22 de febrero de 2026

Una conversación con Esteban.

 


Imagen creada con la IA de: GROK https://grok.com/


Juan Miguel Manzanillo disfruta por lo general de entrar al salón de chat a conversar con desconocidos, algo que le permite aprender de música y hasta trucos para avanzar en sus video juegos favoritos, un ejercicio que cumple sagradamente cada noche después de su jornada escolar. Allí conoció a “Pex_49”, otro que al igual que él, suele diatribar temas varios, temas que para la edad de tan joven usuario se alejan del debate político o de las críticas al emergente mundo de las guerras irregulares que fueron escalando en los Balcanes, en Gaza o incluso, para entonces, aquellas que daban noticias en la zona de cachemira.

Juan Miguel aprendió a interactuar con desconocidos con la misma facilidad con que aprendía el nombre de cada uno de los jugadores de los equipos de fútbol de la liga de Italia. Allí, conversando alguna vez, se cruzó con “Estebananito”, estaba en la sala de chat de color amarillo, la de los temas latinoamericanos.

Aquel usuario comenzó a publicar las consecuencias de una guerra cibernética basada en moda y cultura de cancelación, daba cátedra de la importancia de verificar datos en la prensa digital y servir de oposición a temas inusuales como el turismo de estadios deportivos, pues le acusaba de ser una estrategia de las grandes potencias corporativas para acabar con la pasión del deporte en sí.

Juan Miguel leía con plena atención y replicaba con temas como la filosofía de Schopenhauer como referente de la existencia. El usuario “Estebananito” le escribió un mensaje directo, lejos del chat principal para no ser descortés, se presentó como Esteban, expresó respeto por sus aportes a la discusión, pero reiteró en lo inoportuno y débil análisis de sus argumentos, más aún le invitó a seguir participando.

Juan Miguel, que se presentaba como “Seiya_99” respondió con la pasión que un joven de 16 años suele inferir, Esteban con la madurez de un ocioso de 44 años de edad, leyó sin percatarse del enfado en sí. Decidió escribir un extenso texto la realidad del mundo y sus desafíos para el nuevo milenio.

Finalizó la sesión.

Al jueves siguiente Juan Miguel regresó de clase y encendió el computador, ubicado en la sala de su casa, un moderno Compaq. Ingresó a la sala de chat y esperó con la decencia de un abandonado a que de alguna parte apareciera Esteban. No hubo rastro, la tarde la aprovechó para reírse de las ocurrencias de sus colegas, los mismos de siempre hablando de las mismas situaciones.

Pex_49 le compartía trucos para descargar canciones en Napster, recomendando además, el nuevo álbum de Metallica, una agrupación de rock pesado que innovaba con una propuesta de música sinfónica sin perder las canciones originales de su historia.

Al día siguiente viernes, desde temprano Esteban se conectó y envió un mensaje a Juan Miguel: “ni te imaginas lo que fue la presentación de Metallica en la Antártida”.

Sin entender a qué se refería, respondió con el ingenuo conocimiento del disco sinfónico, en la pantalla Esteban con letras emulando una carcajada, le daba la razón. “Si, pero debes de esperar a que salga el de la Antártida, te va a volar la cabeza”.

Juan Miguel estaba absorto y escribió por otro chat, esta vez en la aplicación de MSN a su amigo Pex_49, quería tener veracidad del concierto del que le hablaba Esteban. Pex_49 que en la realidad responde al nombre de Rodrigo Murillo Páez, no supo decirle si era o no cierta tal información, incluso, le señaló que la Antártida era un tema de su total desconocimiento.

A la semana siguiente Juan Miguel buscó a Esteban y le invitó a unirse al chat de MSN, un modo más directo de poder conversar sin la aleatoriedad del chat general de la página web de Terra.

Aceptó con la condición de no compartir fotografías ni datos personales, a Juan Miguel poco le importó, por el contrario insistió en reunirse para que profundizara en ese tema de la Antártida y la presentación de Metallica.

Sin entrar en detalles de la agrupación musical Esteban prefirió explicarle al joven Juan Miguel de la existencia de élites que en sus posiciones de poder abusaban de la ley para fines corruptos, desde la compra de apuestas hasta el tráfico de especies animales y la pedofilia.

Seiya_99 no comprendía absolutamente nada, simplemente leía y preguntaba más detalles, hasta que al finalizar el año tenía en su saber demasiada información de un mundo que aún no existía.

-      ¿Por qué sabes tanto? ¿De dónde sacas tantas cosas? – preguntó en un aireado momento de duda.

Esteban le explicó de la manera más pausada que era un ente de otra dimensión, que estaba en la misión de entrenar a las nuevas generaciones para detener la llegada de una gran corporación que acabaría con la democracia y terminaría en imponer un modo de vida autómata y abnegado.

Juan Miguel no entendía nada.

Ingresó al buscador de internet para saber qué significaba “autómata” “pedofilia” y otras palabras que iba leyendo en los escritos de Esteban.

Nunca recibía respuesta sobre el origen de los datos, solo recomendaciones.

El 18 de diciembre de 2013 Metallica lanzó al mercado su álbum Freeze 'Em All, grabado en vivo en la Antártida, zona argentina.

Juan Miguel Manzanillo estaba sentado en un café Juan Valdéz en el norte de la ciudad de Bogotá, fumaba un cigarrillo con un colega de su trabajo, abrió los ojos con total sorpresa al ver la noticia en el feed de su cuenta de Twitter, la cual curiosamente, tenía como nombre de usuario: Seiya-99.

Soltó su teléfono móvil golpeándolo con fuerza sobre la mesa, Diego Fernando, su compañero, le preguntó si algo había ocurrido a lo que la respuesta de Juan Miguel le dejó en total confusión: Era del futuro.

Un silencio incómodo abrazó a ambos caballeros, Juan Miguel buscaba sentido a lo que estaba ocurriendo, por su mente pasó en una ráfaga de datos las tardes sentado en su casa viendo el chat de Terra, sus trucos de Age of Empires y las conversaciones con Rodrigo de música, hasta que apareció Esteban en su inventario. 

-      Lo siento, debo de irme. – Se despidió de su compañero de trabajo, Diego Fernando.

Salió por la portería de la calle 82 y buscó un taxi, necesitaba ir a su apartamento, en Usaquén. Allí pasó toda la tarde buscando en las redes sociales a Esteban, recordaba su nombre pero jamás pasó el apellido entre sus datos, si quiera un número o un correo. Recordó que él le había pedido no compartir absolutamente nada y así sucedió.

Durante semanas estuvo perdido en sus ideas, escudriñaba la memoria para entender en dónde estaba la evidencia de lo que pensaba.

-      ¿era Esteban un viajero en el tiempo? ¿era cierto que venía de otra dimensión? –

Incluso su labor como administrador de cuentas de mercadeo digital se vio afectado por la sorpresiva situación, le llamaron la atención desde la jefatura en dos ocasiones pues estaba descuidando la campaña de una marca de jabones.

Juan Miguel comenzó a buscar medios de socialización, foros y páginas de la web oscura, todo para intentar dar con Esteban de nuevo, sin embargo, todo estaba nublado en sus pensamientos y en la maraña de la era digital.

Un lunes de febrero de 2014, Juan Miguel encontró en Twitter la noticia de que preciso, el pasado mes de noviembre (2013), en el Daily Telegraph  la Agencia Nacional contra el Crimen arrestó a seis personas a raíz de una investigación de apuestas en la Liga Premier de Inglaterra.

Otra vez quedó sentado, sin saber qué decir o pensar. Abrió el buscador de Google y empezó a perfilar noticias en temas que recordaba Esteban le había mencionado, a la final, todo era tan confuso y tan reciente que su entender del mundo y de la vida terminaba en un vacío de pensamientos.

Comenzaba una crisis de identidad, una fatiga existencial que con un cigarrillo en la mano y con la mirada puesta a las blancas nubes de Bogotá, susurró:

El Futuro está aquí. 

AV.


21 de febrero de 2026

El Sueño de Israel.

 



Imagen generada con IA: GROK IA.

Israel nació en Buga, en un mes de enero, sin ánimos de ejercer ninguna profesión; desde su alumbramiento se dedicó a dormir lo suficiente convencido de que conservar la energía era indispensable para vivir en paz consigo mismo. A los dieciséis años obtuvo su primera licencia de conducción y un sencillo carro de la vieja escuela, un Renault 4.

Aprendió a manejar por las clásicas calles de su Buga natal, luego se aventuró hasta Tuluá y en un acto de pura espontaneidad, años después logró llegar al Quindío. Su admiración por los carros fue constante desde temprana edad, tras años de esfuerzo pudo comprar su primer vehículo propio: un Renault Twingo, nuevo, en marzo de 2010, ya con treinta años.

El carro no tenía aire acondicionado, ni ventanas automáticas, ni radio sofisticado. Solo un vehículo suficientemente útil para trasladarse de la casa al trabajo, pero para Israel, eso era suficiente.

Con el tiempo, su carrera profesional avanzó y sus ingresos le permitieron mejorar el modelo y la marca del carro que conducía, fruto de años de trabajo duro y satisfacción personal. Estaba en ascenso en la empresa de logística dónde trabajaba.

Una tarde cualquiera, mientras tomaba un café en su sitio de siempre, los pensamientos de Israel se tiñeron de nostalgia. Sus ojos buscaron el recuerdo de aquel carro que compró con sus primeros ingresos y un par de sonrisas emergieron, cómplices del anecdotario personal que acompañaba cada sorbo caliente.

   ¿Hace rato no veo un Twingo… dónde andarán? — se preguntó.

La duda surgió como una onda que fue impactando a la ciudad, una especie de llamada a los olvidados ¿Dónde están los Twingo? ¿Fueron abducidos a un universo alternativo? ¿Alguien los reclamó como una colección exótica? ¿Simplemente desaparecieron?

Decidido en tomar atenta nota de la situación salió  a la calle a revisar cada vehículo, en cada semáforo y sus esquinas vigilaba para avistar un Twingo sin importar el año de correspondencia, quería verlos, necesitaba en nombre de la nostalgia, encontrarlos.

Israel se fue obsesionando como un niño que desea un juguete de navidad, cada mañana mientras conducía su ahora moderno Jeep, esperaba cruzarse con un Renault Twingo, deseo que no era posible por razones ajenas a su entender.

Pasaron los meses y en las calles de la ciudad seguían transitando distintas marcas, muchas nuevas, otras importadas, incluso en la casa Renault surgieron modelos de cualquier índole, pero todo alejado a la curiosidad de ver un Twingo.

Un día se encontró con Parménides, un viejo amigo de los tiempos de contaduría. Tomaron café y repasaron el anecdotario de la vida; tantos años juntos traían historias para llenar varias mesas.

— ¿Has notado que ya no se ven Twingo por la calle? —lanzó Israel el comentario, como quien dispara un recuerdo al aire. Necesitaba validar su teoría.

Parménides guardó silencio, como un curioso que descubre un nuevo sabor de helado. Pensó en la pregunta, intentando justificar lo contrario, pero la verdad es que la ciudad había cambiado y, con ella, los carros que alguna vez marcaron su historia.

Se sentía como un inútil. 

Voy a llamar a Pachón que ese trabaja en un concesionario de la Renault. La madre que debe de existir un Twingo en alguna parte de la ciudad. –

Israel dejó salir una sonrisa a modo de burla, insistía en que todos habían sido abducidos por el dios de los Twingo cósmicos universales.

A la semana siguiente después de salir de la empresa, caminó un par de calles para llegar al parqueadero público dónde estaba estacionado su moderno Jeep. Pagó el recibo de la estancia en la caseta de entrada y buscó las llaves en los bolsillos, en ese instante un milagro de navidad en pleno mes de julio le abordó la paz.

Un Renault Twingo apareció al final de la cuadra. Era idéntico al suyo de hace años, pero algo parecía que no estaba bien. La pintura parecía brillar con una luz que no debía, si bien era ya oscuro el cielo por la hora no había cómo explicar el brillo emergente.

Atraído por una curiosidad irresistible, se acercó. Hizo señas al guarda del parqueadero y este le respondió que no tenía idea de quién podría ser. Israel pasó su mano suavemente sobre el capó como si estuviese acariciando a un animal salvaje, el carro, poseído por la magia de lo inexplicable abrió la puerta. Adentro no había nadie pero Israel sentía que una sombra se agitaba, difusa, como si respirara fuera de sí. Sintió que sus párpados se volvían pesados y que la plaza de parqueo se desvanecía, quedando solos él y el Twingo.

Un olor a tierra húmeda rodeaba el ambiente mientras una voz electrónica, distorsionada aparecía susurrando a los oídos de Israel.

No se entendía ninguna palabra, pero sabía que algo le hablaba. Algo que no era de este mundo.

Se dio vuelta para huir pero su sorpresa era preciso la oscuridad que le abrumaba, sin poder a ninguna parte todo era una estela negra, profunda, pesada.

El Twingo empezó a avanzar y con cada metro, Israel revivía cada recuerdo de su vida. Desde su infancia, de su primer carro, de cada risa y cada café, de cada novia y cada triunfo. Cada recuerdo era absorbido por un vacío oscuro que emanaba la oscuridad misma.

El motor del carro rugía como una máquina de vapor, a veces sonidos eléctricos, a veces golpes mecánicos. Israel intentaba ver bien cada detalle de lo que sucedía, pero el carro preciso se desvanecía entre la oscuridad.

Nuevamente la voz aparecía como un murmullo, un coro de voces olvidadas que llamándolo le indicaban un camino en medio de la negra nada.

Israel no estaba seguro de distinguir entre el mundo que conocía y aquel que lo llamaba desde las sombras, intentó gritar, pero su voz se quebró en un eco que se perdió en la nada.

Esa noche, en los alrededores del centro de la ciudad nadie vio salir a Israel de la oficina, ni mucho menos entrar al parqueadero público a tocar un Twingo cualquiera.

El vigilante del parqueadero acomodó su pantalón que se le bajaba un poco y con los ojos brillantes en dirección al cielo, susurró algunas palabras en un idioma que los humanos no interpretan.

Del bolsillo del pantalón sacó un juego de llaves con el logo de la concesionaria de Renault y las guardó en un cajón de madera al interior de la caseta.

Adentro además de las llaves, se observaba una estela de colores brillantes, como galaxias y universos que viajan entre sí.

Más allá del mundo de los sueños.

AV.

18 de febrero de 2026

Asuntos familiares.

 


Imagen tomada de:

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Yefran nació después de dos hermanos mayores, el afán de la vida lo sorprendió en un junio en un parto natural con muchas complicaciones, logró conservar la salud de su madre y la paz de sus hermanos. Su padre, Omar Carabalí llegó de Buenaventura en el auge industrial de Cali y se asentó con su entonces novia, Dayana para traer al mundo una bella familia de la que ahora hacía parte.

Desde muy niño demostró interés por las actividades académicas como la lectura de historietas de los periódicos y los rumores con los vecinos, mientras que sus hermanos Jhonatan y Eriksson se desarrollaban más en labores deportivas.

Para el año 2022 terminó sus estudios de bachiller y sufriendo los malestares de la cuarentena nacional decidió estudiar un tecnólogo en producción industrial, algo para entrar a la industria de la ciudad y ganar dinero fácil. Su hermano mayor, Jhonatan se graduó de comunicador social de la Universidad Autónoma en el año 2016 y desde entonces desarrolló el gusto por las redes sociales tanto, que la pandemia le sirvió de contexto para ganar mucho dinero, lo suficiente para irse a vivir a un cuarto con su novia Ileana al sur de la ciudad, por Melendez.

Eriksson, el otro hermano, insistía en estudiar contaduría, pero su capacidad intelectual no le brindaba los suficientes insumos para graduarse oportunamente, así que siguió trabajando como auxiliar contable en una empresa de servicios de mensajería mientras alcanzaba el anhelado título, una promesa que le hizo su jefe para promocionarlo al interior de la compañía.

Yefran era diferente y entendía que el esfuerzo de sus hermanos estaba más encasillado en el querer dar gusto a su padre que en el espíritu natural de triunfar en el mundo de los humanos. Se decidió además por el tecnólogo a razón de una amiga de su hermano Eriksson, una aparente novia, quien le mencionó con intensa voz que las empresas pagan bien en logística a los jóvenes que tienen tecnología y no a los que tienen estudios profesionales; ante tal advertencia se inscribió en el Centro de Estudios Técnicos de Cali TECA, se consiguió una moto con un dinero que su hermano mayor le prestó y así inició su vida de estudiante.

Los sábados, jornada de mañana y tarde estudiaba con dedicación permanente, allí conoció a Catalina, una señorita de otra ciudad que viajaba con frecuencia a estudiar. No se enamoró, pero el deseo por conocerle le llevaba a escribirle a diario, ella, con la inocencia de un carpintero le evadía cada insinuación, pero insistía en responderle para conservarle como amigo.

Durante dos años fueron testigos de esfuerzos académicos y mentiras románticas, entendieron que la vida es aquello que sucede mientras se piensa en el futuro, se entendieron a la perfección en múltiples tareas y hasta se recomendaron para vacantes laborales que encontraban en internet.

Al terminar la tecnología consiguió un trabajo como almacenista en la misma empresa de su hermano Eriksson, inició en turnos de noche y madrugada, acorde fue tomando experiencia se le asignó el turno del día y luego, los fines de semana. Ganaba buen dinero, lo suficiente para sus antojos pues no aportaba nada a la economía doméstica.

Sus padres Omar y Dayana evitaban que sus hijos pasaran esfuerzo más allá del tolerable, querían mantenerlos en un estilo de vida que preciso no tuvieron en su Buenaventura natal.

Omar Eduardo Carabalí creció como hombre de maquinaria pesada, se enamoró de Dayana y vieron en Cali un destino para huir del ciclo de la violencia de las corporaciones criminales que azotaban la tranquilidad de su puerto natal. Ese pensamiento es el que derivó en que tomara la decisión de regalar a su hijo mejor, Yefran, un automóvil para su traslado diario.

Yefran estaba feliz, no era el último modelo pero si uno reciente, su hermano mayor ya se estaba organizando a vísperas de matrimonio con su novia Ileana y estaba alejado de los asuntos familiares; Eriksson estaba insistiendo en terminar sus estudios de contaduría pero los hechos demostraban que estaba más cómodo como auxiliar en la empresa de mensajería, de seguro ello, pensaba Yefran, tenía disgustado a su padre.

Sin dar importancia a la coyuntura de sus hermanos comenzó a utilizar el carro para generar ingresos que le dieran suficiente rendimiento para salir a las discotecas de la zona rural de la ciudad, más arriba de Pance.

Conocía bien las calles desde sus años de motociclista así que no tuvo problema en trabajar como conductor de transporte de pasajeros, labor que le fue de maravilla.

Pasado un par de años el trabajo en la empresa iba bien y estaba ahora como supervisor, su padre Omar le insistía en que se profesionalizara, pero él se negaba a la idea. Conoció a Maritza Aldana, auxiliar de personal, encargada de los trámites de pagaduría y otros menesteres relacionados a la seguridad social de los trabajadores.

Quería pretenderla, pero ella no se lo permitía, le negaba cuanta sugerencia de ir a tomar jugos de fruta hacía. La sorpresa del caprichoso destino fue cuando un martes temprano, aun sin el sol en los cielos recibió una solicitud de la aplicación de transporte para recoger a un pasajero en el barrio Limonar, por la ubicación pensó en Maritza y aceptó.

Era su primer servicio del día, la sorpresa o quizás, la novedad de la zona le llevó a tomar con afán el trayecto. Se despidió de su madre Dayana con un beso y un abrazo cargado de respeto, levantó la mano a lo lejos y saludó a su padre Omar que preciso se estaba afeitando.

Subió al carro modelo 2020 y se fue directo por la autopista suroriental, al cruce de la avenida Guadalupe hizo el semáforo en rojo, en ese momento su teléfono móvil señalaba una llamada de su padre: “padre”. La ignoró y subió el volumen a la radio, necesitaba llegar para verificar que era Maritza.

Más adelante sobre la autopista entró la llamada de su hermano Eriksson: “Brother”, la rechazó por igual y siguió atento a la ruta. Para sorpresa suya una tercera llamada apareció, era su madre: “Mamá”; en el instante mismo en que giraba para llegar al punto de recogida, así que no rechazó la llamada, pero sí la dejó sin contestar.

Llegó a una casa con fachada de color blanco, un antejardín discreto y tejas de barro sobre el muro de entrada. De la puerta principal una mujer elegante salió, vestía un traje elegante color púrpura, con sombrero tipo cloche, color verde aceituna. Llevaba en sus brazos un bolso de cuero de MCM color verde, un poco más claro que el sombrero, el calzado era unos zapatos de tacón alto color naranja.

Subió al carro y con una sonrisa fría, dio los buenos días.

Yefran se sentía decepcionado, saludó a la señora y tomó la ruta que marcaba el servicio.

En ese momento recordó la llamada de su madre y fue a tomar el teléfono, pero la señora lo reprendió con un comentario frío e insensible, le recalcó la importancia de la seguridad al volante y más, la seguridad del pasajero.

Yefran sintió algo de vergüenza, algo de rabia, algo, sin saber cómo describirlo lo consumía.

Entró la llamada de su hermano otra vez: “Brother”, por el espejo retrovisor podía ver los ojos de la señora de sombrero extraño, que le miraban con sutil ironía, así que posó su dedo sobre la pantalla del teléfono y rechazó la llamada.

Más adelante en el semáforo se detuvo en la luz roja, al mirar por el espejo retrovisor la señora no estaba. Se giró y no la encontró, asustado pensó que se había bajado sin pagar pero era absurdo pues no se había detenido en un buen tramo de la vía, además del seguro de las puertas que tenía activado.

Se giró para adelante en vista al volante y notó que al frente no estaba el semáforo ni la autopista, todo era negro, una bóveda de oscuridad que le iba cubriendo hasta dejarlo en medio de la nada.

Omar Eduardo insistía en llamar a su hijo, tomó el teléfono de su esposa Dayana y le marcó una vez más, estaba preocupado porque había dejado la billetera con todos los documentos y temía que fuese multado o peor, los necesitara para algo importante.

En la esquina de la avenida estaba la señora de sombrero color verde aceituna observando cómo se iba consumiendo una especie de humarada negra que en su interior cargaba con un peso extra.

Sonrió como suelen hacerlo las aves de rapiña cuando atrapan a su presa, se dio media vuelta y desapareciendo en el aire, se retiró quizás a otro mundo.

Yefran asustado, seguía dentro del vehículo, en frente suyo podía observar ligeras luces de colores que destellaban de vez en vez, un sonido intenso interrumpía en ocasiones, una especie de máquina o alarma industrial.

Las cuatro puertas del automóvil se abrieron y sin entender qué ocurría se aferró al cinturón de seguridad, desde su silla pudo ver varios tentáculos que halaban con fuerza hasta desaparecer todo en medio de la oscuridad.

En un microsegundo el teléfono se iluminó con la llamada entrante de su madre, abrió los ojos al máximo con la esperanza de poder pedir ayuda.

Todo se hizo oscuridad, lentamente en la pantalla del teléfono apareció la notificación de la llamada perdida:

"Mamá".

AV.

17 de febrero de 2026

Una y otras veces (Noticias de lo cotidiano).

 


Imagen tomada de: https://pngtree.com/freebackground/professional-illustration-of-a-cat-hacker-wearing-glasses-and-headphones-at-computer_15555996.html

“Professional Illustration Of A Cat Hacker Wearing Glasses And Headphones At Computer Background”


En ocasiones nos detenemos de tanto andar sin saber que el cansancio pesa más en las ideas que en el músculo de cada pierna, exigimos algo de agua ante la sed de una buena marcha, o quizás una buena taza de café que sirva de suspiro para el inicio de una jornada exigente, algo de dulce para acompañar los pensamientos, algo de sal para escapar.

Solemos caminar tantas veces que ya el camino se nos hace parte del paisaje cotidiano de lo que somos. En ese tracto de cemento y veredas adornadas de vacas y aves de rapiña, encontramos la soledad que una mañana que recién despierta se disfruta en silencio.

Con la frecuencia de cualquier día nos sorprendemos con lo insensata que puede llegar a ser la vida aun cuando el esfuerzo ha sido permanente para alcanzar la divinidad del “yo no fui”. Personajes que nos saludan y desean buenos días con la misma mano con la que esperan golpear la mesa cuando algo no es de su gusto.

Seres que deambulan entre pasillos como si estuviesen huyendo del infierno de los días y sus tardes, que sufren en el afán de ver a otros padecer su mismo dolor, que sin entender que la vida es un permanente relicario de consecuencias y girasoles, insisten en desear el mal y otros pequeños detalles de mal gusto.

Pasillos dónde se puede encontrar lo sublime de una mirada que hace tiempo no se cruza, donde las palabras pueden servir de puente para alcanzar la tranquilidad de un mejor día, gestos y ademanes que pueden señalar respeto o repudio, a la final todo enredado en la misma maraña invisible de lo cotidiano, callejones en los que una y mil veces se van a enfrentar los egos agotados de académicos y aprendices.

Hay días sospechosamente light, insistía el maestro Calamaro, días que por el bien de los olvidados es mejor vivirlos en silencio sin pretender dar ideas o saludos de buena fe a quienes en su maraña de intenciones rebuscan motivos para perjudicar a los pocos que quedan alrededor.

Es triste.

Lamentable diría un viejo conocido: Don Trino.

Hay caminantes de diferentes edades que terminan consumidos por el mismo odio que les inspira cada mañana aparecer en sus pasillos y escritorios, que sueñan desesperar a los nobles testigos con sus sonrisas cargadas de malas intenciones y peculiares actos de insensatez.

Recordé pues las luchas y avenencias de los días pasados, desde amargas despedidas y cordiales tareas, hasta las mas insensatas y crueles querellas que siempre en el escritorio de imprudente, se convirtieron en vitamina para el bullicio y no la paz.

Se me es partícipe nuevamente de estos escenarios donde una y muchas veces se quiere lastimar, se busca herir, de esos paraderos de sentimientos que desde lo más humano e imperfecto que alguien pueda ser, se inunda la habitación con ruidos molestos, ademanes que parecen rituales y alianzas que en lo justo de los seres de bien, son solamente conflictos irregulares.

Hace rato decidí que la paz es un concepto que depende siempre de la capacidad misma de hacerla una realidad, un escenario donde se pueda convivir entre disensos y reportes del clima.

Decidí que caminar en pasillos donde todo es conflicto es parte del proceso de crecer, porque el mundo es como es y se debe de aprender a andar entre sus bastidores.

Que con la frecuencia de cualquier día nos sorprendemos con lo insensata que puede llegar a ser la vida de otros, su deseo mismo de entristecer nuestros soleados momentos. Que los amigos nos pueden decepcionar y también salvar.

Que siempre hay un esfuerzo permanente para alcanzar la divinidad del “aquí estoy”.

Personajes que son parte de las noticias de lo cotidiano.

AV.

15 de febrero de 2026

Anatomía de un agravio.

 



Imagen creada con IA: Gemini Google.


Caminaba de afán y sin precaución, sus ojos castaños tan abiertos, profundos y ansiosos, paseaban distraídos entre pasillos y anaqueles de almacenes de moda. Brillaban como la mirada de una ardilla.

Unos notables audífonos de diadema color blanco adornaban su cabello teñido de caoba, en sus pies unas botas de felpa color rosa vigilaban la ternura de sus pasos y sobre sus hombros un chal Vinotinto gritaba elegancia.

Iba de prisa, queriendo volar hasta una mesa que al fondo, en el Café Mystique le esperaba vacía y con un puerto de energía en la pared. Estaba apurada como todas las señoritas de su edad porque aquel teléfono inteligente estaba a la víspera de perder carga eléctrica y con ella toda utilidad.

Desde el mostrador un joven con gafas atendía a una señora de edad madura, tomaba nota de cada pedido y hacía el cobro de cada compra que su labor requería, desde ese mostrador pudo observar a Catalina Granada correr con sus pasos adornados de peluche rosa, hasta la mesa de la esquina, la misma que tiene la única toma de energía eléctrica en el local.

Vio como ella dejaba sobre la mesa su teléfono conectado, una especie de acto de vida o muerte, cargado de afán y apresurada pasión. Junto al teléfono ubicó los audífonos en señal de reserva, para que nadie tomara la mesa, algo común en la cultura de los desesperados. Allí mismo dejó un termo color rosa, como sus botas, para fingir propiedad sobre el espacio vacío.

Se acercó y haciendo la fila, cruzaba los brazos girando su cuerpo de un lado a otro, él le observaba mientras tomaba el pedido de una pareja de enamorados: Orden de té chai, galletas de soda con miel, porción de brownie con una bola de helado de vainilla.

Detrás de Catalina Granada, apareció Eduardo, un caballero de avanzada edad para ser joven, pero muy inmaduro para ser un adulto mayor. Perdió el cabello desde la primera treintena de años y con este, la vergüenza de pedir permiso, también estaba apurado, pero no por que necesitara comer con premura sino, porque el no hacer nada le apuraba para tener algo que hacer. Allí vio la mesa con el termo color rosa y los audífonos blancos, al lado sobre la pared un puerto de conexión eléctrica ocupado por un teléfono conectado. No le importó y se acercó, se sentó y conectó su teléfono móvil, tomó los audífonos y el termo y los movió a la mesa de al lado, que estaba por igual disponible.

Se quedó leyendo el time line de su cuenta de X mientras daba tiempo para que cargara su teléfono.

Catalina regresó a la mesa con una factura como evidencia de una compra reciente, para sorpresa suya vio al señor de edad madura sentado en la que ella consideraba, era su mesa, estaba con camisa negra con estampado alusivo a grupos de música, una manilla de cuero y un reloj con correa de plástico. Levantándole la voz exigió que se retirara, estaba invadiendo su propiedad.

Eduardo que no sentía pena por nadie, respondió con un ofensivo ademán, señaló la mesa de al lado y sugirió que se sentara allá, con sus cosas. Catalina movía el pie golpeando su bota color rosa contra el suelo, evidenciaba malestar.

Desde el mostrador el joven con gafas observaba la escena, se alertó y estuvo atento a la discusión entre la joven y el señor, estaba a la expectativa de cualquier agresión que requiriera su intervención.

Eduardo insistió en que necesitaba cargar su teléfono y que ese era un espacio público, no propiedad privada. Catalina, con su voz aguda y manoteando cada palabra insistía en que ella había llegado primero, él, sin mirarla, insistía que no había nadie en la mesa cuando llegó.

Desde el mostrador el joven dejó de atender a la fila de consumidores para dirigirse a la mesa y detener la discusión, pidió apoyo a una compañera para que le cubriera en su puesto.

Eduardo soltó el teléfono y se puso de pie, alzó los brazos manoteando al aire como muestra de un alegato que crecía, Catalina tomó el termo y los audífonos y los ubicó con agresividad sobre la mesa, justo al lado de su teléfono que seguía conectado.

Eduardo soltó un par de improperios y empujó el termo hasta hacerlo caer al suelo, todos los presentes en el café voltearon a mirar en un silencio incómodo y prejuicioso.

Catalina estaba guapa y así se sentía, porque eso es lo que le dicen los hombres que le siguen en Instagram, con ese orgullo poderoso de las redes sociales levantó el termo y soltó un grito cargado de ofensas y otras palabras, Eduardo se sentó y con el teléfono en mano decidió ignorarla.

Sin pretender otra querella, alzó la silla y la acomodó del otro lado de la mesa, se sentó y con la voz aireada insistía en explicarle a él que estaba invadiendo su espacio personal, violando su propiedad y agrediendo su integridad. Él la seguía ignorando, con su mirada fija en la pantalla del teléfono intentaba encontrar algo que leer en el time line de su cuenta de X, quizás como una ruta de escape a esa incómoda realidad que Catalina le planteaba.

El joven de gafas llegó a la mesa preguntando si algo ocurría, Eduardo con un movimiento de hombros dio señal de que nada pasaba, Catalina furiosa, se acomodaba los audífonos en su cabeza y mirando de reojo susurraba por igual, nada ocurría.

Sin entender se retiró y nuevamente retomó su labor de atención al público en la caja de pedidos, los empleados del Café y los clientes presentes observaban sin decir nada, las opiniones aparecerían luego, afuera, donde la cotidianidad es global.

Desde el mostrador anunciaron que el pedido de café granizado con crema y salsa de caramelo estaba listo, Catalina se levantó y clavando una mirada de odio sobre Eduardo le dio a entender de que no permitiría que le robara algo de su mesa, él insistía en ignorarla.

Regreso con un envase de 12 onzas lleno de crema y salsa, lo puso sobre la mesa, se sentó como un estudiante en un examen, fijó su mirada en el teléfono que estaba conectado y esperó.

Al paso del tiempo Eduardo se levantó, desconectó su teléfono y se retiró, Catalina lo ignoró, contenía su ira en silencio, cogió su teléfono y lo encendió, ya había logrado algo de carga suficiente. Tomaba su granizado en señal de refugio.

Nunca había sentido tan placentera la soledad de una pantalla iluminando sus ojos mientras el mundo le juzgaba.

Para el joven de gafas la paz regresó al saber que Eduardo se había retirado, era otra historia de dos desconocidos compartiendo una mesa pequeña en un mundo lleno de desconocidos.

La única propiedad es la dignidad.

AV.

8 de febrero de 2026

La Suerte de Bernardo Cordero.

 


Imagen creada con IA. 

Bernardo siempre ha tenido fe, ha sido optimista y practicante de los sacramentos que la religión católica demanda, tal como se lo enseñó su madre durante sus años de infancia. Creció como buen hombre y amable vecino, estableciendo amistades de sincera cortesía, estudió en la universidad una ingeniería que le recomendaron y de allí se especializó luego en seguridad cibernética.

A día de hoy vive en la misma casa donde creció, su madre una amable señora de vieja escuela le acompaña y le apoya en todas sus ocurrencias, su abuela, doña Carmela también vive con él, quizás su mayor sustento emocional y su consejera de vida.

Un jueves con la lluvia coqueta de febrero se acercó a la oficina de uno de sus clientes, una corporación fabricante de dulces y comestibles químicos, allí le recibió Patricia, una asesora administrativa que coordina la llegada de proveedores y consultores externos.

Patricia lo remitió a la oficina de Gabriel, un caballero contemporáneo a Bernardo, quien le entregó unos diseños al parecer, secretos.

Al finalizar la conversación Bernardo fue dirigido a la oficina de Isaac, el gerente general de la compañía, quien con el agradecimiento sincero que le caracteriza, obsequió una botella de whisky y una caja de chocolates belgas.

Bernardo no acostumbra a tomar licor y mucho menos whisky, sí ama los chocolates y suele compartir con su madre y abuela ese placer, por lo tanto, al salir de las instalaciones de la compañía le regaló la botella de licor a Gabriel con quien preciso desde años atrás ha ido entablando una amistad que trasciende los compromisos laborales. 

A pesar de la lluvia tomó un taxi y se dirigió a casa, allá se sentó a leer los diseños que recibió y comprendió el agradecimiento recibido, se trataba de un proyecto de alta complejidad que requería desmontar y re diseñar el sistema digital de la empresa, algo que tomaría tiempo, no preciso por los diseños sino, por los esquemas de seguridad a implementar.

Allí pasó encerrado el día viernes y luego el fin de semana, solo salía para tomar algo y cumplir con sus necesidades sanitarias. El lunes retomó el aseo general y se sentó ahora con ropa limpia a seguir trabajando, el martes también, el miércoles atendió algunas diligencias que su abuela le pidió le apoyara, pero el jueves nuevamente se sentó a trabajar hasta poder terminar aquel reto industrial.

El viernes, más cerca de marzo que de enero, recibió la llamada de Gabriel, se trataba de una adecuación en los diseños de último momento, algo que al parecer el gerente decidió en días pasados.

Sin ninguna queja aprobó las recomendaciones y salió directo a la compañía, se saludó con Patricia, se saludó con Gabriel, se saludo con Isaac. Regresó a casa con las instrucciones que preciso sugerían rediseñar en su totalidad el proyecto.

Bernardo estaba cansado pero no dejaba de trabajar con la sonrisa que todo ingeniero tiene al momento de cumplir con un proyecto de ese calibre, el pago era además noble y excesivamente justo. Llegó a casa y compartió la noticia con su abuela, doña Carmela le dio algo de consuelo y le animó a tomarlo con mejor semblante.

Esa misma noche de viernes, guardó el proyecto inicial y abrió uno nuevo, quizás como respaldo, quizás como artefacto de memoria, quizás como evidencia de una venganza futura. Empezó a revisar los nuevos diseños y comparando con los anteriores notó que era incluso más débil que el original, pueda sea un trabajo más ligero, pero pensó, con la desconfianza que todo diseñador tiene en su corazón, que podría ser una trampa para que el sistema falle y se le acuse o peor, se le cobre por las pérdidas que la compañía pudiese adquirir.

Se acostó a dormir y allí en lo profundo de sus sueños vio a una mujer caminar, era alta y vestía un elegante traje púrpura, no tenía rostro y sus piernas eran de color verde aceituna, sin pies, solamente una sombra que variaba de color. La extraña mujer le saludó con una voz que emulaba sonidos electrónicos, poco se le entendía.

El sábado despertó tarde, primera vez en muchos años que Bernardo no madrugaba, con preocupación fue a bañarse quedando un largo rato la ducha, deseando, pensando, improvisando soluciones para entender el sueño.

Se vistió de manera deportiva, una sudadera verde y la camisa de su equipo de fútbol favorito. Doña Carmela le saludó y le sirvió el desayuno, un tazón de cereal de colores con leche y un huevo frito. Mientras comía Bernardo le contó del sueño a la abuela, ella, con la sabiduría de los años le dijo que no prestara atención pues si no lo entendía ahí mismo, era preciso porque no había nada que entender entonces.

Bernardo aprobó las sabias palabras de su abuela y subió a sentarse en su escritorio a empezar con los diseños que estaban pendientes. Allí duró todo el fin de semana hasta agotar su paciencia, el lunes llamó a Gabriel y le pidió apoyo para conseguir una extensión de plazo de entrega.

El martes siguió trabajando y su amigo, Gabriel le llamó para informar que el gerente esperaba pronto el proyecto terminado, que si mucho daba otra semana de espera.

Bernardo trabajó con pereza, con el malestar del tiempo perdido en el primer proyecto, avanzó como pudo pero sin satisfacción, por el contrario, los sueños con la extraña mujer regresaban con frecuencia, la noche anterior la voz electrónica era más audible, legible. Al llegar el fin de semana el diseño estaba en su etapa final, creería Bernardo que listo para la acción.

Una voz femenina le saludó, era ella, la mujer de la voz electrónica, estaba de pie sobre la entrada de la habitación, era evidente que no tenía pies, más bien una especie de tentáculos al final de sus piernas, de muchos colores. El traje púrpura no era un traje de tela, era preciso su cuerpo desnudo, pero sin orificios ni pechos, mas bien una ilusión profunda de mucho color.

Al no tener rostro era difícil saber de dónde provenía la voz electrónica, que en ese instante le saludaba con un tono agudo. Bernardo estaba asustado pero no quería moverse, la mujer presente posó una mano larga y fría sobre la computadora, su tacto estaba borrando toda la información, el equipo quedaba formateado sin posibilidad de recuperar nada.

Bernardo intentaba gritar por la frustración del acto mismo, la figura de la mujer puso otra mano sobre la boca de él y el frío era tan fuerte que sentía que le quemaba, de un momento a otro pudo sentir que unos ojos amarillos le miraban fijamente y de ellos la voz electrónica era ahora femenina e imponente. 

"Te dije que no hicieras ese proyecto".

Carmela Salió de la cocina para brindar a su nieto una porción de fruta pero no lo encontró en su habitación. Lo buscó por toda la residencia y sin saber de su paradero pensó que quizás habría salido, aunque él no suele salir los sábados.

Bernardo tenía frío, estaba en un universo oscuro, muchos colores destellaban en todas partes cada cierto tiempo, a su lado la mujer de voz electrónica le señalaba algo, un camino, una pared, una puerta, algo que en medio de la oscuridad estaba.

Bernardo desapareció porque alguien necesitaba que desapareciera el proyecto.

AV.

7 de febrero de 2026

El Carisma de las Imperfecciones (Febrero)

 

 


 

Imagen generada con IA: Gemini de Google.

 

Hay un momento en que el cansancio se convierte en una pausa obligada, un dolor de espalda, una gripe sorpresiva, un músculo reducido en las piernas o simplemente una jaqueca permanente, de aquellos visitantes que dejan todo abandonado a su suerte.


Momentos que son importantes con la sumatoria de tareas que aparecen con el caprichoso deseo del tiempo libre, desde instrucciones que nos caen de la jefatura hasta la cotidiana necesidad de ayudar al prójimo en la inútil labor diaria, esos pequeños momentos donde deseamos que todos dejen de ser ignorantes o perezosos.


Es preciso este momento que en silencio miramos la pared, fijamos la mente en otro lugar y deseamos con premura cada dolor y sus secuelas desaparezcan con las tareas que cargan, curioso porque además en febrero es que se van aterrizando las dinámicas del año nuevo, pues enero es más bien un proceso de ajuste a las realidades emergentes (falso).


Muchas de las ideas pendientes de diciembre se cerraron sobre el escritorio como un conjunto de informes y datos pendientes de entregar, a esas ideas se les suma las ideas emergentes de enero, esas consecuencias de la creatividad que traen más trabajo que un mal matrimonio.


A todos los pendientes he sumado otro cúmulo de deberes como es el martirio de estudiar. No se puede odiar lo que se anhela, pero el proceso es un camino coqueto que baila al ritmo de la desesperación, como si fuesen pasos en un puente colgante; estudiar como proyecto de vida deseado y soñado, con el cansancio de quien no ha deseado el exceso de tareas que le afligen.


Este año será difícil me susurró el tiempo en una brisa tenue de diciembre, será más que desafiante, porque el pasado se entendía como exigente, en tal labor se debe de construir el espacio de descanso, poder recular cada insulto y volver a lo básico de un sábado: dormir como león toda la tarde.


Los domingos recientes he desempeñado funciones de administración y mantenimiento del hogar, para luego desarrollar las tareas del estudiante de los días acordados.


Me excuso pues con quienes la agenda me ha impedido dar la mano y compartir el café prometido, la hamburguesa adeudada, el beso robado y las palabras esquivas. Excusarme con la sinceridad de un testigo indeseado, esos que al ser interrogados responden con un necesario “no sé”.


Me encierro en puertas abiertas y como lo explicaba Sanz en sus canciones, me elevo en mil volteretas intentando ser yo en medio de lo que no fui. 


Me convierto en sombra de mis palabras y en el susurro de un niño que insiste en estar.


Ahora las promesas son para mi mismo, son esfuerzos y letargos que me obligan recordar lo excesivamente humano que puedo llegar a ser: Un sujeto replegado en imperfecciones y mucho carisma.


Un poema carismático, que nació cansado en cada uno de sus versos.

 

AV.