Imagen creada con IA Gemini
Con un conjunto de pensamientos recurrentes mi mente se fue acelerando al mismo ritmo en que mis pasos avanzaban, caminaba preciso por la avenida 18 desde la universidad a la otra universidad. Al inicio con un sol coqueto de media mañana me distraía con el curso de cada vehículo irresponsable que transitaba sobre la vía de las bicicletas y los peatones.
En esas idas de lo cotidiano, recordé con afecto a
quienes por mi vida han pasado dejando placer y aprendizaje, desde el azul de
los poemas hasta el azul de las ideas, de aquellas marañas que con buen humor
dejaron huellas en la piel, hasta aquellas sinfonías de risas y reproches que
sacudieron la tranquilidad de un día en el calendario.
Se me pasó por ahí mismo una motocicleta que tenía afán,
junto a ella un pensamiento me abordó en confusa sincronía y recordé lo
divertido que era la infancia sin complicaciones ni horarios.
Caminando recordé, porque a la final todo el tiempo la
pasé recordando, una canción que durante la semana me estuvo afilando las ideas
como si fuese una investidura permanente, en ella, la canción, recordé a otras
personas, otra vez una azul coincidencia.
Dos calles después, seguí con mis pensamientos debatiendo
entre sí sobre un cuento inquieto que desde el pasado martes empecé a escribir
pero que sin entender por qué, no he podido terminar. Un cuento ligero como
todo lo que aquí se publica, una idea superficial como las que me adornan las
letras, pero este cuento y sus hechos se negaba a terminar.
Empecé con una pregunta literaria sencilla que fue ahondando
en personajes sencillos, como el Pedro Conejo de las historias recientes o el
magnífico Che Copete del maestro René Ríos. Aquella pregunta me fue guiando a
callejones sin salida pero que daban más preguntas, colores de ideas que se
ningunearon en un texto sin final y allí es donde aparece el afán.
Estamos a 31 de enero y no quería (ni quiero) que se
fuese el mes sin publicar tal relato pero es allí preciso de donde reincide la
frustración, pues ha sido una semana de mucho trabajo con entrega de informes y
datos específicos de mi oficina popular, sumado además, al ejercicio de ser
estudiante y profesor, amigo y vecino, del punto mismo de cumplir con pendientes
ajenos y pausar los propios.
Llegué pensando entonces por qué habría que avanzar en la
historia y si aquí estaría la inspiración para dejarla culminada, pero entendí
que mi mente nada quiere hacer distinto a respetar la osadía del tiempo
desperdiciado.
Caminando como la premura del hambre recordé nuevamente
un par de personajes que en alguna obra debo de crear, el humilde ejercicio de
dar vida a la rutina en letras poco loables.
Ahora viene marzo, allá a lo lejos como un carro viejo
que sin ritmo ni aceleración va iluminando con dos faroles las calles del
febrero febril.
Se fue enero, porque a esta hora ya no hay nada que
retener, será un cuento o un relato impreso para febrero, pero que conste que a
Pedro Conejo y sus amigos, las tragedias les emergieron en un martes de enero,
casual, íntimo y muy cotidiano.
Enero no puede acabar.
AV.


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