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Siempre el primer día del año duele, no mucho, más bien poco,
algo así como un dolor bajo, chiquito, de esos que surgen producto de la
casualidad. De aquellos dolores que no son físicos, sino más bien una presión
suave que se habita detrás de los ojos.
Una ciudad donde los habitantes caminan en silencio
ignorando lo que ocurre afuera, ensimismados en la cotidianidad de los afanes, de
la cita de trabajo, de la factura a pagar, de la lluvia que no cesa o del
tiempo que no espera.
Una ciudad que se encierra en espasmo de lo inverosímil.
Aquel instante en que todo lo inútil reclama su lugar de manera simultánea, desde
opiniones políticas, hasta analistas del clima.
Una de las tareas más insignificantes de aquellos
opinadores, es preciso dar preponderancia al Futuro Pasado, un tiempo que nunca
existió, pero que todos recuerdan con nostalgia. Hablar del mañana que nos
crearon en el cine y la literatura.
Personajes que en su oficio de intelectuales nos brindan
opiniones que son incomprensibles, archivos del futuro que construidos en
versos ficticios, nos confiaban el progreso moral, y el tiempo les dio la
razón.
Desde jóvenes vendiendo sus ideas en redes sociales hasta
gobernantes construyendo su agenda pública en beneplácito de los seguidores.
El avance técnico llegó, sí, pero nunca a las mentes.
El pesimismo no era profecía: era diagnóstico.
Mucho antes de la pandemia y su cuarentena de 2020 y 2021,
existían los primeros portales de encuentro virtual. Skype, decían los
archivos, permitía verse a través de pantallas rudimentarias. Yahoo alojaba
comunidades enteras de trabajo remoto. Nadie los tomó en serio hasta que el
mundo se cerró y no hubo otra opción. Entonces nacieron nuevas plataformas, más
eficientes, más invasivas, más definitivas, igual de útiles pero con una
estética de innovación imprescindible.
Con ellas llegó el verdadero poder.
Algunos autores olvidados nos habían advertido sobre la
bioética, sobre el dominio sutil de la tecnología sobre la vida cotidiana.
Nadie escuchó. Hasta que un estratega sin rostro rescató viejas ideas
autocráticas del siglo XX y las envolvió en interfaces modernas, llamándolas
innovación política. Funcionó.
Siempre funciona.
Ese Futuro Pasado es el que nos llevó a perder la ética
del cuidado en nombre de la nostalgia.
Así se fracturó la cultura, ese tejido invisible que
alguna vez sostuvo a la humanidad producto de la inmediatez, donde lo urgente
es constante, sin pasado que consultar ni futuro que pensar.
Las ideas se improvisan, las promesas del mañana se venden
como salvación, todo con una misma raíz: el ego.
Cada enero, el calendario reinicia el ciclo y mientras la
ciudad se preguntaba por las novedades, las tendencias y el clima, el verdadero
acto revolucionario de los aburridos, no sería imaginar un futuro distinto sino,
por primera vez, aprender del pasado que sí existió.
Leernos en la cotidianidad de lo real, del asfalto y la
lluvia.
Reconocernos en el pasado presente.
AV.


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