20 de abril de 2026

Michelle Cristina Rueda Palacios. (Sombras).



Imagen creada con IA: https://gemini.google.com/ 


Soñaba con ser bailarina, anhelaba ser parte del equipo de Lady Gaga o Beyoncé, no quería ser cantante ni gerente de una gran corporación, quería ser bailarina.

Creció en Medellín rodeada de amigos y hermanos, siendo la menor de un linaje de tres hombres: Edwar, Samuel y Francisco. Cada uno creció con un propósito de vida diferente. Edwar el mayor, estudió ingeniería de sistemas en la Universidad de Antioquia, años más tarde se fue a buscar suerte en los Estados Unidos, nunca se supo de su vida. Samuel, el siguiente, a sus treinta años murió víctima de un atraco saliendo de la estación de metro del barrio, su vida interrumpida al filo de una navaja.

Francisco con dos años de edad de diferencia fue realmente el hermano más cercano a Michelle Cristina Rueda Palacios, su refugio constante.

Martha Palacios, su madre, se fue de casa sin dar explicaciones, simplemente desapareció entre un viernes y su correspondiente amanecer de sábado así que Aurora Rueda, la abuela, fue quien terminó dando la crianza a los cuatro hijos que quedaron de Martha.

Michelle comenzó a bailar en un grupo de hip hop de la comuna, en la casa comunal había un programa de Barrio-taller en donde se dictaban clases de teatro, danza, poesía, manualidades varias y algo de deportes, para llegar debía de caminar algunas cuadras de distancia, no muchas en distancia, pero sí peligrosas.

El primer muerto que vio en su vida lo encontró bajo un puente peatonal, una ser con identidad desconocida flotaba sobre las aguas de un canal, a su lado varios desperdicios humanos flotaban en el mismo ritmo. Una experiencia reveladora para una niña que empezaba a intentar entender el sentido de la vida en medio de una sociedad muy peligrosa para una señorita de su edad.

Para el año 2013 ya cursaba primer semestre de Administración Hotelera y Turística en el Instituto Colegio Mayor de Antioquia, en aquel entonces ya había frenado en seco a dos hombres mayores que se quisieron propasar con ella, uno de ellos era el profesor de hip hop, un par de años atrás cuando quiso encerrarla en el baño de la casa comunal; el segundo, un compañero de clases en el instituto, preciso en los primeros cursos de administración.

Ambos varones desistieron del intento de abuso al ver una imponente sombra ubicada detrás de la asustada Michelle, sombra que enmarcaba todos los terrores del mundo.

Si bien nunca entendió qué había ocurrido, algo en su interior le informaba que había sido salvada de una desgracia, algo muy profundo en su ser le explicaba con emociones y sensaciones, que los hombres siempre estarían como depredadores buscando acercarse a su cuerpo.

El año 2015, en un capricho del universo presentó su hoja de vida a la empresa más grande de Colombia de viajes y turismo, una franquicia con gran presencia en el territorio, Michelle jamás esperó recibir respuesta para su proceso de práctica formativa pero preciso, como un ancla para escapar del tedioso universo de su ciudad, aquella empresa dio respuesta a la solicitud con la condición de viajar a la ciudad de Cali, la idea sería prestar sus servicios en el Hotel Intercontinental.

Lo primero que hizo fue despedirse de su hermano Francisco con la promesa de regresar con el éxito en los bolsillos, abrazó a la abuela Aurora y con lágrimas, más de felicidad que de tristeza, viajó para iniciar un sueño pendiente: salir del caos que era su entorno familiar y social.

Al llegar a la ciudad una joven representante del hotel le recibió en la terminal intermunicipal de transporte, le guio con la cautela de un verdugo y la presentó ante las directivas del hotel. Dentro de las tareas encomendadas estaba el registro y seguimiento de reservas, la implementación y control de comunicación digital y promociones del hotel en planes de mercadeo. La mayor parte de las tareas eran de escritorio y la oficina designada era un cubículo en una esquina junto al pasillo de entrada a los auditorios de eventos profesionales. 

Allí conoció a mujeres igual de jóvenes a ella, con complejos y terribles historias familiares que atender, huyendo de jefes y vecinos acosadores, algunas ya con hijos de por medio, una total identidad reflejada en la esperanza de un uniforme de apoyo administrativo de una reputada cadena hotelera.

Muchas tardes sintió emerger de su interior ese inexplicable ser que le dominaba, aquel sujeto de susurros que le incitaba a la violencia para con los varones que le rodeaban, como un cazador de acosadores y salvajes ejecutivos de traje formal. En una de esas tardes se cruzó saliendo del salón Calima, con el coordinador de eventos, un breve personaje, de aquellos hombres solteros pero desinteresados. Lo saludó con la amabilidad de siempre, él, con el temor de un niño abandonado alzó la mirada en respuesta al saludo, aquel gesto fue suficiente para que Michelle notara que algo ocurría.

La voz, aquel susurro de muerte le explicó en densas palabras que el caballero estaba siendo víctima de acoso de parte de un importante funcionario, no del hotel sino, de una empresa que tenía reservado el espacio para la semana próxima.

Quiso ayudar, quiso ser parte de la solución, pero por más lamentos que atrapara en el aire alrededor de su colega, la misma esencia de lo absurdo se lo impedía, le empujaba para otra parte, lejos del caos que aquel caballero cargaba en los bolsillos.

Dos semanas más tarde el señor aquel presentó su carta de renuncia a la cadena hotelera, dejando la labor de registro y coordinación de espacios a un lado y su vida, del otro.

Para Michelle fue terrible enterarse de la noticia del suicidio del señor aquel, de alguien tan joven víctima de un silencio que quemaba desde adentro. Algo muy profundo en su ser le explicaba con emociones y sensaciones, que los hombres también eran víctimas de depredadores y acosadores, aquellos que con la imposibilidad de emitir grito alguno pidiendo ayuda, eran devorados por el vacío del alma.

Al terminar su periodo de pasantía, las directivas le ofrecieron un cargo permanente, curiosamente, el de coordinar espacios físicos para eventos y espectáculos, sin dudar aceptó el puesto y con este, la voluntad de vivir para siempre en una ciudad que devoraba a los desesperados.

Al año siguiente contaba con la suficiente elocuencia para atraer nuevos clientes a la cadena hotelera, desde empresas de manufactura como nuevos negocios de alimentos y bebidas, allí apareció Emanuel Contreras en su vida. El hotel entró en una política de integración de pequeños y medianos proveedores, para tal finalidad convocaron a una reunión de bares y restaurantes de la ciudad donde por supuesto la Casa Azul fue parte de la lista de invitados, además de negocios reconocidos y otros recomendados.

Emanuel Contreras Hitschfeld llegó con la barba blanca recién afeitada, baja por decirlo de tal modo. Gafas oscuras, un sombrero panameño color blanco al igual que su traje. Zapatos de mocasín color café claro y una camisa azul oscuro de botones blancos, perla, como su traje. Entró por recepción y disfrutando de la tranquilidad del hotel recordó sus tiempos de vendimia en Mendoza, su Mendoza del alma.

Michelle salió a recibirle junto a sus demás compañeras, una delegación de señoritas uniformadas con la marca del hotel en su vestuario, guiando a cada visitante al gran salón, todos hombres de negocios y la vida social de la noche, detrás de cada uno de estos una inmensa sombra oscura, no necesariamente negra, pero si oscura los adornaba, era una especie de señal que podía observar Michelle en cada uno dándose cuenta con ello la calidad de depredador o canalla trataba, para su sorpresa fue Emanuel el único que caminaba con un halo de luz blanca en su alrededor, no como símbolo de pureza sino, como signo de paz y respeto.

Corrió con el ánimo de hacerlo suyo, de guiarlo y cómo no de tenerlo para sí por el resto de su existencia, nunca en su vida había visto a un ser con un halo tan pulcro, un ser que no fuera su abuela o su hermano Francisco.

Emanuel, con la sonrisa de quien encontraba un tesoro en medio del fango, se retiró las gafas para saludar a una joven Michelle, una dama que en sus casi treinta años emanaba una sonrisa cargada de hambre, estirando sus manos para ser saludada.

Con unas palabras amables le expresó su gusto por conocerla, ella, con la persuasión de una copa de oro asintió con un beso de mejilla a modo de saludo, se presentó como Michelle Cristina, omitiendo la parte más importante de su presentación:

“La mujer que dentro de diez años le llevará al inframundo”.

AV.

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