15 de febrero de 2026

Anatomía de un agravio.

 



Imagen creada con IA: Gemini Google.


Caminaba de afán y sin precaución, sus ojos castaños tan abiertos, profundos y ansiosos, paseaban distraídos entre pasillos y anaqueles de almacenes de moda. Brillaban como la mirada de una ardilla.

Unos notables audífonos de diadema color blanco adornaban su cabello teñido de caoba, en sus pies unas botas de felpa color rosa vigilaban la ternura de sus pasos y sobre sus hombros un chal Vinotinto gritaba elegancia.

Iba de prisa, queriendo volar hasta una mesa que al fondo, en el Café Mystique le esperaba vacía y con un puerto de energía en la pared. Estaba apurada como todas las señoritas de su edad porque aquel teléfono inteligente estaba a la víspera de perder carga eléctrica y con ella toda utilidad.

Desde el mostrador un joven con gafas atendía a una señora de edad madura, tomaba nota de cada pedido y hacía el cobro de cada compra que su labor requería, desde ese mostrador pudo observar a Catalina Granada correr con sus pasos adornados de peluche rosa, hasta la mesa de la esquina, la misma que tiene la única toma de energía eléctrica en el local.

Vio como ella dejaba sobre la mesa su teléfono conectado, una especie de acto de vida o muerte, cargado de afán y apresurada pasión. Junto al teléfono ubicó los audífonos en señal de reserva, para que nadie tomara la mesa, algo común en la cultura de los desesperados. Allí mismo dejó un termo color rosa, como sus botas, para fingir propiedad sobre el espacio vacío.

Se acercó y haciendo la fila, cruzaba los brazos girando su cuerpo de un lado a otro, él le observaba mientras tomaba el pedido de una pareja de enamorados: Orden de té chai, galletas de soda con miel, porción de brownie con una bola de helado de vainilla.

Detrás de Catalina Granada, apareció Eduardo, un caballero de avanzada edad para ser joven, pero muy inmaduro para ser un adulto mayor. Perdió el cabello desde la primera treintena de años y con este, la vergüenza de pedir permiso, también estaba apurado, pero no por que necesitara comer con premura sino, porque el no hacer nada le apuraba para tener algo que hacer. Allí vio la mesa con el termo color rosa y los audífonos blancos, al lado sobre la pared un puerto de conexión eléctrica ocupado por un teléfono conectado. No le importó y se acercó, se sentó y conectó su teléfono móvil, tomó los audífonos y el termo y los movió a la mesa de al lado, que estaba por igual disponible.

Se quedó leyendo el time line de su cuenta de X mientras daba tiempo para que cargara su teléfono.

Catalina regresó a la mesa con una factura como evidencia de una compra reciente, para sorpresa suya vio al señor de edad madura sentado en la que ella consideraba, era su mesa, estaba con camisa negra con estampado alusivo a grupos de música, una manilla de cuero y un reloj con correa de plástico. Levantándole la voz exigió que se retirara, estaba invadiendo su propiedad.

Eduardo que no sentía pena por nadie, respondió con un ofensivo ademán, señaló la mesa de al lado y sugirió que se sentara allá, con sus cosas. Catalina movía el pie golpeando su bota color rosa contra el suelo, evidenciaba malestar.

Desde el mostrador el joven con gafas observaba la escena, se alertó y estuvo atento a la discusión entre la joven y el señor, estaba a la expectativa de cualquier agresión que requiriera su intervención.

Eduardo insistió en que necesitaba cargar su teléfono y que ese era un espacio público, no propiedad privada. Catalina, con su voz aguda y manoteando cada palabra insistía en que ella había llegado primero, él, sin mirarla, insistía que no había nadie en la mesa cuando llegó.

Desde el mostrador el joven dejó de atender a la fila de consumidores para dirigirse a la mesa y detener la discusión, pidió apoyo a una compañera para que le cubriera en su puesto.

Eduardo soltó el teléfono y se puso de pie, alzó los brazos manoteando al aire como muestra de un alegato que crecía, Catalina tomó el termo y los audífonos y los ubicó con agresividad sobre la mesa, justo al lado de su teléfono que seguía conectado.

Eduardo soltó un par de improperios y empujó el termo hasta hacerlo caer al suelo, todos los presentes en el café voltearon a mirar en un silencio incómodo y prejuicioso.

Catalina estaba guapa y así se sentía, porque eso es lo que le dicen los hombres que le siguen en Instagram, con ese orgullo poderoso de las redes sociales levantó el termo y soltó un grito cargado de ofensas y otras palabras, Eduardo se sentó y con el teléfono en mano decidió ignorarla.

Sin pretender otra querella, alzó la silla y la acomodó del otro lado de la mesa, se sentó y con la voz aireada insistía en explicarle a él que estaba invadiendo su espacio personal, violando su propiedad y agrediendo su integridad. Él la seguía ignorando, con su mirada fija en la pantalla del teléfono intentaba encontrar algo que leer en el time line de su cuenta de X, quizás como una ruta de escape a esa incómoda realidad que Catalina le planteaba.

El joven de gafas llegó a la mesa preguntando si algo ocurría, Eduardo con un movimiento de hombros dio señal de que nada pasaba, Catalina furiosa, se acomodaba los audífonos en su cabeza y mirando de reojo susurraba por igual, nada ocurría.

Sin entender se retiró y nuevamente retomó su labor de atención al público en la caja de pedidos, los empleados del Café y los clientes presentes observaban sin decir nada, las opiniones aparecerían luego, afuera, donde la cotidianidad es global.

Desde el mostrador anunciaron que el pedido de café granizado con crema y salsa de caramelo estaba listo, Catalina se levantó y clavando una mirada de odio sobre Eduardo le dio a entender de que no permitiría que le robara algo de su mesa, él insistía en ignorarla.

Regreso con un envase de 12 onzas lleno de crema y salsa, lo puso sobre la mesa, se sentó como un estudiante en un examen, fijó su mirada en el teléfono que estaba conectado y esperó.

Al paso del tiempo Eduardo se levantó, desconectó su teléfono y se retiró, Catalina lo ignoró, contenía su ira en silencio, cogió su teléfono y lo encendió, ya había logrado algo de carga suficiente. Tomaba su granizado en señal de refugio.

Nunca había sentido tan placentera la soledad de una pantalla iluminando sus ojos mientras el mundo le juzgaba.

Para el joven de gafas la paz regresó al saber que Eduardo se había retirado, era otra historia de dos desconocidos compartiendo una mesa pequeña en un mundo lleno de desconocidos.

La única propiedad es la dignidad.

AV.

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