31 de enero de 2026

Enero no puede acabar (Caminos)

 



Imagen creada con IA Gemini

Con un conjunto de pensamientos recurrentes mi mente se fue acelerando al mismo ritmo en que mis pasos avanzaban, caminaba preciso por la avenida 18 desde la universidad a la otra universidad. Al inicio con un sol coqueto de media mañana me distraía con el curso de cada vehículo irresponsable que transitaba sobre la vía de las bicicletas y los peatones.

En esas idas de lo cotidiano, recordé con afecto a quienes por mi vida han pasado dejando placer y aprendizaje, desde el azul de los poemas hasta el azul de las ideas, de aquellas marañas que con buen humor dejaron huellas en la piel, hasta aquellas sinfonías de risas y reproches que sacudieron la tranquilidad de un día en el calendario.

Se me pasó por ahí mismo una motocicleta que tenía afán, junto a ella un pensamiento me abordó en confusa sincronía y recordé lo divertido que era la infancia sin complicaciones ni horarios.

Caminando recordé, porque a la final todo el tiempo la pasé recordando, una canción que durante la semana me estuvo afilando las ideas como si fuese una investidura permanente, en ella, la canción, recordé a otras personas, otra vez una azul coincidencia.

Dos calles después, seguí con mis pensamientos debatiendo entre sí sobre un cuento inquieto que desde el pasado martes empecé a escribir pero que sin entender por qué, no he podido terminar. Un cuento ligero como todo lo que aquí se publica, una idea superficial como las que me adornan las letras, pero este cuento y sus hechos se negaba a terminar.

Empecé con una pregunta literaria sencilla que fue ahondando en personajes sencillos, como el Pedro Conejo de las historias recientes o el magnífico Che Copete del maestro René Ríos. Aquella pregunta me fue guiando a callejones sin salida pero que daban más preguntas, colores de ideas que se ningunearon en un texto sin final y allí es donde aparece el afán.

Estamos a 31 de enero y no quería (ni quiero) que se fuese el mes sin publicar tal relato pero es allí preciso de donde reincide la frustración, pues ha sido una semana de mucho trabajo con entrega de informes y datos específicos de mi oficina popular, sumado además, al ejercicio de ser estudiante y profesor, amigo y vecino, del punto mismo de cumplir con pendientes ajenos y pausar los propios.

Llegué pensando entonces por qué habría que avanzar en la historia y si aquí estaría la inspiración para dejarla culminada, pero entendí que mi mente nada quiere hacer distinto a respetar la osadía del tiempo desperdiciado.

Caminando como la premura del hambre recordé nuevamente un par de personajes que en alguna obra debo de crear, el humilde ejercicio de dar vida a la rutina en letras poco loables.

Ahora viene marzo, allá a lo lejos como un carro viejo que sin ritmo ni aceleración va iluminando con dos faroles las calles del febrero febril.

Se fue enero, porque a esta hora ya no hay nada que retener, será un cuento o un relato impreso para febrero, pero que conste que a Pedro Conejo y sus amigos, las tragedias les emergieron en un martes de enero, casual, íntimo y muy cotidiano.

Enero no puede acabar.

AV.

16 de enero de 2026

Sueños del Futuro Pasado.

 

Imagen tomada de: https://depositphotos.com/es/vectors/synth-pop.html

Siempre el primer día del año duele, no mucho, más bien poco, algo así como un dolor bajo, chiquito, de esos que surgen producto de la casualidad. De aquellos dolores que no son físicos, sino más bien una presión suave que se habita detrás de los ojos.

Una ciudad donde los habitantes caminan en silencio ignorando lo que ocurre afuera, ensimismados en la cotidianidad de los afanes, de la cita de trabajo, de la factura a pagar, de la lluvia que no cesa o del tiempo que no espera.

Una ciudad que se encierra en espasmo de lo inverosímil. Aquel instante en que todo lo inútil reclama su lugar de manera simultánea, desde opiniones políticas, hasta analistas del clima.

Una de las tareas más insignificantes de aquellos opinadores, es preciso dar preponderancia al Futuro Pasado, un tiempo que nunca existió, pero que todos recuerdan con nostalgia. Hablar del mañana que nos crearon en el cine y la literatura.

Personajes que en su oficio de intelectuales nos brindan opiniones que son incomprensibles, archivos del futuro que construidos en versos ficticios, nos confiaban el progreso moral, y el tiempo les dio la razón.

Desde jóvenes vendiendo sus ideas en redes sociales hasta gobernantes construyendo su agenda pública en beneplácito de los seguidores.

El avance técnico llegó, sí, pero nunca a las mentes.

El pesimismo no era profecía: era diagnóstico.

Mucho antes de la pandemia y su cuarentena de 2020 y 2021, existían los primeros portales de encuentro virtual. Skype, decían los archivos, permitía verse a través de pantallas rudimentarias. Yahoo alojaba comunidades enteras de trabajo remoto. Nadie los tomó en serio hasta que el mundo se cerró y no hubo otra opción. Entonces nacieron nuevas plataformas, más eficientes, más invasivas, más definitivas, igual de útiles pero con una estética de innovación imprescindible.

Con ellas llegó el verdadero poder.

Algunos autores olvidados nos habían advertido sobre la bioética, sobre el dominio sutil de la tecnología sobre la vida cotidiana. Nadie escuchó. Hasta que un estratega sin rostro rescató viejas ideas autocráticas del siglo XX y las envolvió en interfaces modernas, llamándolas innovación política. Funcionó.

Siempre funciona.

Ese Futuro Pasado es el que nos llevó a perder la ética del cuidado en nombre de la nostalgia.

Así se fracturó la cultura, ese tejido invisible que alguna vez sostuvo a la humanidad producto de la inmediatez, donde lo urgente es constante, sin pasado que consultar ni futuro que pensar.

Las ideas se improvisan, las promesas del mañana se venden como salvación, todo con una misma raíz: el ego.

Cada enero, el calendario reinicia el ciclo y mientras la ciudad se preguntaba por las novedades, las tendencias y el clima, el verdadero acto revolucionario de los aburridos, no sería imaginar un futuro distinto sino, por primera vez, aprender del pasado que sí existió.

Leernos en la cotidianidad de lo real, del asfalto y la lluvia.

Reconocernos en el pasado presente.

AV.


10 de enero de 2026

Sueños de enero (Pedro Conejo).


Imagen creada con IA: https://gemini.google.com  

Hay sueños que en la profundidad del silencio aparecen como una respuesta a la fluctuación del ritmo cardiaco y al cansancio de otro día vivido. Sueños que en la interpretación del consultor adecuado pueden tratarse de pesadillas, monstruosas vivencias de lo cotidiano.

Pedro venía de caminar bajo el sol de diciembre, trabajar en la temporada de navidad y fin de año le trajo caminatas bajo un calor inolvidable de casi cuarenta grados. De entre los días caminados y las noches de inventario en el local comercial en el sur de la ciudad, el cuerpo demandaba descanso, pero no de aquel descanso que con licor y fiesta distrae la mente sino, de aquel que busca quietud para escapar de este mundo y suplir las necesidades funcionales.

Escapar de este mundo.

Llegó a casa alrededor de las once de la noche a pesar de haber salido del centro de comercio sobre las siete de la tarde, un tráfico con índoles de grandeza retrasaba la ruta acostumbrada: De la avenida Libardo López cruzando por la carrera setenta hasta la avenida ciudad de Cali. No es mucha la distancia, pero si la espera.

Llegó a casa para tomar un vaso de limonada, descargar maletines y saludar a su esposa, distraída en un libro de buenas energías (vibes).

Se dio una ducha para librar de toda suciedad su cuerpo, para sanar cualquier indicio de malos pensamientos, para llegar a cama como un hombre santo y trabajador.

Pedro Conejo se dio a dormir sobre la medianoche y allí en los pormenores de la somnolencia encontró un viejo recuerdo que con algo de ficción lo guio directo a donde no debía de ir, a lo más oscuro de un silencio conspirador.

Se encontró caminando preocupado. Sin saber el motivo iba de un lado a otro con las manos en sus bolsillos, tenía las llaves de su camioneta en las manos, de alguna parte apareció Juan Esteban Mellizo, un viejo colega, le saludó y con un abrazo singular le convidó una cerveza, fría para el calor de fin de año.

Pedro Conejo no se niega nunca a un espacio de compartir con sus amistades y esa ocasión no sería distinta, así que aceptó y en una tienda de barrio pidieron dos cervezas y un paquete de papas fritas.

La conversación, sentía Pedro, era tensa, su espetado amigo daba chistes fuera de tono, el más incómodo, aquel en el que hacía referencia a la función sexual de las mujeres en la estructura de la sociedad. Con una venia de cordialidad Pedro se hizo a un lado y se despidió de Juan Esteban, tomó camino rumbo a su casa recordando uno a uno los chistes de mal gusto, le sorprendía que fuera así de tosco su viejo compadre.

A lo lejos en la esquina pudo ver cómo una adolescente caminaba tarde la noche, dejando evidenciar en su piel la virginidad de su edad, detrás de ella un habitante de calle, en la suciedad de su apariencia la seguía con la evidente intención de afectar su inocencia. Pedro aceleró el paso y con su presencia logró alejar al malintencionado desconocido, la joven con un poco de susto no logró entender la situación y se alejó de prisa temiendo que Pedro fuera a acosarle.

Nada importaba para él, la muchacha estaba fuera de peligro. A su espalda, dos jóvenes aparecieron, gemelos incluso. Saludaron a Pedro Conejo para convidarle algunos tacos, donde Jeremías. Allí supo Pedro que estaba en un sueño, no en casa.

Con un persistente discurso lograron subir a Pedro a un sedán, durante el trayecto conversaban de vivencias que para él eran inexistentes, hasta bromearon de experiencias en determinados lugares que por supuesto jamás había avistado. Uno de los hermanos se puso algo coqueto con Pedro, con la sugerencia sexual de disfrutar los tres de un apasionado encuentro, el otro gemelo que conducía el vehículo, observando por el espejo retrovisor soltaba frases motivacionales para que Pedro cediera al ímpetu sexual de dos jóvenes íncubus con apariencia de amigos.

Empezó a forcejear exigiendo fuera liberado hasta que una escalera metálica apareció de la nada, subió por ella y sin notarlo llegó a una calle en medio de un barrio comercial, rodeado de restaurantes y bares, unos más pintorescos que otros, extrañamente no escuchaba la música que de ellos emergía.

Pedro Conejo entró a un bar con apariencia americana, cerveza caliente, velas encendidas en cada centro de mesa, televisores transmitiendo partidos de fútbol de días pasados, mujeres mostrando su escote y hombres preocupados por el escote y no las conversaciones.

Se sentó y pidió una cerveza mientras se ubicaba en la silla de una mesa al fondo del bar, casi de frente a la luz de neón de la puerta de salida (Exit); un joven mesero con camiseta negra y sonrisa incompleta, comenzó a mover mesas y asientos al lado de Pedro, en señal de que llegaban más comensales.

Cuatro mujeres de edades diferentes se sentaron en las mesas adyacentes, acomodaron sus bolsos y saludaron a Pedro con una familiaridad extraña, abrazos y besos de familias de antaño quizás. Una quinta dama apareció, alrededor de cincuenta y dos años de vida con una blusa de color blanco y un tono de piel entre rosa y naranja, con notables manchas de pecas y otros menesteres en su busto, por demás grande, como el de las meretrices que a Pedro tanto le gustaban. Comenzó a poner temas varios de conversación para lograr la atención de Pedro, quien evidenciaba incomodidad y desespero allí sentado, su plan no era precisamente tertuliar con 5 desconocidas.

La dama de blusa blanca estiró el brazo y posó la mano sobre la entrepierna del señor Conejo que, como buen ingeniero, no supo como reaccionar a la inesperada situación. Se puso de pie y salió de prisa del lugar, directo a la puerta.

Se quedó pensando mientras observaba la calle, una calle desconocida, familiar, vacía, variopinta, ficticia, sospechosa.

Un bus avanzaba desde la esquina con premura, al mejor susurro de los desesperados una voz sugirió a Pedro Conejo que saltara, que allí, en la muerte, estaba la salida.

Asintió.

Empezó a caminar por el andén cuando a su lado una camioneta color azul claro se le atravesó, era la dama de blusa blanca que le convidaba casi en tono de dominatriz, a que subiera. El miedo otra vez aparecía.

Comenzó a correr sin darse cuenta que iba en dirección al bus, de frente como un toro ante la capa roja. [Padre nuestro que estás…]

Pedro Conejo empezó a rezar con los ojos cerrados, en un instante cambió su dirección logrando evadir al bus y retomando la huida en un anden ahora oscuro, sin las luces de los bares y restaurantes del sector, solo oscuridad profunda y densa, insistía en rezar pero olvidaba el orden del Padre Nuestro, se le confundía cada palabra.

Corría mientras unas manos invisibles le halaban hacia atrás, una de ellas, en su entre pierna, con fuerza lo intentaba detener. Pretendía escapar de algo que tenía más de diez brazos queriéndolo retener.

Con la frustración de no poder pronunciar la oración más recordada, decidió intentarlo con otra y allí la santa madre le mostró el camino.

"Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús."

Logró despertar en su cama, en la oscuridad de su habitación, pero su esposa no estaba. Con sospecha se levantó y encontró una sombra un tono más claro que la oscuridad que allí reinaba, sabía que aún estaba en fuga.

Algo le intentó halar hacia allá, cerró los ojos con fuerza y retomando las plegarias a María Santa, despertó nuevamente, ahora sí con la total certeza de estar en casa. Se sentó sobre su lugar en la cama y vio cómo una grieta se cerraba, como si fuese una cremallera en la pared, ocultando un mundo violeta, naranja, negro, un lugar multicolor lleno de estrellas y sombras.

Volteó a mirar a un lado, allí estaba su esposa, una dama de buena apariencia con la que estudió en la universidad, acostada con su espalda descubierta.

La besó y salió de la habitación cuestionando cada atisbo de vida, cada memoria, cada cosa.

Una lágrima le saltó y se sentó en un sillón con una vela, la encendió y casi llorando, terminó la oración a Santa María Virgen.

Lloraba, no era cansancio, no era rabia, no era miedo. Eran lágrimas de otro mundo que comenzaban a salir en este real escenario.

Afuera, lejos de la oscuridad y las estrellas.

AV.