22 de abril de 2026

El Consejo (un café).

 

Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/


Alfonso estaba conduciendo en total silencio, con la mirada fija en la vía pensaba una y otra vez en su amigo José Isidro, quería visitarle, pero bien sabía que para él era molesto que le llegasen de sorpresa a casa, insistía en aquel pensamiento lapidario: 

“José Isidro no necesita de nadie”.

Durante un momento de espera en el semáforo de la calle primera, cerca de la alcaldía municipal, se quedó ensimismado tarareando una vieja canción de Radiohead, las ideas brincaban de un vacío a otro, quería saber con exactitud qué le había ocurrido a su amigo e ídolo, Don Emanuel Frontera, como él le decía. Sentía la imperiosa necesidad de buscarlo, de poderlo abrazar y exigirle explicaciones de su misteriosa muerte, quería incluso, salir corriendo a buscar a la señorita con la que se había retirado la noche anterior.

Un mensaje apareció en su chat personal, era Fabio desde la otra calle, allí mismo en el semáforo:

“Llamé a la casa de Ignacio y la mamá me dice que ese berraco no llegó a dormir y que tampoco le contesta el teléfono. ¿Vos sabes de pronto ese vagabundo para dónde se habrá ido?”

Se quedó mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil, se quedó pensando en las mil y una veces que José Isidro regañaba a Ignacio por sus andanzas misteriosas. 

Respondió con un sticker de un Jedi.

Fabio comenzó a grabar una nota de audio.

El semáforo cambió la luz roja, Alfonso avanzó intentando llevar un ritmo lento para coordinar con sus colegas de debate el destino a seguir. Desde el otro lado de la vía Fabio le hacia señas de que pararan adelante, en la plazoleta Jairo Varela.

Marino estacionó en el sótano del centro cultural, subió con Fabio, seguía pensativo.

Fabio con el teléfono en mano intentaba por todos los medios adivinar el paradero de Ignacio. Se le ocurrió llamar a José Isidro, pero tampoco lograba respuesta.

- ¿Y estos berracos a dónde es que se metieron pues? - Replicó Fabio con su entonado acento de Pereira. 

Marino alzó la mirada, con su elegante traje oscuro caminaba como un señor todopoderoso, el implacable sol de marzo rebotaba sobre el asfalto de la plazoleta, una caseta con venta de café y comida rápida les esperaba, se sentaron y mientras Fabio pedía dos pasteles de hojaldre, Marino revisaba el teléfono móvil, no solo le preocupaba la muerte de su amigo Emanuel, le causaba sospecha el exceso de nerviosismo de Alfonso, sentía que aquel ingenuo niño que jugaba a ser abogado sabía o escondía algo.

Quejándose del calor apareció, su corbata naranja se veía más brillante con el sol que hacía a esa hora del día, el calor inclemente abrazaba el traje de Alfonso, pero su rostro estaba sombrío como un día de lluvia.

Marino cruzó una pierna sobre la otra, acomodó su espalda y empezó a comer sin decir nada, Fabio, quien lideraba la ruta de búsqueda, insistía en ubicar a José Isidro.

“¿Ve y si le caemos a la casa a ese huevon?” - Preguntó con cansancio, como último recurso.

Marino terminando de masticar, respondió afirmativamente. Alfonso guardó silencio, bajó la mirada y de pie todavía, esperaba instrucciones. Un mensaje anónimo apareció otra vez, debajo del que ya había llegado en la estación de policía:

“El Comandante Cody ya ejecutó la Orden 66”.

Abrió los ojos con tanto terror que dejó escapar un gemido de culpa, Marino soltó el pastel de hojaldre sobre la bandeja y se puso de pie, primero abrazó al sorprendido Alfonso para evitar que se tropezara, acto seguido lo contuvo sentándolo en la silla plástica del café.

-      ¿Qué te pasa pendejo? -

Alfonso guardaba silencio, con la mirada hizo una seña de que algo había en su teléfono celular. Sin dudar Marino lo cogió y revisó el chat, allí descubrió los mensajes provenientes de un número desconocido con indicativo internacional.

-      ¿Y esta vaina qué? -

Juan Alfonso Moreno intentaba hablar, pero el terror que sentía le hacía perder el aire, se ahogaba en su propio asombro. Fabio que observaba todo desde la silla de al lado, miraba a Marino con sorpresa, sin entender absolutamente nada seguía buscando en su lista de contactos a quien llamar.

-      ¿Marino, vos te acordás de cómo es que se llamaba la muchacha que andaba anoche con Don Emanuel? –

Preguntó Fabio con su acento particular. 

-      Michelle. Se llama Michel. –

El tono firme de su voz dejó en evidencia que algo no andaba bien en los pensamientos de Marino.

-      ¿Oíme pues Marino y vos por qué sabes el nombre de esa muchacha, ah? -

Fabio comenzaba a sentirse incómodo. Soltó el pastel de hojaldre y el teléfono sobre la mesa, se levantó y con los brazos cruzados se quedó viendo con firmeza a su compañero de luchas, Marino Esteban Rúales Peña.

-      Alguien me lo acaba de escribir en el teléfono de Alfonso, por eso lo sé. -

Giró la pantalla para mostrársela a Fabio, quien con sorpresa leía el mensaje tal cual como su compañero acusaba, Alfonso se puso de pie sin entender nada y cogió su teléfono, allí precisamente había un mensaje con una fotografía de la desconocida mujer:

“Dile al Concejo Jedi que Michelle está lejos.” 

Junto al mensaje, una fotografía de Michelle tomando una copa de vino con Emanuel en una de las mesas de la Casa Azul.

Alfonso logró recuperar el aliento, tomó agua de su termo personal y acto seguido, con la coherencia que le caracteriza, aspiró una dosis del vapeador de sandía, ajustó su corbata naranja, con la sensación de asfixia, posando sus manos en la mesa y mirando a Marino, que tenía su teléfono en la mano. Sin poder emitir fonema alguno intentaba explicar a sus compañeros que no tenía idea alguna de quien se trataba y que preciso, eran mensajes que le estaban acosando desde temprano en la mañana.

Marino desconfiaba, sentía que su infantil colega estaba involucrado, Fabio en tono conciliador tomó el teléfono de Alfonso y se quedó revisando los mensajes, intentaba encontrar algo que le diera pistas de la identidad del misterioso mensajero.

En ese preciso momento una llamada entró en el teléfono de Marino Rúales, en el identificador aparecía la foto de perfil de Ignacio Méndez.

AV.

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