28 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE VI


El puente Férreo, los pasos ágiles en el asfalto, ese sol que choca con las aguas del marrón Magdalena, ese cielo azul que se abre y exilia a las nubes a otro silencio, esas preguntas que nos dejan la existencia en manos de vacaciones y reuniones familiares. El parque, esos sueños que echamos a volar en la alegría del corazón, como todo, como las Gaseosas ´Sol´ o la venta del sanduches al borde de la carrilera, la cerveza que gira de mesa en mesa a partir de las nueve de la noche, allí, cerca de las doce la noche fue cuando conocí a la pelirroja, a la que me dijo que era mi primera vez.

Subiendo calles y doblando a la esquina, la esquina donde el lote de davivienda sigue dando maleza a los arbustos ha cedido ante las presiones de un gran hotel, a esos sueños que el corazón amarra a juegos y espectáculos, donde los videojuegos han invadido mis vacaciones y Telecom me ha dado sus promociones, ahí estaba el secreto de la inocencia perdida, en voluntad, en tratar de recuperar la capacidad de asombro, en aprender a encerrarme en ese mágico mundo lleno de flores amarillas y hojas secas en los jardines, donde la casa nuevamente era grande, de dos pisos, nuevamente me sentaba en la silla mecedora de mimbre a pensar, a recordar a mi abuelo, a pensar mis diciembres, me sentaba a dormir.

La espera de ese suceso que nos cambia la apariencia de la vida y nos dibuja un amarillo regresó en un verano extraño, mezclado por paisajes y caminatas. Después de varias noches de luto el 31 de diciembre de 1996 fue una noche en la que regresó el ritual comunitario de compartir entre vecinos y familia, la última vez que identifiqué ese suceso fue a principios de los noventa, allí aprendía a no tolerar el Tamal, ante ello casi seis años más tarde estábamos de nuevo reunidos en la cera frente a la casa, con sillas y mesas, los mismos Vargas y los mismos vecinos, pero ellos no estaban presentes, ellos, los pioneros de la tradición, los primeros niños que jugaron en las calles decembrinas con banderas rojas y papeletas propias del liberalismo colombiano, no, no habían asistido a la cita, prefirieron la intimidad y egoísmo de sus propias familias, de sus hijos y nietos, no de sus hermanastros ni su madrastra Olga. El único presente era José Vargas, esposa e hijo.

Cada casa empezó a ofrecer a los vecinos un plato típico, un postre o una bebida, la cerveza corría por cuenta de Diego Vargas, trabajador de Bavaria, Fernando en cambio trajo el sonido y con cuatro Bafles de mayor altura a mi estatura cerró la calle, la Tía Rosío y Charito colocaban a hervir de nuevo las ollas de agua para preparar los tamales recién llegados, mi madre y mi padre salían con la abuela Olga a comprar telas para la casa, el tío Juan no se encontraba por ningún lado. Sentado en la mesa cuidando los vasos desechables y los cubiertos observaba como un grupo de niños corría de extremo a extremo sin medir la velocidad o la risa, por el contrario se escondía con gracia y de vez en cuando miraban mis jeans con burla y descuido, quedaba en evidencia que yo no pertenecía aquel lugar, solo era un forastero menor de edad, nada más.

Diego con su risa y su alcahuetería me brindó una copa de “Nectar”, el olor me obligó a rechazarla de inmediato, por supuesto riéndose a todo pulmón me invitó a retirarme de la mesa para que me integrase a los chicos que jugaban en frente, sin mas miedo que vergüenza me dejé guiar y allí fue cuando conocí a Marcos, Ricardo, Julián, Tato, Kevin y Andrés. Sin pensarlo dos veces me dieron chico en el juego y empezamos a esconder la correa con el propósito de quien la encontrase debía golpear a los demás hasta llegar a la base, en ese momento mis padres llegaron con mi maestra de vida, la abuela Olga, nunca olvidaré el respeto con el que los chicos reverenciaron su llegada y con mas experiencia que humildad hincaron su rostro en homenaje a ella, nunca olvidare la cara de amor y ternura de Olga al agradecerle a sus niños por el bonito gesto, fue entonces mi primera escena de celos en la vida.

La tradición aprendida esa ocasión fue que era indispensable estrenar alguna bermuda para cuando llegasen las doce de la noche, para cuando los abrazos con extraños y excéntricos se llevasen a cabo, para cuando esas promesas de cambio se hiciesen en voz alta, todo mezclado con el delirante remedio del año nuevo debía ser pues un suceso agasajado con un prenda de vestir nueva, en ese instante comprendí la demora de mis padres en llegar, y fue del mismo modo la excusa perfecta para estrenar. Faltando cinco para las doce el clásico de diciembre comenzó a sonar, no tenía nada que extrañar, solo el sonido de las campanas de la iglesia y el bullicio de los vehículos en la avenida sexta de Cali, extrañaba correr con una maleta dándole la vuelta a la manzana en mi Bogotá, extrañaba a mi abuelo, pero con mayor rabia que dolor, extrañaba mis diciembres con la abuela Alicia Salcedo.

El éxito de temporada irrumpió en el escenario y las parejas salieron a bailar en cuanto terminó el agasajo de las doce uvas y las copas de aguardiente en nombre de dios todo poderoso, era una joven caleña que comenzaba a triunfar en las emisoras locales y que con su particular tatuaje dejaban en el mercadeo una buena estrategia de promoción musical, se trataba de Marbelle entonando una popular canción de la tradición mejicana “Collar de perlas”, fue el éxito de temporada, fue la banda sonora de mi regreso a la tradición cundinamarquesa.

AV

27 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE V


Han pasado años de extrema espera y desespero, esa mezcla de vida donde el calor nos asfixia en un baño o en una habitación, muchas voces y recuerdos se colgaron en paredes para enseñarnos a entender la importancia de las ausencias, los diciembres son sinónimo de marzo y abril, la familia se resume a palabras y amores sacados de un televisor, no de enseñanzas barriales o escuelas de medio día, la muerte nos ha echado al olvido, nos ha sacado de ese juego de amores y nos enluta de manera sutil y directa, bloqueando nuestro pasado hasta hacerlo olvidar, hasta ignorarlo completamente y volvernos unos ingratos de sangre pura.

Así comienza la segunda parte de la historia de los Vargas, con ese duelo en tributo al abuelo Leo pero donde los años y el tiempo pasaron sin decir palabras sabias, sólo nos agachamos en la sombra y comenzamos a vivir desde el dolor más próximo o desde el placer más remoto, así comienza pues el segundo ciclo que deja su sabor a mora servido en la mesa.

Hay familias donde se esconden las mentiras y se dejan a la espera de la soledad para brindarlas al exilio, en ocasiones nos ofrecen experiencias propias de la televisión y del séptimo arte, engaños que bien se pueden evadir con un buen libro o que quizás se podrían abandonar en la mitad de una conversación múltiple de aves y flores amarillas.

La primer mañana que se sirve en la mesa fue a la llegada de agosto, serían cerca de cuatro años después de la muerte del abuelo Leo, las tías Mona, Leonor, Inés y Carmen no volvieron a Girardot, consideraban innecesaria la visita, de vez en vez bajaban los hijos de Inés a Melgar para visitar a mi prima Maria Claudia y, allí sacaban media hora de tiempo para bajar a Girardot y visitar a la abuela Olga, del mismo modo la Familia Acero Vargas y Navarro Vargas pasaba por el lugar a visitar a la casa amarilla y continuar su rumbo a sus casa de verano en el lujoso sector de El Peñón. Ningún Vargas estaba presente realmente en la casa, sólo los Vargas hijos del segundo Matrimonio de mi Abuelo.

Había crecido, ya no caminaba con Overol ni jugaba con triciclos de alquiler, el calor me desesperaba de la misma manera que la ausencia de amistades, mis viajes en ese sentido comenzaron a ser tediosos, comenzaban tiempos de angustia en el que le rogaba a mis padres dejarme en Cali con mis amigos y no que me enviaran a ese pueblo de nadie a soportar el calor del infierno mismo, había olvidado las tardes en el Magdalena, las noches en el patio trasero cazando lagartijas y luciérnagas, las tardes de lectura en el segundo piso al lado de la tía Charito, ese vacío de la niñez sólo fue llenado de manera temporal en unas vacaciones de dos meses en los llanos orientales, pero eso fue precisamente un año más tarde a la muerte del Abuelo, ahora las vivencias tendrían que ser a otro precio.

La relación familiar entonces se cerró a una interacción directa con mis tíos Fernando, Diego, Rosío y Juan, los hijos de Olga, la segunda esposa de mi abuelo. Con cada uno de ellos se lograron descubrimientos que me encerraron en diversas preguntas y dudas propias de mi familia, la importancia de descubrir en manos de quién o bajo que condiciones se orientaría el curso de la casa amarilla ahora reposaba en la autoridad de mi abuela Olga, autoridad que nunca identifiqué y en la inteligencia de mis tíos, para ese entonces, cerca al año de 1995 las relaciones en la casa que había dejado de ser grande se centraban en discusiones que para cada verano o diciembre se abordaban delante de mí, el proceso nunca fue igual, la independencia de conceptos era total y la energía, esa vibra que me motivaba a sentir la brisa bajo un fresco palo de mango ya no estaban, sólo el sobre de frutiño que se servía en el almuerzo conservaba la poca tradición con la que abracé mi infancia.

Las primeras divisiones se centraron pues en esos vacíos que el duelo obliga a la memoria rechazar, y para cuando recuperas la calma y la paz, te recibe el espejo con noticias tan malas que nuevamente invocas al insomnio.

AV.

23 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE IV


Había llegado cansado, en medio de un afán insoportable y propio de eufemismos sociales, estaba en un sueño incómodo que me duró lo suficiente para alejarme del hogar.

Eran aproximadamente las cuatro de la mañana, la Casa Grande y Amarilla reposaba en un silencio sepulcral, las brisas se paseaban de esquina a esquina sin molestar a nadie, las hojas secas y amarillas, grandes y pesadas dormían en el asfalto junto a la reja azul de la entrada, un portón que aullaba al tocársele, vigilante del hogar y forastero de las casualidades daba la bienvenida a nuestra llegada.
Un farol en la entrada y la gran puerta que se abre era el único movimiento o ruido extraño que la madrugada detonaba, las casas dejaban sus vidas en manos de estrellas delirantes y brisas juguetonas, la carrilera de la otra calle dejaba ver esos rieles fríos y olvidados, a su frente un lote abandonado reflejaba el cansancio que esa ocasión mascaba, como un vaso de agua olvidado las escaleras de madera imprimían ese silencio sublime que daba señas de una gran tragedia, nadie hablaba del tema, por mi parte solo dormía en brazos de mi madre y dejaba que se me acomodase en una cama cualquiera.

Cerca de las once de la mañana y con overol puesto bajé las gradas de manera estrepitosa dejando en las paredes las huellas de mis manos, arrancaba las hojas de un par de plantas ubicadas en el altillo y brincaba desde el antepenúltimo escalón, tenía la vieja costumbre de ir a la cocina a preguntar por la Tía Rosío y abrazar a mi abuela Olga, Fonca, una hermosa Canina Pastor Alemán solía correr a mi lado y esperarme en el patio trasero; normalmente esas mañanas soleadas eran de cita obligada en el ante jardín, mi abuelo Leo y mis padres ubicaban la majestuosa silla Mecedora junto a una palma y ellos acomodaban para sí sillas de madera antiguas, se tomaban una limonada y conversaban asuntos de adultos.
Esa mañana a pesar de ser mi primera en esas extrañas e inesperadas vacaciones en Girardot y, bajo un sol amarillo que brillaba en el cemento no era igual a las anteriores, terminaba de correr por los escalones de madera para dirigirme a la cocina y buscar a mi tía para que me diese un vaso de ´frutiño´ la bebida oficial de mis vacaciones, pero mucho antes de terminar las gradas una muchedumbre se amontonaba en el angosto pasillo de la entrada, caras conocidas conversaban entre sí en la sala y otras más se miraban en el comedor, siempre fui el único niño en la Gran Casa, pero en esa Mañana yo no me encontraba único, la exclusividad se había quedad en Cali y mis padres bajaban detrás de mí con rostros parcos y silenciosos, ese silencio que nos recibió a la madrugada.

Afuera en el ante jardín muchos hombres fumaban de manera desesperada, caminaban de cera a cera, muchos automóviles estaban estacionados contra la reja azul de la entrada, las hojas secas eran pisadas por neumáticos y pasos desesperados. El sol picaba en la conciencia de los transeúntes, mi overol no era sorpresa para los adultos, en realidad la sorpresa era ver a mi padre.
Don José Leónidas Vargas, el hijo menor del primer matrimonio de mi Abuelo Leónidas Vargas, el único hombre vivo de la segunda generación de los Vargas y el último en llegar a La Gran Casa hacía presencia junto a su esposa Miryam y el pequeño Armando, allí a la entrada, en todo el frente de las gradas de madera la silla mecedora no se encontraba presente sino, que había sido guardada en el cuarto de debajo de las gradas, y en su reemplazo un par de señores con traje negro recibían con un abrazo feroz a mi padre, junto a las señoras la tía Rosío conversaba con el Tío Juan y mi abuela Olga, junto a ellos muchos desconocidos me saludaban con cierta familiaridad que se desvanecía en mi rostro, así y después de muchos saludos llenos de protocolo logré conocer a un par de niños un poco mayores a mi edad, pero con la misma inseguridad de la edad y rebeldía de la capital me miraron con actitud bandida y descortés, su ropaje dejaba en evidencia que procedía de Bogotá, eran los hijos de la tía Leonor, la hija mayor del abuelo Leónidas.

En un encuentro familiar, terminando la década de los ochentas y recibiendo la década de los noventa tuve la oportunidad de conocer a la tía Leonor y a la prima Adriana, la hija menor. Mis Primos Germán, Gustavo, Omar y Maria Claudia llegaron temprano en la mañana con la tía Inés y cerca a éstos estaba el primo Sergio, hijo de mi Prima Patricia, hija de la Tía Mona.
Esa mañana identifiqué el cadáver de mi abuelo Leónidas, esa mañana logré identificar a la cuarta generación de los Vargas, siendo una generación mayor a mi edad, estaba aún por debajo de la línea del árbol, esa mañana identifiqué las lágrimas en el rostro de mi padre y las lágrimas en el rostro de mi abuela Olga, esa mañana vi al Tío Diego sobrio y a la Familia Vargas reunida en un suceso similar al del año anterior, sólo que en el anterior se celebraban 90 años de vida del abuelo Leo y yo era el único niño presente.

Hoy casi veinte años después del deceso mayor, identifico aún el cadáver de ese abuelo que tanto quise pero del cual nunca di una lágrima, a esa abuelo que dejó en las manos de mi padre y mi tía Mona la herencia mayor de la familia: La Tradición Cundinamarquesa.

De esas mañanas en las que el amor murió y yo no me di cuenta, donde hoy casi Veinte años comienzo a pensar en la fecha de ida, sin saber aun la de regreso.

AV

20 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE III



Es difícil imaginarse un parque donde uno no ha crecido, un parque donde uno no conoce a los caminantes ni distingue las necesidades de los presentes, un parque donde todo un pueblo gira a su alrededor sin importar las horas o las noches, sin importar las clandestinas necesidades de los vecinos o el agotador clima de verano. En varias ocasiones dejé sentir mi vida en pasos que bajo el sol de la tarde me daban esa necesidad de caminar sin destino alguno, me sentaba en el teatrino a observar, a mentirle al tiempo y revolverme en el espacio esos pensamientos de niñez.

Una noche de 1990 en pleno mes de julio entretuve mi hambre y mi sed pedaleando agresivamente en un triciclo alquilado a buen precio, giraba dando vueltas en el parque pero en mi interior lo hacía viviendo esa distancia que me sacaba de mi tierra natal y me entretenía en una ficción de tres ruedas, faroles que chocaban su luz amarilla con el rojo suelo del parque, faroles que con su base de acero daban la impresión de estar pedaleando en el tiempo y encontrarme en calles del siglo pasado, las mujeres sentadas con abanicos en las bancas de cemento eran una novedad en mi pedaleo, los hombres con camisetas y pantalones cortos caminaban en sandalias alrededor de un recinto abierto por el tiempo y la memoria, recinto que demandaba sueños y necesidades, el mismo lugar que en las tardes servía como expendio de cometas y papeletas, de carros pequeños que vendían paletas de agua y “sandies” con sabores a frutas.

Fue a partir de ese año que la lucha por aprender a montar en bicicleta se resumía a frustradas ocasiones, poco a poco con el crecimiento de las piernas y el paso de los años el mismo sol quemaba la cara y la espalda, la misma frustración se asemejaba los miles de intentos por aprender a montar en bicicletas prestadas y refunfuñar por los fallidos golpes que la vida me donaba. Muchas ocasiones fueron selladas en llantos inconsolables y miradas de resignación en ese rojo cemento que adornaba a un parque, que en sus alrededores era observado por una catedral que me asustaba mi imaginación, junto a ella una gran oficina de Telecom servía de refugio para desempleados y desocupados, para desorientados y recién llegados.
En esas mismas calles giraban restaurantes que vendían pollo asado o apanado, un gran billar y una pequeña oficina de la policía, casas que alquilaban los garajes para la instalación de locales comerciales para la venta de ropa y mercancías que provenía de los Estados Unidos o de lugares remotos y exóticos, ese parque donde di por primera vez un beso o donde aprendí a caminar solo sintiéndome como un adulto cuando en realidad mis años no llegaban a los diez, ese parque donde solía gastar el dinero de vacaciones en paletas de agua y en competencias de trompo, ese parque que bajo el sol cundinamarqués unía a todas las calles del pueblo y los sentaba a esperar al tiempo morir.

Inmensos árboles acaparaban la atención de turistas y desprevenidos, antiguas casas que servían como sede de Bancos y oficinas comerciales, mi recuerdo remoto se lo roba la abejita conavi, la casita roja o la verde y fuerte marca del Banco de la República, en ese mismo lado del parque dos establecimientos se caracterizaban por la fuerte venta de cerveza águila y la constante presencia de hombres mayores y con cara de preocupación.

Las oficinas del Periódico El Espacio recibían miles de Hojas de Vida y artículos para los clasificados, muchos jóvenes jugaban fútbol con ladrillos a cada lado para simular un arco o para dar seña de la actividad que desarrollaban, muchas veces dejé de perder el tiempo conociendo las estaciones de tren o las grandes tanquetas del acueducto local para perderme en ese parque y huirle a la infancia, infancia que nunca murió, parque que me secuestraba de la Casa Grande y me encerraba en su circular perímetro, parque donde alguna vez Jorge Barón invito a los civiles a vivir un concierto gratuito, parque donde mis años superaron la memoria y sirvió como punto de encuentro para nuestras salidas a Ricaurte o Melgar, parque que murió en el mundo de los urbanos y se dejó atrapar por las excusas de la periferia, parque donde dejé de ser niño para arriesgarme a ser hombre, parque donde escondía mis lágrimas el día en que mi abuela dejó de vivir, parque que sirve de homenaje a esta Misión que recién comienza.

Si bien empezó todo en esa noche de carreras con un triciclo como medio de transporte, con carruajes para enamorados o artesanías para los curiosos, fue ese parque el que se robó mi noción del tiempo y empezó a robarme recuerdos desde el primer pedalazo que se dio, parque que me identifica con esa familia que ha dejado a la memoria sus principales historias y desgracias.

Recuerdo bien la última vez que me senté en el parque a fumarme un cigarrillo, fue esa tarde cuando decidí irme a vivir a Ibagué. Una tarde casi diez años después de mi primer pedalazo en el triciclo de alquiler.

AV

17 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA Parte II


Sentado sobre el pasillo del segundo piso de la casa, son cerca de las once de la noche, la madera, vieja como los mismos secretos de los Vargas vigila desde su rincón a un pequeño de seis años jugar en la baranda, intenta acercarse a una rama del palo de mango, intenta descolgar el fruto de su origen. Abajo en el jardín de fondo unas carcajadas arrullan lo que es la llegada de la noche esperada por todos, un diciembre lleno de novedades cierra el ciclo anual y da a los contertulios un aire de grandeza, un aire de camaradería propia de la bondad que la navidad trae consigo.

Junto al pequeño una gran biblioteca vigila el rincón habitado por este, libros de toda clase y con cubiertas de cuero guardan silencio en sus respectivos estantes, como la sabiduría que sus páginas aun quieren que se les lea. El calor lleno de motivos arrulla las mudas corrientes de un río Magdalena oscuro y pasivo, una noche en la que los accidentes pueden ocurrir, pero que para fortuna del joven simplemente son travesuras de unas vacaciones inventadas.

Cada habitación es protegida por una puerta doble de madera, pintadas de color crema y con chapas del siglo pasado guardan en su interior miles de desgracias y dichas que han perseguido a dos generaciones durante un siglo entero, bajo el nombre y potestad de Don Leónidas Vargas sus hijos beben cerveza en el jardín, el único nieto presente en la casa intenta aun alcanzar una rama lejana y suspendida en el tiempo.

La región de Flandes, El Espinal, Girardot y cada kilómetro que guía a las carreteras colombianas a explorar lo más caluroso de sus tierras cundinamarquesas lleva como insignia enormes frutos que son vendidos en cajas de madera al borde de las carreteras que conducen a la capital colombiana, desde la salida de Ibagué y hasta las afueras de Melgar se logra observar la constante venta de Mango y Guamas de manera efusiva, también se pueden adquirir achiras y grandes limones a bajos precios, pero los recuerdos, esos recuerdos que huelen a mango no han podido ser endosados a otras mentes o a otros tiempos, se han varado en las calles y acobijadas por serenatas de grillos me han retrocedido como un golpe en el estómago, esos frutos del Magdalena y esos placeres de la región dieron los primeros meritos a la clase media que exactamente hace sesenta años defendía las Banderas del Partido Liberal, a esa clase media que dominó los rieles desde Tocaima hasta Ibagué, grandes aromas que motivaron al pequeño que trepado en la baranda de cemento jugaba a bajar frutos de un árbol.

Aquella noche, la noche del 24 de diciembre de 1989 grandes canastas de cerveza entraban a La Casa Grande en hombros de Fernando y Diego Vargas, los hijos menores de Don Leónidas, asimismo, Rosío se encargaba de hervir los tamales en grandes ollas en compañía de ´Charito´ la hermana mi abuela Olga. Los faroles adornaban el patio trasero, patio que resguardaba grandes árboles y palmeras, enredaderas que ascendían al segundo piso y se mezclaban con ventanales de madera, adentro en la casa, el piso de madera que soportaba las andanzas del pequeño en el segundo piso era también el testigo cruel de esas borracheras que terminaban en la cama, de esas anteriores generaciones que dieron a Girardot una nueva generación de los Vargas.

Afuera en el antejardín un fuerte olor a pólvora le coqueteaba a los vecinos, entre cada casa unas rejas de hierro dividían no sólo ofrendas y apellidos, dividían además a familias enteras de lo que el infierno ofertaba, era un pueblo lleno de motivos y desgracias, una región alimentada por la presencia de extranjeros y comerciantes, de cachacos que al calor de los treinta grados buscaban cervezas y camisillas para escapar de su clima; mientras los tamales y la pólvora se conjugaban en una noche familiar, doña Miryam Salcedo, esposa de José Vargas y madre del pequeño Vargas, subía los escalones de madera dejando fuertes golpes en cada peldaño para asegurarse que su pequeño no estuviese en problemas, si bien la naturaleza es sabía y la infancia grata, éste al escuchar el primer paso en los escalones ya había emprendido la fuga de la baranda para esconderse en la cama de una habitación inundada por la oscuridad y el silencio, mezclado en sábanas y suspiros jadeantes había logrado improvisar una escena de sueño y calma, doña Miryam entró a la habitación observando al pequeño Vargas y acomodando la ventana con un anjeo de malla para pescar cerró la misma y se retiró.

El ventilador sonaba y traqueaba de manera tediosa, rompía la pureza del silencio y penetraba en los oídos de un niño que no temía a la oscuridad pero sí a la soledad, soledad que en ese 24 de diciembre se cerró con un padre nuestro y una oración al ángel de la guarda, alejando de todo mal los sueños del precoz y dejando ahora al estallido de la pólvora la celebración de una familia reunida en la sala y sin televisor que encender.

Mientras ello sucedía las cosas en La Casa Grande comenzaban a retumbar en la memoria, como si el recuerdo fuese un fuerte silencio para contar.

AV

14 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE I


Semejanzas y remembranzas, historias marcadas en calores que superan los 30 grados de temperatura, que al ritmo de una cerveza se enfrascan en una memoria olvidada y sedentaria, años que han dejado huella en sonidos urbanos propios de la periferia, de esas calles que son iguales, de esas esquinas que son respetadas por la presencia de una tienda o una panadería, de esas casas grandes que reciben al tiempo como un invitado y no como un testigo o una evidencia. Singular al olvido, he dejado de paso mis verdaderos recuerdos de infancia y mis emocionantes noches de vacaciones, épocas marcadas por la unión de lo familiar, por lo socialmente aceptado y por la soledad compartida con esos extraños que nos ven llegar.

Sin conocer aun la maniobra literaria de García Márquez, ya retrataba como tatuaje en acuarela esas mágicas historias del folclore nacional, esas misteriosas odas que nos encasillan en un largo historial de anécdotas, quizás las mismas que dieron inspiración a esos escritores del magdalena medio. En estos casi 25 años de edad, quizás diez u once de ellos fueron masacrados por la felicidad y pasión de las vacaciones fuera de casa, vacaciones que sirvieron de colchón para enmarcar otra vida, otra personalidad, otros riesgos y otras oportunidades para aprender a conocerme. Si bien somos hijos del tiempo y herederos del espacio, también somos víctimas del olvido, a pesar que la piel nunca olvida.
Extrañas sensaciones empiezan por abandonar mi inconsciente y de manera sumisa comienzan a manifestarse en imágenes o deja vu recurrentes a mi cotidianidad, en ese orden de ideas y es que haciendo caso a mi extraña capacidad de asombro me siento a relatar esas vivencias que al mejor estilo de los Vargas he comenzado a olvidar, a recordar, a extrañar e inclusive a rechazar.

Misión Cundinamarca nace como respuesta a esas exigentes noches en la que los sueños me dicen y suplican revierta mis pasos para mirar al pasado, para entenderlo y tratar de convertirlo en un nuevo presente, en un detalle simbólico para mi tierna extraña manera de comportarme. Misión Cundinamarca da inicio a esas clases de vida y de madurez que del puente para allá empecé a vivir, exactamente en el puente que conecta a los departamentos del Tolima y Cundinamarca, sobre ese misterioso y poco fiable río Magdalena.

Empecemos por lo pasado, por lo que ya se vivió y se extraña de manera uniforme, donde las prioridades de la memoria me recuerdan esos años llenos de tamal tolimense, donde las calles eran el escenario principal de una casa habitada por cerca de cuatro generaciones, juntas y mezcladas, donde la cena no era importante, donde el desayuno era un rito familiar encabezado por ese abuelo autoritario y mezclado con la ternura de los años, esos diciembres que se vuelven punto de partida de estas letras, sin etiquetas por supuesto, solo letras y signos.

Cada familia al llegar la temporada decembrina estipula ciertos ritos o monumentos que se juntan con los deseos de la fraternidad y la unión, para los Vargas era cita obligada asistir a la celebración de la navidad y el recibimiento del año nuevo en la casa de los abuelos, era un manjar literario vivir esas semanas de fin de año.

En algunos clanes familiares uno comienza a conocer a sus pares o semejantes en ritos como lo son los Velorios, los aniversarios o las fiestas especiales como las bodas de oro o los matrimonios. Nuestra primera moción de orden social, basada en principios morales de tradiciones partidistas se reveló en el hogar de aquel clan en un verano especial, a diferencia de las demás relaciones familiares no fue un diciembre el que nos integró bajo un desayuno patriarcal sino, un verano marcado por las brisas de julio que soplaban junto a las corrientes del majestuoso río Magdalena. Don Leónidas Vargas Moreno cumplía 90 años de vida y alrededor de ese suceso todos los Vargas hacían presencia en la Casa Grande, la misma casa donde aprendí a escribir más allá de unas planas o unas técnicas de caligrafía, a escribir para contar.

Bajo las palabras de mi abuela Olga, mi infancia se resumía en juegos y desvanes propios de la niñez, sin entender lo que a mi alrededor ocurría me mezclaba en conversaciones de adultos simulando ser uno de ellos, sentado sobre la silla mecedora de mi abuelo me apoderaba de ese poder simbólico que en él giraba, esa potestad de patriarca que en la familia rondaba, siendo el último Vargas en el orden de importancia de ese árbol genealógico, miraba con asombro esos escalones de madera que a la entrada de la Casa Grande daban paso a la segunda planta, allí, entre la entrada y los escalones la silla mecedora hacía presencia al mejor estilo de los reyes medievales, aquel trono que todos querían honrar pero que con la ignorancia de la infancia yo habitaba siendo un feliz nieto de la casa.

Aquel verano fue la primera pista de una vida hecha en vacaciones y memorias, hoy casi dos décadas más tarde me siento con la curiosidad del Huérfano a indagar sobre esos pasos y esos suspiros que ya en mis noches de insomnio me trastornan y me llaman, esas señales que comienzo a sentir y que por obligación misteriosa comienzo a tratar de imprimir en crónicas y olvidos.

Letras que me llaman cual camino se ha perdido en la memoria y la piel.

AV.

8 de julio de 2008

Costumbres del Olvido



Por costumbre mejor me dedico a olvidar, a exagerar si es necesario, a lapidarme en sombras y memorias, me dedico a perderme en esas hojas verdes del parque y mirar alrededor a esos señores que con el desespero del desempleo se sientan en sus bancas a mirar las palomas revolotear por doquier. Sin ánimos de entrar en detalle me siento junto a ellos y con ese olor amargo a chontaduro y ciudad me dibujo en un suspiro, me balanceo entre la muchedumbre de la soledad y la amargura de la nostalgia, como esos boleros de antaño donde las damas dormían enamoradas de hombres que nunca dormían; sigo sin apoyo alguno, la melancolía se estrella en un abrir y cerrar de ojos, todo en el parque es triste.

Olvidar es algo que uno tiende a relacionar con tristezas y desaires, ese acto vandálico de encerrar en una burbuja esos gases de la memoria, en revertir las acciones en invenciones, en sembrar expectativas a cambio de melancolías, en rendir tributo a la pobreza o brindarle copas de vino a la soledad.
Bien saben ustedes que mis temporadas literarias se turnan con mis temporadas laborales, donde el escribir se me vuelve un acto de desfogue y vacilación visceral, donde tiro a la borda esa unidad de pensamientos que me agobian en la intranquila noche, en esa colección de fechas pactadas en insomnios y vagabunderías.

Haciendo de cuenta que el parque es el mundo que contemplamos en el olvido, vibrando al ritmo de conversaciones innecesarias o para colmo, conversaciones profundas e hirientes, temas que son venenosos a ojos de la soledad, que se impregnan en la piel y nos mandan a viajar con las manos vacías, en sandalias y sin agua que beber. Hablar de los mejores tiempos es hacer tarjetas que hablan de clásicos, de héroes, de monumentos llenos de letras y etiquetas; nosotros que bien sabemos caminar en pasos agigantados nos encojemos cuando nos damos cuenta que esa costumbre de olvidar es la que nos hace humanos, la que nos hiere en la piel y nos escupe en el rostro, en esa pared que llamamos sentimientos.

Si bien he querido rastrear ciertas tristezas en sueños y cielos rotos, he vivido lo suficiente para distinguir en la mirada del prójimo esa farsa que llaman experiencia. Aquellos que pretenden mentirme con historias veraniegas y frases poliglotas, pero bien saben en el fondo de su mentira que mi mirada solo capta la derrota de su farsa, me retiro con calma y sigo vagabundeando en parques y callejones, en senderos y escalones de épocas memorables.

Frases hirientes que salen con la velocidad del recuerdo, frases que nos invitan a viajar sin motivos y que en algún punto de retorno desconocido nos embriagan de dolor, nos marean y nos humillan, frases que nos enseñan a olvidar, a bendecir, a huir, frases que solo son útiles en noches lluviosas, frases que nos señalan en miradas de asombro y protesta.

Bien sabes a que me refiero, pero te queda pendiente aprender a conocerme.

AV

18 de junio de 2008

La Fuga del Ocio


Con la elocuencia del aburrimiento y pensando siempre en el porvenir de la ternura, en ese ahogado silbido de la suerte, pienso en eso que muere con la amabilidad de los días, esa insoportable levedad que nos duerme en sus noches.

Ha sido bastante el tiempo libre que se detiene en mi alcoba, al inicio se aprovechó en literatura y lectura, en música y rock, con el pasar de las noches las cosas fueron empeorando no en cantidad o tiempo sino en calidad y gusto personal, si bien decir adios es algo que se escucha constantemente en la calle o en la oficina, es algo que nunca me imaginé que me iba a costar trabajo, esas fallas del lenguaje que nos dejan pensando en personajes sacados de lo mas real de nuestras fantasias, donde se reúnen nuestras miserias y nuestros pesares.

Mi vida perdoname dicen algunos, no me escondo en la tolerancia a lo extraño ni en la melancolía de los cambios, no soy oruga para cambiar con facilidad, soy un gato y uno muy bueno. Esa actitud anfibia que nos remuerde dia y tarde, que en las noches se enfría y se endurece, como si la luna fuese el agua de ese cemento que dejamos fresco en la piel.


El Ocio ha dejado huella en mi presente, el internet Banda Ancha y un Celular con Minutos, un calendario lleno de fechas resumidas a vacaciones, mi gata embarzada y dos jarras de aguapanela bien fría con un paquete de 20 cigarrillos es todo lo que veo, gracias a Dios los tengo a diario en mi incómoda y serena mesa de trabajo, trabajo que no tengo. Tengo letras anónimas que han surgido de la casualidad, pero no las he escrito ni transcrito, solo me he dedicado a dormir, comer dos veces en la mañana, dormir, comer dos veces en la tarde, salir a tomar café y luego llegar a comer en la noche para empezar a fumar sin parar y tomar aguapanela sin límites. A ello súmele el suplicio de una buena lectura (o por lo menos entretenida) que me aborda en el balcón de mi casa, así y todo la música pareciese que con el paso de las noches se dirigiese en un Renault 4 rumbo al pasado, donde se guardan las mentiras y los pesares, en esa esquina de la memoria donde han salido como ladrón en fuga ciertas canciones que no se de que forma lograron ubicarse en mi disco duro y en mi memoria interna.


Leonardo Favio, Leo Dan, Roberto Carlo, Pandora, Tormenta, Sandro de América, Palito Ortega, Lucero, Juan Gabriel, Raphael, Rocio Jurado, Lorenzo Antonio, Oscar Golden, Sergio Facheli, Ricos y Pobres, Miguel Bosé, Fresas con Crema, Timbiriche y muchos más... Este selecto grupo de interpretes se ha ubicado como mi mejor amigo en las noches y mi enemigo en la sociedad, amores con sabiduría y canciones con melancolía, todo un repertorio que ya empieza a afectar mis relaciones sociales. En ninguno de los casos he divisado una alterna lista de reproducción para afrontar el decir ajeno, más bien he gozado con la cara de los desprevenidos sordos de los terceros cuando suena un "Zapatitos Pom Pom" o "La Foto del Carnet" siendo temas relacionados con la edad de nuestros padres o abuelos ya para algunos.

No reaccionan con armonia y una sonrisa que revele familiaridad y complicidad con el tema musical, no, son rostros cargados de intolerancia y verguenza ajena, me miran y me señalan con un interrogante que para disgusto del pueblo siempre le tego lista la respuesta, en ocasiones miro al cielo y recuerdo esos años en los que mi banda sonora se estrellaba con otro tipo de interlocutores.

Pienso en revés que quizás por voluntad del magnífico repartidor de Cigueñas he nacido en la época equivocada, o simplemente que mi alma se ha endurecido con la sabiduria de otros tiempos y que para colmo de males no he distinguido o apreciado si quiera gota alguna de esa sabiduría, todo lo contrario sigo fresco como lágrima en mejilla, sigo lleno de vida como tortuga en niñéz, sigo caminando con la complicidad de los árboles y la ansiedad de las vacas, pero no, soy un gato y como tal quiero vivir.

Amigos de siempre que distinguen mi "selecta" manera de ser aleatorio con el ritmo músical saben que en cualquier novedad regreso a mi listado de Heavy Metal, no en vano también suelo recurrir a esas canciones de Motel o a esas baladas de balneario, todo sin importancia de orden siempre resulta regresar a mis ciclos emocionales, y en esas emociones disparadas es que ahora el ocio acaba siendo el culpable principal de mi delite musical, como si estuviese lista la música para sentarme a conversar con mis papás de temas sociales y culturales.

Gato de ocio nocturno y sueños vespertinos, ligero como palomas que vigilan a las estatuas del centro, fresco como moscatel de pasas y amable como el amanecer, sigo sonriendo con esos músicos que en el ayer dieron historias a los padres del hoy, ruego porque mis temas del hoy no les declaren la guerra a los Padres del mañana, si bien me sirvo de buenas costumbres le temo en condiciones extremas al ocio, pues es precisamente por culpa del ocio que nuestras colecciones de ocio son conocidas en pensamientos sin respuestas. Mientras termino de escribirles este recado de vacíos Miguel Mateos termina de sonar en mi reproductor personal dando pie a una larga lista de canciones sacadas de un cd llamado "30 Clásicos del corazón"


Si bien los tiempos dejan huella, hay huellas que caminan después de tiempo.


AV

11 de junio de 2008

Pereza Capital


Hoy me puse mi camiseta de River y salí a recorrer la ciudad, a perderme en sus calles y murmurar en sus esquinas, me acomodé en el bus y en el lado de la ventana me dediqué a sentir y observar, a narrar en mi memoria como aquellas calles que se paseaba me raspaban en el viento un rostro de urbanidad, ligera como ella sola, sencilla, simple, muda y llena de aromas.


Una venta de chontaduro y un ciclista desprevenido se dibujaban en mi trayecto, baladas latinoamericanas entonaban el paisaje al ritmo de un bus urbano, acomodado en mi asiento me reprimía contra la ventana y pensaba, vigilaba mi soledad con ese silencio de las cuatro de la tarde esperando al sol desaparecer, me acostumbraba a adivinar el mundo y destino de los peatones que en las esquinas buscaban seguridad, con mi alma despojada de pasado alguno me dejaba olvidar por el perdido recuerdo de los foráneos sueños de mi pasado.

Hoy me senté a tomar un café como es de costumbre y a fumarme un cigarrillo en paz, a vigilarme en la perezosa morada de mi confianza, pecado capital que me habita, me destroza, me remueve y me estorba, pecado lleno de vida que me empuja a este mes de expectativas y refuerzos morales. No olvido para nada los ayeres de mi lectura y con libro en mano comienzo a mudarme de precipicio para iniciar el recorrido mudo de la literatura universal, con un texto para niños lleno de mensajes lindos y prometedores sigo mi curso taciturno, esa vespertina tradición de morirme en una silla con una taza de café y un cenicero observándome mientras palpo páginas con la yema de mis dedos, donde mis ojos son la ventana a esa inmensidad de locuras y texturas que se emiten en mi inconsciente, en mi colectiva memoria de joven emprendedor.

Recojo palabras de mesas cercanas, observo a los descuidados interlocutores prometerse historias y anécdotas para endulzar sus bebidas, miro en el cielo unas anaranjadas nubes que dan atardecer a estas chispas de oscuridad, a estas noches que llegan con la belleza del sol que se duerme, veo en la brisa esas almas que viajan de calle en calle bendiciendo corazones llenos de libertades que oprimen, esos tesoros que se guardan y esclavizan, esos grilletes que llamamos recuerdos y sentimientos y los envolvemos en seda para no dejarlos morir. Hoy decidí vivir, porque para morir sólo se necesita vivir, pero para vivir se necesita más que nacer, se necesita amara y perecer, se necesita fuerza y coraje, se necesita un buen café y una soledad espumosa propia del atardecer, pero la pereza no me deja, me consume, me muerde, me ambienta en una cueva seca y profunda, algo inolvidable en nuestra necesidad de existir.

Con una taza de leche caliente cual niño bendecido por sus padres pienso en lo que me espera, observo a la soledad y hago una tregua con ella, le pido disculpas por maldecirla y luego la agredo por acompañarme, le pido una cerveza o una copa de vino, me brinda agua salada y me golpea con las horas perdidas del sueño. Quiero dormir y descansar, no dormir y morir, un chocolate amargo me caería bien, un hilo de sangre se choca con la mesa que me vigila.

Me dedico a leer para que me lean, no escribo hasta no embarazar mis entrañas de sueños y experiencias, de historias que sirvan de linaje, de letras etiquetadas en banquetes y ceremonias sociales, me dedico a escribir para que me escriban, pero no lo hago hasta no leer lo que eso que llamamos mundo me deje aprehender, no lo digo con ganas de ignorar o rechazar, lo digo con ganas de abandonar del todo y matar la pereza, mandarla al otro extremo de la humanidad y darle tiempo a que tenga vida.


Sabes bien que soy un alma en proceso de solidificación, bien sabes que soy una hoja en blanco que se humedece en las noches con sábanas frías y ceniceros vacíos. Hoy salí con mi camiseta de River a recorrer la ciudad y dejarme atrapar, a morder el subsuelo social de las culturas urbanas y empezar a hacer parte de algo, a sacrificar mis tardes de lectura y empezar a matar las noches de escritura, no quiero pensar, solo sentir.


Ya va siendo hora de desnudar a ese duende que todos llevamos por dentro.

AV

7 de junio de 2008

En un Junio como Hoy



Siento un desesperado silencio que me promete experiencias propias de la resurrección, vibro con el cuerpo de esas noches de desconsuelo donde jugué a encerrarme y matarme, a suicidar esas esperanzas sacadas de placeres chocolatosos y pensamientos llenos de dolor. Este es un acto especial, llevo exactamente ocho días de sufrimiento estampados en un blog, pero más allá de las letras y acordes de un silencio rector y obtuso, cumplo con la miseria de observar casi un mes de pensamientos suicidas y querendones sufrimientos.


Estoy envuelto en una tristeza amarga, llena de palabras que me llenan la boca, me sacuden el estomago, me dejan débil y malhumorado; me acuesto a pensar y termino reflexionando sobre cosas que no debería, de esas historias que uno suele construir con pesadillas y las disfraza de sueños y esperanzas.


Este Junio ha llegado con trozos de cadáveres y pedazos de historias mensuales, ha traído consigo toda la carga moral y filosófica que suelo posar en mi vida durante años de tiempo perdido, con la diferencia de que en este sexto mes del año culmino con todo aquello acumulándose en brebajes y paladares amargos. Mis relaciones se encierran en el pasado, ahora me tortura el presente con esas discusiones innecesarias de amores y odios, veo en los ciclos de la vida torbellinos y espirales, me veo bloqueado y estancado, como si vivir se resumiese a comer tres veces al día y dormir dos.


Quiero escupir sangre, expulsar vísceras y morder los ojos del pasado.

Quiero cagarla si es necesario, pero con elegancia ante todo.

Quiero romper ventanas y cerrar puertas, para ver los ciclos morir antes de la llegada de Julio.

Quiero envolverme en periódico para madurar con mayor prontitud.

Quiero escribir sin detenerme, pero me detengo para pensar eso que no se que escribir.

Quiero muchas cosas y mi vida poco se refleja en ellas.


En un Junio como hoy me asusta ver la llegada de Julio, de imaginarme el agosto sediento y el septiembre acosador. No se si este sea el ocho esperado, no se si esta sea la ruta acordada, no se qué decirles pero me aseguraré de plasmarlo en miradas y cuerdas vocales.


¿Cuanta pornografía será necesaria para ver en el sexo un imaginario y no un tema de conversación?. Como es de costumbre, dejo en mis vicios las necesidades de esas baladas latinoamericanas que me rayan la cabeza con guitarras y teclados llenos de pasión, de cristales mágicos que nos envenenan los cesos sin proponernos tregua alguna.


Estoy muy suicida y no es para menos. Todas las noches desde hace un mes sueño una táctica de suicidio diferente, situación incómoda y a veces innecesaria, veo de distintas maneras mi fallecimiento como un cuerpo de noticias cargado de silencios.


Treinta cuatro noches muriendo constantemente, tantas que decidí hacerlo realidad, decidí morir del todo y terminar con este acoso mortal. Redacté ese Moribundo Silencio que me traicionó en el ejercicio literario y me devastó de ganas de vivir alguna, me obligó a olvidarme de mis allegados para acercarme al muelle de lo sobrenatural; Artista o no, poeta o guerrillero, carpintero o plomero: Todos viven con orgullo para llegar en las noches a dormir en paz, sin palabras pendientes ni aires sueltos.


Para dejarme matar por el cotidiano y lúgubre estado mortal de mis sueños, en posición fetal, desnudo y con Amor Stereo de fondo empecé la llanura de mi muerte, tomé mis venas y les dibujé ríos de sangre por cada instante de dolor y egoísmo espiritual. Recordando cada técnica de suicidio murmuraba en voz baja casi sin hablar los momentos que me agobiaban en aquella noche de Junio, noche post-mayo llena de olvidos y que no merece recordarse. Noche de sombras y horas que me mataron por dos horas de asfixia, noche donde resucité de milagro, reafirmando mi fe en Dios y mi dolor terrenal, noche de gatos, noche de muerte, noche que casi no termina.


Quise dibujarme entonces en una actitud discreta, pero ahora vivo y sin cicatrices, pero resucitado de milagro y sin pérdida de sangre me aprendo la lección de los olvidados, me enamoro de los hijueputas que me acusan de ser un mal hombre cuando en mi interior el hombre ha muerto y solo agoniza el niño, mil problemas me susurran en el infierno, se esconden en mi cama y en mi memoria, pero con la valentía de la nada decido olvidarlos y tratar de seguir viviendo, tratar de tocarme a mi mismo sin necesidad de arrugar mi piel.


Aun cuando el vivir es solo el primer paso, he decidido morir, pero no he pactado fecha aun con el calendario de la muerte.


Noche en la que nadie supo de mi fallecimiento ni mi resurrección.


AV