16 de marzo de 2026

En Tránsito: La ambulancia.

 



Imagen creada con IA: Gemini.google.com  

II.

El agente Perlaza nunca había visto algo tan desagradable como aquella explosión de mierda que afectó la humanidad del joven estudiante, su mirada estaba perdida entre el hedor de un cuerpo dominado por la desgracia y el bullicio de un tráfico que acosaba con el incómodo sonido de la bocina de cientos de carros y buses.

Dio tres pasos hacia atrás buscando una explicación que diera sentido a la vida misma que estaba viendo extinguirse. Levantó su radio y comenzó a llamar a una ambulancia, con una voz confusa intentaba explicar lo ocurrido, rematando el absurdo de la situación con un gemido de desesperación.

Aníbal Moreno yacía confuso sobre el sillón del conductor, sus manos estaban estiradas sobre los costados como un santo caído en desgracia, sus ojos, de mirada cansada perdían la orientación entre la oscuridad del más allá y lo terrenal del volante del carro. Sentía un dolor profundo, una especie de calambre que le apretaba el estómago, quemaba intensamente, el olor a heces era la menor de las preocupaciones, era el fuerte goteo de sangre que le corría en dirección a las piernas lo que le hacía pedir perdón a Dios por todos los pecados cometidos a sus jóvenes 19 años de edad.

Una voz femenina respondió al llamado del agente Perlaza dando las indicaciones que una unidad de emergencia iba en camino, que tuviese paciencia con el tráfico porque estaba lejos y la hora del día no era la más conveniente para invocar al afán.

Era una urgencia, relevante como cualquier accidente, aunque en tal caso fuera una novedad inexplicable. Acomodó la motocicleta detrás del carro del accidentado Aníbal, dejó el casco sobre las manijas y una vez más empezó a regular el paso del tráfico.

Sobre la fila extensa de vehículos un taxi pitaba importunando el orden que el agente Perlaza tanto invocaba. Intentó ignorar el paso señalado y se cruzó de carril para lograr ventaja sobre los obedientes conductores hasta que preciso se encontró más adelante con el carro del accidente, sin nada más que poder hacer, el taxista empezó a dirigir el carro para meterse en la fila original, lugar donde preciso el agente Perlaza le señaló pidiendo que se estacionara.

Alejandro Polanco, un hombre con la suficiente edad para tener un hogar ausente y un proceso judicial en curso por inasistencia alimentaria, estaba al volante con la mirada fija en las señales que le daba el agente, de su boca solamente emergían improperios y un ligero puchero al sentirse sancionado. Parqueó el taxi detrás de la moto, que estaba por igual detrás del carro de Aníbal, el joven moribundo cubierto de heces.

Apagó la radio y acomodó el brazo sobre el borde de la puerta esperando a que el agente se acercara a darle la cátedra de conducta correspondiente.

Milton Perlaza, con alrededor de cuarenta y tres agostos de vida estaba confundido, necesitaba refuerzos con premura. Se hizo a un lado y dio la indicación para que siguieran avanzando los demás vehículos del tráfico que empeoraba, sacó del bolsillo del pantalón una libreta y acercándose al taxi se rascaba la cabeza, no sabía si dejarle ir y pasar por alto el acto de astucia o por el contrario sentar un precedente de mala conducta y fijar una multa de ley.

Saludó con desdén al taxista, pidió la documentación de rigor y miraba con detenimiento el interior del vehículo, de su parte Alejandro con los brazos cruzados esperaba algún indicio de coima, algo que a cambio de dinero le librara de la sanción de tránsito.

El agente Milton Perlaza recordaba la coima que perdió al dejar ir a los conductores de la buseta y el camión que se habían estrellado anteriormente, ante la novedad del joven moribundo sentía que no tenía tiempo para perder con un taxista genérico y, en ese mismo debate moral, ansiaba la llegada de la ambulancia y algunos colegas que suplieran el trajeado momento.

La avenida panamericana de Cali estaba completamente congestionada, Aníbal Moreno yacía casi que inerte en la silla de su vehículo, Alejandro Polanco buscaba algunos billetes que fueran suficiente cantidad para librarse de una sanción y el agente Milton Perlaza dejaba en riesgo su oficio ante un tráfico insensato, un taxista inoportuno y una mañana insospechada.

Eran las siete con cincuenta minutos de una mañana cualquiera de marzo y el sol ya se paseaba entre las cabezas de los curiosos que, desde el otro extremo del paso peatonal indagaban por lo ocurrido.

Óscar Manuel Gómez escuchaba una balada de Franco de Vita en la radio de la ambulancia mientras esperaba a su colega, Víctor Manuel Restrepo llegaba con la orden de salida aprobada. Sabía que tenían que dirigirse a la avenida panamericana, al extremo sur de la ciudad, el gran inconveniente era que poder cruzar al carril sentido Sur – Norte obligaba a ir hasta el punto de retorno a gran distancia, afectándoles la ruta y su correspondiente necesidad de hacer parte del tráfico detenido preciso, por el reporte de accidente.

Revisaron el GPS buscando opciones, Víctor, el Manuel joven, sugirió tomar la avenida Bolívar y de allí meterse entre vecindarios hasta dar con la salida de Bochalema, cerca al lugar del accidente. Óscar, el Manuel mayor dudaba de la estrategia, en todo caso estuvo de acuerdo y salieron a la ruta sugerida.

Alrededor de las ocho de la mañana subieron por el barrio Valle de Lili dando inicio a una expedición entre calles para lograr la meta de atender la urgencia vial, los Manueles como se les llamaba al interior del gremio de transportistas de salud, iban de prisa, atrás acompañándolos estaba la auxiliar médica Tatiana Varela, una trigueña con unos ojos igual de cansados a los de Aníbal.

Ya habían transcurrido casi cuarenta minutos desde la llamada de emergencia, para entonces el agente Perlaza discutía con el señor Polanco, Aníbal perdía todo sentido de lo real y su cuerpo se volvía un peso innecesario para los paramédicos que justo, estaban llegando por la vía alterna a la avenida.

Manuel Restrepo, el joven daba las indicaciones, Manuel Gómez, el mayor, conducía a alta velocidad y Tatiana, atrás se quejaba de los movimientos bruscos de la ambulancia. Como una oda a lo absurdo, una de las llantas golpeó un bache honorífico de las calles del vecindario estallando de inmediato, el ruido de la explosión superó a la alarma de la ambulancia.

En un momento sin explicar, el agente Perlaza alzó la mirada ignorando al taxista de turno, a lo lejos pudo ver cómo en una calle intermedia que daba paso a la avenida panamericana, una ambulancia de color rojo con líneas blancas saltaba por un bache estrellando directamente contra un poste de alumbrado público.

Siendo las ocho con doce minutos de una mañana cualquiera de marzo, Óscar Manuel, Víctor Manuel y Tatiana, caían lastimados en un accidente poco convencional.

Sobre el parabrisas yacía Óscar, el Manuel mayor, preciso andaba conduciendo sin el cinturón de seguridad. A su lado, con el cinturón puesto estaba Víctor Manuel inconsciente, en medio de ambos, Tatiana asomaba la cabeza golpeada en la división de vidrio de la zona de atención de pacientes.

Milton Perlaza se alejó del taxi y con la radio en su mano intentaba explicar lo inexplicable.

Otra violenta coincidencia.

AV.

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