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I.
Víctor Jairo memorizó cada una de las indicaciones que su
amigo y vecino, Jhon Jairo le brindaba. Este con un tono de voz alto y cargado
de ansiedad le explicaba que se debía recorrer la autopista caminando hasta el
puente peatonal, allí cruzar al otro lado y esperar la ruta 1A, cuando ésta
llegase a la avenida tercera, cerca al Liceo, debería de bajarse y esperar a
que pase la ruta 4A, la cual le dejaría en el centro de convenciones, lugar de
la cita.
Serían quizás las siete de la mañana cuando el sol
brillando sobre la frente de los desamparados brotó su reflejo en un sudor
propio de clase obrera, a esa hora pasaría el variopinto bus en el que Víctor
Jairo debería de subirse. No lo hizo, porque preciso estaba cruzando a mitad de
camino el puente peatonal, desde allí hizo el ademán del fracaso mismo, se tomó
la cabeza con las manos y siguió caminando con algo de frustración.
Dicen las mujeres de avanzada edad que al que le van a
dar le guardan, y que cuando es para uno, es para uno, así que todo estaba
previsto para que Víctor Jairo tuviese su oportunidad.
Detrás del variopinto bus llegaba otro de la misma ruta, al parecer con problemas de puntualidad.
Nuestro caballero se subió con el agradecimiento de quienes beben agua en tiempos de sed, se acomodó en la segunda fila de asientos y ubicando su mirada en la ventana comenzó a tomar nota de cada calle para no perderse. Con la vista puesta en el paisaje, cruzaba sus dedos entre sí, sudaba quizás por el bochornoso clima de una mañana de octubre o por la intensidad del compromiso que estaba a punto de atender.
Su apariencia estaba acorde a la ocasión, una camisa
blanca con vistos de sudor en sus axilas, pantalón azul oscuro de tela y medias
blancas que resaltaban entre la bota del pantalón y los zapatos de cuero negro.
Durante el trayecto de la ruta 1A una señora de avanzada
edad se subió al bus y se sentó a su lado, ella con la experiencia de quien lo
ha visto todo notó en la mirada de Víctor Jairo una desesperanza propia de los
incrédulos, para ser un señor de aparente joven edad la señora a sus adentros llegó
a concluir que estaba junto a un alma rota, fuera pues producto de un desamor o
quizás a causa de la frustración de los días que anhelan una oportunidad de
cambio.
Le preguntó la hora como una táctica común de romper la
pared de silencio que les dividía, “no
tengo reloj” fue una respuesta que la señora no esperaba y menos de alguien
tan aparentemente joven.
- ¿para dónde va un caballero tan apuesto sin reloj?
Insistió la señora como un reproche y quizás, un ligero
reclamo por el desinterés.
Víctor Jairo quedó en silencio abrazando un sentimiento
de vergüenza, sin pretender ser grosero explicó a la dama que no tenía reloj
porque nunca en su vida tuvo la necesidad, jamás ha vivido una rutina de
oficina o de cumplir horarios y por ello el tiempo lo preguntaba en vez de
llevarlo consigo. La dama se presentó con una humilde sonrisa, quizás en
solidaridad al caballero que no tenía tiempo.
Lucía Blanco, dijo que se llamaba.
Víctor Jairo Valladolid, respondió del modo más amable
que su mente le permitió expresar.
En ocasiones el bus realizaba giros bruscos, como si luchara
contra el tiempo y el viento. Doña Lucía, como comenzó a decirle Víctor Jairo,
se aferraba a una baranda que resaltaba en la parte superior del asiento
enfrente suyo. Durante el trayecto conversaron ligeramente sobre la vida y la
cotidianidad de tener que vivir horas atrapadas en el tráfico desde un bus
urbano, allí aprovechaba ella para recordar sus tiempos de caminar en una ciudad
más pequeña y sin tantos problemas, recordó a su fallecido esposo, un mecánico
que vivía de arreglar electrodomésticos, mucho antes de que la tecnología fuera
caprichosa.
Víctor Jairo le comentó acerca de sus anhelos, de ese
cansancio que en sus ojos pesaba más que el marco mismo de las gafas, se retiró
de la universidad por falta de recursos y por ello se dedicó a trabajar como
auxiliar en la oficina de un político el cual a día de hoy, le adeudaba ya 3
meses de salario.
Doña Lucía intentó darle consuelo con una sonrisa amable.
Víctor Jairo siguió contando algo de su vida hasta señalar en ese preciso trayecto que iba para una cita de trabajo, en una fábrica de muebles, para atender tareas de oficinista. Ella, deseándole la mejor de las suertes le recordó que las oportunidades son calvas y ante cada una debe aprovechar las señales. Sin entender el consejo, agradeció el mensaje y se puso de pie informando que ya se estaba aproximando al Liceo en la avenida tercera.
Doña Lucía insistiendo, invitaba a Víctor Jairo a ser más
atento a las señales y por qué no, a las oportunidades mudas de la vida.
Nuevamente con una sonrisa asintió y timbró para que se detuviera
el vehículo.
Al abrirse la puerta fue a dar un paso en el escalón
cuando una motocicleta cruzó a alta velocidad, Víctor Jairo casi cae del bus a
riesgo de lastimarse.
Abrió los ojos como un poeta ante las virtudes del vino,
se aferró con fuerza del tubo de apoyo en el escalón y revisó con sospecha la vía
para bajarse con más seguridad.
Desde el otro lado del bus, Lucía Blanco le observaba con los ojos de una dama que adivinaba el futuro.
AV.



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