Headphones At Computer Background”


En ocasiones nos detenemos de tanto andar sin saber que el cansancio pesa más en las ideas que en el músculo de cada pierna, exigimos algo de agua ante la sed de una buena marcha, o quizás una buena taza de café que sirva de suspiro para el inicio de una jornada exigente, algo de dulce para acompañar los pensamientos, algo de sal para escapar.

Solemos caminar tantas veces que ya el camino se nos hace parte del paisaje cotidiano de lo que somos. En ese tracto de cemento y veredas adornadas de vacas y aves de rapiña, encontramos la soledad que una mañana que recién despierta se disfruta en silencio.

Con la frecuencia de cualquier día nos sorprendemos con lo insensata que puede llegar a ser la vida aun cuando el esfuerzo ha sido permanente para alcanzar la divinidad del “yo no fui”. Personajes que nos saludan y desean buenos días con la misma mano con la que esperan golpear la mesa cuando algo no es de su gusto.

Seres que deambulan entre pasillos como si estuviesen huyendo del infierno de los días y sus tardes, que sufren en el afán de ver a otros padecer su mismo dolor, que sin entender que la vida es un permanente relicario de consecuencias y girasoles, insisten en desear el mal y otros pequeños detalles de mal gusto.

Pasillos dónde se puede encontrar lo sublime de una mirada que hace tiempo no se cruza, donde las palabras pueden servir de puente para alcanzar la tranquilidad de un mejor día, gestos y ademanes que pueden señalar respeto o repudio, a la final todo enredado en la misma maraña invisible de lo cotidiano, callejones en los que una y mil veces se van a enfrentar los egos agotados de académicos y aprendices.

Hay días sospechosamente light, insistía el maestro Calamaro, días que por el bien de los olvidados es mejor vivirlos en silencio sin pretender dar ideas o saludos de buena fe a quienes en su maraña de intenciones rebuscan motivos para perjudicar a los pocos que quedan alrededor.

Es triste.

Lamentable diría un viejo conocido: Don Trino.

Hay caminantes de diferentes edades que terminan consumidos por el mismo odio que les inspira cada mañana aparecer en sus pasillos y escritorios, que sueñan desesperar a los nobles testigos con sus sonrisas cargadas de malas intenciones y peculiares actos de insensatez.

Recordé pues las luchas y avenencias de los días pasados, desde amargas despedidas y cordiales tareas, hasta las mas insensatas y crueles querellas que siempre en el escritorio de imprudente, se convirtieron en vitamina para el bullicio y no la paz.

Se me es partícipe nuevamente de estos escenarios donde una y muchas veces se quiere lastimar, se busca herir, de esos paraderos de sentimientos que desde lo más humano e imperfecto que alguien pueda ser, se inunda la habitación con ruidos molestos, ademanes que parecen rituales y alianzas que en lo justo de los seres de bien, son solamente conflictos irregulares.

Hace rato decidí que la paz es un concepto que depende siempre de la capacidad misma de hacerla una realidad, un escenario donde se pueda convivir entre disensos y reportes del clima.

Decidí que caminar en pasillos donde todo es conflicto es parte del proceso de crecer, porque el mundo es como es y se debe de aprender a andar entre sus bastidores.

Que con la frecuencia de cualquier día nos sorprendemos con lo insensata que puede llegar a ser la vida de otros, su deseo mismo de entristecer nuestros soleados momentos. Que los amigos nos pueden decepcionar y también salvar.

Que siempre hay un esfuerzo permanente para alcanzar la divinidad del “aquí estoy”.

Personajes que son parte de las noticias de lo cotidiano.

AV.

15 de febrero de 2026

Anatomía de un agravio.

 



Imagen creada con IA: Gemini Google.


Caminaba de afán y sin precaución, sus ojos castaños tan abiertos, profundos y ansiosos, paseaban distraídos entre pasillos y anaqueles de almacenes de moda. Brillaban como la mirada de una ardilla.

Unos notables audífonos de diadema color blanco adornaban su cabello teñido de caoba, en sus pies unas botas de felpa color rosa vigilaban la ternura de sus pasos y sobre sus hombros un chal Vinotinto gritaba elegancia.

Iba de prisa, queriendo volar hasta una mesa que al fondo, en el Café Mystique le esperaba vacía y con un puerto de energía en la pared. Estaba apurada como todas las señoritas de su edad porque aquel teléfono inteligente estaba a la víspera de perder carga eléctrica y con ella toda utilidad.

Desde el mostrador un joven con gafas atendía a una señora de edad madura, tomaba nota de cada pedido y hacía el cobro de cada compra que su labor requería, desde ese mostrador pudo observar a Catalina Granada correr con sus pasos adornados de peluche rosa, hasta la mesa de la esquina, la misma que tiene la única toma de energía eléctrica en el local.

Vio como ella dejaba sobre la mesa su teléfono conectado, una especie de acto de vida o muerte, cargado de afán y apresurada pasión. Junto al teléfono ubicó los audífonos en señal de reserva, para que nadie tomara la mesa, algo común en la cultura de los desesperados. Allí mismo dejó un termo color rosa, como sus botas, para fingir propiedad sobre el espacio vacío.

Se acercó y haciendo la fila, cruzaba los brazos girando su cuerpo de un lado a otro, él le observaba mientras tomaba el pedido de una pareja de enamorados: Orden de té chai, galletas de soda con miel, porción de brownie con una bola de helado de vainilla.

Detrás de Catalina Granada, apareció Eduardo, un caballero de avanzada edad para ser joven, pero muy inmaduro para ser un adulto mayor. Perdió el cabello desde la primera treintena de años y con este, la vergüenza de pedir permiso, también estaba apurado, pero no por que necesitara comer con premura sino, porque el no hacer nada le apuraba para tener algo que hacer. Allí vio la mesa con el termo color rosa y los audífonos blancos, al lado sobre la pared un puerto de conexión eléctrica ocupado por un teléfono conectado. No le importó y se acercó, se sentó y conectó su teléfono móvil, tomó los audífonos y el termo y los movió a la mesa de al lado, que estaba por igual disponible.

Se quedó leyendo el time line de su cuenta de X mientras daba tiempo para que cargara su teléfono.

Catalina regresó a la mesa con una factura como evidencia de una compra reciente, para sorpresa suya vio al señor de edad madura sentado en la que ella consideraba, era su mesa, estaba con camisa negra con estampado alusivo a grupos de música, una manilla de cuero y un reloj con correa de plástico. Levantándole la voz exigió que se retirara, estaba invadiendo su propiedad.

Eduardo que no sentía pena por nadie, respondió con un ofensivo ademán, señaló la mesa de al lado y sugirió que se sentara allá, con sus cosas. Catalina movía el pie golpeando su bota color rosa contra el suelo, evidenciaba malestar.

Desde el mostrador el joven con gafas observaba la escena, se alertó y estuvo atento a la discusión entre la joven y el señor, estaba a la expectativa de cualquier agresión que requiriera su intervención.

Eduardo insistió en que necesitaba cargar su teléfono y que ese era un espacio público, no propiedad privada. Catalina, con su voz aguda y manoteando cada palabra insistía en que ella había llegado primero, él, sin mirarla, insistía que no había nadie en la mesa cuando llegó.

Desde el mostrador el joven dejó de atender a la fila de consumidores para dirigirse a la mesa y detener la discusión, pidió apoyo a una compañera para que le cubriera en su puesto.

Eduardo soltó el teléfono y se puso de pie, alzó los brazos manoteando al aire como muestra de un alegato que crecía, Catalina tomó el termo y los audífonos y los ubicó con agresividad sobre la mesa, justo al lado de su teléfono que seguía conectado.

Eduardo soltó un par de improperios y empujó el termo hasta hacerlo caer al suelo, todos los presentes en el café voltearon a mirar en un silencio incómodo y prejuicioso.

Catalina estaba guapa y así se sentía, porque eso es lo que le dicen los hombres que le siguen en Instagram, con ese orgullo poderoso de las redes sociales levantó el termo y soltó un grito cargado de ofensas y otras palabras, Eduardo se sentó y con el teléfono en mano decidió ignorarla.

Sin pretender otra querella, alzó la silla y la acomodó del otro lado de la mesa, se sentó y con la voz aireada insistía en explicarle a él que estaba invadiendo su espacio personal, violando su propiedad y agrediendo su integridad. Él la seguía ignorando, con su mirada fija en la pantalla del teléfono intentaba encontrar algo que leer en el time line de su cuenta de X, quizás como una ruta de escape a esa incómoda realidad que Catalina le planteaba.

El joven de gafas llegó a la mesa preguntando si algo ocurría, Eduardo con un movimiento de hombros dio señal de que nada pasaba, Catalina furiosa, se acomodaba los audífonos en su cabeza y mirando de reojo susurraba por igual, nada ocurría.

Sin entender se retiró y nuevamente retomó su labor de atención al público en la caja de pedidos, los empleados del Café y los clientes presentes observaban sin decir nada, las opiniones aparecerían luego, afuera, donde la cotidianidad es global.

Desde el mostrador anunciaron que el pedido de café granizado con crema y salsa de caramelo estaba listo, Catalina se levantó y clavando una mirada de odio sobre Eduardo le dio a entender de que no permitiría que le robara algo de su mesa, él insistía en ignorarla.

Regreso con un envase de 12 onzas lleno de crema y salsa, lo puso sobre la mesa, se sentó como un estudiante en un examen, fijó su mirada en el teléfono que estaba conectado y esperó.

Al paso del tiempo Eduardo se levantó, desconectó su teléfono y se retiró, Catalina lo ignoró, contenía su ira en silencio, cogió su teléfono y lo encendió, ya había logrado algo de carga suficiente. Tomaba su granizado en señal de refugio.

Nunca había sentido tan placentera la soledad de una pantalla iluminando sus ojos mientras el mundo le juzgaba.

Para el joven de gafas la paz regresó al saber que Eduardo se había retirado, era otra historia de dos desconocidos compartiendo una mesa pequeña en un mundo lleno de desconocidos.

La única propiedad es la dignidad.

AV.

8 de febrero de 2026

La Suerte de Bernardo Cordero.

 


Imagen creada con IA. 

Bernardo siempre ha tenido fe, ha sido optimista y practicante de los sacramentos que la religión católica demanda, tal como se lo enseñó su madre durante sus años de infancia. Creció como buen hombre y amable vecino, estableciendo amistades de sincera cortesía, estudió en la universidad una ingeniería que le recomendaron y de allí se especializó luego en seguridad cibernética.

A día de hoy vive en la misma casa donde creció, su madre una amable señora de vieja escuela le acompaña y le apoya en todas sus ocurrencias, su abuela, doña Carmela también vive con él, quizás su mayor sustento emocional y su consejera de vida.

Un jueves con la lluvia coqueta de febrero se acercó a la oficina de uno de sus clientes, una corporación fabricante de dulces y comestibles químicos, allí le recibió Patricia, una asesora administrativa que coordina la llegada de proveedores y consultores externos.

Patricia lo remitió a la oficina de Gabriel, un caballero contemporáneo a Bernardo, quien le entregó unos diseños al parecer, secretos.

Al finalizar la conversación Bernardo fue dirigido a la oficina de Isaac, el gerente general de la compañía, quien con el agradecimiento sincero que le caracteriza, obsequió una botella de whisky y una caja de chocolates belgas.

Bernardo no acostumbra a tomar licor y mucho menos whisky, sí ama los chocolates y suele compartir con su madre y abuela ese placer, por lo tanto, al salir de las instalaciones de la compañía le regaló la botella de licor a Gabriel con quien preciso desde años atrás ha ido entablando una amistad que trasciende los compromisos laborales. 

A pesar de la lluvia tomó un taxi y se dirigió a casa, allá se sentó a leer los diseños que recibió y comprendió el agradecimiento recibido, se trataba de un proyecto de alta complejidad que requería desmontar y re diseñar el sistema digital de la empresa, algo que tomaría tiempo, no preciso por los diseños sino, por los esquemas de seguridad a implementar.

Allí pasó encerrado el día viernes y luego el fin de semana, solo salía para tomar algo y cumplir con sus necesidades sanitarias. El lunes retomó el aseo general y se sentó ahora con ropa limpia a seguir trabajando, el martes también, el miércoles atendió algunas diligencias que su abuela le pidió le apoyara, pero el jueves nuevamente se sentó a trabajar hasta poder terminar aquel reto industrial.

El viernes, más cerca de marzo que de enero, recibió la llamada de Gabriel, se trataba de una adecuación en los diseños de último momento, algo que al parecer el gerente decidió en días pasados.

Sin ninguna queja aprobó las recomendaciones y salió directo a la compañía, se saludó con Patricia, se saludó con Gabriel, se saludo con Isaac. Regresó a casa con las instrucciones que preciso sugerían rediseñar en su totalidad el proyecto.

Bernardo estaba cansado pero no dejaba de trabajar con la sonrisa que todo ingeniero tiene al momento de cumplir con un proyecto de ese calibre, el pago era además noble y excesivamente justo. Llegó a casa y compartió la noticia con su abuela, doña Carmela le dio algo de consuelo y le animó a tomarlo con mejor semblante.

Esa misma noche de viernes, guardó el proyecto inicial y abrió uno nuevo, quizás como respaldo, quizás como artefacto de memoria, quizás como evidencia de una venganza futura. Empezó a revisar los nuevos diseños y comparando con los anteriores notó que era incluso más débil que el original, pueda sea un trabajo más ligero, pero pensó, con la desconfianza que todo diseñador tiene en su corazón, que podría ser una trampa para que el sistema falle y se le acuse o peor, se le cobre por las pérdidas que la compañía pudiese adquirir.

Se acostó a dormir y allí en lo profundo de sus sueños vio a una mujer caminar, era alta y vestía un elegante traje púrpura, no tenía rostro y sus piernas eran de color verde aceituna, sin pies, solamente una sombra que variaba de color. La extraña mujer le saludó con una voz que emulaba sonidos electrónicos, poco se le entendía.

El sábado despertó tarde, primera vez en muchos años que Bernardo no madrugaba, con preocupación fue a bañarse quedando un largo rato la ducha, deseando, pensando, improvisando soluciones para entender el sueño.

Se vistió de manera deportiva, una sudadera verde y la camisa de su equipo de fútbol favorito. Doña Carmela le saludó y le sirvió el desayuno, un tazón de cereal de colores con leche y un huevo frito. Mientras comía Bernardo le contó del sueño a la abuela, ella, con la sabiduría de los años le dijo que no prestara atención pues si no lo entendía ahí mismo, era preciso porque no había nada que entender entonces.

Bernardo aprobó las sabias palabras de su abuela y subió a sentarse en su escritorio a empezar con los diseños que estaban pendientes. Allí duró todo el fin de semana hasta agotar su paciencia, el lunes llamó a Gabriel y le pidió apoyo para conseguir una extensión de plazo de entrega.

El martes siguió trabajando y su amigo, Gabriel le llamó para informar que el gerente esperaba pronto el proyecto terminado, que si mucho daba otra semana de espera.

Bernardo trabajó con pereza, con el malestar del tiempo perdido en el primer proyecto, avanzó como pudo pero sin satisfacción, por el contrario, los sueños con la extraña mujer regresaban con frecuencia, la noche anterior la voz electrónica era más audible, legible. Al llegar el fin de semana el diseño estaba en su etapa final, creería Bernardo que listo para la acción.

Una voz femenina le saludó, era ella, la mujer de la voz electrónica, estaba de pie sobre la entrada de la habitación, era evidente que no tenía pies, más bien una especie de tentáculos al final de sus piernas, de muchos colores. El traje púrpura no era un traje de tela, era preciso su cuerpo desnudo, pero sin orificios ni pechos, mas bien una ilusión profunda de mucho color.

Al no tener rostro era difícil saber de dónde provenía la voz electrónica, que en ese instante le saludaba con un tono agudo. Bernardo estaba asustado pero no quería moverse, la mujer presente posó una mano larga y fría sobre la computadora, su tacto estaba borrando toda la información, el equipo quedaba formateado sin posibilidad de recuperar nada.

Bernardo intentaba gritar por la frustración del acto mismo, la figura de la mujer puso otra mano sobre la boca de él y el frío era tan fuerte que sentía que le quemaba, de un momento a otro pudo sentir que unos ojos amarillos le miraban fijamente y de ellos la voz electrónica era ahora femenina e imponente. 

"Te dije que no hicieras ese proyecto".

Carmela Salió de la cocina para brindar a su nieto una porción de fruta pero no lo encontró en su habitación. Lo buscó por toda la residencia y sin saber de su paradero pensó que quizás habría salido, aunque él no suele salir los sábados.

Bernardo tenía frío, estaba en un universo oscuro, muchos colores destellaban en todas partes cada cierto tiempo, a su lado la mujer de voz electrónica le señalaba algo, un camino, una pared, una puerta, algo que en medio de la oscuridad estaba.

Bernardo desapareció porque alguien necesitaba que desapareciera el proyecto.

AV.

7 de febrero de 2026

El Carisma de las Imperfecciones (Febrero)

 

 


 

Imagen generada con IA: Gemini de Google.

 

Hay un momento en que el cansancio se convierte en una pausa obligada, un dolor de espalda, una gripe sorpresiva, un músculo reducido en las piernas o simplemente una jaqueca permanente, de aquellos visitantes que dejan todo abandonado a su suerte.


Momentos que son importantes con la sumatoria de tareas que aparecen con el caprichoso deseo del tiempo libre, desde instrucciones que nos caen de la jefatura hasta la cotidiana necesidad de ayudar al prójimo en la inútil labor diaria, esos pequeños momentos donde deseamos que todos dejen de ser ignorantes o perezosos.


Es preciso este momento que en silencio miramos la pared, fijamos la mente en otro lugar y deseamos con premura cada dolor y sus secuelas desaparezcan con las tareas que cargan, curioso porque además en febrero es que se van aterrizando las dinámicas del año nuevo, pues enero es más bien un proceso de ajuste a las realidades emergentes (falso).


Muchas de las ideas pendientes de diciembre se cerraron sobre el escritorio como un conjunto de informes y datos pendientes de entregar, a esas ideas se les suma las ideas emergentes de enero, esas consecuencias de la creatividad que traen más trabajo que un mal matrimonio.


A todos los pendientes he sumado otro cúmulo de deberes como es el martirio de estudiar. No se puede odiar lo que se anhela, pero el proceso es un camino coqueto que baila al ritmo de la desesperación, como si fuesen pasos en un puente colgante; estudiar como proyecto de vida deseado y soñado, con el cansancio de quien no ha deseado el exceso de tareas que le afligen.


Este año será difícil me susurró el tiempo en una brisa tenue de diciembre, será más que desafiante, porque el pasado se entendía como exigente, en tal labor se debe de construir el espacio de descanso, poder recular cada insulto y volver a lo básico de un sábado: dormir como león toda la tarde.


Los domingos recientes he desempeñado funciones de administración y mantenimiento del hogar, para luego desarrollar las tareas del estudiante de los días acordados.


Me excuso pues con quienes la agenda me ha impedido dar la mano y compartir el café prometido, la hamburguesa adeudada, el beso robado y las palabras esquivas. Excusarme con la sinceridad de un testigo indeseado, esos que al ser interrogados responden con un necesario “no sé”.


Me encierro en puertas abiertas y como lo explicaba Sanz en sus canciones, me elevo en mil volteretas intentando ser yo en medio de lo que no fui. 


Me convierto en sombra de mis palabras y en el susurro de un niño que insiste en estar.


Ahora las promesas son para mi mismo, son esfuerzos y letargos que me obligan recordar lo excesivamente humano que puedo llegar a ser: Un sujeto replegado en imperfecciones y mucho carisma.


Un poema carismático, que nació cansado en cada uno de sus versos.

 

AV.

 

31 de enero de 2026

Enero no puede acabar (Caminos)

 



Imagen creada con IA Gemini

Con un conjunto de pensamientos recurrentes mi mente se fue acelerando al mismo ritmo en que mis pasos avanzaban, caminaba preciso por la avenida 18 desde la universidad a la otra universidad. Al inicio con un sol coqueto de media mañana me distraía con el curso de cada vehículo irresponsable que transitaba sobre la vía de las bicicletas y los peatones.

En esas idas de lo cotidiano, recordé con afecto a quienes por mi vida han pasado dejando placer y aprendizaje, desde el azul de los poemas hasta el azul de las ideas, de aquellas marañas que con buen humor dejaron huellas en la piel, hasta aquellas sinfonías de risas y reproches que sacudieron la tranquilidad de un día en el calendario.

Se me pasó por ahí mismo una motocicleta que tenía afán, junto a ella un pensamiento me abordó en confusa sincronía y recordé lo divertido que era la infancia sin complicaciones ni horarios.

Caminando recordé, porque a la final todo el tiempo la pasé recordando, una canción que durante la semana me estuvo afilando las ideas como si fuese una investidura permanente, en ella, la canción, recordé a otras personas, otra vez una azul coincidencia.

Dos calles después, seguí con mis pensamientos debatiendo entre sí sobre un cuento inquieto que desde el pasado martes empecé a escribir pero que sin entender por qué, no he podido terminar. Un cuento ligero como todo lo que aquí se publica, una idea superficial como las que me adornan las letras, pero este cuento y sus hechos se negaba a terminar.

Empecé con una pregunta literaria sencilla que fue ahondando en personajes sencillos, como el Pedro Conejo de las historias recientes o el magnífico Che Copete del maestro René Ríos. Aquella pregunta me fue guiando a callejones sin salida pero que daban más preguntas, colores de ideas que se ningunearon en un texto sin final y allí es donde aparece el afán.

Estamos a 31 de enero y no quería (ni quiero) que se fuese el mes sin publicar tal relato pero es allí preciso de donde reincide la frustración, pues ha sido una semana de mucho trabajo con entrega de informes y datos específicos de mi oficina popular, sumado además, al ejercicio de ser estudiante y profesor, amigo y vecino, del punto mismo de cumplir con pendientes ajenos y pausar los propios.

Llegué pensando entonces por qué habría que avanzar en la historia y si aquí estaría la inspiración para dejarla culminada, pero entendí que mi mente nada quiere hacer distinto a respetar la osadía del tiempo desperdiciado.

Caminando como la premura del hambre recordé nuevamente un par de personajes que en alguna obra debo de crear, el humilde ejercicio de dar vida a la rutina en letras poco loables.

Ahora viene marzo, allá a lo lejos como un carro viejo que sin ritmo ni aceleración va iluminando con dos faroles las calles del febrero febril.

Se fue enero, porque a esta hora ya no hay nada que retener, será un cuento o un relato impreso para febrero, pero que conste que a Pedro Conejo y sus amigos, las tragedias les emergieron en un martes de enero, casual, íntimo y muy cotidiano.

Enero no puede acabar.

AV.

16 de enero de 2026

Sueños del Futuro Pasado.

 

Imagen tomada de: https://depositphotos.com/es/vectors/synth-pop.html

Siempre el primer día del año duele, no mucho, más bien poco, algo así como un dolor bajo, chiquito, de esos que surgen producto de la casualidad. De aquellos dolores que no son físicos, sino más bien una presión suave que se habita detrás de los ojos.

Una ciudad donde los habitantes caminan en silencio ignorando lo que ocurre afuera, ensimismados en la cotidianidad de los afanes, de la cita de trabajo, de la factura a pagar, de la lluvia que no cesa o del tiempo que no espera.

Una ciudad que se encierra en espasmo de lo inverosímil. Aquel instante en que todo lo inútil reclama su lugar de manera simultánea, desde opiniones políticas, hasta analistas del clima.

Una de las tareas más insignificantes de aquellos opinadores, es preciso dar preponderancia al Futuro Pasado, un tiempo que nunca existió, pero que todos recuerdan con nostalgia. Hablar del mañana que nos crearon en el cine y la literatura.

Personajes que en su oficio de intelectuales nos brindan opiniones que son incomprensibles, archivos del futuro que construidos en versos ficticios, nos confiaban el progreso moral, y el tiempo les dio la razón.

Desde jóvenes vendiendo sus ideas en redes sociales hasta gobernantes construyendo su agenda pública en beneplácito de los seguidores.

El avance técnico llegó, sí, pero nunca a las mentes.

El pesimismo no era profecía: era diagnóstico.

Mucho antes de la pandemia y su cuarentena de 2020 y 2021, existían los primeros portales de encuentro virtual. Skype, decían los archivos, permitía verse a través de pantallas rudimentarias. Yahoo alojaba comunidades enteras de trabajo remoto. Nadie los tomó en serio hasta que el mundo se cerró y no hubo otra opción. Entonces nacieron nuevas plataformas, más eficientes, más invasivas, más definitivas, igual de útiles pero con una estética de innovación imprescindible.

Con ellas llegó el verdadero poder.

Algunos autores olvidados nos habían advertido sobre la bioética, sobre el dominio sutil de la tecnología sobre la vida cotidiana. Nadie escuchó. Hasta que un estratega sin rostro rescató viejas ideas autocráticas del siglo XX y las envolvió en interfaces modernas, llamándolas innovación política. Funcionó.

Siempre funciona.

Ese Futuro Pasado es el que nos llevó a perder la ética del cuidado en nombre de la nostalgia.

Así se fracturó la cultura, ese tejido invisible que alguna vez sostuvo a la humanidad producto de la inmediatez, donde lo urgente es constante, sin pasado que consultar ni futuro que pensar.

Las ideas se improvisan, las promesas del mañana se venden como salvación, todo con una misma raíz: el ego.

Cada enero, el calendario reinicia el ciclo y mientras la ciudad se preguntaba por las novedades, las tendencias y el clima, el verdadero acto revolucionario de los aburridos, no sería imaginar un futuro distinto sino, por primera vez, aprender del pasado que sí existió.

Leernos en la cotidianidad de lo real, del asfalto y la lluvia.

Reconocernos en el pasado presente.

AV.


10 de enero de 2026

Sueños de enero (Pedro Conejo).


Imagen creada con IA: https://gemini.google.com  

Hay sueños que en la profundidad del silencio aparecen como una respuesta a la fluctuación del ritmo cardiaco y al cansancio de otro día vivido. Sueños que en la interpretación del consultor adecuado pueden tratarse de pesadillas, monstruosas vivencias de lo cotidiano.

Pedro venía de caminar bajo el sol de diciembre, trabajar en la temporada de navidad y fin de año le trajo caminatas bajo un calor inolvidable de casi cuarenta grados. De entre los días caminados y las noches de inventario en el local comercial en el sur de la ciudad, el cuerpo demandaba descanso, pero no de aquel descanso que con licor y fiesta distrae la mente sino, de aquel que busca quietud para escapar de este mundo y suplir las necesidades funcionales.

Escapar de este mundo.

Llegó a casa alrededor de las once de la noche a pesar de haber salido del centro de comercio sobre las siete de la tarde, un tráfico con índoles de grandeza retrasaba la ruta acostumbrada: De la avenida Libardo López cruzando por la carrera setenta hasta la avenida ciudad de Cali. No es mucha la distancia, pero si la espera.

Llegó a casa para tomar un vaso de limonada, descargar maletines y saludar a su esposa, distraída en un libro de buenas energías (vibes).

Se dio una ducha para librar de toda suciedad su cuerpo, para sanar cualquier indicio de malos pensamientos, para llegar a cama como un hombre santo y trabajador.

Pedro Conejo se dio a dormir sobre la medianoche y allí en los pormenores de la somnolencia encontró un viejo recuerdo que con algo de ficción lo guio directo a donde no debía de ir, a lo más oscuro de un silencio conspirador.

Se encontró caminando preocupado. Sin saber el motivo iba de un lado a otro con las manos en sus bolsillos, tenía las llaves de su camioneta en las manos, de alguna parte apareció Juan Esteban Mellizo, un viejo colega, le saludó y con un abrazo singular le convidó una cerveza, fría para el calor de fin de año.

Pedro Conejo no se niega nunca a un espacio de compartir con sus amistades y esa ocasión no sería distinta, así que aceptó y en una tienda de barrio pidieron dos cervezas y un paquete de papas fritas.

La conversación, sentía Pedro, era tensa, su espetado amigo daba chistes fuera de tono, el más incómodo, aquel en el que hacía referencia a la función sexual de las mujeres en la estructura de la sociedad. Con una venia de cordialidad Pedro se hizo a un lado y se despidió de Juan Esteban, tomó camino rumbo a su casa recordando uno a uno los chistes de mal gusto, le sorprendía que fuera así de tosco su viejo compadre.

A lo lejos en la esquina pudo ver cómo una adolescente caminaba tarde la noche, dejando evidenciar en su piel la virginidad de su edad, detrás de ella un habitante de calle, en la suciedad de su apariencia la seguía con la evidente intención de afectar su inocencia. Pedro aceleró el paso y con su presencia logró alejar al malintencionado desconocido, la joven con un poco de susto no logró entender la situación y se alejó de prisa temiendo que Pedro fuera a acosarle.

Nada importaba para él, la muchacha estaba fuera de peligro. A su espalda, dos jóvenes aparecieron, gemelos incluso. Saludaron a Pedro Conejo para convidarle algunos tacos, donde Jeremías. Allí supo Pedro que estaba en un sueño, no en casa.

Con un persistente discurso lograron subir a Pedro a un sedán, durante el trayecto conversaban de vivencias que para él eran inexistentes, hasta bromearon de experiencias en determinados lugares que por supuesto jamás había avistado. Uno de los hermanos se puso algo coqueto con Pedro, con la sugerencia sexual de disfrutar los tres de un apasionado encuentro, el otro gemelo que conducía el vehículo, observando por el espejo retrovisor soltaba frases motivacionales para que Pedro cediera al ímpetu sexual de dos jóvenes íncubus con apariencia de amigos.

Empezó a forcejear exigiendo fuera liberado hasta que una escalera metálica apareció de la nada, subió por ella y sin notarlo llegó a una calle en medio de un barrio comercial, rodeado de restaurantes y bares, unos más pintorescos que otros, extrañamente no escuchaba la música que de ellos emergía.

Pedro Conejo entró a un bar con apariencia americana, cerveza caliente, velas encendidas en cada centro de mesa, televisores transmitiendo partidos de fútbol de días pasados, mujeres mostrando su escote y hombres preocupados por el escote y no las conversaciones.

Se sentó y pidió una cerveza mientras se ubicaba en la silla de una mesa al fondo del bar, casi de frente a la luz de neón de la puerta de salida (Exit); un joven mesero con camiseta negra y sonrisa incompleta, comenzó a mover mesas y asientos al lado de Pedro, en señal de que llegaban más comensales.

Cuatro mujeres de edades diferentes se sentaron en las mesas adyacentes, acomodaron sus bolsos y saludaron a Pedro con una familiaridad extraña, abrazos y besos de familias de antaño quizás. Una quinta dama apareció, alrededor de cincuenta y dos años de vida con una blusa de color blanco y un tono de piel entre rosa y naranja, con notables manchas de pecas y otros menesteres en su busto, por demás grande, como el de las meretrices que a Pedro tanto le gustaban. Comenzó a poner temas varios de conversación para lograr la atención de Pedro, quien evidenciaba incomodidad y desespero allí sentado, su plan no era precisamente tertuliar con 5 desconocidas.

La dama de blusa blanca estiró el brazo y posó la mano sobre la entrepierna del señor Conejo que, como buen ingeniero, no supo como reaccionar a la inesperada situación. Se puso de pie y salió de prisa del lugar, directo a la puerta.

Se quedó pensando mientras observaba la calle, una calle desconocida, familiar, vacía, variopinta, ficticia, sospechosa.

Un bus avanzaba desde la esquina con premura, al mejor susurro de los desesperados una voz sugirió a Pedro Conejo que saltara, que allí, en la muerte, estaba la salida.

Asintió.

Empezó a caminar por el andén cuando a su lado una camioneta color azul claro se le atravesó, era la dama de blusa blanca que le convidaba casi en tono de dominatriz, a que subiera. El miedo otra vez aparecía.

Comenzó a correr sin darse cuenta que iba en dirección al bus, de frente como un toro ante la capa roja. [Padre nuestro que estás…]

Pedro Conejo empezó a rezar con los ojos cerrados, en un instante cambió su dirección logrando evadir al bus y retomando la huida en un anden ahora oscuro, sin las luces de los bares y restaurantes del sector, solo oscuridad profunda y densa, insistía en rezar pero olvidaba el orden del Padre Nuestro, se le confundía cada palabra.

Corría mientras unas manos invisibles le halaban hacia atrás, una de ellas, en su entre pierna, con fuerza lo intentaba detener. Pretendía escapar de algo que tenía más de diez brazos queriéndolo retener.

Con la frustración de no poder pronunciar la oración más recordada, decidió intentarlo con otra y allí la santa madre le mostró el camino.

"Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús."

Logró despertar en su cama, en la oscuridad de su habitación, pero su esposa no estaba. Con sospecha se levantó y encontró una sombra un tono más claro que la oscuridad que allí reinaba, sabía que aún estaba en fuga.

Algo le intentó halar hacia allá, cerró los ojos con fuerza y retomando las plegarias a María Santa, despertó nuevamente, ahora sí con la total certeza de estar en casa. Se sentó sobre su lugar en la cama y vio cómo una grieta se cerraba, como si fuese una cremallera en la pared, ocultando un mundo violeta, naranja, negro, un lugar multicolor lleno de estrellas y sombras.

Volteó a mirar a un lado, allí estaba su esposa, una dama de buena apariencia con la que estudió en la universidad, acostada con su espalda descubierta.

La besó y salió de la habitación cuestionando cada atisbo de vida, cada memoria, cada cosa.

Una lágrima le saltó y se sentó en un sillón con una vela, la encendió y casi llorando, terminó la oración a Santa María Virgen.

Lloraba, no era cansancio, no era rabia, no era miedo. Eran lágrimas de otro mundo que comenzaban a salir en este real escenario.

Afuera, lejos de la oscuridad y las estrellas.

AV.