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Me gusta el reflejo en el espejo. La
mirada decidida que ha virado con precisión hacia donde incuban los sueños. Me gustan
las palabras que se anteceden en cada pensamiento, con la exclusividad de saber
que se empieza un día maravilloso, un día más.
Me gustan los procesos porque de
ellos se aprende la calma y se engendra la paciencia que nos convierte en lo
que somos. La prudencia de una idea, del temor de tomar la decisión siguiente,
de darle nombre a lo que antes nos invadía en razonamientos.
Me gusta lo que ha llegado, el color
de las ilusiones, el modo mismo en que desde afuera se ha logrado dar forma a
muchas inseguridades, que con la bendición del cielo, ahora tienen lugar en la
historia que ahora narramos en el corazón.
Han sido meses de caminar bajo la
lluvia, el sol, ante la incertidumbre de muchas decisiones que opacadas por el
temor no se tomaron ni fueron llevadas al verbo mismo. Meses de encerrarse en
los pensamientos y con el aire asfixiando las lágrimas, quedar en silencio ante
la pantalla de un computador. Sin nada que decir ni avanzar.
Nada.
Meses de dedicación a las labores contractuales
con tal esfuerzo que se enmudecía el desesperado grito de un niño que quería resurgir
en el alma. Porque eso hacemos los adultos, opacamos lo que nos desafía en
tiempos de crisis, porque tememos soñar, porque tememos avanzar en la locura,
porque somos carne de la cotidianidad.
Una cotidianidad mal vivida, pero
necesaria.
Me gusta la transformación porque
nos quita lo que pesa, lo que arde, lo que acostumbra. Nos mueve de un cielo a
otro, quizás del mismo color pero de otro aroma, de otra dimensión inclusive.
Ha sido un tiempo de agradecer la
presencia y amor de mi madre, su coraje, fuerza, acento en lo propio ha sido
fundamental para que, en el menor de los silencios haya podido con a cabeza
baja, observar todo lo que hay que caminar, porque de la cotidianidad no somos
presos sino, arquitectos.
Agradecer con esperanza y un poco de
banalidad la ausencia de quienes vieron en la distancia un modo de enseñar. Con
total convicción de lo vivido estrechar la mano de aquellos que con su presencia
dieron a este cachorro tres lecciones, que cuando fueron atendidas, desaparecieron
para seguir en sus asuntos: Salazar, Hernández, Guerrero.
Porque de mis asuntos me encargo yo,
siempre.
Me gusta el reflejo en el espejo de
quien escribe, porque es allí en el reflejo donde nacen las dudas y los retos.
Es en la interpretación del tiempo donde vamos dando nombre a lo que nos
incomoda, a lo que nos agrada, a lo que necesitamos, a lo que nos daña.
Lo que amamos.
Me gusta la transformación que desde
diferentes colores aparece aún si no la hemos invocado. Inevitablemente la vida
nos transforma y con sus idas y vueltas nos deja en otro lugar. Nos enseña a no
preocuparnos, nos obliga es a ocuparnos.
Me gusta el momento en que nacen
estas palabras, porque ahora siento total agradecimiento por cada lágrima, por
cada gota de sudor, por cada llamada negada y cada noche de desconexión.
Palabras que si bien no tienen destinatario específico van al cielo, porque
allá, es de donde emergen las dudas y las certezas, anidan también la
misericordia y el perdón, florecen los versos del día a día, esos sonetos con
los que saludamos a quienes nos rodean.
Me gusta estar aquí, ahora.
Me gusta lo que me rodea, quienes me
rodean. Doy gracias por quienes llegaron y me dan de su amor, de su sincera
puntualidad.
Me gusta el silencio, porque en sus
ojos observo el amor por vivir, allí, a su lado.
Transformación.
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