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18 de mayo de 2026

El agente Benín (Fantasmas).

 



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Juan Gerardo Benín Chamorro nació en una noche de octubre de 1955, en el popular barrio de los olvidados, su madre, María Isidra, una mulata de esas que voltea con la mano desnuda al plátano maduro dentro de la paila de aceite, decidió separarse de su esposo, un moreno de acostumbrada rutina de trabajador, obrero de la construcción en una ciudad que preciso, estaba a la víspera de la reconstrucción.

Creció aquel primer año de vida en el popular barrio Sucre, tradicional para la compra de mercados campesinos, tradicional para el tránsito de los desesperados en un modelo urbanístico que buscaba en los ríos los límites del crecimiento.

Fue aquella explosión de 1957 que liberó a todos los males en la ciudad, su madre, Maria Isidra logró sobrevivir a la tragedia, ante la crisis, la ayuda apareció con el dinero de varios donantes que permitieron que se reconstruyeran manzanas enteras de la ciudad, entre esas casas una fue asignada para el porvenir de la familia Benín.

Estudió en uno de los colegios arquidiocesanos y en ese trasegar de la vida entendió el esfuerzo de su madre para salir adelante. La abuela María Socorro Chamorro, le acompañó hasta que la vida dijo basta, su fantasma, aquel espectro que la conciencia intenta descifrar estuvo siempre acompañándole. Juan Gerardo se sentía amado por aquella santa abuela que, sin dejarse ver de nadie, le aconsejaba todo en cuanto la vida le fuera suficiente.

Durante su adolescencia entró a estudiar una tecnología en electrónica, en el Camacho, intentaba trabajar como mensajero en el día y en la noche ser aprendiz, pero la injusticia de una ciudad que no da espera a los desesperados le hizo renunciar a aquel sueño de ser alguien en la vida.

Fueron años de duro trabajo con un pago mínimo, monedas que no daban suficiente cobertura para llevar una libra de tomate y algunas presas de pollo a la mesa. Su madre, Maria Isidra, le intentaba dar aliento con la paz que cualquier mujer emana ante la tristeza y la crisis.

Fue la suerte de alguna vez, de un quizás, de un de pronto, que prestando los servicios de mensaje en los almacenes de la calle catorce, se cruzó con una oferta de entrar a la escuela de policía. Una oportunidad perdida para mucho, pero de oro para aquel joven de ojos castaños, piel morena y cabello rizado. Explicó a su madre de su decisión, prometió dar todo lo que la vida le dejara a su alcance para seguir respondiendo por la casa, a su abuela, aquel espectro que en su conciencia le aconsejaba, la agradeció por cada idea y cada mensaje, también le prometió no enloquecer en los momentos de soledad.

La primera soledad llegó en Tuluá, a donde fue trasladado para iniciar su formación como policía. En la Escuela Simón Bolívar conoció a grandes personajes que con el trasegar de los años fueron ganando medallas y premios por su labor desinteresada y servicio a la patria.

Para los años ochenta ya estaba de regreso a la ciudad de Cali, servía en la estación de la carrera primera a dónde preciso, volvería muchos años más tarde a tener una oficina elegante y un comando bajo su mando.

Los consejos de la abuela María Socorro Chamorro estaban vigentes, incluso tomó la sana práctica de cargar una libreta en sus bolsillos para escribir allí cada tanto, las recomendaciones que su abuela transformada en consciencia le brindaba, alguna vez, como un detalle de navidad, aquellas recomendaciones acertaron el numero ganador de un boleto de la lotería local.

Con el dinero que ganó invirtió en una casa grande, en el barrio Ciudad Capri, un emergente sector elegante para ciudadanos de bien, algo que siempre soñó María Isidra para su hijo Juan Gerardo, pero que preciso él, fue quien le dio en correspondencia el premio soñado.

Allí vivió con su madre, un perro que recogió de la calle y en ocasiones, señoritas que enamoraba con la promesa de formar un hogar pero que siempre fallaban ante la inconstancia de la profesión de policía.

Con una parte de aquel dinero entró a estudiar en la fiscalía general en los peligrosos años noventa, ingresó al cuerpo técnico de investigación obteniendo su título de detective.

La corrupción es una enfermedad que se adquiere en condiciones especiales, solo afecta a quienes están atentos a ser contagiados por otro ser igual de enfermo, es un virus de muerte lenta que se va llevando consigo a todo aquel que lo padece, destruyendo en ocasiones, hogares, incluso, ciudades enteras, países y civilizaciones.

Juan Gerardo estaba aún exento de aquella enfermedad terminal, pero fue Rodrigo Cuartas, otro policía el que a bien le supo contagiar. Un domingo de mayo en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de Palmira un cargamento ilícito estaba a la víspera de recibir la bendición de alguien, para que fuese despachado a alguna parte, para entregar a otro alguien.

La abuela María Socorro le insistió en reiteradas veces el no acceder a tal ofrecimiento, no se sabe aún si fue el hambre de poder o el deseo de una vida de opulencia lo que empujó a Juan Gerardo a ceder ante el placer carnal de lo fácil, contrayendo aquella enfermedad terminal.

A lo largo de la década del dos mil tuvo altercado con otros colegas que investigaban delitos en las vías del Valle del Cauca, él, atento a sus proveedores del mal, siempre hallaba el modo de alejarlos de todo mal.

Fue la muerte de Varela, lo que alertó su sentido común, si él, que estaba lejos de cualquier estructura policial había caído ante las armas del Estado, entonces los pasos de otros investigadores caerían cerca de sus huestes. Para el año 2010 retomó sus labores de agente de policía con funciones de detective, evadiendo cualquier sospecha de crímenes cometidos o investigaciones alteradas, se ganó la confianza de los superiores, desde entonces se dedicó a perseguir asesinos y ladrones de menor estirpe, algo que su abuela aplaudía en sus pensamientos.

Durante los años de ejercicio encontró en el centro de la ciudad una comunidad de vagabundos que conocían a la ciudad mejor a cualquier otro habitante, el círculo de vicios y maleficios era tan específico que le ayudaba a identificar a cada sospechoso de crímenes cometidos, ello lo llevó a recibir reconocimientos por la efectividad de sus operativos, hasta que, en aquella semana de marzo de 2026, la muerte de un prominente extranjero le llevase a conocer a la maldad en su estado más puro.

Después de la muerte de Emanuel Contreras, cuerpo identificado por medicina legal luego de hacer la inspección de la escena del siniestro en alrededores del Río Cali, recopilar datos del fallecido le llevó a la Casa Azul como centro de operaciones de aquel extranjero.

Revisó los contactos de este y pudo entablar comunicación con cada personaje que la situación le guiaba, pero la abuela Maria Socorro Chamorro, quien seguía vigente en su inexplicable e inescrupulosa consciencia, le recomendaba desertar de ese caso. Para el día miércoles de aquella semana había entrevistado a tres abogados, clientes de aquel local comercial, a dos empleados (una mesera y el administrador), pero le llamaba la atención saber que aún había dos personas más sin aparecer o responder al llamado de la justicia.

Insistió hasta que el tiempo le dio la razón y encontró al primer desaparecido, un abogado independiente, fallecido de manera natural, según exámenes realizados, en la soledad de su apartamento en el barrio El Peñón.

La mesera del restaurante insistía en que se buscara a otra mujer, una joven con sospechas de ser culpable, pero sin rastro alguno de su existencia. Sin pretender empeorar el caso, Juan Gerardo Benín decidió ir con el apoyo de algunos de sus patrulleros, preciso aquella mañana de jueves los empleados se encontraban en el restaurante de seguro, planeando alguna escapatoria.

La experiencia de los años le daba el olfato para identificar a quienes traían en su cuerpo el rastro de la culpa, quizás por la enfermedad misma de la corrupción es que desarrolló tal olfato, o por los consejos de la abuela María Socorro. A pesar de estar ya en edad de retiro, Benín insistía en ser detective, había convertido su vida y sus principios en una extensión de su placa de policía.

En la estación de policía comenzó a interrogar por segunda vez a la mesera del restaurante, una señorita casi cincuenta años más joven que él, estaba nerviosa e insistía en que otra mujer joven estaba detrás de todo, incluso de la desaparición de otro cliente del restaurante.

Benín no tenía bajo control el orden de los hechos o la totalidad de los datos que se le exigían, pero su confianza en el instinto como detective le insistía en aquella señorita.

El interrogatorio ya llevaba una hora y sus minutos, afuera les esperaba el otro empleado del restaurante, el señor Pupiales.

Cansado de que la joven repitiera la acusación sobre la otra dama, le pidió que descansara, él saldría a fumar un cigarrillo y de regreso llamaría al señor Pupiales para la correspondiente entrevista de rigor:

- Señorita Certuche, si bien usted señala a la otra dama como principal sospechosa de la muerte del señor Contreras, es perentorio que justifique muy bien su defensa sobre la extorsión que emprendía contra los clientes del restaurante. –

Sara Carolina intentaba de muchas maneras hacerse entender, dar la versión de que era un juego de cinéfilos para dar la pista sobre la señora de nombre Michelle.

Juan Gerardo Benín se puso de pie, agarró su cabeza con las manos levantadas a modo de estiramiento, en ese preciso instante escuchó dentro de sí, las palabras de su abuela María Socorra:

- ¡Cuidado! - 

De un momento a otro todo se hizo oscuridad.

Sara Carolina abrió los ojos del otro lado de la mesa, estaba sentada viendo como se desvanecía. Intentó llamar al agente Benín, quizás para prevenirle de algo, quizás para pedirle ayuda.

En medio de ambos una luz tenue de color azul con vistos de color morado fue emergiendo, como una flor que se va abriendo.

Como una luz que se lo va llevando todo.

AV.


4 de abril de 2026

Fabio Andrés Barona Muriel (El visitante).

 


Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/


Fabio Andrés nació en la ciudad de Pereira, allí creció viviendo una vida tranquila sin los lujos de la Colombia corrupta, sin los miedos excesivos de una guerra de carteles de Medellín y Cali, vivió por demás, una infancia tranquila con las precauciones de siempre de no ser víctima de la delincuencia local, del sicariato de turno o incluso, de las desapariciones de niños que se alertaban en el norte del Valle y en Armenia, regiones vecinas.

Creció rodeado de tres hermanas, María Claudia, Tatiana de los Ángeles, Cristina Eugenia y Francesca. Él como hijo menor tuvo una infancia rodeada de total sensibilidad, sus padres se dedicaron siempre al comercio de electrodomésticos en la bonanza de aquellos años ochenta y noventa, suficiente para dar una educación de calidad a todos.

María Claudia estudió Psicología en la Universidad Tecnológica, hoy día atiende en su consultorio particular y vive en una economía suficiente para sostener un hogar, como madre soltera.

Tatiana se dedicó al diseño gráfico y viviendo en Bogotá dedicó su presente profesional a una reputada marca de cigarrillos. Junto a ella vive la siguiente, Cristina, que decidiéndose por la Antropología, se graduó de la Universidad de los Andes para dedicar su vida a estudiar proyectos de infraestructura en lo que los intelectuales del periodismo llaman, la Colombia profunda.

Francesca, la menor de las damas y mayor que Fabio por un año, encontró el amor en una red social, un Francés de aquellos que tienen ascendencia Argelina vino de visita a Colombia luego de conversar durante tres años por un teléfono móvil. Se casaron en Pereira y repitieron el ritual en Lyon, en una casa a las afueras de la zona urbana cargada de lujos y promesas de una vida mejor.

Fabio siempre fue alegre y entregado al fútbol, su pasión el Deportivo Pereira le llevó a conocer varios estadios y cultivar gratas amistades, hasta que dado el momento empezó sus estudios de Derecho en la Universidad Libre, allí mismo en Pereira.

Se graduó sin ser el mejor, tampoco sufrió para hacerlo, solamente cumplió con lo que cada requisito de grado demandaba. A principios de la década del diez atendió un caso inmobiliario interesante, una familia tradicional del barrio Granada demandaba a una franquicia de bebidas de café por el mal pago y mantenimiento de la vivienda.

El caso aparentaba ser de aquellos trámites que con una conciliación podría dar fin, pero la negligencia de los abogados de la franquicia aquella insultaba la inteligencia de la familia propietaria de la casa, grande además.

El caso escaló a la casa matriz de la franquicia de bebidas y tuvo que replantearse la estrategia, para ese entonces Fabio Andrés encontró en una oficina de abogados de Cali el apoyo suficiente para crear un equipo que diera respuesta a la alta complejidad de lo que inicialmente era un pleito de garantías inmobiliarias. Allí conoció a Marino Esteban Ruales Peña.

Atendieron el caso inicialmente por días, Fabio viajaba y analizaba la documentación, planteaban estrategias y Marino acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor, a medida que la franquicia de bebidas imponía condiciones nefastas para la familia propietaria de la vivienda, el caso se convertía en una lucha de poderes corporativos.

Por recomendación de Marino, Fabio se fue a vivir dos meses a Cali, dejando a sus padres en Pereira con la advertencia de volver.

El caso creció como lo suelen hacer los problemas.

Fabio Andrés conoció el lado alternativo de la ciudad, aquella Cali que no se sumerge en el ruido de la salsa de golpe ni en el jolgorio de las discotecas llenas de mujeres y aguardiente. Con Marino empezó por probar una gastronomía internacional, desde tapas españolas hasta restaurantes libaneses y bares de corte irlandés.

La cerveza artesanal enamoró con fuerza el paladar de Fabio y la elegancia de las abogadas, en su mayoría de carácter fuerte, atrajo a sí mismo, la codependencia que sus hermanas desde temprana edad le forjaron.

Con el apoyo de la familia que asesoraba en el caso aquel logró conseguir un apartamento en la zona norte, por aquello de poder salir fácilmente a Pereira y a su vez, estar a distancia prudente del centro de la ciudad donde la mayoría de juzgados convocaban su labor de apoderado.

Marino le inculcó el gusto por el Martini, un coctel de alta tradición internacional, junto a este, un buen plato de embutidos con variedad de quesos, una conversación filosófica de historia universal y por qué no, en el mejor de los días, una buena compañía con abogadas igual de solteras y amantes del Martini.

Frecuentaron Penélope, disfrutaron de las noches de BBC y hasta pasaron por bares de tradición que fueron desapareciendo con la modernidad de la ciudad. Para aquel año 2017, cinco años ya de instalado en la ciudad de Cali, una dama de elegante porte le aceptó la invitación a salir con la condición de ser ella quien escogiera el punto de encuentro.

Con un poco de misterio y algo de incomodidad Fabio Andrés aceptó, pero pidió a su amigo Marino estuviese atento al teléfono por si algo ocurría.

Lizeth Herrera, abogada, especialista en Derecho Laboral, soltera, hija de padres abogados, nieta de un reconocido abogado, ex esposa de un abogado, conoció a Fabio en los pasillos de aquel caso de la franquicia de bebidas, caso que cursaba cuatro años de querellas y amenazas.

Tan grande es la suerte de los ignorantes que preciso un grupo de trabajadores entabló demanda contra la misma empresa por la violación al derecho de libre asociación, la insistencia de crear una asociación de trabajadores convertía a la franquicia en parte de un ecosistema de problemas que ya Fabio atendía desde la parte comercial e inmobiliaria.

Coincidieron, porque eso hacen los dioses con los humanos, jugar a crear aventuras donde no hay cimientos de futuro.

Lizeth conoció a Don Emanuel en la universidad franciscana, allí compartieron algunas clases juntos y a pesar de la notable diferencia de edad lograron entablar una cordial amistad, ella bien sabía que el señor estaba muy interesado en pretenderla, pero logró atajarle antes de tiempo. Supo de su negocio de vinos y comida, así que comenzó a frecuentarlo los fines de semana, en especial los viernes que el centro de la ciudad empezaba a congestionarse, sobre todo por los alrededores del Bulevar del Río.

Fabio llegó a la Casa Azul sin conocerla, logró con las indicaciones de Lizeth estar puntual, ella lo esperaba con un vestido largo azul turquí, aretes dorados con forma de mariposa y un collar blanco con un dije dorado en el centro, también con forma de mariposa.

Se sentaron a tomar una promoción de Martini, porque era jueves y Don Emanuel, con su negocio muy joven todavía, pensaba en crear promociones para atraer clientes.

Lizeth conversó con Fabio Andrés, él, encantado de su inteligencia, solo escuchaba, recordaba a sus hermanas como una tertulia de grandes intelectuales, sobre todo a María Claudia y Cristina, las “filósofas” de la familia, como él las recordaba. En algunas ocasiones compartió ideas con Lizeth y dio prioridad a sus conocimientos de historia, amaba tanto la historia como a su Deportivo Pereira.

En algún descuido de la tarde mientras el tiempo seducía a los insensatos, Don Emanuel se acercó a la mesa a saludar a Lizeth, le tomó de la mano y se la besó como un príncipe a su doncella, Fabio sintió algo de celos e incomodidad, pero guardó la compostura como sus hermanas se lo enseñaron. Lizeth estiró la mano y con una mirada de complicidad presentó a Fabio con Emanuel, allí la magia del universo los unió como dos caballeros que se volverían amigos.

Terminó la tarde – noche, Fabio Andrés se despidió de Lizeth y la acompañó a su carro, viendo como se retiraba llamó a Marino Esteban, le contó un poco de la belleza de persona que era la dama y cómo no, le insistió que llegara a tomarse una cerveza, que el lugar era muy agradable.

Entró a esperar a su amigo, momento justo en el que Emanuel Contreras se le acercó y con la amabilidad de un extranjero le invitó otra copa de Martini. Se sentó a su lado y entablando una amistosa conversación sembraron las raíces de una amistad que cursaría nueve años de copas, historias y mujeres.

El miércoles siguiente, pero de marzo de 2026, Juan Alfonso Mosquera estaba sentado en el parqueadero de la Torre de Cristal, tenía las manos en el regazo con los pensamientos alborotados, entre lágrimas de tristeza y de terror quería encontrar una solución a lo que estaba pasando.

Intentó contactar a José Isidro pero la llamada nuevamente era ignorada, así que prefirió llamar a Fabio, el más serio de todos los colegas de la mesa de la Casa Azul.

Fabio aquella mañana estaba recién terminando una reunión con unos clientes corporativos, pues ahora su experiencia le daba suficiente récord para asesorar a pequeños empresarios que tuviesen pleitos legales con grandes corporaciones y franquicias. A sui lado estaba Marino, colega de luchas y su mejor amigo en la ciudad.

Atendió la llamada pensando que Alfonso quería programar un jueves de Martini o quizás, ir a almorzar paella en la casa ibérica.

Juan Alfonso Mosquera Moreno desde el asiento de su carro se acomodó la corbata de color naranja, sentía que le ahogaba, con voz firme para no parecer vulnerable, soltó a su amigo Fabio la mala nueva:

“Fabio, me acaban de informar que Don Emanuel falleció. Me llamó la policía, dizque se murió anoche”.

Fabio con el ímpetu de la raza paisa, volteó a mirar a Marino sin colgar la llamada, su rostro estaba fijo como una estatua de mármol. Marino sin entender nada comenzó a guardar los papeles en el maletín y a apagar el computador.

“Alfonso ¿Cómo así? ¿Dónde estás?” Respondió con la voz entrecortada.

Juan Alfonso sin perder el ritmo de la conversación, sentenció:

“Voy para la estación de policía de la calle primera, allá nos vemos”.

AV.

3 de diciembre de 2025

Quemar las Velas (Diciembre).

 

Imagen Tomada de: https://laurenpretorius.com/

Black Cat & Candle By:  Lauren Pretorius

Retomamos la laguna labor de escribir por escribir, no de emitir ficciones en cuentos y relatos con mensajes de fábula sino, de darnos un respiro en el ejercicio de las letras como lugar común de encuentro.

Diciembre, mes de cierre de año laboral y de expectativas de promesas de antaño llega con la presión de un trimestre que ha sido para este, su amigo y vecino, una temporada de demasiada frustración y aprendizajes, de esos que dejan huella y cicatrices.

Podría iniciar por menoscabar en los vientos de agosto como un mes donde encontré la felicidad y en ella la esperanza de que el curso de cada decisión y pensamiento podrían darse en buenos términos, pero santa es la vida que su expreso sentido del humor es tan negro como las intenciones de quien desea el fracaso llegue a las puertas de esta residencia.

Aquella felicidad que con aires de crecimiento profesional abrazaron al escritor de este blog, se fue transformando en un sentimiento de esos que uno comparte con los allegados al llegar de un viaje, tuve la oportunidad de conocer personas maravillosas y re encontrarme con otras a las que les tengo alta estima, como a la gran Jefecita, o a la poeta, a la que tanto afecto (y deseo) le guardaba en los bolsillos del alma.

Septiembre se comportó como un péndulo que entre lo real y lo imposible dio lugar a cada descuido, desde el tropiezo académico con viejos conocidos hasta la afrenta económica con decisiones que se pudieron evitar, salgo un par de consejos inconclusos. Un mes que dejó huella con tanta presión que en la arena había más que gotas de sudor, muestras de cansancio y frustración, porque quien observa desde la comodidad de la distancia puede opinar sin tomar de frente la responsabilidad.

Octubre es un mes de esos que yo adoro por el místico semblante de la fiesta de Halloween pero de fondo es el mes de mi onomástico, una celebración que con el paso de los años se va diezmando a un café y un par de amigos de alta calidad y especialidad.

Un mes además de dar cierre a esos agujeros que como heridas se fueron prolongando entre pensamientos y acciones que en ocasiones, no daban fruto sino, mala hierba a quien esperaba mejores resultados, insisto, la ingratitud fue tomando forma y espacio hasta dejar en el cansancio la decepción de quienes yo pensaba eran nuestros aliados.

Diciembre es difícil y quizás mi interpretación de lo que ha sucedido desde los meses previos es que se ha quemado cada uno de los barcos en los que alguna vez estuve.

Una temporada de pérdidas, de despedidas, de desidias y claramente de soledad.

Aprender que amar es un principio tan básico como el sentido común, aunque no seamos básicos, ni sea el más común de todos los sentidos.

Y vamos en el tercer día del mes. 

AV.


23 de noviembre de 2025

El Examen (Bogotá).

 



 VII.

El profesor Humberto Valdivia Solano recibió a Marcelo Bakker en diciembre de 1984, un año más tarde de esa conversación telefónica, año suficiente para que en la facultad de ingeniería de la universidad de Delft se finalizará el trámite de aprobación de movilidad bajo la excusa de año sabático, a decir verdad, Marcelo estaba emocionalmente destrozado y sus asesorías a la agencia de aviación de los Países Bajos cada día era menos determinante.

Humberto logró entregar los documentos recibidos por correspondencia desde Rotterdam, con ellos y una carta de recomendación firmada lograron que Marcelo pudiese iniciar en enero de 1985 su rol como Docente Titular de la facultad de ingeniería de la Universidad Nacional de Colombia. Lo recibió en su apartamento, un sencillo espacio de tres habitaciones en Teusaquillo, mientras encontraban algo que fuera del agrado de este para instalarse de manera definitiva.

Aquellas semanas de diciembre el ambiente festivo de navidad y fin de año ungía como escenario de fondo de dos ingenieros que sentados en una sala de estar conversaban reiteradamente sobre los devenires de la vida, Marcelo retomando su español expresaba el dolor de la ausencia de Elin y la inexplicable muerte de esta, como si fuese simplemente un silencio final, un adiós sin palabras, ver al amor de su vida en una cama de hospital respirando como acto reflejo, en sus ojos cerrados intentar descifrar su dolor o su distancia, a la final, nada tenía razón clínica para ser como fue.

Humberto consolaba como buen aprendiz y ahora amigo, la distancia de años entre uno y otro no era problema para construir una amistad más allá de la relación académica que había iniciado.

Para la semana de fin de año, Marcelo con algo de timidez compartió los primeros escritos a Humberto, explicó con un perfecto acento santandereano que eran reseñas de las pesadillas que Elin le comentaba cada mañana, algunas ya exageradas por la ficción literaria, otras menos expuestas a la intimidad, a la final todas terminaban ser letras de espacios desconocidos, universos oscuros ajenos a esta realidad, una especie de dimensión en donde los sueños de su esposa reposaban en las tinieblas de la inconciencia humana, lejos donde los dioses no murmuran ni las bestias caminan, solo un espacio oscuro y frío, con caminantes que buscaban despertar desesperadamente, según palabras de su esposa.

Humberto tomó algunas hojas y las leyó en silencio, compartía el sentir de su maestro y quizás como una tertulia de dos señores mayores brindaba un poco de vino o aguardiente, mientras replicaba las letras de aquellas pesadillas incongruentes.

Humberto entregó el documento final de su investigación doctoral, un modelo de redes para sistemas de control aéreo que serviría años más tarde a la agencia aeronáutica de Colombia, de allí emergería el posterior interés al interior de la facultad de ingeniería de crear una línea de investigación en simulación de datos y arquitectura aeronáutica. Marcelo estaba orgulloso de su amigo, incluso retomó su línea de diseño de aeronaves, un trabajo quizás más para ocupar la mente que para fomentar el nuevo conocimiento.

Cursado el mes de enero, dieron inicio a las clases en la Universidad Nacional de Colombia, Marcelo con sus contactos logró un par de donaciones de laboratorios de cómputo para la facultad, equipos con más capacidad de procesamiento de datos, un favor que alguna vez alguien en el gobierno de los Países Bajos le adeudaba.

El terror de la violencia en el país daba a Marcelo la austeridad de sus gastos, no pretendía ser visible ante la fuerte presencia de organizaciones criminales, prefería ser visto como un simple profesor de universidad pública, anhelo que en dos años maduró en un nombramiento como director del centro de investigación de datos de la facultad, un lugar de distante descanso ante los terrores de la realidad colombiana.

Humberto continuó sus clases mezcladas con diseño de datos y programación de simuladores, se hizo un nombre y un estatus en el pesado ambiente de los ingenieros del país.

Mientras los aviones estallaban en los cielos colombianos por vendettas entre organizaciones criminales, él insistía en mejorar los controles aéreos de las principales ciudades del país, diseñaba sistemas operativos más amigables y legibles para los técnicos aeronáuticos, incluso se apoyaba en ocasiones en el conocimiento de Marcelo.

Al llegar las fiestas de diciembre de aquel desastroso año 1989, Marcelo que ya se había instalado en un elegante edificio sobre la avenida 19, llamó a Humberto con ansiosa preocupación, explicó que sin entender nada había tenido una pesadilla la noche anterior. Un terrible ser sin forma ni lógica para la mente humana le buscaba, le hablaba con una voz distorsionada, con ruido y alteraciones en el ritmo de las palabras, entendía las palabras porque sentía que era una comunicación mental y no auditiva, pero era contundente el mensaje: Elin seguía atrapada en vida, en una especie de bucle de sufrimiento y dolor, y era labor de este ir a liberarla.

Humberto sorprendido comenzó por sugerir que retomara el arte de escribir las pesadillas, más que una ficción, una terapia que quizás era momento de retomar, pueda pues, fuera el estrés o el hecho mismo de que la ausencia de ella estuviera retumbando en su psiquis como un asunto sin resolver.

Marcelo se sintió ofendido al momento de escuchar la respuesta de su ahora amigo Humberto, pero tomó como propio el consejo y agradeció la sugerencia.

Con un cigarrillo en la boca y sentado en su apartamento, comenzó a escribir sin estructura todo lo que recordaba del sueño, de esa pesadilla infame que le chantajeaba por el amor por su esposa fallecida.

Su amada Elin, a quien recordó con lágrimas en los ojos mientras el humo de cigarrillo danzaba como un hilo azul, estaba atrapada según recordaba, en un universo oscuro, lejano, frío y lleno de estrellas, con seres sin forma y voces con mucho ruido, sin ritmo y acento, palabras que emergían en su mente producto de un sonido extraño, solitario, macabro.

Sacudió el cigarrillo en un cenicero de cristal y elevó su mirada por la ventana observando los cerros orientales de Bogotá, recordó levemente su vida en Rotterdam, recordó el primer día que conoció a Elin en la universidad, recordó aquella tarde en la biblioteca cuando ella desapareció, recordó, además, su rostro pálido en la cama del hospital mientras luchaba por salir aquel estado catatónico.

Marcelo recordó tantas cosas en tan pocos segundos que fue justo en ese relicario de nostalgia y melancolía que halló la ficha clave de todo lo que ocurría: Elin siempre hizo hincapié en que había personas atrapadas en ese lugar, personajes que sufriendo, buscaban una salida.

- ¿Estarás buscando una salida, mi amor?

Alzó la voz como un ingenuo hombre derrotado, sus ojos, con lágrimas volvieron a la hoja de papel para continuar escribiendo lo que recordaba de la pesadilla.

Al otro lado, donde no hay luz ni tiempo, una mujer caminaba desesperada buscando una salida en una elegante y moderna biblioteca de la universidad.

AV.

20 de octubre de 2025

El Regalo (Renata)

 


Imagen tomada de: https://portraits-by-nc.com/blogs/news/black-cat-in-flower-field-painting?srsltid=AfmBOoo157o5P6RB5f3J9rEOG7zh2lLg0ZdRt5ooMm8orS2u8CWZJ6lt

Black Cat in Flower Field Painting

I.

Renata regresó a la ciudad como las grandes mujeres que viven el sueño del poder y la riqueza del alma. Inició años atrás una intensa labor en empresas de alta complejidad con la finalidad de crecer y ser mejor profesional, en esos andares del camino aprendió de negocios y otras virtudes que del amor y muchos placeres quedó inconforme.

Desde un buen salario hasta la libertad de caminar las calles de la capital con la frente, además de grande amistades y colegas de igual nivel de complejidad fueron la herencia de un viaje que traería pronto retorno a casa.

No se trataba de un gesto de derrota sino, un retorno a casa con las alas más grandes y la conciencia llena de aprendizajes listos para dejar a disposición del negocio familiar, una convocatoria a la que no se pudo negar a pesar de las monedas sobre la mesa en la capital del país.

Llegó a la ciudad como las grandes mujeres, con expectativas de encontrar el mundo como ella lo ha vivido, interpretar las calles y sus noches con la misma discreción y cordura del bullicio de la capital, la sorpresa fue grande cuando poco a poco su vida social se fue relacionando a las mismas cuatro personas, seres del pasado que de modo incondicional dieron fe de su crecimiento personal y profesional.

En una primera oportunidad fueron a tomar vino y escuchar las historias que Renata traía del centro del país. Para una segunda salida fueron a comer algo, porque eso hacen los amigos, y allí seguir escuchando historias.

Junto a Renata un canino de nariz fría llegó de la capital, como aquellos perros de otras ciudades que a riesgo enfrentaron sus maldiciones.

Pasaron semanas de adaptación y el calor de la ciudad además del silencio de la soledad marcaron la pauta para que la joven empresaria notara la melancolía de una ciudad que no da espera a los desesperados; comenzó a hacer ejercicio, a practicar lenguas extranjeras y hasta cursos de cocina por internet, el tedio del tiempo libre era tan denso como la nostalgia de la vida en la capital.

Igor, un elegante personaje de la cotidiana vida de Renata atendió su soledad, con la buena intención de darle un almuerzo y unas palabras de crecimiento personal le convidó a pasar una tarde en el restaurante preferido de ambos, aquellos lugares donde el tiempo no avanza, pero sí la memoria.

Un viernes cualquiera lleno de sol y brisa seca, Igor llegó a casa de Renata, traía consigo un regalo de buena fe, con algo de esperanza dejó fluir en palabras amigables la importancia de dar al tiempo libre ocupaciones simples, pequeñas, mínimas pero constructivas.

Ella le recibió y tomándose un Té de frutos rojos le preguntó por el trabajo, le hizo algunas recomendaciones y nuevamente indagó por su tiempo y su sentir, él como el gran amigo que es brindó respuestas a las preguntas y sumó nuevas, como el estado de ánimo y algunas especificaciones del nuevo trabajo en la ciudad.

De regalo le dio una planta, tan natural y básica como una palma, la novedad es que llegaba con una maceta de coco colgante, una fibra justa para reforzar amistades y unir soledades.

Por su condición de maceta colgante, Renata ubicó el regalo en el balcón del apartamento, el canino de apoyo emocional observaba con las orejas levantadas, sabía que era algo extraño en su nido familiar.

Cada mañana Renata regaba un poco de agua de modo prudencial, según las recomendaciones de los expertos.

Cada noche con un atomizador de agua humedecía las hojas de la palma, porque eso recomiendan los expertos.

Aquel hábito de cuidado de la planta se sumaba al ya acostumbrado cuidado del perro de apoyo emocional, un canino pequeño y juguetón. Renata comenzaba a expulsar sus emociones en pequeñas tareas de casa, tal como su amigo Igor consideraba justas para el alma.

Una avispa.

Una avispa rubia y pasajera.

Coqueta, pequeña, peligrosa, rubia y pasajera.

Una avispa se asentaba en la palma aérea.

Renata encontró en una mañana la presencia de un pequeño bulto de arena y fibra sobre el tallo de la palma colgante. Con su teléfono móvil tomó una fotografía acusando de tierna la situación, sentía una bendición para su hogar el ser anfitriona de un nuevo integrante de la vida.

Igor recibió la foto en su aplicativo de chat, allí llamando la atención de Renata, le hizo señalamiento sobre el tipo de nido que había: Un panal de avispas, y no cualquier avispa, un depredador oportunista y carroñero.

Con el temor de quien pierde la paz, Renata tomó la escoba y con un golpe torpe logró derribar el panal, pequeño aún, pero ya con algunas larvas y huevos en sus perfectas celdas hexagonales, Renata huía de cualquier cosa que tuviese alas.

Cerró la puerta del balcón y junto a su perro de apoyo emocional se quedaron esperando alguna represalia de parte del panal caído.

Pasaron las horas y nada ocurrió.

Horas más tarde la avispa madre regresó encontrando la maceta de coco colgante revuelta, sin su panal, sin sus larvas ni sus huevos.

Un silencio tenso se escabullía entre las alas de una avispa ofendida.

AV.

11 de julio de 2025

Cansancio (Puntos de partida)

 



Imagen tomada de: https://i.pinimg.com/1200x/f9/c9/51/f9c9516b17eb8a424d255e306856dfa2.jpg

Cat Painting By: Dave Gahan (Depeche Mode)

Hay cambios en la vida que nos van dando la pausa suficiente para esperar el siguiente día, retos que se dibujan en una sonrisa y van tomando de la mano todo aquello que conocemos como libertad.

Nos encerramos en pensamientos que se afanan acorde los minutos caminan, de hecho, nos interesamos por datos y cifras que justifiquen de la mejor manera las decisiones que haya que tomar.

¿Sabías estimado lector, por ejemplo, que la primera vez que los Muppets aparecen en Nueva York fue en 1984? Son datos que si bien no son coleccionables sirven para entablar un diálogo amistoso entre conocidos y desconocidos.

Vamos por una taza de café, caminemos largos pasillos para distraernos de tanta tarea y así, estirar las piernas y saludar a otros igual de cansados.

¿Sabía pues, estimado lector, que la producción de café de Brasil y Vietnam representa el 50% de las exportaciones mundiales de café? Increíble pero cierto, Vietnam se puso a la tarea de crecer y lo logró, nosotros en cambio, seguimos cansados pensando que todo está bien y eso no es así, no todo está bien, debemos de retomar actitudes y labores que nos lleven al privilegiado segundo lugar del mundo, debemos, dije.

Retomamos las labores, encendemos una computadora y digitamos de manera casual los pormenores de una tarea pendiente, de esas que siguen en la bandeja de entrada del correo electrónico, como un visitante en la sala de la casa.

Al momento de leer dejamos que la música que escucha el vecino nos distraiga ligeramente, los pensamientos se nos escapan y un dato inútil re aparece: Si bien la corbata fue un invento croata (balcánico), el Rey Luis XIV es quien realmente populariza el uso de un pedazo de tela en la elegancia vestimenta, emulada posteriormente por la nobleza, hasta nuestros días, en el uniforme de la empresa de seguridad.

Pasamos tanto tiempo pensando que el cuerpo deja en evidencia el cansancio que nos convoca.

Anoche precisamente llegué a casa y renunciando a toda dignidad, me deje caer sobre la cama sin consideración, allí, abrazado a la almohada como un náufrago, cerré los ojos y dando gracias a Dios por el día vivido, escapé en un silencioso anochecer juliano, hasta que Martina apareció.

Supongo pues, estimado lector, que es de su conocimiento que la primera vez que los gatos fueron adoptados como mascotas fue en el antiguo Egipto, hace ya más de cuatro mil años, donde les veneraban como dioses incluso. Pues justo aquel momento, Martina se posó sobre mi cabeza en señal de total dominación, yo solo quería dormir, estaba cansado, ella solo quería hacerme saber que me amaba, para que yo la idolatrara, como siempre.

Así cada mañana iniciamos la rutina y con el gusto mismo por el café y el trabajo, avanzamos en cada pasillo, en cada taza, en cada canción que el compañero de espacio sintoniza.

Reiteramos el común vivir de datos inútiles y cifras desproporcionadas, nos aventuramos en la mente de quien todo lo ha soñado.

Es tiempo de bajar al ritmo y descansar, para que tanta información no nos termine por asfixiar, el cuerpo merece la pausa que un buen postre puede darnos.

Por cierto, la semana pasada comí tanta torta Vasca que esta semana se sintió su ausencia, un vacío existencial y espiritual tan profundo, como el silencio mismo de una cueva.

Suena Enjoy th Silence, por supuesto que no es una casualidad, fui yo quien le puso play, el vecino sigue escuchando la emisora local.

¿Sabías que la flor en la portada del álbum "Violator" (1990) simboliza pasión? Bueno, pues claro que no lo sabías, porque me lo acabo de inventar. El verdadero significado que el artista quiso dar, fue el de “ruptura”, un ejercicio de dar fin a la pureza, según sus creadores.

Escuchemos buena música, tomemos café, sigamos coleccionando datos inútiles, sigamos escribiendo.

Todo es un punto de partida. 

AV




8 de mayo de 2023

Borrador (Costumbres)

 


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Con el alma muda nos cuestionamos qué vamos a hacer ahora, con la sed recurrente y el pensamiento en los pies nos dirigimos con altas expectativas sobre el mes de abril (estamos en mayo).

Nos alejamos con la costumbre misma de pretender vivir un mundo soñado a base de historias y sonrisas, de cuentos y anécdotas con personajes inexistentes. A lo mejor solo son sueños que se narran en una libreta, o por qué no, la permanente trova de aquel que busca su suerte en un semáforo haciendo malabarismo.

Los días traen su ritmo y sus miedos. Vivimos a cada paso y a cada gota de sudor, nos llenamos de ternura e ilusiones porque en esta labor es que reside el deseo de todos por vivir un mejor mañana, por ser agentes de nuestra propia historia.

Una historia de terror para algunos, una historia de ficción para todos.

Con las palabras encerradas en una botella intentamos comunicarnos con el mundo entero, nos desdibujamos de ese profesional que nos antecede para re convertirnos en ese niño que nos juzga desde el llanto de la memoria.

Estamos orgullosos de cada nota musical que suena, porque de su mística hemos dado la vida, del paraíso de los olvidados es el poder de la palabra y de las acciones, las intenciones de los desconsolados.

Hay almas que hacen ruido, que son un malestar inmenso en donde sea que se paseen. Pueden robar la calma a quienes están cerca, son capaces de destruir lo que años atrás consideraban era sagrado, no les interesa el porvenir sino, el contundente materialismo de la vida. Son vagones llenos de metal.

Son miles de emociones y acciones condensadas en una botella en su punto máximo, intentan que su ruido sea escuchado por todos, se desdibujan permanentemente de toda vida que le haya antecedido, se juzgan a sí mismas, con el ego mismo de no permitirse ser juzgada por algún comensal.

Son agentes de su propia perdición como un espectáculo de comedia en la que el comediante busca hacer reír a todo su auditorio, pero jamás su propia felicidad: Un drama bien intencionado.

Hay almas olvidadas, llenas de expectativas y con el deseo de poder ser útiles a otros que quizás las hayan recordado por un segundo, por un error. Almas que son tranquilas, que se visten de los colores que al tono de cada mañana bien parezca, seres desencarnados que rondan por pasillos sin prisa, rondan solamente.

Son susurros de melancolía que reconociendo su historia se permiten ser juzgadas sin querer mejorar, trascender o perder. Se disfrutan a sí mismas como un actor claro de noble corazón.

Como los perdedores que nunca jugaron a ganar.

Hay almas demasiado humanas. Son peligrosas porque están incompletas, imperfectas.

Hay almas demasiado perfectas, elegantes, únicas, sabias. Son almas que no merecen estar aquí, perecen en el primer contacto humano, lloran un rato, pero después allá a lo lejos, en la eternidad, vuelven a sonreír.

Somos seres con el amor por el tiempo anclado en los tobillos. Seres que tenemos la capacidad inmensa de recordar cuando nos han arrebatado, de desear cuanto nos han prometido y por supuesto, de ignorar cuanto bien nos han abonado.

Seres que llevamos en el bolsillo las ideas necesarias para abrir puertas, sembrar caminos o atropellar consejos, seres que dejamos en el anhelo de la perfección las miles de historias que nos dan vida y calor.

Tenemos el alma muda.

Somos una ficción permanente en un orgánico universo de sentido común.

AV.