14 de marzo de 2026

En Tránsito: La discusión.


Imagen editada con IA: Gemini.google.com 

I.

Aníbal Moreno Cuervo Aguado, de ojos color cansancio y brazos fuertes amaneció con un ligero dolor en la espalda, en la zona del omoplato. La noche anterior estudió hasta la madrugada, tenía examen de cálculo y sentía que pondría en riesgo su beca de estudiante ejemplar si no se preparaba bien.

Desde casa hasta la universidad el camino llevaba una duración de quince a veinticinco minutos de trayecto, todo según la hora e intensidad del día, para aquella mañana de martes el clima había alborotado el tránsito de sus compatriotas, un poco de lluvia era necesario para convertir el trayecto matutino en un infernal tránsito de casi ochenta minutos.

La avenida panamericana atraviesa la ciudad de lado a lado y permite que se conecten los municipios vecinos, en ese mismo sentido se permite la circulación de camiones de gran tamaño y buses de conexión nacional. Aquella mañana de marzo un entusiasta chofer de la empresa de buses del Sur atravesó el desvío de la panamericana con tanta premuera que no se dio cuenta que en frente suyo un camión con carga pesada había frenado su andar, el caos generado por aquel ansioso chofer derivó en un accidente donde se perdieron dos toneladas de ladrillos de alta gama y un par de teléfonos móviles de los pasajeros del bus.

Elalio, de crespa cabellera se bajó como pudo y acercándose al camión pidió excusas al conductor, un hombre de contextura gruesa y fornida, que con la cabeza calva miraba con asombro la proeza tan absurda del conductor del bus.

Se bajó y pidiendo explicaciones comenzó a lamentar en su interior la pérdida casi total, de la carga de ladrillos. Había recorrido desde la Colombia profunda hasta las vías del Valle el transporte de finos y deseados bloques de ladrillos para construcción. Una carga fina y de gran valor que ni un año de su trabajo podría cubrir para pagar la pérdida generada. Elalio intentaba ganar su afecto y perdón, pero el otro señor de nombre Jhon Jairo, simplemente observaba en silencio, quería gritar, quería salir a correr, quería matar al joven que le suplicaba por el error.

Un policía que cruzaba en su motocicleta se detuvo en el lugar del accidente, al verificar que no había heridos o pérdidas humanas, se acercó a los dos conductores que discutiendo al unísono de una plegaria, querían desaparecer todo a su alrededor.

La querella ahora sumaba a un nuevo contendor que en el rol de autoridad ciudadana quería pescar alguna coima o atención preferencial por su uniforme.

Siendo las seis con veinte minutos, Aníbal Moreno fijó su mirada en su teléfono móvil y calculó el trayecto a la universidad, desde su casa esa mañana la vía presentaba puntos rojos de alta congestión, sobre todo en el tramo de desvío de la panamericana con la avenida de Cali. No prestó atención a la novedad y salió de casa con premura, con algo de crisis existencial en la mente, con el temor mismo de perder la beca por no llegar a tiempo, incluso, con el deseo mismo de poder teletransportarse de un punto a otro.

Al tomar la avenida panamericana sintonizó la estación radial de confianza, quería escuchar las bromas de la mañana, las novedades musicales y alguna que otra noticia de la realidad del país. Mientras avanzaba notaba en su aplicativo que el tráfico cada vez era más lento, si bien iba con tiempo suficiente para llegar al examen empezaba a sentir la presión de lo que podría ser un desastre posterior.

Un motociclista avanzaba con el mismo entusiasmo con el que Elalio cruzó la avenida hasta estrellarse, durante su trayecto sentía que el clima húmedo le empañaba un poco el visor de su casco, aprovechó entonces para detenerse a un lado de la avenida y poderlo limpiar, estando de pie encontró al fondo en el paisaje de un tráfico insensible, a dos señores discutiendo junto a un desesperado policía de tránsito.

Se subió a la motocicleta y con ritmo pausado avanzó hasta llegar al lugar de la discusión, allí el policía de tránsito le vio y cruzándose ambas miradas una ligera maraña de tensión les convocó en el silencio de los culpables. El motociclista iba sin documentos legales y el policía estaba transando una coima con los dos aireados conductores.

Muchas filas más atrás, Aníbal escuchaba las noticias y empezaba a desesperarse, un sugerente sonido ronroneaba en su estómago como una señal de que debía apurarse. Asomó su cabeza por fuera de la ventana y con algo de esfuerzo logró ver que el tráfico estaba detenido por un motociclista que discutía con un policía de tránsito, junto a ellos, dos señores, uno más joven que el otro, se daban golpes torpemente.

Sintió el afán de avanzar pero el tráfico estaba detenido, la aplicación de su GPS indicaba la ruta de llegada a 45 minutos, demasiado tiempo para una ruta tan corta, con sorpresa se encontró a los demás vehículos pitando uno tras otro, quizás el afán era un asunto de comunidad.

El ruido interrumpió la discusión del policía de tránsito con el joven motociclista, quien volteó a mirar la furia de una fila de carros desesperados por avanzar, se subió a su moto oficial y con el pito inició el proceso de descongestionar el camino, lo primero que hizo fue pedirle al motociclista que se retirara antes de ser multado por obstrucción y desacato, acto seguido pidió al joven Elalio y a Jhon Jairo que retomaran su curso y dejaran en manos de las empresas aseguradoras el resultado de la querella.

Poco a poco fueron avanzando los carros y los camiones; alguna motocicleta se colaba entre ellos y, de tanto en tanto, un ciclista abría paso con paciencia. Al fondo de aquella fila avanzaba nuestro amigo, el desesperado estudiante Aníbal Moreno, quien oprimía el pedal de su carro con una mueca de dolor que anunciaba un malestar estomacal digno de tragedia.

El policía de tránsito, atento a la inquietante gestualidad del joven, le indicó que se detuviera a un costado de la vía. Con tono severo le solicitó los documentos de propiedad y la tarjeta de circulación, mientras observaba con creciente desconcierto la evidente expresión de sufrimiento que se dibujaba en el rostro del muchacho.

Siendo las siete con veintiséis minutos, Aníbal Moreno clavó su mirada dolorida en los ojos castaños del agente. Un leve gemido escapó de su garganta antes de que su cuerpo se rindiera contra el asiento. En su interior, una violenta convulsión anunciaba la derrota inevitable: poco a poco su ropa interior comenzó a cubrirse de materia fecal, liberando un olor denso y mortuorio que, como una presencia inevitable, terminó por envolver al policía de tránsito.

La avenida panamericana de Cali empezaba nuevamente a congestionarse y Aníbal Moreno dejaba en riesgo su beca de estudiante ejemplar.

AV.

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