16 de enero de 2026

Sueños del Futuro Pasado.

 

Imagen tomada de: https://depositphotos.com/es/vectors/synth-pop.html

Siempre el primer día del año duele, no mucho, más bien poco, algo así como un dolor bajo, chiquito, de esos que surgen producto de la casualidad. De aquellos dolores que no son físicos, sino más bien una presión suave que se habita detrás de los ojos.

Una ciudad donde los habitantes caminan en silencio ignorando lo que ocurre afuera, ensimismados en la cotidianidad de los afanes, de la cita de trabajo, de la factura a pagar, de la lluvia que no cesa o del tiempo que no espera.

Una ciudad que se encierra en espasmo de lo inverosímil. Aquel instante en que todo lo inútil reclama su lugar de manera simultánea, desde opiniones políticas, hasta analistas del clima.

Una de las tareas más insignificantes de aquellos opinadores, es preciso dar preponderancia al Futuro Pasado, un tiempo que nunca existió, pero que todos recuerdan con nostalgia. Hablar del mañana que nos crearon en el cine y la literatura.

Personajes que en su oficio de intelectuales nos brindan opiniones que son incomprensibles, archivos del futuro que construidos en versos ficticios, nos confiaban el progreso moral, y el tiempo les dio la razón.

Desde jóvenes vendiendo sus ideas en redes sociales hasta gobernantes construyendo su agenda pública en beneplácito de los seguidores.

El avance técnico llegó, sí, pero nunca a las mentes.

El pesimismo no era profecía: era diagnóstico.

Mucho antes de la pandemia y su cuarentena de 2020 y 2021, existían los primeros portales de encuentro virtual. Skype, decían los archivos, permitía verse a través de pantallas rudimentarias. Yahoo alojaba comunidades enteras de trabajo remoto. Nadie los tomó en serio hasta que el mundo se cerró y no hubo otra opción. Entonces nacieron nuevas plataformas, más eficientes, más invasivas, más definitivas, igual de útiles pero con una estética de innovación imprescindible.

Con ellas llegó el verdadero poder.

Algunos autores olvidados nos habían advertido sobre la bioética, sobre el dominio sutil de la tecnología sobre la vida cotidiana. Nadie escuchó. Hasta que un estratega sin rostro rescató viejas ideas autocráticas del siglo XX y las envolvió en interfaces modernas, llamándolas innovación política. Funcionó.

Siempre funciona.

Ese Futuro Pasado es el que nos llevó a perder la ética del cuidado en nombre de la nostalgia.

Así se fracturó la cultura, ese tejido invisible que alguna vez sostuvo a la humanidad producto de la inmediatez, donde lo urgente es constante, sin pasado que consultar ni futuro que pensar.

Las ideas se improvisan, las promesas del mañana se venden como salvación, todo con una misma raíz: el ego.

Cada enero, el calendario reinicia el ciclo y mientras la ciudad se preguntaba por las novedades, las tendencias y el clima, el verdadero acto revolucionario de los aburridos, no sería imaginar un futuro distinto sino, por primera vez, aprender del pasado que sí existió.

Leernos en la cotidianidad de lo real, del asfalto y la lluvia.

Reconocernos en el pasado presente.

AV.


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