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Juan Gerardo Benín Chamorro nació en una noche de octubre de 1955, en el popular barrio de los olvidados, su madre, María Isidra, una mulata de esas que voltea con la mano desnuda al plátano maduro dentro de la paila de aceite, decidió separarse de su esposo, un moreno de acostumbrada rutina de trabajador, obrero de la construcción en una ciudad que preciso, estaba a la víspera de la reconstrucción.
Creció
aquel primer año de vida en el popular barrio Sucre, tradicional para la compra
de mercados campesinos, tradicional para el tránsito de los desesperados en un
modelo urbanístico que buscaba en los ríos los límites del crecimiento.
Fue
aquella explosión de 1957 que liberó a todos los males en la ciudad, su madre,
Maria Isidra logró sobrevivir a la tragedia, ante la crisis, la ayuda apareció
con el dinero de varios donantes que permitieron que se reconstruyeran manzanas
enteras de la ciudad, entre esas casas una fue asignada para el porvenir de la
familia Benín.
Estudió
en uno de los colegios arquidiocesanos y en ese trasegar de la vida entendió el
esfuerzo de su madre para salir adelante. La abuela María Socorro Chamorro, le
acompañó hasta que la vida dijo basta, su fantasma, aquel espectro que la
conciencia intenta descifrar estuvo siempre acompañándole. Juan Gerardo se
sentía amado por aquella santa abuela que, sin dejarse ver de nadie, le
aconsejaba todo en cuanto la vida le fuera suficiente.
Durante
su adolescencia entró a estudiar una tecnología en electrónica, en el Camacho,
intentaba trabajar como mensajero en el día y en la noche ser aprendiz, pero la
injusticia de una ciudad que no da espera a los desesperados le hizo renunciar
a aquel sueño de ser alguien en la vida.
Fueron
años de duro trabajo con un pago mínimo, monedas que no daban suficiente cobertura
para llevar una libra de tomate y algunas presas de pollo a la mesa. Su madre, Maria
Isidra, le intentaba dar aliento con la paz que cualquier mujer emana ante la
tristeza y la crisis.
Fue
la suerte de alguna vez, de un quizás, de un de pronto, que prestando los
servicios de mensaje en los almacenes de la calle catorce, se cruzó con una
oferta de entrar a la escuela de policía. Una oportunidad perdida para mucho,
pero de oro para aquel joven de ojos castaños, piel morena y cabello rizado.
Explicó a su madre de su decisión, prometió dar todo lo que la vida le dejara a
su alcance para seguir respondiendo por la casa, a su abuela, aquel espectro
que en su conciencia le aconsejaba, la agradeció por cada idea y cada mensaje,
también le prometió no enloquecer en los momentos de soledad.
La
primera soledad llegó en Tuluá, a donde fue trasladado para iniciar su formación
como policía. En la Escuela Simón Bolívar conoció a grandes personajes que con
el trasegar de los años fueron ganando medallas y premios por su labor
desinteresada y servicio a la patria.
Para
los años ochenta ya estaba de regreso a la ciudad de Cali, servía en la
estación de la carrera primera a dónde preciso, volvería muchos años más tarde
a tener una oficina elegante y un comando bajo su mando.
Los
consejos de la abuela María Socorro Chamorro estaban vigentes, incluso tomó la
sana práctica de cargar una libreta en sus bolsillos para escribir allí cada
tanto, las recomendaciones que su abuela transformada en consciencia le
brindaba, alguna vez, como un detalle de navidad, aquellas recomendaciones
acertaron el numero ganador de un boleto de la lotería local.
Con
el dinero que ganó invirtió en una casa grande, en el barrio Ciudad Capri, un
emergente sector elegante para ciudadanos de bien, algo que siempre soñó María
Isidra para su hijo Juan Gerardo, pero que preciso él, fue quien le dio en
correspondencia el premio soñado.
Allí
vivió con su madre, un perro que recogió de la calle y en ocasiones, señoritas
que enamoraba con la promesa de formar un hogar pero que siempre fallaban ante
la inconstancia de la profesión de policía.
Con
una parte de aquel dinero entró a estudiar en la fiscalía general en los
peligrosos años noventa, ingresó al cuerpo técnico de investigación obteniendo
su título de detective.
La
corrupción es una enfermedad que se adquiere en condiciones especiales, solo afecta
a quienes están atentos a ser contagiados por otro ser igual de enfermo, es un
virus de muerte lenta que se va llevando consigo a todo aquel que lo padece,
destruyendo en ocasiones, hogares, incluso, ciudades enteras, países y
civilizaciones.
Juan
Gerardo estaba aún exento de aquella enfermedad terminal, pero fue Rodrigo
Cuartas, otro policía el que a bien le supo contagiar. Un domingo de mayo en el
aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de Palmira un cargamento ilícito estaba a la
víspera de recibir la bendición de alguien, para que fuese despachado a alguna
parte, para entregar a otro alguien.
La
abuela María Socorro le insistió en reiteradas veces el no acceder a tal ofrecimiento,
no se sabe aún si fue el hambre de poder o el deseo de una vida de opulencia lo
que empujó a Juan Gerardo a ceder ante el placer carnal de lo fácil, contrayendo
aquella enfermedad terminal.
A
lo largo de la década del dos mil tuvo altercado con otros colegas que investigaban
delitos en las vías del Valle del Cauca, él, atento a sus proveedores del mal,
siempre hallaba el modo de alejarlos de todo mal.
Fue
la muerte de Varela, lo que alertó su sentido común, si él, que estaba lejos de
cualquier estructura policial había caído ante las armas del Estado, entonces
los pasos de otros investigadores caerían cerca de sus huestes. Para el año
2010 retomó sus labores de agente de policía con funciones de detective,
evadiendo cualquier sospecha de crímenes cometidos o investigaciones alteradas,
se ganó la confianza de los superiores, desde entonces se dedicó a perseguir
asesinos y ladrones de menor estirpe, algo que su abuela aplaudía en sus
pensamientos.
Durante
los años de ejercicio encontró en el centro de la ciudad una comunidad de
vagabundos que conocían a la ciudad mejor a cualquier otro habitante, el
círculo de vicios y maleficios era tan específico que le ayudaba a identificar
a cada sospechoso de crímenes cometidos, ello lo llevó a recibir
reconocimientos por la efectividad de sus operativos, hasta que, en aquella semana
de marzo de 2026, la muerte de un prominente extranjero le llevase a conocer a la
maldad en su estado más puro.
Después
de la muerte de Emanuel Contreras, cuerpo identificado por medicina legal luego
de hacer la inspección de la escena del siniestro en alrededores del Río Cali, recopilar
datos del fallecido le llevó a la Casa Azul como centro de operaciones de aquel
extranjero.
Revisó
los contactos de este y pudo entablar comunicación con cada personaje que la
situación le guiaba, pero la abuela Maria Socorro Chamorro, quien seguía
vigente en su inexplicable e inescrupulosa consciencia, le recomendaba desertar
de ese caso. Para el día miércoles de aquella semana había entrevistado a tres
abogados, clientes de aquel local comercial, a dos empleados (una mesera y el
administrador), pero le llamaba la atención saber que aún había dos personas más
sin aparecer o responder al llamado de la justicia.
Insistió
hasta que el tiempo le dio la razón y encontró al primer desaparecido, un
abogado independiente, fallecido de manera natural, según exámenes realizados,
en la soledad de su apartamento en el barrio El Peñón.
La
mesera del restaurante insistía en que se buscara a otra mujer, una joven con
sospechas de ser culpable, pero sin rastro alguno de su existencia. Sin
pretender empeorar el caso, Juan Gerardo Benín decidió ir con el apoyo de
algunos de sus patrulleros, preciso aquella mañana de jueves los empleados se
encontraban en el restaurante de seguro, planeando alguna escapatoria.
La
experiencia de los años le daba el olfato para identificar a quienes traían en
su cuerpo el rastro de la culpa, quizás por la enfermedad misma de la corrupción
es que desarrolló tal olfato, o por los consejos de la abuela María Socorro. A
pesar de estar ya en edad de retiro, Benín insistía en ser detective, había
convertido su vida y sus principios en una extensión de su placa de policía.
En
la estación de policía comenzó a interrogar por segunda vez a la mesera del
restaurante, una señorita casi cincuenta años más joven que él, estaba nerviosa
e insistía en que otra mujer joven estaba detrás de todo, incluso de la
desaparición de otro cliente del restaurante.
Benín
no tenía bajo control el orden de los hechos o la totalidad de los datos que se
le exigían, pero su confianza en el instinto como detective le insistía en
aquella señorita.
El
interrogatorio ya llevaba una hora y sus minutos, afuera les esperaba el otro
empleado del restaurante, el señor Pupiales.
Cansado
de que la joven repitiera la acusación sobre la otra dama, le pidió que
descansara, él saldría a fumar un cigarrillo y de regreso llamaría al señor
Pupiales para la correspondiente entrevista de rigor:
- Señorita
Certuche, si bien usted señala a la otra dama como principal sospechosa de la
muerte del señor Contreras, es perentorio que justifique muy bien su defensa
sobre la extorsión que emprendía contra los clientes del restaurante. –
Sara
Carolina intentaba de muchas maneras hacerse entender, dar la versión de que
era un juego de cinéfilos para dar la pista sobre la señora de nombre Michelle.
Juan Gerardo Benín se puso de pie, agarró su cabeza con las manos levantadas a modo de estiramiento, en ese preciso instante escuchó dentro de sí, las palabras de su abuela María Socorra:
- ¡Cuidado! -
De
un momento a otro todo se hizo oscuridad.
Sara
Carolina abrió los ojos del otro lado de la mesa, estaba sentada viendo como se
desvanecía. Intentó llamar al agente Benín, quizás para prevenirle de algo,
quizás para pedirle ayuda.
En
medio de ambos una luz tenue de color azul con vistos de color morado fue
emergiendo, como una flor que se va abriendo.
Como
una luz que se lo va llevando todo.
AV.






