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Raúl Ignacio Méndez Hau, abogado de profesión y amigo de todas las bailarinas
del lugar, se encontraba profundamente dormido sobre la mesa. Había pasado toda
la noche tomando whisky con el desespero de quien quiere callar al mundo,
tantas voces rondando en su mente le acaparaban el temor mismo de ser parte de
un mundo lleno de demonios y seres traviesos.
Cuando llegó Angela Cordero quiso sentarse a conversar y disfrutar de su profunda y loable parla, pero Ignacio no quería hablar, tenía la mirada fija en el vaso vacío.
Una hora más tarde apareció Angela Madera, pasó a ofrecerle un cigarrillo y algo de comida, Ignacio insistía en ignorarla, tenía sus ojos rojos clavados observando el vacío. Horas más tarde, cerca del amanecer, Ángela Pomelo llegó para iniciar su turno, quiso saludar a Ignacio, reconocido entre todas las Angelas del lugar por su amabilidad y ternura, lo encontró balbuceando palabras sin sentido, vio que estaba con la camisa manchada de al parecer, residuos de un vómito fortuito, con asco se retiró.
A las siete de la mañana,
Angela Vaca pasó con un cliente tomado de la mano, de reojo vio como Ignacio
caía profundo en un sueño de mucho licor.
Everardo
Rengifo llegó a Cali en 1948 siendo aún un niño incomprendido por sus padres, huyendo
de la violencia en el norte del departamento arribó a vivir en el novedoso barrio
Villa Colombia, un conjunto de terrenos en condiciones insalubres que abrazaba
a los desplazados del campo sangriento de la guerra. Allí creció y sin saber
leer o escribir inicio sus oficios de vigía de calles y locales comerciales.
A
sus casi 80 años de edad trabaja en aquel lupanar como sustento único, además
de recibir una habitación dónde vivir, le brindaban alimento y por supuesto la
compañía que la soledad de los años trae junto al abandono de los días vividos.
Everardo
logró entablar amistad con Ignacio desde años atrás, cuando comenzó a
frecuentar el establecimiento, primero llegaba con amigos en grupos grandes,
siempre querían ver bailar a Angela Gallo, una morena que era la sensación en
pleno 2019. Con la cuarentena que trajo la pandemia de 2020, los servicios se
empezaron a retomar de forma clandestina, mucho más clandestina que de
costumbre, diría Everardo. Allí fue cuando Ignacio comenzó a llegar solo, al
inicio muy dubitativo, con mascarilla para cumplir el protocolo de
bioseguridad, pero con suficiente dinero para acostarse con Angela Madrid, su
preferida, o a veces, con Angela Cordero, su amiga.
Aquella
mañana de marzo Everardo fue informado por una de las señoritas del establecimiento,
de las condiciones de Ignacio, además de ocupar una mesa para él solo, estaba sucio
y muy borracho. Alzó sus cejas cubiertas de canas y con un murmullo asintió, se
levantó de la silla que ocupaba a la entrada de la casa y caminó despacio, muy
despacio, a pesar de sus ya entrados ochenta años, con la fuerza de un león hacía
sentir sus pasos en aquel burdel.
Susurró
unas amables palabras al oído de Ignacio, le sacudió levemente los hombros e
intentó cargarlo, todo en vano.
Raúl
Ignacio Méndez Hau flotaba en su mente.
En
su cuerpo un frío intenso viajaba como una onda de vida, su mente como una
bóveda oscura permanecía cerrada, compacta. Estaba alejado de toda realidad, además
de los efectos de casi dos botellas de whisky, el cansancio de estar más de un
día trabajando.
Recordaba
en vagos segundos, conversaciones de su noche anterior, de las quejas de Alfonso
porque no lo dejaban hablar, de las ideas políticas de Marino y sus teorías de conspiración
con la guerra de Irán. En medio de la oscuridad que su mente acobijaba, una voz
real apareció, distinta, ajena a aquellas voces de los intrusos de siempre.
Era
Emanuel, su viejo amigo de copas y tertulias.
Sabía que era Emanuel por el tono, por el cansancio de sus verbos, el tono mismo de quien vivió lo suficiente para regresar y despedirse. Ignacio abrió los ojos por un momento, sometido a un susto imprudente, a su lado el viejo Everardo le daba algunas palmadas en la espalda, le reprendió con una frase de cajón y le pidió que se retirara, que ya era suficiente vagabundería.
Ignacio le ignoró y
volvió a su derecha, con la mano temblorosa cogió una servilleta húmeda y escribió
el nombre de su amigo, Emanuel Contreras. Puso el teléfono móvil encima para
que nadie le botara su apunte, con una sonrisa se giró hacia Everardo y pidió un
vaso de agua mientras se limpiaba las manchas en su boca.
Al
momento que se retiró el viejo guardián, Ignacio cayó nuevamente en lo profundo
de un sueño astral.
Allí
estaba sentado en medio de la oscuridad su amigo Emanuel Contreras Hitschfeld, con la barba corta pero
vibrante de canas. Sus ojos estaban cansados, oscuros y opacos, intentaba
sonreír como siempre se le recordaba. Ignacio caminaba para acercarse y
preguntar qué ocurría, esquivaba a las voces de su cabeza, monstruos de distintos
tamaños y pesares, algunos saltaban con el afán de atrapar a Emanuel, pero él estaba
tranquilo sentado en medio de la nada, como si fuese una silla invisible en la
oscuridad.
Ignacio sentía todavía la ebriedad recorrer sus ideas, seguir alcoholizado en el más allá era una broma de mal gusto, pensaba en sí. Consideraba en sus ideas que allá en lo desconocido, serían infalibles, inmunes.
Emanuel se puso de pie y con un abrazo explicó a Ignacio todo lo ocurrido, de cómo Michelle llegó a su vida en aquel evento de empresarios en el hotel Intercontinental, de cómo se citaron por primera vez en una cena romántica en el mirador de Dagua. Le explicó a Ignacio de cada uno de los secretos de la caja fuerte de la Casa Azul, por supuesto pidió perdón por lo imposible y se comprometió a acompañarlo desde el más allá.
Sin
entender nada Ignacio quiso averiguar por Michelle y qué había ocurrido,
pero allí donde el silencio es un lugar, Emanuel desapareció con un ademán,
señalando a su espalda una figura femenina que les observaba.
Un
fuerte dolor comenzó a recorrer su espalda, no eran los demonios de su mente ni
mucho menos heridas recientes que aparecían, era un brazo que lo abrazaba desde
alguna parte, un brazo tosco y delgado, pero fuerte y firme.
Abrió
los ojos y estaba en el suelo rodeado de varias señoritas, todas le miraban con
preocupación, sus vestidos ajustados y el calzado de tacón alto eran el único paisaje
que cubría a una soleada mañana de miércoles, en algún día de marzo.
Everardo
apareció en medio de las señoritas y con un aplauso fuerte les dio la señal de
seguir trabajando. Cargó a Ignacio y lo ubicó en la cama de una habitación,
susurró en broma, que ese favor lo iba a pagar como un servicio completo.
Ignacio
murmurando pidió un vaso de agua, preguntó por su teléfono móvil y su
servilleta.
Everardo
le informó que todo estaba en la basura y que el teléfono lo habían puesto a recargar.
Con un gemido de dolor cerró los ojos y nuevamente en la profundidad de un sueño astral emprendió un nuevo viaje. Ahora a lo lejos estaba su amigo José Isidro Segundo. Estaba de pie dando pasos alrededor de sí mismo, parecía que no entendía dónde estaba, a su lado una inmensa sombra lo custodiaba.
Ignacio intentó acercarse, pero una barrera le impedía avanzar, una especie de pared. José Isidro le vio y alzó las manos en señal de saludo, pensó que todo era una pesadilla o quizás, un sueño de aquellos.
Poco a poco la sombra que le acompañaba lo cubría,
como si fuese neblina, su presencia se desvanecía en medio de la nada, momento
exacto en que un fuerte dolor en el brazo derecho se apoderaba de Raúl Ignacio Méndez
Hau.
Una voz femenina comenzaba a susurrar:
¡Despierta!
AV.



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