16 de mayo de 2026

El interrogatorio (Sara Carolina).

 


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En la oscuridad de un mundo poco conocido Ignacio caminaba desorientado, esperaba encontrar con premura alguna puerta o espacio sideral que le diera la salida a su acostumbrada normalidad. Las voces que siempre le acompañaban en su cabeza ahora caminaban de su lado, una fila de seres abstractos y rechazados.

Debe ser muy triste querer hablar y recibir la negativa de manera permanente, hasta el más inconcebible de los espectros quiere recibir una respuesta.

Sara Carolina despertó temprano, las frecuentes pesadillas le hicieron sentir que nunca durmió realmente sino, que estuvo en un viaje complejo en un mundo oscuro y lleno de estrellas. Recordó que vio a Ignacio deambular como ente sin vida y sin conciencia, a su lado, recordaba, vio seres sin forma que saltaban como una especie de niños que jugaban a su alrededor.

Recordó por demás, que volaba como una cometa sujetada por una delgada cuerda, que su cuerpo era ligero y podía ver todo el llano oscuro de la nada, podía entender que así como Ignacio, muchos sujetos sin identidad deambulaban buscando donde detenerse. Arriba en alguna especie de colina un conjunto de luces daba forma a un ser con forma humanoide, por momentos con forma de molusco, por momentos con forma de una estrella más grande, siempre variando con la danza de cada luz que le rodeaba.

Despertó cerca de las siete de la mañana, al abrir los ojos tomó el teléfono móvil con el afán de quien quiere una segunda oportunidad, escribió un mensaje a Julio Washington.

Alfonso estaba con la señora Abril en la sala de velación, ya se estaba instalando la decoración para la jornada de velación de su amigo Jose Isidro, mientras observaba todo con una lágrima sostenida en sus ojos, pensaba en Emanuel, la curiosa ingratitud de la soledad.

“Nadie le ha preparado un velorio o si quiera llamado a la familia”, pensó en voz alta. Tomó el teléfono móvil y enviando un mensaje a Fabio le respondió la breve reprenda: Si tanto te importa los amigos, ve y busca un cierre decente para despedir a Emanuel. Deja que el irresponsable de Ignacio siga en sus vicios.

Doña Abril se acercó en un momento y le preguntó si estaba bien, le era notable ver en las expresiones de su rostro el malestar que padecía. Él le dijo que no ocurría nada mientras intentaba disimular todo lo que sentía y pensaba.

Julio Washington Pupiales acordó con Sara Carolina encontrarse a media mañana en la Casa Azul, si bien ella pretendía ocultar sus extrañas pesadillas, le escribió para citarse con el fin de acordar el futuro del restaurante, Julio en cambio, buscaba explicaciones a lo ocurrido con Ignacio, o el fantasma de este, más bien.

A las nueve de la mañana Sara Carolina estaba sentada en el parque de El Peñón, se tomaba un jugo de naranja y esperaba, había llegado temprano, pero le apremiaba ver a Julio, quería desahogar sus pesadillas, la sensación misma de que Ignacio estaba en el limbo, en alguna especie de frontera entre lo creíble y lo impredecible. Julio llegó a las diez de la mañana de aquel jueves, se bajó de su bicicleta y abrió el portón grande del restaurante, al momento apareció Sara Carolina con una sonrisa fija, como si tuviese una máscara.

Le saludó de beso y se sentó sobre la barra, tomó a Julio de las manos y mirándole fijamente dejó salir una a una las palabras precisas para describir lo que había soñado, el terror que sentía de pensar que de verdad había estado en aquel oscuro lugar, del horror que le producía la sola idea de creer que existiera algo así y estuviese Ignacio atrapado, de intentar entender que ese sueño era real o si por el contrario simplemente se podría asumir como la consecuencia de lo que vieron en la tarde anterior, con el fantasma de Ignacio.

La predisposición quedaba descartada, Julio Washington insistía casi que sacudiendo a Sara de los hombros, que lo que vieron el día anterior era real, que él sintió el peso del cuerpo de Ignacio cuando lo levantó, que le parecía imposible que se desvaneciera sin pena alguna frente a sus ojos, algo se burlaba de ellos.

Sara guardaba silencio, unas ligeras ojeras dejaban en evidencia que un mal sueño estaba cobrando las horas de descanso faltantes. Se quedaron juntos conversando un largo rato, en algunos momentos daban ideas sobre el futuro del restaurante, incluso Julio se comprometió a enviar un correo electrónico a la familia para que viniese pero Sara insistía en que Emanuel hace veinte años había dejad atrás cualquier rastro de allegados en Argentina o Chile.

Un policía llegó a saludar a la Casa Azul, junto a estos el detective principal del caso, el agente Benín. Le invitaron a seguir, le brindaron un vaso de agua fría y atendieron con preocupación el motivo de su visita.

Fabio Andrés llegó con Marino a la sala de velación, en el barrio San Fernando. Acompañaron durante la jornada a la señora Abril de Caicedo, Alfonso con una postura de rencor miraba de modo distante a Marino, ahora era él quien desconfiaba de las intenciones del señor Rúales, de igual forma miraba a Fabio a quien no le perdonaba su insistencia por Ignacio.

Ignacio.

Raúl Ignacio.

A las once de la mañana el teléfono de Fabio Andrés Barona recibió la llamada de Patricia Hau, la madre de Raúl Ignacio. Marino observaba en silencio el modo en que su compañero atendía la llamada, las expresiones en su rostro convocaban a la tristeza.

El agente Benín explicó a Julio y Sara Carolina que se les acusaba de extorsión, pues los mensajes que se le enviaron al señor Juan Alfonso Mosquera provenían de ese teléfono, el teléfono del restaurante que era siendo utilizado por Sara. En su defensa, ella explicó que eran pistas anónimas solamente, jamás era la intención extorsionar o hacer daño, incluso, intentaba era dar señales de que la mujer de nombre Michelle era sospechosa del caso de don Emanuel.

Sobre ese particular, el agente Benín insistió en que era muy débil la historia para ser tomada en cuenta, si bien los videos de las cámaras de seguridad del restaurante, en caso de que existiesen, podían servir para argumentar que esa joven estuvo con el señor Contreras, no garantizaban que al salir tuviese responsabilidad en el acto criminal.

“¿Y las cámaras del tránsito?” Insistió Sara con su defensa.

El agente Benín volteó a mirar a uno de los policías que le acompañaba, le hizo la señal de que tomara a Sara y la llevara a la estación. Julio se ofreció a acompañarlos de modo voluntario.

Fabio Andrés colgó la llamada y se descompuso de inmediato, Marino de un salto lo alcanzó a sostener, lo apoyó contra la pared y preguntando qué había ocurrido lo entendió todo cuando encontró sus lágrimas rodar.

Juan Alfonso se acercó también, sin decir nada comprendió que algo más grande que la vida misma les estaba ocurriendo: ¿Tres amigos fallecidos en la misma semana? Susurró con tristeza.

Durante el trayecto a la estación de policía, Sara Carolina iba acompañada de un policía en el asiento, adelante, el agente Benín iba de copiloto, un policía de conductor y detrás de ellos, Julio les seguía en su bicicleta. En el semáforo de la avenida primera norte con calle 21 un Mazda 3 de color rojo cruzaba con una joven mujer al volante, Sara que le alcanzó a ver abrió los ojos con total sorpresa, intentó informar a los policías de la novedad, pero ninguno le prestó atención.

Al llegar al comando central, el agente Benín inició el interrogatorio reiterando las preguntas de la anterior vez, más las actuales por la situación de extorsión que se le acusaba. Julio estaba afuera esperando durante mucho tiempo, sentado viendo el televisor de la sala de espera se quedó distraído con un programa de variedades.

Un mensaje llegó al chat de Julio Washington, era Fabio Andrés.

Siendo la una de la tarde con veintidós minutos, del un jueves cualquiera de marzo, Julio Washington Pupiales Varela era notificado del fallecimiento de Raúl Ignacio Méndez Hau. Con una expresión de asombro, quiso correr a informar a Sara y al agente Benín, pero al querer hacerlo descubrió que en la sala de interrogatorio no había nadie.

Sara Carolina ya no estaba allí.

AV.

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