6 de abril de 2026

Raúl Ignacio Méndez Hau. (Susurros).

 



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Las primeras voces que escuchó llegaron cerca de la noche buena, un diciembre de 1993. De fondo sonaba la popular música puertorriqueña, su padre, Raúl Ernesto Méndez bailaba con la hermana mayor, la tía Amparo Méndez, al parecer una novedad musical del Gran Combo de Puerto Rico. Su madre, Patricia Hau, estaba sentada en la sala con sus hermanas y algunos vecinos que se sumaban a la celebración decembrina, para aquellos tiempos la única preocupación eran las retaliaciones del Cartel de Medellín por lo demás las celebraciones se disfrutaban en la paz al sur de la ciudad, lejos de toda realidad.

Aquella noche jugaba con sus primos, Diego Marroquín y Carlos Arturo Hau, de esos primos lejanos que se conocen en fiestas familiares como velorios o nochebuena. El disfrute de un hijo único de poder conocer a otros de su edad era un premio a la soledad de los tiempos vividos, quiera o no esa soledad era preciso el polo a tierra de un conjunto de murmullos que acompañaban las ideas de Ignacio.

Murmullos que a veces coreaban gemidos.

Gemidos que en ocasiones se estrellaban contra la pared como una onda muda, fría, asesina, cruel para un adolescente.

Ignacio no entendía que aquellas voces no eran amigos imaginarios sino, espectros invisibles que buscaban algo de conversación, porque de seguro, la soledad en el más allá es igual de insoportable. Esa noche de diciembre mientras estaba escondido con los primos tomando aguardiente sin ser visto por los adultos, en el cuarto de oficios, una voz aguda le indicaba palabra por palabra, que su primo Carlos Arturo moriría bajo la lluvia.

Ignacio pensaba que eran pensamientos, que esas palabras tan agudas eran el silbido de sus elocuentes silencios, voces que sus padres acorralaban en terapia psicológica, todo era fantasía.

Una fantasía sangrienta.

La mañana del sábado 25 de diciembre de 1993 llegó con lluvia, tanta que los organizadores de la cabalgata estaban preocupados, la familia Méndez Hau, de empresarios y abogados, se estaba alistando para ir a pasar el día en Ginebra, comer algo y volver en la tarde para disfrutar de las casetas, los niños se quedarían en casa de las hermanas de Don Raúl.

Así sucedió, pero al llegar la tarde no hubo celebración en las casetas sino, llanto en la sala de urgencias, tal como las voces se lo habían cantado a Ignacio, el joven Carlos Arturo había muerto ahogado en la piscina.

Con tan solo quince años vio un muerto, entendió qué era un velorio, aprendió para sí mismo que no eran amigos imaginarios, se prometió guardar silencio para siempre.

Estudió Derecho en la Universidad Católica, pero en la sede de Bogotá. Allí vivió con otros primos, quienes al igual que él aprendieron a disfrutar del aguardiente a temprana edad, salvo las voces. Al terminar los estudios se ganó una beca de la facultad para continuar con un posgrado, oportunidad que aprovechó para especializarse en Derecho Ambiental, y ya con el tiempo suficiente, la juventud, el dinero familiar y el afán de no hacer nada, siguió estudiando una especialización en propiedad intelectual, pero ahora en la Universidad Republicana, allí mismo en Bogotá.

Para 2010 regresó a Cali, ante el despecho de un amor no correspondido y la falta de clientes, decidió cerrar la oficina de asesoría legal para empresas de construcción y se fue a emprender junto a la fama de su padre, Don Raúl Méndez.

Reconocido por asesorar a los políticos del departamento, Don Raúl Ernesto Méndez hizo empresa a costa de los impuestos de los caleños. Fundó una filial de servicios públicos para operar las rentas de las empresas municipales, una jugada maestra que le dio la fortuna suficiente para conocer el mediterráneo europeo y la soledad de las islas del caribe oriental.

Tanto reconocimiento le llevó a ser asesor de dos Gobernadores, curiosamente entre sus amigos estaba Don Eliecer Rúales, que fue alcalde de la ciudad y ahora Senador de la República. Don Raúl recibió a su único hijo, Raúl Ignacio, con la decepción de ver que no logró prosperar en la capital, pero peor aún, que nunca usó su nombre de pila para los negocios.

Anhelaba tener otro Raúl Méndez en el entorno político y empresarial.

Instalaron una dependencia en el barrio Versalles, los hijos de sus colegas, abogados por igual, compartieron el piso que alquilaron para crear una especie de bufete colaborativo: El joven Ignacio brindaba asesoría legal en temas ambientales, derechos de autor y en algunos casos, asuntos laborales.

Allí conoció a Ángela María Burbano, abogada especialista en Derecho de Familia e hija de otro empresario amigo de Don Raúl Méndez. Salieron por un tiempo sin tener éxito, estar juntos todo el día atendiendo ciudadanos desesperados y tacaños diezmada cualquier deseo de seguir juntos en alguna parte, por el contrario fueron buenos amigos, y esa amistad hizo que por las tardes fueran a almorzar por los alrededores de la clínica de occidente, por el tema de los buenos precios.

Para el mundial de fútbol de Brasil 2014 recorrieron cuanto restaurante y bares había transmitiendo los partidos de fútbol, fue así como el destino y una mesa vacía hicieron que llegaran apurados a la Casa Azul, el único restaurante de El Peñón con mesas disponibles.

Si bien Emanuel Contreras era un amante del fútbol y apoyaba a su natal Chile y a su amada Argentina, para aquel día no tenía pensado abrir, la programación del torneo estaba poco atractiva, pero la insistencia de Ignacio y Ángela María le motivaron a encender el único televisor del restaurante, y con este, varias botellas de Malbec.

Ángela logró un buen contrato de supervisión del Bienestar Familiar, un favor de un amigo de su padre, que era amigo de una señora que era amiga de la Gobernadora del Valle. Tantos favores dieron frutos tan jugosos como el nombramiento en Bogotá para una jefatura nacional.

Ignacio recibió la misma invitación, pero para trabajar en un cargo directivo de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, quizás, otro favor que algún amigo quería congraciar con su padre, Don Raúl.

A diferencia de Ángela María, rechazó la invitación, insistió en querer seguir en Cali, en la casa familiar y con terapia si era necesario.

Emanuel Contreras se convirtió en un amigo íntimo de Ignacio, juntos pasaron tardes viendo fútbol y aprendiendo uno del otro. Emanuel hablando de vinos, cultivos y comida, Ignacio conversando de sostenibilidad, derecho marcario y algo de comida callejera.

Al año siguiente, durante la Copa América edición Centenario, se reunieron los dos con otros comensales para decepcionarse tanto de Colombia como de Argentina, pero al final Emanuel pudo celebrar el triunfo de su Chile natal.

Fue así que el vino fue consejero y verdugo, amigo y testigo, una máscara con el poder suficiente para distraer el ruido de las voces, porque a diferencia de Ángela María, estas nunca se fueron sino, que aumentaron su poder al punto mismo de poder entablar conversaciones con la versión inconsciente de Ignacio.

Aquel martes de marzo de 2026, once años después de aquella celebración excesiva del título de Chile, momento en que Don Emanuel y el ya no tan joven Ignacio, se tomaron juntos 23 botellas de vino tinto, las voces jugaron otra vez con la paz de Ignacio Méndez.

Mientras Marino explicaba las implicaciones del precio del barril de petróleo durante la guerra de Estados Unidos con Irán, Alfonso miraba su Tablet concentrado, esperando el momento de intervenir sobre la Guerra de las Galaxias. Al fondo estaba Emanuel que con un guiño saludó a Ignacio mostrándole el trofeo que tenía en sus manos:

“Te presento a Michell” sonreía mientras hablaba.

El acento paisa de la dama hizo sonrojar a Ignacio que al verla veinte años más joven que su amigo, no quedaba de otra que imaginar de todo menos que era una dama.

Ignacio se despidió de su amigo y regresó a unirse a la algarabía de Marino y Fabio. Le llamaba la atención que José Isidro no estaba presente.

“Ese no va a venir, ni hoy ni nunca” alegó una voz burletera, de esas que le acosaban desde la infancia.

Ignacio se guardó las manos en los bolsillos del pantalón, adentro apretaba los puños como si ello fuera la solución para ese malestar intelectual que tanto daño le hacía.

Comenzó a tomar vino, pero la promoción 2x1 de Whisky ganó la partida y así fue que terminó por comprar dos botellas, pensaba en José Isidro.

Al caer tarde la noche, prefirió retirarse, pidió un servicio de UBER y con la botella de whisky sobrante en la mano intentaba pensar en todo menos en el silencio que le esperaba al otro lado de la ciudad, así que de un repentino salto de ideas cambió de plan.

“Señor, disculpe, mejor lléveme a otra parte. Ya le actualicé la dirección en la aplicación”.

Abrió la botella de Whisky y comenzó a tomar del pico como un sediento que buscaba la paz. El conductor del vehículo le dejó en una zona residencial al sur de la ciudad, al parecer tranquila, pero al interior de una casa grande y rodeada de árboles funcionaba un burdel de alta alcurnia.

Allí entró Ignacio, con los pensamientos revueltos, con el alma cansada y el nombre de José Isidro en sus pensamientos, o mejor, en sus oídos.

Se sentó en una mesa y pagó la diferencia por el licor que llevaba, al parecer el negocio de asesoría jurídica ambiental iba bien porque pidió otra botella de whisky, a un precio exageradamente mayor, pero con tal de silenciar las voces lo veía como una buena oferta.

Allí permaneció sentada en silencio, escuchando música y viendo mujeres en ropa interior desfilar por todas partes, a veces alguna se le acercaba para ponerle conversación.

A las nueve de la mañana seguían llegando clientes a aquel establecimiento secreto, Ignacio estaba con la cabeza sobre una mesa profundamente dormido, a su lado la botella de Whisky, de menor calidad a la que había comprado anteriormente, sui teléfono móvil con la batería descargada y debajo de este, una servilleta con un dibujo abstracto hecho con un lapicero de tinta negra, debajo del dibujo con la letra de un borracho, un nombre:

Emanuel Contreras.

AV.

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