18 de febrero de 2026

Asuntos familiares.

 


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Yefran nació después de dos hermanos mayores, el afán de la vida lo sorprendió en un junio en un parto natural con muchas complicaciones, logró conservar la salud de su madre y la paz de sus hermanos. Su padre, Omar Carabalí llegó de Buenaventura en el auge industrial de Cali y se asentó con su entonces novia, Dayana para traer al mundo una bella familia de la que ahora hacía parte.

Desde muy niño demostró interés por las actividades académicas como la lectura de historietas de los periódicos y los rumores con los vecinos, mientras que sus hermanos Jhonatan y Eriksson se desarrollaban más en labores deportivas.

Para el año 2022 terminó sus estudios de bachiller y sufriendo los malestares de la cuarentena nacional decidió estudiar un tecnólogo en producción industrial, algo para entrar a la industria de la ciudad y ganar dinero fácil. Su hermano mayor, Jhonatan se graduó de comunicador social de la Universidad Autónoma en el año 2016 y desde entonces desarrolló el gusto por las redes sociales tanto, que la pandemia le sirvió de contexto para ganar mucho dinero, lo suficiente para irse a vivir a un cuarto con su novia Ileana al sur de la ciudad, por Melendez.

Eriksson, el otro hermano, insistía en estudiar contaduría, pero su capacidad intelectual no le brindaba los suficientes insumos para graduarse oportunamente, así que siguió trabajando como auxiliar contable en una empresa de servicios de mensajería mientras alcanzaba el anhelado título, una promesa que le hizo su jefe para promocionarlo al interior de la compañía.

Yefran era diferente y entendía que el esfuerzo de sus hermanos estaba más encasillado en el querer dar gusto a su padre que en el espíritu natural de triunfar en el mundo de los humanos. Se decidió además por el tecnólogo a razón de una amiga de su hermano Eriksson, una aparente novia, quien le mencionó con intensa voz que las empresas pagan bien en logística a los jóvenes que tienen tecnología y no a los que tienen estudios profesionales; ante tal advertencia se inscribió en el Centro de Estudios Técnicos de Cali TECA, se consiguió una moto con un dinero que su hermano mayor le prestó y así inició su vida de estudiante.

Los sábados, jornada de mañana y tarde estudiaba con dedicación permanente, allí conoció a Catalina, una señorita de otra ciudad que viajaba con frecuencia a estudiar. No se enamoró, pero el deseo por conocerle le llevaba a escribirle a diario, ella, con la inocencia de un carpintero le evadía cada insinuación, pero insistía en responderle para conservarle como amigo.

Durante dos años fueron testigos de esfuerzos académicos y mentiras románticas, entendieron que la vida es aquello que sucede mientras se piensa en el futuro, se entendieron a la perfección en múltiples tareas y hasta se recomendaron para vacantes laborales que encontraban en internet.

Al terminar la tecnología consiguió un trabajo como almacenista en la misma empresa de su hermano Eriksson, inició en turnos de noche y madrugada, acorde fue tomando experiencia se le asignó el turno del día y luego, los fines de semana. Ganaba buen dinero, lo suficiente para sus antojos pues no aportaba nada a la economía doméstica.

Sus padres Omar y Dayana evitaban que sus hijos pasaran esfuerzo más allá del tolerable, querían mantenerlos en un estilo de vida que preciso no tuvieron en su Buenaventura natal.

Omar Eduardo Carabalí creció como hombre de maquinaria pesada, se enamoró de Dayana y vieron en Cali un destino para huir del ciclo de la violencia de las corporaciones criminales que azotaban la tranquilidad de su puerto natal. Ese pensamiento es el que derivó en que tomara la decisión de regalar a su hijo mejor, Yefran, un automóvil para su traslado diario.

Yefran estaba feliz, no era el último modelo pero si uno reciente, su hermano mayor ya se estaba organizando a vísperas de matrimonio con su novia Ileana y estaba alejado de los asuntos familiares; Eriksson estaba insistiendo en terminar sus estudios de contaduría pero los hechos demostraban que estaba más cómodo como auxiliar en la empresa de mensajería, de seguro ello, pensaba Yefran, tenía disgustado a su padre.

Sin dar importancia a la coyuntura de sus hermanos comenzó a utilizar el carro para generar ingresos que le dieran suficiente rendimiento para salir a las discotecas de la zona rural de la ciudad, más arriba de Pance.

Conocía bien las calles desde sus años de motociclista así que no tuvo problema en trabajar como conductor de transporte de pasajeros, labor que le fue de maravilla.

Pasado un par de años el trabajo en la empresa iba bien y estaba ahora como supervisor, su padre Omar le insistía en que se profesionalizara, pero él se negaba a la idea. Conoció a Maritza Aldana, auxiliar de personal, encargada de los trámites de pagaduría y otros menesteres relacionados a la seguridad social de los trabajadores.

Quería pretenderla, pero ella no se lo permitía, le negaba cuanta sugerencia de ir a tomar jugos de fruta hacía. La sorpresa del caprichoso destino fue cuando un martes temprano, aun sin el sol en los cielos recibió una solicitud de la aplicación de transporte para recoger a un pasajero en el barrio Limonar, por la ubicación pensó en Maritza y aceptó.

Era su primer servicio del día, la sorpresa o quizás, la novedad de la zona le llevó a tomar con afán el trayecto. Se despidió de su madre Dayana con un beso y un abrazo cargado de respeto, levantó la mano a lo lejos y saludó a su padre Omar que preciso se estaba afeitando.

Subió al carro modelo 2020 y se fue directo por la autopista suroriental, al cruce de la avenida Guadalupe hizo el semáforo en rojo, en ese momento su teléfono móvil señalaba una llamada de su padre: “padre”. La ignoró y subió el volumen a la radio, necesitaba llegar para verificar que era Maritza.

Más adelante sobre la autopista entró la llamada de su hermano Eriksson: “Brother”, la rechazó por igual y siguió atento a la ruta. Para sorpresa suya una tercera llamada apareció, era su madre: “Mamá”; en el instante mismo en que giraba para llegar al punto de recogida, así que no rechazó la llamada, pero sí la dejó sin contestar.

Llegó a una casa con fachada de color blanco, un antejardín discreto y tejas de barro sobre el muro de entrada. De la puerta principal una mujer elegante salió, vestía un traje elegante color púrpura, con sombrero tipo cloche, color verde aceituna. Llevaba en sus brazos un bolso de cuero de MCM color verde, un poco más claro que el sombrero, el calzado era unos zapatos de tacón alto color naranja.

Subió al carro y con una sonrisa fría, dio los buenos días.

Yefran se sentía decepcionado, saludó a la señora y tomó la ruta que marcaba el servicio.

En ese momento recordó la llamada de su madre y fue a tomar el teléfono, pero la señora lo reprendió con un comentario frío e insensible, le recalcó la importancia de la seguridad al volante y más, la seguridad del pasajero.

Yefran sintió algo de vergüenza, algo de rabia, algo, sin saber cómo describirlo lo consumía.

Entró la llamada de su hermano otra vez: “Brother”, por el espejo retrovisor podía ver los ojos de la señora de sombrero extraño, que le miraban con sutil ironía, así que posó su dedo sobre la pantalla del teléfono y rechazó la llamada.

Más adelante en el semáforo se detuvo en la luz roja, al mirar por el espejo retrovisor la señora no estaba. Se giró y no la encontró, asustado pensó que se había bajado sin pagar pero era absurdo pues no se había detenido en un buen tramo de la vía, además del seguro de las puertas que tenía activado.

Se giró para adelante en vista al volante y notó que al frente no estaba el semáforo ni la autopista, todo era negro, una bóveda de oscuridad que le iba cubriendo hasta dejarlo en medio de la nada.

Omar Eduardo insistía en llamar a su hijo, tomó el teléfono de su esposa Dayana y le marcó una vez más, estaba preocupado porque había dejado la billetera con todos los documentos y temía que fuese multado o peor, los necesitara para algo importante.

En la esquina de la avenida estaba la señora de sombrero color verde aceituna observando cómo se iba consumiendo una especie de humarada negra que en su interior cargaba con un peso extra.

Sonrió como suelen hacerlo las aves de rapiña cuando atrapan a su presa, se dio media vuelta y desapareciendo en el aire, se retiró quizás a otro mundo.

Yefran asustado, seguía dentro del vehículo, en frente suyo podía observar ligeras luces de colores que destellaban de vez en vez, un sonido intenso interrumpía en ocasiones, una especie de máquina o alarma industrial.

Las cuatro puertas del automóvil se abrieron y sin entender qué ocurría se aferró al cinturón de seguridad, desde su silla pudo ver varios tentáculos que halaban con fuerza hasta desaparecer todo en medio de la oscuridad.

En un microsegundo el teléfono se iluminó con la llamada entrante de su madre, abrió los ojos al máximo con la esperanza de poder pedir ayuda.

Todo se hizo oscuridad, lentamente en la pantalla del teléfono apareció la notificación de la llamada perdida:

"Mamá".

AV.

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