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Soñaba con ser bailarina, anhelaba ser parte del equipo de Lady Gaga o Beyoncé, no quería ser cantante ni gerente de una gran corporación, quería ser bailarina.
Creció
en Medellín rodeada de amigos y hermanos, siendo la menor de un linaje de tres
hombres: Edwar, Samuel y Francisco. Cada uno creció con un propósito de vida
diferente. Edwar el mayor, estudió ingeniería de sistemas en la Universidad de
Antioquia, años más tarde se fue a buscar suerte en los Estados Unidos, nunca
se supo de su vida. Samuel, el siguiente, a sus treinta años murió víctima de
un atraco saliendo de la estación de metro del barrio, su vida interrumpida al filo
de una navaja.
Francisco
con dos años de edad de diferencia fue realmente el hermano más cercano a Michelle
Cristina Rueda Palacios, su refugio constante.
Martha
Palacios, su madre, se fue de casa sin dar explicaciones, simplemente
desapareció entre un viernes y su correspondiente amanecer de sábado así que Aurora
Rueda, la abuela, fue quien terminó dando la crianza a los cuatro hijos que
quedaron de Martha.
Michelle
comenzó a bailar en un grupo de hip hop de la comuna, en la casa comunal había
un programa de Barrio-taller en donde se dictaban clases de teatro, danza,
poesía, manualidades varias y algo de deportes, para llegar debía de caminar
algunas cuadras de distancia, no muchas en distancia, pero sí peligrosas.
El
primer muerto que vio en su vida lo encontró bajo un puente peatonal, una ser
con identidad desconocida flotaba sobre las aguas de un canal, a su lado varios
desperdicios humanos flotaban en el mismo ritmo. Una experiencia reveladora
para una niña que empezaba a intentar entender el sentido de la vida en medio
de una sociedad muy peligrosa para una señorita de su edad.
Para
el año 2013 ya cursaba primer semestre de Administración Hotelera y Turística
en el Instituto Colegio Mayor de Antioquia, en aquel entonces ya había frenado
en seco a dos hombres mayores que se quisieron propasar con ella, uno de ellos era
el profesor de hip hop, un par de años atrás cuando quiso encerrarla en el baño
de la casa comunal; el segundo, un compañero de clases en el instituto, preciso
en los primeros cursos de administración.
Ambos
varones desistieron del intento de abuso al ver una imponente sombra ubicada detrás
de la asustada Michelle, sombra que enmarcaba todos los terrores del mundo.
Si
bien nunca entendió qué había ocurrido, algo en su interior le informaba que
había sido salvada de una desgracia, algo muy profundo en su ser le explicaba
con emociones y sensaciones, que los hombres siempre estarían como depredadores
buscando acercarse a su cuerpo.
El
año 2015, en un capricho del universo presentó su hoja de vida a la empresa más
grande de Colombia de viajes y turismo, una franquicia con gran presencia en el
territorio, Michelle jamás esperó recibir respuesta para su proceso de práctica
formativa pero preciso, como un ancla para escapar del tedioso universo de su
ciudad, aquella empresa dio respuesta a la solicitud con la condición de viajar
a la ciudad de Cali, la idea sería prestar sus servicios en el Hotel
Intercontinental.
Lo
primero que hizo fue despedirse de su hermano Francisco con la promesa de
regresar con el éxito en los bolsillos, abrazó a la abuela Aurora y con
lágrimas, más de felicidad que de tristeza, viajó para iniciar un sueño
pendiente: salir del caos que era su entorno familiar y social.
Al llegar a la ciudad una joven representante del hotel le recibió en la terminal intermunicipal de transporte, le guio con la cautela de un verdugo y la presentó ante las directivas del hotel. Dentro de las tareas encomendadas estaba el registro y seguimiento de reservas, la implementación y control de comunicación digital y promociones del hotel en planes de mercadeo. La mayor parte de las tareas eran de escritorio y la oficina designada era un cubículo en una esquina junto al pasillo de entrada a los auditorios de eventos profesionales.
Allí conoció a mujeres igual de jóvenes a ella, con complejos y
terribles historias familiares que atender, huyendo de jefes y vecinos
acosadores, algunas ya con hijos de por medio, una total identidad reflejada en
la esperanza de un uniforme de apoyo administrativo de una reputada cadena
hotelera.
Muchas
tardes sintió emerger de su interior ese inexplicable ser que le dominaba,
aquel sujeto de susurros que le incitaba a la violencia para con los varones
que le rodeaban, como un cazador de acosadores y salvajes ejecutivos de traje
formal. En una de esas tardes se cruzó saliendo del salón Calima, con el
coordinador de eventos, un breve personaje, de aquellos hombres solteros pero
desinteresados. Lo saludó con la amabilidad de siempre, él, con el temor de un
niño abandonado alzó la mirada en respuesta al saludo, aquel gesto fue suficiente
para que Michelle notara que algo ocurría.
La
voz, aquel susurro de muerte le explicó en densas palabras que el caballero
estaba siendo víctima de acoso de parte de un importante funcionario, no del
hotel sino, de una empresa que tenía reservado el espacio para la semana
próxima.
Quiso
ayudar, quiso ser parte de la solución, pero por más lamentos que atrapara en
el aire alrededor de su colega, la misma esencia de lo absurdo se lo impedía,
le empujaba para otra parte, lejos del caos que aquel caballero cargaba en los
bolsillos.
Dos
semanas más tarde el señor aquel presentó su carta de renuncia a la cadena
hotelera, dejando la labor de registro y coordinación de espacios a un lado y
su vida, del otro.
Para
Michelle fue terrible enterarse de la noticia del suicidio del señor aquel, de
alguien tan joven víctima de un silencio que quemaba desde adentro. Algo muy
profundo en su ser le explicaba con emociones y sensaciones, que los hombres también
eran víctimas de depredadores y acosadores, aquellos que con la imposibilidad
de emitir grito alguno pidiendo ayuda, eran devorados por el vacío del alma.
Al
terminar su periodo de pasantía, las directivas le ofrecieron un cargo
permanente, curiosamente, el de coordinar espacios físicos para eventos y espectáculos,
sin dudar aceptó el puesto y con este, la voluntad de vivir para siempre en una
ciudad que devoraba a los desesperados.
Al
año siguiente contaba con la suficiente elocuencia para atraer nuevos clientes
a la cadena hotelera, desde empresas de manufactura como nuevos negocios de
alimentos y bebidas, allí apareció Emanuel Contreras en su vida. El hotel entró
en una política de integración de pequeños y medianos proveedores, para tal
finalidad convocaron a una reunión de bares y restaurantes de la ciudad donde
por supuesto la Casa Azul fue parte de la lista de invitados, además de negocios
reconocidos y otros recomendados.
Emanuel Contreras Hitschfeld llegó con la barba
blanca recién afeitada, baja por decirlo de tal modo. Gafas oscuras, un
sombrero panameño color blanco al igual que su traje. Zapatos de mocasín color
café claro y una camisa azul oscuro de botones
blancos, perla, como su traje. Entró por recepción y disfrutando de la tranquilidad
del hotel recordó sus tiempos de vendimia en Mendoza, su Mendoza del alma.
Michelle
salió a recibirle junto a sus demás compañeras, una delegación de señoritas
uniformadas con la marca del hotel en su vestuario, guiando a cada visitante al
gran salón, todos hombres de negocios y la vida social de la noche, detrás de
cada uno de estos una inmensa sombra oscura, no necesariamente negra, pero si
oscura los adornaba, era una especie de señal que podía observar Michelle en cada
uno dándose cuenta con ello la calidad de depredador o canalla trataba, para su
sorpresa fue Emanuel el único que caminaba con un halo de luz blanca en su
alrededor, no como símbolo de pureza sino, como signo de paz y respeto.
Corrió
con el ánimo de hacerlo suyo, de guiarlo y cómo no de tenerlo para sí por el
resto de su existencia, nunca en su vida había visto a un ser con un halo tan
pulcro, un ser que no fuera su abuela o su hermano Francisco.
Emanuel,
con la sonrisa de quien encontraba un tesoro en medio del fango, se retiró las
gafas para saludar a una joven Michelle, una dama que en sus casi treinta años
emanaba una sonrisa cargada de hambre, estirando sus manos para ser saludada.
Con
unas palabras amables le expresó su gusto por conocerla, ella, con la
persuasión de una copa de oro asintió con un beso de mejilla a modo de saludo,
se presentó como Michelle Cristina, omitiendo la parte más importante de su
presentación:
“La mujer que dentro de diez años le llevará al inframundo”.
AV.



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