24 de marzo de 2026

En Tránsito: El viaje final.

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VIII.

Estaba sentado en una panadería al sur de la ciudad, tomaba un café colado en greca, oscuro, amargo, fuerte. Fumaba un cigarrillo apoyado en su motocicleta, con los brazos cruzados intentaba no dejar caer el recipiente del café, pensaba como lo hacen los hombres derrotados, pensaba mucho como si de allí emergiera la solución a la desgracia.

La radio informaba del complejo caos vehicular de la avenida panamericana, pedía refuerzos e incluso, asignaba a varios agentes en varios puntos aledaños para poder coordinar un tráfico que fluyera ante la desgracia de la avenida. En otras designaciones la central de radio informaba de pleitos en distintos centros urbanos, tanto al sur como al norte, todo como un caos propio de un día fuera de lo convencional.

Milton reflexionaba sobre lo vivido, desde el principio sabía que debía de continuar su trayecto hasta las oficinas en la sede sur y no detenerse a buscar coimas en la vía, si bien era necesaria su intervención para detener el conflicto entre los conductores del bus y el camión de carga, su intervención logró empeorar una queja que no era trascendente. Lo que no entendía inclusive, era el modo en que el adolescente llegara a la escena a morir casi que en sus brazos, que sus entrañas decidieran estallar ante su ingrata presencia, ver a aquel joven morir con una sonrisa, una mueca de dolor que se perpetraba en la memoria de lo inhumano.

Un agente llegó a su lado, caminando con el casco de la moto puesto dio un saludo a Milton con un golpe en el hombro, de contextura gruesa y piel morena se reía con vehemencia.

“¿está como complicada la cosa no Perlaza?” Entonaba en broma.

Milton intentaba ignorarle, pero bien entendía el peso de aquellas afiladas palabras. Todos o la gran mayoría en la secretaría de tránsito saben de las malas prácticas de pedir coima a los conductores de buses en la vía Panamericana, pero aquella mañana Milton entendía que la vida le estaba cobrando con una vida, sin entender por qué, los pensamientos le oprimían la poca decencia que quedaba en su uniforme.

En su teléfono móvil pudo leer un mensaje de la dirección pidiéndole presentarse a la mayor brevedad, quizás esperaban un reporte de la muerte del joven, por demás casual e indeseada, o tal vez era necesario ampliar información sobre la extraña situación de la ambulancia y sus paramédicos.

Pensaba, pensaba, pensaba mucho.

El colega con un vaso de café en las manos continuaba haciendo comentarios cargados de burla, muchas risas y preguntas de doble intención, Milton solamente callaba, era más fuerte el ruido de sus pensamientos que el hedor de un mal compañero de trabajo.

Una señorita con gorro y delantal color azul claro salió de la panadería y se acercó a los dos agentes, brindando una bandeja de pandebono y almojábana espetó una sonrisa formal, hizo una extraña reverencia y se retiró a recoger los desechos dejados en las mesas exteriores del recinto, el agente Palau, colega de Milton nuevamente dejó salir otro comentario inoportuno, en tal caso sobre la apariencia física de la mesera.

“Dejá a Mariana en paz ole, que la muchacha es toda amable con nosotros y vos todo vulgar”.

Apagó el cigarrillo con la zuela de la bota, se terminó el poco café que le quedaba y comenzó a morder el pandebono como si fuera su último bocado en vida. Guillermo Palau en silencio mordía el pandebono y pensaba que algo no andaba del todo bien con su compañero, al parecer una reunión de rutina no iba a ser tan superficial como se esperaría.

Siendo las doce con cuarenta minutos de aquel martes extraordinario, el joven Aníbal llegaba a la clínica para ser evaluado por el cuerpo médico, que en un determinante comunicado daba la causa de muerte como una perforación intestinal súbita, que al no ser atendida a tiempo y, ante el colapso en el tráfico, derivó en el fallecimiento del joven.

A la una de la tarde estaban presentes en la clínica los padres de Aníbal, el señor Rubén Eduardo Cuervo junto a su esposa, María Adelaida Torres. El llanto no era un detalle menor, ambos lamentaban la inexplicable pérdida de su hijo menor, todo era confusión en la sala de espera del centro de salud y más cuando la información médica no permitía entender el contexto de los hechos.

A la una de la tarde con treinta minutos, Marisol Berrido estaba sentada en una sala de entrevistas de la estación de policía de El Lido, explicaba en reiteradas ocasiones que la falla había sido una imprudencia de su parte y que reconocía el error, asumiendo por demás el costo económico que ello pudiese generar, pero sobre la pelea del taxista con el señor de los domicilios ella no tenía injerencia, acusando además tener miedo por las amenazas recibidas.

Una agente de policía tomaba nota de cada palabra.

Juliana Legarda había llegado a la estación de policía de Ciudad Jardín, allí intentaba dar una declaración creíble de lo que le había ocurrido, más allá de golpear un bache y perder el control de carro, para finalmente estrellarse en la casa aparentemente abandonada. Insistía en creer que la discusión con la anciana fue tan real como el daño causado.

Un policía de carreteras tomaba declaración a Ramiro Camelo quien explicaba que la imprudencia del conductor de la buseta había generado el accidente y la muerte de su personal de apoyo.

A las dos de la tarde un inmenso nubarrón se posó sobre la ciudad, la víspera de un fuerte vendaval anunciaba los tiempos presentes y las desgracias vividas. Don Rubén seguía con su esposa en espera de firmar los documentos del deceso de su hijo para dar paso a los trámites del sepelio, María Adelaida, la esposa, señaló con preocupación el gran nubarrón que se avistaba por la ventana de la sala de espera.

Juliana escuchó un fuerte trueno, quiso asomarse a la ventana, pero un agente de policía le detuvo. Marisol, por su parte caminaba de lado a lado en el salón de entrevistas, sintió un cambio leve en la temperatura, como un frío sepulcral.

Ramiro se subió a la ambulancia, por ser Senador de la República debía ser examinado para dar un parte de que estaba libre de todo mal. Mientras estaba sentado recibiendo instrucciones médicas, vio cómo del cielo oscuro aparecían grandes rayos que bajaban como flechas de un cazador.

Sintió miedo.

Héctor Hernán llegó a casa en el carro de un colega, su taxi había sido remolcado. Encontró a su esposa, doña Elvira llorando sin consuelo en las escaleras de entrada a casa, allí estaba su hijo Juan Felipe con el cuerpo de Betún. “HH” sentía que la vida no podía ser más cruel y miserable, en ese mismo instante un trueno secundaba sus palabras, como si la maldición de Marisol fuese tan certera como real.

Milton Perlaza iba en su motocicleta en dirección a la carrera primera, al otro extremo de la ciudad para rendir declaración ante su supervisor, durante el trayecto podía observar al cerro de las tres cruces con una inmensa nube negra detrás y de esta, varios rayos manifestando la llegada de un fuerte vendaval. Se detuvo un instante bajo un puente para comenzar a vestir su ropaje impermeable, mientras lo hacía sentía que algo lo abrazaba, una inmensa fuerza, alguna especie de energía que le empujaba sigilosamente, como el viento.

Se giró encontrando en frente suyo un extraño e inmenso universo oscuro, lleno de estrellas de colores y muchas voces gritando de dolor de manera simultánea. Un mareo comenzó a dominar su cuerpo al punto de caer a un suelo inexistente, no había nada en ninguna parte, todo era oscuridad.

A las tres de la tarde de un martes de marzo, el director seccional de tránsito municipal publicaba un acta de desacato por la no presencia de Milton Perlaza para rendir indagatoria por los extraños hechos ocurridos en horas de la mañana en la autopista Panamericana.

La denuncia de acoso y abuso de autoridad presentada por el señor Polanco, de oficio taxista y, la denuncia de fraude de parte de un conductor de camión de carga, servían como evidencia testimonial para iniciar un proceso disciplinario y penal, sin embargo, el ausentismo ante la citación daba a entender que el agente era consciente de su culpabilidad.

Desde el despacho municipal se emitió una orden de captura con efecto inmediato.

En alguna parte, donde nadie podía entender o llegar, el agente Milton Perlaza intentaba encontrar la salida, la oscuridad por su parte seguía consumiéndolo hasta que dos inmensos ojos de color naranja aparecieron en la penumbra, una señal de que había cesado la espera.

En algún lugar oscuro, fuera de este mundo. 

AV.

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