4 de abril de 2026

Fabio Andrés Barona Muriel (El visitante).

 


Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/


Fabio Andrés nació en la ciudad de Pereira, allí creció viviendo una vida tranquila sin los lujos de la Colombia corrupta, sin los miedos excesivos de una guerra de carteles de Medellín y Cali, vivió por demás, una infancia tranquila con las precauciones de siempre de no ser víctima de la delincuencia local, del sicariato de turno o incluso, de las desapariciones de niños que se alertaban en el norte del Valle y en Armenia, regiones vecinas.

Creció rodeado de tres hermanas, María Claudia, Tatiana de los Ángeles, Cristina Eugenia y Francesca. Él como hijo menor tuvo una infancia rodeada de total sensibilidad, sus padres se dedicaron siempre al comercio de electrodomésticos en la bonanza de aquellos años ochenta y noventa, suficiente para dar una educación de calidad a todos.

María Claudia estudió Psicología en la Universidad Tecnológica, hoy día atiende en su consultorio particular y vive en una economía suficiente para sostener un hogar, como madre soltera.

Tatiana se dedicó al diseño gráfico y viviendo en Bogotá dedicó su presente profesional a una reputada marca de cigarrillos. Junto a ella vive la siguiente, Cristina, que decidiéndose por la Antropología, se graduó de la Universidad de los Andes para dedicar su vida a estudiar proyectos de infraestructura en lo que los intelectuales del periodismo llaman, la Colombia profunda.

Francesca, la menor de las damas y mayor que Fabio por un año, encontró el amor en una red social, un Francés de aquellos que tienen ascendencia Argelina vino de visita a Colombia luego de conversar durante tres años por un teléfono móvil. Se casaron en Pereira y repitieron el ritual en Lyon, en una casa a las afueras de la zona urbana cargada de lujos y promesas de una vida mejor.

Fabio siempre fue alegre y entregado al fútbol, su pasión el Deportivo Pereira le llevó a conocer varios estadios y cultivar gratas amistades, hasta que dado el momento empezó sus estudios de Derecho en la Universidad Libre, allí mismo en Pereira.

Se graduó sin ser el mejor, tampoco sufrió para hacerlo, solamente cumplió con lo que cada requisito de grado demandaba. A principios de la década del diez atendió un caso inmobiliario interesante, una familia tradicional del barrio Granada demandaba a una franquicia de bebidas de café por el mal pago y mantenimiento de la vivienda.

El caso aparentaba ser de aquellos trámites que con una conciliación podría dar fin, pero la negligencia de los abogados de la franquicia aquella insultaba la inteligencia de la familia propietaria de la casa, grande además.

El caso escaló a la casa matriz de la franquicia de bebidas y tuvo que replantearse la estrategia, para ese entonces Fabio Andrés encontró en una oficina de abogados de Cali el apoyo suficiente para crear un equipo que diera respuesta a la alta complejidad de lo que inicialmente era un pleito de garantías inmobiliarias. Allí conoció a Marino Esteban Ruales Peña.

Atendieron el caso inicialmente por días, Fabio viajaba y analizaba la documentación, planteaban estrategias y Marino acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor, a medida que la franquicia de bebidas imponía condiciones nefastas para la familia propietaria de la vivienda, el caso se convertía en una lucha de poderes corporativos.

Por recomendación de Marino, Fabio se fue a vivir dos meses a Cali, dejando a sus padres en Pereira con la advertencia de volver.

El caso creció como lo suelen hacer los problemas.

Fabio Andrés conoció el lado alternativo de la ciudad, aquella Cali que no se sumerge en el ruido de la salsa de golpe ni en el jolgorio de las discotecas llenas de mujeres y aguardiente. Con Marino empezó por probar una gastronomía internacional, desde tapas españolas hasta restaurantes libaneses y bares de corte irlandés.

La cerveza artesanal enamoró con fuerza el paladar de Fabio y la elegancia de las abogadas, en su mayoría de carácter fuerte, atrajo a sí mismo, la codependencia que sus hermanas desde temprana edad le forjaron.

Con el apoyo de la familia que asesoraba en el caso aquel logró conseguir un apartamento en la zona norte, por aquello de poder salir fácilmente a Pereira y a su vez, estar a distancia prudente del centro de la ciudad donde la mayoría de juzgados convocaban su labor de apoderado.

Marino le inculcó el gusto por el Martini, un coctel de alta tradición internacional, junto a este, un buen plato de embutidos con variedad de quesos, una conversación filosófica de historia universal y por qué no, en el mejor de los días, una buena compañía con abogadas igual de solteras y amantes del Martini.

Frecuentaron Penélope, disfrutaron de las noches de BBC y hasta pasaron por bares de tradición que fueron desapareciendo con la modernidad de la ciudad. Para aquel año 2017, cinco años ya de instalado en la ciudad de Cali, una dama de elegante porte le aceptó la invitación a salir con la condición de ser ella quien escogiera el punto de encuentro.

Con un poco de misterio y algo de incomodidad Fabio Andrés aceptó, pero pidió a su amigo Marino estuviese atento al teléfono por si algo ocurría.

Lizeth Herrera, abogada, especialista en Derecho Laboral, soltera, hija de padres abogados, nieta de un reconocido abogado, ex esposa de un abogado, conoció a Fabio en los pasillos de aquel caso de la franquicia de bebidas, caso que cursaba cuatro años de querellas y amenazas.

Tan grande es la suerte de los ignorantes que preciso un grupo de trabajadores entabló demanda contra la misma empresa por la violación al derecho de libre asociación, la insistencia de crear una asociación de trabajadores convertía a la franquicia en parte de un ecosistema de problemas que ya Fabio atendía desde la parte comercial e inmobiliaria.

Coincidieron, porque eso hacen los dioses con los humanos, jugar a crear aventuras donde no hay cimientos de futuro.

Lizeth conoció a Don Emanuel en la universidad franciscana, allí compartieron algunas clases juntos y a pesar de la notable diferencia de edad lograron entablar una cordial amistad, ella bien sabía que el señor estaba muy interesado en pretenderla, pero logró atajarle antes de tiempo. Supo de su negocio de vinos y comida, así que comenzó a frecuentarlo los fines de semana, en especial los viernes que el centro de la ciudad empezaba a congestionarse, sobre todo por los alrededores del Bulevar del Río.

Fabio llegó a la Casa Azul sin conocerla, logró con las indicaciones de Lizeth estar puntual, ella lo esperaba con un vestido largo azul turquí, aretes dorados con forma de mariposa y un collar blanco con un dije dorado en el centro, también con forma de mariposa.

Se sentaron a tomar una promoción de Martini, porque era jueves y Don Emanuel, con su negocio muy joven todavía, pensaba en crear promociones para atraer clientes.

Lizeth conversó con Fabio Andrés, él, encantado de su inteligencia, solo escuchaba, recordaba a sus hermanas como una tertulia de grandes intelectuales, sobre todo a María Claudia y Cristina, las “filósofas” de la familia, como él las recordaba. En algunas ocasiones compartió ideas con Lizeth y dio prioridad a sus conocimientos de historia, amaba tanto la historia como a su Deportivo Pereira.

En algún descuido de la tarde mientras el tiempo seducía a los insensatos, Don Emanuel se acercó a la mesa a saludar a Lizeth, le tomó de la mano y se la besó como un príncipe a su doncella, Fabio sintió algo de celos e incomodidad, pero guardó la compostura como sus hermanas se lo enseñaron. Lizeth estiró la mano y con una mirada de complicidad presentó a Fabio con Emanuel, allí la magia del universo los unió como dos caballeros que se volverían amigos.

Terminó la tarde – noche, Fabio Andrés se despidió de Lizeth y la acompañó a su carro, viendo como se retiraba llamó a Marino Esteban, le contó un poco de la belleza de persona que era la dama y cómo no, le insistió que llegara a tomarse una cerveza, que el lugar era muy agradable.

Entró a esperar a su amigo, momento justo en el que Emanuel Contreras se le acercó y con la amabilidad de un extranjero le invitó otra copa de Martini. Se sentó a su lado y entablando una amistosa conversación sembraron las raíces de una amistad que cursaría nueve años de copas, historias y mujeres.

El miércoles siguiente, pero de marzo de 2026, Juan Alfonso Mosquera estaba sentado en el parqueadero de la Torre de Cristal, tenía las manos en el regazo con los pensamientos alborotados, entre lágrimas de tristeza y de terror quería encontrar una solución a lo que estaba pasando.

Intentó contactar a José Isidro pero la llamada nuevamente era ignorada, así que prefirió llamar a Fabio, el más serio de todos los colegas de la mesa de la Casa Azul.

Fabio aquella mañana estaba recién terminando una reunión con unos clientes corporativos, pues ahora su experiencia le daba suficiente récord para asesorar a pequeños empresarios que tuviesen pleitos legales con grandes corporaciones y franquicias. A sui lado estaba Marino, colega de luchas y su mejor amigo en la ciudad.

Atendió la llamada pensando que Alfonso quería programar un jueves de Martini o quizás, ir a almorzar paella en la casa ibérica.

Juan Alfonso Mosquera Moreno desde el asiento de su carro se acomodó la corbata de color naranja, sentía que le ahogaba, con voz firme para no parecer vulnerable, soltó a su amigo Fabio la mala nueva:

“Fabio, me acaban de informar que Don Emanuel falleció. Me llamó la policía, dizque se murió anoche”.

Fabio con el ímpetu de la raza paisa, volteó a mirar a Marino sin colgar la llamada, su rostro estaba fijo como una estatua de mármol. Marino sin entender nada comenzó a guardar los papeles en el maletín y a apagar el computador.

“Alfonso ¿Cómo así? ¿Dónde estás?” Respondió con la voz entrecortada.

Juan Alfonso sin perder el ritmo de la conversación, sentenció:

“Voy para la estación de policía de la calle primera, allá nos vemos”.

AV.

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