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VI.
Hay lugares en los que la paz es una búsqueda permanente, quizás en un plato de comida, quizás en la reunión familiar viendo un programa de televisión o quizás, solamente quizás, en la soledad de una tarde soleada.
Juliana Legarda Pacheco, de ojos castaños como el
chocolate, cabello castaño como la panela, ondulado y con la grasa del tiempo
perdido, salía de casa con el afán de una paz perdida, necesitaba llegar a
tiempo a su empleo, al otro lado de la ciudad, una entidad financiera de origen
internacional.
Juliana estudió arquitectura con el anhelo de poder crear
obras de arte a las que se les pudiese llamar hogar, siguiendo los pasos de su
abuelo, el Doctor Pacheco, insinuaba diseños amigables con la variedad de
colores y la eficiencia de materiales, sin embargo sus ideas poco eran
entendidas por parte de las grandes constructoras.
Tuvo la oportunidad de exponer sus argumentos al jefe de
la Constructora Simón, una empresa reconocida por viejos ciudadanos, pero tal
intensidad de la propuesta se salía de cualquier razonamiento corporativo que,
para el caso de la jefatura de la constructora, se hacía financieramente
insostenible.
Con la frustración de una profesión con baja tasa de
empleabilidad y la presión de una tradición familiar que sostener, Juliana optó
por emplearse en el Banco Internacional, desempeñando labores de caja y
atención al público, junto a Marisol, quien también salía tarde esa mañana de
martes.
Juliana vive aún con padre y madre, hija de ingenieros,
nieta de arquitectos, hermana de periodistas. La niña de casa, cada mañana sale
temprano en su carro propio, un Peugeot 206, sencillo y elegante, rumbo a la
sucursal del banco en el barrio de Ciudad Jardín, relativamente cerca a su
residencia.
Desde casa el trayecto según las aplicaciones de
navegación, puede tomar diez a quince minutos, sobre todo por los semáforos de
la avenida Libardo Lozano. La ciudad aparentaba una calma de esas que Juliana
ama en silencio mientras conduce a su trabajo escuchando los podcasts de
grandes pensadores contemporáneos, todo alejado de la psicología profesional
pero amarrado a la búsqueda de la mentalidad sanadora.
Heridas dibujadas de sonrisas, diría su hermano mayor,
Manuel Alejandro.
Al tomar la calle 16, desde la carrera setenta siguió la
ruta acostumbrada, ignoraba que más arriba sobre la calle 13 Marisol causaba un
accidente terrible en un taxi. Después del semáforo de la carrera ochenta giró
a la avenida Simón Bolívar de Cali, en ella el tráfico por lo general se
congestionaba, así que se desvió entre calles residenciales, por lo menos
llegar a la autopista evadiendo el tráfico convencional.
Detrás de la calle 16 un barrio residencial, famoso por
sus casas de color granate, comenzaba a sentir el cambio en las vías al
aumentar el tránsito de personajes como Juliana durante los años, entre los
cambios notables estaba la aparición de baches y grandes huecos, muchos
causando accidentes que podrían evitarse si se fuera más precavido al conducir.
Juliana no fue la excepción y por el afán de llegar a
tiempo al Banco sufrió el golpe en uno de los baches, perdiendo el control del
vehículo y sin dejar de pisar el pedal del acelerador, se desvió contra la
pared de una famosa casa color granate.
El golpe dio un susto de aquellos que invocan a la santa
trinidad, en especial en una joven de casi treinta años que sigue los preceptos
de la iglesia católica en casa.
Siendo las ocho de la mañana de un martes cualquiera en
un marzo genérico, una señorita, de profesión arquitecta discutía con la vida,
quería explicaciones, intentaba invocar la paz de un accidente humanamente
evitable. La pared de la casa estaba destrozada, había caído dejando ver en su
interior unos enseres y a su lado, una señora de avanzada edad observando
asustada.
Juliana se bajó del carro, el color plata estaba
deteriorado por el granate de los ladrillos que había tumbado, la parte
delantera del mismo estaba en total estado de destrucción, además de la pared
misma.
La señora con un vestido blanco estilo bata se acercó
mirando fijamente a la joven de casi treinta años. Levantó sus manos delgadas,
casi cadavéricas, dejó salir varias palabras en un tono de voz grave, insultaba a la culpable del accidente además
de amenazarle con quitarle la vida. Juliana entraba poco a poco en pánico, quiso
llamar a sus padres pero la vergüenza del accidente le impedía del mismo modo
el pedir ayuda, pensó en su hermano mayor, pero insistía su mente en la vergüenza;
se acordó de Marisol, su compañera de oficina, pero no respondía a los mensajes
en el chat.
La señora, con el cabello grisáceo insistía en gritar y
golpear lo que quedaba de pared, en dos oportunidades dio patadas al carro sin
daño alguno. Un policía de tránsito que cruzaba por el vecindario vio lo que
pasaba, no se detuvo pero desde la radio informó del incidente para que pasaran
a revisar la situación patrulleros de la policía municipal.
Juliana vio al policía de tránsito cruzar el vecindario,
le hizo señas para que se detuviera pero este le ignoró, con tal frustración ella
insistía en poder dialogar con la anciana para pedir perdón y mirar la manera
de restaurar el daño generado a la propiedad.
Una vecina salió de la casa de enfrente, al otro lado de
la calle, Juliana la miró con sorpresa y se acercó, quizás para pedir prestado
el teléfono o pedir ayuda a quien fuese capaz de solucionarle el conflicto con
la señora de avanzada edad.
Del otro lado una señora de mediana edad, alrededor de
cincuenta o casi finalizando sus cuarentas, se apoyaba en una escoba observando
a la joven Juliana caminar de un lado a otro, junto al carro estrellado contra
la casa.
Le saludó a lo lejos y vio que se acercó, con algo de amabilidad esperó a que le diera su versión de la historia, así podría brindarle algo de apoyo si así lo requería. Juliana moviendo las manos con el desespero de un malabarista contaba cómo perdió el control del vehículo y este terminó subiendo el andén y chocando contra la pared de la casa de la anciana.
- ¿Cuál anciana?- Preguntó la vecina.
Juliana señaló con el dedo índice al frente dónde estaba
su carro estrellado, con una voz de impaciencia insistió en esa casa, dónde la anciana
le gritaba.
La vecina explicó con la ligereza de una plegaria que esa
casa estaba en venta desde hace ya cinco años, preciso después de la apertura de la cuarentena,
pues para entonces la señora de la casa, una mujer de edad mayor, había
fallecido por el COVID-19.
Juliana abrió los ojos como dos satélites y se giró
intentando encontrar sentido a las palabras de la vecina, en ese preciso
instante vio su carro bajo los ladrillos de la pared que había chocado, pero al
interior solo estaba el vacío de una propiedad abandonada, olvidada, quizás por
unos hijos o nietas interesados en deshacerse de lo que fue la casa de alguna
señora en el pasado.
En total silencio Juliana intentaba entender qué había
ocurrido. En silencio, Juliana todavía recordaba los ojos negros de la anciana,
con el hedor mismo de un cuerpo que ya no pertenecía a este mundo.
Siendo las 08:33 de la mañana de un martes de marzo, una
moto de la policía municipal llegaba con dos patrulleros a verificar lo
ocurrido, Juliana con la sonrisa de un condenado, les saludaba para dar su
versión de los hechos.
Una versión que ahora debía de reconstruir.
AV.



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