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V.
Alrededor de las diez de la mañana de un martes
cualquiera de marzo, Juan Felipe Charria salió de casa para sacar la basura a
petición de su madre, doña Elvira de Charria. Con sus ojos color miel y el
cabello crespo como una esponja, caminaba con la pereza que un adolescente
carga cuando hay responsabilidades domésticas que atender.
A su lado un pequeño seguidor le acompañaba, de raza
criolla y ojos claros como la miel de los ojos de Juan Felipe, caminaba Betún,
un perro de cinco meses de edad, reiteradamente pequeño, juguetón, ingenuo,
glotón y muy ágil en su caminar. Si bien su pelaje es de color blanco, se ve
percudido por el itinerante tiempo libre que comparte en casa, por lo cual
algunos vecinos creen que es color crema, otros incautos lo ven color amarillo
o incluso, café con leche.
Colores distintos que unen a la comunidad al unísono de
un mismo nombre: Betún.
En el tradicional barrio El Guabal, sobre la calle 14,
Juan Felipe caminaba con una bolsa plástica color negro en su mano izquierda, una
botella plástica en su mano derecho y amarrada a ella, sobre la muñeca, la
correa de paseo de Betún.
Dejó la basura en los contenedores cerca a la cancha de
fútbol, más arena que césped, pero con dos arcos enormes para inspirar a los
jóvenes talentos de la comuna. El cachorro corría con la lengua afuera
incitando a quien fuese su mejor amigo para que jugaran en el campo deportivo,
una costumbre que se daba dos veces al día con la intención misma, de poder
garantizar que hiciera chichí y popó, como le decía Juan Felipe.
En casa la señora Elvira, con algunas molestias en la
pantorrilla por la edad, lavaba la loza del desayuno y desde ya ponía a
preparar la sopa del almuerzo que por ser día martes sería de verduras con
pollo sudado y patacones. Su esposo, Don Héctor Hernán madrugó a trabajar como
siempre, con la firme intención de cumplir con la bendición de cada día.
Si supiera doña Elvira pues, que a esa hora su esposo
deletreaba improperios y palabras obscenas a toda una cuadrilla de curiosos,
con una puerta menos en su vehículo y una doña asustada que se aferraba a su
teléfono móvil, destrozado por demás.
No era un martes casual como quizás en otras historias se
mentaba, pues los Manueles perecieron en un accidente de una vía sin pavimentar
adecuadamente, Don Augusto perdía su carro pagado en cuotas, muchas de estas
sin cubrir, el Agente Perlaza intentaba dar respuesta a un estudiante fallecido
en plena vía, todo conjugándose como un suelo inestable para cualquier cronista
de lo cotidiano.
Aquel martes indiferente con la vida, Héctor Hernán estaba
desamparado en un cruce vial, el calor comenzaba a golpear el pecho de quien se
sentía orgulloso de ser el macho alfa de la familia. Después de varias
solicitudes por el radio del taxi, Alexis, apareció.
Llegó en un taxi modelo 2005, un Renault sencillo, aseado
y lo más importante, con aire acondicionado en funcionamiento.
Se estacionó detrás del caos vial y mirando con
desafiante postura saludó al motociclista que sentado sobre el andén, clamaba
alguna explicación por lo ocurrido.
“HH” saludó a su amigo Alexis, con una palmada en el
hombro y una mueca señaló a la señora Marisol, que intentaba encender la
pantalla del teléfono, a su lado, sentado en el andén, el domiciliario con cara
de frustración. Don Héctor Hernán intentaba explicar a Alexis los daños del
accidente y sus responsables, en especial por el reto inefable de pagar los
daños de un carro que no era de su propiedad.
Alexis Stiven con su sonrisa mulata le dio algo de
consuelo devolviendo la palmada en el hombro, haciendo referencia que se
trataba de un accidente humanamente evitable y como tal, el patrón sería amable.
Pasados quince minutos llegaron dos carros más, en uno
esta Oswaldo, muy joven para el oficio de taxista pero con un criterio de la
vida que ya le permitía saberse de memoria el código civil y la norma de
tránsito.
En el otro taxi llegó Luis Javier, de cabello corto, más
bien en condición de alopecia y muchos ánimos de incitar al prójimo a la
violencia.
Los cuatro taxistas acosaron al joven domiciliario quien sin
mostrar temor, insistía en que la señora era la culpable de todo el accidente;
Marisol en silencio buscaba donde refugiarse pero era en vano, los curiosos de
la zona habían rodeado la escena del accidente encerrándole en medio de
susurros y miradas de reproche.
Una moto de policía llegó a la zona y comenzó a indagar
por el desorden público que emergía, Luis Javier con vocación de malandro, ya
estaba buscando pleito dónde la paz se esfumaba.
El suboficial de policía, Marino Polanía, tomaba nota de cada
palabra y cada desecho que en el suelo identificaba, observando la puerta del
vehículo en el suelo y a su lado la motocicleta con los espejos rotos,
intentaba recrear la situación en su completitud, era inconcebible para su
inteligencia o la de cualquier civil que todo fuera por una inoportuna puerta
que se abría, ante un inoportuno motociclista que se adelantaba.
Ferney Cuero, el patrullero motorizado que acompañaba a Marino
estaba a la distancia tomando fotos con el teléfono móvil, enviando mensajes a
la estación de policía de El Guabal y por supuesto esperando la oportunidad
para pedir refuerzos en caso de una revuelta popular.
Juan Felipe Charria, alrededor de las once de la mañana
estaba caminando con Betún de regreso a casa, a un par de calles de distancia.
Había preferido ir a caminar con su perro para que hiciera se despojara de sus
desechos biológicos con prontitud, jugar un rato en la cancha de fútbol y
comprar algo de comer en la panadería, de preferencia una papa rellena.
Don Héctor Hernán insultaba a la señora Marisol, Alexis
Stiven reiteraba el insulto, Luis Javier empujaba al joven domiciliario con el pie,
casi que de una patada para que se levantara, Oswaldo recitaba la norma y con
ella, incitaba a los patrulleros a llevarse preso al joven y su moto
descompuesta.
Al ver el tono de los inconformes taxistas, Ferney con
una seña pidió autorización a Marino para llamar refuerzos, quizás era el momento
de bullicio esperado para el acoso de autoridad.
Marino levantó la mano izquierda haciendo la señal del
número tres con los dedos, Ferney desde el radio de su uniforme pidió
refuerzos, algunos respondieron confirmando presencia.
Marisol con el sollozo en el alma estaba asustada, el
acoso de tantas personas y el miedo inminente de ser agredida por los taxistas
hacía que su fe en Cristo incrementara, sus súplicas se transformaban en
plegarias y las plegarias en promesas de una vida mejor, quería llorar.
Luis Javier con el espíritu de lo indebido empujó del
brazo a Marisol que en el acto mismo en que fue tocada soltó un grito y con
este, un llanto.
Miró fijamente a Héctor Hernán Charria y desde lo más
profundo de su ser soltó una oración lapidaria: ¡maldita sea tu familia, viejo
hjijueputa!
El suboficial Marino se acercó y abrazó a Marisol para
calmarla mientras la alejaba del acoso que estaba expuesta.
Siendo las once con nueve minutos de la mañana de un
martes de marzo, Betún jugaba de regreso a casa con Juan Felipe, del antejardín
de una de las casas de la vía apareció pacheco, un can de gran tamaño e
igual de juguetón, pero incomprendido por su tamaño y apariencia.
Juan Felipe se asustó cuando lo vio saltar sobre la reja
del antejardín soltando la correa que paseaba a Betún quien a su vez, del
susto, saltó sobre la calle 14, corriendo con el ímpetu de un condenado.
Sobre la estación de El Guabal dos motos salieron con
premura para atender el llamado del patrullero Ferney Cuero, la primera moto
llevaba a dos suboficiales que al ver a Betún correr lograron esquivarlo, la
segunda moto, la que venía detrás no vio al cachorro de pelaje crema
estrellándose de frente.
Betún soltó un llanto que se escuchó por toda la ciudad,
como el grito de un alma inocente que se despide de este mundo. Fue preciso, su
último acto.
A su lado, cayeron los dos patrulleros chocando contra el
separador vial de la calle 14.
Al caer la moto sufrió daños por lo fuerte del impacto,
pero el daño más grave recién comenzaba: Una comunidad de vecinos querían
explicaciones y por qué no, algo de venganza por el deceso de Betún.
Entre la multitud, Juan Felipe Charria, hijo de Don
Héctor Hernán, tenía en su mano una piedra lista y una lágrima en sus ojos
llenos de furia.
Eran las Once con trece minutos de la mañana.
AV.
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