26 de agosto de 2010

Observaciones



Imagen sin referencia de Derechos

Es como tomar un mazo de naipes, barajarlo sin proponerse algún juego en particular, mantener las manos ocupadas mientras se mira por la ventana esos días que ya han partido, estirar las piernas de modo que la punta de los tenis se pueda observar en el borde de la ventana, suspirar a la tarde que cae y sumirse en un cuento o alguna historieta del pasado.

Es curioso el proceso personal para empezar a escribir, no niego que últimamente me ha dado mucha pereza, inclusive mi resistencia ha sido más física que intelectual, he preferido dar ese giro a la superficialidad y callar en el anonimato de una nueva cotidianidad. Referirme en la soledad como una consejera y caminar a paso de siervo. Muchos son por el momento los comentarios o temas de discusión que bien pueden alimentar este blog, las ideas no me han faltado, las motivaciones se han canalizado mejor en el cine que en el acto literario de contar anécdotas o titulares.

Sentirnos bajo el sosiego de los días y darle al tiempo un lugar predilecto en cada punto de partido, dejarme cobijar en un inmenso halo de luz, esperar como cualquier desconocido esa llamada o esa oportunidad para cortar de raíz esa energía pesada y dar de nuevo ese vuelo que como bien lo conversaba días atrás, me urge alzar al mejor estilo del ave fénix, resurgir en unas cenizas que seguramente el mismo viento se llevará en donación a un pasado lleno de fotografías experimentales y canciones inmortales.

Ahora no se trata de banda sonora en mis actos importantes, inclusive y ni siquiera le he dado cancionero a lo que antes era prioritario dar, ya ni para escribir he preferido la música. El arte de la contemplación ha llegado a su final, queda pendiente la tarea de subirme al bus de la reflexión, por el momento es ser un sujeto ciudadano de emociones y oraciones. Ser un naipe extraviado en una baraja que no se ha repartido para jugar, mas bien, ser un obstáculo para el observador que todos llevamos dentro, ser un nuevo creyente de las casualidades, ser un gestor de oportunidades, ser un pasajero sin itinerario.

Grandes amigos han desaparecido en esta temporada, quizás están ocupados con sus asuntos, o pueda que mis asuntos no sean de su interés; las vivencias de un par de cercanos compañeros ahora se fundan en mis intenciones de colaborar y dejarme ayudar, es curioso, pero hasta la crónica más obtusa de todas lleva una necesidad infundada, en mi caso, mi cotidianidad ahora es un juego de palabras que se refieren más a una noticia o a un reportaje que a una reflexión literaria, pueda que mis letras en este momento lleven como parada final a una reflexión precedido por un suspiro frío y calculador, pero en receptiva a los hechos el ligero equipaje solo se ha cargado de pequeños actos de fe.

Importantes viajes se avecinan, importantes responsabilidades retornan al sonajero, lo que cambia en este caso es la manera de mirar y observar, de dejarse ver y apreciar con cautela esas manías que como costumbre, solemos imprimirle a nuestras ansiedades. Escribir para leer es casi tan contradictorio que cocinar para guardar, servirnos de apoyo a nosotros mismos en facetas que ni el más íntimo de los amigos conoce.

Ser un caminante lleno de direcciones y nomenclaturas, ser una libreta de apuntes para el transeúnte que por casualidad ha decidido transformarse en peatón, ser protagonista de noches de cerveza, de tardes de Café y mañanas de Jugo de naranja.

Ser un observador que quiere ser observado.

AV

17 de agosto de 2010

Silencio



Imagen Tomada de: http://www.mv.com/ipusers/lsg/Pix/Cats/Liz-BethBeaulieu.htm

“Computer Cat”
Beaulieu. (2/85)

Coloco mis manos sobre el escritorio simulando que hay un piano en el, coloco mis ojos sobre un vacío que identifico en algún punto fijo de la habitación, dejo salir un par de suspiros, uno de nostalgia y otro de ansiedad, mezclados con el más amargo de los sabores, con el más extraños de los secretos, con el silencio más delator que cualquier músico pueda desear.

Coloco mis pasos en escalones que van de salida, allí donde la imaginación no es más que un motor de creatividad, donde las deudas del corazón se asemejan a los castigos de la memoria, a esa esquina donde se señalan a los necios y culpables, a los traviesos e inquietos. Coloco mis pasos en dirección opuesta al sol, dejando que mi sombra caiga sobre el asfalto, como si huyese de mis hombros, como si no me perteneciese esa esquina del mundo, como si los minutos fueran horas y los silencios venganzas.

Pueda que se asuman muchas soledades a pecho, que aprendamos a re considerar el estado de alguien más y lo despejemos con una ilusión, dejar que las fantasías nos seduzcan hasta el más embriagador de los placeres, quizás en una nota musical sencilla, simple y viajera, quizás en una habitación de dudas y preguntas, una habitación donde las miradas se encuentran, donde las canciones se unifican y en la que los suspiros viajan en contravía, donde los favores se dan en conteos regresivos y las heridas se camuflan en sonrisas de complicidad. Dónde el show realmente debe comenzar, donde cada uno debe partir, quizás donde las mismas sombras vacilan en contravía.

Tomar la vida con calma, dejar que cada dedo imagine un mundo diferente, dejar que ese escritorio de sueños simulados nos permita emular el sonido de un canon triste y romántico, nos permita imaginar que se escucha un réquiem en notas musicales, dejar que ese punto fijo nos sirva de dirección, que las gracias de la vida sean la partitura de un recorrido que constantemente iniciamos y que le damos pausas, le inventamos estaciones o paradas, le damos descansos innecesarios, le damos emociones a lo que no debe tener romanticismo, le amos amor a lo que jamás ha sido amado, le damos identidad a lo que no necesita, le damos afecto a lo que no nos pertenece, le damos cabida a los errores del pasado para justificar las melodías del presente.

Coloco mis manos sobre lo que imagino es el camino correcto, bordeando la sensación de una hermosa mirada de compasión y complicidad, de flores y cultivos alrededor, de una casa grande vacía donde me reencuentro, donde mi música se destila al mismo unísono de un campo abierto, de un cielo azul que sirve de testigo a un inmenso cultivo de maíz, a un cruce de callejones y palabras, a un descuido del presente para reinventarnos en lo que ahora hemos decidido llamar cuentas pendientes, no nos gusta hablar de obstáculos, mejor hablar de cuentas pendientes y de asumir los roles y compromisos que cada cuenta exige, hablar de deudas sin pagarle a la vida, de trámites que debemos continuar si queremos permanecer en el escenario.

Coloco mis manos en un calor ininteligible, en un ambiente de admiración y seducción, en una agonizante colección de letras y minutos, en un recuerdo que se enfrenta a un pensamiento, en un escrito que se juega por identidad y no por emoción, en un silencio que dejo a merced de aquellos que se creen dueños de mis silencios.

Coloco mi silencio sin preguntar por qué.

AV

16 de agosto de 2010

Regalame una Canción




Regálame una canción donde pueda estar sin reclamos ni sentimientos llenos de confusión o ardor, donde el pasado no me persiga ni me de esa puñalada que sólo el amor puede dar, donde los celos no sean acordes ni el escepticismo un extremo donde nadie quiere vivir. Regálame una canción para ser un buen perdedor, para asumir mis culpas de manera razonable, responsable, de manera adictiva y descuidada. Nada que no pueda ocurrir en un abrir y cerrar de ojos. Un mentira que pueda dar menos dolor que la verdad.

Una mentira que salga desde lo más profundo del corazón pero que se frena en la piel, no sale ni con sudor ni con lágrimas, ni en la saliva ni el aroma del corazón, no sale porque sabe que no es del todo mentira, porque sabe que la verdad que se ha dicho no es la verdad de los hechos, es por el contrario un antifaz que se le ha colocado a un sinnúmero de fanatismos, a hechos que no son de conocimiento público, hechos que como cualquier canción, no son fáciles de interpretar e interpelar.

Regálame una canción para recordarte siempre, para saber que cada día es uno nuevo, donde pueda detenerme a pensarte, donde un par de ojos verdes sea el sinónimo de un par de ojos marrones, donde el calor de una conversación sea el momento de todo lo que se quiere hacer. Sigo a toda hora pensando en miles de canciones, en miles de momentos de mi vida que quizás puedan ocurrirle a cualquier fulano, que se puedan heredar en un separaciones de términos buenos, de buenos perdedores, de buenos sabios, de celos insoportables, de ritmos cardiacos, de besos positivos, de viajes impositivos.

No se puede mezclar al igual que la música, diversas letras y emociones, sugerir ritmos en fusiones desastrosas, en detalles musicales que acaben con el dolor de algún lado de la marea, de cualquiera de las letras, de cualquier capricho que su merced me puede cumplir, de cualquier llamada que me puede responder, o de cualquier beso que se puede corresponder. Sólo es una canción, algo que le de identidad a esa búsqueda que siempre trata de inventarse en verbos y no en sustantivos, en adjetivos y no en conectores, en sentimientos y no en situaciones.

Regálame una canción para entenderme, para entenderte, para tratarte bien y prometerte calma, algo que quizás jamás he brindado en una relación, quizás algo que quieras que te brinde, algo que sea merecedor de morir, algo que sea propio de mí, que salga de mi interior, que sea más puro que aquel dolor que no he podido enseñar a soportar. Regálame una canción para borrar la culpa del asfalto, para dibujar con tiza tu nuevo nombre, para vivirme en un atril de discursos contra-actualistas, en cervezas mejicanas, en platos españoles o en pastillas sevillanas.

Regalame una canción para irme a Sevilla, para viajar a otras latitudes, para cambiar la manera de observarme y entenderme, para recomponer las piezas sueltas y darle al robado corazón una nueva ruta, sólo un nombre. Quizás identidad, quizás lo que menos se necesiten sea canciones, mejor acciones, quizás la memoria es la peor de las canciones que hemos dejado que sea seductora de momentos, quizás nuestras preocupaciones sean más por misterios que por realidades, por mentiras disfrazadas de verdad y de realidades camufladas con el antifaz de la mentira.

Regalame una canción para vos un poco.

AV

11 de agosto de 2010

Juegos de Agosto



Imagen Tomada de: http://www.catmasutra.com/singapore-art-exhibitions/catmasutra-cat-art-1.html

One Night in Chinatown (2004)

76 cm x 61 cm Acrylic on Canvas

By: Paul Mysh


Un juego capaz de guiarnos en un solo de violín, en un placer casi infantil de saborear cada segundo de la vida, de recostarnos en la geografía de un mundo incierto, en un beso apasionado por la vida, un circo quizás lleno de espectáculos y curiosidades, de cuentas pendientes y sentimientos condonados, de cuerpos juguetones, de expectativas a ritmo de jueves, de muchas cosas que suceden y se acuerdan en la vida, de lo que a la infancia le da la magia.

Nuestra capacidad de asombro cada día se renueva con una cuenta de juegos y tertulias, desde lo más sobrio de una tarde soleada en una habitación en el Valle hasta la más cordial de las atenciones que se puedan recibir en una tarde de café. Ver cómo un par de hojas secas caen de un samán cansado, hojas que coqueteando con mi mirada se danzan en la brisa, se miran entre sí y dejan a la gravedad robarse su propia gravedad. Un par de sobres de azúcar y un sin número de ilusiones que se imaginan en mi tarde contemplación, de recetas imposibles en cuerpos ajenos, de miedos que se rompen en silencios, de la belleza de la sutileza que una cotidianidad bien administrada pueda darnos sorpresas, las mismas sorpresas que un circo de flores nos puede cargar en una ronda infantil.

En muchas ocasiones nos sentamos a escribir con la mirada, quizás de ello depende que nuestra capacidad de asombro ante los detalles de la vida se renueve constantemente, sin embargo, son aquellas reflexiones que alejadas de emociones amistosas o deudas amorosas nos da la libertad para dibujarnos en la imaginación, dejar que nuestro egoísmo nos permita ser creativos, nos dé un nivel de intelectualidad casi similar al de un niño, esos hermosos seres a los que les debemos la belleza de este mundo.

Muchas cuentas perdemos por preocupaciones y entusiasmos, es allí cuando nuestras ganas de vida nos dan en un derecho impersonal, miles de preludios, miles de motivos para romper miedos, miles de risas para burlarnos de la estática de muchos, de la violencia de un sedentarismo pesimista, ser atrevidos aun con las palabras que no decimos.

Dibujar al prójimo en un recuerdo, conversar de asuntos personales, mezclarnos en un oleo de piel, tomar el dulce de una nube y darle chispas de chocolate, darle velocidad a un recorrido de vida que inicia en la planta de los pies. Reaccionar a la ficción y continuar tomando una taza de café, fumarnos un hilo de vida que se escapa en los aires queriendo mezclarse con ese par de hojas secas que caen, queriendo mimetizarse con los aromas a verano que las ansiedades nos dan.

Una buena canción y una buena compañía quizás sea lo que se necesita para la vida y su circo de expectativas, de decisiones a tomar y riesgos a asumir, de multitud de colores a mezclar, de nubes a seguir y por supuesto, de cruzar límites que el discurso a veces pensiona.

Escribir con la mirada esas sutilezas de la vida.

AV

10 de agosto de 2010

Femenino Sagrado



Imagen Tomada de:
http://1x.com/member/25469/alexei-bourikin/ - (a) Alexei Bourikin -

Estimulación sensorial, un recorrido entre nervios y espirales de ansiedad, un juego de seducción que se mezcla entre las cejas, recorre cada esquina de la vida y escapa en un desprevenido soliloquio de emociones encontradas. Femenino como el paisajismo de un día solitario, como sentarse en un muelle a recitar poemas del siglo XX, como mirarse frente al espejo al salir de la ducha y sugerir un cambio de imagen.

Sagrado como el baile de seducción entre almas embriagadas por el discurso, sensible como el calor corporal en una tarde de agosto, como la brisa que juega con la encumbrada cometa, o el riachuelo que con una delgada línea de vida da frío sabor a unas manos que quieren aferrarse a un imaginario sentimiento de dicha. Solitarios como los esplendores de Claude Monet, como el mar que visita a la montaña en una brisa de julio, en una llovizna de junio, o simplemente en el doloroso calor de mayo.

Una literatura semi erótica que busca encontrarse en letras de grandes escritores, que quiere acomodarse en unos labios diseñados, en un espejo de agua que sirva de tranquilizante en discursos posmodernistas, en intenciones naturalistas, que se asemeje a la sonrisa de María madre de todos. Una búsqueda que se ensimisma con el tiempo, que se ha dilatado en los breviarios de Gioconda Belli, en amores de García Márquez, en el lienzo de Obregón, en el discurso de un ciudadano concertado, o en el dolor de una Salavarrieta encerrada.

Una de las más interesantes aptitudes del ser humano es precisamente su capacidad creativa de dar vida a curiosas ideas en obras de arte. Darle lo sagrado a lo que lo Femenino encierra en un verso o una fotografía, darle a esa pintura un imaginario de palabras insinuantes, insinuantes de vida, de reivindicación, de costumbres y expectativas, de miradas que se esquivan tras un lente o se sumergen con una brisa en pleno agosto.

Femenino Sagrado, como el escudo de armas de una generación consecuente con sus mensajes, con las insinuaciones del pasado que han manifestado su agrado o desagrado por el curso de la historia, de personajes ilustres y otros no tan ilustres que se dejan seducir por un simple llamado de la naturaleza, por un lienzo que quiere ser diseñado, no dibujado. Sagrado como el silencio cómplice de un par de artistas que quieren dejar huella en un alfabeto de intelectuales, como Manuelita y Simón, o quizás como Foucault y La Voluntad de Saber, como el incienso y el incendio, como el sudor y el trabajo, como la oficina que sirve de escudo para la mente o la mente que sirve de escape para las letras.

La mejor obra de arte no es aquella que en siete voces evoca un tributo a lo más sagrado de lo femenino, ni le da silencio o lo más escandaloso de la poesía, es por sí misma, una relación de palabras y deducciones, de aprender a conocer y quererse desconocer, aprender a investirse en un diálogo poético, o en una sutileza llena de picardía, en una tarde cualquiera de agosto o en una puntual mañana de la historia de la humanidad. Cruzar la división de arte y ciencia con la de Historia y Fe.

Dar a lo Sagrado un lugar mucho más allá de lo que lo Femenino puede invocar. Dar a la Fotografía una exposición mucho más allá de lo que la poesía pueda relatar, o quizás darle al lienzo una oportunidad más visible de lo que la danza pueda expresar.

Dar a lo Femenino lo Sagrado que le da.

AV

29 de julio de 2010

Sólo Quería Un Café


Imagen tomada de: http://www.flickr.com/photos/hjmart/3927592790/

Title: Waiting... Artist: Helen Janow Miqueo - International Artist

2009

Tengo que darle las gracias a R. Blades, su música me empujó un poco para ese largo y majadero camino de escribir de culpables y solemnes de sobrenombres y avenidas. Con el calor más fuerte que hasta el momento había sentido, el sudor ya demandaba frescura en mí pasar por los diversos pasillos de la universidad del Norte, definitivamente por encima del peso del calor sentarnos en cualquier muro y darle un revés a la memoria no sorprende en estos calores, donde el indulto del crimen se evidencia en un complejo clima para un turista desesperado.

Mi gusto por el café lo adquirí como herencia de una novia que tuve muchos años atrás, inicialmente yo no gustaba de esa bebida, por el contrario era amante del te frío, pero al llegar a Cali y empezar la relación de ese entonces me vi envuelto en una dependencia a la cafeína sorprendente, tanto que dicha bebida se convirtió en mi acompañante número uno, siempre presente en todas mis decisiones, en mis temores, mis vacíos, mis vicios, mis errores, en mis silencios, en mis reuniones y mis intimidades.

Siempre defendiendo mis convicciones llevé conmigo de manera colectiva el gusto por el café hasta convertirlo en una bebida social, gustoso por su amargo sabor y su dulce compañía resultaba dando ademanes a la cotidianidad con históricos sorbos de pasión, seudónimos universitarios y muchos sobres de azúcar alrededor.

En Buenos Aires, en Ciudad de Panamá, en New York, en Washington y en todo el territorio nacional que recorría siempre hallaba la manera de perderme en mi cotidianidad y escapando de mi mente me acercaba al beso de una bebida de café. Un tinto doble, con dos de azúcar y en lo posible cargado. Grandes amigos han sido testigos de mi gusto por dicha bebida caliente, grandes paisajes y pequeños momentos han sido endulzados por dos sobres de azúcar, en algunas ocasiones en recipientes de icopor (esa palabra como tal no existe en español, de hecho significa “Industria Colombiana de Porosos”, en este sentido la palabra que mejor se asemeja es ´Polietileno expandido´) o de plástico, en definitiva la importancia que le había dado a dicha bebida ya era parte estructural de mi personalidad.

A la primera mesa de degustación de Café que vi me tiré cual náufrago a tabla en el mar, inmediatamente me serví el café (me tomó bastante tiempo entender el funcionamiento del termo de café, fue vergonzoso ese momento) con la ayuda de una amable costeña que trabajaba como aseadora en el auditorio, salí al pasillo externo y sentado sobre las gradas bajo un sol amarillo, precioso y ardiente, me dejé abrazar por el calor de la bebida prohibida por los mormones (la cafeína altera el templo del alma que es el organismo), y de un solo guiño rechacé continuar tomando esa taza de café. El calor era insoportable y jamás en mi vida había sentido la necesidad de dejar servido el café y salir a buscar otra cosa diferente.

Fueron varios los días de negación, a cambio retomé mi vieja costumbre de beber Té Helado y pensar en cómo sería mi vida sin beber café, seguramente sería más saludable y menos acelerada, pero en el trasfondo logré darme en la cuenta de lo importante que había sido ese momento y abrir mi voluntad a permitirme comprender otros detalles de la cotidianidad recibida en un Caribe desconocido para mi, más allá de la música o la geografía era nula la información y conocimiento que tenía de la cultura del norte, por supuesto la tarde llegaba a su fin y después de un par de mesas de debate intentaba negociaba con el clima el deseo de acomodar mi cotidianidad con la cotidianidad de una cultura y unas condiciones nuevas para mí.

Al finalizar el acto cultural preparado por los anfitriones del evento decidí salir a fumarme un cigarrillo y emborrachar mis ilusiones con un anaranjado cielo que se coqueteaba con el azul de un día que se marchaba, solo lograba observar la estela anaranjada y rosada que se sacudía en la brisa de unas nubes juguetonas, el azul de costumbre ya poco a poco se marchaba en promesas de regresar; Muerto de placer y ansioso por entrar en esa paleta de colores caribeños anhelé ver ese atardecer en todo el frente del horizonte, sacarle un pañuelo al cenit y besar a las nubes como acto de agradecimiento, acomodarme en una roca elevada y fumarme un cigarrillo como acto de reconciliación con el día que llegaba a su fin y darle apertura a unas tímidas estrellas que no querían dejarse ver.

Reflexionando sobre la aventura que iniciaría en tierras caribeñas el golpe de la nostalgia no fue mayor cuando sin censurarme me dije en voz alta: “Qué mejor que sentarse a tomarse un café, fumarse un cigarrillo y ver este hermoso atardecer”

AV

27 de julio de 2010

Encuentros



Imagen Tomada de: http://www.dosisdiarias.com/ Albert Montt.

Un camino de bolsillos rotos, un buen rock & roll delineando el camino en una autopista de calor y buenas intensiones, una ventanilla de sacro silencio que marca pautas por cada esquina, una hermosa Barranquilla que en medio del calor de las once deja al hambre un segundo lugar para dar protagonismo a la sonrisa desesperada de los vecinos que salen a barrer en esquinas. Una zona en constante construcción, una ruta fuera de la urbanización, un caleño lejos de su situación de folclore, un mundo lejos de lo posiblemente real, sólo un testigo en un bus urbano.

Al llegar a la U del Norte, en portería un Pendón grande con el logotipo del evento al que estaba dirigiéndome me daría la tranquilidad de que llegué a donde se debía llegar, por supuesto un amable guarda de seguridad y una cámara de vigilancia fueron los testigos de mi arribo, lo demás en este episodio del día se resumiría en caminatas por pasillos, esquinas y salones de clase, cafeterías y plazoletas, auditorios y un coliseo deportivo que serviría de cierre de la jornada. En general este tipo de actividades siempre vienen acompañados de la expectativa de saber que compañeros o personajes conocidos encuentra uno en el evento, cómo está la atención por parte de los organizadores, que tal es la representación femenina en el auditorio y superficialidades por el estilo.

Con el calor de Barranquilla en ese preciso día comenzaría la historia de quizás un viaje que inició como un evento de reflexión y análisis para terminar en un vagón de viaje a otro punto de vista de las cosas, a un escenario de cambios y ambiciones, a la recuperación de ciertas actividades e ideales congelados en el ayer y recuperados en el calor más justiciero de un día normal.

Quizás lo más sorprendente de este tipo de eventos académicos de integración interuniversitaria es la llegada de la jornada de la noche, en su gran mayoría de asistentes el promedio de edad oscilaba en un rango de 23 – 27 años, y en ese mismo rango gran parte de la población presente es estudiante de pregrado o recién egresado. Con esto, a lo que me refiero como sorprendente es a la explosión de hormonas de cada ser con la llegada de la luna, de manera graciosa cada quien comienza a observar y dejarse observar, buscando donde sugerir lamentos o donde imponer condiciones, la evidencia de ello es precisamente la programación de la salida nocturna.

Muchos – y me incluyo – bajo el imaginario de estar en Barranquilla, ciudad costera y rumbera, asumen que la noche es un lugar y no un escenario o tiempo, y en ese mismo discurso salen a buscar donde divertirse, la gran diferencia en este aspecto es a lo que cada uno llama diversión, pues en mi caso es salir a tomar una cerveza helada y relajarme de todo lo que se encierra en mi mente mientras para otros – algunos colegas míos de Cali – es salir a conquistar mujeres dispuestas a tener sexo con ellos. Este suceso me recuerda el mismo incidente en la ciudad de Bogotá en el año 2007, de todo el grupo de Cali era el único que no perseguía tal interés. ¿Será mal de caleño? ¿Seré un Caleño diferente a los demás?

Cada viaje de estos, a pesar de uno intentar disfrutarlos en soledad o a la mejor manera autómata y desinteresada posible siempre terminan en alguna estación acompañados por personajes especiales, personajes que en ocasiones son temporales o secundarios, en otras situaciones son más protagónicos y en otras terminan siendo inclusive la misma razón de ser de dicho viaje.

En esta travesía Barranquillera dos personajes de mi pasado – cada uno en una línea de tiempo diferente - reaparecieron en mi vida en este guión, el primero de éstos un viejo amigo de actividades de participación estudiantil e integración social de la carrera que estudié y otro un viejo estudiante que fue alumno mío en alguna cátedra que di como Monitor asistente de docente. Ambos con sus distintas motivaciones fueron mis compañeros de aventura en la gran mayoría de actividades a pesar de tener cada uno su rol especial definido, lo mejor de todo ello, es que a pesar de jamás proponernos tal cosa, la unión fue nuestra mejor aliada en ocasiones donde las soledades eran compartidas y los desesperos consolados entre sí.

Cada uno de los días de este viaje tuvo su aroma distinto, inclusive su propio cielo y su propio atardecer – del cual habláremos en la siguiente entrega – donde convergían de manera sensata y humilde las esperanzas, motivaciones y silencios particulares de cada uno de los compañeros de este censurado y académico discurso.

Aquella noche cada uno estuvo preocupado por sus asuntos disimulando en el mejor de los discursos un brindis y una cerveza que ahuyentara el calor de nuestra presencia. Mientras alguno mostraba al mejor estilo de un pavo real, sus dotes de buen bailarín haciendo alusión a su condición de caleño para conquistar señoritas de pregrado de otras ciudades, el arte de la contemplación llegó esa noche en mi mesa, disfrutando de mi cigarrillo y observando la dinámica de mis dos escuderos, recordé entonces ese malicioso y secreto mensaje que trae consigo aquella tierra donde todo ha sido carcomido por el olvido.

AV


Caribe con sal




Imagen tomada de: http://equinewebmarketing.com/blog/?m=200908

Hay lugares que te cambian la mirada de un solo concepto, te llevan de la mano en su aroma vida y te transforman en alguna circunstancia cualquiera en un heredero de cotidianidades pasajeras. No hay cotidianidad más falsa y a su vez verídica que la de un aeropuerto, aquel lugar donde las despedidas y las emocionantes bienvenidas juegan con la ambigüedad de un lugar seductor de olvidados trabajadores, de personajes que dejan de ser misteriosos para el olvido y solamente juegan un rol en sus labores.

El primer pensamiento al bajarme del avión fue “esta ciudad huele a sal”, lo curioso es que aquel aroma no estaba impregnado en el aire o la brisa, no viajaba entre los suspiros y los bullicios, lo encontraba por el contrario en las paredes, en los pasillos y en cada baldosa que contenía dicho aeropuerto. A la salida, un fuerte sol me daba la bienvenida, dándome a entender su poderío y reinado, pero ni su fuerza ni su calor lograron ganarse mi asombro o mi respeto, fue por el contrario ese aroma bailarín que en todas partes daba su sello de calidad.

Conversando con un vendedor de dulces, luego con una señora encargada del aseo, posterior a un oficial de policía de turismo, todos, sin proponérselo sugerían llegar en bus hasta el centro, tomar por la calle 46 llegando al SENA otro bus que subiese por la 38 y en la SIJIN tomar otro bus que subiera hasta la 51, allí, cruzando el puente llegaría a la vía a Puerto Colombia, un municipio del que hablaremos después, a 5 km encontraría la Universidad del Norte. Por supuesto, presté atención con toda la cautela del mundo porque ni por el mismísimo mesías pagaría más de treinta mil pesos en taxi, claro, viajaba con sueldo de joven.

Me comentan algunas amistades costeñas que la bulla en los buses es impresionante, no sé en qué clase de transporte público estuve movilizándome, pero el silencio que se transportaba en dicho vehículo era la mejor introducción que pudiese recibir a un mundo costero alejado de la realidad del interior, un mundo que carga en su legado todos los problemas del olvido, pero que jamás pensaría entre ellos llevaría consigo el silencio que por 25 minutos estuve observando.

Sudando hasta la última gota llegué a mi destino, primero hice la parada en el lujoso hospedaje que la Javeriana había asignado a los viajeros, una humilde construcción de los años del frente nacional con la tecnología del ayer en su sistema de refrigeración y protección contra insectos. Ubicando mis pertenencias en una cama con el sistema de resortes similar al de una mesa de billar, separando mi cansancio del nuevo destino, observando la calidez de un jardín y el azul de un despejado cielo, tomando impulso y abundante agua, tomando nota de lo que sería mi recorrido hasta llegar a la mentada universidad.

Es curioso que en estos casos lo que más me resuelve es el aroma a sal, aun en el más abierto de los espacios, de la manera más caprichosa me acompañó de lado a lado, no era por supuesto un aroma a sal marítima ni a océano, se trataba de un aroma especial que sólo en par de ocasiones de mi vida he podido percibir, un aroma que no se asemeja al bochorno o a la humedad de un día soleado, ni al cambio climático del turista, tampoco a la antigüedad de una construcción o a la velocidad del viento, un aroma más bien especial, lleno de vida, lleno de motivos, un aroma que serviría de guía en algunos momentos del viaje.

Lo que me gusta de estas experiencias no es precisamente el aspecto turístico del asunto sino, el hermoso proceso de descubrimiento y empatía que se genera con ciertos lugares o personajes, obviamente, también he evidenciado experiencias desastrosas y amargas pero en esta ocasión, aquel aroma no era estable, quizás algo jugaba con mi sentido del olfato, quizás se tratase de una simple percepción, quizás fuese sólo un punto aislado, quizás, quizás, quizás.

Con la mente abierta y el corazón ocupado en asuntos de importante trabajo, tomar el impulso de asumir el famoso “ya llegué” o “aquí estoy” me dirigí a la universidad sede del evento que convocaba mi presencia en dicha ciudad, lo sorprendente de Barranquilla a estas alturas del viaje no era pues la curiosa iconografía que maneja, las señales especiales de tránsito que tiene ni la sencillez de los locales, no, era el persistente aroma.

Un aroma que explicaría lo que es ahora, una esencia de cambios.

AV

25 de julio de 2010

Alas del Caribe




Imagen Tomada de:
http://i124.photobucket.com/albums/p15/cunningrabbit/Cat_Heaven.jpg&q=heaven%2Bcat

Siempre emprendemos un viaje con alguna intención o motivación guardada distinta a la original, para esta ocasión como cualquiera de los viajes de corte académico que he emprendido, siempre el deseo de reconocer el territorio me ha abrazado con más afán que el mismo deseo de aprender, y es precisamente en ese sentido que para esta ocasión un buen viaje siempre va acompañado de una bitácora que respalde lo vivido y aprehendido, sin embargo, más que una bitácora de viaje se ha decidido realizar un encuentro literario entre lo vivido y lo literario, jugar a estar.

Los viajes siempre van acompañados de soledades personales. Siempre me he caracterizado por emprender caminos de manera independiente, recorrer las calles a mi modo de ver la vida y alejarme en lo posible de aquellos formatos de turismo que recomiendan las oficinas de cultura o la prensa escrita. Al igual que cuando inicias la lectura de un libro, los viajes siempre se deben arrancar con la expectativa de una historia por conocer, una trama por construir a base de cotidianidad y un amor por el vuelo de la imaginación.

El Caribe colombiano no es la excepción y más que una tierra costera y con riqueza cultural es, a palabras de algunos pensadores, una nación diferente en la que se tejen las historias de toda una nación, una tierra distinta en donde a pesar de conformar el territorio nacional es a su vez otro mundo lleno de aquella magia que tanta tinta le permitió a los literatos producir.

La primera consigna en estas experiencias es ser fiel a las convicciones, no permitir que los principios caigan en la ambigüedad del turismo o en la seducción del comercio, sólo pertenecer y estar, aprender a inmiscuirse sin interferir aquello que nos recibe. Muchas son las lecciones que se traen de regreso a casa, las posturas de vida y las lecciones soportadas. Un enorme viaje literario donde el libro más importante estaba compuesto por una tapa de océano y unas páginas asfalto.

Una importante tarea llevaba consigo esta partida: Reflexionar y reconsiderar, estudiar y evaluar, observarnos en el espejo de la soledad esa sumatoria de hechos que se deben consensuar entre razón y corazón, darle un nuevo aire a un camino de vida que ya este año cumple su vigésimo séptimo aniversario. Construir el carácter que se ha forjado y darle más herramientas de peso para el proceso de alquimia y orfebrería, para la vida y la muerte.

Curiosamente lo primero que conocí del Caribe Barranquillero no fue su tierra, por el contrario, el primer contacto visual directo fue con las nubes, atravesar los cielos y observar desde la ventanilla del avión cómo desde los aires se ve la virginidad de tierras y el dolor de predios, como el brazo del Magdalena y la cintura del Atlántico se aferran a una curva de tierra ceñida por la nostalgia de los hombres. Observar desde una ventanilla un azul lleno de profundidad, tan claro, tan lejano, tan propio del pasado, un azul que quiere ser reconquistado con letras y canciones, un azul que no se hace proclamar sucursal o embajada, pero que lleva toda la realeza de miles de años en un soplo de vida dispuesto a dar vuelo a las alas de la imaginación, a un Caribe que parece más una galería que un lienzo.

El Caribe no es un lienzo dispuesto a ser dibujado por amores y pasiones culturales, es en todo el sentido de la palabra una galería llena de vida y de arte, de sangre y contaminación, de placeres y curiosidades, de sal y de asfalto, de hombres que aman a las mujeres y mujeres que mandan a los hombres, de una tierra que ha aprendido a olvidar para no sufrir, ha aprendido que el mejor color para una obra no es el azul del cielo que lo observa desde arriba sino, el invisible y transparente color de una cultura que le protege de todo rencor y dolor.

Mi primer contacto fue con el cielo despejado, y casualmente, el que necesitaba observar: Un territorio en el que se me invitaba a alzar las alas y dar vuelo a la imaginación, luego, al llegar a tierra, sería pues el momento de dar alas a la razón y el corazón.

AV

19 de julio de 2010

El Museo de la Memoria




Imagen tomada de:
http://cuteandcuter.tumblr.com/ "Famous Men Who Love Cats"

Dejar que el tiempo pase con calma, sentarnos a escuchar la canción que nos gusta, darle vida a los recuerdos y que en ella cada acorde de señales de vida y de amores, que se estremece con la lluvia que golpea en la ventana. Que la distancia es larga y la casa está vacía, que el calor no llega más arriba de las rodillas, que los pecados de una década pasada se viven en la memoria de los presentes. Saberse de memoria todos los cuentos de los hermanos Grimm, re-leerse las fábulas de Esopo, colorear los libros de pluto o aprender a leer con nacho.

Si de algo se ha caracterizado este blog ha sido precisamente de creyente y dependiente de la musa de la memoria, de darle a la cotidianidad unos tintes de pasado, darle sepia al color de los recuerdos y convertirse en testigo literario de muchos cuentos del pasado, de vivencias extrañas que se aparean en promesas de un mundo mejor o que quizás se sientan a comer helado en una esquina singular de un rincón casual. También se le ha dado banda sonora a la narración primera persona, en caso de terceros ha sido más el asombro gráfico que musical, siempre correspondiendo a los honores de un buen lector.

El museo de la memoria es el palacio sagrado de nuestra redención, escenario perfecto para descifrar enigmas o dudas, encontrar señales, perseguir fantasmas y guardar en vitrinas los días y los sentimientos que cada uno de estos lleva consigo. Un escenario físico al interior de la cabeza de cada lector, una cotidianidad similar que se plasma en letras y obligaciones, un ejercicio mágico de darle oficio a los sentimientos y abstraerlos a una realidad emocional imposible de calcular, ser callejeros en asuntos que jamás han visto la luz del sol.

Cada misión en la vida lleva detrás un presente generoso para con el misionero, explicaciones a transeúntes que observan su esencia en espejos desgastados por tanto uso, miradas de interés en titulares de prensa, oídos sordos a melodías del pasado, programas radiales que no prosperaron en el concierto nacional, caminantes que llevaron en sus bolsos marcas de artistas y perdedores, de libros y asesorías, de tiempos llevaderos.

Los Gritos del Tiempo se escucharon en aquella década de los 90s, una década que le tendió la mano a la exigente juventud de los 80s, de los inspirados poetas de obituarios y epitafios de la prensa nacional, donde la sangre se derramó sin vigilantes en escena. Las Sombras del Tiempo se observaron en la década del 00s, pobre de aquellos que naufragaron en la juventud de los 90s, no encontraron una mano que recibir, sólo estigmas sociales y tráfico de emociones, etiquetas y acusaciones heredadas.

Ese vacío generacional hace parte de los lugares donde el sol no llega ni por invocación, donde los nacimientos se esfuman con silbidos y se marchan con el viento gritando que no quieren volver, donde las identidades se mezclan en intimidades prestadas, en lágrimas compartidas por la redención y la culpa, por la inocencia de algo que no se sospechó, por algo que la generación antecesora no creyó necesario conservar.

Dejar que el tiempo pase con calma, sentarnos a escuchar la canción que nos gusta, darle vida a los recuerdos y que en ella cada acorde de señales de vida y de amores, que se estremece con la lluvia que golpea en la ventana. Dejar que las virtudes de cada generación tengan un espacio para ser recordadas y mentadas en el paso del tiempo, en el estilo acelerado de una excitante generación de incautos conectados a un par de audífonos, de seres de luz que no salen a la calle a escuchar el tráfico sino, a escapar de su encierro.

El museo de la memoria no debe servir únicamente para recordar y exhibir los más preciados y extraños sucesos de nuestra existencia, debe servir para dar justicia a lo que los sentidos dieron importancia en algún agujero del pasado, darle control a la inerte esencia de lo cotidiano.
Seamos sensatos con el papel en blanco de la memoria, con el acetato de la creación, con las intenciones de los años, los amores que se roban recuerdos, los corazones que se quedan esperando, los años que se quedan sin solución.

Las musas que vuelven al blog.

AV