31 de marzo de 2026

Juan Alfonso Mosquera Moreno (El Mensaje).

 



Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/ 


Nació en Cali, en la embolatada paz de aquellos años ochenta, fue educado en colegios privados y como tal, sus amistades fueron ciudadanos privados por igual de lo público. Su construcción social se dio a partir de las bases ideológicas que su padre Don Juan Guillermo Mosquera le insistía en casa, de la lucha implacable en contra del comunismo. Su madre, María Eugenia Moreno Haddad, creció en un hogar de lujos y favores, de allí el rápido enamoramiento por Don Juan Guillermo, hombre que entendió que hacer favores era un arte y una ventaja social.

Le pusieron Juan, para que en los oficios apareciera como Juan Mosquera, igual que su padre. Su madre insistió en Alfonso, en homenaje al padre de ella, Don Alfonso Moreno, otro líder cívico y patriota de banderas azules.

Juan Alfonso se enamoró del cine, a primera vista conoció los poderes de un hombre que podía volar usando una capa de tela color rojo, con el paso de los años, enamorado de las caricaturas, aprendió a distinguir entre la fantasía y la ciencia ficción, pero nunca, la realidad del país.

Encerrado en una burbuja de apellidos insistentes, hambrientos de poder, creció bajo la sombra de un colegio privado que siempre dejó el mensaje de que en la capital se tomaban las decisiones importantes y en los pueblos se vivía la resistencia de los ignorantes. Al finalizar no logró la beca de excelencia por la que tanto menguaron sus padres, pero sus buenas notas permitieron alcanzar un cupo en la universidad pública, cupo que Don Juan Guillermo Mosquera se negaba a aceptar, le era preferible pagar una costosa matrícula en la Universidad Católica, a ver a su hijo compartir espacios con comunistas y bandidos.

Así se formó como abogado, aprendiendo de leyes y de historia, pero no de realidades sociales, de eso jamás tuvo acercamiento alguno más allá de preguntarse por qué era tan difícil lograr la paz prometida.

Conoció a José Isidro y de allí forjaron una amistad interesante, un hombre egoísta y pesimista recibía en su espacio personal a un entusiasta Juan Alfonso, eterno niño que seguía los postulados de la ciencia ficción para no dejarse atrapar por la cruel realidad.

Allí aprendieron de la vendimia, José Isidro conocía un PUB inglés en el barrio alto, los domingos se sentaban desde las cuatro de la tarde a tomar coctelería de lujo y escuchar los éxitos de Depeche Mode.

Juan Alfonso le enseñó de cine, en varias oportunidades fueron a las salas teatro, primero a sorprenderse con la novedosa película de El Señor de los Anillos, luego, al relanzamiento de Star Wars.

Dos amigos unidos por el aburrimiento, encerrados en el itinerante saber de las leyes y convocados por el fondo de la botella, como túnel de escape.

Años de amistad se forjaron en un recorrido por bares y cafés de la ciudad, hasta que a mediados de la década del diez dieron con La Casa Azul, un bar de vinos cerca de la residencia de José Isidro.

La noche aquel martes estaba sospechosamente destinada para que todo desapareciera en el conocido mundo de Alfonso, como le terminaron llamando sus amigos, por aquello de que el Juan era un nombre en exceso genérico.

Al terminar de almorzar se escribió con Don Emanuel, la idea era poder abrir un espacio de debate sobre la influencia de la guerra de las galaxias y los modelos de resistencia ciudadana de américa latina, por supuesto que Don Emanuel evitaba esas elaboradas reflexiones y prefería ideas como las de Fabio Barona de poder debatir sobre la guerra de Irán y el impacto económico.

Preciso a las dos con treinta minutos de la tarde un recado de su jefe le impidió salir de la oficina como acostumbraba, debía dar respuesta a varios oficios lo que le hizo demorar en su llegada. Mientras escribía uno a uno los documentos de respuesta, se preguntaba a sus adentros si la orden Jedi tenía en sus filas a algún equipo de administrativos que atendiera ese tipo de querellas, o si eso era propio de la princesa Padmé.

Como pudo organizó algunas ideas en su Tablet, no quería perder el hilo de su fantasía con los crímenes revolucionarios de la américa latina oculta.

Salió de la oficina, en el tradicional centro de la ciudad, pidió un servicio de Uber, pues no quería conducir en un martes de debate, sabía que estarían los amigos de siempre y en ese encuentro, los licores de siempre.

Alrededor de las cinco de la tarde llegó a La Casa Azul, se sentó en la barra y organizando sus ideas se fumaba un vapeador de sandía dulce, del otro lado en una mesa adyacente, estaba Don Emanuel acompañado de una señorita, muy bella y muy joven.

Escribió un par de mensajes al grupo de chat, al que llamaban los caballeros azules, informó que ya había llegado y que prepararía la exposición de su tema. Fabio respondió que se demoraba, Ignacio envió un Sticker de un mico con gafas oscuras en señal de OK, Marino respondió que se demoraba y José Isidro no leyó el mensaje.

Comenzaba a aburrirse, escribió a su amigo José Isidro y este no le respondía el chat, se desanimó con la sospecha de que le iba a quedar mal con el plan de martes, se acercó a Don Emanuel y saludando a la señorita, le insistió en la importancia del debate programado, este con el afán de ignorar lo absurdo y dar prioridad a los placeres de la carne, le convidó una copa de Whisky, haciendo la seña de que se lo daba por hoy, en promoción. Se levantó de la mesa unos minutos más tarde y salió con la desconocida señorita.

Para Juan Alfonso, fue la última vez que pudo hablar y ver con vida a su amigo Emanuel Frontera, como le decía de cariño.

Llegaron los demás invitados y con la ausencia de Emanuel y José, dieron paso a su noche de debate, un grupo de abogados, ya maduros en edad, conversando temas que poco o nada aportaban a la vida, más allá, del placer mismo de beber un buen whisky o un noble vaso de Brandy.

Alfonso, aburrido por no poder exponer su preparada intervención escribió a José Isidro para saber de su paradero, siempre con el mensaje sin leer de su parte. Alrededor de las once de la noche le envió un mensaje a Emanuel, para saber si volvería pronto, mensaje que tampoco fue leído.

Siguió tomando otro vaso alto de aquel whisky que estaba en descuento y pensó a sus adentros si tantos años de amistad estaban pendiendo de un hilo delgado llamado amor o placer. Desconocía del paradero de su compañero de estudios, desde el día sábado que no se veían personalmente y quizás ante tal espacio de tiempo, pensó más a sus adentros, si necesitaba de su ayuda.

Un pensamiento ligero, reiteró en un suspiro: José Isidro no necesita de nadie.

Con el paso del tiempo el aburrimiento hizo que el licor floreciera en Alfonso como un adolescente malcriado, salió a fumarse su vapeador de sandía y viendo los carros pasar por la avenida del río, dejó que la vergüenza se convirtiera en furia. Se regresó a la barra del restaurante, tomó su teléfono y pidió un servicio de Uber.

Al salir escribió un mensaje a Don Emanuel agradeciéndole por toda la atención. 

Al llegar a casa se tiró a dormir en el sofá no sin antes programar la alarma para el siguiente día laboral.

Temprano en la mañana revisó su teléfono y le llamó la atención el no recibir respuesta, ni siquiera la notificación de haber sido leído el mensaje, de parte de su amigo José Isidro Segundo, pensó en llamarle, pero se ocupó preparando el café que dejó de lado la idea en sí.

A las diez de la mañana comenzó la reunión de preparación de respuesta al pliego de peticiones que la asociación de trabajadores entregó a la empresa, un documento que debía ser cuidadosamente estudiado, Juan Alfonso estaba en compañía de su jefe, el director Jurídico de la corporación, y allí mismo dos abogados más y un judicante de la universidad franciscana.

Una llamada telefónica interrumpió su reunión, con cara de vergüenza pidió a su jefe permiso para atender, se trataba de un agente de policía que le notificaba del fallecimiento en condiciones extrañas y violentas, del señor Emanuel Contreras Hitschfeld.

Alfonso se sentó en la primera silla que vio, agradeció al oficial la información y confirmó su disponibilidad para acompañar la investigación.

Tomó el teléfono y escribió un mensaje a José Isidro Segundo, pero este tampoco llegaba, como si el teléfono no estuviera en servicio.

Una lágrima ligera dejó en evidencia su dolor, quizás no por el afecto mismo de que un amigo de alta estima había sido encontrado muerto, ni por el sentimiento mismo de abandono que la muerte trae en sus brazos, sentía el dolor mismo de saber que al parecer, era el siguiente.

Regresó a la oficina y se cruzó con la mirada autoritaria de su jefe, el Doctor Domínguez, le hizo un ademán de excusa y le escribió un mensaje al chat del teléfono: “Lo siento, me acaban de informar que un amigo falleció”.

El Doctor Domínguez, reputado asesor jurídico de las grandes corporaciones de la región levantó una ceja luego de leer el mensaje, alzó la mirada en dirección a Juan Alfonso y con una seña de autorización, le dejó salir.

Juan Alfonso Mosquera Moreno se acomodó la corbata, de color naranja por demás, salió de la sala de reuniones con prudente caminado, llegó a su oficina y tomó el maletín, allí guardó el computador portátil y la Tablet, se limpió con la manga de la camisa una lágrima que se escapaba.

Buscó las llaves de su carro para ir a casa, mientras recibía un mensaje en su teléfono de un número desconocido:

¿Qué haría Anakin Skywalker en estos momentos?

 

AV.

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