Imagen generada con IA: GROK IA.
Israel nació en Buga, en un mes de enero, sin ánimos de
ejercer ninguna profesión; desde su alumbramiento se dedicó a dormir lo
suficiente convencido de que conservar la energía era indispensable para vivir
en paz consigo mismo. A los dieciséis años obtuvo su primera licencia de
conducción y un sencillo carro de la vieja escuela, un Renault 4.
Aprendió a manejar por las clásicas calles de su Buga
natal, luego se aventuró hasta Tuluá y en un acto de pura espontaneidad, años
después logró llegar al Quindío. Su admiración por los carros fue constante
desde temprana edad, tras años de esfuerzo pudo comprar su primer vehículo
propio: un Renault Twingo, nuevo, en marzo de 2010, ya con treinta años.
El carro no tenía aire acondicionado, ni ventanas
automáticas, ni radio sofisticado. Solo un vehículo suficientemente útil para
trasladarse de la casa al trabajo, pero para Israel, eso era suficiente.
Con el tiempo, su carrera profesional avanzó y sus
ingresos le permitieron mejorar el modelo y la marca del carro que conducía,
fruto de años de trabajo duro y satisfacción personal. Estaba en ascenso en la
empresa de logística dónde trabajaba.
Una tarde cualquiera, mientras tomaba un café en su sitio de siempre, los pensamientos de Israel se tiñeron de nostalgia. Sus ojos buscaron el recuerdo de aquel carro que compró con sus primeros ingresos y un par de sonrisas emergieron, cómplices del anecdotario personal que acompañaba cada sorbo caliente.
— ¿Hace rato no veo un Twingo… dónde andarán? — se preguntó.
La duda surgió como una onda que fue impactando a la
ciudad, una especie de llamada a los olvidados ¿Dónde están los Twingo? ¿Fueron
abducidos a un universo alternativo? ¿Alguien los reclamó como una colección
exótica? ¿Simplemente desaparecieron?
Decidido en tomar atenta nota de la situación salió a la calle a revisar cada vehículo, en cada
semáforo y sus esquinas vigilaba para avistar un Twingo sin importar el año de
correspondencia, quería verlos, necesitaba en nombre de la nostalgia,
encontrarlos.
Israel se fue obsesionando como un niño que desea un
juguete de navidad, cada mañana mientras conducía su ahora moderno Jeep, esperaba
cruzarse con un Renault Twingo, deseo que no era posible por razones ajenas a su
entender.
Pasaron los meses y en las calles de la ciudad seguían
transitando distintas marcas, muchas nuevas, otras importadas, incluso en la
casa Renault surgieron modelos de cualquier índole, pero todo alejado a la
curiosidad de ver un Twingo.
Un día se encontró con Parménides, un viejo amigo de los tiempos de contaduría. Tomaron café y repasaron el anecdotario de la vida; tantos años juntos traían historias para llenar varias mesas.
— ¿Has notado que ya no se ven Twingo por la calle? —lanzó Israel el comentario, como quien dispara un recuerdo al aire. Necesitaba validar su teoría.
Parménides guardó silencio, como un curioso que descubre
un nuevo sabor de helado. Pensó en la pregunta, intentando justificar lo
contrario, pero la verdad es que la ciudad había cambiado y, con ella, los
carros que alguna vez marcaron su historia.
Se sentía como un inútil.
- Voy a llamar a Pachón que ese trabaja en un concesionario de la Renault. La madre que debe de existir un Twingo en alguna parte de la ciudad. –
Israel dejó salir una sonrisa a modo de burla, insistía
en que todos habían sido abducidos por el dios de los Twingo cósmicos universales.
A la semana siguiente después de salir de la empresa,
caminó un par de calles para llegar al parqueadero público dónde estaba
estacionado su moderno Jeep. Pagó el recibo de la estancia en la caseta de
entrada y buscó las llaves en los bolsillos, en ese instante un milagro de
navidad en pleno mes de julio le abordó la paz.
Un Renault Twingo apareció al final de la cuadra. Era
idéntico al suyo de hace años, pero algo parecía que no estaba bien. La pintura
parecía brillar con una luz que no debía, si bien era ya oscuro el cielo por la
hora no había cómo explicar el brillo emergente.
Atraído por una curiosidad irresistible, se acercó. Hizo
señas al guarda del parqueadero y este le respondió que no tenía idea de quién podría
ser. Israel pasó su mano suavemente sobre el capó como si estuviese acariciando
a un animal salvaje, el carro, poseído por la magia de lo inexplicable abrió la
puerta. Adentro no había nadie pero Israel sentía que una sombra se agitaba,
difusa, como si respirara fuera de sí. Sintió que sus párpados se volvían
pesados y que la plaza de parqueo se desvanecía, quedando solos él y el Twingo.
Un olor a tierra húmeda rodeaba el ambiente mientras una
voz electrónica, distorsionada aparecía susurrando a los oídos de Israel.
No se entendía ninguna palabra, pero sabía que algo le
hablaba. Algo que no era de este mundo.
Se dio vuelta para huir pero su sorpresa era preciso la
oscuridad que le abrumaba, sin poder a ninguna parte todo era una estela negra,
profunda, pesada.
El Twingo empezó a avanzar y con cada metro, Israel revivía
cada recuerdo de su vida. Desde su infancia, de su primer carro, de cada risa y
cada café, de cada novia y cada triunfo. Cada recuerdo era absorbido por un
vacío oscuro que emanaba la oscuridad misma.
El motor del carro rugía como una máquina de vapor, a
veces sonidos eléctricos, a veces golpes mecánicos. Israel intentaba ver bien
cada detalle de lo que sucedía, pero el carro preciso se desvanecía entre la
oscuridad.
Nuevamente la voz aparecía como un murmullo, un coro de
voces olvidadas que llamándolo le indicaban un camino en medio de la negra
nada.
Israel no estaba seguro de distinguir entre el mundo que
conocía y aquel que lo llamaba desde las sombras, intentó gritar, pero su voz
se quebró en un eco que se perdió en la nada.
Esa noche, en los alrededores del centro de la ciudad
nadie vio salir a Israel de la oficina, ni mucho menos entrar al parqueadero público
a tocar un Twingo cualquiera.
El vigilante del parqueadero acomodó su pantalón que se
le bajaba un poco y con los ojos brillantes en dirección al cielo, susurró algunas
palabras en un idioma que los humanos no interpretan.
Del bolsillo del pantalón sacó un juego de llaves con el
logo de la concesionaria de Renault y las guardó en un cajón de madera al
interior de la caseta.
Adentro además de las llaves, se observaba una estela de
colores brillantes, como galaxias y universos que viajan entre sí.
Más allá del mundo de los sueños.
AV.



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