Imagen editada con IA: Gemini.google.com
I.
Aníbal Moreno Cuervo Aguado, de ojos color cansancio y
brazos fuertes amaneció con un ligero dolor en la espalda, en la zona del omoplato.
La noche anterior estudió hasta la madrugada, tenía examen de cálculo y sentía
que pondría en riesgo su beca de estudiante ejemplar si no se preparaba bien.
Desde casa hasta la universidad el camino llevaba una
duración de quince a veinticinco minutos de trayecto, todo según la hora e
intensidad del día, para aquella mañana de martes el clima había alborotado el
tránsito de sus compatriotas, un poco de lluvia era necesario para convertir el
trayecto matutino en un infernal tránsito de casi ochenta minutos.
La avenida panamericana atraviesa la ciudad de lado a
lado y permite que se conecten los municipios vecinos, en ese mismo sentido se
permite la circulación de camiones de gran tamaño y buses de conexión nacional.
Aquella mañana de marzo un entusiasta chofer de la empresa de buses del Sur
atravesó el desvío de la panamericana con tanta premuera que no se dio cuenta
que en frente suyo un camión con carga pesada había frenado su andar, el caos
generado por aquel ansioso chofer derivó en un accidente donde se perdieron dos
toneladas de ladrillos de alta gama y un par de teléfonos móviles de los
pasajeros del bus.
Elalio, de crespa cabellera se bajó como pudo y
acercándose al camión pidió excusas al conductor, un hombre de contextura
gruesa y fornida, que con la cabeza calva miraba con asombro la proeza tan absurda
del conductor del bus.
Se bajó y pidiendo explicaciones comenzó a lamentar en su
interior la pérdida casi total, de la carga de ladrillos. Había recorrido desde
la Colombia profunda hasta las vías del Valle el transporte de finos y deseados
bloques de ladrillos para construcción. Una carga fina y de gran valor que ni
un año de su trabajo podría cubrir para pagar la pérdida generada. Elalio
intentaba ganar su afecto y perdón, pero el otro señor de nombre Jhon Jairo,
simplemente observaba en silencio, quería gritar, quería salir a correr, quería
matar al joven que le suplicaba por el error.
Un policía que cruzaba en su motocicleta se detuvo en el
lugar del accidente, al verificar que no había heridos o pérdidas humanas, se
acercó a los dos conductores que discutiendo al unísono de una plegaria, querían
desaparecer todo a su alrededor.
La querella ahora sumaba a un nuevo contendor que en el
rol de autoridad ciudadana quería pescar alguna coima o atención preferencial
por su uniforme.
Siendo las seis con veinte minutos, Aníbal Moreno fijó su
mirada en su teléfono móvil y calculó el trayecto a la universidad, desde su
casa esa mañana la vía presentaba puntos rojos de alta congestión, sobre todo
en el tramo de desvío de la panamericana con la avenida de Cali. No prestó
atención a la novedad y salió de casa con premura, con algo
de crisis existencial en la mente, con el temor mismo de perder la beca por no
llegar a tiempo, incluso, con el deseo mismo de poder teletransportarse de un
punto a otro.
Al tomar la avenida panamericana sintonizó la estación
radial de confianza, quería escuchar las bromas de la mañana, las novedades
musicales y alguna que otra noticia de la realidad del país. Mientras avanzaba
notaba en su aplicativo que el tráfico cada vez era más lento, si bien iba con
tiempo suficiente para llegar al examen empezaba a sentir la presión de lo que
podría ser un desastre posterior.
Un motociclista avanzaba con el mismo entusiasmo con el
que Elalio cruzó la avenida hasta estrellarse, durante su trayecto sentía que
el clima húmedo le empañaba un poco el visor de su casco, aprovechó entonces para
detenerse a un lado de la avenida y poderlo limpiar, estando de pie encontró al
fondo en el paisaje de un tráfico insensible, a dos señores discutiendo junto a
un desesperado policía de tránsito.
Se subió a la motocicleta y con ritmo pausado avanzó
hasta llegar al lugar de la discusión, allí el policía de tránsito le vio y
cruzándose ambas miradas una ligera maraña de tensión les convocó en el
silencio de los culpables. El motociclista iba sin documentos legales y el
policía estaba transando una coima con los dos aireados conductores.
Muchas filas más atrás, Aníbal escuchaba las noticias y
empezaba a desesperarse, un sugerente sonido ronroneaba en su estómago como una
señal de que debía apurarse. Asomó su cabeza por fuera de la ventana y con algo
de esfuerzo logró ver que el tráfico estaba detenido por un motociclista que
discutía con un policía de tránsito, junto a ellos, dos señores, uno más joven
que el otro, se daban golpes torpemente.
Sintió el afán de avanzar pero el tráfico estaba detenido, la aplicación de su GPS indicaba la ruta de llegada a 45 minutos, demasiado tiempo para una ruta tan corta, con sorpresa se encontró a los demás vehículos pitando uno tras otro, quizás el afán era un asunto de comunidad.
El ruido interrumpió
la discusión del policía de tránsito con el joven motociclista, quien volteó a
mirar la furia de una fila de carros desesperados por avanzar, se subió a su moto
oficial y con el pito inició el proceso de descongestionar el camino, lo
primero que hizo fue pedirle al motociclista que se retirara antes de ser
multado por obstrucción y desacato, acto seguido pidió al joven Elalio y a Jhon
Jairo que retomaran su curso y dejaran en manos de las empresas aseguradoras el
resultado de la querella.
Poco a poco fueron avanzando los carros y los camiones;
alguna motocicleta se colaba entre ellos y, de tanto en tanto, un ciclista
abría paso con paciencia. Al fondo de aquella fila avanzaba nuestro amigo, el
desesperado estudiante Aníbal Moreno, quien oprimía el pedal de su carro con
una mueca de dolor que anunciaba un malestar estomacal digno de tragedia.
El policía de tránsito, atento a la inquietante
gestualidad del joven, le indicó que se detuviera a un costado de la vía. Con
tono severo le solicitó los documentos de propiedad y la tarjeta de circulación,
mientras observaba con creciente desconcierto la evidente expresión de
sufrimiento que se dibujaba en el rostro del muchacho.
Siendo las siete con veintiséis minutos, Aníbal Moreno
clavó su mirada dolorida en los ojos castaños del agente. Un leve gemido escapó
de su garganta antes de que su cuerpo se rindiera contra el asiento. En su
interior, una violenta convulsión anunciaba la derrota inevitable: poco a poco
su ropa interior comenzó a cubrirse de materia fecal, liberando un olor denso y
mortuorio que, como una presencia inevitable, terminó por envolver al policía
de tránsito.
La avenida panamericana de Cali empezaba nuevamente a congestionarse y Aníbal Moreno dejaba en riesgo su beca de estudiante ejemplar.
AV.



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