Imagen generada con IA: Gemini de Google.
Hay un momento en que el cansancio se convierte en una pausa obligada,
un dolor de espalda, una gripe sorpresiva, un músculo reducido en las piernas o
simplemente una jaqueca permanente, de aquellos visitantes que dejan todo abandonado
a su suerte.
Momentos que son importantes con la sumatoria de tareas que aparecen
con el caprichoso deseo del tiempo libre, desde instrucciones que nos caen de
la jefatura hasta la cotidiana necesidad de ayudar al prójimo en la inútil labor
diaria, esos pequeños momentos donde deseamos que todos dejen de ser ignorantes
o perezosos.
Es preciso este momento que en silencio miramos la pared,
fijamos la mente en otro lugar y deseamos con premura cada dolor y sus secuelas
desaparezcan con las tareas que cargan, curioso porque además en febrero es que
se van aterrizando las dinámicas del año nuevo, pues enero es más bien un
proceso de ajuste a las realidades emergentes (falso).
Muchas de las ideas pendientes de diciembre se cerraron sobre el
escritorio como un conjunto de informes y datos pendientes de entregar, a esas
ideas se les suma las ideas emergentes de enero, esas consecuencias de la creatividad
que traen más trabajo que un mal matrimonio.
A todos los pendientes he sumado otro cúmulo de deberes como es
el martirio de estudiar. No se puede odiar lo que se anhela, pero el proceso es
un camino coqueto que baila al ritmo de la desesperación, como si fuesen pasos
en un puente colgante; estudiar como proyecto de vida deseado y soñado, con el
cansancio de quien no ha deseado el exceso de tareas que le afligen.
Este año será difícil me susurró el tiempo en una brisa tenue de
diciembre, será más que desafiante, porque el pasado se entendía como exigente,
en tal labor se debe de construir el espacio de descanso, poder recular cada
insulto y volver a lo básico de un sábado: dormir como león toda la tarde.
Los domingos recientes he desempeñado funciones de
administración y mantenimiento del hogar, para luego desarrollar las tareas del
estudiante de los días acordados.
Me excuso pues con quienes la agenda me ha impedido dar la mano
y compartir el café prometido, la hamburguesa adeudada, el beso robado y las
palabras esquivas. Excusarme con la sinceridad de un testigo indeseado, esos que
al ser interrogados responden con un necesario “no sé”.
Me encierro en puertas abiertas y como lo explicaba Sanz en sus canciones, me elevo en mil volteretas intentando ser yo en medio de lo que no fui.
Me convierto en sombra de mis palabras y en el susurro de un niño que
insiste en estar.
Ahora las promesas son para mi mismo, son esfuerzos y letargos que
me obligan recordar lo excesivamente humano que puedo llegar a ser: Un sujeto replegado
en imperfecciones y mucho carisma.
Un poema carismático, que nació cansado en cada uno de sus
versos.
AV.


