13 de julio de 2026

Michelle Cristina Rueda Palacios (Otra pesadilla recurrente)



Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/

Marino abrió los ojos con asombro, respiró con agitación y se encontró a sí mismo reflejado en el espejo de un baño. Estaba de pie en el lava manos de un baño local, un lugar pequeño, con baldosines de color crema y un techo de madera. Junto al espejo había un recipiente, al parecer de jabón de manos y junto a este, un dispensador de toallas.

No entendía nada, el lugar le era desconocido y más aun, su apariencia frente al espejo le era llamativa. Tenía puesta una camisa variopinta con aves y palmeras en su diseño, en el bolsillo de la camisa, un juego de gafas de sol y al mirar más abajo, se sorprendió estar en chanclas de playa, sin medias, solo un pantalón de lino color blanco.

Marino comenzó a preocuparse más allá de lo corriente, era claro que jamás en su vida vestiría de ese modo, la confusión le llevó al impulso de salir de aquel lugar, abrió la puerta y con sorpresa se encontró en la Casa Azul, el local estaba vacío, en la barra de preparación de licores había una sombra, la figura de alguna persona o ser desconocido, no era Julio Washington Pupiales, el administrador y encargado de licores del restaurante, tampoco la joven Sara, simplemente una sombra que daba la sensación de mirarle fijamente.

Siguió caminando y el olor a cigarrillo comenzaba a rodearle, miraba a todas partes y las mesas estaban vacías, desorientado y algo mareado, siguió caminando en búsqueda de la salida, pero en vez de la puerta de siempre, vio que en su lugar había una pared, con una suerte de fotografías allí ubicadas, la mayoría de Emanuel, abrazado de amigos y clientes famosos del restaurante. Una de las fotos mostraba a los caballeros de la casa azul, sentados juntos bebiendo vino y al parecer, cantando.

Marino se acercó para observar en detalle las imágenes, entre fotos y retratos identificaba a los viejos clientes del restaurante, amigos que ya hace mucho tiempo dejaron de asistir, otros desconocidos, en dos fotos encontró a Michelle, la misteriosa amiga de Don Emanuel. En una estaba ella con el cabello cogido con un gancho en forma de mariposa, una  blusa color rosa y de pantalones negros, de bota alta. Estaba sentada en la barra del restaurante sonriente, con una copa de vino alzada en su mano derecha y posando la otra mano en el hombro de Julio Washington, que estaba atendiendo desde el otro lado de la barra. Junto a ellos, en otra silla, Don Emanuel con su carismática sonrisa.

La otra fotografía era confusa, porque en ella estaban Jose Isidro Segundo y Emanuel sentados con ella tomando cocteles, los tres sonrientes en una mesa a un costado, curiosa fotografía porque preciso, Emanuel vestía con la misma camisa con la que fue encontrado el pasado miércoles.

El pasado miércoles.

- ¿Qué día es hoy? - Se preguntó con loable asombro y desprevenido riesgo.

Se dio vuelta y mirando directamente a la barra del restaurante encontró a aquella sombra de pie, con firmeza dejaba entrever una extraña sonrisa en medio de su oscura apariencia.

El olor a cigarrillo incrementaba, la confusión adornaba las ideas de Marino, quería salir pero no había puertas o ventanas por donde huir, como si ese fuese el mundo entero, el universo suficiente para existir.

- ¿Qué día es hoy? - Se preguntó nuevamente, intentaba mirarse las manos. Caminó dando vueltas sobre el mismo espacio intentando entender qué ocurría, las fotografías en la pared resaltaban por el brillante color dorado del marco, un estilo elegante y vistoso.

Se metió las manos en el bolsillo del pantalón buscando su teléfono móvil, no había nada allí, con preocupación volteó a mirar a todas partes encontrándose nuevamente con la sombra que custodiaba la barra de licores.

Michelle cruzó una pierna sobre la otra, sentada en una mesa bajo una lámpara de luz blanca, vislumbraba al desesperado Marino quien caminaba como un ente de lado a lado. Golpeó su cigarrillo contra el cenicero de cristal, la ceniza caía como un bloque pesado de recuerdos, el humo viajaba por todo el recinto hasta incomodar a Marino, quien se giró al ver la luz encendida al fondo, preciso dónde estaba ubicada la elegante mujer de origen antioqueño.

Si bien la luz iluminaba lo suficiente, Marino no lograba identificar a la mujer que allí estaba observándole, se acercó un poco y con voz entrecortada preguntó quién estaba allí.

Una fuerte luz blanca le hizo perder la visión por un instante, cuando pudo retomar la vista por completo se dio cuenta de que ahora estaba en el burdel aquel dónde le informaron que había estado Ignacio.

Con sorpresa Marino se dio cuenta que ya no vestía la camisa de colores sino, un elegante traje azul oscuro, en su mano un reloj de oro y algunas pulseras de tipo religioso. Estaba sentado junto a dos damiselas, de seguro meretrices de aquel lugar, las dos muy bellas con un bata estilo kimono cubriéndoles la ropa interior, una más alta que otra, una más delgada que la otra, una con el cabello más largo que la otra, una más bella que la otra, una siempre diferente a la otra. Aquellos rasgos llamaron la atención de Marino que a sus adentros comenzó a sospechar que todo estaba conectado, en su inconsciente o en el desvarío de una realidad que no se dejaba interpretar.

Sintió que unas manos frías se posaban sobre su hombro izquierdo, poco a poco se fueron deslizando por el cuello hasta subir a su cabellera, acariciándole con total cariño y deseo. Se giró pensando que era otra de las meretrices del lugar pero para su sorpresa era aquella mujer de las fotografías del restaurante, la misma que según Alfonso, le había estado acosando.

Abrió los ojos con sorpresa e intento ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron al impulso, estaba atrapado en alguna especie de sueño o pesadilla.

Michelle sonrió, una mueca burlesca, un gesto de desprecio disfrazado de cordial bienvenida.

Se agachó y dándole un beso en la mejilla saludó al confundido Marino, se sentó a su lado y pidió una copa de vino a las doncellas que estaban presentes, preguntó si se le ofrecía algo de beber, pero Marino prefirió hacer un ademan de rechazo, en realidad no le escuchaba nada a pesar de estar tan cerca.

Michelle se sentó del otro lado de la mesa, vestía un elegante traje negro, una blusa de rayas y diseños variados, todos de color dorado para resaltar el diseño principal. Marino observaba con el deseo mismo de entenderlo todo.

Michelle se sentó cruzando las piernas, una costumbre y a conocida, comenzó a hablar y a reírse de vez en vez, expresaba todo tipo de historias y relatos, desde anécdotas de su natal Medellín hasta recuerdos de la casa azul. Marino no lograba escuchar nada, al parecer no había absolutamente nada que escuchar, todo era silencio, ni el ruido de la copa de vino chocar con el pico de la botella, ni el ruido de las doncellas caminando en tacones ni tampoco el ruido de la música que el local reproducía a alto volumen como era costumbre.

Se levantó de la silla y la joven Michelle le lanzó una mirada fulminante, sus ojos amarillos se convertían en dos aros de luz que le quemaban el rostro, Marino se cubría con las manos dando pasas hacia atrás, como un dolor ajeno a lo humano, un ardor que en sus manos chocaba.

Marino quiso devolver la afrenta con un par de palabras obscenas, pero tampoco podía hablar, al parecer estaba en un eterno silencio, un universo donde era solo testigo de lo que se pudiese observar. Siguió caminando y se tropezó con otra silla de una mesa cercana, se cayó y se golpeó un costado, el dolor le hizo gritar.

Despertó nuevamente, estaba en la cama de su habitación, el dolor en un costado seguía allí, pero sorpresivamente estaba en su cama, con el bata satín color negra, se levantó confundido, su calzó las pantuflas y caminó hasta el baño, allí se dio cuenta que estaba bien. No había hematomas, no tenía ojeras y su cabello y su barba estaban decentes, al día como solía pensarlo.

Se dio una ducha de agua fría, se sentía renovado, incluso pensó en la terrible pesadilla que había tenido, para tal momento, casi una hora después de levantarse de la cama recordó a la misteriosa mujer del sueño, con ella, recordó otros sueños que había tenido por igual.

Salió de la ducha, se vistió su tradicional traje gris y corbata de color negro, elegante como la educación que su padre le había dado.

Terminó de vestirse, se acicaló y con un poco perfume terminó su ritual de caballero, se puso el reloj en la mano izquierda y guardó el teléfono celular en el bolsillo derecho de su saco, para tal instante algo le llamó mucho la atención.

Nunca en su vida se había puesto el reloj en la mano izquierda, así que se quedó mirando fijamente su brazo intentando entender. Se quitó el reloj y se lo cambió de brazo, sacó el reloj del bolsillo y revisando la pantalla principal de su teléfono móvil, notó que era doce de junio.

Doce de junio.

Un viernes más de marzo, pensó.

Salió de su habitación esperando encontrar a su madre o a alguna de las criadas en el trayecto, como era costumbre. Para su desdicha y sorpresa, quizás como una nueva costumbre, al abrir la puerta encontró un universo totalmente oscuro, una bóveda negra que en el fondo iluminaba una mesa al fondo.

La mesa de un restaurante donde preciso le esperaba la mujer de aquellas pesadillas, con la misma copa de vino tinto y el mismo cigarrillo en sus manos: Michelle Cristina Rueda Palacios.

Marino cerró la puerta en un acto reflejo, quiso devolverse pero al girar sobre sí mismo la puerta ya no existía. Estaba nuevamente en el suelo, dónde en algún momento de la vida se había tropezado con la silla para caerse.

Michelle observaba con una carcajada de burla.

AV.

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