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Rebeca saltó para acomodarse en las piernas de Abril Barona de Caicedo, se acostó y como una bola de pelos quedó a merced de las caricias que le daba, Marino observaba en silencio la escena y recordaba un poco a su amigo Jose Isidro Segundo, quien siempre se refería a la gata como un sujeto atípico en su vida, ver aquella escena de doña Abril era un polo opuesto a la descripción de lo que él entendía como amor.
Recordó
a su padre Don Eliecer como el hombre rudo que era, sus palabras cargadas de
ese poder que dominaba la voluntad de todo el que le recibía en una
conversación, de las manos grandes que solo daban palmadas para corregir y no
para amar. Recordó a su padre, y con este, los años dorados de su juventud,
aquella vida de lujos y corrupción, de ser el príncipe de la ciudad ahora a ser
un simple cuidador de una viuda.
Miraba
a Abril de reojo, sentía algo de vergüenza de verle en esa soledad tan
perturbadora, sentía celos también, de ver tanto amor de una mujer a su
mascota, una gata robada.
Al
igual que Jose Isidro, Marino era hijo único, quizás por eso se entendía tan
bien con él, no por los lujos o el dinero, ni mucho menos por la profesión que
les convocaba en reuniones y bares. De allí emergió el respeto por la señora
Barona de Caicedo, y en ese mismo ímpetu de lo injusto, Jose Isidro Segundo
Caicedo fue su cómplice, su amigo y colega, en reuniones familiares y actos
sociales. Había logrado algo de amistad con su madre, doña Margarita Peña, con
la fundación de ayuda humanitaria que lideraba y claramente, con las
iniciativas políticas de don Eliecer Rúales.
Una
ligera lágrima se escapó rodando por su mejilla hasta ser atrapada por una
barba poblada, un orgullo frío y un silencio distante. Se limpió el rostro con
el borde de la corbata y pidió permiso a la madre de su amigo fallecido, para
salir, tenía que regresar al restaurante.
Doña
Abril asintió y dio la bendición a Marino dejando a un lado el periódico y
posando a la gata Rebeca en el suelo, le agradeció por toda la ayuda dada y en
especial, el acompañarle en tan difícil día. Ahora solo quería descansar, pues
al día siguiente le esperaba el sepelio.
Marino
hizo una venia en respeto y confirmó que pasaría a recogerla a las siete de la
mañana para ir al cementerio. Detrás de la silla, la sombra de aquella mujer
misteriosa aparecía de modo intermitente.
Salió
del apartamento, otra lágrima le rodaba en dirección a la barba, en silencio
caminaba por el pasillo pensando en Alfonso, el infantil Alfonso. Se
cuestionaba brevemente sobre su paradero, le parecía en demasía extraño que no
diera señales de nada desde que salió de la sala de velación temprano en la
tarde. Mientras caminaba un ligero, imperceptible aroma a carne quemada llamó
su atención, pensó que se trataba quizás de algún vecino preparando alguna
especie de parrillada, pensó en que tenía hambre, pensó en Fabio Andrés y el
pendiente que tenían de resolver juntos.
Juntos,
pensó.
La
sombra de la mujer caminaba entre las paredes del pasillo, como una especie de vigilante
que observaba a Marino, incluso, intentaba escuchar sus pensamientos, por así
decirlo.
Al
salir del edificio vio que al interior de su camioneta, estacionada a lo lejos,
una silueta se movía con rapidez, de modo fugaz. Alzó la voz y corrió para ver
de qué trataba pero no encontró a nadie en su interior, miraba a todas partes y
en definitiva la soledad de la calle contrastaba con la impresión de haber
visto algo o alguien, salir de su camioneta. Cogió el teléfono móvil y marcó a
su amigo Fabio Andrés, pero este no le contestó la llamada.
Intentó
una vez más en llamar a Fabio y una vez más este no contestó. Abrió la
aplicación de mensajería y grabando una nota de voz dejó un claro mensaje a su
amigo: “No te vayas a ir, ya salgo para allá”.
Para
Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, pero allí junto a Fabio
Andrés forjó un interesante grupo de amigos que cada semana se reunían a
conversar. Salió en la camioneta en esa dirección, comenzaba a afanarse
pensando en que algo extraño ocurría, encendió la radio y una balada
latinoamericana amenizaba una cálida noche de la ciudad, el tráfico estaba
medianamente despejado y la distancia entre el apartamento de doña Abril y la
Casa Azul era realmente corta, un trayecto de menos de diez minutos.
Al
llegar, se llevó por sorpresa ver un camión de bomberos estacionado, junto a
este una ambulancia y dos patrullas de la policía. Se detuvo a media calle, se
bajó con temor y comenzó a correr en dirección al restaurante, allí un agente
de policía le detuvo informando que nadie podía ingresar. Marino, con el ímpetu
de un príncipe, exigió se le dejara entrar, pues sus amigos estaban adentro.
El
detective Benín había llamado a emergencias para que se llevaran a Fabio, que a
pesar de las complejas heridas de quemaduras, seguía con vida. Así que al
interior de la Casa Azul solamente estaban Julio y Sara.
A
las nueve de la noche de un jueves cualquiera de marzo, Marino Esteban Rúales
Peña, comenzaba a sentir en su interior la peor sensación del mundo: La soledad
y la sapiencia de entender que era el último en pie de una mesa de caballeros.
Un
paramédico salía del restaurante cubriendo a Sara Carolina con una manta y una
máscara de oxígeno, detrás de estos, aparecía Julio Washington Pupiales.
Marino
alzó la mano y les llamó con un grito, queriendo saber qué ocurría. De su lado
apareció el agente Benín con una cara de preocupación, le invitó a que le
acompañara para dialogar algunos temas sensibles.
Marino
miró despectivamente al agente al verle tan desaliñado y de muy avanzada edad,
le tenía más a consideración de encontrarlo como a un pordiosero a ser el gran
detective de la policía de Cali. Benín explicó que de un modo extraño algo
quemó a Fabio, algo que de la nada apareció, lo comenzó a abordar entre el
fuego azul y las llamas amarillas, Sara y Julio, se retiraron del susto pero el
fuego empezó a abrasar por igual al restaurante. Lograron controlar las llamas con
un extintor del restaurante y mucha agua, pero nada podía explicar el origen del
fuego.
Explicó
ligeramente a Marino, que revisando las cámaras solo había luces blancas que con
su destello impedían ver con claridad la pantalla y lo ocurrido, incluso, uno
de los agentes del cuerpo de bomberos entrevistó a Sara Carolina, que estaba
junto a Fabio, pero ella solo pudo decir que una luz destellante le impidió ver.
Marino guardaba silencio, escuchaba y con un poco de desprecio tomaba distancia de Benín, un ligero aroma le incomodaba, pero no entendía aún qué era exactamente.
- Voy a ir a estacionar mi camioneta adecuadamente, que la dejé tirada en medio de la calle – Susurró.
Marino
caminó pensativo, en el fondo sentía unas ganas de llorar que no le permitían razonar adecuadamente, nada le parecía lógico. Se subió a la camioneta y la encendió
para comenzar a andar sobre la vía, pero una sombra saltaba en el puesto de
atrás, algo que se movía llamaba su atención.
Marino
se dio vuelta y no encontró nada, de hecho, no había nada.
Ahora todo era oscuridad en un infinito espacio de silencio y abandono.
AV.






