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16 de mayo de 2026

El interrogatorio (Sara Carolina).

 


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En la oscuridad de un mundo poco conocido Ignacio caminaba desorientado, esperaba encontrar con premura alguna puerta o espacio sideral que le diera la salida a su acostumbrada normalidad. Las voces que siempre le acompañaban en su cabeza ahora caminaban de su lado, una fila de seres abstractos y rechazados.

Debe ser muy triste querer hablar y recibir la negativa de manera permanente, hasta el más inconcebible de los espectros quiere recibir una respuesta.

Sara Carolina despertó temprano, las frecuentes pesadillas le hicieron sentir que nunca durmió realmente sino, que estuvo en un viaje complejo en un mundo oscuro y lleno de estrellas. Recordó que vio a Ignacio deambular como ente sin vida y sin conciencia, a su lado, recordaba, vio seres sin forma que saltaban como una especie de niños que jugaban a su alrededor.

Recordó por demás, que volaba como una cometa sujetada por una delgada cuerda, que su cuerpo era ligero y podía ver todo el llano oscuro de la nada, podía entender que así como Ignacio, muchos sujetos sin identidad deambulaban buscando donde detenerse. Arriba en alguna especie de colina un conjunto de luces daba forma a un ser con forma humanoide, por momentos con forma de molusco, por momentos con forma de una estrella más grande, siempre variando con la danza de cada luz que le rodeaba.

Despertó cerca de las siete de la mañana, al abrir los ojos tomó el teléfono móvil con el afán de quien quiere una segunda oportunidad, escribió un mensaje a Julio Washington.

Alfonso estaba con la señora Abril en la sala de velación, ya se estaba instalando la decoración para la jornada de velación de su amigo Jose Isidro, mientras observaba todo con una lágrima sostenida en sus ojos, pensaba en Emanuel, la curiosa ingratitud de la soledad.

“Nadie le ha preparado un velorio o si quiera llamado a la familia”, pensó en voz alta. Tomó el teléfono móvil y enviando un mensaje a Fabio le respondió la breve reprenda: Si tanto te importa los amigos, ve y busca un cierre decente para despedir a Emanuel. Deja que el irresponsable de Ignacio siga en sus vicios.

Doña Abril se acercó en un momento y le preguntó si estaba bien, le era notable ver en las expresiones de su rostro el malestar que padecía. Él le dijo que no ocurría nada mientras intentaba disimular todo lo que sentía y pensaba.

Julio Washington Pupiales acordó con Sara Carolina encontrarse a media mañana en la Casa Azul, si bien ella pretendía ocultar sus extrañas pesadillas, le escribió para citarse con el fin de acordar el futuro del restaurante, Julio en cambio, buscaba explicaciones a lo ocurrido con Ignacio, o el fantasma de este, más bien.

A las nueve de la mañana Sara Carolina estaba sentada en el parque de El Peñón, se tomaba un jugo de naranja y esperaba, había llegado temprano, pero le apremiaba ver a Julio, quería desahogar sus pesadillas, la sensación misma de que Ignacio estaba en el limbo, en alguna especie de frontera entre lo creíble y lo impredecible. Julio llegó a las diez de la mañana de aquel jueves, se bajó de su bicicleta y abrió el portón grande del restaurante, al momento apareció Sara Carolina con una sonrisa fija, como si tuviese una máscara.

Le saludó de beso y se sentó sobre la barra, tomó a Julio de las manos y mirándole fijamente dejó salir una a una las palabras precisas para describir lo que había soñado, el terror que sentía de pensar que de verdad había estado en aquel oscuro lugar, del horror que le producía la sola idea de creer que existiera algo así y estuviese Ignacio atrapado, de intentar entender que ese sueño era real o si por el contrario simplemente se podría asumir como la consecuencia de lo que vieron en la tarde anterior, con el fantasma de Ignacio.

La predisposición quedaba descartada, Julio Washington insistía casi que sacudiendo a Sara de los hombros, que lo que vieron el día anterior era real, que él sintió el peso del cuerpo de Ignacio cuando lo levantó, que le parecía imposible que se desvaneciera sin pena alguna frente a sus ojos, algo se burlaba de ellos.

Sara guardaba silencio, unas ligeras ojeras dejaban en evidencia que un mal sueño estaba cobrando las horas de descanso faltantes. Se quedaron juntos conversando un largo rato, en algunos momentos daban ideas sobre el futuro del restaurante, incluso Julio se comprometió a enviar un correo electrónico a la familia para que viniese pero Sara insistía en que Emanuel hace veinte años había dejad atrás cualquier rastro de allegados en Argentina o Chile.

Un policía llegó a saludar a la Casa Azul, junto a estos el detective principal del caso, el agente Benín. Le invitaron a seguir, le brindaron un vaso de agua fría y atendieron con preocupación el motivo de su visita.

Fabio Andrés llegó con Marino a la sala de velación, en el barrio San Fernando. Acompañaron durante la jornada a la señora Abril de Caicedo, Alfonso con una postura de rencor miraba de modo distante a Marino, ahora era él quien desconfiaba de las intenciones del señor Rúales, de igual forma miraba a Fabio a quien no le perdonaba su insistencia por Ignacio.

Ignacio.

Raúl Ignacio.

A las once de la mañana el teléfono de Fabio Andrés Barona recibió la llamada de Patricia Hau, la madre de Raúl Ignacio. Marino observaba en silencio el modo en que su compañero atendía la llamada, las expresiones en su rostro convocaban a la tristeza.

El agente Benín explicó a Julio y Sara Carolina que se les acusaba de extorsión, pues los mensajes que se le enviaron al señor Juan Alfonso Mosquera provenían de ese teléfono, el teléfono del restaurante que era siendo utilizado por Sara. En su defensa, ella explicó que eran pistas anónimas solamente, jamás era la intención extorsionar o hacer daño, incluso, intentaba era dar señales de que la mujer de nombre Michelle era sospechosa del caso de don Emanuel.

Sobre ese particular, el agente Benín insistió en que era muy débil la historia para ser tomada en cuenta, si bien los videos de las cámaras de seguridad del restaurante, en caso de que existiesen, podían servir para argumentar que esa joven estuvo con el señor Contreras, no garantizaban que al salir tuviese responsabilidad en el acto criminal.

“¿Y las cámaras del tránsito?” Insistió Sara con su defensa.

El agente Benín volteó a mirar a uno de los policías que le acompañaba, le hizo la señal de que tomara a Sara y la llevara a la estación. Julio se ofreció a acompañarlos de modo voluntario.

Fabio Andrés colgó la llamada y se descompuso de inmediato, Marino de un salto lo alcanzó a sostener, lo apoyó contra la pared y preguntando qué había ocurrido lo entendió todo cuando encontró sus lágrimas rodar.

Juan Alfonso se acercó también, sin decir nada comprendió que algo más grande que la vida misma les estaba ocurriendo: ¿Tres amigos fallecidos en la misma semana? Susurró con tristeza.

Durante el trayecto a la estación de policía, Sara Carolina iba acompañada de un policía en el asiento, adelante, el agente Benín iba de copiloto, un policía de conductor y detrás de ellos, Julio les seguía en su bicicleta. En el semáforo de la avenida primera norte con calle 21 un Mazda 3 de color rojo cruzaba con una joven mujer al volante, Sara que le alcanzó a ver abrió los ojos con total sorpresa, intentó informar a los policías de la novedad, pero ninguno le prestó atención.

Al llegar al comando central, el agente Benín inició el interrogatorio reiterando las preguntas de la anterior vez, más las actuales por la situación de extorsión que se le acusaba. Julio estaba afuera esperando durante mucho tiempo, sentado viendo el televisor de la sala de espera se quedó distraído con un programa de variedades.

Un mensaje llegó al chat de Julio Washington, era Fabio Andrés.

Siendo la una de la tarde con veintidós minutos, del un jueves cualquiera de marzo, Julio Washington Pupiales Varela era notificado del fallecimiento de Raúl Ignacio Méndez Hau. Con una expresión de asombro, quiso correr a informar a Sara y al agente Benín, pero al querer hacerlo descubrió que en la sala de interrogatorio no había nadie.

Sara Carolina ya no estaba allí.

AV.

7 de mayo de 2026

Sara Carolina Certuche Londoño (El Mensaje).



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Sara nació en el año 2001, para los días recientes del desastre de las torres gemelas, creció en la ciudad de Cali y para 2026 ya se había graduado de Arte Dramático en el Instituto Departamental de las Bellas Artes.  De mirada taciturna y cabello tinturado color rosa con vistos verdes, aprendió a hablar inglés viendo series de televisión americanas y su gusto musical le llevó a aprender a tocar la guitarra a temprana edad.

Influenciada por el talento de Helena Bonham se convirtió en fanática del cine de culto, allí encontró el amor por la actuación y el vino tinto.

En diciembre del año 2024 llegó a la Casa Azul respondiendo una convocatoria de empleo que había visto en Instagram.

El lunes pasado, un día casual de marzo, prestó sus servicios en la barra del restaurante, entre semana asumía labores de bartender y los días jueves a sábado ayudaba atendiendo en mesas.

Desde la barra podía observar a Don Emanuel y Jose Isidro, conversar con la joven Michelle, una dama que frecuentaba muy de vez en cuando el lugar y que por su belleza, traía a ambos caballeros distraídos de la vida.

De alguna manera sentía celos, a pesar de sus jóvenes septiembres de vida, se consideraba una mujer inteligente y abierta al mundo, condición suficiente para atraer la atención de un hombre mayor y culto, como Jose Isidro Segundo. Siempre lo vio como un ser interesante, tímido y en ocasiones, vulgar. Varias semanas le atendía en la barra del bar sirviéndole whisky o vodka, algunas tardes llegaba en compañía de Juan Alfonso, otro señor inmaduro que daba alegría a sus tardes en la barra, porque si algo podía disfrutar de esos dos abogados era su amor por la justicia y las anécdotas de lo impensable.

Jose Isidro reiteraba su discurso en temas de historia, Juan Alfonso era más dado a hablar de cine y ciencia ficción, punto de encuentro con Sara Carolina quien disfrutaba del cine de terror y misterio, no en vano su apariencia alternativa, sus tatuajes y su variopinto cabello.

Se presentaba como una mujer fuerte, para que los hombres le respetaran y no iniciaran el tedioso proceso de quererla pretender, acosar o insultar. Alguna vez, Emanuel bajo los efectos de un buen Malbec blanco, quiso seducirla con el amparo de la soledad, pero tanta sabiduría trae la vida en las coincidencias que al momento de dejar salir la insolente propuesta una llamada telefónica le interrumpió haciéndole olvidar lo que de seguro, era una pésima idea, para Sara no era extraño ni sorpresivo tal caso, bien entendía el gusto casi obsesivo de su empleador por las mujeres jóvenes, muy jóvenes.

Dentro de aquel carácter fuerte existía una señorita curiosa y amante del misterio, aprendió un segundo idioma como evidencia de su curiosidad y estudió artes como pretexto de su identidad, a la final la vida aún no le mostraba el camino determinado, incluso a sus 24 años de vida. Ese lunes notaba a la itinerante Michelle diferente, tanta cercanía con Jose Isidro no solo le despertaba algo de celos e inseguridad, le gestaba la duda misma de que algo malo estaba por ocurrir.

Ya cuando la noche empezaba su curso, Don Emanuel, su jefe, se levantó de la mesa para esculcar en la cava y sacar una botella de Carmenere porque según él, era una obligación tomar vino chileno. Michelle seguía risueña y de forma coqueta atendiendo la ansiedad de ambos señores, Sara, desde la barra tomaba nota de cada pedido y también, de todo lo que observaba o escuchaba, era una especie de espía que vigilaba a los más cotidianos soldados del amor.

Al momento de abierta la botella de vino, Michelle se ofreció a servir la siguiente ronda de aquel vino chileno, mientras lo hacía cerraba los ojos y susurraba palabras extrañas, tan extrañas que Sara despertaba curiosidad por la escena, incluso se visualizó actuando un monólogo igual.

Sin entender qué había ocurrido, dejó escapar la oportunidad de despedirse de Emanuel y Jose Isidro, quienes salieron ya cerca de las once de la noche, Sara se encontraba lo suficientemente atareada como para despedirse de manera formal.

Al día siguiente, martes de debate, le sorprendió ver nuevamente a Emanuel con la joven Michelle, desde temprano compartían en una mesa, queriendo mantener a bajo volumen las palabras que prometían futuros insospechados. Intentó ignorarles y haciendo labores de aseo y mantenimiento, organizaba la amplia barra de la casa azul.

Con el transcurso de la tarde vio llegar a Juan Alfonso, luego a Marino y Fabio, con ellos Ignacio, el distraído de siempre, y así sucesivamente aparecieron los comensales tradicionales de aquel punto de encuentro y tertulia.

Emanuel se retiró y Sara en silencio, compartía la preocupación de Juan Alfonso: ¿Dónde está Jose Isidro?

El último en salir fue Ignacio, Marino y Fabio tomaron cada quien su curso justo después de que Juan Alfonso hiciera pataleta por no poder hablar del tema preparado, de su lado Ignacio estaba tan feliz con la promoción de whisky que hasta la tertulia de política internacional le era indiferente.

Sara observaba todo desde la barra, tomaba nota y se imaginaba personajes, porque eso hacen los artistas. Soñaba con escribir una obra de teatro y dejar allí en las tablas las miles de historias que en un bar se pueden sortear, miles, como las intenciones de los desdichados.

Recordó en aquel entonces a Michelle y su coqueta disposición de salir con Emanuel, algo que no había sucedido antes a pesar de tanto tiempo de amistad.

Algo extraño ocurría, algo fuera del orden natural de lo absurdo se cocinaba en la mente de una joven entusiasta, Sara Carolina ideaba los peores escenarios, y en uno de ellos se encontró con Juan Alfonso que algo molesto y ebrio, fumaba su vapeador de sandía con apuro, estaba de pie en la entrada del restaurante con la mirada buscando estrellas en el universo, se le notaba incómodo.

Entró y se sentó en la barra del restaurante, tomó su teléfono y pidió un servicio de Uber, Sara lo miraba detenidamente, sabía que algo le preocupaba, en silencio se le acercó y con una mirada amistosa pretendió entablar una conversación, pero estaba tan ensimismado en sus afanes y vergüenzas, que se retiró sin despedirse.

Sara le miraba salir.

A la mañana siguiente, un miércoles cualquiera de esos que el sol sale temprano para espantar a la lluvia, Sara Carolina comenzó a preparar sus ideas sentada en la sala de su apartamento, un pequeño y confortable recinto en San Cayetano. Escribía sus historias y se imaginaba universos cotidianos, tan cotidianos como la ficción misma de lo innombrable.

A las diez de la mañana una llamada le interrumpió la concentración, era un oficial de policía que en tono fuerte y descabellado, le preguntaba por la noche anterior, por su jefe Emanuel Contreras y por la rutina de todo lo acontecido.

Sara estaba algo confundida, pero supo dar respuesta a cada duda del oficial, al finalizar la conversación le señaló la mala noticia del fallecimiento de Emanuel en condiciones extrañas, violentas, inexplicables.

Sara guardaba silencio.

No sentía deseo de llorar pero estaba segura de que algo tenía que ver con Michelle, a quien por supuesto no le mencionó al policía. Sería su misión propia esa deuda.

Tomó el teléfono móvil y envió un mensaje a Juan Alfonso, necesitaba un colega, pero antes, debía ponerle a prueba.

Recordó que había guardado su contacto a petición de Don Emanuel, por aquello de tener respaldo de sus clientes.

A las diez de la mañana envió un mensaje al chat de Juan Alfonso Mosquera:

“¿Qué haría Anakin Skywalker en estos momentos?”


AV.

6 de mayo de 2026

El día después. (Raúl Ignacio Méndez Hau).

 



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Michelle despertó renovada, se sentía tranquila y llena de vida, su cuerpo cada vez más vital, sus ojos negros brillaban con la satisfacción de un placer adquirido, hace tiempo no se sentía completa, quizás la última vez que esa sensación la abordaba fue en su juventud en Medellín, durante sus estudios cuando un par de ebrios transeúntes querían ultrajarle, con el triste final de ser devorados por esas sombras que su interior cargaba.

Esa mañana de miércoles llegó al hotel para iniciar sus labores administrativas, muy temprano a las siete de la mañana de un día cualquiera de marzo, estaba vestida con un elegante traje azul oscuro bordado con las credenciales de la cadena hotelera. Su cabello recogido y una sonrisa enmarcada en un lápiz labial que le resaltaba aquella belleza que las mujeres de su tierra suelen emanar.

En dos oportunidades mientras pasaba revista en uno de los auditorios del hotel que estaba ocupado por una convención de empresas de tecnología, sintió la presencia de Jose Isidro, como si su ser etéreo estuviese husmeando en su entorno, pensó por un instante que era solo la culpa de haber sacrificado a un cristiano en melancolía, pero aquel sentimiento de culpa se descartaba de inmediato al verle reflejado en los cristales de cada ventana o puerta que cruzaba.

Encontraba al taciturno abogado caminando desorientado, intentaba llamarle, sus expresiones ahora inhumanas trascendían de la bóveda oscura de lo inexistente, para acosarle en breves segundos de su jornada laboral.

Quería suponer que eran pensamientos de remordimiento, pero el silencio de cada situación era agobiante, en efecto, él caminaba cerca, sin entender el cómo o el por qué llegaba a hacerse a la idea de que los dioses del mundo oscuro lo estaban regresando a su natural universo de seres humanos y angelicales. Se encerró en uno de los baños y sentada sobre el inodoro se quedó con los ojos cerrados buscando una puerta, una ventana, algún agujero que le permitiera ver lo que los mortales corrientes no entienden ni nunca podrán avistar.

Una luz.

Una luz azul, en ocasiones roja, con vistos amarillos, algo de música, música urbana.

Ritmos latinoamericanos interrumpían lo que debía de ser un silencio sepulcral, de esos nítidos espacios del más allá donde ningún santo quiere caminar.

Aquel ruido popular dejó fuera de lugar a Michelle Cristina, nunca en su mediana experiencia había visto algo posible.

¿Música para los muertos?

La puerta de entrada a la zona de baños sonó con fuerza, alguien había entrado, de seguro con el afán de un intestino impaciente. Michelle salió del trance y se compuso nuevamente, bajó el agua del inodoro para emular que estaba haciendo del cuerpo y salió acomodándose el saco del uniforme, un blazer tan elegante como sus métodos de conquista.

Al salir se cruzó con una mujer de mediana edad, preciso estaba con el afán de poder descargar aquello que le aquejaba en su interior. Le ignoró y comenzó a lavarse las manos, por un segundo, de esas nimiedades que nosotros los humanos no podemos percibir, Jose Isidro Segundo Caicedo apareció en el reflejo, estaba casi invisible, pero Michelle Cristina bien sabía que era él.

Lo vio confundido, caminando como un viajero que busca la salida, algo imperdonable para ella. Para ese instante lo consideró una anécdota de quien apenas inicia la travesía al bajo astral, pero su indiferente mirada se quedó perpleja al notar que preciso, Jose Isidro estaba conversando con alguien, como si fuese un saludo.

Era Raúl Ignacio Méndez Hau.

Michelle salió del baño con pasos fuertes, el tacón de su calzado lograba hacer algo de ruido sobre el tradicional alfombrado del hotel, caminó queriendo encontrar un lugar dónde emerger su no santa costumbre de intimidad, dominar a aquellos que osaban desafiarla. Preciso afán de la vida, el agente responsable de relaciones públicas de una de las empresas a cargo del evento se acercó para interponer algunas quejas con el servicio del hotel.

De aquel prestigioso hotel que estaba a su cargo.

Atendió las demandas del cliente, un cliente que pagaba la factura con recursos del Ministerio de Ciencia y Tecnología del gobierno nacional, razón por la cual era prioritario solucionar en vez de postergar. Aquella solicitud logró robarle casi la mañana entera, primero por temas de conectividad porque el operador del servicio había fallado, segundo con la atención en el servicio de catering, pues la comida que se brindó era diferente a la contratada afectando la calidad del servicio y el cumplimiento del contrato.

Sin ser exagerados, el apoyo con el montaje del escenario, tanto sonido como luces estaba fallando, y para sumar a la desgracia, el aire acondicionado del auditorio estaba sin cumplir las expectativas de los más de doscientos asistentes.

Aquella mañana de un miércoles de marzo, Michelle tuvo que acudir a todas sus sabias maromas para responder a las exigencias del cliente, como era su labor. Sus auxiliares dieron todo el apoyo, el equipo completo del hotel estaba a su disposición con tal de que todo se solucionara y en esa compleja situación, el tiempo avanzó como el vuelo de un colibrí.

A las once de la mañana todo estaba nuevamente en orden, con el reto además de comenzar a preparar todo lo necesario para el almuerzo el cual, era contratado con un proveedor externo del hotel, otro reto que no se podía dar el lujo de que fallara.

En aquellos instantes de preocupación pudo encontrarse con Jose Isidro otra vez, él no la veía, de seguro ignoraba que su triste existencia era vista desde el mundo de los humanos a través del reflejo de los cristales, pero Michelle bien podía enterarse de que allá, donde el tiempo y el espacio no tienen orden ni secuencia, Ignacio deambulaba como un mensajero de esperanza.

Al terminar los afanes de sus clientes, se encerró nuevamente en el baño, en tal oportunidad, en el lugar destinado para los administrativos del hotel. Allí se sentó sobre el inodoro y con los ojos cerrados invocó a aquellos seres de los que no podemos hablar. Siguiendo las enseñanzas de su abuela Aurora, logró abrir el portal que divide lo creíble de lo inmarcesible, se lanzó como un pelicano cazando a su presa, rompiendo todo límite de lo humano y lo etéreo hasta caer en esa zona oscura.

Su llegada despertó a los fuegos fatuos, varios orbes que deambulaban como la costumbre del universo sustenta, encendieron sus luces en acto de defensa, como un pez globo en medio del temor a ser cazado.

Michelle, en forma de espectro navegaba intentando alcanzar a Ignacio.

Esquivó varias luces hasta poder ubicarse donde los dos caballeros deambulaban. Ignacio intentaba acercarse para entender quién estaba en ese lugar, con la fe misma de que era su amigo Jose Isidro Segundo.

En ese momento Michelle soltó un grito de histeria, quería evitar cualquier contacto, su voz emergía con una distorsión electrónica que no era legible para cualquier ser humano, pero se escuchaba como un ruido que llamaba la atención de Ignacio.

Alrededor de las luces de colores que flotaban por todo el recinto, Ignacio podía ver con pequeños detalles, miradas de seres desconocidos, y en esos seres desconocidos, identificó a uno de ellos: Michelle Cristina Rueda Palacios.

Ambos, tanto Michelle como Ignacio se asustaron, quizás era la vez primera que dos seres vivos se cruzaban en un entorno dónde los vivos jampas deberían de indagar.

Ignacio despertó por un momento y se cruzó con la mirada de Everardo quien de modo insistente le pedía que se retirara, que ya estaba tarde.

Jose Isidro Segundo con el anhelo de entender qué ocurría quería acercarse a su amigo Ignacio, pero preciso, la presencia de Michelle logró alejarle de la única posibilidad de interactuar con un ser humano decente.

En el fondo Michelle sintió que todo estaba solucionado.

Volvió en sí y saliendo del baño se encontró con uno de sus auxiliares que le estaba buscando, recibió la instrucción de que el almuerzo estaba demorado.

Con la ira de quien quiere controlarlo todo salió apurada a llamar al proveedor, durante esa llamada Ignacio nuevamente volvió a entrar al mundo de lo inmarcesible.

En aquella ocasión no pudo acercarse más a Jose Isidro, pero para sorpresa suya, se encontró con Emanuel, su viejo amigo.

Logró acercarse y con lágrimas en los ojos, dejó que su llanto fuera la manera de comunicar todo aquello que le afligía, desde los demonios que le susurraban en su cabeza, hasta las pesadillas que le obligaban a viajar a mundo incomprendidos. Emanuel, de manera etérea le abrazó explicándole que todo era suficiente, que ahora estaba por emprender un camino de redención que no sabría cómo iba a culminar.

Michelle, mientras sostenía la conversación con el proveedor sintió una punzada en su pecho, de modo alguno supo que era la abuela Aurora quien le buscaba.

Colgó el teléfono y con los ojos cerrados dejó que ella se hiciera con su cuerpo, en un trance que ningún humano presente pudiera entender, permitió que tomara una libreta de apuntes y un lapicero con el membrete de la cadena hotelera, sobre una hoja amarilla escribió la dirección de una casa en el barrio Las Vegas, al sur de la ciudad.

A las doce con diez minutos llegó el almuerzo que según la agenda logística, debía de aparecer a las once de la mañana. Michelle, descompuesta por la situación, delegó en sus auxiliares la tarea de que todo se hiciera según el contrato, no era fácil servir comida para casi 250 comensales en menos de diez minutos.

Con un par de excusas incoherentes se hizo a un lado y salió del hotel, dejó el saco de su uniforme en su puesto de trabajo y tomó rumbo en el carro a la dirección que estaba en la hoja amarilla, con una letra poco legible, pero perceptible.

Siendo casi la una de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, en el barrio Las Vegas, el timbre de una casa de tolerancia sonó como era costumbre, Angela León, de ojos castaños y cabello tinturado de rubio, abrió la puerta, detrás de ella apareció Everardo con cara de pocos amigos, estaba cansado y cumpliendo horario extra a su habitual turno de vigilancia.

Informó que estaba atenta a recoger a un amigo suyo, a Ignacio, ambos con la amabilidad de un verdugo le hicieron seguir para verificar que era la persona que buscaba. Minutos más tarde, entre Angela Vaca y Angela León lograron ayudar a que Everardo trasladara el cuerpo pesado de Ignacio hasta el carro, un elegante Mazda 3.

Entregaron a Michelle el teléfono móvil de Ignacio, un paquete de cigarrillos, una botella de whisky a medio terminar y la cuenta de todo el servicio que adeudaba.

Michelle sin oponerse a la situación dejó salir una sonrisa de esas que usa para cazar a sus presas, pagó la cuenta y se despidió de los preocupados trabajadores.

A la final, le parecía que estaba pagando un buen precio por todo.

AV.


21 de abril de 2026

Angela Cordero y Everardo Rengifo.

 

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Raúl Ignacio Méndez Hau, abogado de profesión y amigo de todas las bailarinas del lugar, se encontraba profundamente dormido sobre la mesa. Había pasado toda la noche tomando whisky con el desespero de quien quiere callar al mundo, tantas voces rondando en su mente le acaparaban el temor mismo de ser parte de un mundo lleno de demonios y seres traviesos.

Cuando llegó Angela Cordero quiso sentarse a conversar y disfrutar de su profunda y loable parla, pero Ignacio no quería hablar, tenía la mirada fija en el vaso vacío. 

Una hora más tarde apareció Angela Madera, pasó a ofrecerle un cigarrillo y algo de comida, Ignacio insistía en ignorarla, tenía sus ojos rojos clavados observando el vacío. Horas más tarde, cerca del amanecer, Ángela Pomelo llegó para iniciar su turno, quiso saludar a Ignacio, reconocido entre todas las Angelas del lugar por su amabilidad y ternura, lo encontró balbuceando palabras sin sentido, vio que estaba con la camisa manchada de al parecer, residuos de un vómito fortuito, con asco se retiró. 

A las siete de la mañana, Angela Vaca pasó con un cliente tomado de la mano, de reojo vio como Ignacio caía profundo en un sueño de mucho licor.

Everardo Rengifo llegó a Cali en 1948 siendo aún un niño incomprendido por sus padres, huyendo de la violencia en el norte del departamento arribó a vivir en el novedoso barrio Villa Colombia, un conjunto de terrenos en condiciones insalubres que abrazaba a los desplazados del campo sangriento de la guerra. Allí creció y sin saber leer o escribir inicio sus oficios de vigía de calles y locales comerciales.

A sus casi 80 años de edad trabaja en aquel lupanar como sustento único, además de recibir una habitación dónde vivir, le brindaban alimento y por supuesto la compañía que la soledad de los años trae junto al abandono de los días vividos.

Everardo logró entablar amistad con Ignacio desde años atrás, cuando comenzó a frecuentar el establecimiento, primero llegaba con amigos en grupos grandes, siempre querían ver bailar a Angela Gallo, una morena que era la sensación en pleno 2019. Con la cuarentena que trajo la pandemia de 2020, los servicios se empezaron a retomar de forma clandestina, mucho más clandestina que de costumbre, diría Everardo. Allí fue cuando Ignacio comenzó a llegar solo, al inicio muy dubitativo, con mascarilla para cumplir el protocolo de bioseguridad, pero con suficiente dinero para acostarse con Angela Madrid, su preferida, o a veces, con Angela Cordero, su amiga.

Aquella mañana de marzo Everardo fue informado por una de las señoritas del establecimiento, de las condiciones de Ignacio, además de ocupar una mesa para él solo, estaba sucio y muy borracho. Alzó sus cejas cubiertas de canas y con un murmullo asintió, se levantó de la silla que ocupaba a la entrada de la casa y caminó despacio, muy despacio, a pesar de sus ya entrados ochenta años, con la fuerza de un león hacía sentir sus pasos en aquel burdel.

Susurró unas amables palabras al oído de Ignacio, le sacudió levemente los hombros e intentó cargarlo, todo en vano.

Raúl Ignacio Méndez Hau flotaba en su mente.

En su cuerpo un frío intenso viajaba como una onda de vida, su mente como una bóveda oscura permanecía cerrada, compacta. Estaba alejado de toda realidad, además de los efectos de casi dos botellas de whisky, el cansancio de estar más de un día trabajando.

Recordaba en vagos segundos, conversaciones de su noche anterior, de las quejas de Alfonso porque no lo dejaban hablar, de las ideas políticas de Marino y sus teorías de conspiración con la guerra de Irán. En medio de la oscuridad que su mente acobijaba, una voz real apareció, distinta, ajena a aquellas voces de los intrusos de siempre.

Era Emanuel, su viejo amigo de copas y tertulias.

Sabía que era Emanuel por el tono, por el cansancio de sus verbos, el tono mismo de quien vivió lo suficiente para regresar y despedirse. Ignacio abrió los ojos por un momento, sometido a un susto imprudente, a su lado el viejo Everardo le daba algunas palmadas en la espalda, le reprendió con una frase de cajón y le pidió que se retirara, que ya era suficiente vagabundería.

Ignacio le ignoró y volvió a su derecha, con la mano temblorosa cogió una servilleta húmeda y escribió el nombre de su amigo, Emanuel Contreras. Puso el teléfono móvil encima para que nadie le botara su apunte, con una sonrisa se giró hacia Everardo y pidió un vaso de agua mientras se limpiaba las manchas en su boca.

Al momento que se retiró el viejo guardián, Ignacio cayó nuevamente en lo profundo de un sueño astral.

Allí estaba sentado en medio de la oscuridad su amigo Emanuel Contreras Hitschfeld, con la barba corta pero vibrante de canas. Sus ojos estaban cansados, oscuros y opacos, intentaba sonreír como siempre se le recordaba. Ignacio caminaba para acercarse y preguntar qué ocurría, esquivaba a las voces de su cabeza, monstruos de distintos tamaños y pesares, algunos saltaban con el afán de atrapar a Emanuel, pero él estaba tranquilo sentado en medio de la nada, como si fuese una silla invisible en la oscuridad.

Ignacio sentía todavía la ebriedad recorrer sus ideas, seguir alcoholizado en el más allá era una broma de mal gusto, pensaba en sí. Consideraba en sus ideas que allá en lo desconocido, serían infalibles, inmunes.

Emanuel se puso de pie y con un abrazo explicó a Ignacio todo lo ocurrido, de cómo Michelle llegó a su vida en aquel evento de empresarios en el hotel Intercontinental, de cómo se citaron por primera vez en una cena romántica en el mirador de Dagua. Le explicó a Ignacio de cada uno de los secretos de la caja fuerte de la Casa Azul, por supuesto pidió perdón por lo imposible y se comprometió a acompañarlo desde el más allá.

Sin entender nada Ignacio quiso averiguar por Michelle y qué había ocurrido, pero allí donde el silencio es un lugar, Emanuel desapareció con un ademán, señalando a su espalda una figura femenina que les observaba.

Un fuerte dolor comenzó a recorrer su espalda, no eran los demonios de su mente ni mucho menos heridas recientes que aparecían, era un brazo que lo abrazaba desde alguna parte, un brazo tosco y delgado, pero fuerte y firme.

Abrió los ojos y estaba en el suelo rodeado de varias señoritas, todas le miraban con preocupación, sus vestidos ajustados y el calzado de tacón alto eran el único paisaje que cubría a una soleada mañana de miércoles, en algún día de marzo.

Everardo apareció en medio de las señoritas y con un aplauso fuerte les dio la señal de seguir trabajando. Cargó a Ignacio y lo ubicó en la cama de una habitación, susurró en broma, que ese favor lo iba a pagar como un servicio completo.

Ignacio murmurando pidió un vaso de agua, preguntó por su teléfono móvil y su servilleta.

Everardo le informó que todo estaba en la basura y que el teléfono lo habían puesto a recargar.

Con un gemido de dolor cerró los ojos y nuevamente en la profundidad de un sueño astral emprendió un nuevo viaje. Ahora a lo lejos estaba su amigo José Isidro Segundo. Estaba de pie dando pasos alrededor de sí mismo, parecía que no entendía dónde estaba, a su lado una inmensa sombra lo custodiaba.

Ignacio intentó acercarse, pero una barrera le impedía avanzar, una especie de pared. José Isidro le vio y alzó las manos en señal de saludo, pensó que todo era una pesadilla o quizás, un sueño de aquellos.

Poco a poco la sombra que le acompañaba lo cubría, como si fuese neblina, su presencia se desvanecía en medio de la nada, momento exacto en que un fuerte dolor en el brazo derecho se apoderaba de Raúl Ignacio Méndez Hau.

Una voz femenina comenzaba a susurrar:

¡Despierta!

 

AV.

20 de abril de 2026

Michelle Cristina Rueda Palacios. (Sombras).



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Soñaba con ser bailarina, anhelaba ser parte del equipo de Lady Gaga o Beyoncé, no quería ser cantante ni gerente de una gran corporación, quería ser bailarina.

Creció en Medellín rodeada de amigos y hermanos, siendo la menor de un linaje de tres hombres: Edwar, Samuel y Francisco. Cada uno creció con un propósito de vida diferente. Edwar el mayor, estudió ingeniería de sistemas en la Universidad de Antioquia, años más tarde se fue a buscar suerte en los Estados Unidos, nunca se supo de su vida. Samuel, el siguiente, a sus treinta años murió víctima de un atraco saliendo de la estación de metro del barrio, su vida interrumpida al filo de una navaja.

Francisco con dos años de edad de diferencia fue realmente el hermano más cercano a Michelle Cristina Rueda Palacios, su refugio constante.

Martha Palacios, su madre, se fue de casa sin dar explicaciones, simplemente desapareció entre un viernes y su correspondiente amanecer de sábado así que Aurora Rueda, la abuela, fue quien terminó dando la crianza a los cuatro hijos que quedaron de Martha.

Michelle comenzó a bailar en un grupo de hip hop de la comuna, en la casa comunal había un programa de Barrio-taller en donde se dictaban clases de teatro, danza, poesía, manualidades varias y algo de deportes, para llegar debía de caminar algunas cuadras de distancia, no muchas en distancia, pero sí peligrosas.

El primer muerto que vio en su vida lo encontró bajo un puente peatonal, una ser con identidad desconocida flotaba sobre las aguas de un canal, a su lado varios desperdicios humanos flotaban en el mismo ritmo. Una experiencia reveladora para una niña que empezaba a intentar entender el sentido de la vida en medio de una sociedad muy peligrosa para una señorita de su edad.

Para el año 2013 ya cursaba primer semestre de Administración Hotelera y Turística en el Instituto Colegio Mayor de Antioquia, en aquel entonces ya había frenado en seco a dos hombres mayores que se quisieron propasar con ella, uno de ellos era el profesor de hip hop, un par de años atrás cuando quiso encerrarla en el baño de la casa comunal; el segundo, un compañero de clases en el instituto, preciso en los primeros cursos de administración.

Ambos varones desistieron del intento de abuso al ver una imponente sombra ubicada detrás de la asustada Michelle, sombra que enmarcaba todos los terrores del mundo.

Si bien nunca entendió qué había ocurrido, algo en su interior le informaba que había sido salvada de una desgracia, algo muy profundo en su ser le explicaba con emociones y sensaciones, que los hombres siempre estarían como depredadores buscando acercarse a su cuerpo.

El año 2015, en un capricho del universo presentó su hoja de vida a la empresa más grande de Colombia de viajes y turismo, una franquicia con gran presencia en el territorio, Michelle jamás esperó recibir respuesta para su proceso de práctica formativa pero preciso, como un ancla para escapar del tedioso universo de su ciudad, aquella empresa dio respuesta a la solicitud con la condición de viajar a la ciudad de Cali, la idea sería prestar sus servicios en el Hotel Intercontinental.

Lo primero que hizo fue despedirse de su hermano Francisco con la promesa de regresar con el éxito en los bolsillos, abrazó a la abuela Aurora y con lágrimas, más de felicidad que de tristeza, viajó para iniciar un sueño pendiente: salir del caos que era su entorno familiar y social.

Al llegar a la ciudad una joven representante del hotel le recibió en la terminal intermunicipal de transporte, le guio con la cautela de un verdugo y la presentó ante las directivas del hotel. Dentro de las tareas encomendadas estaba el registro y seguimiento de reservas, la implementación y control de comunicación digital y promociones del hotel en planes de mercadeo. La mayor parte de las tareas eran de escritorio y la oficina designada era un cubículo en una esquina junto al pasillo de entrada a los auditorios de eventos profesionales. 

Allí conoció a mujeres igual de jóvenes a ella, con complejos y terribles historias familiares que atender, huyendo de jefes y vecinos acosadores, algunas ya con hijos de por medio, una total identidad reflejada en la esperanza de un uniforme de apoyo administrativo de una reputada cadena hotelera.

Muchas tardes sintió emerger de su interior ese inexplicable ser que le dominaba, aquel sujeto de susurros que le incitaba a la violencia para con los varones que le rodeaban, como un cazador de acosadores y salvajes ejecutivos de traje formal. En una de esas tardes se cruzó saliendo del salón Calima, con el coordinador de eventos, un breve personaje, de aquellos hombres solteros pero desinteresados. Lo saludó con la amabilidad de siempre, él, con el temor de un niño abandonado alzó la mirada en respuesta al saludo, aquel gesto fue suficiente para que Michelle notara que algo ocurría.

La voz, aquel susurro de muerte le explicó en densas palabras que el caballero estaba siendo víctima de acoso de parte de un importante funcionario, no del hotel sino, de una empresa que tenía reservado el espacio para la semana próxima.

Quiso ayudar, quiso ser parte de la solución, pero por más lamentos que atrapara en el aire alrededor de su colega, la misma esencia de lo absurdo se lo impedía, le empujaba para otra parte, lejos del caos que aquel caballero cargaba en los bolsillos.

Dos semanas más tarde el señor aquel presentó su carta de renuncia a la cadena hotelera, dejando la labor de registro y coordinación de espacios a un lado y su vida, del otro.

Para Michelle fue terrible enterarse de la noticia del suicidio del señor aquel, de alguien tan joven víctima de un silencio que quemaba desde adentro. Algo muy profundo en su ser le explicaba con emociones y sensaciones, que los hombres también eran víctimas de depredadores y acosadores, aquellos que con la imposibilidad de emitir grito alguno pidiendo ayuda, eran devorados por el vacío del alma.

Al terminar su periodo de pasantía, las directivas le ofrecieron un cargo permanente, curiosamente, el de coordinar espacios físicos para eventos y espectáculos, sin dudar aceptó el puesto y con este, la voluntad de vivir para siempre en una ciudad que devoraba a los desesperados.

Al año siguiente contaba con la suficiente elocuencia para atraer nuevos clientes a la cadena hotelera, desde empresas de manufactura como nuevos negocios de alimentos y bebidas, allí apareció Emanuel Contreras en su vida. El hotel entró en una política de integración de pequeños y medianos proveedores, para tal finalidad convocaron a una reunión de bares y restaurantes de la ciudad donde por supuesto la Casa Azul fue parte de la lista de invitados, además de negocios reconocidos y otros recomendados.

Emanuel Contreras Hitschfeld llegó con la barba blanca recién afeitada, baja por decirlo de tal modo. Gafas oscuras, un sombrero panameño color blanco al igual que su traje. Zapatos de mocasín color café claro y una camisa azul oscuro de botones blancos, perla, como su traje. Entró por recepción y disfrutando de la tranquilidad del hotel recordó sus tiempos de vendimia en Mendoza, su Mendoza del alma.

Michelle salió a recibirle junto a sus demás compañeras, una delegación de señoritas uniformadas con la marca del hotel en su vestuario, guiando a cada visitante al gran salón, todos hombres de negocios y la vida social de la noche, detrás de cada uno de estos una inmensa sombra oscura, no necesariamente negra, pero si oscura los adornaba, era una especie de señal que podía observar Michelle en cada uno dándose cuenta con ello la calidad de depredador o canalla trataba, para su sorpresa fue Emanuel el único que caminaba con un halo de luz blanca en su alrededor, no como símbolo de pureza sino, como signo de paz y respeto.

Corrió con el ánimo de hacerlo suyo, de guiarlo y cómo no de tenerlo para sí por el resto de su existencia, nunca en su vida había visto a un ser con un halo tan pulcro, un ser que no fuera su abuela o su hermano Francisco.

Emanuel, con la sonrisa de quien encontraba un tesoro en medio del fango, se retiró las gafas para saludar a una joven Michelle, una dama que en sus casi treinta años emanaba una sonrisa cargada de hambre, estirando sus manos para ser saludada.

Con unas palabras amables le expresó su gusto por conocerla, ella, con la persuasión de una copa de oro asintió con un beso de mejilla a modo de saludo, se presentó como Michelle Cristina, omitiendo la parte más importante de su presentación:

“La mujer que dentro de diez años le llevará al inframundo”.

AV.