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En
la oscuridad de un mundo poco conocido Ignacio caminaba desorientado, esperaba
encontrar con premura alguna puerta o espacio sideral que le diera la salida a
su acostumbrada normalidad. Las voces que siempre le acompañaban en su cabeza
ahora caminaban de su lado, una fila de seres abstractos y rechazados.
Debe
ser muy triste querer hablar y recibir la negativa de manera permanente, hasta
el más inconcebible de los espectros quiere recibir una respuesta.
Sara
Carolina despertó temprano, las frecuentes pesadillas le hicieron sentir que
nunca durmió realmente sino, que estuvo en un viaje complejo en un mundo oscuro
y lleno de estrellas. Recordó que vio a Ignacio deambular como ente sin vida y
sin conciencia, a su lado, recordaba, vio seres sin forma que saltaban como una
especie de niños que jugaban a su alrededor.
Recordó
por demás, que volaba como una cometa sujetada por una delgada cuerda, que su
cuerpo era ligero y podía ver todo el llano oscuro de la nada, podía entender que
así como Ignacio, muchos sujetos sin identidad deambulaban buscando donde detenerse.
Arriba en alguna especie de colina un conjunto de luces daba forma a un ser con
forma humanoide, por momentos con forma de molusco, por momentos con forma de
una estrella más grande, siempre variando con la danza de cada luz que le rodeaba.
Despertó
cerca de las siete de la mañana, al abrir los ojos tomó el teléfono móvil con
el afán de quien quiere una segunda oportunidad, escribió un mensaje a Julio
Washington.
Alfonso
estaba con la señora Abril en la sala de velación, ya se estaba instalando la
decoración para la jornada de velación de su amigo Jose Isidro, mientras
observaba todo con una lágrima sostenida en sus ojos, pensaba en Emanuel, la
curiosa ingratitud de la soledad.
“Nadie
le ha preparado un velorio o si quiera llamado a la familia”, pensó en voz alta. Tomó el teléfono móvil y
enviando un mensaje a Fabio le respondió la breve reprenda: Si tanto te
importa los amigos, ve y busca un cierre decente para despedir a Emanuel. Deja
que el irresponsable de Ignacio siga en sus vicios.
Doña
Abril se acercó en un momento y le preguntó si estaba bien, le era notable ver en
las expresiones de su rostro el malestar que padecía. Él le dijo que no ocurría
nada mientras intentaba disimular todo lo que sentía y pensaba.
Julio
Washington Pupiales acordó con Sara Carolina encontrarse a media mañana en la
Casa Azul, si bien ella pretendía ocultar sus extrañas pesadillas, le escribió
para citarse con el fin de acordar el futuro del restaurante, Julio en cambio,
buscaba explicaciones a lo ocurrido con Ignacio, o el fantasma de este, más
bien.
A
las nueve de la mañana Sara Carolina estaba sentada en el parque de El Peñón,
se tomaba un jugo de naranja y esperaba, había llegado temprano, pero le
apremiaba ver a Julio, quería desahogar sus pesadillas, la sensación misma de
que Ignacio estaba en el limbo, en alguna especie de frontera entre lo creíble
y lo impredecible. Julio llegó a las diez de la mañana de aquel jueves, se bajó
de su bicicleta y abrió el portón grande del restaurante, al momento apareció
Sara Carolina con una sonrisa fija, como si tuviese una máscara.
Le
saludó de beso y se sentó sobre la barra, tomó a Julio de las manos y mirándole
fijamente dejó salir una a una las palabras precisas para describir lo que había
soñado, el terror que sentía de pensar que de verdad había estado en aquel
oscuro lugar, del horror que le producía la sola idea de creer que existiera
algo así y estuviese Ignacio atrapado, de intentar entender que ese sueño era
real o si por el contrario simplemente se podría asumir como la consecuencia de
lo que vieron en la tarde anterior, con el fantasma de Ignacio.
La
predisposición quedaba descartada, Julio Washington insistía casi que sacudiendo
a Sara de los hombros, que lo que vieron el día anterior era real, que él sintió
el peso del cuerpo de Ignacio cuando lo levantó, que le parecía imposible que
se desvaneciera sin pena alguna frente a sus ojos, algo se burlaba de ellos.
Sara
guardaba silencio, unas ligeras ojeras dejaban en evidencia que un mal sueño
estaba cobrando las horas de descanso faltantes. Se quedaron juntos conversando
un largo rato, en algunos momentos daban ideas sobre el futuro del restaurante,
incluso Julio se comprometió a enviar un correo electrónico a la familia para
que viniese pero Sara insistía en que Emanuel hace veinte años había dejad
atrás cualquier rastro de allegados en Argentina o Chile.
Un
policía llegó a saludar a la Casa Azul, junto a estos el detective principal
del caso, el agente Benín. Le invitaron a seguir, le brindaron un vaso de agua
fría y atendieron con preocupación el motivo de su visita.
Fabio
Andrés llegó con Marino a la sala de velación, en el barrio San Fernando.
Acompañaron durante la jornada a la señora Abril de Caicedo, Alfonso con una
postura de rencor miraba de modo distante a Marino, ahora era él quien desconfiaba
de las intenciones del señor Rúales, de igual forma miraba a Fabio a quien no le
perdonaba su insistencia por Ignacio.
Ignacio.
Raúl
Ignacio.
A
las once de la mañana el teléfono de Fabio Andrés Barona recibió la llamada de Patricia
Hau, la madre de Raúl Ignacio. Marino observaba en silencio el modo en que su
compañero atendía la llamada, las expresiones en su rostro convocaban a la
tristeza.
El
agente Benín explicó a Julio y Sara Carolina que se les acusaba de extorsión,
pues los mensajes que se le enviaron al señor Juan Alfonso Mosquera provenían
de ese teléfono, el teléfono del restaurante que era siendo utilizado por Sara.
En su defensa, ella explicó que eran pistas anónimas solamente, jamás era la intención
extorsionar o hacer daño, incluso, intentaba era dar señales de que la mujer de
nombre Michelle era sospechosa del caso de don Emanuel.
Sobre
ese particular, el agente Benín insistió en que era muy débil la historia para ser
tomada en cuenta, si bien los videos de las cámaras de seguridad del
restaurante, en caso de que existiesen, podían servir para argumentar que esa
joven estuvo con el señor Contreras, no garantizaban que al salir tuviese responsabilidad
en el acto criminal.
“¿Y
las cámaras del tránsito?” Insistió Sara con
su defensa.
El
agente Benín volteó a mirar a uno de los policías que le acompañaba, le hizo la
señal de que tomara a Sara y la llevara a la estación. Julio se ofreció a acompañarlos
de modo voluntario.
Fabio
Andrés colgó la llamada y se descompuso de inmediato, Marino de un salto lo
alcanzó a sostener, lo apoyó contra la pared y preguntando qué había ocurrido
lo entendió todo cuando encontró sus lágrimas rodar.
Juan
Alfonso se acercó también, sin decir nada comprendió que algo más grande que la
vida misma les estaba ocurriendo: ¿Tres amigos fallecidos en la misma semana?
Susurró con tristeza.
Durante
el trayecto a la estación de policía, Sara Carolina iba acompañada de un
policía en el asiento, adelante, el agente Benín iba de copiloto, un policía de
conductor y detrás de ellos, Julio les seguía en su bicicleta. En el semáforo
de la avenida primera norte con calle 21 un Mazda 3 de color rojo cruzaba con una
joven mujer al volante, Sara que le alcanzó a ver abrió los ojos con total sorpresa,
intentó informar a los policías de la novedad, pero ninguno le prestó atención.
Al
llegar al comando central, el agente Benín inició el interrogatorio reiterando
las preguntas de la anterior vez, más las actuales por la situación de
extorsión que se le acusaba. Julio estaba afuera esperando durante mucho tiempo,
sentado viendo el televisor de la sala de espera se quedó distraído con un
programa de variedades.
Un
mensaje llegó al chat de Julio Washington, era Fabio Andrés.
Siendo
la una de la tarde con veintidós minutos, del un jueves cualquiera de marzo, Julio
Washington Pupiales Varela era notificado del fallecimiento de Raúl Ignacio
Méndez Hau. Con una expresión de asombro, quiso correr a informar a Sara y al
agente Benín, pero al querer hacerlo descubrió que en la sala de interrogatorio
no había nadie.
Sara
Carolina ya no estaba allí.
AV.



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