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Marino
abrió los ojos con asombro, respiró con agitación y se encontró a sí mismo
reflejado en el espejo de un baño. Estaba de pie en el lava manos de un baño
local, un lugar pequeño, con baldosines de color crema y un techo de madera.
Junto al espejo había un recipiente, al parecer de jabón de manos y junto a
este, un dispensador de toallas.
No
entendía nada, el lugar le era desconocido y más aun, su apariencia frente al
espejo le era llamativa. Tenía puesta una camisa variopinta con aves y palmeras
en su diseño, en el bolsillo de la camisa, un juego de gafas de sol y al mirar
más abajo, se sorprendió estar en chanclas de playa, sin medias, solo un
pantalón de lino color blanco.
Marino
comenzó a preocuparse más allá de lo corriente, era claro que jamás en su vida
vestiría de ese modo, la confusión le llevó al impulso de salir de aquel lugar,
abrió la puerta y con sorpresa se encontró en la Casa Azul, el local estaba
vacío, en la barra de preparación de licores había una sombra, la figura de
alguna persona o ser desconocido, no era Julio Washington Pupiales, el
administrador y encargado de licores del restaurante, tampoco la joven Sara,
simplemente una sombra que daba la sensación de mirarle fijamente.
Siguió
caminando y el olor a cigarrillo comenzaba a rodearle, miraba a todas partes y
las mesas estaban vacías, desorientado y algo mareado, siguió caminando en
búsqueda de la salida, pero en vez de la puerta de siempre, vio que en su lugar
había una pared, con una suerte de fotografías allí ubicadas, la mayoría de
Emanuel, abrazado de amigos y clientes famosos del restaurante. Una de las
fotos mostraba a los caballeros de la casa azul, sentados juntos bebiendo vino
y al parecer, cantando.
Marino
se acercó para observar en detalle las imágenes, entre fotos y retratos
identificaba a los viejos clientes del restaurante, amigos que ya hace mucho
tiempo dejaron de asistir, otros desconocidos, en dos fotos encontró a
Michelle, la misteriosa amiga de Don Emanuel. En una estaba ella con el cabello
cogido con un gancho en forma de mariposa, una
blusa color rosa y de pantalones negros, de bota alta. Estaba sentada en
la barra del restaurante sonriente, con una copa de vino alzada en su mano
derecha y posando la otra mano en el hombro de Julio Washington, que estaba
atendiendo desde el otro lado de la barra. Junto a ellos, en otra silla, Don
Emanuel con su carismática sonrisa.
La
otra fotografía era confusa, porque en ella estaban Jose Isidro Segundo y
Emanuel sentados con ella tomando cocteles, los tres sonrientes en una mesa a
un costado, curiosa fotografía porque preciso, Emanuel vestía con la misma
camisa con la que fue encontrado el pasado miércoles.
El
pasado miércoles.
-
¿Qué día es hoy? - Se preguntó con loable asombro y desprevenido
riesgo.
Se
dio vuelta y mirando directamente a la barra del restaurante encontró a aquella
sombra de pie, con firmeza dejaba entrever una extraña sonrisa en medio de su
oscura apariencia.
El
olor a cigarrillo incrementaba, la confusión adornaba las ideas de Marino,
quería salir pero no había puertas o ventanas por donde huir, como si ese fuese
el mundo entero, el universo suficiente para existir.
-
¿Qué día es hoy? - Se preguntó nuevamente, intentaba
mirarse las manos. Caminó dando vueltas sobre el mismo espacio intentando
entender qué ocurría, las fotografías en la pared resaltaban por el brillante
color dorado del marco, un estilo elegante y vistoso.
Se
metió las manos en el bolsillo del pantalón buscando su teléfono móvil, no
había nada allí, con preocupación volteó a mirar a todas partes encontrándose
nuevamente con la sombra que custodiaba la barra de licores.
Michelle
cruzó una pierna sobre la otra, sentada en una mesa bajo una lámpara de luz
blanca, vislumbraba al desesperado Marino quien caminaba como un ente de lado a
lado. Golpeó su cigarrillo contra el cenicero de cristal, la ceniza caía como
un bloque pesado de recuerdos, el humo viajaba por todo el recinto hasta
incomodar a Marino, quien se giró al ver la luz encendida al fondo, preciso
dónde estaba ubicada la elegante mujer de origen antioqueño.
Si
bien la luz iluminaba lo suficiente, Marino no lograba identificar a la mujer
que allí estaba observándole, se acercó un poco y con voz entrecortada preguntó
quién estaba allí.
Una
fuerte luz blanca le hizo perder la visión por un instante, cuando pudo retomar
la vista por completo se dio cuenta de que ahora estaba en el burdel aquel
dónde le informaron que había estado Ignacio.
Con
sorpresa Marino se dio cuenta que ya no vestía la camisa de colores sino, un
elegante traje azul oscuro, en su mano un reloj de oro y algunas pulseras de
tipo religioso. Estaba sentado junto a dos damiselas, de seguro meretrices de
aquel lugar, las dos muy bellas con un bata estilo kimono cubriéndoles la ropa
interior, una más alta que otra, una más delgada que la otra, una con el
cabello más largo que la otra, una más bella que la otra, una siempre diferente
a la otra. Aquellos rasgos llamaron la atención de Marino que a sus adentros
comenzó a sospechar que todo estaba conectado, en su inconsciente o en el
desvarío de una realidad que no se dejaba interpretar.
Sintió
que unas manos frías se posaban sobre su hombro izquierdo, poco a poco se
fueron deslizando por el cuello hasta subir a su cabellera, acariciándole con
total cariño y deseo. Se giró pensando que era otra de las meretrices del lugar
pero para su sorpresa era aquella mujer de las fotografías del restaurante, la
misma que según Alfonso, le había estado acosando.
Abrió
los ojos con sorpresa e intento ponerse de pie, pero sus piernas no
respondieron al impulso, estaba atrapado en alguna especie de sueño o
pesadilla.
Michelle
sonrió, una mueca burlesca, un gesto de desprecio disfrazado de cordial
bienvenida.
Se
agachó y dándole un beso en la mejilla saludó al confundido Marino, se sentó a
su lado y pidió una copa de vino a las doncellas que estaban presentes,
preguntó si se le ofrecía algo de beber, pero Marino prefirió hacer un ademan
de rechazo, en realidad no le escuchaba nada a pesar de estar tan cerca.
Michelle
se sentó del otro lado de la mesa, vestía un elegante traje negro, una blusa de
rayas y diseños variados, todos de color dorado para resaltar el diseño
principal. Marino observaba con el deseo mismo de entenderlo todo.
Michelle
se sentó cruzando las piernas, una costumbre y a conocida, comenzó a hablar y a
reírse de vez en vez, expresaba todo tipo de historias y relatos, desde
anécdotas de su natal Medellín hasta recuerdos de la casa azul. Marino no
lograba escuchar nada, al parecer no había absolutamente nada que escuchar, todo
era silencio, ni el ruido de la copa de vino chocar con el pico de la botella,
ni el ruido de las doncellas caminando en tacones ni tampoco el ruido de la música
que el local reproducía a alto volumen como era costumbre.
Se
levantó de la silla y la joven Michelle le lanzó una mirada fulminante, sus
ojos amarillos se convertían en dos aros de luz que le quemaban el rostro,
Marino se cubría con las manos dando pasas hacia atrás, como un dolor ajeno a
lo humano, un ardor que en sus manos chocaba.
Marino
quiso devolver la afrenta con un par de palabras obscenas, pero tampoco podía
hablar, al parecer estaba en un eterno silencio, un universo donde era solo
testigo de lo que se pudiese observar. Siguió caminando y se tropezó con otra
silla de una mesa cercana, se cayó y se golpeó un costado, el dolor le hizo
gritar.
Despertó
nuevamente, estaba en la cama de su habitación, el dolor en un costado seguía
allí, pero sorpresivamente estaba en su cama, con el bata satín color negra, se
levantó confundido, su calzó las pantuflas y caminó hasta el baño, allí se dio cuenta
que estaba bien. No había hematomas, no tenía ojeras y su cabello y su barba estaban
decentes, al día como solía pensarlo.
Se
dio una ducha de agua fría, se sentía renovado, incluso pensó en la terrible
pesadilla que había tenido, para tal momento, casi una hora después de levantarse
de la cama recordó a la misteriosa mujer del sueño, con ella, recordó otros
sueños que había tenido por igual.
Salió
de la ducha, se vistió su tradicional traje gris y corbata de color negro,
elegante como la educación que su padre le había dado.
Terminó
de vestirse, se acicaló y con un poco perfume terminó su ritual de caballero,
se puso el reloj en la mano izquierda y guardó el teléfono celular en el
bolsillo derecho de su saco, para tal instante algo le llamó mucho la atención.
Nunca
en su vida se había puesto el reloj en la mano izquierda, así que se quedó mirando
fijamente su brazo intentando entender. Se quitó el reloj y se lo cambió de
brazo, sacó el reloj del bolsillo y revisando la pantalla principal de su
teléfono móvil, notó que era doce de junio.
Doce
de junio.
Un
viernes más de marzo, pensó.
Salió
de su habitación esperando encontrar a su madre o a alguna de las criadas en el
trayecto, como era costumbre. Para su desdicha y sorpresa, quizás como una
nueva costumbre, al abrir la puerta encontró un universo totalmente oscuro, una
bóveda negra que en el fondo iluminaba una mesa al fondo.
La
mesa de un restaurante donde preciso le esperaba la mujer de aquellas pesadillas,
con la misma copa de vino tinto y el mismo cigarrillo en sus manos: Michelle
Cristina Rueda Palacios.
Marino
cerró la puerta en un acto reflejo, quiso devolverse pero al girar sobre sí
mismo la puerta ya no existía. Estaba nuevamente en el suelo, dónde en algún momento
de la vida se había tropezado con la silla para caerse.
Michelle observaba con una carcajada de burla.
AV.






