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Me with my headphones ignoring everyone By: ZIHAM.
Hoy
mientras subía a mi oficina, en un descuido de la vida mi mente se fue en medio
de la música que escuchaba. Recostado contra una de las paredes del ascensor y
unos audífonos puestos, escuchaba esta canción, en
ese momento, en tales minutos fue que la vida me tomó del brazo y me haló a una
espiral de recuerdos.
La
voz indescriptible pero inolvidable del necio de Liam Gallagher guiaba mis
pensamientos, los arreglos musicales y de fondo las cuerdas, eran un telón
preciso para perderme en alguna parte.
Recordé
a personajes que hoy no frecuentan mis días, que fueron importantes y por
supuesto protagonistas. Recordé lugares que ya no visito, a sus comensales y
sus detractores, empecé a caer en un halo de nostalgia que en el cosmos de lo
inmarcesible, estaba esperándome.
Sentía
que se repetía, que insistía en aquella voz ronca, que caminaba en mis
recuerdos como un reclamo o por qué no, una advertencia, porque para nacer
hemos nacido (Neruda), y de eso hace mucho que no escribimos ni documentamos.
Preciso podemos observar en este relato que se ha estancado la producción de
letras del blog, pero es preciso señalar, que el estancamiento responde a la
frustración de los tiempos que nos dan tanto por contar pero poco por actuar.
En
alguna parte de mi mente se sigue esperando el momento oportuno para actuar, el
necesario llamado de lo que no tiene nombre para proceder con las palabras y
las reflexiones, los cuentos y sus continuidades.
En
los días inesperados donde los amigos están ocupados, donde la ingratitud y la distancia
se visten en el relicario de excusas para no llamar, no visitar, no responder.
Me acuso y me asiento como culpable, porque en esa mente confusa y callada hay
demasiado por resolver.
Resolver
cuestiones que el trabajo trajo consigo como una montaña de quejas y
requerimientos que perdieron su orden, robaron las horas de tránsito y sellaron
los tiempos de deliberación. Un cansancio repulsivo que logra alejar al mejor
de los ignorantes, destruyendo su motivación y carisma para sellar todo en una
taza de café: ser el oficinista promedio.
Que
buena canción que en el trayecto de cinco pisos, logra hacer reflexionar al oficinista
de temporada, que robando un poco de sentido común ha pintado en la realidad de
un soliloquio, las pretensiones de una vida que se dejó de vivir entre julio y
septiembre. Recuerdos de luces y sombras que ya no están en ninguno de los
anaqueles del hogar, de cuentos e ilustres personajes que salieron porque se
cansaron de esperar, de miles de minutos que con sus cuentas se convirtieron en
espacios vacíos, silencios al frente de una pantalla, mudas intenciones de
reflexionar.
Daños
que nos quedaron por culpa de una cotidianidad contaminada por las malas
decisiones de quienes preciso, deben de contener toda capacidad de tomar cuestionables
decisiones.
Un
trayecto de 30 segundos en un ascensor que una vez más, una vez más, nos
recuerda que siempre “es más fácil divertirnos cuando no tenemos nada.”
Una
vez más.
AV.



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