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I
Para Jairo Alonso era normal
jugar descalzo, se sentía cómodo pateando la pelota sin tener zapatos que le
cubrieran los dedos, desde muy niño había decidido jugar así y creció en tal
costumbre. Algunas ocasiones los profesores del liceo le llamaban la atención
por quitarse los zapatos y ensuciarse los pies jugando al fútbol, pero tales
regaños nunca llegaron cambiar o corregir lo que ellos decían, era un acto de
indisciplina.
Creció rodeado de oportunidades
deportivas, pero jamás concretó una realidad para ser jugador profesional. Intentó
en el Deportivo Cali, pero fue descartado al negarse a jugar con los guayos
puestos. En el Atlético Cali perdió cualquier oportunidad porque el calzado le
incomodaba haciendo perder el control de la pelota cuando corría. Sin mencionar
la calidad de sus disparos, que salían más fuertes y sin dirección correcta.
Con la frustración de aquellas oportunidades desperdiciadas prefirió retirarse
del camino del profesionalismo deportivo y más bien, comenzó a buscar
alternativas para estudiar algún programa de formación profesional.
Entró a Ingeniería Industrial
en la Universidad del Valle, allí conoció amigos de diferentes edades y formas
de pensamiento, pero todos unidos por el amor al ocio, al fútbol y las mujeres.
También conoció a Maribel, de cabello castaño, rizado y ojos con una mirada tan
profunda como un precipicio.
Tomaron la costumbre de jugar
al fútbol en las canchas de la ciudadela universitaria, apostaban algo de
dinero, otras veces el costo de un cesto de cervezas. En esas experiencias
lograron crear una comunidad de futbolistas frustrados, desde Miltón que
alegaba haberse lesionado la rodilla desde muy joven, hasta Iván que insistía que
nunca le interesó ser famoso.
El viernes pasado, en los
albores de un abril cargado de lluvias y muchas protestas contra el gobierno
nacional, se citaron para enfrentar al equipo de Ingeniería Mecánica. Cada
grupo llevó su fanaticada y algunas bebidas para hidratar el alma. Jairo Alonso
que conservaba dentro de sus puños la frustración del no futuro, insistía en
jugar descalzo, estaba en un escenario donde la vergüenza no jugaba en su
contra.
Ganaron con amplia ventaja.
Celebraron con asfixiante alarde. Se prometieron volver a jugar, con el celo de
quien busca una excusa.
El viernes siguiente, más
cerca de mayo, se reunieron a jugar contra el mismo equipo de estudiantes de
Ingeniería Mecánica. Volvieron a ganar.
Volvieron a celebrar con
excesiva fiesta y allí en la fiesta, la desgracia decidió jugar en contra de Jairo
Alonso.
Siendo las ocho de la noche y
bajo el amarillo de las luminarias de la plazoleta de banderas, aquel grupo de deportistas
de mediano rendimiento se reunió a tomar las cervezas apostadas, a disfrutar de
algo de música que se escuchaba y conversar de temas varios. Jairo, descalzo y
con la confianza brotando en sus palabras, bailaba con la pretensión de que Maribel
le diera respuesta a su constante deseo de amarle.
El destino que juega con los
dados a su favor ayudó a que Maribel aceptara bailar con Jairo Alonso una canción
del maestro Roberto Roena. Durante un giro de baile, el enamorado futbolista con
sus pies descalzos pateó una botella de cerveza, se quebró como respuesta al
golpe lanzó sus cristales por todo el entorno, allí un paso de Jairo le
recibió. Brotaba sangre, el pie derecho emanaba sangra, roja, brillante ante
las luminarias de la plazoleta, opaca ante el susto de Maribel, muda ante el
dolor de Jairo Alonso.
Aquella afortunada noche alguien
tenía acceso a un botiquín y le hizo sanación al instante al pie derecho. A la
mañana siguiente en el centro de salud de primero de mayo, una enfermera hizo
la correspondiente sutura de la herida, un corte fino de 3 puntos: 1 mes de
incapacidad deportiva e intelectual.
Jairo no respetó los tiempos y
retomó el hábito de jugar al fútbol descalzo, consideraba que al no haber dolor
no sería necesaria la pausa médica y allí fue en donde inició su incapacidad
intelectual. Anotó un gol producto de un tiro de esquina, saltó tan alto que
pudo cabecear directo al ángulo izquierdo, y saltó tan alto que, al caer en la
arena, el peso de su cuerpo golpeó algo al interior de aquella herida de 3
puntos.
Celebraron otra vez en la
plazoleta de banderas.
En los días siguientes Jairo
sentía que algo duro estaba dentro de su pie, se revisaba la herida con
frecuencia sin hallar nada, pero sentía como una piedra o algún grano le
incomodaba adentro. Toda la semana se revisó la herida, nada aparecía. El
viernes siguiente, ya dentro de las bondades del mes de mayo, no pudo ir jugar,
tenía cita para que le quitaran la sutura de la herida.
En el centro de salud la
enfermera que le atendía exclamó con susto lo que surgía de la herida: una
flor.
-
¿Una flor? – preguntó asombrado Jairo Alonso mientras observaba
a la enfermera igual de sorprendida.
Le quitaron los puntos y con
pinzas halaban aquel espectro con forma de flor, era una especie de masa envuelta
en sangre que no salía, así que la enfermera tuvo que cortar la herida
nuevamente, sacar con pinzas aquello y esperar nada extraño.
La masa deforme salió y
preciso, sí era una flor, con semilla, estilo y pétalos, pequeña de tamaño,
pero su pedúnculo seguía sujetado a la herida de Jairo Alonso. La enfermera retiró
con cuidado esperando terminar esa misteriosa obstrucción: era una especie de
Duranta. De allí un tallo largo emergió que hizo gritar de dolor al estudiante
de ingeniería, sentía que le estaban arrancando los nervios mismos del cuerpo.
Comenzó a sangrar de manera
abundante.
Asustada la enfermera llamó a
urgencias para trasladar al joven a un hospital con mayores garantías para
solucionar lo que fuera que había allí. Después de un par de horas fue
trasladado a la Clínica Colombia y de allí, a la Clínica Farallones.
Un médico entusiasta sugirió
cortar el tallo que colgaba, pero otro más interesado en la ciencia ficción que
en la realidad sugirió no hacerlo: tenia miedo de que hiciera daño a una parte
estructural del paciente. La solución, pensaban, era seguir halando hasta
terminar con la obstrucción, o más bien, invasión.
Jairo Alonso estaba inconsciente
en la camilla, sedado después de gritar de dolor.
En el mundo onírico viajaba
por diversos paisajes rodeado de flores y praderas, se sentía en paz consigo
mismo. En el mundo real los médicos halaban tanto que no encontraban la manera
de finalizar tal caso.
El médico entusiasta insistió
en cortar, su colega con la frustración en los bolsillos aceptó. Una hemorragia
sin precedente se disparó al corte, a diferencias de las flores tradicionales
que su tallo es cortado y puesto en un jarrón para ser alimentadas con agua,
Jairo Alonso perdió la vida en cada gota de sangre que emanaba de su tallo.
En el mundo onírico Jairo
sentía que perdía vuelo, y justo al perder la vida con la última gota de
sangre, su mirada de un paisaje y verdes praderas se convirtió en un negro
absoluto, como los ojos de Maribel.
A las siete de la noche de un
viernes de mayo en la Clínica Farallones, dos médicos de urgencias intentaban
explicar más allá de una hemorragia, la causa de muerte del estudiante de
ingeniería.
Una flor.
AV.


