27 de febrero de 2026

Los Dioses ocultos (Saturnino)

 



Imagen creada con IA: Chatgpt.

Nos reunimos bajo el calor de un café, un dulce de pandebono y una torta de zanahoria, brindamos por la bondad de los tiempos modernos y dimos un paseo histórico por la nota de aquellas canciones que sin tener idea del nombre fueron el mástil de una edad incomprendida.

Mafalda, de cabello verde, como el color de un corazón puro fue la sensación, junto a esta un interesante marrano de apariencia variopinta con puntos y destellos que reflejaban su principal misión en la vida: Ser anfitrión de los seres cósmicos del universo, en caso claro, de que algún día lleguen y requieran de un guía terrestre.

Cada conversación iba descubriendo una etapa vivida, el saberse amable ante las incógnitas de los tiempos difíciles, el hallarnos vivos en un universo de cuestionables casualidades.

Cuentos, canciones e historias.

Encontramos en una misma mesa la pasión por lo sencillo y el poder de lo inverosímil, nos dejamos sorprender por la gentileza de un pincel y la resistencia de un buen recuerdo.

En aquel escenario se identificaron a los dioses y sus caprichosas maneras de hacernos entender el cómo la vida funciona con sus caminos y trochas. Como si detrás de todo lo conocido existiera un universo lleno de colores y muchas estrellas, donde cuentos e historias se transforman en canciones y anécdotas.

¿Cómo se llamarán aquellos dioses ocultos? ¿Existirán acaso, como seres sintientes que determinan la coalición de ideas o miedos en un caprichoso juego de casualidades y coincidencias? ¿Somos una coincidencia de aquello que no tiene nombre?

Prometimos ir a comer algo en una siguiente oportunidad, esperar que esos dioses nos den las señales de que el camino está apto para su tránsito, dejarnos seducir por la insipiente idea de que algo superior nos controla.

Aquellos entes que de mil nombres responden al llamado de los humanos, seres que suelen por demás, ser testigos de ocasiones no planeadas, tanto encuentros como citaciones a tomar café o una ingenua bebida de cerveza negra que, en el coqueto devenir de los zancudos, puede servir de inspiración para una tarde soleada de febrero.

En silencios placenteros donde se cruzan las miradas en un silencio enternecedor, surge el interrogante: ¿Y ellos cómo se llaman?

En ese mismo silencio una voz elocuente y femenina sentenció: Saturnino.

Con el último sorbo de café tibio se pudo entender que esos dioses ocultos no eran más que excusas poéticas para nombrar lo que estaba sucediendo: Una delicada conspiración del universo para coincidir dos soledades. Mafalda, con su cabello verde parecía aprobar la revelación desde la imaginación de lo cotidiano. El marrano cósmico, anfitrión de visitantes improbables, brillaba con un destello más intenso de redondos colores naranja sobre una base azul de pintura.

Sentados frente a frente, compartiendo una torta de zanahoria en una mesa genérica, se escuchaba una plegaria que en broma de los dioses era custodiada por una bachata contemporánea.

En ese instante se llegó a la conclusión de que aquella tarde no terminó en despedida, sino en un comienzo.

Una constante.

AV.

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