18 de agosto de 2008

Conversaciones con Agosto

Noches nubladas, algunas con frío. Brisas que se pierden en el diccionario, que estancan procesos con dinámicas aleatorias, noches de frío en brazos prestados, cambios climáticos en hojas blancas y recuerdos revividos por encima del bien y del mal.

Sobreviviendo a las necesidades de la soledad he logrado definir ciertos miedos y darles total identidad, reflejarlos en las hermosas palabras de una mujer, darles de comer en esas escazas miradas de pueblo, dejarme seducir por sus labios pequeños, encubrir excusas en miradas inconclusas, venderme en un tiquete sin regreso. Agosto, mes de cuentas regresivas, noches de cambios, amaneceres en compañía, nombres que se estampan en mi ciclo emocional, como si les importase un poco mi dolor o mi valor.

Agosto de emociones, de recuerdos, mes de decisiones a tomar y tomadas, de aprender a dirigir recuerdos en escenarios reales, en notas de músicos sin éxito, en exámenes de vida a partir de gestos literarios abandonados. Mes de Misión Cundinamarca, mes de cambios y reflexiones, mes de discusiones y enseñanzas, mes de páginas olvidadas y conversadas.

Aquellos soliloquios de la locura han dictaminado en un vaivén de agosto que las brisas han traído consigo ciertas frases interesantes que ni el Horóscopo pudo delegar, un concierto de emociones que me dejaron en forzosas bebidas los días del pasado atrapados en preguntas y respuestas. Me ha confesado que mi sombra ha regresado en las noches, ha decidió volar sólo en el almuerzo, que la comida de campo ha regresado a la ciudad, que el olvido es cosa de locos, no de ingratos.

Seguramente me entretengo con las marcas que la literatura ha parido en mi, me dibujo y me sonrojo con la belleza de esa musa que volvió a mi vida, a esa que llamamos recuerdo, a esa que me besa en la distancia y en la memoria. Si bien es cierto que ahora es agosto el que vacila en nuestra mesa, es agosto el mismo el que me cuestiona de mi interés y me recuerda que no estoy solo, de hecho me encuentro en excesos de compañías, en una multitud de pensamientos que no deben de importarme. Me habla de cerca, me consuela, me besa, me invita a su morada.

Sentarme de nuevo en el Blog y prepararme para esas partes duras de la vida que se vienen en mi anecdotario, en mi imagen fría y sola, como esa fotografía sin marco y sin éxtasis, ese calor que no entra en la ventana, que se desnuda en las ceremonias, que se emerge en el infinito, en la memoria de los ignorados, en esas palabras que se vuelven vida y mes, que llegan con la brisa y con el tiempo, que se escapan y me señalan, esas que duermen bajo la luz del sol, que suplican amor a cambio de monedas y vicios, palabras que se ahogaron con vino y se amarran a mis necesidades, a eso que se fue y espero no regrese.

Mes a mes me identifico con estas conversaciones, algunas para decir adiós, otras para regresar.

AV

11 de agosto de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE VIII


Hacer el amor en Girardot es acostarse con un libro de García Márquez, es untarse de sudor y olfatear el sexo de cada uno contra la pared, es ver lo burdo y mundano mezclado con lo tierno del amor, es interpretar esas cochinadas que deja el alcohol como una declaración vallenata a una joven muchacha, es divertirse con el sarcasmo ajeno, es permanecer en la intimidad de la vulgaridad sin embriagarse en la violencia de la ignorancia, ni encerrarse en la ternura del amor. Tierra de olvidados y engendrados.

Los Vargas por herencia hemos sido cada uno desde la segunda generación hasta la cuarta una familia llena de coincidencias en cuanto a los secretos de la casa se encierra, sí, encontramos por una parte la historia de Armando, José, Inés, Matilde, Carmen, Leonor y Cecilia como aquella burbuja del tradicionalismo liberal de mediados de siglo en donde el amor era prohibido para los hombres, donde todo aquello era únicamente asunto de señoritas y los hombres sólo debían cumplir con el honor de echar raíces, también se resumen en historias en las que el machismo se perpetuaba con la codicia del dinero, de los matrimonios por conveniencia y de los hijos rebeldes, esos jóvenes que se fugaron de casa para regresar con hijos.

Por otra parte de la historia encontramos a los otros Vargas, también hijos del Abuelo Leo, pero con un perfil más cercado, hablamos entonces de Fernando, Rocío, Juan y Diego. Aquellos hijos a los que el destino de la familia los obligó a quedarse, a cuidar de la casa y de los viejos, de los abuelos y los nietos, de velar por el futuro de una tradición que aprendí a identificar en el funeral del abuelo Leo, aquellos hijos que en la memoria de todo el árbol genealógico tienen la fortuna de morir en un espacio/tiempo indeterminado por la prensa pero impreso en la mente de todos los que aun consideramos esta familia una razón fuerte para luchar.

La Tercera generación la conformamos otro tipo de Vargas, los hijos de los hijos de Don Leónidas. Existen los hijos de Armando, pero al igual que su padre, sólo son un referente familiar pues nunca han estado en ese rol de familia. Los Hijos de Inés, Matilde, Carmen, Leonor y Cecilia, pero son hijos con otros apellidos, hijos que nunca vieron en ese Vargas una razón de unidad.
Por otra Parte estoy yo, el único hijo de José Vargas. También han aparecido en escena otros hijos nuevos, los hijos de Juan y Diego Vargas, pero son niños en este momento y desconocen del todo lo que ha sucedido en esta familia, al igual que los Buendía, existen familias que no están destinadas a vivir más de cien años.

La Cuarta generación escasamente cuenta con nombres para mi memoria, pero fueron indispensables a la hora de darme esa tradición justo en los días del funeral.

Tener sexo en Girardot es meterse en sábanas que hablan por sí solas, que se burlan del paciente de turno, lo humillan con su calor y sudor, lo repliegan en una esfera propia de la cobardía o la valentía, en el sexo no existe término medio, ni “casis” ni “por lo menos”, no, no se dan oportunidades a los desvalidos ni a los que gustan del juego y el temor, es como leer una novela de Gabo, el sexo se inventó para sufrir y hacer sufrir, no para abrazarse enamoradamente y hacer familias enteras, esos tiempo son invisibles en tierras cundinamarquesas, aun cuando La Casa Grande esté llena de amor y fervor, como si el apellido fuese un escudo antibalas, pero no, esta es otra historia, es otra óptica de las caídas. Allí, cuando caminaba por la avenida del ferrocarril con William y Diego me dibujaba una sonrisa mientras tomaba una bebida Gaseosa, había pasado toda la tarde pintando el patio trasero de la casa como castigo a mi falta de respeto para con mi tía, aquellos duelos del alcohol.

Aun tenía rastros de pintura amarilla en mis brazos, con el cabello cada vez menos corto me burlaba de mi propia tragedia mientras acompañaba Diego y William de bar en bar, logramos entrar a un par de cantinas pero el calor era más fuerte adentro que afuera, afuera por lo menos la cerveza estaba fría. En una esquina cerca a nosotros, varias señoritas bebían sin mirar a su alrededor, ese importaculismo extraño que a nosotros nos encanta, nos acercamos y les invitamos una botella de aguardiente, escuchamos canciones de temporada y nos olvidamos de nosotros mismos, yo caminaba en pantuflas de plástico, William no perdía la costumbre de regar el licor y Diego, Diego era simplemente Diego, sabía lo que hacía, lo que quería, pero nadie lo comprendía.

Después de varias copas y una confesión de adolescente mi tío me miró de reojo, con esa complicidad que sólo un padre o un buen hombre pueden llegar a entender, levantó su mano derecha y me presentó a esa pelirroja de la cual ahora no recuerdo su nombre, caminamos juntos por un pasillo lleno de poltronas de madera vieja, algunos cuadros extraños y más adelante una habitación sencilla con una cama sencilla, me preguntó al oído que si tenía condones, le dije que no, me cobró tres mil pesos de más por los condones, no me importó.

Tener Sexo en Girardot es acostarse con un libro de García Márquez, es untarse de sudor y olfatear el placer de cada uno contra la pared, es ver lo burdo y mundano mezclado con lo tierno del amor, es interpretar esas cochinadas que deja el alcohol como una declaración vallenata a una joven muchacha, es divertirse con el sarcasmo ajeno, es permanecer en la intimidad de la vulgaridad sin embriagarse en la violencia de la ignorancia, ni encerrarse en la estupidez del amor.


AV

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE VII


Muchos sueños se reviven con la memoria, inclusive si han sido solo eso, sueños. Muchas veces nos reflejamos en tardes de lluvia en las que la inutilidad nos posee y nos enreda en sus caprichos, nos desesperamos con el calor y nos inquietamos del aburrimiento, regresamos para quedarnos en ese recuerdo hermoso que nos da cada fin de semana o cada vacaciones que servimos de huésped en ese pueblo donde crecemos y dejamos huella. En ocasiones dejamos huellas en salidas o caminos aleatorios, del mismo modo hay pueblos y casa que dejan huella en nosotros, de eso se trata esta misión, de revivir lo que en algún momento nos hizo sudar la piel, nos hizo beber agua hasta más no poder o donde quizás la familia es un símbolo de algo sagrado aun sin conocer el dogma de la fe.

Cerca de las vacaciones decembrinas nos enloquecemos con la ansiedad de viajar en el manjar de las familias tradicionales, nos reímos con la llegada de primos y tíos procedentes de lugares lejanos, nos identificamos con la morada que nos da posada y nos alienamos a su dolor, a sus esperanzas, a sus vacíos, a sus sueños hechos pedazos y a sus rotas esperanzas, no me alejaba de los trece años de edad, estaba vestido de jean y camiseta morada, cabello largo y manillas en cada brazo, frecuentemente usaba zapatos de tela pero con el calor y los trajines del viaje siempre terminaba corriendo descalzo por esa calle 20 o por lo menos, con un par de pantuflas como protección. La primera noche en haber llegado a Girardot fue vista como una falta de respeto para con mis progenitores, estaba decido a juzgar al aburrimiento con salidas nocturnas y oscuras, Diego me guiaba en cada aventura y me explicaba ciertos acertijos de la vida, los comparábamos con las andanzas de mis tíos o el pasado desconocido de mis abuelos, me dejaba sorprender por la presencia de Nicolás y Rafael, un par de jóvenes adultos que eran del agrado de mi tío y que con él, siempre se citaban en la esquina para comenzar a beber como era de costumbre cada viernes o sábado.

William González es un gran hombre, perdió la vista a los nueve años de edad a raíz de un accidente, la frente le quedó marcada de por vida con cicatrices y su vista se perdió del todo, sus manos delgadas siempre fueron tema de conversación y es que a pesar de su condición de invidente siempre fue el hombre que más duro golpeaba, era quien defendía a mi tío (su mejor amigo) de los abusadores y el mismo que era capaz de cargarlo cuando éste se dejaba vencer por los tragos. William siempre tuvo acceso a La Casa Grande al ser un gran amigo de la familia, casi que un hijo para mi abuelo Leónidas, cuando Diego Vargas era vencido por el exceso de alcohol era William quién lo cargaba, lo llevaba al segundo piso, lo acomodaba en la cama y lo dejaba dormir, siendo Diego un gordo de casi 120 Kg a comparación de unos pobres 70 kg del ciego, esas extrañas fuerzas que la vida y el tiempo nos da para vencer aquello que no creemos ser capaces de hacer.

Sentados en la esquina se escuchaba lo mejor de la temporada de ´Alci Acosta´, con garrafa de aguardiente Néctar sobre la mesa y una canasta de Cerveza Águila aquellos hombres se miraban con la lástima del tiempo perdido, brindaban sus tristezas y de algún modo lograban burlarse de los vecinos, los mismos vecinos con los que me encontraba en ese preciso instante bebiendo cerveza sobre el andén del frente, sí, me sentía grande pero descalzo, estaba con Marco, Pompilio, Ricardo, Kevin y Andrés.
La noche ha dejado aromas en mi vida desde la primera vez que identifiqué el beso de una mujer sin proponérmelo, en esas condiciones es que mi memoria olfativa se ha vestido de gala hoy quince años más tarde, a pesar de mis trece años de vida en ese diciembre, ya sabía conducir muy bien conversaciones de adultos, pero todavía permanecía pendiente aprender a identificar las conversaciones de los adultos Vargas, un misterio que la misma casa ha guardado para toda la vida, un misterio que aun sin encontrarlo se ha quedado encerrado en esas paredes amarillas y azules. Es probable que regrese algún día para escuchar a la casa hablar.

No identificaba con el paso de la noche que sucedía, no me quejaba pero tampoco lo disfrutaba, era el sabor del aguardiente lo que me incomodaba; pasadas las tres de la mañana cada uno se fue con su respectivo tío a dormir a la casa: Marco se fue con Nicolás, el veterinario, Ricardo quien vivía en la casa del lado se fue solo y tranquilo en su bicicleta, el niño Kevin y el joven Andrés se fueron juntos con el tío Rafael, William el ciego se llevó a su sobrino Pompilio y yo comencé el retorno a casa con mi tío Diego.

Las escaleras de madera, esas que siempre nos han advertido de las gracias y desgracias de la familia esa noche no dejaron su tarea de lado, mientras Diego y yo subíamos de manera sospechosa, el ruido de la madera nos delataba, llegamos a la habitación del fondo y acostados cada uno sobre su cama continuamos bebiendo lo que quedaba de la Garrafa de mi tío, con el paso de las horas, el calor y la sed indomable terminé bebiendo a ritmos urbanos, el resto de esa noche fue entre el baño y yo, comencé a devolver atenciones afanosamente, como muestra de que el niño comenzaba a crecer, fue entonces mi primera vez en estado de embriaguez en una casa que lo supo todo, noches en las que volver a Girardot servirían de base para una nueva temporada.

AV

4 de agosto de 2008

Preludio y Apertura



Me siento con ese Jazz de fondo, esa mezcla de guitarras y teclados, sin voces, sin sombras, me siento y me despierto. Me duermo en un sonido mundano y propio de la urbe, de la vida universitaria después de mi, de esas calles que nos dan música y motivos, que nos dejan a la espectativa de un paseo o de algún viaje, de esos encuentros donde las palabras dicen más que los monumentos visitados. De esos lugares donde muere la nostalgia y las colinas donan ese añejo aroma a boñiga que de manera extraña nos lapida con recuerdos y juegos, rondas infantiles y estrellas en el cielo oscuro.


Hoy por hoy me dibujo con la yema de los dedos, le sonrío al tacto y busco esos suspiros ahogados en placeres ajenos, nombres de mujeres que han logrado atrapar mi pasado y poner a dudar la existencia de mi presente, de suelos y sueños, de fortalezas amarradas en pensamientos ajenos, de casas que se construyen en la soledad, de callejones que nos conducen a noches de desvelo y a miedos devoradores de niños. Hace mucho que no se redactan ni componen canciones o versos en melodías animadas, hace bastante que la letra se quedó negra en el papel y no logró trascender en la memoria colectiva, sin embargo y pensando en ello que nos une me amarro a la esperanza de regresar y quedarme allí, donde el miedo es el símil de la vergüenza, pero de ese miedo que no es necesario abortarlo sino más bien añejarlo, cultivarlo en el corazón de transeúntes propios y ajenos, en esa mezcla de idiomas y necesidades.


Vivimos al ritmo de lo que nos exigen, al ritmo de una noche de copas, con flautas y guitarras, con botellas vacías y premios robados. Tapas de gaseosa que ofrecen felicidad en premios, premios que aplican condiciones a los usuarios, usuarios que nos desvelan en noticias, noticias que sobrepasan lo cotidianamente posible, posibilidades que se esfuman en un abrir y cerrar de ojos, ojos que nos observan con lástima, lástima que todo sea en vano.

Pensarme esa pereza cultural me ha servido como mecanismo de defensa frente a las demandas del mercado de hoy, se ha vivido con demasiada preocupación en un ambiente de relajo total y sed esporádica, si en este cielo llueve hambre es precisamente porque en los espacios del tiempo comenzamos a venerar auxilios que son propios de dioses y demonios, no de mortales ni de duendes, ni de hadas ni de reyes. Somos hijos de tela, dormimos en pesadas posturas e ideologías, inclusive nos dejamos vencer en la caída del amanecer.

Anoche dejé servida la cena, me abracé en un sueño profundo y no quise despertar, hoy, despierto y cansado reflexiono sobre esa soledad ambigua y amarga, y pienso que apenas es el comienzo.


AV

31 de julio de 2008

Adios querido Julio


Con el único cigarro de la noche, buena música a ritmo de pensamientos claros y serenos, esa elocuencia que se escapa en el olvido del trabajo, en esos caminos de la amistad, allí donde las promesas se quedan congeladas, esos días que duermen sin hambre, que rezan con alegría y se reivindican con la vida, que no se escapan a la tristeza pero tampoco mueren con ella, solo siguen sus propios pasos y su propia personalidad, esos peros propios de poetas y esas notas propias de anónimos enamorados. Besos que se quedaron en el papel.

Hace mucho tiempo no me fumaba un cigarrillo con calma, con el placer de sentir esa brisa de noches de sueño, un cigarrillo que me aleja de la nostalgia ni me acerca a la moralidad, me lo fumo con paciencia y lo disfruto, es el único de la noche, no hay derecho a repetir, pero no hace falta hacerlo, es ese humo que despide a este séptimo mes del año, ya llegando al octavo lo dejamos ir, lo despido con ese amor con el que los músicos han dado al mundo motivos para vivir, esas canciones que llegan al interior de letras y etiquetas, a corbatas y faldas, mezcladas con tazas de café y jarras de agua panela, vivas, alegres, serenas, místicas.

Esa satisfacción que llega por casualidad y no se acuerda de aquellas ocasiones en las que se les invocó, donde el olvido hizo de las suyas, donde la musa regresó en traje de recuerdo, donde todo se aclaró en lo más oscuro de la noche, ese juego de palabras y momentos que despertaron sin siquiera querer estar vivos, sólo apartados en un rincón de la memoria, dando oportunidades derivadas de maduras acciones suicidas, de marcadas lágrimas sacadas del closet, sin cadáveres que esconder, sin esencias que oprimir, sin vidas que reprimir, sin mujeres que mendigar, solo lo que se necesita y se despide, todo en el mes menos esperado.

Despido a julio para dejar que entre agosto por la ventana, noticias que se acomodan en mi almohada y me saludan en tono de cortesía, con tarjetas adornadas en besos y errores oportunos, en un blog que quiso hacer tributo al recuerdo, en un blog que encontró como musa al pasado, dándole un presente significativo a los lectores y transeúntes que se esconden en los rincones de las preocupaciones y el estrés, esa estupidez que nosotros los humanos suplicamos a cambio de éxito y buena presentación. No, hoy no, hoy me fumo la vida y la disfruto como nunca, como con esa ganas de que se quede en la mirada de otras y de otros, que se encierre en llaves maestras y se escondan nuevamente para volver quizás en muchos años más tarde o en unas pocas horas, aquí lo que comienza a importar es tu dolor, porque el mío ahora está en manos lectoras, en letras portadoras de café y cigarros.

Despido a julio, beso a Julieta, la amo a ella, a la que me lee con serenidad, a la que me dio esa oportunidad de burlarme de las reglas y la cotidianidad. Después vuelvo para quedarme en la conciencia de los minusválidos, exagerando vísceras y escondiendo cotidianidades en lo más absurdo de la humanidad, digamos que es producto de la mala alimentación, dejémosle este placer a los envidiosos, y volvamos a lo básico.

A veces es bueno dejarlo salir, una manera sana de empezar a sentirnos más cerca.

AV

28 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE VI


El puente Férreo, los pasos ágiles en el asfalto, ese sol que choca con las aguas del marrón Magdalena, ese cielo azul que se abre y exilia a las nubes a otro silencio, esas preguntas que nos dejan la existencia en manos de vacaciones y reuniones familiares. El parque, esos sueños que echamos a volar en la alegría del corazón, como todo, como las Gaseosas ´Sol´ o la venta del sanduches al borde de la carrilera, la cerveza que gira de mesa en mesa a partir de las nueve de la noche, allí, cerca de las doce la noche fue cuando conocí a la pelirroja, a la que me dijo que era mi primera vez.

Subiendo calles y doblando a la esquina, la esquina donde el lote de davivienda sigue dando maleza a los arbustos ha cedido ante las presiones de un gran hotel, a esos sueños que el corazón amarra a juegos y espectáculos, donde los videojuegos han invadido mis vacaciones y Telecom me ha dado sus promociones, ahí estaba el secreto de la inocencia perdida, en voluntad, en tratar de recuperar la capacidad de asombro, en aprender a encerrarme en ese mágico mundo lleno de flores amarillas y hojas secas en los jardines, donde la casa nuevamente era grande, de dos pisos, nuevamente me sentaba en la silla mecedora de mimbre a pensar, a recordar a mi abuelo, a pensar mis diciembres, me sentaba a dormir.

La espera de ese suceso que nos cambia la apariencia de la vida y nos dibuja un amarillo regresó en un verano extraño, mezclado por paisajes y caminatas. Después de varias noches de luto el 31 de diciembre de 1996 fue una noche en la que regresó el ritual comunitario de compartir entre vecinos y familia, la última vez que identifiqué ese suceso fue a principios de los noventa, allí aprendía a no tolerar el Tamal, ante ello casi seis años más tarde estábamos de nuevo reunidos en la cera frente a la casa, con sillas y mesas, los mismos Vargas y los mismos vecinos, pero ellos no estaban presentes, ellos, los pioneros de la tradición, los primeros niños que jugaron en las calles decembrinas con banderas rojas y papeletas propias del liberalismo colombiano, no, no habían asistido a la cita, prefirieron la intimidad y egoísmo de sus propias familias, de sus hijos y nietos, no de sus hermanastros ni su madrastra Olga. El único presente era José Vargas, esposa e hijo.

Cada casa empezó a ofrecer a los vecinos un plato típico, un postre o una bebida, la cerveza corría por cuenta de Diego Vargas, trabajador de Bavaria, Fernando en cambio trajo el sonido y con cuatro Bafles de mayor altura a mi estatura cerró la calle, la Tía Rosío y Charito colocaban a hervir de nuevo las ollas de agua para preparar los tamales recién llegados, mi madre y mi padre salían con la abuela Olga a comprar telas para la casa, el tío Juan no se encontraba por ningún lado. Sentado en la mesa cuidando los vasos desechables y los cubiertos observaba como un grupo de niños corría de extremo a extremo sin medir la velocidad o la risa, por el contrario se escondía con gracia y de vez en cuando miraban mis jeans con burla y descuido, quedaba en evidencia que yo no pertenecía aquel lugar, solo era un forastero menor de edad, nada más.

Diego con su risa y su alcahuetería me brindó una copa de “Nectar”, el olor me obligó a rechazarla de inmediato, por supuesto riéndose a todo pulmón me invitó a retirarme de la mesa para que me integrase a los chicos que jugaban en frente, sin mas miedo que vergüenza me dejé guiar y allí fue cuando conocí a Marcos, Ricardo, Julián, Tato, Kevin y Andrés. Sin pensarlo dos veces me dieron chico en el juego y empezamos a esconder la correa con el propósito de quien la encontrase debía golpear a los demás hasta llegar a la base, en ese momento mis padres llegaron con mi maestra de vida, la abuela Olga, nunca olvidaré el respeto con el que los chicos reverenciaron su llegada y con mas experiencia que humildad hincaron su rostro en homenaje a ella, nunca olvidare la cara de amor y ternura de Olga al agradecerle a sus niños por el bonito gesto, fue entonces mi primera escena de celos en la vida.

La tradición aprendida esa ocasión fue que era indispensable estrenar alguna bermuda para cuando llegasen las doce de la noche, para cuando los abrazos con extraños y excéntricos se llevasen a cabo, para cuando esas promesas de cambio se hiciesen en voz alta, todo mezclado con el delirante remedio del año nuevo debía ser pues un suceso agasajado con un prenda de vestir nueva, en ese instante comprendí la demora de mis padres en llegar, y fue del mismo modo la excusa perfecta para estrenar. Faltando cinco para las doce el clásico de diciembre comenzó a sonar, no tenía nada que extrañar, solo el sonido de las campanas de la iglesia y el bullicio de los vehículos en la avenida sexta de Cali, extrañaba correr con una maleta dándole la vuelta a la manzana en mi Bogotá, extrañaba a mi abuelo, pero con mayor rabia que dolor, extrañaba mis diciembres con la abuela Alicia Salcedo.

El éxito de temporada irrumpió en el escenario y las parejas salieron a bailar en cuanto terminó el agasajo de las doce uvas y las copas de aguardiente en nombre de dios todo poderoso, era una joven caleña que comenzaba a triunfar en las emisoras locales y que con su particular tatuaje dejaban en el mercadeo una buena estrategia de promoción musical, se trataba de Marbelle entonando una popular canción de la tradición mejicana “Collar de perlas”, fue el éxito de temporada, fue la banda sonora de mi regreso a la tradición cundinamarquesa.

AV

27 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE V


Han pasado años de extrema espera y desespero, esa mezcla de vida donde el calor nos asfixia en un baño o en una habitación, muchas voces y recuerdos se colgaron en paredes para enseñarnos a entender la importancia de las ausencias, los diciembres son sinónimo de marzo y abril, la familia se resume a palabras y amores sacados de un televisor, no de enseñanzas barriales o escuelas de medio día, la muerte nos ha echado al olvido, nos ha sacado de ese juego de amores y nos enluta de manera sutil y directa, bloqueando nuestro pasado hasta hacerlo olvidar, hasta ignorarlo completamente y volvernos unos ingratos de sangre pura.

Así comienza la segunda parte de la historia de los Vargas, con ese duelo en tributo al abuelo Leo pero donde los años y el tiempo pasaron sin decir palabras sabias, sólo nos agachamos en la sombra y comenzamos a vivir desde el dolor más próximo o desde el placer más remoto, así comienza pues el segundo ciclo que deja su sabor a mora servido en la mesa.

Hay familias donde se esconden las mentiras y se dejan a la espera de la soledad para brindarlas al exilio, en ocasiones nos ofrecen experiencias propias de la televisión y del séptimo arte, engaños que bien se pueden evadir con un buen libro o que quizás se podrían abandonar en la mitad de una conversación múltiple de aves y flores amarillas.

La primer mañana que se sirve en la mesa fue a la llegada de agosto, serían cerca de cuatro años después de la muerte del abuelo Leo, las tías Mona, Leonor, Inés y Carmen no volvieron a Girardot, consideraban innecesaria la visita, de vez en vez bajaban los hijos de Inés a Melgar para visitar a mi prima Maria Claudia y, allí sacaban media hora de tiempo para bajar a Girardot y visitar a la abuela Olga, del mismo modo la Familia Acero Vargas y Navarro Vargas pasaba por el lugar a visitar a la casa amarilla y continuar su rumbo a sus casa de verano en el lujoso sector de El Peñón. Ningún Vargas estaba presente realmente en la casa, sólo los Vargas hijos del segundo Matrimonio de mi Abuelo.

Había crecido, ya no caminaba con Overol ni jugaba con triciclos de alquiler, el calor me desesperaba de la misma manera que la ausencia de amistades, mis viajes en ese sentido comenzaron a ser tediosos, comenzaban tiempos de angustia en el que le rogaba a mis padres dejarme en Cali con mis amigos y no que me enviaran a ese pueblo de nadie a soportar el calor del infierno mismo, había olvidado las tardes en el Magdalena, las noches en el patio trasero cazando lagartijas y luciérnagas, las tardes de lectura en el segundo piso al lado de la tía Charito, ese vacío de la niñez sólo fue llenado de manera temporal en unas vacaciones de dos meses en los llanos orientales, pero eso fue precisamente un año más tarde a la muerte del Abuelo, ahora las vivencias tendrían que ser a otro precio.

La relación familiar entonces se cerró a una interacción directa con mis tíos Fernando, Diego, Rosío y Juan, los hijos de Olga, la segunda esposa de mi abuelo. Con cada uno de ellos se lograron descubrimientos que me encerraron en diversas preguntas y dudas propias de mi familia, la importancia de descubrir en manos de quién o bajo que condiciones se orientaría el curso de la casa amarilla ahora reposaba en la autoridad de mi abuela Olga, autoridad que nunca identifiqué y en la inteligencia de mis tíos, para ese entonces, cerca al año de 1995 las relaciones en la casa que había dejado de ser grande se centraban en discusiones que para cada verano o diciembre se abordaban delante de mí, el proceso nunca fue igual, la independencia de conceptos era total y la energía, esa vibra que me motivaba a sentir la brisa bajo un fresco palo de mango ya no estaban, sólo el sobre de frutiño que se servía en el almuerzo conservaba la poca tradición con la que abracé mi infancia.

Las primeras divisiones se centraron pues en esos vacíos que el duelo obliga a la memoria rechazar, y para cuando recuperas la calma y la paz, te recibe el espejo con noticias tan malas que nuevamente invocas al insomnio.

AV.

23 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE IV


Había llegado cansado, en medio de un afán insoportable y propio de eufemismos sociales, estaba en un sueño incómodo que me duró lo suficiente para alejarme del hogar.

Eran aproximadamente las cuatro de la mañana, la Casa Grande y Amarilla reposaba en un silencio sepulcral, las brisas se paseaban de esquina a esquina sin molestar a nadie, las hojas secas y amarillas, grandes y pesadas dormían en el asfalto junto a la reja azul de la entrada, un portón que aullaba al tocársele, vigilante del hogar y forastero de las casualidades daba la bienvenida a nuestra llegada.
Un farol en la entrada y la gran puerta que se abre era el único movimiento o ruido extraño que la madrugada detonaba, las casas dejaban sus vidas en manos de estrellas delirantes y brisas juguetonas, la carrilera de la otra calle dejaba ver esos rieles fríos y olvidados, a su frente un lote abandonado reflejaba el cansancio que esa ocasión mascaba, como un vaso de agua olvidado las escaleras de madera imprimían ese silencio sublime que daba señas de una gran tragedia, nadie hablaba del tema, por mi parte solo dormía en brazos de mi madre y dejaba que se me acomodase en una cama cualquiera.

Cerca de las once de la mañana y con overol puesto bajé las gradas de manera estrepitosa dejando en las paredes las huellas de mis manos, arrancaba las hojas de un par de plantas ubicadas en el altillo y brincaba desde el antepenúltimo escalón, tenía la vieja costumbre de ir a la cocina a preguntar por la Tía Rosío y abrazar a mi abuela Olga, Fonca, una hermosa Canina Pastor Alemán solía correr a mi lado y esperarme en el patio trasero; normalmente esas mañanas soleadas eran de cita obligada en el ante jardín, mi abuelo Leo y mis padres ubicaban la majestuosa silla Mecedora junto a una palma y ellos acomodaban para sí sillas de madera antiguas, se tomaban una limonada y conversaban asuntos de adultos.
Esa mañana a pesar de ser mi primera en esas extrañas e inesperadas vacaciones en Girardot y, bajo un sol amarillo que brillaba en el cemento no era igual a las anteriores, terminaba de correr por los escalones de madera para dirigirme a la cocina y buscar a mi tía para que me diese un vaso de ´frutiño´ la bebida oficial de mis vacaciones, pero mucho antes de terminar las gradas una muchedumbre se amontonaba en el angosto pasillo de la entrada, caras conocidas conversaban entre sí en la sala y otras más se miraban en el comedor, siempre fui el único niño en la Gran Casa, pero en esa Mañana yo no me encontraba único, la exclusividad se había quedad en Cali y mis padres bajaban detrás de mí con rostros parcos y silenciosos, ese silencio que nos recibió a la madrugada.

Afuera en el ante jardín muchos hombres fumaban de manera desesperada, caminaban de cera a cera, muchos automóviles estaban estacionados contra la reja azul de la entrada, las hojas secas eran pisadas por neumáticos y pasos desesperados. El sol picaba en la conciencia de los transeúntes, mi overol no era sorpresa para los adultos, en realidad la sorpresa era ver a mi padre.
Don José Leónidas Vargas, el hijo menor del primer matrimonio de mi Abuelo Leónidas Vargas, el único hombre vivo de la segunda generación de los Vargas y el último en llegar a La Gran Casa hacía presencia junto a su esposa Miryam y el pequeño Armando, allí a la entrada, en todo el frente de las gradas de madera la silla mecedora no se encontraba presente sino, que había sido guardada en el cuarto de debajo de las gradas, y en su reemplazo un par de señores con traje negro recibían con un abrazo feroz a mi padre, junto a las señoras la tía Rosío conversaba con el Tío Juan y mi abuela Olga, junto a ellos muchos desconocidos me saludaban con cierta familiaridad que se desvanecía en mi rostro, así y después de muchos saludos llenos de protocolo logré conocer a un par de niños un poco mayores a mi edad, pero con la misma inseguridad de la edad y rebeldía de la capital me miraron con actitud bandida y descortés, su ropaje dejaba en evidencia que procedía de Bogotá, eran los hijos de la tía Leonor, la hija mayor del abuelo Leónidas.

En un encuentro familiar, terminando la década de los ochentas y recibiendo la década de los noventa tuve la oportunidad de conocer a la tía Leonor y a la prima Adriana, la hija menor. Mis Primos Germán, Gustavo, Omar y Maria Claudia llegaron temprano en la mañana con la tía Inés y cerca a éstos estaba el primo Sergio, hijo de mi Prima Patricia, hija de la Tía Mona.
Esa mañana identifiqué el cadáver de mi abuelo Leónidas, esa mañana logré identificar a la cuarta generación de los Vargas, siendo una generación mayor a mi edad, estaba aún por debajo de la línea del árbol, esa mañana identifiqué las lágrimas en el rostro de mi padre y las lágrimas en el rostro de mi abuela Olga, esa mañana vi al Tío Diego sobrio y a la Familia Vargas reunida en un suceso similar al del año anterior, sólo que en el anterior se celebraban 90 años de vida del abuelo Leo y yo era el único niño presente.

Hoy casi veinte años después del deceso mayor, identifico aún el cadáver de ese abuelo que tanto quise pero del cual nunca di una lágrima, a esa abuelo que dejó en las manos de mi padre y mi tía Mona la herencia mayor de la familia: La Tradición Cundinamarquesa.

De esas mañanas en las que el amor murió y yo no me di cuenta, donde hoy casi Veinte años comienzo a pensar en la fecha de ida, sin saber aun la de regreso.

AV

20 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA PARTE III



Es difícil imaginarse un parque donde uno no ha crecido, un parque donde uno no conoce a los caminantes ni distingue las necesidades de los presentes, un parque donde todo un pueblo gira a su alrededor sin importar las horas o las noches, sin importar las clandestinas necesidades de los vecinos o el agotador clima de verano. En varias ocasiones dejé sentir mi vida en pasos que bajo el sol de la tarde me daban esa necesidad de caminar sin destino alguno, me sentaba en el teatrino a observar, a mentirle al tiempo y revolverme en el espacio esos pensamientos de niñez.

Una noche de 1990 en pleno mes de julio entretuve mi hambre y mi sed pedaleando agresivamente en un triciclo alquilado a buen precio, giraba dando vueltas en el parque pero en mi interior lo hacía viviendo esa distancia que me sacaba de mi tierra natal y me entretenía en una ficción de tres ruedas, faroles que chocaban su luz amarilla con el rojo suelo del parque, faroles que con su base de acero daban la impresión de estar pedaleando en el tiempo y encontrarme en calles del siglo pasado, las mujeres sentadas con abanicos en las bancas de cemento eran una novedad en mi pedaleo, los hombres con camisetas y pantalones cortos caminaban en sandalias alrededor de un recinto abierto por el tiempo y la memoria, recinto que demandaba sueños y necesidades, el mismo lugar que en las tardes servía como expendio de cometas y papeletas, de carros pequeños que vendían paletas de agua y “sandies” con sabores a frutas.

Fue a partir de ese año que la lucha por aprender a montar en bicicleta se resumía a frustradas ocasiones, poco a poco con el crecimiento de las piernas y el paso de los años el mismo sol quemaba la cara y la espalda, la misma frustración se asemejaba los miles de intentos por aprender a montar en bicicletas prestadas y refunfuñar por los fallidos golpes que la vida me donaba. Muchas ocasiones fueron selladas en llantos inconsolables y miradas de resignación en ese rojo cemento que adornaba a un parque, que en sus alrededores era observado por una catedral que me asustaba mi imaginación, junto a ella una gran oficina de Telecom servía de refugio para desempleados y desocupados, para desorientados y recién llegados.
En esas mismas calles giraban restaurantes que vendían pollo asado o apanado, un gran billar y una pequeña oficina de la policía, casas que alquilaban los garajes para la instalación de locales comerciales para la venta de ropa y mercancías que provenía de los Estados Unidos o de lugares remotos y exóticos, ese parque donde di por primera vez un beso o donde aprendí a caminar solo sintiéndome como un adulto cuando en realidad mis años no llegaban a los diez, ese parque donde solía gastar el dinero de vacaciones en paletas de agua y en competencias de trompo, ese parque que bajo el sol cundinamarqués unía a todas las calles del pueblo y los sentaba a esperar al tiempo morir.

Inmensos árboles acaparaban la atención de turistas y desprevenidos, antiguas casas que servían como sede de Bancos y oficinas comerciales, mi recuerdo remoto se lo roba la abejita conavi, la casita roja o la verde y fuerte marca del Banco de la República, en ese mismo lado del parque dos establecimientos se caracterizaban por la fuerte venta de cerveza águila y la constante presencia de hombres mayores y con cara de preocupación.

Las oficinas del Periódico El Espacio recibían miles de Hojas de Vida y artículos para los clasificados, muchos jóvenes jugaban fútbol con ladrillos a cada lado para simular un arco o para dar seña de la actividad que desarrollaban, muchas veces dejé de perder el tiempo conociendo las estaciones de tren o las grandes tanquetas del acueducto local para perderme en ese parque y huirle a la infancia, infancia que nunca murió, parque que me secuestraba de la Casa Grande y me encerraba en su circular perímetro, parque donde alguna vez Jorge Barón invito a los civiles a vivir un concierto gratuito, parque donde mis años superaron la memoria y sirvió como punto de encuentro para nuestras salidas a Ricaurte o Melgar, parque que murió en el mundo de los urbanos y se dejó atrapar por las excusas de la periferia, parque donde dejé de ser niño para arriesgarme a ser hombre, parque donde escondía mis lágrimas el día en que mi abuela dejó de vivir, parque que sirve de homenaje a esta Misión que recién comienza.

Si bien empezó todo en esa noche de carreras con un triciclo como medio de transporte, con carruajes para enamorados o artesanías para los curiosos, fue ese parque el que se robó mi noción del tiempo y empezó a robarme recuerdos desde el primer pedalazo que se dio, parque que me identifica con esa familia que ha dejado a la memoria sus principales historias y desgracias.

Recuerdo bien la última vez que me senté en el parque a fumarme un cigarrillo, fue esa tarde cuando decidí irme a vivir a Ibagué. Una tarde casi diez años después de mi primer pedalazo en el triciclo de alquiler.

AV

17 de julio de 2008

MISIÓN CUNDINAMARCA Parte II


Sentado sobre el pasillo del segundo piso de la casa, son cerca de las once de la noche, la madera, vieja como los mismos secretos de los Vargas vigila desde su rincón a un pequeño de seis años jugar en la baranda, intenta acercarse a una rama del palo de mango, intenta descolgar el fruto de su origen. Abajo en el jardín de fondo unas carcajadas arrullan lo que es la llegada de la noche esperada por todos, un diciembre lleno de novedades cierra el ciclo anual y da a los contertulios un aire de grandeza, un aire de camaradería propia de la bondad que la navidad trae consigo.

Junto al pequeño una gran biblioteca vigila el rincón habitado por este, libros de toda clase y con cubiertas de cuero guardan silencio en sus respectivos estantes, como la sabiduría que sus páginas aun quieren que se les lea. El calor lleno de motivos arrulla las mudas corrientes de un río Magdalena oscuro y pasivo, una noche en la que los accidentes pueden ocurrir, pero que para fortuna del joven simplemente son travesuras de unas vacaciones inventadas.

Cada habitación es protegida por una puerta doble de madera, pintadas de color crema y con chapas del siglo pasado guardan en su interior miles de desgracias y dichas que han perseguido a dos generaciones durante un siglo entero, bajo el nombre y potestad de Don Leónidas Vargas sus hijos beben cerveza en el jardín, el único nieto presente en la casa intenta aun alcanzar una rama lejana y suspendida en el tiempo.

La región de Flandes, El Espinal, Girardot y cada kilómetro que guía a las carreteras colombianas a explorar lo más caluroso de sus tierras cundinamarquesas lleva como insignia enormes frutos que son vendidos en cajas de madera al borde de las carreteras que conducen a la capital colombiana, desde la salida de Ibagué y hasta las afueras de Melgar se logra observar la constante venta de Mango y Guamas de manera efusiva, también se pueden adquirir achiras y grandes limones a bajos precios, pero los recuerdos, esos recuerdos que huelen a mango no han podido ser endosados a otras mentes o a otros tiempos, se han varado en las calles y acobijadas por serenatas de grillos me han retrocedido como un golpe en el estómago, esos frutos del Magdalena y esos placeres de la región dieron los primeros meritos a la clase media que exactamente hace sesenta años defendía las Banderas del Partido Liberal, a esa clase media que dominó los rieles desde Tocaima hasta Ibagué, grandes aromas que motivaron al pequeño que trepado en la baranda de cemento jugaba a bajar frutos de un árbol.

Aquella noche, la noche del 24 de diciembre de 1989 grandes canastas de cerveza entraban a La Casa Grande en hombros de Fernando y Diego Vargas, los hijos menores de Don Leónidas, asimismo, Rosío se encargaba de hervir los tamales en grandes ollas en compañía de ´Charito´ la hermana mi abuela Olga. Los faroles adornaban el patio trasero, patio que resguardaba grandes árboles y palmeras, enredaderas que ascendían al segundo piso y se mezclaban con ventanales de madera, adentro en la casa, el piso de madera que soportaba las andanzas del pequeño en el segundo piso era también el testigo cruel de esas borracheras que terminaban en la cama, de esas anteriores generaciones que dieron a Girardot una nueva generación de los Vargas.

Afuera en el antejardín un fuerte olor a pólvora le coqueteaba a los vecinos, entre cada casa unas rejas de hierro dividían no sólo ofrendas y apellidos, dividían además a familias enteras de lo que el infierno ofertaba, era un pueblo lleno de motivos y desgracias, una región alimentada por la presencia de extranjeros y comerciantes, de cachacos que al calor de los treinta grados buscaban cervezas y camisillas para escapar de su clima; mientras los tamales y la pólvora se conjugaban en una noche familiar, doña Miryam Salcedo, esposa de José Vargas y madre del pequeño Vargas, subía los escalones de madera dejando fuertes golpes en cada peldaño para asegurarse que su pequeño no estuviese en problemas, si bien la naturaleza es sabía y la infancia grata, éste al escuchar el primer paso en los escalones ya había emprendido la fuga de la baranda para esconderse en la cama de una habitación inundada por la oscuridad y el silencio, mezclado en sábanas y suspiros jadeantes había logrado improvisar una escena de sueño y calma, doña Miryam entró a la habitación observando al pequeño Vargas y acomodando la ventana con un anjeo de malla para pescar cerró la misma y se retiró.

El ventilador sonaba y traqueaba de manera tediosa, rompía la pureza del silencio y penetraba en los oídos de un niño que no temía a la oscuridad pero sí a la soledad, soledad que en ese 24 de diciembre se cerró con un padre nuestro y una oración al ángel de la guarda, alejando de todo mal los sueños del precoz y dejando ahora al estallido de la pólvora la celebración de una familia reunida en la sala y sin televisor que encender.

Mientras ello sucedía las cosas en La Casa Grande comenzaban a retumbar en la memoria, como si el recuerdo fuese un fuerte silencio para contar.

AV