Imagen creada con IA: Chatgpt.
Nos reunimos bajo el calor de un café, un dulce de
pandebono y una torta de zanahoria, brindamos por la bondad de los tiempos
modernos y dimos un paseo histórico por la nota de aquellas canciones que sin
tener idea del nombre fueron el mástil de una edad incomprendida.
Mafalda, de cabello verde, como el color de un corazón
puro fue la sensación, junto a esta un interesante marrano de apariencia
variopinta con puntos y destellos que reflejaban su principal misión en la
vida: Ser anfitrión de los seres cósmicos del universo, en caso claro, de que
algún día lleguen y requieran de un guía terrestre.
Cada conversación iba descubriendo una etapa vivida, el
saberse amable ante las incógnitas de los tiempos difíciles, el hallarnos vivos
en un universo de cuestionables casualidades.
Cuentos, canciones e historias.
Encontramos en una misma mesa la pasión por lo sencillo y
el poder de lo inverosímil, nos dejamos sorprender por la gentileza de un pincel
y la resistencia de un buen recuerdo.
En aquel escenario se identificaron a los dioses y sus
caprichosas maneras de hacernos entender el cómo la vida funciona con sus
caminos y trochas. Como si detrás de todo lo conocido existiera un universo lleno
de colores y muchas estrellas, donde cuentos e historias se transforman en
canciones y anécdotas.
¿Cómo se llamarán aquellos dioses ocultos? ¿Existirán
acaso, como seres sintientes que determinan la coalición de ideas o miedos en
un caprichoso juego de casualidades y coincidencias? ¿Somos una coincidencia de
aquello que no tiene nombre?
Prometimos ir a comer algo en una siguiente oportunidad, esperar
que esos dioses nos den las señales de que el camino está apto para su
tránsito, dejarnos seducir por la insipiente idea de que algo superior nos
controla.
Aquellos entes que de mil nombres responden al llamado de
los humanos, seres que suelen por demás, ser testigos de ocasiones no
planeadas, tanto encuentros como citaciones a tomar café o una ingenua bebida
de cerveza negra que, en el coqueto devenir de los zancudos, puede servir de
inspiración para una tarde soleada de febrero.
En silencios placenteros donde se cruzan las miradas en
un silencio enternecedor, surge el interrogante: ¿Y ellos cómo se llaman?
En ese mismo silencio una voz elocuente y femenina sentenció: Saturnino.
Con el último sorbo de café tibio se pudo entender que esos
dioses ocultos no eran más que excusas poéticas para nombrar lo que estaba
sucediendo: Una delicada conspiración del universo para coincidir dos soledades.
Mafalda, con su cabello verde parecía aprobar la revelación desde la imaginación
de lo cotidiano. El marrano cósmico, anfitrión de visitantes improbables,
brillaba con un destello más intenso de redondos colores naranja sobre una base
azul de pintura.
Sentados frente a frente, compartiendo una torta de
zanahoria en una mesa genérica, se escuchaba una plegaria que en broma de los
dioses era custodiada por una bachata contemporánea.
En ese instante se llegó a la conclusión de que aquella
tarde no terminó en despedida, sino en un comienzo.
Una constante.
AV.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario