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Las primeras voces que escuchó llegaron cerca de la noche buena, un diciembre de 1993. De fondo sonaba la popular música puertorriqueña, su padre, Raúl Ernesto Méndez bailaba con la hermana mayor, la tía Amparo Méndez, al parecer una novedad musical del Gran Combo de Puerto Rico. Su madre, Patricia Hau, estaba sentada en la sala con sus hermanas y algunos vecinos que se sumaban a la celebración decembrina, para aquellos tiempos la única preocupación eran las retaliaciones del Cartel de Medellín por lo demás las celebraciones se disfrutaban en la paz al sur de la ciudad, lejos de toda realidad.
Aquella
noche jugaba con sus primos, Diego Marroquín y Carlos Arturo Hau, de esos primos
lejanos que se conocen en fiestas familiares como velorios o nochebuena. El
disfrute de un hijo único de poder conocer a otros de su edad era un premio a
la soledad de los tiempos vividos, quiera o no esa soledad era preciso el polo
a tierra de un conjunto de murmullos que acompañaban las ideas de Ignacio.
Murmullos
que a veces coreaban gemidos.
Gemidos
que en ocasiones se estrellaban contra la pared como una onda muda, fría,
asesina, cruel para un adolescente.
Ignacio
no entendía que aquellas voces no eran amigos imaginarios sino, espectros
invisibles que buscaban algo de conversación, porque de seguro, la soledad en
el más allá es igual de insoportable. Esa noche de diciembre mientras estaba
escondido con los primos tomando aguardiente sin ser visto por los adultos, en
el cuarto de oficios, una voz aguda le indicaba palabra por palabra, que su
primo Carlos Arturo moriría bajo la lluvia.
Ignacio
pensaba que eran pensamientos, que esas palabras tan agudas eran el silbido de
sus elocuentes silencios, voces que sus padres acorralaban en terapia
psicológica, todo era fantasía.
Una
fantasía sangrienta.
La
mañana del sábado 25 de diciembre de 1993 llegó con lluvia, tanta que los
organizadores de la cabalgata estaban preocupados, la familia Méndez Hau, de
empresarios y abogados, se estaba alistando para ir a pasar el día en Ginebra,
comer algo y volver en la tarde para disfrutar de las casetas, los niños se
quedarían en casa de las hermanas de Don Raúl.
Así
sucedió, pero al llegar la tarde no hubo celebración en las casetas sino,
llanto en la sala de urgencias, tal como las voces se lo habían cantado a
Ignacio, el joven Carlos Arturo había muerto ahogado en la piscina.
Con
tan solo quince años vio un muerto, entendió qué era un velorio, aprendió para
sí mismo que no eran amigos imaginarios, se prometió guardar silencio para
siempre.
Estudió
Derecho en la Universidad Católica, pero en la sede de Bogotá. Allí vivió con
otros primos, quienes al igual que él aprendieron a disfrutar del aguardiente a
temprana edad, salvo las voces. Al terminar los estudios se ganó una beca de la
facultad para continuar con un posgrado, oportunidad que aprovechó para
especializarse en Derecho Ambiental, y ya con el tiempo suficiente, la
juventud, el dinero familiar y el afán de no hacer nada, siguió estudiando una
especialización en propiedad intelectual, pero ahora en la Universidad
Republicana, allí mismo en Bogotá.
Para
2010 regresó a Cali, ante el despecho de un amor no correspondido y la falta de
clientes, decidió cerrar la oficina de asesoría legal para empresas de construcción
y se fue a emprender junto a la fama de su padre, Don Raúl Méndez.
Reconocido
por asesorar a los políticos del departamento, Don Raúl Ernesto Méndez hizo
empresa a costa de los impuestos de los caleños. Fundó una filial de servicios públicos
para operar las rentas de las empresas municipales, una jugada maestra que le
dio la fortuna suficiente para conocer el mediterráneo europeo y la soledad de
las islas del caribe oriental.
Tanto
reconocimiento le llevó a ser asesor de dos Gobernadores, curiosamente entre
sus amigos estaba Don Eliecer Rúales, que fue alcalde de la ciudad y ahora
Senador de la República. Don Raúl recibió a su único hijo, Raúl Ignacio, con la
decepción de ver que no logró prosperar en la capital, pero peor aún, que nunca
usó su nombre de pila para los negocios.
Anhelaba
tener otro Raúl Méndez en el entorno político y empresarial.
Instalaron
una dependencia en el barrio Versalles, los hijos de sus colegas, abogados por igual,
compartieron el piso que alquilaron para crear una especie de bufete colaborativo:
El joven Ignacio brindaba asesoría legal en temas ambientales, derechos de
autor y en algunos casos, asuntos laborales.
Allí
conoció a Ángela María Burbano, abogada especialista en Derecho de Familia e
hija de otro empresario amigo de Don Raúl Méndez. Salieron por un tiempo sin
tener éxito, estar juntos todo el día atendiendo ciudadanos desesperados y
tacaños diezmada cualquier deseo de seguir juntos en alguna parte, por el
contrario fueron buenos amigos, y esa amistad hizo que por las tardes fueran a
almorzar por los alrededores de la clínica de occidente, por el tema de los
buenos precios.
Para
el mundial de fútbol de Brasil 2014 recorrieron cuanto restaurante y bares había
transmitiendo los partidos de fútbol, fue así como el destino y una mesa vacía hicieron
que llegaran apurados a la Casa Azul, el único restaurante de El Peñón con
mesas disponibles.
Si
bien Emanuel Contreras era un amante del fútbol y apoyaba a su natal Chile y a
su amada Argentina, para aquel día no tenía pensado abrir, la programación del
torneo estaba poco atractiva, pero la insistencia de Ignacio y Ángela María le
motivaron a encender el único televisor del restaurante, y con este, varias
botellas de Malbec.
Ángela
logró un buen contrato de supervisión del Bienestar Familiar, un favor de un
amigo de su padre, que era amigo de una señora que era amiga de la Gobernadora
del Valle. Tantos favores dieron frutos tan jugosos como el nombramiento en Bogotá
para una jefatura nacional.
Ignacio
recibió la misma invitación, pero para trabajar en un cargo directivo de la Autoridad
Nacional de Licencias Ambientales, quizás, otro favor que algún amigo quería
congraciar con su padre, Don Raúl.
A
diferencia de Ángela María, rechazó la invitación, insistió en querer seguir en
Cali, en la casa familiar y con terapia si era necesario.
Emanuel
Contreras se convirtió en un amigo íntimo de Ignacio, juntos pasaron tardes
viendo fútbol y aprendiendo uno del otro. Emanuel hablando de vinos, cultivos y
comida, Ignacio conversando de sostenibilidad, derecho marcario y algo de comida
callejera.
Al
año siguiente, durante la Copa América edición Centenario, se reunieron los dos
con otros comensales para decepcionarse tanto de Colombia como de Argentina, pero
al final Emanuel pudo celebrar el triunfo de su Chile natal.
Fue
así que el vino fue consejero y verdugo, amigo y testigo, una máscara con el
poder suficiente para distraer el ruido de las voces, porque a diferencia de
Ángela María, estas nunca se fueron sino, que aumentaron su poder al punto
mismo de poder entablar conversaciones con la versión inconsciente de Ignacio.
Aquel
martes de marzo de 2026, once años después de aquella celebración excesiva del
título de Chile, momento en que Don Emanuel y el ya no tan joven Ignacio, se
tomaron juntos 23 botellas de vino tinto, las voces jugaron otra vez con la paz
de Ignacio Méndez.
Mientras
Marino explicaba las implicaciones del precio del barril de petróleo durante la
guerra de Estados Unidos con Irán, Alfonso miraba su Tablet concentrado,
esperando el momento de intervenir sobre la Guerra de las Galaxias. Al fondo
estaba Emanuel que con un guiño saludó a Ignacio mostrándole el trofeo que
tenía en sus manos:
“Te
presento a Michell” sonreía mientras hablaba.
El
acento paisa de la dama hizo sonrojar a Ignacio que al verla veinte años más
joven que su amigo, no quedaba de otra que imaginar de todo menos que era una
dama.
Ignacio
se despidió de su amigo y regresó a unirse a la algarabía de Marino y Fabio. Le
llamaba la atención que José Isidro no estaba presente.
“Ese
no va a venir, ni hoy ni nunca”
alegó una voz burletera, de esas que le acosaban desde la infancia.
Ignacio
se guardó las manos en los bolsillos del pantalón, adentro apretaba los puños
como si ello fuera la solución para ese malestar intelectual que tanto daño le hacía.
Comenzó
a tomar vino, pero la promoción 2x1 de Whisky ganó la partida y así fue que
terminó por comprar dos botellas, pensaba en José Isidro.
Al
caer tarde la noche, prefirió retirarse, pidió un servicio de UBER y con la
botella de whisky sobrante en la mano intentaba pensar en todo menos en el
silencio que le esperaba al otro lado de la ciudad, así que de un repentino
salto de ideas cambió de plan.
“Señor,
disculpe, mejor lléveme a otra parte. Ya le actualicé la dirección en la
aplicación”.
Abrió
la botella de Whisky y comenzó a tomar del pico como un sediento que buscaba la
paz. El conductor del vehículo le dejó en una zona residencial al sur de la ciudad,
al parecer tranquila, pero al interior de una casa grande y rodeada de árboles funcionaba
un burdel de alta alcurnia.
Allí
entró Ignacio, con los pensamientos revueltos, con el alma cansada y el nombre
de José Isidro en sus pensamientos, o mejor, en sus oídos.
Se
sentó en una mesa y pagó la diferencia por el licor que llevaba, al parecer el
negocio de asesoría jurídica ambiental iba bien porque pidió otra botella de
whisky, a un precio exageradamente mayor, pero con tal de silenciar las voces
lo veía como una buena oferta.
Allí
permaneció sentada en silencio, escuchando música y viendo mujeres en ropa
interior desfilar por todas partes, a veces alguna se le acercaba para ponerle
conversación.
A
las nueve de la mañana seguían llegando clientes a aquel establecimiento
secreto, Ignacio estaba con la cabeza sobre una mesa profundamente dormido, a
su lado la botella de Whisky, de menor calidad a la que había comprado
anteriormente, sui teléfono móvil con la batería descargada y debajo de este,
una servilleta con un dibujo abstracto hecho con un lapicero de tinta negra,
debajo del dibujo con la letra de un borracho, un nombre:
Emanuel Contreras.
AV.



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