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En una sala de espera en el hospital central de la ciudad
un niño juega con un avión de papel que su abuelo le hizo. Aquel hombre mayor tomó
retazos de un folleto de salud sexual preventiva y lo convirtió en un poderoso
avión de combate ante los ojos del niño presente.
El pequeño niño corre por todo el pasillo de la sala, esquiva
piernas estiradas y personas que pasan caminando en un limitado recinto, sólo
le importa su avión que vuela como si estuviese cargado de grandes turbinas.
Al fondo una señorita de mediana edad juega en su teléfono
celular, carga notificaciones de sus redes personales y también entabla historias
con sus colegas de estudio, un grupo de señoritas que ante la imposibilidad de
acompañarle a la cita médica, le hacen breves aplausos de apoyo desde la
virtualidad de un chat lleno de imágenes y comentarios de cualquier tema, menos
la salud.
Junto a esta, un hombre de edad, de esos que perdió el
cabello con la juventud, está sentado con unos audífonos escuchando noticias nacionales,
tiene sintonizado el programa radial de mayor cobertura, día preciso para conocer
las novedades en encuestas de opinión sobre los candidatos presidenciales.
Detrás de ellos, dos señoras de edad muy avanzada
conversan sobre las complejidades del transporte público de la ciudad, una de
ellas, de abrigo verde oliva, señala que casi no logra tomar un taxi por las torrenciales
lluvias con las que la ciudad amaneció, su compañera, que estaba abrigada con
un impermeable color café claro afirmaba tal condición, aumentando la versión
del desastre con la presencia de grietas y baches en las vías del sur, del
norte y del más allá si le es posible confirmar.
Al fondo, cerca a un gran ventanal estaba Eutimio, el
amigo favorito de todos.
Eutimio nació en Tumaco, tierra de pescadores, cantores y
buenos señores. Llegó a Cali por un trabajo mal remunerado y como tal tuvo que
quedarse, viviendo del sueño del progreso en el barrio Aguablanca, por el Comfandi.
Allí logró hacerse de una vivienda a precio de carne joven.
Se casó con María Camila Moreno, una caleña de esas que
tanto inquietan a un tumaqueño que gusta del baile y el licor en fiestas
patronales.
Eutimio tuvo dos hijos con la señora Moreno, uno de esos
hijos estaba ese día en exámenes médicos.
Sentado en la sala de espera tenía su mirada puesta sobre
el ventanal, intentaba encontrar en el blanco de las nubes alguna figura que le
diera tributo a los años vividos, se reía a sus adentros viendo al niño jugando
con el avión de papel, en una de esas desventuras casi se tropieza con una
matera grande. La fama de Eutimio comenzó un día cualquiera de marzo, pero de
1993, cuando en el programa de televisión regional se hizo ganador de un carro
último modelo. Un concurso que premiaba a los clientes fieles de un almacén de
cadena.
Al ganarse el carro el almacén por fuera de cámaras propuso
al tumaqueño que debía de pagar la cuota inicial del vehículo para poder ser
acreedor del dichoso premio.
No se dejó asustar por el valor de tal cuota y dijo que
sí, una hora más tarde, cuando la transmisión del programa hacía famoso su
destino denunció tal acoso y en consecuencia, recibió el carro último modelo
sin poner un centavo de su bolsillo y, el premio de la comunidad por no dejarse
amedrentar por las grandes corporaciones de la ciudad.
Mientras observaba por la ventana recordaba ese suceso y
otros más donde siempre salía triunfante, por ejemplo aquella tarde de martes
que se cruzó con un policía de tránsito. Aquella vez, tenía prohibida la circulación
con el número de placa pero el agente estaba tan distraído en sus pensamientos
que le saludó en la parada del semáforo, sobre la avenida primera y le dejó ir.
Su esposa, María Camila, siempre estaba orgullosa de su suerte.
En el piso había otro niño jugando con una pelota de
tenis, de esas de color verde claro. Un infante vestido con overol color rojo y
zapatos de goma, la madre de este, una señora joven estaba en el sillón de
enfrente leyendo novedades en el celular, sin saber los que haceres de su hijo,
que, por la postura, parecía más hijo de Eutimio que de ella.
Una enfermera de traje verde con rayas verticales de
color blanco salió a la sala a interrumpir el desespero de los distraídos.
Alzó la voz y llamó a Avelino Lucumí.
El niño que corría con el avión de papel se tropezó
cayendo de frente a la pared, su llanto fue tan inmediato como el llamado de
Lucumí.
Las señoras dejaron de cuestionar la calidad del transporte
público y en un gesto, se acomodaron en los asientos para mover la cabeza, en búsqueda
de Lucumí, quizás.
Eutimio que a pesar de su avanzada edad aparentaba ser
más joven levantó una de sus cejas, se le hacía conocido ese nombre. No le era
fiable que existieran en una misma ciudad dos sujetos con el nombre de Avelino y
el apellido Lucumí.
La enfermera tomó aire y nuevamente preguntó por la presencia
de Avelino Lucumí en la sala.
Una mujer de cabello desaliñado por los afanes de la vida
levantó la mano, casi gritando pidió paciencia, tiempo y consuelo, quizás.
La enfermera volteó a mirar, era una madre joven de
quizás treinta febreros de vida, cargaba a un niño que apenas estaba terminando
su tercer marzo de vida, vestido de camisón azul oscuro, botas rojas de
plástico y con un gorro de lana color rosado dormía en sus brazos, profundo
como un caballero de la noche.
Se acercó la enfermera y susurrando el nombre de cerca
confirmó que el niño era el paciente que buscaba. La madre, la joven madre,
explicó que estaba terminando una conversación telefónica y por eso no había
notado que le había llamado. Se puso de pie con ayuda de la enfermera y juntas
entraron por una puerta de vidrio para cruzar un largo pasillo rumbo a la sala
de pruebas médicas.
Eutimio soltó una carcajada, tan fuerte como la de aquel
día que logró engañar a los bellacos del programa de televisión.
Recordó que su amigo Avelino Lucumí había muerto hace ya cuatro
años, preciso por culpa de la pandemia del COVID-19. La carcajada asustó a su
esposa, María Camila al punto que ella con una palmada en las piernas le hizo la
señal de que guardara prudencia.
Eutimio con el desinterés de siempre, intentando
vocalizar en medio de la carcajada le explicaba a su amada esposa que ahora
Avelino había reencarnado en un niño de ojos verdes y cabellera rubia. En un niño
rosadito.
Eutimio recordaba a su amigo Avelino, sentado con su
cabello blanco y afro en el muelle de Tumaco, fumándose un tabaco de pésima
calidad y tomando una cañita de aguardiente a las dos de la tarde, lo recordaba
diciendo que jamás en la vida aceptaría irse al interior, a convivir con los
blancos y los ricachones.
Una reencarnación después, estaba allí en brazos de una
madre desesperada con un plan de medicina prepagada.
AV.



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